Escritura y Ciudad: Día 1

Me propongo escribir a modo de bitácora aquello que encuentre interesante/relevante dentro del Seminario «Escritura y Ciudad», durante las 8 sesiones que tendrá el mismo en el City College de New York.

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El Seminario se toma de 09h00 a 13h00 de lunes a viernes. De 09h00 a 11h00 cursamos con Guillermo Martínez la parte de narrativa (específicamente cuento) y de 11h00 a 13h00 con María Negroni la parte de poesía. Hoy por ser el primer día, el decano del City College nos dio la bienvenida, nos habló un poco de la institución e hicimos un tour por el lugar. Somos alrededor de veinte talleristas, en su mayoría argentinos, aunque también estamos de Ecuador, México, Perú y Brasil. Luego del tour empezamos con la clase con Guillermo Martínez, quien con mucha claridad y sencillez inició los contenidos del curso. Hablamos sobre la importancia de los títulos, ejemplos de buenos inicios de historia, el uso de la primera, segunda o tercera persona para el narrador. Guillermo nos adelantó el trabajo que debemos hacer para el viernes y para mañana quedamos en leer todos los inicios de los cuentos que escribimos como parte de la tarea previa al taller. Siempre leer en voz alta, delante de otros, me provoca cierta ansiedad. Es quizás el miedo a la crítica, a encontrarle defecto a todo lo que escribo, aunque también entiendo que es saludable esa puesta en común. Como escritor, artista la relación con el otro que escucha, que observa, es importante.

A las 11h00 empezamos la clase con María Negroni, quien hizo que colocáramos las mesas en círculo. Ni bien comenzamos, Negroni planteó las visitas a lugares que debíamos realizar diariamente por las tardes para escribir sobre eso. Los sitios que mencionó son maravillosos y ya tenía ansias por recorrer. El primer lugar sería estar a las 17h00 en el Grand Central, durante la rush hour, que es cuando sale todo el mundo de sus trabajos y se dirige a la estación. Luego de esa observación debíamos subir al Shuttle y bajar en la estación de Times Square.

La clase de María estuvo llena de referentes en poesía, narrativa, cine, artes visuales, música. Amé la delicadeza de su voz, la pasión que demuestra por la palabra y su faceta de académica. Aunque no me considero para nada diestro para la poesía, creo que María es una gran entusiasta y la verdad estoy dispuesto a probar en poesía, aunque sea para darme cuenta que no es lo mío. No lo sé.

Por la tarde con unas amigas del seminario fuimos al Grand Central. Me impresionó la belleza del lugar y ya de vuelta, en la tranquilidad de mi habitación, escribí mis primeras líneas poéticas. Veré mañana qué dice María de lo que escribí.

Saudade de Domingo #44: De Buenos Aires a New York con escala en Guayaquil

Ni bien me subí al avión en Buenos Aires (con toda la pena que siempre me embarga cuando salgo de Ezeiza) empecé a sentir un dolor en las amígdalas que luego se se agravó en la escala en Santiago. El trayecto Santiago-Guayaquil fue una tortura, con fiebre, escalofríos, dolor de huesos y dolor de cabeza. Rogaba para que se amainara el dolor, pero nada. En algún momento hasta llegué a tener ganas de vomitar, pero afortunadamente no pasó.

Al llegar a Guayaquil, no daba más. Sentí que me iba a desmayar en cualquier momento y esa misma noche comencé un coctel de pastillas para desinflamar las amígdalas, bajar la fiebre, aliviar la cefalea. Al día siguiente me reintegré al trabajo y las amígdalas seguían igual de inflamadas, tenía fiebre cada seis horas. El malestar se unió a mi desesperación al imaginar mi cuadro al viajar a New York el sábado. ¿Podría viajar? ¿Mi sueño de meses se desvanecería por un trancazo inoportuno? El panorama gélido de temperatura en negativo en la gran manzana me hacía pensar lo peor. Estaba tan angustiado que ni siquiera me atreví a hablar de mi estado con mucha gente. Sólo mi familia lo sabía. Del miércoles al jueves casi no dormí nada por el dolor de amígdalas y la fiebre repentina. Fui con mis papás a visitar a una tía doctora y al ver mis amígdalas dijo: Están enormes, parecen dos limones!”. En ese momento me inyectó penicilina luego de hacerme la prueba cutánea de la misma. Recordé el dolor que causan ciertas inyecciones en las nalgas. Pasé el jueves resolviendo temas bancarios con la nalga izquierda adolorida y con las amígdalas hechas mierda todavía. Hice mi check in con desconfianza. En mi cabeza seguía rondando la pregunta ¿lograré viajar? ¿y si no mejoro? Ante estos momentos el apoyo familiar fue fundamental. Nunca pusieron en duda mi viaje, tenían fe de que yo iba a a mejorar, aun cuando comer o tragar saliva era toda una tortura.

El jueves por la tarde visitamos a mi tía en su consultorio y me puso la segunda inyección, luego de haber tenido un largo día de fiebres recurrentes y pocas horas de sueño. Ahora el dolor estaba pareja en las dos nalgas, así que sentarme o subir escalera era toda una proeza. Solo pensaba en New York, en el taller de escritura, en los textos que leeré, en lo que escribiré. Sólo ahí caí en la cuenta que por todo esa infección en la garganta no había podido disfrutar de la previa de mi viaje a New York. Las amígdalas se habían tomado el centro de atención y desplazaron a New York dentro de mis prioridades de pensamiento.

Mi mayor alegría fue despertar el sábado y sentir que mis amígdalas se habían desinflamado bastante. Todavía dolían pero estaba bien. Me bañé, me vestí, cerré la maleta y con todo fui con mis papás a visitar a mi tía a su casa para que me pusiera la tercera inyección.

Ya en la sala de espera del aeropuerto, recién pude descansar y sentir que lo había logrado, que a pesar de todo, estaba ahí, a las puertas de cumplir mi sueño. quizás uno de las más hermosos que tenga este año. Me volví a sentir feliz como no me sentía desde hacía varios días. Era como estar al final de la primera parte de una saga de películas. Pensaba en mi primera vez en Estados Unidos y de paso en New York, en ese monstruo de ciudad a la que solo he visto en el cine. No tengo familia ni amigos en esa ciudad y eso en lugar de desanimarme me alegra. Voy a conocer New York por mí mismo como hice con Buenos Aires en el 2011, cuando llegué una mañana de mayo y la última capital de Sudamérica me era completamente desconocida. Quiero trazar mi propia cartografía en New York, caminar mucho, tocar sus calles, respirar su gélido aliento de invierno, conocerla a solas, sin disputarla con nadie como buen Aries posesivo que soy.

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Luego de una escala calurosa en Panamá, llegué al John F. Kennedy Airport. Dos horas y media en la sala de migración para atender a 500 pasajeros frente a 5 oficiales…! Fue desesperante, pero la espera valió la pena al recorrer parte de la ciudad desde el aeropuerto hasta el hotel. El recorrido me pareció muy similar al de Ezeiza a Buenos Aires. En algún momento, confundido entre el inglés y el español sentí nostalgia por Buenos Aires y por Guayaquil. Tonterías mías, pues no es que me voy a quedar mucho en New York, pero de alguna forma, siento que este viaje me dará un gratísimo aprendizaje y sólo pensarlo me emociona. Quizás mi forma de mirar, de escribir, de encarar un proceso creativo sea un poco diferente a mi regreso a Guayaquil o Buenos Aires. Y eso estaría muy bien. En abril cumplo 31 y quiero seguir creciendo, reinventándome, de lo contrario no tendría sentido cumplir años.

Hoy caminé por Highline, Chelsea img_9654y West Village con un frío de -7. Hablar en inglés con la gente o escuchar conversaciones me hace pensar que estoy en una película y en ciertas partes siento la falta de los subtítulos. Es como si la recepcionista, el policía, la pareja de novios, la abuelita que cruza la calle fueran personajes y no personas que actúan para mí en inglés. Y yo me siento también un personaje que imita inflexiones de voz como haría Al Pacino, Bryan Cranston o John Hamm.

Mañana empieza el seminario de escritura por el que he venido a New York. Tengo muchas expectativas con los contenidos, con los profes y los compañeros que tendré. Me siento como el día previo al empezar la universidad o el día anterior al iniciar la maestría. Me gusta esa sensación de incertidumbre, de vacío que me invita a lanzarme y ver qué pasa. Qué lindo que además sea en New York, una ciudad con la que sentía una deuda pendiente al no haberle dado espacio entre mi lista de destinos.

Saudade de Domingo #43: Navidad argentina

Desde el jueves 22 estoy en modo vacaciones. Como de costumbre, me desconecto del trabajo, de la ciudad y trato de vivir en una especie de dimensión paralela, saliendo de la rutina, enfocándome en otras cosas, viendo amigos, poniendo las charlas al día.

He vuelto a pasar navidad en Buenos Aires. La última vez fue en el 2014, a pocos días de haber presentado mi proyecto de tesis de maestría. Mi situación anímica, financiera era muy diferente en ese momento. Recuerdo esa navidad del 2014 con alegría pero también con angustia, sin saber qué me depararía el destino al año siguiente. Hubiera querido estar con mi familia por la escasez de dinero hacía difícil emprender un viaje. además de que existía «la amenaza» de no volver a Argentina. Me encontraba muy frágil en esa navidad y en vista de lo incierto del futuro, trataba de vivir el presente, disfrutando de la familia argentina que me adoptó como uno más desde la navidad del 2013.

Volver a pasar acá las fiestas tiene un nuevo encanto. He venido a Buenos Aires varias veces desde el año pasado, pero venir en diciembre es reencontrarme a lo Dickens, con el fantasma de las navidades pasadas. Me he visto a mí mismo y trato de no compadecerme de ese yo sino de sentirlo como parte del proceso para llegar a donde me encuentro ahora.

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Navidad con mi hermana y mi familia argentina

También esta navidad es especial porque estoy pasando las fiestas con mi hermana, quien vino a estudiar una maestría. La vida de estudiante full time no permite ciertas comedidas y la de viajar en Ecuador en el medio de la cursada resultaba difícil para ella así que decidí venir a acompañarla. Está siendo lindo compartir estos momentos. Sin duda serán momentos que guardaremos siempre con nosotros.

Y después está el clima, caliente en esta época, con un sol brillante de cielo despejado y atardeceres a las 20h00. El verano porteño puede ser asfixiante pero es también una fiesta, época de buenas vibras, de planificación, de viajes. Extrañaba también ese verdor en las calles y sol calcinándolo todo. Estoy muy feliz de re-vivir Buenos Aires en fiestas navideñas.

Saudade de Domingo #43: Mi mejor regalo del 2016

Sin duda,  et Blunk, mi primera obra de teatro como monólogo, ha sido el regalo del año. Como proyecto ya rondaba por mi cabeza desde febrero o marzo, pero por muchos trabajos en medio, era difícil concentrarse, fijar horarios para construir un obra micro. En este proceso debo agradecer a Itzel Cuevas, amiga y además directora de la obra, Jaime Tamariz, director del Microteatro y que confió en mí para estrenar en su espacio, Diana «Pachukis», quien hizo de carpintera, electricista, tramoya y Valeria Galarza, quien en tiempo récord diseño los paneles que componían la escenografía de la obra.

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Mateo y yo decimos al final de la temporada, gracias, danke, danke, perdón, takk, takk. (Los que vieron la obra entenderán el chiste interno) 

También debo agradecer a todos los amigos, amigas que se hicieron presentes en las funciones de På et Blunk. A mis alumnos que con curiosidad se acercaron a ver una nueva faceta de su profesor. Al público en general que atraídos quizás por el afiche, la curiosidad del nombre o la reseña express de los chicos de boletería, eligieron ver la obra. La magia del teatro estuvo en mí durante esas tres semanas de funciones. Mateo mi personaje volvía a viajar a Oslo cada noche con mucha alegría y muerto de miedo. Qué lindo y qué intenso fue darle vida. Al final de cada función, los aplausos eran una caricia, un abrazo para todo el trabajo realizado.

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Yo en escena. Foto: Daniela Cevallos

Ser actor es siempre estar en cuerda floja. Creo que tengo un largo camino en este ámbito pero desde ya puedo sentir esa necesidad de estar siempre alerta, nunca confiado en que el personaje ya está listo, porque en cada función la energía se modifica. El público es otro, es otra hora, el cuerpo responde diferente, la luz puede no salir, alguna línea puede olvidarse temporalmente. Creo que cualquier actor que quiera llamarse como tal debe hacer teatro porque es ahí donde se aprende a resolver sin truco de un corte y va de nuevo como sucede en el cine y la televisión. En el teatro, como en la vida, toca resolver en el momento sin caer en culpas sino enfocarse en solucionar. El teatro es la vida y gracias a los ensayos y a las presentaciones, siento que he aprendido mucho de mí y de mi relación con los demás. Vi de frente cosas mías que no me gustan, otras que descubrí que me encantan y observé en mi entorno cercano a compañeros que me han servido como espejo. Sin duda På et Blunk ha sido un gran regalo de este año y Mateo un personaje que me encantó interpretar. Estoy ahora ansioso por un nuevo proceso, un nuevo personaje, para seguir conociéndome más, preguntándome, rehaciéndome en el andar.

 

Genia Total

meryl-streep3Meryl Streep en Sophie’s Choice (1982). Tomó clases de polaco y alemán, para interpretar a una migrante polaca en EE.UU que sufrió el martirio del holocausto. Bajó drásticamente de peso para el papel, «chamuscó» su inglés para dotarlo de un fuerte acento polaco. Actuación desgarradora y fascinante.
Antes de Meryl, Alan Pakula pensó en Liv Ulmann para el papel de Sophie. Otra película habría sido, sin duda.
El segundo Óscar para Meryl Streep a Mejor Actriz en papel principal, luego de Kramer vs. Kramer (1980).

Saudade de Domingo #42: På et Blunk o cómo construir un texto dramático

På et Blunk significa «en un parpadeo» en noruego. El título en esa lengua nórdica apareció como una urgencia, una necesidad por tener un nombre, ya que desde la primera versión del texto no había un título. Me suele pasar cuando escribo que, o bien ya tengo el título que de alguna manera direcciona toda la obra en cuestión o empiezo a escribir sin título y a medida que avanzo me resulta cada vez más difícil decidirme por un nombre. Esta obra se encuentra en el segundo caso. Comencé a escribir el texto como parte de una tarea dentro del taller de entrenamiento para actores que tomaba con Itzel Cuevas. La idea era tener un texto para trabajar. Aun no estaba claro si se iba a hacer un montaje o no pero al menos queríamos hacer el ejercicio.

Luego de buscar entre varios textos ya escritos, decidí que debía escribir algo nuevo. Recuerdo que en alguna de las sesiones con Itzel, nos mencionó que el trabajo del actor consiste en revisarse, mirarse por dentro y luego exponer todo eso en escena. «De que es un proceso que puede ser doloroso, claro que sí, y mostrarlo también puede ser sanador», nos dijo con la convicción de alguien que tiene más de 35 años en escena, enfrentando personajes, estudiando textos, construyendo y rearmando montajes completos.

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La sexta versión del texto, con la que ya empezamos a armar el montaje, en agosto.

Recordando sus palabras, me vino a la memoria el ejercicio final que había hecho durante un taller con Leo Van Cleynenbreugel, donde a modo de improvisación trabajé mi fobia a los controles de migración en los aeropuertos. Para sorpresa mía, toda esa improvisación causó mucha risa en Leo y en los compañeros talleristas. Había algo -o mucho- de chistoso en esa drama mío con los aeropuertos. Eran además situaciones fácilmente identificables y por las que todos, sin excepción, hemos pasado. Decidí entonces escribir un texto alrededor de ese tema, a mediados de junio de este año. Era totalmente literario, narrado más bien a modo de diario, en el que todo se concentraba en mi proceso mental frente a las situaciones de filtro en el aeropuerto (detector de metales, sellado del pasaporte, filas de espera, etc.). La primera observación de Itzel ante ese texto fue: «Está narrado todo desde la mente, el texto necesita tener acciones -físicas- para que lo puedas transitar». Vino una segunda corrección, en el que ese aspecto mejoró pero seguía sonando muy narrativo. Como nuevo ejercicio, Itzel me mandó a escribir el texto ahora enfocándome en las emociones. Era como la versión visceral de la segunda corrección, que debía escribirlo apenas para tener conciencia de qué me pasaba corporalmente con cada momento dentro del aeropuerto. En medio de cada revisión transcurría el tiempo ya que yo estaba a full con el trabajo en la facultad e Itzel estaba con el montaje de Romeo y Julieta. Así que el texto tenía ciertos lapsos de reposo, que ahora viendo en retrospectiva, fueron necesarios para que la historia se fuera gestando. Cada texto tiene su propio ritmo y modo de crecer.

Vino después una nueva versión en la que decidimos que había que involucrar al público, reescribiendo textos que debían ser dirigidos para los asistentes. En esa reescritura, ciertas momentos se borraron para siempre, otros se extendieron. Había que llevar la historia a un cuento y yo me volvería una especie de cuentacuentos en escena. Itzel me había dicho durante alguna sesión que yo tenía vis cómica, que era cómico por naturaleza y que podíamos utilizar eso en la escena.

Con esta nueva versión, el texto se potenció y mientras se trabajaba la escenografía, empezaron los primeros ensayos. Ya a esas alturas, el texto había pasado por varios nombres: Paranoia, En un parpadeo, La sala de migración, pero ninguno terminaba de convencerme, sin embargo había que elegir uno ya que teníamos fecha de estreno en el Microteatro GYE. Dado que la historia es el recorrido de un personaje que viaja a Noruega con su respectivo vía crucis, Itzel me dijo que quizás el título En un Parpadeo podría funcionar en noruego. Busqué en google translator, consulté con algunos conocidos noruegos  y la traducción era Pa et Blunk. Sonaba bien y con la estética cómic, diseñada por Valeria Galarza, el título adquiría una apariencia pop art, retro, que me gustaba.

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Las primeras versiones del texto de Pa et Blunk, cuando aun no se llamaba así.

Ahora ya en la última semana de På et Blunk, mirando hacia atrás y revisando las versiones, me doy cuenta del recorrido que ha llevado el texto. Lo que más me gusta es darme cuenta que la esencia, esa locura, ese frenesí por el viaje estaba presente desde el primer borrador. Aun el personaje estaba en embrión para ese momento, pero se fue fortaleciendo a lo largo de las reescrituras. Hoy en día es un tierno paranoico que vuela a Oslo a visitar a su tío y que trata de mantener íntegro su amor por los viajes, pese a los filtros en los aeropuertos. Esta semana que viene På et Blunk terminará sus funciones en el Microteatro GYE, con un personaje fortalecido, sorprendente y que ha crecido frente a mí.

Para quienes quieran ver På et Blunk en su última semana, estará de miércoles a sábado a las 20h15 y 21h55, en el Microteatro GYE (Av. Las Palmas #307, diagonal a la entrada de Miraflores de la Universidad Casa Grande).

Saudade de Domingo # 41: Mi hijo På et Blunk

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«Escribe un texto sobre el que quieras trabajar», me dijo Itzel Cuevas al final de una de nuestras sesiones de entrenamiento actoral. El mandato me emocionó y al mismo tiempo me llenó de ansiedad. Tuve la misma sensación de incertidumbre que cuando alguien se entera que hablo varios idiomas y me dice: «dime algo en francés, en italiano, etc». Es como que agarra fuera de base y no sé qué decir. Mi cerebro entra en black out. Y lo mismo me pasó con ese texto que quería trabajar.

Como primera cosa, hice la del vago, esculqué en textos míos viejos a ver si encontraba algo interesante. Algunos me parecían chéveres pero no los sentía teatrales o no me interesaban para trabajarlos yo desde el cuerpo, así que al no encontrar un texto que me llenara, emprendí la escritura de uno nuevo. Por alguna razón pensé que debía escribir sobre algún miedo y ahí surgió la semilla: El miedo a los aeropuertos.

Esto es una paradoja porque amo viajar, vibro desde que elijo el lugar de destino, amo los ambientes de aeropuertos, pero le tengo terror a la sala de migración. Me pongo ansioso, nervioso, sudo frío, trato de disimular el miedo que me da y sólo respiro cuando ya estoy en el avión. Mientras escribía el primer esbozo de ese texto, recordé que ese tema ya lo había trabajado en un ejercicio escénico durante un taller que hice con Leo Van Cleynenbreugel, pero a modo de improvisación. Las líneas no las recordaba pero sí tenía clara la sensación de angustia, ansiedad que me produjo «revivir», «reproducir», la situación en la sala de migración.

Con el primer borrador, Itzel me dio ciertas directrices de movimientos antes de trabajar el texto como tal. Luego de algunas sesiones más, tuvimos un corte por el montaje de Romeo y Julieta donde Itzel actuaba y yo tuve un viaje a Buenos Aires. Cuando retomamos, vino la segunda escritura del texto. «Debe ser más dramático», me dijo Itzel. Entendamos por dramático las acciones y no el lloriqueo de telenovela mexicana. La segunda versión agarró fuerza, podía visibilizarse la historia, había un recorrido por diferentes momentos. En cuanto al montaje, Itzel había propuesto varias alternativas, todas geniales, pero resultaban muy costosas y difíciles para realizar, considerando además que si nos íbamos a presentar en el Microteatro, el presupuesto debía ser reducido.

Al final encontramos una propuesta más viable, recurrimos a los servicios de Valeria Galarza, una genia del cómic que dibujó para nosotros los paneles que utilizaríamos como única escenografía. En paralelo teníamos también a Diana Pacheco, mi gran amiga, compinche que siempre estuvo ahí para dar sugerencias, metiendo el hombro para conseguir utensilios, herramientas y hacer electricista, carpintera, pintora si fuera necesario.

Con la escenografía lista, pasamos a los ensayos. Los primeros bocetos parecían funcionar, pero luego sometiéndolos a la observación de personas en cuy0 criterio confiábamos, caímos en cuenta de ciertas falencias y vacíos que teníamos en el montaje, en mi interpretación y en el texto. Se volvió a pulir el texto, se modificó el movimiento escénico, se cambió mi modo de interpretación. Escrito así pareciera que fue fácil pero fue muy difícil, sobre todo para mí que era mi primera vez en un monólogo y de alguna manera estoy expuesto, desnudo (no literal) en escena. Tenía y aun tengo la sensación de ser un recién nacido en el mundo de la actuación y por tanto todo me parece novedoso, extraño y me cuesta todavía lidiar con los gajes del oficio. Desde la escena, ahora he entendido lo fundamental que es tener un director/a contigo. Como actor es imposible verse y muchas veces la propuesta que uno puede tener no es la más viable para el personaje o la obra. El director además debe fungir de coach a momentos y en esto Itzel ha sido importante para mí, siempre con la frase adecuada, en el momento preciso. Siento que con På et Blunk, he descubierto un campo nuevo, gigante, desconocido en el que me inserto sin tener certezas, de la misma forma que entré a lo audiovisual a los 18 años. Con miedos y con ganas. Vuelvo a ser aprendiz, alumno que necesita ser guiado y poner en práctica lo aprendido. En ese proceso he vuelto a ver de cerca los defectos de los que siempre intento huir u ocultar. Pero en el teatro no hay cómo mentir, no hay cómo evadir porque entonces lo que ve el público es falso, no es honesto. Así que me ha tocado mirar esos defectos, lidiar con ellos y usarlos en escena.

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Itzel Cuevas y Jaime Tamariz, grandes amigos y maestros.

Las funciones han sido otra experiencia. Ninguna ha sido igual a la anterior. Siento que he tenido algunas buenas y otras que pudieron ser mejores, lo cual también me ha llenado de angustia. Los consejos de Jaime Tamariz (director del Microteatro GYE) sobre mi trabajo han sido acertados para seguir trabajando, buscando y para entender que el trabajo de un actor sobre su personaje no termina nunca. Justamente ayer veía una entrevista que la hacían a Penélope Cruz y lo que ella hablaba de su oficio como actriz me hacía mucho sentido. Era como caer en la cuenta de que mis ansiedades y miedos hacen parte del trabajo del actor y que toca convivir con esa sensación de caída libre. Ahora entiendo más por qué los actores y actrices parecieran siempre vivir al límite…

Estoy muy feliz por el proceso que estoy atravesando, me emociona pensar en el aprendizaje que obtendré hasta el final de la temporada de På et Blunk. Me encanta jugar en ese aeropuerto que hemos creado en la escena, en las situaciones hilarantes del personaje, reírme e interpretar muchas cosas que en realidad he pensado en una sala de migración. He llegado hasta hacerme algo «rubio», por el papel. Creo que me haré adicto a esta sensación de construir personajes. Me encantaría en el futuro hacer otra obra corta y quizás más adelante hacer algo audiovisual como actor, pero todo a su tiempo, paso a paso, porque todavía soy un neonato en la actuación. Estoy muy feliz por este proceso y por los amigos y estudiantes que han estado ahí para verme. Aunque a veces me siento desesperado, después de todo también estoy muy cuidado, acompañado en este proceso por personas con una calidad humana generosa. Luego escribiré como un balance sobre la temporada completa.

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Con grandes amigos, luego de una de las funciones de la obra.

Y para los que quieran asistir, På et Blunk se presenta de miércoles a sábado, 20:15, 21:55, en el Microteatro GYE (Av. Las Palmas #307 entre Calle 4ta y 5ta).

Saudade de Domingo #40: Fotos de rodaje

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Al Pacino y Francis Ford Coppola en el rodaje de The Godfather (1962)

Hace unos días, luego de volver a ver The Godfather (1972) quedé tan sumergido en la historia que necesité buscar fotos del rodaje como para seguir en ese universo o más bien para encontrar una transición hacia la vida real. Desde que empecé a estudiar Audiovisual allá por el 2004, las fotos de los rodajes han tenido para mí un extraño poder de seducción. Además de que en ellas pueden quedar en evidencia ciertos trucos que en la pantalla aparecen como reales, también en esas fotografías quedan plasmados recuerdos, la energía enfocada en construir un plano, en llevar a cabo una escena dramáticamente complicada. Esas fotos están vivas, son chispeantes, abrumadoras y para mí dicen mucho más que las fotos oficiales de promoción de las películas.

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Sofia Coppola, Andy García y Diane Keaton durante el rodaje de The Godfather III (1990)

Así que viendo las fotos de las tres entregas de The Godfather, además de la emoción, me invadió una extraña saudade por algo no vivido. Era como si las fotografías pudieran transmitir la emoción, la tensión, la presión de esos momentos y al mirarlas con la distancia del tiempo me comencé a preguntar por los destinos de los actores, del director, de los técnicos y de esos sets donde se grabaron las películas. El cine tiene esa cosa hermosa de unir a la gente (y de separarla también, claro). Una película reúne a un elenco que difícilmente vuelva a trabajar otra vez y ese hogar temporal que resulta ser el set de grabación concentra los egos artísticos mezclados con los conflictos de los personajes que cada uno interpreta, las rencillas de las diferentes áreas de producción por querer destacarse más. Congelar todo eso en fotografías es para mí algo necesario además de maravilloso.

Dentro de las fotografías de rodaje, me gustan más donde el director está presente con los actores. Me gusta ver ese tránsito en el que los actores están caracterizados como personajes pero su actitud y comportamiento son aun de ellos como actores. Es como ver a un Marlon Brando luchando con un Vito Corleone mientras se espera la grabación de la escena con Francis Ford Coppola, o a una Nicole Kidman dejando que Virginia Woolf entre en ella mientras Stephen Daldry le marca pautas para la escena. En esas transiciones, en esas fronteras casi desdibujadas de realidad y ficción es donde se concentra la vida de las películas.

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Nicole Kidman y Stephen Daldry en el rodaje de The Hours (2002)

Ya con la nostalgia de las pelis de The Godfather, me puse a buscar fotos de rodaje de algunas de mis películas favoritas. En mí aparece en esos momentos un recóndito deseo de cruzar el tiempo y meterme en esa foto, escuchar lo que hablaban, mirar el plató, ver las retomas, los ajustes de plano. En un rodaje se trabaja para la eternidad. Se arma todo para un fotograma que no morirá nunca aun cuando sus intérpretes y todos los presentes físicamente fallezcan. Las fotos de rodaje tienen ese poder mágico de congelar el proceso.

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Somos

En medio de mi pausa activa de trabajo, me interrogo sobre lo que soy (somos) y esta ha sido mi propia respuesta:

Somos la música que hemos escuchado, las pelis y obras que hemos visto, los libros que hemos leído, la familia nuclear y ancestral que nos ha formado, los profesores que nos enseñado, los besos que hemos dado/recibido, los cuerpos que hemos tocado, el país que nos ha acobijado, los amigos que hemos elegido, los trabajos que hemos tenido, los alimentos que hemos comido, los viajes que hemos realizado, los idiomas que hemos hablado, las parejas que hemos escogido, los verbos que hemos callado…

Saudade de Domingo #39: Pausa activa

En los ambientes laborales, pausa activa se refiere a aquellos breves momentos en medio de la jornada de trabajo, destinados a realizar alguna clase de ejercicio físico con el objetivo de distender el estrés que suele producir la cantidad de horas sentado frente a una pantalla.

Dado que estoy haciendo natación por las mañanas, siento que cumplo con mi parte corporal del día (sí, soy medio vago con ese tema), así que la pausa activa la tomo más para tres cosas: interactuar con mis compañeros, refrescar los idiomas que conozco y leer algún articulo/vídeo interesante relacionado a lo audiovisual.

Conversar con mis compañeros es muy importante. Fuera de las actividades laborales en las que siempre hablamos, me parece indispensable hacer una pausa y hablar de otra cosa, creo que en esos lapsos breves es cuando realmente aprendes a conocer con quiénes trabajas. Hace años atrás trabajaba en un lugar donde no me sentía a gusto y cuando salí de allí, me sentí un poco mal porque en realidad no había llegado a conocer a mis compañeros. Cumplía con mi trabajo, daba lo mejor de mí, charlaba con mis colegas, pero nunca me di la oportunidad de conocerlos más allá  de los temas laborales. Me dejó un mal sabor de boca que me propuse no repetir en ningún otro trabajo.

Así que en los siguientes trabajos que he tenido siempre busco un momento aunque sea minúsculo, para hablar con mis compañeros. No concibo la idea de estar tantas horas con un grupo de personas y no saber nada de sus vida, de lo que hacen fuera del trabajo y de sus aspiraciones. Quizás veo a mis compañeros como personajes. Cuando estoy en un proceso creativo, me tomo un tiempo para escribir primer sobre mis personajes. Qué hacen, cómo piensan, cómo viven, cuál ha sido su pasado. Me es indispensable saber de ellos antes de escribir una sinopsis. Y cuando conozco a alguien me intrigan las mismas cosas que cuando comienzo a pensar un personaje. Muchas veces no sé cuánto mis personajes se nutren de las personas que voy conociendo. Lo cierto es que charlar aunque sea de una banalidad es necesario dentro de mi pausa activa.

También dentro de la pausa doy espacio a refrescar los idiomas que conozco. Siempre tengo el oculto temor de olvidar palabras de alguna lengua, sobre todo cuando caigo en la cuenta de que llevo algún tiempo sin leer o hablar nada en ese idioma. Así que cuando detecto eso, empiezo a leer algún artículo o veo algo en youtube en esa lengua. También escribir es buen ejercicio. Esta mañana por ejemplo, mientras escribía algo sobre el personaje de la película que estoy escribiendo, comencé a hacerlo en inglés, al inicio para practicar y luego sentía que a nivel creativo, ese personaje necesitaba de esa gramática, de esos fonemas para expresarse. Es algo loco que a veces sucede y que no lo corto cuando me doy cuenta que aparece. Creo que al menos en las historias que escribo, los idiomas tienen mucha importancia. A veces hay frases en francés o en portugués que describen mejor a un personaje. Así fue como una vez decidí grabar un corto entero en italiano, pues sentía que el personaje principal debía pensar y actuar en ese idioma.

Y como tercera cosa dentro de la pausa activa, está la exhaustiva consulta de artículos o vídeos relacionados a lo audiovisual. Me encanta estar al día de todo lo que sucede en cine o televisión de cualquier parte del mundo. A momentos por alguna situación, viene a mi cabeza alguna imagen o frase de película, novela o serie. Y para capturar ese frame de mi memoria, suelo postearla en FB. En ese sentido mi muro funciona como un pastiche de recordatorios de películas y series norteamericanas, europeas, latinoamericanas.

Quizás mi pausa activa pueda parecer demasiado mental y de hecho lo es. Pero se trata de un ejercicio cerebral diferente al de mi trabajo diario. Sin esos pequeños escapes creo que colapsaría. Necesito levantarme, hablar, moverme, leer cosas alejadas de mi trabajo para luego volver nutrido y de alguna manera esos consumos se ven plasmados luego en mis tareas laborales. A veces y sólo a veces, suelo identificar en qué parte del trabajo están esas conversaciones, esas frases en otras lenguas o el frame alguna película.