Saudade de Domingo #88: La magia en la escena

Desde hace dos meses aproximadamente he estado dividiendo mi jornada laboral de profe con ensayos de teatro. Como si ya no fuera mucho trabajo montar una obra o en este proceso, he estado trabajando en dos. Cuando era estudiante llegué hasta trabajar en cuatro, cinco montajes.

Cada proceso es diferente, es un mundo nuevo y de a poco uno va entrando, entendiendo la morfología de esa obra. Hay un proceso intelectual y corporal para dejar esos personajes y esas tramas vayan haciéndose carne. Creo que uno de los desafíos más grandes de un actor es justamente no intelectualizar completamente su trabajo ni corporeizarlo sin ningún tipo de reflexión. Ni la mente ni el cuerpo deben canibalizarse sino aprender a trabajar juntos.

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En medio del ensayo técnico, previo a la función del próximo jueves

Y luego está el trabajo en equipo, la consonancia que se va afinando con los ensayos, hasta que en algún momento, en un minuto impensado, emerge la magia, esa cosa extraña inexplicable que sucede en la escena, donde todo engrana, todo se sincroniza, los cuerpos, las voces, la música, la luz. Es como si todo el elenco fuera un solo cuerpo, con una sola conciencia. El teatro no es sólo mágico sino espiritual.

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En los ensayos hay tiempo para jugar también

Hay funciones buenas, hay funciones malas y otras regulares. Y depende si se mira desde el lado del actor o del público. En algunas ocasiones me he sentido pésimo en escena, sin embargo el público ha sido participativo y se sienten conmovidos. En otras ocasiones, me siento satisfecho con mi actuación pero el público ha estado más discreto, silencioso. También hay otras ocasiones -esas son las mejores- en las que como actor se siente la satisfacción de llegar al personaje y que el público comparte, entra en esa comunión y lo disfruta. Es difícil entender que no importa la cantidad de años que se tenga trabajando en escena, siempre el actor está en la cuerda floja. Hay que estar atento a la luz, al comportamiento de los compañeros en escena, del texto, del movimiento y aun con todo eso, hay que estar flexible, dispuesto, dejar que la magia entre y que el personaje viva. La adrenalina sube y baja, pero hay que tener el control desde las vísceras. Un director y actor amigo dice que en realidad lo que hay que hacer es preocuparse de la parte técnica, que una vez que esté eso “listo”, la emoción vendrá. Quizás por eso me encanta el proceso de ensayo. Porque es en ese instancia cuando comienzo a buscar un tono de voz, un gesto, una acción, me familiarizo con el ritmo, con las voces de mis compañeros en escena. Y es verdad que la técnica ayuda. Los movimientos y las acciones se enlazan con el texto. Y de esa dinámica, la magia, la emoción aparece. A veces es tentador “observarse”, mirar desde afuera cómo fluye la magia, ver cómo el yo actor se fusiona con el yo personaje y la obra toma vida propia. Pero justo en ese preciso instante, en el que se intenta salir para mirar, la magia se quiebra, se rompe el tiempo establecido y la obra se cae.

Pasados los aplausos, los agradecimientos y los abrazos, me gusta, cada tanto, volver al escenario y contemplar la sala vacía. Recuerdo los momentos más intensos de la obra, la complicidad con el público, los primeros bocetos de puesta en escena en los ensayos. Me lleno de saudade sobre todo cuando los personajes y la obra se guardan por un tiempo hasta un posible remontaje. Es una manera muy personal que encuentro para despedirme de esa obra y también para dar paso al proyecto que sigue. Porque en el teatro, como en la vida, todo se transforma y los personajes creados en el pasado, ayudan, moldean y hacen vivir a los nuevos.

Y así es como la magia del teatro a veces aparece, a veces no, pero hay que estar siempre listo y dispuesto para recibirla.

Saudade de Domingo #70: Nuevo personaje, nuevo proceso

Subirme al escenario me despoja de muchas certezas y me pone en cuerda floja. No es que sea masoquista pero la sensación que produce vivir un personaje, el cambio en el paso del tiempo, la marcación de los movimientos me enamoran desde el proceso de ensayos. Tiene varios puntos en común con el proceso de escritura. Hay que pensar bien en las líneas que se dicen, encontrarles la intención adecuada, zambullirse en la estructura de la obra, discutir sobre los grandes temas que se tocan y cómo eso impacta en el género que se está trabajando. Pero a diferencia de la escritura, la herramienta principal en la actuación, es el cuerpo. Es una obviedad decir esto, pero trabajar el cuerpo para la escena es imprescindible. Hacerte consciente del peso de las piernas, el movimiento áreos de los brazos, de las manos, de conocer las capacidades vocales y sobre todo, estar atento cómo te dejas afectar por el Otro en escena.

IMG_6451.JPGCon todas estas ideas rondando en mi cabeza y con muchas ganas de volver al escenario, apareció Los que se quedan, una obra que será estrenada en el festival en homenaje al dramaturgo guayaquileño José Martínez Queirolo a fines de este mes. El proceso de ensayo empezó hace dos semanas y aunque por las múltiples ocupaciones de los involucrados no hemos tenido muchas sesiones de trabajo, a nivel personal me está dando un aprendizaje enorme. Si bien hice teatro durante mis años universitarios y el año pasado estrené mi monólogo Pa et Blunk, este nuevo proceso de personaje donde tengo que trabajar con varios actores en escena, me ha hecho comprender mucho sobre la importancia del trabajo en equipo. Tengo la suerte de trabajar en escena con gente a la que aprecio y contar con la dirección de Marina Salvarezza, amiga entrañable que ha confiado en mí para el papel principal. Curiosamente hace muchos años participé de uno de los montajes que hizo Marina de esta obra con un papel pequeño. Mi comprensión del texto en ese momento era otro y ahora tengo la sensación de que son dos obras diferentes. Claramente cambié yo a lo largo de los años y sobre todo cambié mi forma de aproximarme al teatro. He podido ver en todo este tiempo muchas obras, ver muchos procesos de ensayos, trabajar como asistente de dirección, escribir obras, tener grandes amigos dentro de la escena teatral. Todo ese cúmulo de experiencias se ponen en juego ahora, en pleno proceso de ensayos de esta obra que me tiene en un vaivén constante.

Vivir la escena es un riesgo permanente en el que hay que saber jugar, saber cuándo moverse y saber esperar. En el mismo proceso hay fichas que van cayendo de a poco, a medida que se va entrando en el universo de la obra. Lo importante es no desesperarse y sí estar atento a lo que pueda pasar. Parafraseando a David Lynch sería intentar como atrapar al pez dorado.

Y así estoy, repasando el texto mentalmente mientras hago otras actividades, pensando en lo que moviliza a mi personaje, practicando diferentes formas de intención, sin certezas, apenas haciendo ejercicios, a prueba y error.

 

Saudade de Domingo # 41: Mi hijo På et Blunk

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“Escribe un texto sobre el que quieras trabajar”, me dijo Itzel Cuevas al final de una de nuestras sesiones de entrenamiento actoral. El mandato me emocionó y al mismo tiempo me llenó de ansiedad. Tuve la misma sensación de incertidumbre que cuando alguien se entera que hablo varios idiomas y me dice: “dime algo en francés, en italiano, etc”. Es como que agarra fuera de base y no sé qué decir. Mi cerebro entra en black out. Y lo mismo me pasó con ese texto que quería trabajar.

Como primera cosa, hice la del vago, esculqué en textos míos viejos a ver si encontraba algo interesante. Algunos me parecían chéveres pero no los sentía teatrales o no me interesaban para trabajarlos yo desde el cuerpo, así que al no encontrar un texto que me llenara, emprendí la escritura de uno nuevo. Por alguna razón pensé que debía escribir sobre algún miedo y ahí surgió la semilla: El miedo a los aeropuertos.

Esto es una paradoja porque amo viajar, vibro desde que elijo el lugar de destino, amo los ambientes de aeropuertos, pero le tengo terror a la sala de migración. Me pongo ansioso, nervioso, sudo frío, trato de disimular el miedo que me da y sólo respiro cuando ya estoy en el avión. Mientras escribía el primer esbozo de ese texto, recordé que ese tema ya lo había trabajado en un ejercicio escénico durante un taller que hice con Leo Van Cleynenbreugel, pero a modo de improvisación. Las líneas no las recordaba pero sí tenía clara la sensación de angustia, ansiedad que me produjo “revivir”, “reproducir”, la situación en la sala de migración.

Con el primer borrador, Itzel me dio ciertas directrices de movimientos antes de trabajar el texto como tal. Luego de algunas sesiones más, tuvimos un corte por el montaje de Romeo y Julieta donde Itzel actuaba y yo tuve un viaje a Buenos Aires. Cuando retomamos, vino la segunda escritura del texto. “Debe ser más dramático”, me dijo Itzel. Entendamos por dramático las acciones y no el lloriqueo de telenovela mexicana. La segunda versión agarró fuerza, podía visibilizarse la historia, había un recorrido por diferentes momentos. En cuanto al montaje, Itzel había propuesto varias alternativas, todas geniales, pero resultaban muy costosas y difíciles para realizar, considerando además que si nos íbamos a presentar en el Microteatro, el presupuesto debía ser reducido.

Al final encontramos una propuesta más viable, recurrimos a los servicios de Valeria Galarza, una genia del cómic que dibujó para nosotros los paneles que utilizaríamos como única escenografía. En paralelo teníamos también a Diana Pacheco, mi gran amiga, compinche que siempre estuvo ahí para dar sugerencias, metiendo el hombro para conseguir utensilios, herramientas y hacer electricista, carpintera, pintora si fuera necesario.

Con la escenografía lista, pasamos a los ensayos. Los primeros bocetos parecían funcionar, pero luego sometiéndolos a la observación de personas en cuy0 criterio confiábamos, caímos en cuenta de ciertas falencias y vacíos que teníamos en el montaje, en mi interpretación y en el texto. Se volvió a pulir el texto, se modificó el movimiento escénico, se cambió mi modo de interpretación. Escrito así pareciera que fue fácil pero fue muy difícil, sobre todo para mí que era mi primera vez en un monólogo y de alguna manera estoy expuesto, desnudo (no literal) en escena. Tenía y aun tengo la sensación de ser un recién nacido en el mundo de la actuación y por tanto todo me parece novedoso, extraño y me cuesta todavía lidiar con los gajes del oficio. Desde la escena, ahora he entendido lo fundamental que es tener un director/a contigo. Como actor es imposible verse y muchas veces la propuesta que uno puede tener no es la más viable para el personaje o la obra. El director además debe fungir de coach a momentos y en esto Itzel ha sido importante para mí, siempre con la frase adecuada, en el momento preciso. Siento que con På et Blunk, he descubierto un campo nuevo, gigante, desconocido en el que me inserto sin tener certezas, de la misma forma que entré a lo audiovisual a los 18 años. Con miedos y con ganas. Vuelvo a ser aprendiz, alumno que necesita ser guiado y poner en práctica lo aprendido. En ese proceso he vuelto a ver de cerca los defectos de los que siempre intento huir u ocultar. Pero en el teatro no hay cómo mentir, no hay cómo evadir porque entonces lo que ve el público es falso, no es honesto. Así que me ha tocado mirar esos defectos, lidiar con ellos y usarlos en escena.

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Itzel Cuevas y Jaime Tamariz, grandes amigos y maestros.

Las funciones han sido otra experiencia. Ninguna ha sido igual a la anterior. Siento que he tenido algunas buenas y otras que pudieron ser mejores, lo cual también me ha llenado de angustia. Los consejos de Jaime Tamariz (director del Microteatro GYE) sobre mi trabajo han sido acertados para seguir trabajando, buscando y para entender que el trabajo de un actor sobre su personaje no termina nunca. Justamente ayer veía una entrevista que la hacían a Penélope Cruz y lo que ella hablaba de su oficio como actriz me hacía mucho sentido. Era como caer en la cuenta de que mis ansiedades y miedos hacen parte del trabajo del actor y que toca convivir con esa sensación de caída libre. Ahora entiendo más por qué los actores y actrices parecieran siempre vivir al límite…

Estoy muy feliz por el proceso que estoy atravesando, me emociona pensar en el aprendizaje que obtendré hasta el final de la temporada de På et Blunk. Me encanta jugar en ese aeropuerto que hemos creado en la escena, en las situaciones hilarantes del personaje, reírme e interpretar muchas cosas que en realidad he pensado en una sala de migración. He llegado hasta hacerme algo “rubio”, por el papel. Creo que me haré adicto a esta sensación de construir personajes. Me encantaría en el futuro hacer otra obra corta y quizás más adelante hacer algo audiovisual como actor, pero todo a su tiempo, paso a paso, porque todavía soy un neonato en la actuación. Estoy muy feliz por este proceso y por los amigos y estudiantes que han estado ahí para verme. Aunque a veces me siento desesperado, después de todo también estoy muy cuidado, acompañado en este proceso por personas con una calidad humana generosa. Luego escribiré como un balance sobre la temporada completa.

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Con grandes amigos, luego de una de las funciones de la obra.

Y para los que quieran asistir, På et Blunk se presenta de miércoles a sábado, 20:15, 21:55, en el Microteatro GYE (Av. Las Palmas #307 entre Calle 4ta y 5ta).