Un nuevo viaje

Viajar me produce ansiedad. De la buena y de la mala, digamos. De la buena porque me estimula lanzarme y de la mala porque el miedo como instinto, busca cohibirme. Al final siempre (o casi siempre) decido aventarme porque la buena ansiedad me hace sentir al mundo como si fuera mi casa. Contradiciendo a mi papá, quien siempre en cada viaje me dice “estás solos contra el mundo”, yo siento que en realidad estoy con el mundo. El viaje es un camino a lo desconocido que necesito sentir, encontrarme con otros idiomas, hábitos diferentes, calles extrañas, aires distintos. Incluso en un destino que conozco tan bien como Buenos Aires, la ciudad siempre me tiene alguna sorpresa. Por ello siempre me es grato volver y cada viaje trae un cúmulo de experiencias, llenando un check list que siempre está en renovación.

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Desayuno en el aeropuerto mientras esperaba el vuelo a Buenos Aires. A la derecha, mi nuevo diario de viajes.

En este nuevo viaje voy solo, como tantas otras veces. Algunos amigos me preguntan -o reclaman- por qué no aviso a dónde voy a viajar para armar algo en grupo. En realidad no tengo una respuesta concreta para eso. Supongo que elegir un viaje parte de un impulso, es algo poco racional al inicio. Creo que además me acostumbré a tener la vivencia del viaje solo: Elegir el hotel, la aerolínea, las escalas, los lugares que visitaré, según mis propias “necesidades”.

También es verdad que en medio de un viaje solo, dan ganas de compartir con alguien la experiencia. Para suplir esa falta, uso las redes, comparto lo que como, lo que veo, el estado del tiempo, lo que percibo. Me encanta el diario de viaje en compañía, además de una buena lectura. Para el viaje de ahora me atiborré con tres libros: Big Magic, Getting Things Done y Nefando. Son compañeros que iré alternando en los breves tiempos muertos en las escalas y antes de dormir. En un viaje como este, la idea no es terminar los libros o devorarlos, sino que cumplan con su misión de compañeros. Pensando así, nunca viajo realmente solo. En mí resuenan esos personajes, pensamientos y voces de esos autores, como un susurro en el aire, en las pisadas por las calles y en el enrarecido aire caliente del hemisferio sur en verano.

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La merienda de hoy, sábado.

Creo que en los viajes, cualquiera que éste sea, hay que entrar, no quedarse nunca en el borde. Hay que nadar, ahogarse, ensuciarse, para luego ver lo pequeños que somos cuando no recorremos el mundo.

Es por esto que agradezco darme, una vez más, la oportunidad de viajar.

Dejo por acá una canción que me acompaña en este viaje, a manera de soundtrack:

Saudade de Domingo #48: Atesorar

Siempre he sido un obsesivo por la memoria, por congelar el recuerdo, por registrarlo todo. Cada tanto me gusta pasar revista a todos los recuerdos acumulados en diferentes formatos: fotos, vídeos, cartas, diario, tarjetas, etc. No lo hago todo el tiempo pero me hace feliz saber que determinado recuerdo está inventariado en alguna plataforma. El problema surge cuando algo se pierde o se borra.

Esta semana viví un hecho que me desestabilizó mucho pero que pocos supieron. El martes a la mañana mi compu no prendió más, intenté revivirla de todas las formas posibles, busqué tutoriales en el celular a ver qué podía hacer para sacar del coma a mi laptop. Pero nada fue posible. Más allá de la molestia de que no prendiera, se me cruzó por la mente un craso error que había cometido: no había respaldado en varios meses toda la info de la compu. Pensé enseguida en lo que más me importaba de los más de 200 GB ocupados. Mis poemas escritos en Nueva York y la sinopsis larga de la película en la que estoy trabajando.

¿Cómo era posible que si eran trabajos tan importantes para mí, no se me hubiera ocurrido respaldarlos en el Drive, en un disco externo o por último en el mail? Me recriminé durante horas. Era como haber retrocedido un año atrás de trabajo. Era la primera vez que una compu se me dañaba pero no era la primera vez que perdía información valiosa. Un año atrás un disco duro dejó de funcionar de la nada y no se pudo rescatar nada de la info que estaba ahí. No me dolió tanto porque más que todo eran películas que luego pude volver a bajar, pero la sensación de pérdida no me era desconocida. Dos años atrás, en Buenos Aires, otro disco que tenía empezó a dar problemas, lo llevé a varios centros de reparación pero no pudieron hacer nada por salvarlo. ¿El contenido? Un cortometraje que había grabado unos meses antes. Todo el material en bruto, el primer corte al olvido entre los sectores dañados del disco externo. Por suerte esa vez había dejado un respaldo en mi compu en Guayaquil, así que mi hermana pudo mandarme por Dropbox todo el material. Más atrás todavía, cuando tenía como unos 13 o 14 años, un técnico que había venido a casa a actualizar el sistema operativo de la compu, había formateado sin consultarme el disco duro y perdí algunos cuentos. Me tocó escribirlos desde cero.

Así que el martes por la tarde mientras iba con mi papá a la tienda donde había comprado la compu para aplicar la garantía del equipo, me preguntaba -o recriminaba- por qué no había hecho el respaldo de la información. Y no fue por falta de alertas: A una amiga mía le robaron sus dos compus hace unas semanas atrás y no había respaldado nada en la nube, por lo que perdió todo. Yo pensé para mí «hace mucho que no respaldo nada en el Drive». Seguí con mis ocupaciones en el seminario en Nueva York. Al final del mismo, María Negroni nos pidió que le enviáramos todos los poemas escritos. Hubiera podido hacerlo ese mismo día pero pensé que quería tomarme unos días para releerlos y corregirlos. Ya de regreso a Ecuador, una amiga del seminario me pidió leernos los poemas de ambos y darnos feedback mutuamente. Le respondí que me gustaba la idea y quedé enviárselos ese mismo fin de semana. Como estaba por empezar a dar clases nuevamente, tuve que armar una materia de cero y no tuve tiempo de trabajar un poco en los poemas. Todas esas alertas se pasaron por mi cabeza mientras iba a la tienda y estaba tomado por una impotencia tremenda. Dejamos la compu ahí. Esa noche pasé mal pensando en mis archivos.

Al día siguiente llamé y el daño parecía grave por lo que mandaron a pedir una nueva pieza que debía llegar en unos días más. Pregunté por mi información, por el disco y me dijeron «no nos hacemos cargo de eso, era su responsabilidad respaldar todo». Yo ya sabía eso y no necesitaba como cliente el facilismo del técnico. Me dio mucha rabia el quemeimportismo del fulano. Me exalté. Así con todo, tuve que dar clases, haciendo gala de mis dotes de actor y fingir que todo estaba bien. Hice bromas como suelo hacer en clases y creo que fingí tan bien que hasta casi me creo que no me pasaba nada.

Esa misma tarde del miércoles, me entregaron el disco y en vista de que es tan «modernísimo» (un chip ultradelgado) no encontré quién pudiera extraer la información así que recurrí el jueves a los servicios de Ondú, que se portaron genial. Un día después tenía toda la información del disco rescatada y mis poemas volvieron a ver la luz, los personajes de la película reaparecieron e inmediatamente comencé a respaldar todo en el Drive.

Más allá de la anécdota tenebrosa que todo esto me provocó pensé nuevamente en mi afán extremo de atesorar recuerdos. ¿Sirve de algo? Es decir creo que sirve pero siempre que se comparta, cuando haya un otro que observe también. Mirar en solitario es aburrido y egoísta. Lo sé. Es algo en lo que quiero/debo trabajar. Siempre por un afán perfeccionista, de siempre pensar que mis proyectos pueden ser mejores y que hasta tanto es mejor que no vean la luz, creo que los proyectos acaban suicidándose. Pensarán: «si no hay alguien más que nos mire, mejor nos matamos. Basta de oscuridad». Algo así debió haber dicho ese corto que casi perdí pero que pude recuperar para que siguiera en otro disco duro…

Atesorar sólo debe servir si es para compartirlo, así gane críticas o elogios. Son la misma cara de una moneda. Esta bitácora cumple un poco esa misma función: congelar, retratar sensaciones mías en determinado momento y compartirlas en la web, así no sea el mejor escritor del mundo. Y con esa misma lógica debería operar con los proyectos que hago. Decir/escribir todo esto, es una forma de catarsis para recordarme que las cosas que suceden a mi alrededor son señales a las que debo prestar más atención. Nada sucede así porque sí y esta semana terrorífica en la que casi pierdo documentos valiosos para mí, me ha hecho dar cuenta de lo responsable que soy por las cosas que creo, en las que invierto tiempo. Así que además de respaldar todo en el Drive, ya envié mis poemas a María, se los envié a mi compañera del seminario y la sinopsis larga de la película se la envié a dos personas que aprecio mucho para que me den feedback. Creo estar retomando bien las cosas por el momento.

Debo seguir recordándome: comparte lo que haces, atesora y comparte.

Saudade de Domingo #46: See you later, NYC

Soy masoquista. Viajar es una de las cosas que más me gustan pero que también más me tensiona. Armar maletas, cuidar el peso, recordar qué productos están prohibidos, cómo distribuir las cosas entre las maletas y el equipaje de mano, las escalas, la sala de migración, etc. Todo eso me pone en tensión. Quienes vieron mi obra Pa et Blunk, sabrán bien a qué me refiero. Sin embargo, cualquier sacrificio vale la pena a la hora de conocer img_0711nuevos lugares, nuevas personas y a modo de conclusión de este viaje a New York, puedo decir que los gringos se portaron de diez. Amé la ciudad y siento que ella me amó también. La he conocido a través de la escritura, de la lectura, de amigos latinoamericanos y gringos. Sin duda es una de esas experiencias maravillosas que guardaré por siempre conmigo.Aun es muy pronto para dimensionar lo que ha sido todo este viaje. Tendré que esperar a que las cosas se asienten en el cuerpo, en el corazón para ver en su totalidad lo que ha pasado conmigo. Logré como en muy pocos viajes una desconexión casi total, fue una suerte de retiro espiritual (paradójicamente en New York) y la verdad no me arrepiento. Fueron muchas tareas, muchos recorridos y siento que yo al interior estaba buscando esa conexión con lo ajeno, con lo desconocido. Creo que además he tenido la suerte de estar rodeado de personas maravillosas que han sido como hermanos durante estos quince días en Nueva York.

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Escribo todo esto desde la sala de espera en el JFK Airport, a pocas horas de volver a Guayaquil, a la rutina. Como ya me ha pasado en otros viajes, mi cuerpo llegará primero y mi cabeza terminará por llegar unos días después. Regreso con ganas de charlar, de contar lo que pueda digerir de la experiencia y leer, escribir, ver todas las películas recomendadas. Mirando hacia atrás, hace apenas dos semanas, puedo sentirme diferente a aquel que llegó un sábado de nevada a NYC. Me voy con más experiencia, con más preguntas, dudas, con ganas de regresar a NYC y perderme nuevamente entre sus calles geométricas abrumadas de rascacielos, de sentarme en el subte entre asiáticos, negros, latinos y gringos, de comer pizza al paso con porciones monumentales,  de recorrer una y otra la vez la quinta avenida como si no hubiera remedio, de mirar el Hudson y pensar en Woody Allen, de caminar y respirar el aire del Central Park. Sin duda, es sólo un hasta luego, tengo cuentas pendientes con NYC y es imperativo volver, volver, volver.

Saudade de Domingo #45: New York I love you

«Te va a volar la cabeza», me dijeron algunos amigos antes de venir a New York. En realidad me la ha reventado. Todo es superlativo en esta ciudad, no hay lugar para términos medios. Las distancias son enormes y realmente uno puede llegar a sentirse una hormiga entre tantos rascacielos y personas tan diferentes. Negros, latinos, asiáticos, rubios, musulmanes, mezclados de todas las maneras posibles. Como me dijo una pareja norteamericana: «Todos en Estados Unidos, especialmente en New York somos de cualquier otra parte, descendientes de italianos, mexicanos, irlandeses, etc. Solemos decir que alguien es New Yorker, cuando vivimos mucho tiempo acá sin importar el origen».

Me contaron que cuando entre norteamericanos se preguntan «Where are you from», la respuesta normalmente suele ser: «I’m italian, I’m irish, I’m mexican, I’m chinese» incluso cuando sean la tercera o cuarta generación nacida en Estados Unidos. Es posible que ni hablen la lengua de sus ancestros, pero mantienen la costumbre de responder al «where are you from» con la nacionalidad de los abuelos.

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Algo que me ha llamado mucho la atención es el subte de acá. Acostumbrado al de Buenos Aires, el subway me resulta complicado de entender. Una misma estación funciona para varias líneas y no siempre hay cómo saber cuál es la estación final o de cabecera. Ya me he perdido algunas veces pero voy aprendiendo.

No todas las estaciones de subte tienen rampa o ascensores para personas con capacidades especiales. Las escaleras para bajar normalmente son metálicas y en época de lluvias son un verdadero peligro. Ya vi algunas personas mayores bajas con sufrimiento por las escaleras ante la indiferencia de la gente. Dentro de las estaciones también algunas tienen desniveles y no hay ninguna preparación para que las personas mayores puedan transitar.

A diferencia de lo que había escuchado, la gente en New York me ha parecido muy amable. Hay un trato excelente para el turista y tienen mucha paciencia. Me he quedado gratamente sorprendido, quizás porque en Guayaquil y en Buenos Aires, la gente que atiende al público no es precisamente amable. Hasta me incomoda por vergüenza ajena cuando alguien acá me pregunta si está todo bien, si necesito algo, porque en realidad veo en los ojos de las personas que están realmente prestos a ayudar.

Aunque no he podido experimentar mucho, hay demasiada variedad de comida en New York. Restaurantes de todos los precios (aunque parezca mentira he encontrado incluso restaurantes más baratos que en Guayaquil) y de todas las gastronomías posibles. Estoy alojado en el midtwon, específicamente en Korea Town y es impresionante la cantidad de restaurantes con diferentes clases de comida. El viernes en Harlem fui con unas amigas a un bar de jazz de origen etíope, así que aproveché la oportunidad para probar algo del país africano. Fue interesante comer con las manos, con una masa similar a la de los tacos y un pollo picante en finas hierbas.

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Hace unos días me llevé una gran sorpresa con la pizza. Acostumbrado a las porciones de Buenos Aires, pedí tres slices para almorzar y me sorprendí al ver lo enormes que son los pedazos acá. Con esfuerzo me comí dos porciones y media (Bueno, casi que lo logro eh!).

Quedé extasiado con Strand Book Store, una librería enorme en el East Village. Son tres pisos de toda clase de libros, desde los comerciales hasta los clásicos, pasando por una infinidad de ediciones de colección, rarísimas, que pueden llegar a costar mucho dinero. Uno podría pasarse horas en aquel lugar recorriendo los pasillos a modo de biblioteca, leyendo, eligiendo qué comprar porque la tentación es siempre quererlo todo.

El MOMA fue otro lugar maravilloso. Poder ver de cerca todas las pinturas que había estudiando tanto en Historia del Arte, ahí, frente a mí. Ver Picaso, Monet, Mondrian, Matisse, Dalí fue impresionante. Llegué a quedarme sin aire delante de Las señoritas de Avignon o Estudio en Rojo. Y horas después a la salida del MOMA, la ciudad regala una nevada deliciosa.

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Nevada en Chinatown

Otra cosa loca de New York es el clima. De tener números negativos durante mis primeros días, el jueves llegamos a tener un día soleado de 18 grados, para luego tener un viernes frío y un sábado de nieve. Fue mi primera viendo nevar. Emocionante, con el corazón a mil como si fuera una criatura. Hice varios vídeos intentando registrar el momento a pesar de la incomodidad que entrañaba llevar el paraguas en una mano y en la otra el celular con el libro de viajes de New York. Aun así, logré sacar varias fotos y vídeos de Chinatown que fue donde estuve en el momento de la nevada.

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A medida que se acerca el cambio de mando, los ánimos empiezan a caldearse acá. Hoy caminando por la quinta avenida para llegar al Central Park, pasé por el Trump Tower que estaba totalmente cercado por policías como medida de protección ante posibles disturbios. A las 14h00 de hoy domingo, frente a The New York Public Library, un grupo grande de escritores de la ciudad unidos bajo el nombre Writers Resist, hicieron una manifestación pacífica en contra de las medidas que pretende imponer Trump en su gobierno. Al podio iban pasando poetas, narradores que leían algún fragmento de otro autor relacionado con la libertad y alguno se atrevió a leer algo escrito específicamente por la coyuntura. Hoy mismo bajo la misma organización se realizaron eventos similares en Los Angeles, Phoenix, Denver, Orlando, Chicago, entre otras ciudades.

En New York me siento tranquilo. Me habían dicho que era estresante, que la gente corre de un lado a otro, pero la verdad me siento muy bien con el ritmo acelerado de la ciudad. A lo mejor yo soy igual de acelerado y estoy en sintonía, pero no me he sentido abrumado para nada con respecto a la gente.

Aun me queda una semana más por acá para seguir conociendo. Hay muchos lugares por visitar y sé que no podré conocerlo todo. Una excusa más para volver, en otra estación quizás y recorrer la ciudad con otro color. Definitivamente NYC entra a mi lista de ciudades favoritas. Siento desde ya un enorme cariño por ella.

Saudade de Domingo #44: De Buenos Aires a New York con escala en Guayaquil

Ni bien me subí al avión en Buenos Aires (con toda la pena que siempre me embarga cuando salgo de Ezeiza) empecé a sentir un dolor en las amígdalas que luego se se agravó en la escala en Santiago. El trayecto Santiago-Guayaquil fue una tortura, con fiebre, escalofríos, dolor de huesos y dolor de cabeza. Rogaba para que se amainara el dolor, pero nada. En algún momento hasta llegué a tener ganas de vomitar, pero afortunadamente no pasó.

Al llegar a Guayaquil, no daba más. Sentí que me iba a desmayar en cualquier momento y esa misma noche comencé un coctel de pastillas para desinflamar las amígdalas, bajar la fiebre, aliviar la cefalea. Al día siguiente me reintegré al trabajo y las amígdalas seguían igual de inflamadas, tenía fiebre cada seis horas. El malestar se unió a mi desesperación al imaginar mi cuadro al viajar a New York el sábado. ¿Podría viajar? ¿Mi sueño de meses se desvanecería por un trancazo inoportuno? El panorama gélido de temperatura en negativo en la gran manzana me hacía pensar lo peor. Estaba tan angustiado que ni siquiera me atreví a hablar de mi estado con mucha gente. Sólo mi familia lo sabía. Del miércoles al jueves casi no dormí nada por el dolor de amígdalas y la fiebre repentina. Fui con mis papás a visitar a una tía doctora y al ver mis amígdalas dijo: Están enormes, parecen dos limones!”. En ese momento me inyectó penicilina luego de hacerme la prueba cutánea de la misma. Recordé el dolor que causan ciertas inyecciones en las nalgas. Pasé el jueves resolviendo temas bancarios con la nalga izquierda adolorida y con las amígdalas hechas mierda todavía. Hice mi check in con desconfianza. En mi cabeza seguía rondando la pregunta ¿lograré viajar? ¿y si no mejoro? Ante estos momentos el apoyo familiar fue fundamental. Nunca pusieron en duda mi viaje, tenían fe de que yo iba a a mejorar, aun cuando comer o tragar saliva era toda una tortura.

El jueves por la tarde visitamos a mi tía en su consultorio y me puso la segunda inyección, luego de haber tenido un largo día de fiebres recurrentes y pocas horas de sueño. Ahora el dolor estaba pareja en las dos nalgas, así que sentarme o subir escalera era toda una proeza. Solo pensaba en New York, en el taller de escritura, en los textos que leeré, en lo que escribiré. Sólo ahí caí en la cuenta que por todo esa infección en la garganta no había podido disfrutar de la previa de mi viaje a New York. Las amígdalas se habían tomado el centro de atención y desplazaron a New York dentro de mis prioridades de pensamiento.

Mi mayor alegría fue despertar el sábado y sentir que mis amígdalas se habían desinflamado bastante. Todavía dolían pero estaba bien. Me bañé, me vestí, cerré la maleta y con todo fui con mis papás a visitar a mi tía a su casa para que me pusiera la tercera inyección.

Ya en la sala de espera del aeropuerto, recién pude descansar y sentir que lo había logrado, que a pesar de todo, estaba ahí, a las puertas de cumplir mi sueño. quizás uno de las más hermosos que tenga este año. Me volví a sentir feliz como no me sentía desde hacía varios días. Era como estar al final de la primera parte de una saga de películas. Pensaba en mi primera vez en Estados Unidos y de paso en New York, en ese monstruo de ciudad a la que solo he visto en el cine. No tengo familia ni amigos en esa ciudad y eso en lugar de desanimarme me alegra. Voy a conocer New York por mí mismo como hice con Buenos Aires en el 2011, cuando llegué una mañana de mayo y la última capital de Sudamérica me era completamente desconocida. Quiero trazar mi propia cartografía en New York, caminar mucho, tocar sus calles, respirar su gélido aliento de invierno, conocerla a solas, sin disputarla con nadie como buen Aries posesivo que soy.

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Luego de una escala calurosa en Panamá, llegué al John F. Kennedy Airport. Dos horas y media en la sala de migración para atender a 500 pasajeros frente a 5 oficiales…! Fue desesperante, pero la espera valió la pena al recorrer parte de la ciudad desde el aeropuerto hasta el hotel. El recorrido me pareció muy similar al de Ezeiza a Buenos Aires. En algún momento, confundido entre el inglés y el español sentí nostalgia por Buenos Aires y por Guayaquil. Tonterías mías, pues no es que me voy a quedar mucho en New York, pero de alguna forma, siento que este viaje me dará un gratísimo aprendizaje y sólo pensarlo me emociona. Quizás mi forma de mirar, de escribir, de encarar un proceso creativo sea un poco diferente a mi regreso a Guayaquil o Buenos Aires. Y eso estaría muy bien. En abril cumplo 31 y quiero seguir creciendo, reinventándome, de lo contrario no tendría sentido cumplir años.

Hoy caminé por Highline, Chelsea img_9654y West Village con un frío de -7. Hablar en inglés con la gente o escuchar conversaciones me hace pensar que estoy en una película y en ciertas partes siento la falta de los subtítulos. Es como si la recepcionista, el policía, la pareja de novios, la abuelita que cruza la calle fueran personajes y no personas que actúan para mí en inglés. Y yo me siento también un personaje que imita inflexiones de voz como haría Al Pacino, Bryan Cranston o John Hamm.

Mañana empieza el seminario de escritura por el que he venido a New York. Tengo muchas expectativas con los contenidos, con los profes y los compañeros que tendré. Me siento como el día previo al empezar la universidad o el día anterior al iniciar la maestría. Me gusta esa sensación de incertidumbre, de vacío que me invita a lanzarme y ver qué pasa. Qué lindo que además sea en New York, una ciudad con la que sentía una deuda pendiente al no haberle dado espacio entre mi lista de destinos.

Saudade de Domingo #36: Necesidad

En las clases de Guion de las últimas semanas, hemos venido hablando sobre la importancia de armar bien el conflicto de la historia y de su relación directa con el personaje. Éste debe tener una carencia o algo insatisfecho dentro de sí para que cuando aparezca una situación determinada, se active en él la necesidad de luchar, de moverse en función a un objetivo. Esa necesidad en términos dramatúrgicos, toma el nombre de necesidad dramática, que no es más que cualquiera de las necesidades (de amor, de realización profesional, heroísmo, libertad) que tenemos todos en mayor o menor medida, según el momento de la vida que estemos transitando.

Siempre me resulta curioso enseñar en Guion, la relación del conflicto con la necesidad dramática de los personajes y viceversa. Por un lado me resulta un poco obvio enseñar esto pero por otro lado, cada vez que lo enseño sumado a las preguntas de los chicos, siento que aprendo más sobre el conflicto y las personas (en la vida real). «¿Y qué pasa si un personaje no tiene ninguna necesidad?», me preguntó una vez un estudiante. Y yo le respondí, «pues no habrá situación alguna que mueva a ese personaje y por tanto no habrá conflicto». En ese momento recordé a muchos conocidos que están aparentemente como el personaje que señaló el estudiante. Personas que desconocen sus propias necesidades, que no saben bien por dónde ir, cómo moverse, qué hacer. Al igual que en la dramaturgia, las personas no siempre saben sus necesidades sino que las van descubriendo a medida que se encuentran con situaciones en las que deben decidir algo. Pero incluso en esas situaciones, varios conocidos parecen no tener conciencia de que algo interno se movió o se despertó. Entonces esa necesidad que quiso manifestarse vuelve a dormirse hasta que quizás en algún momento por alguna razón, vuelva a despertarse y quizás esta vez la persona estará atenta a escucharla.

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Cada persona tiene su tiempo para hacer y vivir las cosas. Por tanto la necesidad de una persona debería activarse cuando sea el momento indicado. Luchar por un amor, por un trabajo, por los ideales de una sociedad, por la justicia, son diferentes clases de necesidades unidas a una situación que dan lugar a un conflicto. En la vida quizás tenemos una gran necesidad de algo y sólo nos enteramos muchos años después, atando cabo de nuestros errores pasados. En dramaturgia clásica, para no ver un sinnúmero de escenas dispersas, deberíamos arrancar la historia en el punto cercano a esa «iluminación» que va a tener el personaje. Ver durante los primeros minutos la situación de vida del personaje para luego ponerlo frente a una situación (muerte de alguien cercano, amor a primera vista, concurso de méritos, oferta de trabajo, divorcio, etc.) y que a partir de ahí, accione creándose un conflicto. Recuerdo una vez, cuando trabajaba como asistente de dirección en una obra de teatro, que el director vio durante los ensayos a una de las actrices darse tumbos sin que se sintiera vivo a su personaje. La dejó «actuar» así durante unos minutos. El otro actor metido en su personaje le hacía reclamos por algo que pasaba en la trama y ella actriz, desde su personaje no accionaba. Luego el director interrumpió la escena para decirle: «¿sabes cuál es tu problema? Es que no tienes clara la necesidad de tu personaje y por tanto no deseas nada. Cuando tienes claro el deseo todo se organiza». Esa última frase me cayó como una revelación, como si hubiera sido yo un personaje y me enfrentaba a una situación en la que «descubría» cuál era mi necesidad, mi deseo. En aquel momento me debatía entre irme a estudiar fuera del país o no. Tenía muchas dudas acerca de cómo sobreviviría afuera y al escuchar esa frase comprendí que lo importante era irme, tener la férrea decisión de estudiar afuera y que luego sobre la marcha «algo» ayudaría a organizarlo todo.

man-walking-down-road-alone-640x376.jpgY así fue. Estrenamos la obra, la actriz se lució y fue muy felicitada por su interpretación, mientras yo empecé las averiguaciones para hacer una maestría fuera del país. Tomó un tiempo barajar opciones, esperar respuestas, hasta que finalmente en marzo del 2012 me fui a vivir a Buenos Aires, llevando conmigo ilusiones, sueños y proyectos. No sabía bien qué pasaría pero tenía claro que mientras tuviera clara mi necesidad de superación, todo alrededor se organizaría, que el universo conspiraría a mi favor, como se dice en Metafísica. Pasaron muchas cosas buenas y no tan buenas en ese proceso, pero conseguí lo que quería. Mi ceremonia de graduación fue un lindo final del tercer acto de mi propia película.

Es así como una clase de Guion me recuerda, a través de las necesidades dramáticas de los personajes, que uno como persona debe estar enchufado con el interior, prestar atención a las necesidades y a las situaciones que se presenten. Que si queremos que algo pase hay que estar atento. Todo pasa por algo y nunca se sabe cuál puede ser el próximo objetivo (conflicto en términos dramatúrgicos). Por eso nos encanta tanto ir al cine, leer un libro, ver una obra de teatro. Necesitamos ver a modo de espejo, la lucha de un personaje, cómo se sobrepone a los obstáculos y cómo finalmente consigue o no cumplir sus objetivos. Somos seres de lucha.

Saudade de Domingo #2: ¿Se te quiere o te quiero?

“¡Se los quiere mucho!” “¡Se te quiere!” Hace ya varios meses -o años- observo esta especie de moda en redes sociales para expresar el afecto, el cariño hacia alguien. Me pregunto ¿a qué viene esto? ¿Se habrá desgastado ya la carga simbólica que contiene un “Te quiero” o un “Te amo”? ¿El uso excesivo de estas frases habrá terminado por vaciar el contenido que ya resulta falso o cursi decir un “te quiero” o un “te amo”?

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                   Imagen: Ana María Joutteaux

Me atrevo a suponer que quizás el expresar el afecto en primera persona involucra una responsabilidad. Al decir “Yo te quiero”, asumo que soy el sujeto que tiene amor por ese otro/a. Con un “Se te quiere”, el sujeto queda ambiguo y en esa medida no me declaro responsable por el amor al otro/a. Puede que hoy “se quiera” alguien y ya mañana no. Entonces puedo decir en mi defensa ante un posible tercero: “Es que nunca le dije que lo/la quiero. Le dije: Se te quiere”.

Todos soñamos con el amor a través del cine, la música, la tele e incluso por medio de la frívola prensa rosa, pero ¿cuántos realmente nos atrevemos a vivirlo con todos sus bemoles y asumiendo la responsabilidad sin culpar al otro/a del fracaso de la relación? Siempre resulta más cómodo y menos sofocante colocar al ente de juicio en el exterior. Y para ese caso sí usamos el sujeto en primera persona. Nadie diría un “Se te odia” y sí un “Te odio” dolido, amargo, pútrido. Asumimos ese odio como propio por culpa de ese otro/a que nos ha hecho daño. Pero parecería que no queremos hacernos cargo de querer, amar, pues cuando lo hacemos nos volvemos vulnerables. Le otorgamos a ese otro/a, ese sentimiento que cuidamos como tesoro para no sufrir. El “te quiero”, “te amo” es dar el primer paso, es saltar al vacío y lo que más queremos es que nos digan “yo también te quiero”, “yo también te amo”. Cuando lo escuchamos, así no sea tan sincero, nos sentimos nuevamente “protegidos” o “seguros”.

Entonces el “Se te quiere”, surge como una solución intermedia entre expresar el afecto en primer persona y el no decir nada, dejando sólo la agria suposición de que hay afecto. Cuando estamos en una posición o momento de fragilidad, rotos quizás por algún desamor, el “Se te quiere” por parte de un otro/a, igual resulta confortante. Sería como una especie de premio consuelo al que no deberíamos acostumbrarnos para siempre.

La exposición en las redes también nos coloca en un grado de vulnerabilidad al estar todo visible para todos. Eso quizás también nos condiciona a la hora de expresar el afecto. Probablemente no queramos que cualquiera lea que YO quiero a tal persona. Quizás el “Se te quiere”, “Se los quiere”, sea el “Te quiero”, “Los quiero” de las redes sociales. Quizás en el cara a cara, mirando a los ojos de la otra persona, nos resulte imposible un “Se te quiere” y surja un “Te Quiero”, probablemente forzado por el compromiso que implica. Pero hacerse cargo es parte de la experiencia. Estampamos nuestras firmas en documentos, formularios, escribimos desde un yo que observa o vive tal situación, vemos una película y damos nuestra opinión desde ese lugar que nos duele o nos hace felices. Todo el tiempo estamos en función de un Yo y sin embargo expresar el amor resulta complicado. Y lo es, pues siempre queremos tener certezas, garantías de que el sentimiento es recíproco en el mismo grado que nosotros lo damos o expresamos. Pero no nos podemos hacer cargo de cuánto ese otro/a nos quiere. Sólo podemos dar cuenta de nuestro propio sentir. Toca ejercitar el expresar afecto desde nuestra propia trinchera del Yo sin caer tampoco en el extremo de regalar te quieros de forma gratuita, porque entonces vaciamos su contenido y lo trivializamos. Pero si el corazón nos palpita, la garganta tiembla y nos invade un deseo incontenible de expresar el afecto a un otro/a, está bueno decirlo, sobre todo en una época donde expresar el amor se vuelve raro o sinónimo de debilidad.

Hoy está de cumpleaños una de mis grandes amigas y le voy a decir como siempre le digo: ¡te quiero!, sentido desde el corazón; lo publicaré además en su muro de Facebook, y no por un exhibicionismo efervescente, sino porque aunque suene trillado y de libro de autoayuda, es saludable expresar el amor de todas las formas que creamos posibles. El “Se te quiere” es un salvoconducto del que Yo decido conscientemente prescindir. Alguna vez lo usé y me sentí raro, fuera de mí y creo que no fue justo con la persona a quien se lo dije. En un siguiente comentario, en algún otro estado de Facebook, le dije “Te quiero”. Y en ese momento me sentí curado, tranquilo y con la plena consciencia de que expresar afecto en primera persona no es sólo un regalo para ese otro/a sino que ante todo, es un acto de amor para mí mismo.