A propósito de París

IMG_2324París es un crème brûlée con sabor a madera y frutos rojos. Es un velo de novia multicolor que se traviste caprichosamente si hay sol o lluvia. Es elegante, a veces rebelde y casi siempre, intocable. Es de esas bellezas para admirar pero no para penetrar.

La recorrí hasta el cansancio, con frío, lluvia, ahogado con esa humedad gélida que sólo creía propia de una Londres victoriana. Y sí, siento saudade de París, de esas calles estrechas, mojadas, de sus panaderías en todas las dimensiones, de las conversaciones susurradas, de las parejas en las plazas, de los franceses borrachos los viernes de madrugada, de los jóvenes enloquecidos cuando el día prometía un débil rayo de sol, de los cafecitos al aire libre.

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París es dulce, es un fruto prohibido que no se debe ingerir. París es un museo al que nunca se podrá conocer desde sus raíces. Es que ya no las tiene. Se corroyeron hace mucho como el óxido en el Sena. París es contradictoria, rica, pobre, hambrienta, moribunda, amable, salvaje, decadente, pero siempre digna, elegante. París es Blanche Dubois, Scarlett O’Hara o para decirlo más mainstream, es Cate Blanchett en Blue Jasmine. Paris, como la Piaff -una de sus hijas-, ne regrette rien. No se arrepiente de nada, porque mal o bien, seduce y embruja a quien osa tocarla. Su halo de misterio invita al desvarío y así, una noche cualquiera, se da uno cuenta que París se ha clavado en el pecho.

Y luego de eso, no queda más que la lluvia. Esa lluvia lacrimógena parisina que entristece al Génie de la Place de la Bastille.

Saudade de Domingo #77: Cuando no escribo

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Alguna vez escuché decir a algún autor cuyo nombre ya no recuerdo, que se es escritor aun cuando no se escriba. Recuerdo haberme quedado pensando en esa frase, dándole vueltas. En aquel entonces era un adolescente, etapa en la que escribía de forma compulsiva, todos los días por varias horas y se me hacía imposible la idea de imaginarme escritor sin estar escribiendo.

Pasaron los años, llegó la universidad, el trabajo, la maestría y demás. El tiempo para escribir se vio mermado. Pasaba (y a veces paso) días o semanas sin escribir una sola línea. Mientras realizaba mis otras actividades me preguntaba: ¿seguiré siendo escritor? Y ante esa pregunta emergía ese recuerdo de antaño respondiéndome: Se es escritor aun cuando no se escriba.

Luego vi y leí muchas entrevistas a escritores que amo y más o menos cada uno desde su mística de trabajo, coincidían en ese aspecto. Hay otras cosas que se pueden hacer mientras no se escribe pero que sin duda son material para la escritura. La más importante de todas ellas: Vivir.

Aun cuando no escriba un cuento, una novela, un guion, mi cabeza siempre martillea con situaciones, con personajes que dicen frases sueltas, con escenarios potenciales para una historia, con noticias que de alguna manera me mueven y se conectan con poco esfuerzo a ciudades, épocas en las que me gustaría trabajar. Creo que la clave es siempre estar atento, escuchar afuera y escuchar adentro. De las dos me parece que la escucha interna va en primer lugar ya que de esta depende de cuán sintonizado puedo estar para darme cuenta de lo que sucede a mi alrededor.

Ya mencioné que el tiempo era responsable de que no pueda escribir todos los días. Eso en parte es verdad pero también es cierto que aparece otra variable: El propio cuerpo.

El cuerpo, o al menos mi cuerpo, tiene su propia gramática. A veces me dice no, no quiero escribir, necesito descansar, dame cariño, aliméntame, báñame pero no me obligues a sentarme, a hundir las teclas y mirar una pantalla en blanco. No quiero ahora, dame una película o una serie para pensar menos. Reconozco que lo complazco con culpa. Quiero escribir, agitar la cabeza y que salgan las palabras pero mi cuerpo se opone, me sabotea. Eso hasta que ocurre algo “mágico”. Mi cuerpo sin avisarme, se sienta y empiezo a teclear. Mi cabeza se despierta y ve que está todo “listo” para trabajar. Y en esa armonía de cuerpo y espíritu que puede durar segundos, horas o días, van apareciendo atisbos de historias y personajes. Se acercan como quien ha sido invitado a última hora a una reunión. Al principio recelosos, dubitativos, poco expresivos, hasta que luego se toman la cancha, debaten, discuten, plantean sus propias reglas.

Después, en algún momento, la fiesta se termina, los personajes toman vuelo y el cuerpo vuelve a pedir descanso, quiere nutrirse, hibernar un tiempo para sentarse después, cuando él quiera y donde quiera.

Aun cuando podría parecer que el tiempo y mi cuerpo son dos enemigos de la escritura, en realidad son dos aliados a los que necesito comprender. Gracias a ellos, puedo también vivir, viajar, leer, conocer, sentir, elementos claves para una escritura libre y sobre todo, sana.

A discover

Every book has its own time. I “discovered” a few days ago a book I bought at the beginning of 2016. I knew the book was great but I was enchanted by another books and suddenly I forgot it.

At the end of the last week I decided to throw away many folders, papers and I found tIMG_7861hat book. It calls The Anatomy of Story, by John Truby. The author reveals some secrets to tackle the huge work of writing stories. I bought it for a course I had to prepare in that time. The last week I started to read it and I found it amazing. I said to myself: “Why didn’t read it before?” There’s no a logical answer.

Everything on the book is making sense right now. It’s as if the book is telling me what to do in my craft (as a writer) right now.  I’ve decided to chose some excerpts from the book to share with my students in a short course I have to prepare for this week. I think is gonna be nice to discuss some advices that Truby gives to the screenplayers.

As I said, books have their own time and this book had to reveal it to me just now. I’m very grateful  to be ready to read/hear/understand the book.

 

El gym y la escritura

Pueden parecer cosas opuestas pero ir al gym me resulta un combustible para escribir. Pongo el cuerpo a trabajar, midiéndose con las pesas, las mancuernas y mi cabeza empieza a fantasear. Las ideas se presentan, personajes se dibujan o voy perfilando historias que me gustaría trabajar. Someter al cuerpo a una actividad mecánica me permite disociarlo de la cabeza por unos minutos.

Hoy volví al gym luego de dos semanas de “descanso”. Las vacaciones en Buenos Aires fueron también un momento de ocio para los músculos. Aunque me sentía un poco duro hoy, el cuerpo recordó los ejercicios y tuve la sensación de reencontrarme con ese dolor placentero que produce el músculo agotado. Algo similar como cuando se escribe por varias horas. Una sensación de pequeño hastío pero con la satisfacción de haber sacado un poquito lo que en el interior se llevaba como una masa indefinida. El gym es la oportunidad para reencontrarme, de mirar mi cuerpo, de sentirlo y en la medida de lo posible me encuentro con mis personajes.

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Ya en la última parte de la rutina, cuando hago cardio, viene por así decirlo el “delirio”. El movimiento mecánico de la caminadora enchufado al iPod me hace volar, imaginar a personajes hastiados de sus rutinas y que dejan el alma en las máquinas. Personajes que tras una decepción amorosa no encuentran nada mejor que herir sus músculos con más peso del adecuado, que astillan sus piernas con ejercicios excesivos, que rompen sus bíceps para no llorar ante una despedida no programada. El gym es un escenario democrático donde todos convergen y buscan sanarse al menos en el cuerpo. Del alma ya se encargarán otros lugares.

Y así entre músculos adoloridos, entre pesas que rebotan en el piso, rostros contraídos, aire enrarecido de sudor y canciones electrónicas que buscan motivar a los caídos, transcurren los personajes del gym. Esperan sin saberlo, que alguien los escriba para que la sesión de ese día al menos haya valido la pena.

Ideas sueltas sobre mi sesión de hoy 

Escribir sobre esta historia es un buceo sin camino, es lanzarse sin pensar (mejor que pensar sin lanzarse). He hecho una estructura de la historia para saber por dónde debo navegar, pero ahora ya en el guion, todo es incierto, todo suena falso, artificial, forzado, atropellado. Y sin embargo en ese buceo, los personajes se van abriendo, se liberan de la estructura y simplemente son. Saltan de la pantalla, juegan con darme información, ocultándome otra. Son ellos y yo soy ellos. Escribo lo que ellos me dictan, me vuelvo ese médium de sus voces. Atravieso el mundo con ellos. Me proponen desbaratar la estructura, desestabilizar las bases e improvisar frases jamás pensadas, acciones en reversa.

Y así termina esta noche de escritura.

Escenas sueltas (2 de 7)

Recorro el teatrín intervenido por dos amigas: una italiana y una mexicana. Cada una prepara una obra, muy distinta la una de la otra. Ayudo como puedo, coso un vestido, taladro una pared, hago un listado de la utilería para luego devolverla (sí, todo se hace por amor al arte, así que el préstamo es la mejor opción). Mientras, actores y actrices entran y salen, se prueban vestuarios, repasan sus textos a la italiana. Una muy menudita y con un pelo que desafiaba a Medusa, lloraba al haber olvidado en cuestión de segundos, dos páginas de sus parlamentos. La mexicana, dura, le dio dos cachetadas para que reaccionara y no atrasara más el ensayo. Al final, lo recordó todo.

La italiana en otra sala terminaba de pintar una silla. Montaría un infantil y esa silla sería el trono de un rey que sería interpretado por un actor que tenía un aire a un David Bowie tropical. era medio divo, seleccionaba a quién saludar y aunque se jactaba deseo profesional, faltando pocas horas para el estreno, todavía no se sabía todo el texto. La italiana lo insultó en genovés, milanés, italiano y al final en español. El resto de los actores no actuaban tan bien pero al menos se sabían sus textos.

Las dos funciones fueron bien de público. Los aplaudieron, se tomaron fotos. La mexicana huyó para no ser presa de autógrafos o fotos. Su compañera italiana posó feliz, lo entendía como parte de su labor de artista y hasta dio unas palabras a unos revistas de teatro independiente. “Seguiremos con nuestro compromiso de hacer teatro así sea con nuestra propia sangre”, sentenció, sin saber que su frase textual empapelaría a una revista de ideología socialista.

Va fa un culo, me dijo la italiana días después cuando le insinué en broma que ahora la tomarían como una agitadora.

Escenas sueltas (1 de 7)

Escena 1

Comencé a hacer ejercicios de forma obsesiva hace más o menos dos meses. No es que haya surgido en mí un interés repentino en hacerme pepudo. Todo es por causa de un personaje. Haré mi debut cinematográfico como actor y necesito tener marcado un six pack en el abdomen. Me viene bien la analogía ya que soy cervecero hasta la linfa y ante la abstinencia de la bebida, hago unas veinte flexiones, treinta lagartijas o cuarenta abdominales. Ya con el sudor y el cansancio, las ganas de una Pilsener helada se diluyen hasta caer dormido, con el cuerpo inflamado y adolorido.

Días atrás empecé a observar dos protuberancias encima de los hombros. Una de cada lado. Imaginé que ya estaban surtiendo efecto las rutinas de espalda y hombros, por lo que entusiasmado, las incrementé sin piedad. Una de mañana, otra de tarde y otra de noche, antes de dormir. Pero pronto las protuberancias fueron creciendo y no de manera proporcional con el resto de la espalda. Un día al levantarme, molesto al no encontrar una posición cómoda para seguir durmiendo, me levanté para cepillarme los dientes y al frente del espejo me encontré con una escena digna de Horacio Quiroga o de Kafka (prefiero al primero, por el referente latinoamericano). Tenía un Alfil en el hombro izquierdo y una Torre en el hombro derecho. Me llamó la atención la perfección, el detalle con el que los músculos habían logrado esculpir dos piezas de ajedrez. Llegué a tocarlas y su textura era igual a la de una pierna o un brazo. Ni siquiera dolían. Sentí hasta un cierto placer tocando estas nuevas extensiones de mi cuerpo que casi llegaban a rozar mis orejas. Pasados unos minutos vino la realidad: Era imposible vivir así, ¿Qué camisetas o camisas me podría poner? ¿Tendría que exhibir mis piezas de ajedrez u ocultarlas? ¿Debía confeccionar camisas adecuando las formas de estas protuberancias? ¿Cómo dormiría las siguientes noches? ¿Debía tener algún cuidado, lavado especial? ¿Si dejaba de hacer ejercicios, disminuirían de tamaño o se volverían flácidas? Ante las dudas, entré a la habitación de mis papás, quienes no podían salir de su asombro. Mi padre, que es médico cirujano al borde de la jubilación, examinó las piezas de ajedrez y aunque señaló que se trataba de un caso rarísimo, dijo que se podrían extirpar sin problema. No me dio tiempo a pensar cuando me colocó una mascarilla en la cara y caí desvanecido.

Al despertar en cama de mis padres, las protuberancias habían desaparecido. Fue una operación exitosa, ya mandé las piezas al laboratorio para hacer una biopsia, no creo que sea nada, dijo él mientras pasaba las páginas del diario, como si no tuviera ninguna importancia lo que había sucedido. Yo seguía pasmado y sobre todo cuando vi que eran las cuatro de la tarde. Me quedaba apenas media hora para poder llegar a un teatrín del centro de la ciudad y ayudar a dos amigas con el montaje de dos obras que se estrenarían esa noche.

Ya en el colectivo, aun mareado por la anestesia, me quedé dormido la mayor parte del trayecto.