Mi otra mamá

Ayer domingo fue el día de la madre en Ecuador. Tengo la suerte de estar junto a mi mamá en esta cuarentena y poder celebrar su día como me gusta. Pero también está otra persona, que también ha sido mi madre. Mi tía Silvia, hermana de mi madre, cuidó de mí la mayor parte de mi vida. Las dos estuvieron para proteger, regañar y consentir al niño inquieto que siempre fui. Es inevitable que cuando llega el día de la madre, además de pensar en mi mamá (sobre quien ya he hablado por aquí), pienso en mi tía como esa otra madre. Podría decir tantas cosas sobre ella pero hoy sólo contaré una historia que quizás no sea la más linda y quizás no la recuerde al detalle pero es la que se me viene ahora.

Guayaquil, febrero de 2003. Mi mamá y mi hermana se habían ido a Colombia de vacaciones a visitar a la familia materna. Yo en ese momento tenía 16 años. En casa nos habíamos quedado mi papá, mi tía y yo. En pocas semanas, estaba programado que mi papá y yo fuéramos a Brasil, que era el gran sueño de mi vida en ese momento. Yo quería tener dinero para no depender tanto de mi papá así que mi tía decidió no usar el dinero que nos daba mi papá a cada uno para almorzar. Lo que le daba me lo daba a mí para ahorrarlo y que sirviera de algo para el viaje. Yo compartía mi almuerzo (que yo no sacrificaba) con ella. Así estuvimos como dos semanas hasta que logré un fondo para esos caprichos que mi papá seguro no me iba a dar. Mi tía me acompañó a buscar una casa de cambio en el centro que cambiara mis dólares por reales brasileños. Teníamos un poco de miedo de que el man nos hubiera tragado con billetes falsos pero bueno, había que correr ese riesgo. Ya en Brasil me enteraría.

96837004_10156807808686486_471290051335028736_n
Con mi tía, a finales del 2012

Afortunadamente todo salió bien, mis billetes eran verdaderos y cada uno de ellos simbolizaba el esfuerzo de mi tía, no solo el sacrificio de no almorzar plenamente sino el cuidarme mientras mi mami no estaba. Hasta ese momento habíamos vivido juntos tantos años que tenerla cerca era lo normal, lo habitual. Cuando se fue a Colombia, por cosas de la vida, vino el vacío, la falta del abrazo, de los juegos a los que mi hermana y yo la sometíamos, de nuestras conversaciones sobre libros y sobre las historias de nuestra familia. Luego me fui a vivir afuera, pasé muchas cosas, regresé al país y ahora en cuarentena con un presente y futuro extraños, le deseo a mi tía lo mejor que la vida le pueda ofrecer y le mando un abrazo enorme, de esos del corazón que no conocen distancias físicas.

Te quiero mucho, tía.

La historia que no sucedió

1

Hoy, a esta hora, debía estar en Madrid.

Como de costumbre, habría salido a caminar por donde me hubiera alojado, habría mandado mensajes a mis amigos informando que ya estaba ahí.

Seguramente habría tomado unas cañas por la noche en algún bar en Malasaña, escuchando música al aire libre y queriendo resolver el mundo con los amigos.

Mañana domingo seguramente habría ido a Retiro a tomar fotos, escribir un rato y sobre todo, habría caminado, mucho, mucho, agradeciéndome por lanzarme a otro viaje en solitario.

Quizás por la tarde habría ido a algún museo o me habría encontrado con algún amigo, a comer churros o a tomar un café.

2

Dentro de unos días habría ido a Praga a encontrarme con una gran amiga catalana. Nos hacía tanta ilusión volvernos a ver luego del verano intenso que compartimos en Barcelona. Seguro que con ella me habría emborrachado sin pena en la víspera de mi cumpleaños. Y habríamos caminado del brazo por Praga, sintiendo que flotábamos sobre la calle, puteando a los políticos, riendo de los días calurosos en Barcelona, recordando a los autores que nos gustan.

Seguramente la noche de mi cumpleaños, ella me sorprendería con algún detalle y yo bebido de nostalgia ante el regreso inminente al Ecuador, le habría dado un abrazo, le habría susurrado en catalán que ahora a ella le tocaba venir a Guayaquil, a conocer a mis amigos, el lugar donde trabajo y que seguro le encantaría.

Pero bueno, son imágenes de una película que no se rodó.

3

El mundo empezó a cambiar a inicios de este año. Muchos creímos que una epidemia china no nos tocaría hasta que el virus se hizo presente en nuestro país, en nuestra ciudad, en nuestro barrio. De repente el mundo como dice el refrán, es un pañuelo. Un pañuelo enfermo, paranoico, temeroso.

Ayer recibí formalmente las cancelaciones de mis vuelos. Respiré aliviado desde mi cuarentena. Pensé en mis viajes y también en lo afortunado de tener a mis padres, mis mascotas en casa y a mi hermana, mis amigos en el mundo conectados conmigo desde el corazón y la virtualidad.

Es momento de recogimiento, de relacionarnos de otra manera con el tiempo. Aunque tenga home office, el paso del tiempo es diferente, las horas tienen otro ritmo, la secuencia del día a la noche camina en otro sentido.

En tiempos en los que los afectos físicos están prohibidos, toca mirar hacia dentro. Aceptar que el tiempo que tenemos es este y que en la languidez el encierro, debemos fluir con otras reglas. Habrá momentos de tedio, de mirar a un punto fijo sin esperar nada más, de silencios voluntarios y forzados. Habrá que hacer el esfuerzo de sacarnos el chip de “estoy perdiendo el tiempo”, porque en estos momentos el tiempo tiene otro sentido.

Hay que abrazar la monotonía, comprender que el paso de los minutos responden a otra lógica y que está bien que así sea. Quiero creer que estamos frente a un punto de giro en la trama que nos está tocando vivir, que todo esto es un punto de inflexión para dar paso a algo que todavía desconocemos.

4

Hoy no estoy en Madrid.

Estoy en mi cuarto en Guayaquil, escribiendo estas líneas y conectado con mis afectos presentes y lejanos. No recrimino nada, no maldigo, no me mortifico. Pienso en el planeta y cómo esta nueva realidad ha provocado un efecto dominó. Se habla de fake news, de conspiraciones, de un plan conveniente para arrodillar el mundo. Quizás sí, quizás no. En todo caso, los contagiados, los fallecidos y nuestro encierro es real y con seguridad algo se aprenderá de este momento extraño, cercano y distante a la vez.

Cuando todo esto pase, lo primero que me gustaría a hacer es abrazar a esos familiares y amigos que hacen parte de mi geografía personal. También salir, comer, ir a la playa, a la montaña, volver a esas cosas básicas y necesarias en las que el tiempo también corre de otra manera.

Saudade de Domingo #120: La lectura como origen del todo

Desde que recuerdo mi infancia, mi casa siempre estuvo llena de libros. En el baño, en el cuarto de mis papás, en la sala, en el comedor, incluso, en la cocina. Los había de diferentes clases: enciclopedias (Salvat y Larousse), algún tratado filosófico de Círculo de Lectores, varios de Códigos de Penales, otros tantos de Historia Universal y del Ecuador. Los libros hacían parte de la vida cotidiana, mi padre hablaba de alguno en especial y compartía ciertos pasajes a la hora de almorzar o mientras íbamos en el carro hacia una visita familiar o a la playa. Eventualmente me aburría porque citaba con solemnidad a un Sócrates o a un Platón que me eran desconocidos en ese momento y que dicho de sea paso, para un niño de siete años, resultaban muy aburridos. También me entretenía cuando papá contaba emocionado alguna anécdota de la Antigua Roma o Grecia. Debía tener unos diez años cuando contó que Nerón había asesinado a su madre Agripina, un relato que me llenó de horror. También recuerdo cuando citó con lujo de detalles, el juicio que se le hizo a Sócrates que terminó condenado a morir bajo cicuta. Siendo abogado, para mi papá era importante contar cómo fue el proceso judicial, que obviamente estaba cargado de irregularidades pues la idea era callar a Sócrates. Me gustaba escucharlo contar y también verlo leer acostado en su hamaca. Veía la portada del libro y sus ojos que danzaban de un lado a otro mientras recorría las páginas. Siendo padre y esposo, su lectura se veía interrumpida por múltiples labores, pero siempre volvía a sus libros y yo esperaba el momento en que cerrara el libro y nos contara lo que había sucedido en esas páginas.

A esos relatos orales usualmente se unía el reclamo de mi padre diciéndome que debía leer. Cuando mi hermana fue creciendo, el reclamo era para ambos. El tono era una mezcla de orden pero también de decepción. En múltiples ocasiones entró a mi cuarto con un libro en la mano con la intención de que lo leyera y volvía a sus prácticas habituales no sin antes decirme el beneficio que me traería esa lectura. Algunas veces intenté hacerlo pero la lectura me resultaba aburrida y pesada. Leer La República de Platón en la edición de Austral era lo menos agradable para alguien que a los diez años quería jugar al aire libre. De modo que leer era una actividad pesada y solemne que sólo mi papá podía cumplir sintiendo además un enorme placer.

IMG_7876
El libro, ya desgastado, de La República, de Platón, que aun se encuentra entre los libros de cabecera de mi papá

En vista de que no funcionaba la recomendación, mis papás optaron por comprarme libros más «acordes» a mi edad. Libros de muchas imágenes, de animales marinos, la vida en la selva, textos que habían sido recomendados por un tío mío. Me acerqué a esos libros con curiosidad pero también me alejé. Si Platón era de difícil vocabulario, estos textos eran demasiado didácticos, con datos inútiles sobre la vida de los delfines o los leones en África. Llegué a pensar que la lectura no era para mí.

Las cosas darían un vuelco a mi favor cuando en la escuela tuve una materia llamada Biblioteca. Recuerdo que me llamó la atención ver en el horario de clases, el nombre de esta materia en medio de los largos bloques de Matemáticas, Gramática, Ortografía e Historia. La clase, por supuesto, no sería en el aula habitual sino en «la biblioteca» de la escuela que yo hasta ese momento no conocía. Al entrar vi que las dimensiones eran las mismas que las de un aula normal, pero estaba llena de estantes de hierro en el que reposaban un sinnúmero de libros resguardados en vitrinas con candado. Había dos mesas largas con sillas alrededor en las que los sesenta niños que éramos nos distribuíamos como mejor podíamos. Pensaba que cada uno agarraría a su propia voluntad un libro de los estantes, pero la profesora que debía tener unos treinta años, nos dijo que esa sería una clase de lectura y que ello nos indicaría los libros que leeríamos.

IMG_7871El primer libro de la clase fue Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Di la orden en casa y al día siguiente ya tenía sobre la mesa, un libro largo y delgado, de portada roja cuya imagen era la de un burro comiendo pasto y en primer plano un hombre de sombrero y barba, que escribía con pluma sobre unas hojas blancas. Empecé a leerlo lentamente, me parecía ridículo en ese momento la extrema sensibilidad del personaje masculino hacia un burro a quien consideraba su gran amigo. Hubiera dejado de leer sino hubiera sido porque la profesora de una semana a la otra nos exigió un resumen de los primeros diez capítulos de la novela. Para mis compañeros la tarea no iba a ser tan compleja porque ellos habían comprado la versión simplificada de Platero, de la colección Clásicos de Siempre mientras que mi papá me había comprado la edición de Antares, que traía la versión íntegra de la novela. Por tanto, mucho más para leer.

Sin embargo, poco a poco me fue seduciendo la historia, por ese extraño vínculo entre el personaje protagonista que además era el mismo autor y el burro Platero. Mientras leía y  hacía un resumen de cada capítulo en mi cuaderno, empecé a sentir que algo me llevaba a leer más allá de la exigencia de la clase. Quería saber cómo avanzaba la historia y sobre todo quería llegar al final.

De pronto la clase de Biblioteca se convirtió en una de mis materias favoritas. LeíamosIMG_7870 los resúmenes, la profesora nos hacía practicar dictado, nos interrogaba sobre lo leído y nos contaba un poco sobre la vida de los autores que leíamos. Cuando terminamos de leer Platero y yo, unas semanas después, la profesora nos hizo una oferta interesante. Nos mostró una lista de los libros de la colección Clásicos de Siempre. Eran alrededor de 26. De esos nos contó brevemente la trama de unos cinco y nos preguntó cuál de esos libros nos gustaría leer. La decisión se tomó levantando la mano y fue así que empezamos a leer Robinson Crusoe. La historia me encantó y recuerdo la sensación de alegría cuando escribía los resúmenes. Tanto me gustó que quise ir más allá y agarré la enciclopedia Larousse para buscar quién era Daniel Defoe. Me impresionó saber que era un escritor del siglo XVII y su imagen de abundante pelo largo rubio y rostro serio. Me parecía que su imagen no se correspondía con la historia de Robinson. Lo imaginé escribiendo con pluma de ave las anécdotas de la novela. Fue ahí que empecé mis primeros intentos de escritura, motivado por los libros que en ese momento sí leía.

Después de Robinson Crusoe, leímos Las minas del Rey Salomón. Este libro no me gustó tanto pero ya en mí se había instalado la necesidad de leer, así que un día fui a la página final del libro de Robinson y leía todos los títulos de Clásicos de Siempre. Pedí orientación a mi tía Silvia, que también leía con avidez y ella hizo las veces de la profesora de Biblioteca en casa contándome un poco la trama de cada libro. Fue ahí cuando decidí que iba a leerme todos los libros de la colección. Sabía que no eran las versiones íntegras pero en ese momento lo único que quería era leer. Había encontrado que lo que más me atrapaba en la lectura (aun hasta ahora), es el hecho de seguir la vida de un personaje que se tiene que enfrentar a diversos obstáculos. Ese recorrido de ciudades de latitudes diversas, de héroes y villanos cuyos nombres cambiaban dependiendo de la nacionalidad del autor o autora, me fascinaba. Era un poco como viajar en el tiempo y en el espacio. Fue así como leí Corazón, Heidi, El libro de la selva, Mujercitas, Hombrecitos, Oliver Twist, Tom SawyerCumandáEl maravilloso viaje de Nils Holgersson, entre muchos otros.

IMG_7874
Los libros de la colección Clásicos de Siempre, que aun conservo. 

Para satisfacer mi nueva adicción, empecé a ahorrar el dinero que me daban diariamente para que comiera en el colegio, así que cuando llegaba el día viernes la mayor alegría era pedirle a mi mamá que me llevara a la librería Científica, del centro de Guayaquil para comprar libros. Y ahí descubrí que había más mundo además de Clásicos de Siempre. Vi los mismos libros que leía en las versiones íntegras que eran mucho más voluminosas. Descubrí en esos recorridos, los nombres de otros autores más contemporáneos como Kafka, Borges, García Márquez, Vargas Llosa. Mi primer gran desafío de lectura por esos años fue leer Cien años de soledad, inducido por mi tía y por mi abuela que también lo habían leído en reiteradas ocasiones. Aunque era un libro grande, me atrapó ese universo mágico al punto que lo terminé de leer en tres semanas. Y en ese momento era también yo y no solo mi papá, quien contaba lo que leía.

IMG_7872

Pude entender entonces el placer que provoca la lectura y sobre todo la pasión que incita el hablar y reflexionar sobre lo leído. En esa época mis primeras grandes oyentes eran mi abuela y mi tía. Nuestras conversaciones largas sobre libros eran estimulantes y siempre aparecían nuevos autores a la lista. Fue necesario que mi papá ideara una biblioteca para mis libros que ya no eran pocos y así fue creciendo durante años hasta que cuando estudiaba en la universidad, mi mamá me dijo un día: «Santi, ya deja de comprar tantos libros, ya no tienes espacio donde ponerlos». Me dio risa su pedido porque ella sabía que era en vano y al mismo tiempo enojo, porque dejar de comprar libros podía tener cualquier justificación menos la falta de espacio. Siempre he encontrado un lugar, un rincón, para ubicar a un nuevo integrante a la familia. Me agrada saber y encontrar en mi nueva biblioteca, libros que no he leído aun y que me recuerdan lo infinitamente pequeño que soy en relación a tanto libro impreso. Es mi manera de recordarme que la lectura es una fuente inagotable, que podría pasar las 24 horas del día leyendo y que nunca terminaría de leer todo lo que se ha escrito en el mundo.

Y qué bueno que así sea.

Qué bueno que la lectura sea ese espacio íntimo que me acerca a mí mismo y que también me acerca a otros.

Qué bueno que los libros me rodeen en mi casa, en mi oficina de trabajo y en las conversaciones con mis amigos y mis alumnos.

Qué bueno es saber que no estoy solo.

Saudade de Domingo #105: Olor decembrino

Ya había tardado un poco. El calor decembrino acompañado del olor a tierra mojada, con la humedad cortando el aliento son síntomas certeros que diagnostican la llegada del último mes del año en Guayaquil. Recuerdo ese olorcito de lluvia desde la infancia y para mí era sinónimo de navidad, de regalos y de mucha comida. Aunque ese clima se mantiene hasta abril, la llegada de la primera lluvia siempre me regresa a la infancia, con las tiendas del centro vestidas de navidad, las ofertas en televisión, las canciones navideñas en los centros comerciales, las decenas de Papá Noel recorriendo lugares.

Recuerdo vívidamente los recorridos que hacía con mi mamá por el Unicentro en búsqueda de regalos y también para hacer la fila y tomarme la foto con Papá Noel. En esa época no dudaba de su existencia. Era Papá Noel quien me sentaba en sus piernas, sonreía y me preguntaba si me había portado bien en el año. La charla era muy breve porque había siempre una fila larga de niños esperando su turno. Se me hacía injusto no conversar con él pero también era justo que los otros niños pudieran tener esa charla de breves segundos con él.

Mis navidades siempre fueron muy cálidas en la infancia. Eventualmente (cada dos años o tres) recibíamos la visita de mi abuela desde Colombia. Cuando llegaba, había la garantía de más regalos y eso me emocionaba. Por su sola presencia, la navidad se volvía un acontecimiento más alegre y me hacía muy feliz abrazarla, darle muchos besos, escuchar su acento costeño y hablar sobre libros (sí, ya desde esa época me gustaba mucho leer).

Este año, el clima tardó un poquito en cambiar. Los primeros días de diciembre seguían siendo frescos por las noches. La lluvia no se asomaba desde mayo y aunque las vitrinas ya estaban navideñas, no lograba sentirme parte de la obra. Pero esta semana, no recuerdo si fue martes o miércoles, cayó la primera llovizna. El aroma de tierra húmeda invadió la ciudad, los jardines cambiaron inmediatamente su color y los cerros han empezado a mudar el color cobrizo por el verde selva de esta época del año.

48372462_10156940071267491_4010524097455849472_n
Mi hermana y mamá armando el arbolito navideño

Este cambio involucra una navidad caliente en todos los sentidos. De días grises cargados IMG_1015de agua y también de días soleados con humedad de 60-70%, pero también de compartir con seres queridos. Este año mi hermana ha venido de Buenos Aires a pasar las fiestas y hoy fue el día para armar el árbol. Es un momento muy esperado especialmente por mi hermana y mi mamá. Fue bonito compartir ese momento con música y tomando rompope. Al rompope le agregué bolón. Una mezcla extraña pero deliciosa. Lo líquido con lo sólido, lo dulce con lo salado. Alternamos las luces, los lazos navideños con algunas fotos. Había que dejar el registro de este año.

Y así nos acercamos a la Nochebuena, con almuerzos, cenas para compartir con amigos, familiares. Más allá de la parafernalia navideña, lo importante es el pretexto para juntarse, recapitular el año y desearse buenos augurios.

 

Saudade de Domingo #95: La película de mis papás

1

El miércoles 5 de septiembre mis papás cumplieron 37 años de casados. La fecha no evidencia los 6 años de relación previa, por lo que sumando todo, llevan juntos más de 40 años unidos desde el corazón. Digo desde el corazón, porque esos primeros seis años estuvieron mediados por la distancia geográfica. Mi padre vivía acá en Guayaquil y mi madre en Santa Marta (Colombia). Las cartas de dos jóvenes enamorados iban y venían con promesas de amor, relatos familiares, proyectos e incluso discusiones (es que si no había cómo pelear había que hacerlo por carta).

La historia de mis papás es una suerte de película interactiva. Mi papá tiene una versión de los hechos más pragmática, más generalista y menos dulzona (aunque en las cartas se evidenciaba un Rimbaud guayaco); mi mamá en cambio tiene una versión más detallada, de mirada aguda y romántica ante todo. Mis tíos, tienen la versión de testigos, que observaban ese amor juvenil, sin imaginarse quizás que aun estarían escribiendo su historia 37 años.

 

2

Mis papás se conocieron en una fiesta en Guayaquil en 1975. Mi mamá, colombiana, venía a conocer a la familia ecuatoriana de parte de mi abuela. Tenía entonces 17 años y era su primer viaje «largo». Mi papá, de 19 años, guayaco hasta los huesos, estudiante de Derecho y músico en sus tiempos libres, aquella noche de fiesta dudaba si debía ir o no (la vida bohemia y la de estudiante responsable es una combinación difícil de llevar). Sin embargo, un impulso de último momento lo hizo salir de su letargo y se dispuso a ir a la fiesta. Probablemente el hilo rojo del amor del que habla la leyenda asiática fue quien lo espabiló y en un susurro inconsciente le dijo que esa noche en particular tenía que asistir.
Durante la noche mi mamá bailaba con otro joven y mi papá con otra chica. Se miraban por encima de sus parejas de baile. Algo empezaba a gestarse y según mi mamá, fue amor a primera vista. No hablaron durante la fiesta, sólo se miraron. Ya más adelante, cuando mi mamá decidió irse de la fiesta, mi papá fue tras ella. Mi mamá un poco asustada corrió hasta entrar en el auto de uno de sus primos. Ya «salvada», le sonrió a mi papá a la distancia y se despidió balanceando su mano. La primera carta estaba echada y empieza el nudo de la historia.

10947412_10153247763912491_4571813623553746487_o.jpgEl amor había hecho su primera jugada y mi papá no iba a quedarse tranquilo. Como buen personaje complejo, iba a hacer todo lo posible para saber quién era esa chica de larga cabellera rubia. Supo que un compañero del colegio era primo de ella. No eran tan cercanos en la época, pero el primo de mi mamá siempre fue de esos acolitadores, vivaces, buena gente y no tuvo problema en ser un personaje ayudante dentro de la historia. Indirectamente a él le debo que mis papás pudieran acercarse.

Mi mamá tenía su visa de turismo por tres meses, la extendió (ya sabemos por qué) y terminó quedándose casi un año. Luego a su vuelta a Colombia, empezó sus estudios en Publicidad, mi papá continuó estudiando Derecho. Las cartas, que aun conserva mi mamá, ya amarillas por el tiempo, son testigos mudos de esa relación, en las que me llama la atención la personalidad dubitativa de mi papá y tan soñadora la de mi mamá. La distancia de los años me hace verlos diferentes y encontrármelos por carta, me muestra a dos jóvenes inexpertos, que se movían por un amor que parecía prometedor.

 

3

En 1978 mi papá emprendió un viaje por tierra desde Guayaquil hasta Santa Marta. Tres días de viaje, cambiando de colectivo, comiendo en el camino, mientras se acortaba la distancia con mi mamá. Allá en Santa Marta conoció a mis abuelos, a mis tíos. Fue bien acogido por todos. Lo hicieron sentir como en casa. Las fotos del paso de mi papá por Colombia, lo muestran en la vida cotidiana de mi mamá. Ya desde entonces mi papá trabó amistad con mi tío tocayo, que por esos años era un preadolescente y cuya camaradería continúa hasta la fecha.

Como en toda película, siempre hay un momento de crisis. En 1980 tuvieron una pelea que los distanció durante todo ese año. Revisando las cartas a modo de investigador, me di cuenta que no llegaban ni a cinco. En teoría todo había terminado. Mi mamá buscaba organizar una familia, habían pasado ya cinco años y buscaba certezas. Mi papá aun bohemio y estudiante no quería un compromiso serio hasta licenciarse de abogado. Cada uno entonces siguió con su vida, hasta que, claro, el amor habla más fuerte y volvieron las cartas, las llamadas telefónicas y con ellas, el inevitable destino de caminar juntos.

IMG_8837IMG_8836IMG_8835

El 5 de septiembre de 1981, mis papás se casaron por la iglesia. Un mes atrás se habían casado por el civil y antes de eso, se hizo la reunión de cambio de aros. Mis papás cumplieron con todos los protocolos de la época. Veo sus fotos y los veo felices, jóvenes, con aquellos trajes que me hacen pensar en las películas ochenteras. En esas fotos, mi papá tenía 25 y mí mamá 23 años. Mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora (tengo 32). Las fotos me hacen entender la distancia de la época. No veo ni cerca la idea del matrimonio y no creo que cumpliría con ninguno de los protocolos que ellos cumplieron. Me alegro que ellos convirtieron esos protocolos en una filosofía de vida y que sigan unidos más allá de un «deber ser».

 

4

Han pasado 37 años de esa unión eclesiástica. Cinco años después, luego de algunos intentos, nací yo. Cuatro años más tarde, mi hermana. Creo que somos una familia como cualquier otra, con sus problemas, sus cualidades. Lo más lindo de esta familia es ver a mis papás amándose y demostrándolo sin pensar que se trata de un deber o de una apariencia. Se aman y lo demuestran en la intimidad de su habitación, en la sala de la casa mientras toman un trago, en la cocina mientras cocinan un domingo a la tarde, cuando ven televisión ya entrando la noche.

papa_mama

Me resulta curioso que aun con la rutina sigan enamorados y sigan con proyectos. Ahora están muy concentrados en las reformas de su habitación. Entre las cajas que mueven y sacan, brota por ahí alguna que otra foto que delata otro tiempo. Algún artefacto que cumplió alguna función en particular en un momento de nuestra vida familiar. Y así pasan los días, ocupados y felices compartiendo el tiempo juntos. Sus cuerpos no son los flexibles y vigorosos de los 20. Las canas aparecen, la piel se fragiliza pero aun tienen la fuerza a sus 60 para emprender y seguir caminando juntos. Verlos muchas veces me hace pensar que algún día me encantaría encontrar un amor así, para caminar en compañía, sea que esté a la vuelta de la esquina o al otro lado del mundo.

32336973_10155162941026486_2664081751722164224_o

Gracias a mis papás, siento que estoy listo para amar de la forma que sea. Hay quienes creen que un amor en distintas coordenadas es de tontos, pero yo sí puedo creer que el amor a distancia es posible, ya que yo soy fruto de él.

Saudade de Domingo #55: Mi hermana

Hace 27 años dejé de ser hijo único para convertirme en hermano. Seguramente en ese momento no entendía bien lo que eso significaba y lo fui asimilando con los años. Aun hasta ahora sigo aprendiendo de ese vínculo con mi hermana. Es una relación que no se agota, que crece, se transforma y se va actualizando. Ya no somos los niños que jugaban pero cada tanto peleamos por nimiedades, nos reconciliamos y estamos ahí siempre para ayudarnos. También nos reímos mucho y compartimos muchas cosas.

Hoy, en Buenos Aires hemos pasado un lindo día (desde ayer en celebraciones). Me da gusto verla transformarse en una mujer independiente, que se levanta, que afronta desafíos, que tiene miedos como todos pero que se sobrepone a las pruebas. Con ella me pasa algo muy curioso: la sigo viendo como mi hermanita, la pequeña, la bebé, aun 17952731_10154203941566486_8310883875220191745_ncuando todos sus logros me muestren a una mujer emprendedora delante. Siento que nunca crecerá para mí, que será siempre la niña churrona que cantaba villancicos con mi papá en navidad, que en algún momento quiso ser cantante y que era una fanática acérrima de la serie Expedientes X.

Con esa imagen de niña que tengo a veces quisiera poder aliviar el peso de sus responsabilidades, evitarle penurias, acortarle el camino de sinsabores al haber vivido yo experiencias similares. Pero me repito que ella tiene su propio camino, que sólo puedo estar ahí para aconsejar, para dar un abrazo pero que no puedo intervenir, por su propio bien y su propio crecimiento.

Estoy muy feliz de haber pasado este día con ella, rodeado de amigos que como yo la  aprecian y la quieren por su sensibilidad, su humildad y sentido del humor. Aun se me hace raro pensar que ya tenga 27 años, que haya salido del país y se esté abriendo paso en una nueva tierra. Estoy seguro que como en otros retos, saldrá triunfadora.

Te quiero bebé.

Saudade de Domingo #43: Navidad argentina

Desde el jueves 22 estoy en modo vacaciones. Como de costumbre, me desconecto del trabajo, de la ciudad y trato de vivir en una especie de dimensión paralela, saliendo de la rutina, enfocándome en otras cosas, viendo amigos, poniendo las charlas al día.

He vuelto a pasar navidad en Buenos Aires. La última vez fue en el 2014, a pocos días de haber presentado mi proyecto de tesis de maestría. Mi situación anímica, financiera era muy diferente en ese momento. Recuerdo esa navidad del 2014 con alegría pero también con angustia, sin saber qué me depararía el destino al año siguiente. Hubiera querido estar con mi familia por la escasez de dinero hacía difícil emprender un viaje. además de que existía «la amenaza» de no volver a Argentina. Me encontraba muy frágil en esa navidad y en vista de lo incierto del futuro, trataba de vivir el presente, disfrutando de la familia argentina que me adoptó como uno más desde la navidad del 2013.

Volver a pasar acá las fiestas tiene un nuevo encanto. He venido a Buenos Aires varias veces desde el año pasado, pero venir en diciembre es reencontrarme a lo Dickens, con el fantasma de las navidades pasadas. Me he visto a mí mismo y trato de no compadecerme de ese yo sino de sentirlo como parte del proceso para llegar a donde me encuentro ahora.

15732444_10211474477036519_4442344971970368477_o
Navidad con mi hermana y mi familia argentina

También esta navidad es especial porque estoy pasando las fiestas con mi hermana, quien vino a estudiar una maestría. La vida de estudiante full time no permite ciertas comedidas y la de viajar en Ecuador en el medio de la cursada resultaba difícil para ella así que decidí venir a acompañarla. Está siendo lindo compartir estos momentos. Sin duda serán momentos que guardaremos siempre con nosotros.

Y después está el clima, caliente en esta época, con un sol brillante de cielo despejado y atardeceres a las 20h00. El verano porteño puede ser asfixiante pero es también una fiesta, época de buenas vibras, de planificación, de viajes. Extrañaba también ese verdor en las calles y sol calcinándolo todo. Estoy muy feliz de re-vivir Buenos Aires en fiestas navideñas.

Saudade de Domingo #31: El amor de mamá

Ya la semana pasada hablé de mi papá y ahora coincidió que mi mamá está de cumpleaños hoy. Esto de escribir sobre los padres es complicado, pero me gusta el ejercicio. Definitivamente mi mamá ha sido el pilar de la casa, la que sostiene, la que siempre está atenta y se adelanta a las cosas. Es madre las 24 horas del día, aunque alguna que otra vez «amenace» con irse de la casa a ver cómo nos desenvolvemos solos.

Mi mami consigue calmarme en aquellos momentos de estrés, de problemas en los que no veo solución a la vista. Sabe decir las palabras correctas y muchas veces siento que realmente me alivio. Puede que no tenga la respuesta para todas mis dudas, pero escucharla me tranquiliza, me hace ver muchas veces el dramatismo que le pongo a las cosas. (Sí, algo de italiano meridional debo tener por ahí en el árbol genealógico).

DSCF2639
En 1989 (creo) durante un viaje a Quito. Mi mami al estilo ochentero.

También sé que calla muchas cosas, que teme herir y por ello prefiere no discutir. De hecho, pocas veces la he visto llorar. Es muy parecida a sus tías, las Reyes, según me han dicho. Lejos de ser seca o fría, mi mamá es cariñosa, de las que abraza, besa, consiente cocinando mis platos favoritos, capaz de desvelarse las veces que he caído enfermo. Nunca podré olvidar el dolor horrible que me provocó la extracción de una muela del juicio postrándome en cama varios días y mi mamá junto a mí, cuidándome a pesar de los 26 años que tenía en esa época.

IMG_9678Sé también que no he sido el hijo modelo. Tengo un carácter complicado pero algo que aprendí desde chico (aunque no parezca) es aprender a escuchar. No me creo dueño de la verdad y sé reconocer mis faltas. En parte creo que debo ese equilibrio a ella, quien siempre busca las múltiples caras de la verdad, para comprender las situaciones. Mi madre, sin saberlo con las palabras técnicas, se maneja en la vida con una visión sistémica analizando todos los factores posibles. Antes de emitir un juicio hacia alguien, prefiere ponerse en los zapatos de esa persona. Y eso le ha permitido tener el cariño de todos sus familiares y amigos cercanos.

Hoy, con un año más de vida, de sabiduría, sigue igual de guapísima que siempre. En este punto no puedo ser objetivo pero me amparo en lo que dicen quienes la conocen. Con el paso de los años, ha adquirido una belleza madura que refleja lo linda que es también desde el interior, desde su corazón de donde emana todo su amor y dulzura.

¡Feliz cumple, mami!

Saudade de Domingo #27: El libro del abuelo

A los siete años mi abuelo decidió regalarme un libro. Las circunstancias están difusas en los vericuetos de la memoria. Recuerdo haber recibido el libro con alegría pero con un gran escepticismo de poderlo leer completo. Era un libro célebre de Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino. Tenía en la primera página una dedicatoria que citaba un pasaje bíblico de Proverbios. Me pareció un gesto lindo y atesoré el libro conmigo. Esto fue en junio de 1993 y menos de un año después, mi abuelo ya había fallecido.

FullSizeRender

No tengo muchos recuerdos de mi abuelo. Lamentablemente no fue presencia constante durante mis primeros años de vida a pesar de que vivíamos cerca. Lo veía a veces desde la ventana de mi casa entrando o saliendo de la suya. Su figura característica no daba margen a dudas que era él: Un hombre gordo, de panza prominente, blanco rosado, de ojos turquesa y con pelo blanco escaso. Parecía una especie de Papá Noel guayaco que se delata por su fuerte acento tropical que no guardaba mucha relación con su aspecto más bien nórdico. Lo observaba a la distancia y sabía que era mi abuelo, por ser padre de mi padre. Algunas veces mi papá lo llevaba en el auto para algún chequeo médico, pero sólo vine a tener contacto con él, un poco más cercano, justo el año anterior a su muerte. Recuerdo que una vez me llevó a pasear por el centro, recorrimos el Parque Seminario, caminamos por el Museo Municipal y almorzamos un sopa de menestrón en algún restaurante desangelado del centro guayaquileño. Es extraño cómo logro acordarme de estos hechos y de sentir mi mano pequeña agarrada de la mano de mi abuelo. Era una mano gorda, blanca con grandes pecas que se abrían paso entre las arrugas. Recuerdo que me dijo que no me tenía que soltar de él porque había mucha gente y podía perderme. Y yo me lo tomé en serio y no me solté para nada, aun cuando la palma de la mano me sudaba.

IMG_8166

Como decía, no recuerdo exactamente cómo llegó el libro a mí. Sólo sé que lo recibí y me causó gracia que mi abuelo me llamara Santiaguito en esa dedicatoria. Durante mis primeros años de vida nadie me llamó por ninguno de mis dos nombres. Tenía un apodo familiar y en la escuela me llamaban por el apellido. Mi abuelo fue el primero que llamó por mi segundo nombre y sólo fue pasados los doce años cuando asumí que quería usar Santiago como nombre habitual. Era mi primer libro de más de 400 páginas y tengo la sensación de que intenté leer la primera página. Pero la letra diminuta y el espaciado mínimo le ganaron a mi voluntad de siete años. Lo guardé por varios años, terminé el colegio, entré a la universidad, me fui del país a hacer una maestría y sólo ahora, por cosas de un trabajo puntual en el que participo, recordé la existencia del libro. Lo encontré perdido entre los libros de Derecho de mi papá. Aun sus páginas mantienen el olor característico de la editorial Oveja Negra pero se han amarillado un poco con el tiempo. Las polillas también han hecho su trabajo todos estos años, aunque han sido benévolas con Verne. Sólo se nutrieron de algunas partes que no afectan la lectura. Ahora tengo el libro sobre mi velador, junto con otros que tengo pendientes. Han tenido que pasar casi 23 años para que el libro se imponga como lectura. Realmente el tiempo es relativo.