La eternidad de Roma

IMG_5534Roma es un beso robado. De esos impulsivos que surgen de una extraña atracción que deambula en la delgada frontera del odio y del afecto. No es fácil besarla ni tampoco golpearla. Sí es fácil, en cambio, enredarse en la maestría de sus cabellos que se reproducen bajo el Tevere, que se cuelan por los caserones de Monti y el centro histórico, sin que nadie pueda advertir su mágica presencia. 

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Roma me golpeó a la cara el primer día, vi de cerca sus dientes milenarios en las avenidas cercanas al Coliseo. Las marcas de sus siglos habían quedado impresas en mi frente, en mi nariz, en mis rodillas. Me quería dejar claro que no era Paris ni ninguna otra ciudad de las que me jactaba penetrar. Me vio tembloroso, abrumado con su ámbar incandescente. Quise golpearla, lo hice, pero Roma es sucia, salvaje, se reía de mis golpes pequeños y torpes. Me arrinconó y ese dialecto romanaccio me besó a la fuerza, me alimentó como a Rómulo para luego huir con su estela de antaño, con la sensualidad de Lucrecia y las risas burlonas de Livia y Julia Domma. Roma me había enamorado. Y yo agredido, enrojecido, había probado el néctar romano, que sería mi pase libre por la ciudad.

Roma no me la hizo fácil. Sus calles cambiaban, se cerraban y se abrían a propósito en una extraña danza que me dejaban diminuto ante su grandeza. Volví a ser virgen, con ese carácter torpe, ansioso tan propio de los jamás tocados. Me inserté en las venas de Roma, en sus canales, sus esquinas, me olvidé del mapa para recorrerla entera, necesitaba su néctar, ese grial escondido en sus mausoleos y palacetes.

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En esos cielos cambiantes, encontré la teatralidad de Roma. Su luz de escenario me hacían pensar en las actuaciones demenciales de Nerón, Calígula, Claudio. Pisaba sus calles, tocaba sus paredes y confundido entre la horda de turistas anglosajones, me preguntaba: ¿Es que no sienten a Roma? Porque sentir Roma es quedarse impávido, guardar silencio hasta que ella, sabrosa, vieja, hosca, decida quitarse los velos y mostrar su corazón reventado, cansado pero que continúa golpeando, bombeando  bajo ese firmamento naranja donde vive altiva, pisoteada, escandalosa.

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En esa última noche de vía crucis, de aire marino y sabor a pretérito, mientras caminaba aun con el ardor en la cara, cansado por el tiempo suspendido de la ciudad, pude ver el rostro de Roma en la Vía Cavour. Era geométricamente desfigurada, de olor a albahaca y a jazmines. Me sonrió y nos fundimos en un abrazo eterno de pocos segundos. Me inyectó la savia que necesitaba para abandonarla. Ella es de romances fugaces. Su eternidad radica en los breves lapsos que produce estupor en sus palacios decadentes, en sus monumentos marchitos, en su catacumbas aun desiertas. Me susurró algo en romanaccio. Era Cornelia que hablaba, pero también era Aurelia, Mesalina y Octavia. Después de su paso agitado, sentí el vacío, el paréntesis glacial de encontrarme huérfano de su abrazo. Una lágrima me quemó la mejilla cuando pude ver sin lentes, sin artilugios, el paisaje romano. Como en la obra jamás montada estaban frente a mí todas las dinastías romanas, sonriendo, hermanados, pues al final no eran más que personajes inflamados. Luego del mutis, empaqué mis cosas, repasé en italiano todo lo que llevaba para la siguiente parada. Era el fin y tenía que partir.

Y al dejar Roma acariciando el turquesa del mediterráneo, me quedé con un ahogo arrancado, con el vacío entre las manos, los huesos apretados y la boca reseca a la espera de un nuevo beso, a la intemperie, con sabor a oliva cerca del pantheon.

Saudade de Domingo #83: Inspiración

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Inflarse de aire, conectarse con el cosmos, tener la sensación de flotar. La inspiración resulta una palabra común y muchas veces maldita para quien se dedica o quiera dedicarse al acto de crear. Poseídos por la idea romántica de que las musas descenderán para insuflar su sapiencia, a menudo escuchamos decir: “No estoy inspirado” o “He estado inspirado”. En realidad en palabras castizas lo que se quiere decir es: “No tengo ganas” o “He tenido muchas ganas”. Porque la inspiración no es más que eso tan cercano  y tan íntimo de cada creador: tener ganas de hacer algo con el afán egoico de inmortalizar algo, de congelar un momento, una imagen o un conjunto de frases que merodean en la cabeza de quien escribe.

En varias ocasiones me he dado a la tarea de capturar situaciones, “escenas” de mi vida que creo que podrían convertirse en algo más que una simple anécdota que con el tiempo podría terminar olvidando. Me gusta ser memorioso pero al haber perdido muchos recuerdos por la fragilidad de mis neuronas, cuando intuyo que quiero conservar algo, lo escribo. Lo tamizo claramente, no puedo evitar fabular, adornar, quitar adjetivos, reformular diálogos. Realizo sin quererlo una intervención quirúrgica en mis recuerdos para dar lugar a otros personajes, a otros escenarios y a veces, otros tiempos. A veces la operación resulta tan creativa que el recuerdo sólo queda como una idea primigenia. Me he sorprendido leyendo escritos míos de hace algunos años, sin poder detectar conscientemente cuál fue su origen. Para los efectos sensibles, poco importa, pues el corazón reconoce las aguas subterráneas que se cuecen bajo esas letras y reconoce a ese hijo perdido, a ese recuerdo pulido y se infla de nostalgia al tener a esas líneas de cerca otra vez. El cerebro, el consciente, queda anulado. Es pura emoción lo que brota de esas lecturas.

Hace unos días presencié un ensayo teatral que me gatilló muchas cosas. Más allá de las cosas que pudieron gustarme o no de lo que vi de ese proceso artístico, ese aroma de viernes tropical, encerrado en una noche asfixiante, escuchando textos sentidos y actores dejando los huesos en cada escena, me hizo sentir esa “inspiración”, esas ganas locas de capturar ese momento, de sentarme a escribir un relato no a modo de diario o bitácora, sino como cuando un cocinero decide reinventar los platos que ha aprendido a ver qué sale. Tenía ganas de contar sobre esa noche, sobre esos espectadores invitados a ese ensayo, sobre el director que veía de cerca el desarrollo de esa historia, sobre esa casa oscura que ha servido de escenarios para otras historias. Me llené de ganas sí, de contar, de fabular, de mirarme enajenado en una ciudad de la que cada vez menos me siento parte. Y así, con el transcurso de las horas se fue dibujando un cuento sobre ese momento y mientras “la inspiración” trabajaba, sólo atinaba a agradecerme por haberme lanzado a esa noche calurosa y haber encontrado en medio de mis penurias, un motivo para volver a creer y crear.

Saudade de Domingo #82: Viajar y escribir

Un claro síntoma que emerge cuando viajo es que no escribo (o muy poco). Contrariamente a lo que sucede con otros colegas, mientras viajo me es imposible armar más de tres frases seguidas. Es como si mi cabeza necesitara sumergirse completo en la aventura de observar, de palpar, de vivir y la soledad de la escritura le resulta una feroz enemiga. Es por ello mi ausencia del blog en estas semanas. Acabo de terminar un viaje académico por Europa y aunque es verdad que escribí poco, es verdad también que tomé muchas anotaciones, capturé frases escuchadas en la calle, me dejé llevar por las historias que me contaban los restaurantes, los rostros, los cielos que observé. No suelo escribir en viajes, pero sí que me nutro de lo que veo para luego volcarlo en “algo”. Un guion, quizás, un cuento, o un retazo de historia que probablemente encontrará su cauce en alguna futura novela.

Me encantaría compaginar la escritura con el hecho de viajar. En este viaje en algunas ocasiones me forcé a entrar a un café para que al estilo Borges o Cortázar pudiera sumergirme en personajes mientras bebía una taza de café. No logré tal hazaña. En pocos minutos estaba absorto observando el movimiento del café, la gestualidad de los meseros, los diálogos fragmentados de parejas de mesas vecinas. Todo aquel escenario me resultaba más atractivo que mis propias palabras ancladas en el papel. De modo que terminaba por cerrar la libreta y observar. Pero tampoco se me dio bien eso de sólo observar porque enseguida mi mente empezaba a generar microrelatos y tenía que abrir la libreta y anotar ideas. Eso sí que lo pude hacer. Anotar ideas, frases sueltas, algunas (muchas) incoherentes con el objetivo de bajarlas a tierra en una lectura posterior.

F996888B-E1B0-4BBC-91C2-74AC4A88E2BELuego de los viajes y en especial en este viaje, suelo quedar un poco agobiado. Me resulta difícil de manejar y procesar tanta información. En algunas ocasiones, como ahora, termino enfermándome y la única salida que me queda es escribir. Lo que sea y en el formato que sea, pero escribir a modo de curación, de sanar el cuerpo ante tantos impactos recibidos. Son las consecuencias de abrirme y convertirme en esponja cada vez que viajo. Me gusta absorberlo todo y esto como contrapartida me deja extenuado. En estos días luego del regreso de Madrid, por ejemplo, tengo la extraña sensación estar y no estar. Mi cuerpo no se habitúa del todo a la rutina y mi cabeza sigue pensando en las ciudades que visité como si fuera tiempo presente. Se niega a la idea de final. Aun con los horarios cruzados, en estos días he dormido más de lo habitual y aun persiste un cansancio constante. Lo único que atino a hacer bien es leer. Estoy sumergido en la lectura de Mandíbula, el último libro de Mónica Ojeda y creo que leerlo me ha salvado del tedio que produce el síndrome post viaje. Con el tiempo he aprendido a manejar mejor el impacto del regreso. Sé que en buena parte, escribir hace bien para amainar el peso la vuelta. Son los estragos de abrazar otras fronteras, de vivir diferentes “yoes” en ciudades distantes.

Después de todo, vale la pena viajar, vale la pena escribir.

Saudade de Domingo #81: Usarnos en las redes

Después de varias idas y venidas, he terminado Escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith. Fruto de los primeros capítulos me di cuenta del potencial “creativo” que tenían mis chats de Whatsapp y que  ya había utilizado inconscientemente para generar cuentos, guiones y demás. Ahora que ya terminé todo el libro y con la cabeza en ebullición ante tantos autores citados, descripción de proyectos que desafían la creatividad, casos de fusión tecnológica en la literatura, me siento con muchas ganas de poner en práctica varios ejercicios de escritura no-creativa.

Para Goldsmith, la cantidad de textos que se han generado en esta contemporaneidad nos ha puesto en un problema: ya no es necesario escribir más sino más bien aprender a manejar la vasta cantidad de textos ya existentes. Si recordamos que ya todo está escrito y que la idea de la originalidad resulta caduca y utópica, con mucha más razón aquellos que sintamos el llamado a la escritura deberíamos pensar qué podemos hacer con tantos textos escritos, fotográficos circulando, cuyo destino final es caer en el olvido dentro de la enorme biosfera que es el internet.

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Así, las redes sociales se transforman en gigantes procesadores de textos que están ahí al alcance de un clic para ser utilizados. ¿Por qué no transformar un tuit en un texto poético? ¿Por qué no utilizar nuevamente los estados que Facebook nos devuelve en forma de aniversario para generar un fragmento de una novela o un diálogo de personaje? Los memes son pruebas actuales de genios no-creativos que han sabido utilizar fotografías o capturas de películas y series para acompañarlas de ciertos textos mordaces. No son autores originales, son autores no-creativos que han asumido la tarea de mezclar lenguajes, de hacerse cargo de textos bastardos, así como la cultura del grafitti, donde una pared servía de lienzo para pintar y para escribir declaraciones de amor, para protestar escribiendo frases de Marx en un contexto muy alejado del que su autor se habría imaginado.

Como ejercicio lúdico esta semana empecé a utilizar ciertas fotos para practicar un intento de escritura no-creativa. Son fotografías que tomé esta semana en eventos diversos y que podían ser unas más dentro de las miles que cada segundo se suben a las redes. Decidí que cada una de esas fotos podía ser un relato, una minihistoria que podía estar o no apegada al contexto de la foto. En ese juego decidí jugar con los adjetivos, si eran ridículos y sonaban a textos cursis preexistentes, mejor. La idea era desprenderme de cierta solemnidad a la que se suele ubicar a la escritura. ¿Por qué ponerla en pedestal si es algo tan humano, algo que hacemos todos los días indiscriminadamente? La escritura no-creativa propone inventariar los textos existentes, utilizar aquel material escrito que parece no decir nada transcendente y convertirlo en otra cosa (un grafiti, un poema, una novela, una película). En ese sentido, la lista de compras en el super, una recordatorio escrito en un post-it, son formas de literatura, considerando eso sí, qué voy a conservar de ese texto en el nuevo formato que vaya a elegir.

La crítica literaria Marjorie Perloff considera que el escritor de hoy más que un genio torturado se asemeja más a un programador que conceptualiza, construye, ejecuta textos como lo hizo, entre algunos otros, Walter Benjamin en El libro de los pasajes. ¿Por qué entonces no usar nuestros textos en las redes y darles nueva vida en otras plataformas? Quizás mi próximo comentario en el estado de Facebook de un amigo sea la frase introductoria de un nuevo cuento. Quizás el tuit visceral político de un influencer pueda ser el título de una nueva historia. Nunca se sabe cuáles son los caminos sorpresivos que puede darnos el lenguaje. La escritura no-creativa propone encontrar en los textos nuevas mutaciones, engendros quizás, que alguien los lea como hermosos y decida a lo mejor alterarlos y remixearlos también. Yo por lo pronto seguiré con mi fotonovela virtual en Instagram hacia donde la red (o mis ganas) me permitan llegar.

El gym y la escritura

Pueden parecer cosas opuestas pero ir al gym me resulta un combustible para escribir. Pongo el cuerpo a trabajar, midiéndose con las pesas, las mancuernas y mi cabeza empieza a fantasear. Las ideas se presentan, personajes se dibujan o voy perfilando historias que me gustaría trabajar. Someter al cuerpo a una actividad mecánica me permite disociarlo de la cabeza por unos minutos.

Hoy volví al gym luego de dos semanas de “descanso”. Las vacaciones en Buenos Aires fueron también un momento de ocio para los músculos. Aunque me sentía un poco duro hoy, el cuerpo recordó los ejercicios y tuve la sensación de reencontrarme con ese dolor placentero que produce el músculo agotado. Algo similar como cuando se escribe por varias horas. Una sensación de pequeño hastío pero con la satisfacción de haber sacado un poquito lo que en el interior se llevaba como una masa indefinida. El gym es la oportunidad para reencontrarme, de mirar mi cuerpo, de sentirlo y en la medida de lo posible me encuentro con mis personajes.

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Ya en la última parte de la rutina, cuando hago cardio, viene por así decirlo el “delirio”. El movimiento mecánico de la caminadora enchufado al iPod me hace volar, imaginar a personajes hastiados de sus rutinas y que dejan el alma en las máquinas. Personajes que tras una decepción amorosa no encuentran nada mejor que herir sus músculos con más peso del adecuado, que astillan sus piernas con ejercicios excesivos, que rompen sus bíceps para no llorar ante una despedida no programada. El gym es un escenario democrático donde todos convergen y buscan sanarse al menos en el cuerpo. Del alma ya se encargarán otros lugares.

Y así entre músculos adoloridos, entre pesas que rebotan en el piso, rostros contraídos, aire enrarecido de sudor y canciones electrónicas que buscan motivar a los caídos, transcurren los personajes del gym. Esperan sin saberlo, que alguien los escriba para que la sesión de ese día al menos haya valido la pena.

Ideas sueltas sobre mi sesión de hoy 

Escribir sobre esta historia es un buceo sin camino, es lanzarse sin pensar (mejor que pensar sin lanzarse). He hecho una estructura de la historia para saber por dónde debo navegar, pero ahora ya en el guion, todo es incierto, todo suena falso, artificial, forzado, atropellado. Y sin embargo en ese buceo, los personajes se van abriendo, se liberan de la estructura y simplemente son. Saltan de la pantalla, juegan con darme información, ocultándome otra. Son ellos y yo soy ellos. Escribo lo que ellos me dictan, me vuelvo ese médium de sus voces. Atravieso el mundo con ellos. Me proponen desbaratar la estructura, desestabilizar las bases e improvisar frases jamás pensadas, acciones en reversa.

Y así termina esta noche de escritura.

Saudade de Domingo #59: Hipotecarse

“En esta casa se hace lo que yo digo”, “Cómo me haces esto después de todo lo que he hecho por ti”, estas como muchas otras frases plantean de cierta manera, un poder de alguien sobre un otro. En una primera lectura se podría pensar: “Qué hijo/a de puta autoritario, sacando en cara las cosas”, pero en realidad más que el soberbio o soberbia enfermo/a de poder, el verdadero problema radica en el otro/a que ha aceptado las reglas del juego, que ha aceptado “hipotecarse”.

Hipotecarse, usando la analogía financiera, sería para mí como obtener algo de alguien sea como regalo, préstamo o ayuda y que luego se puede devolver o no. Normalmente ese alguien serían los padres, familiares cercanos o amigos con quienes se siente más confianza para pedir algo y también más confianza para deber si fuera el caso. Y en ese tiempo en medio, mientras saldamos la deuda, quedamos hipotecados a esa otra persona. Si fuera un hijo/a de puta autoritario/a podrá sacar en cara los favores pero aunque no lo fuera, la deuda igual existiría y en retribución tocaría hacer los favores que nuestro acreedor necesite.

Por mis propias experiencias y la de allegados, siempre en algún momento estamos hipotecados a alguien. En primera instancia lo estamos a nuestros padres hasta cierto momento (o toda la vida algunos). Vivir con ellos, tener los beneficios de un hogar, hace que también se te planteen obligaciones más o menos justas. Y a la menor sublevación, el latigazo hipotecario surge como una suerte de knock out definitivo y de ahí, luego el silencio (o la emancipación).

Con las parejas y las amistades pasa también. En situaciones de escasez monetaria, la pareja resulta el primer gran apoyo cuando no se quiere deber a los padres. La pareja ayudará de forma desinteresada y aunque haya mucho amor (como con los padres) en algún momento quedarán a la vista las costuras de la hipoteca. Tocará hacer cosas que no se quieren hacer debido a la hipoteca existente y es mejor no quejarse para no evidenciar más la deuda.

Hasta acá, todos hemos pasado por situaciones así. El gran problema es cuando estamos hipotecados a muchas personas: Padres, amigos cercanos, parejas, ex parejas, compañeros de trabajo, etc. En los años que viví en Argentina hice terapia de PNL y con mi coach (al que considero mi papá argentino) me di cuenta de lo hipotecado que estaba a muchos personas. Y no todo era de índole monetaria. Había hipotecado afectos, recuerdos, llamadas, encuentros. Lo más evidente era la plata, pero lo más duro era ver que también había hipotecado cosas intangibles. Amor por ejemplo. Hacemos ciertos sacrificios por la pareja en espera de que ella o él haga lo mismo por nosotros y también cuando exigimos ciertos sacrificios estamos queriendo establecer una hipoteca mutua. tuile_20_tuile_gestion_photoQueremos estar embarcados ambos en la deuda, ser deudores y acreedores al mismo tiempo. Con los años de sesiones de PNL aprendí a identificar las situaciones hipotecarias y también a desplazar “la culpa” o mejor dicho “la responsabilidad”. El responsable aunque cueste admitirlo, sería aquel que solicita el favor/servicio/afecto/dinero, etc. Hay situaciones de vida o muerte en la que no queda otro remedio, pero cuando a la más mínima dificultad buscamos hipotecarnos como medida de salvación, estamos cayendo en un craso error. Porque más allá de la forma física en la que se presente la carencia, el gran problema está en que inconscientemente no nos sentimos capaces de solucionar nuestros propios problemas. Nos hemos acostumbrado tanto a la hipoteca, que no creemos que podemos solventar nuestros problemas o aflicciones por nosotros mismos. La hipoteca resulta una tabla de salvación, un oasis en el desierto que en realidad sólo funciona a corto plazo, es un paliativo breve, porque luego viene la verdadera deuda: le entregamos a la otra persona las llaves de nuestra libertad y en esa óptica, el acreedor puede usar las llaves como pueda y quiera.

Siendo consciente de eso trato de ser más cauto a la hora de pedir favores como también a la hora de hacerlos. Como ley metafísica (y cristiana también) hay que dar para recibir y creo que ambas condiciones deben darse por igual. El problema de todo esto, que en palabras se oye lindo, es que tenemos en el medio a un gran villano que es el Ego que todo lo filtra y usa a su conveniencia. Entonces con el Ego en medio, la mano que da es la misma que en algún momento va a cobrar con algún favor y la mano que recibe se acostumbra a obtener perdiendo su propia libertad, precio que al momento de pedir puede parecer poco pero que luego irá creciendo. Acá surge entonces una pregunta: ¿Hasta cuándo estamos hipotecados a alguien?

Para eso no hay respuesta exacta. Lo recomendable sería saldar lo que se deba en el plano que sea conveniente y empezar a asentarse en uno mismo. Creerse capaz y convencerse de que cada uno de nosotros tiene la autonomía suficiente para generar sus propios beneficios sin depender de otro. Es necesario empoderarse, estar seguros de las capacidades que se tienen y si acaso toca hipotecarse alguna vez, saber de antemano de qué manera puedo liberarme de esa deuda.

Que no se entienda que no hay que ayudar. Claro que hay que hacerlo y desde el lado de acreedor hay que tratar de olvidarse de la hipoteca que hay en medio. Quizás lo mejor para no crearse ninguna expectativa es establecer las condiciones de retribución de la hipoteca, para no dejar una deuda tácita, ambigua en el aire que pueda llevar a intereses permanentes sin una fecha de caducidad determinada.

Y bueno, acá termina mi cuarto de hora de autoayuda. A veces es necesario para aclararme ciertas cosas que no logro digerir.