Saudade de Domingo #85: Fluir

Let it go, dicen los gringos. Y aunque suene fácil, cuesta dejar ir algo o a alguien. Algunas veces sobreviene una especie de alivio, de poca densidad en el aire, producto de esa repentina libertad. Lo digo yo que soy bastante aferrado a las cosas, que me gusta echar raíces, afianzarme, aunque luego por diferentes circunstancias, me doy cuenta que estoy asfixiado y a veces, de forma impulsiva, termino desechando lo que ya no me deja respirar.

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Desde hace varios años, mi software favorito para escribir mis primeras ideas, es el minimalista Text Edit. 

Desde hace algunos días he comenzado a ordenar muchas de mis cosas y sobre todo a desechar lo que ya no me sirve, lo que siento que ya no tiene que ver conmigo ahora. No ha sido una decisión repentina como en otras ocasiones. Por varios factores, estoy leyendo filosofía oriental especialmente la filosofía Zen, donde aparece como base fundamental, el principio del minimalismo. Aplicado a la vida cotidiana el minimalismo se extiende a las casas, oficinas e incluso a la organización digital de la computadora: las carpetas, el mal uso que se hace del escritorio, archivos en varias versiones, miles de páginas abiertas generando un caos visual y poco inspirador. marie kondoMe encontré en YouTube con varios consejos para mejorar ese desorden digital y pude poner en práctica muchos de ellos. Entre video que va, video que viene, llegué al método KonMari, de la japonesa Marie Kondo. En sus libros publicados (La magia del orden y La felicidad después del orden) enfatiza en la necesidad de organizar, juntar las cosas por categorías y sobre todo, lo más duro, desprenderse, desechar las cosas que no resuenan con uno mismo. Su método de organización es intuitivo. Kondo sugiere que nos preguntemos por cada cosa que tenemos para saber si es necesario conservarla o no. Cuando se obtenga la respuesta del corazón, si la decisión es desechar el objeto, hay que agradecerle por habernos prestado servicio durante todo ese tiempo y desecharlo.

Para fluir se necesita poco en realidad. Una pequeña prueba de ello la tuve al mudarme a Argentina en el 2012. Me fui solo con lo indispensable en dos maletas. Y pude vivir bien así. Hasta que luego, obviamente, el ego empezó a querer echar raíces y fui llenándome de muchos afectos (objetos). A la vuelta a Ecuador años, obligado por las leyes internacionales de peso de equipaje, me tocó hacer lo mismo: regresé con lo indispensable en dos maletas, aunque luego en cada viaje a Buenos Aires, me he ido trayendo cosas, especialmente mis libros, que considero mi tesoro más grande. De modo que me debato entre mis objetos de afecto y el deseo por estar libre de cosas “innecesarias”. Admiro los espacios minimalistas donde siempre se respira orden y paz. Me gustaría que mis espacios tuvieran esa atmósfera de suspensión, de fluidez en los que las chispa creativa pueda surgir en cualquier momento.

Por lo pronto mi compu luce más ordenada. He dejado casi en cero el desktop de la compu, he ordenado con marcadores las decenas de páginas que tenía abiertas en Safari, cancelé la suscripción de varios mails inútiles que me llenaban diariamente la bandeja de entrada. También he puesto orden en mi oficina, desechando una hiperbólica cantidad de papeles. En casa, llené tres bolsas grandes con ropa y zapatos que ya no uso, ordené también mi escritorio físico, dejando en él apenas lo necesario para trabajar en mis proyectos personales.

Lo bueno de toda esa polvareda física y emocional que se levanta, es descubrir cosas que tenía y que había olvidado: Un lápiz, una fotografía, un cuaderno, una caja de inciensos que me da una nueva alegría. Unos objetos olvidados que me hacen pensar en la nueva historia que estoy pensando escribir. Porque al remover cosas también aparecen chispazos creativos. Los pensamientos fluyen mejor, se encuentran más cómodos en un espacio libre, donde no hay obstáculos en el camino. Aunque la creatividad está al interior de cada uno sí es verdad que proporcionar espacios, situaciones pequeñas, facilita que puedan emerger nuevas ideas.

No me desharé de todas mis cosas pues la idea en el minimalismo no es desecharlo todo, sino vivir con lo indispensable. Todo esto implica un cambio de mirada. Observar los objetos (e incluso las relaciones) y preguntarse: ¿Me sirve esto realmente? ¿Cuándo fue la última que me hizo feliz esto? Dependiendo de la respuesta, sería hora de desechar lo que no sirve agradeciendo por su presencia y abriéndose paso a nuevas cosas, para poder fluir hacia donde haya que ir.

Saudade de Domingo #84: Buscar

Parece obvio pero si hay algo que incomoda, es necesario buscar una solución. Y no siempre es la más rebuscada ni tampoco suele ser la más obvia. En todo caso la solución o el intento, están al interior de cada uno. Desde hace algún tiempo sentía mi escritura un poco cortada, como si las palabras salieran a cuentagotas. Quiero decir, escribía pero no siempre estaba el gusto presente. Me sentaba como disciplina pero no lo disfrutaba del todo. He tenido mucho trabajo en la facultad y viajes, por lo cual el acto de sentarme a escribir se había visto mermado.

Paralelamente desde hace algún tiempo atrás he sentido la necesidad repentina de hacer algo con mis manos, algo creativo diferente a la escritura. No le había dado mucha bola a estas ganas, pues siempre termino dispersándome (como con la caligrafía) y después no llego a nada. Sin embargo, ante el escaso deseo por escribir, decidí buscar otras fuentes creativas. Busqué bordado, crochet, escultura, ilustración hasta llegar a uno de esos “cucos” de la infancia: el dibujo.

Siempre me he considerado un pésimo dibujante. En broma y en serio siempre he dicho que soy muy torpe en el dibujo, que tengo otras cualidades pero que la habilidad para dibujar me fue negada. Mientras miraba varios vídeos sobre técnicas de dibujo y tal, pensaba: ¿Quién me metió en la cabeza eso de que soy pésimo en el dibujo? ¿En relación a qué o quién soy pésimo? Seguramente fue en algún momento de la adolescencia y obviamente al sentir más hábil con la escritura, pensé que dibujar para mí no era importante.

Viendo los videos empecé a practicar algunos trazos, hice caso de algunos consejos para principiantes y de pronto me vi dibujando libremente, sin juicio y disfrutando de deslizar líneas sobre el papel. Luego caí en la cuenta de que había “apagado” el hemisferio izquierdo del cerebro y mi niño interior se divertía libremente con los trazos, sin juzgarse ni esperando ser un profesional. Porque está claro que no voy a ser dibujante. Es simplemente una válvula de escape, una alternativa para desbloquear.

Como “efecto secundario” o como “contraindicación”, he vuelto a la escritura con más ganas. Estoy más entusiasta con algunos proyectos pendientes y por alguna extraña razón, las palabras fluyen mejor. Había leído en El camino del artista (libro que recomiendo y del que hablaré después) que a veces cuando estás bloqueado en tu trabajo creativo, está bueno explorar otras artes. Probar con pintura, música, danza, escultura, fotografía. Un arte diferente a la que normalmente creemos dominar. No se trata de ser infiel, es simplemente cambiar el foco de atención un momento. Durante mi reciente viaje a España, una prima que escribe cada tanto, me decía: “Yo no tengo para nada eso del bloqueo del escritor. Me siento a escribir y ya, cuando quiero y si no tengo ganas, no lo hago. No tengo presión”. Me quedé pensando en su soltura y ahora entiendo que al no vivir de la escritura ni tener ninguna pretensión con ello, su escritura fluye sin problema, sin juzgarse. Como a mí me sucede con el dibujo. Lo hago porque me da placer y no estoy pensando en ser un profesional. Y en el momento que me empiece a agobiar, estoy seguro que lo dejaré.

becckettDe modo que el dibujo, en el que siempre me sentí torpe me está dando gratificaciones. Con poco tiempo de práctica no es que dibujo mejor pero sí estoy divirtiéndome en el proceso. Quizás más adelante pruebe con otros trabajos manuales y también estará bien. Me seguiré dejando llevar por el impulso creativo hacia lo que éste quiera mostrarme. Me gusta ser un eterno aprendiz, probarme en cosas nuevas. Quiero también aprender  que equivocarme hace parte del camino. Más que nunca pienso en Beckett diciendo: “fracasa otra vez, fracasa mejor”. Y en esa búsqueda por el siguiente “fracaso”, quiero ir forjando un camino.

Saudade de Domingo #83: Inspiración

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Inflarse de aire, conectarse con el cosmos, tener la sensación de flotar. La inspiración resulta una palabra común y muchas veces maldita para quien se dedica o quiera dedicarse al acto de crear. Poseídos por la idea romántica de que las musas descenderán para insuflar su sapiencia, a menudo escuchamos decir: “No estoy inspirado” o “He estado inspirado”. En realidad en palabras castizas lo que se quiere decir es: “No tengo ganas” o “He tenido muchas ganas”. Porque la inspiración no es más que eso tan cercano  y tan íntimo de cada creador: tener ganas de hacer algo con el afán egoico de inmortalizar algo, de congelar un momento, una imagen o un conjunto de frases que merodean en la cabeza de quien escribe.

En varias ocasiones me he dado a la tarea de capturar situaciones, “escenas” de mi vida que creo que podrían convertirse en algo más que una simple anécdota que con el tiempo podría terminar olvidando. Me gusta ser memorioso pero al haber perdido muchos recuerdos por la fragilidad de mis neuronas, cuando intuyo que quiero conservar algo, lo escribo. Lo tamizo claramente, no puedo evitar fabular, adornar, quitar adjetivos, reformular diálogos. Realizo sin quererlo una intervención quirúrgica en mis recuerdos para dar lugar a otros personajes, a otros escenarios y a veces, otros tiempos. A veces la operación resulta tan creativa que el recuerdo sólo queda como una idea primigenia. Me he sorprendido leyendo escritos míos de hace algunos años, sin poder detectar conscientemente cuál fue su origen. Para los efectos sensibles, poco importa, pues el corazón reconoce las aguas subterráneas que se cuecen bajo esas letras y reconoce a ese hijo perdido, a ese recuerdo pulido y se infla de nostalgia al tener a esas líneas de cerca otra vez. El cerebro, el consciente, queda anulado. Es pura emoción lo que brota de esas lecturas.

Hace unos días presencié un ensayo teatral que me gatilló muchas cosas. Más allá de las cosas que pudieron gustarme o no de lo que vi de ese proceso artístico, ese aroma de viernes tropical, encerrado en una noche asfixiante, escuchando textos sentidos y actores dejando los huesos en cada escena, me hizo sentir esa “inspiración”, esas ganas locas de capturar ese momento, de sentarme a escribir un relato no a modo de diario o bitácora, sino como cuando un cocinero decide reinventar los platos que ha aprendido a ver qué sale. Tenía ganas de contar sobre esa noche, sobre esos espectadores invitados a ese ensayo, sobre el director que veía de cerca el desarrollo de esa historia, sobre esa casa oscura que ha servido de escenarios para otras historias. Me llené de ganas sí, de contar, de fabular, de mirarme enajenado en una ciudad de la que cada vez menos me siento parte. Y así, con el transcurso de las horas se fue dibujando un cuento sobre ese momento y mientras “la inspiración” trabajaba, sólo atinaba a agradecerme por haberme lanzado a esa noche calurosa y haber encontrado en medio de mis penurias, un motivo para volver a creer y crear.

Saudade de Domingo #82: Viajar y escribir

Un claro síntoma que emerge cuando viajo es que no escribo (o muy poco). Contrariamente a lo que sucede con otros colegas, mientras viajo me es imposible armar más de tres frases seguidas. Es como si mi cabeza necesitara sumergirse completo en la aventura de observar, de palpar, de vivir y la soledad de la escritura le resulta una feroz enemiga. Es por ello mi ausencia del blog en estas semanas. Acabo de terminar un viaje académico por Europa y aunque es verdad que escribí poco, es verdad también que tomé muchas anotaciones, capturé frases escuchadas en la calle, me dejé llevar por las historias que me contaban los restaurantes, los rostros, los cielos que observé. No suelo escribir en viajes, pero sí que me nutro de lo que veo para luego volcarlo en “algo”. Un guion, quizás, un cuento, o un retazo de historia que probablemente encontrará su cauce en alguna futura novela.

Me encantaría compaginar la escritura con el hecho de viajar. En este viaje en algunas ocasiones me forcé a entrar a un café para que al estilo Borges o Cortázar pudiera sumergirme en personajes mientras bebía una taza de café. No logré tal hazaña. En pocos minutos estaba absorto observando el movimiento del café, la gestualidad de los meseros, los diálogos fragmentados de parejas de mesas vecinas. Todo aquel escenario me resultaba más atractivo que mis propias palabras ancladas en el papel. De modo que terminaba por cerrar la libreta y observar. Pero tampoco se me dio bien eso de sólo observar porque enseguida mi mente empezaba a generar microrelatos y tenía que abrir la libreta y anotar ideas. Eso sí que lo pude hacer. Anotar ideas, frases sueltas, algunas (muchas) incoherentes con el objetivo de bajarlas a tierra en una lectura posterior.

F996888B-E1B0-4BBC-91C2-74AC4A88E2BELuego de los viajes y en especial en este viaje, suelo quedar un poco agobiado. Me resulta difícil de manejar y procesar tanta información. En algunas ocasiones, como ahora, termino enfermándome y la única salida que me queda es escribir. Lo que sea y en el formato que sea, pero escribir a modo de curación, de sanar el cuerpo ante tantos impactos recibidos. Son las consecuencias de abrirme y convertirme en esponja cada vez que viajo. Me gusta absorberlo todo y esto como contrapartida me deja extenuado. En estos días luego del regreso de Madrid, por ejemplo, tengo la extraña sensación estar y no estar. Mi cuerpo no se habitúa del todo a la rutina y mi cabeza sigue pensando en las ciudades que visité como si fuera tiempo presente. Se niega a la idea de final. Aun con los horarios cruzados, en estos días he dormido más de lo habitual y aun persiste un cansancio constante. Lo único que atino a hacer bien es leer. Estoy sumergido en la lectura de Mandíbula, el último libro de Mónica Ojeda y creo que leerlo me ha salvado del tedio que produce el síndrome post viaje. Con el tiempo he aprendido a manejar mejor el impacto del regreso. Sé que en buena parte, escribir hace bien para amainar el peso la vuelta. Son los estragos de abrazar otras fronteras, de vivir diferentes “yoes” en ciudades distantes.

Después de todo, vale la pena viajar, vale la pena escribir.

Saudade de Domingo #81: Usarnos en las redes

Después de varias idas y venidas, he terminado Escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith. Fruto de los primeros capítulos me di cuenta del potencial “creativo” que tenían mis chats de Whatsapp y que  ya había utilizado inconscientemente para generar cuentos, guiones y demás. Ahora que ya terminé todo el libro y con la cabeza en ebullición ante tantos autores citados, descripción de proyectos que desafían la creatividad, casos de fusión tecnológica en la literatura, me siento con muchas ganas de poner en práctica varios ejercicios de escritura no-creativa.

Para Goldsmith, la cantidad de textos que se han generado en esta contemporaneidad nos ha puesto en un problema: ya no es necesario escribir más sino más bien aprender a manejar la vasta cantidad de textos ya existentes. Si recordamos que ya todo está escrito y que la idea de la originalidad resulta caduca y utópica, con mucha más razón aquellos que sintamos el llamado a la escritura deberíamos pensar qué podemos hacer con tantos textos escritos, fotográficos circulando, cuyo destino final es caer en el olvido dentro de la enorme biosfera que es el internet.

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Así, las redes sociales se transforman en gigantes procesadores de textos que están ahí al alcance de un clic para ser utilizados. ¿Por qué no transformar un tuit en un texto poético? ¿Por qué no utilizar nuevamente los estados que Facebook nos devuelve en forma de aniversario para generar un fragmento de una novela o un diálogo de personaje? Los memes son pruebas actuales de genios no-creativos que han sabido utilizar fotografías o capturas de películas y series para acompañarlas de ciertos textos mordaces. No son autores originales, son autores no-creativos que han asumido la tarea de mezclar lenguajes, de hacerse cargo de textos bastardos, así como la cultura del grafitti, donde una pared servía de lienzo para pintar y para escribir declaraciones de amor, para protestar escribiendo frases de Marx en un contexto muy alejado del que su autor se habría imaginado.

Como ejercicio lúdico esta semana empecé a utilizar ciertas fotos para practicar un intento de escritura no-creativa. Son fotografías que tomé esta semana en eventos diversos y que podían ser unas más dentro de las miles que cada segundo se suben a las redes. Decidí que cada una de esas fotos podía ser un relato, una minihistoria que podía estar o no apegada al contexto de la foto. En ese juego decidí jugar con los adjetivos, si eran ridículos y sonaban a textos cursis preexistentes, mejor. La idea era desprenderme de cierta solemnidad a la que se suele ubicar a la escritura. ¿Por qué ponerla en pedestal si es algo tan humano, algo que hacemos todos los días indiscriminadamente? La escritura no-creativa propone inventariar los textos existentes, utilizar aquel material escrito que parece no decir nada transcendente y convertirlo en otra cosa (un grafiti, un poema, una novela, una película). En ese sentido, la lista de compras en el super, una recordatorio escrito en un post-it, son formas de literatura, considerando eso sí, qué voy a conservar de ese texto en el nuevo formato que vaya a elegir.

La crítica literaria Marjorie Perloff considera que el escritor de hoy más que un genio torturado se asemeja más a un programador que conceptualiza, construye, ejecuta textos como lo hizo, entre algunos otros, Walter Benjamin en El libro de los pasajes. ¿Por qué entonces no usar nuestros textos en las redes y darles nueva vida en otras plataformas? Quizás mi próximo comentario en el estado de Facebook de un amigo sea la frase introductoria de un nuevo cuento. Quizás el tuit visceral político de un influencer pueda ser el título de una nueva historia. Nunca se sabe cuáles son los caminos sorpresivos que puede darnos el lenguaje. La escritura no-creativa propone encontrar en los textos nuevas mutaciones, engendros quizás, que alguien los lea como hermosos y decida a lo mejor alterarlos y remixearlos también. Yo por lo pronto seguiré con mi fotonovela virtual en Instagram hacia donde la red (o mis ganas) me permitan llegar.

Saudade de Domingo #78: El WhatsApp como fuente de “inspiración”

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Hay otro Santiago cuando escribe por WhatsApp. O quizás soy yo mismo pero más afilado, más irónico, más chistoso o nada de esto y sí una versión alterada de mi yo de la vida real. Releyendo varias de mis conversaciones de whatsapp, suelo sorprenderme de lo que escribo y de lo que me escriben. No importa si son amigos, familiares, conocidos menos que amigos o aquella persona especial que te remueve las hormonas. Cada conversación de chat termina siendo una historia en sí misma, un pedazo de vida virtual que esboza algo de lo físico. Recuerdo haberme peleado con alguien en la vida real y cuando se limaron asperezas, volvimos a nuestras habituales conversaciones de WhatsApp. Me di cuenta por el historial que nuestra última charla había sido antes de esa pelea (en el plano físico, real) y por tanto en WhatsApp no había registro de ese enfrentamiento. Según lo registros whatsappísticos, nosotros éramos muy buenos amigos: solidarios, amables, presentes, con charlas de doble sentido, con charlas pseudo-filosóficas y luego otras bastante triviales que también alimentan toda conversación que se respete.

También me sucedió al contrario, muchas discusiones en el WhatsApp y en la vida real todo de maravilla. En ese caso, según los archivos whatsappísticos, nuestra relación era una mierda, mucha ironía con mala onda, insultos disfrazados de broma, emoticones insoportables de enojo y hastío. Era como si WhatsApp nos permitiera ser los malos de las películas, unas versiones virtuales y diminutas de villanos telenovelescos. Varias veces quise dar la vuelta a la situación, escribir llano, sin ironías, pero la interpretación libre que permite lo virtual, tergiversaba mis palabras, me colocaba como una persona intolerante, cruel, indolente. Eran cientos de líneas de discusión, con intervenciones muchas veces simultáneas que hacían que se perdiera el hilo de lo que se estaba discutiendo más arriba. Menos mal que WhatsApp puso la opción de poder citar un comentario y responder a ese comentario, así la otra persona puede entender a qué está haciendo alusión en medio de toda la catarata de mensajes.

En cada chat de WhatsApp parezco ser otro y al mismo tiempo, soy todos ellos. En algún momento llegué a tomar prestado de mis chats ciertas líneas interesantes para nutrir otros textos, en especial cuentos y guiones. Recuerdo incluso haber tomado casi textualmente un chat de hace años, que en ese momento fue muy doloroso, para ponerlo en la piel de unos personajes. No tuve que modificar casi nada, el sentimiento era exactamente el mismo. Me gustó ver cómo algo turro, que me costó meses en comprender, se había “curado” a través de las voces de otros personajes. Pude incluso ironizar, mirar desde afuera ese texto y decirme: Ese ya no soy yo.

Hace unos días atrás, pasando revista a mi biblioteca, como me gusta hacer cada tanto, me encontré con un libro que había comprado en uno de mis viajes a Buenos Aires. Lo miré con curiosidad y me encontré con un autor que propone radicalmente no seguir creando más textos y sí manipular, modificar los ya existentes. Sostiene que existen ya tantos textos en el mundo digital, que lo más responsable sería moverlos, ajustarlos, darles una nueva vida y pasar de ser autores a procesadores de textos. La idea me ha volado la cabeza, sigo leyendo con hambre el libro y me voy dando cuenta que ciertas prácticas que él recomienda, las he aplicado yo mismo sobre mí mismo. El autor no menciona (o al menos no hasta donde yo he leído) a WhatsApp como fuente re-creadora de textos, pero no pude evitar relacionarme con eso, dadas mis experimentaciones sacando extractos de chats para escribir literatura, teatro o cine.

IMG_3756Si tienen la oportunidad de encontrarse con Escritura no creativa, de Kenneth Goldsmith, hagan un alto en todo, cómprenlo y léanlo. Aunque no coincido en algunas de sus propuestas, me parece que Goldsmith arroja una luz sobre la literatura actual dialogando con el mundo digital. El rol autoral, como también señala Goldsmith, siempre estará presente, ya que se va a seleccionar, modificar los textos previos y ahí interviene este autor a modo de procesador de textos. Es lo que he hecho con mis propios chats de WhatsApp…

De una forma purista, podría decir que me he plagiado a mí mismo, que quizás debí ser más “creativo” escribiendo diálogos específicos para mis personajes, pero prefiero pensar que los textos de la naturaleza que sean, se van creando y son ellos quienes me buscan a mí. Quiero creer que muchos de ellos intervienen a través de mis chats de WhatsApp y de una forma tácita, me piden que no los deje morir (o congelarse) en la pantalla del teléfono. Quino creer que ese Santiago malo, risueño, irónico que escribe en diferentes tonos son sólo manifestaciones para luego producir otra cosa, que son pre-textos para terminar en un escenario o en una novela.

Pensando así, me siento ya curado de muchas chats no tan amistosos.

Reencuentro

Con los cuerpos gastados, luego de años buscándose en otros cuerpos, se reconocieron al instante, en esa calle húmeda y melancólica de una Guayaquil que aun dormía entre sus alcoholes de la noche anterior. Con la ciudad en resaca, el reconocimiento de sus cuerpos fue más fácil. Se fundieron en un abrazo extraño, intenso pero distante, suave pero violento, dulce pero agrio. Se miraron unos segundos para encontrarse en la mirada del otro, sonrieron. Ninguno de los dos emitió comentario alguno. No querían romper la morfología del silencio. Caminaron juntos de la mano, se internaron por una avenida cuyo nombre desconocían. El calor del día empezaba, pronto tuvieron las manos transpiradas y el contacto provocaba una suerte de asco y excitación. Cuando lo asqueroso se vuelve placer, había pensado ella, sin imaginarse que él también había hecho la misma reflexión.

Siguieron caminando, se detuvieron a desayunar en un café que se caía a pedazos y cuyo olor a frutas batidas invadía el ambiente. Sentados frente a frente, con la mesa de por medio, juntaron sus cuatro manos, se acercaron, quisieron besarse pero pensaron que sería incómoda la escena y prefirieron esperan el bolón de verde, el café y el batido de naranja.

Unas horas más tarde, yacían exhaustos el uno al lado del otro, mirándose al espejo clavado en el techo. Estaban gastados, usados, algo marchitos pero eran ellos, auténticos en sus defectos físicos. No había nada más que decir. Se habían encontrado como querían, en una ciudad imposible, de sudores amargos a la hora del alba.