Saudade de Domingo #135: Letraherido en San Valentín

A eso de las doce años, en paralelo a ese obligado paso biológico de niño a hombre, solía leer libros y ver películas en busca de aquellas partes donde las parejas expresaban su amor —o simplemente su deseo— y sus rostros, sus cuerpos quedaban expuestos a mis ojos. Podía no ser nada explícito pero me estremecía ante esas muestras de cariño y pasión. Así me hice espectador frecuente del canal cinco en el que cada sábado por la noche, bajo el título de “cine candente” los programadores creían estar pasando películas pornográficas cuando en realidad pasaban películas europeas y latinas de culto. Por ahí pasó todo Almodóvar, Bigas Luna, Bertolucci, entre otros. El canal 5 y yo estábamos engañados, pero esa ignorancia me regaló imágenes que aun perduran en mi memoria (no solamente las eróticas).

Así fue como un sábado cualquiera me encontré a una jovencita rubia, de rostro y cuerpo tallado con precisión griega. Me perdí en esos ojos dulces que miraban a un hombre mayor, distante y terrenal. Estaban juntos, tenían mucho sexo pero era un amor otoñal, reposado así como era el cuerpo de esa mujer. Sus caderas, sus senos modestos eran captados con una luz tenue mientras él exhausto descansaba a su lado. Ella se movía con delicadeza, como si no fuera un ser de este mundo. Tiempo después descubrí, con la llegada masiva del internet, que esa mujer celestial era Nastassja Kinski y él hombre que llevaba la voz cantante en la relación, era Marcello Mastroianni. La película se llamaba Así como eres (Così come sei) de 1978 y en ella la alemana Kinski, hablaba en italiano, hecho adicional que me hizo ver de nuevo la cinta. Quería escucharla y sobre todo traer al presente a ese púber que fui.

Recuerdo que en esa segunda ocasión (ya andaba por los 23, 24 años) entendí mejor la historia, me envolví en la música de Ennio Morricone y los personajes me enamoraron. Diez años, con tantas pelis y libros en el medio, de Così come sei solo conservo retazos de imagen, la mirada de Mastroianni, la boca de Kinski, la fotografía cremosa, los trajes de invierno y evidentemente el cuerpo aéreo de Kinski que parecía flotar sobre las escenas.

Nastassja Kinki como Francesca en Cosi come sei (1978)

Hoy algunas imágenes de esta película me cayeron de sorpresa mientras trabajaba en la novela que escribo. Me dejé abrazar por ellas, googleé la película y ahí estaban Mastroianni y Kinski congelados en el tiempo, amándose con distancia, uniendo el cuerpo aunque no del todo corazón. Repasé algunas fotografías y me encontré con esta de aquí abajo, que para mí sintetiza el espíritu de esta historia. El amor distendido mezclado entre las sábanas, el tiempo sin tiempo.

En ese momento caí en la cuenta de que hoy es San Valentín. Ya mi papá, a su manera, nos había recordado esta mañana la fecha al compartir en el chat familiar un artículo sobre la palabra catalana Lletraferit, que en español se ha adaptado como letraherido, “el que ama de forma extrema la literatura”. Me identifiqué inmediatamente con esa palabra. Los libros me han acompañado en todos los momentos de mi vida, en las bibliotecas y en las librerías encuentro mis catedrales, el olor de sus páginas es mi afrodisíaco, repito mentalmente frases que se me han clavado en el corazón, en el menor descuido se me aparece algún personaje de un libro, mi escritura a veces “se contamina” de los libros que estoy leyendo. Soy un letraherido. San Valentín se confundió al no flecharme hacia una persona sino hacia los libros. Haría extensivo ese amor por los libros hacia las películas, que son letras en movimiento, palabras pintadas en una pantalla. Soy un filmherido también. 

Hoy no tendré una cita de cerveza, de café, ni nada más caliente, pero me pondré los auriculares y me lanzaré a la calle, caminando conmigo al lado, escuchando el soundtrack de mi corazón, el que he venido cultivando cada día con las canciones que me tocan, que me parten en pedazos, que me hacen llorar y reír, que están ahí para recordarme de dónde vengo y dónde estoy. Después volveré a casa, seguiré leyendo Por el camino de Swann y más tarde veré Così come sei, aunque quizás no sea tan hermosa como la recuerdo. Quizás hoy Mastroianni y Kinski me parezcan irreales, insoportables o a lo mejor sublimes e intocables. Me acompañarán mis libros en la cama, dispersos entre las almohadas y cada tanto abriré alguno de ellos mientras miro la película.

Hoy quiero ser mi mejor date

Saudade de Domingo #134: Descubriendo a David Foster Wallace

Su nombre me sonaba de conversaciones con algunos amigos pero nunca lo había tomado muy en serio. Incluso por lo rimbombante de su nombre me parecía que era un autor decimonónico tipo Sir Conan Doyle o Robert Louis Stevenson (Sí, sí, my mistake). 

Mi primer acercamiento a su literatura fue en un taller de lectura en el 2019. El instructor nos hizo leer unos fragmentos de La broma infinita y desde entonces me obsesioné con su escritura. Mi primera impresión fue: ¿Este tipo me está hablando a mí? Me daba la sensación de que conversaba conmigo aún cuando a momentos sus frases largas me obligaban a prestar mucho atención a los detalles que daba. Lo sentía cercano, informal y muy actual. Como buen académico, no hice mejor cosa que investigar sobre Foster Wallace, en reuniones con amigos era yo ahora el que traía su nombre a la conversación. Quería saber todo de él y leer sus libros, que por aquel final de 2019 no logré encontrar en librerías, una cosa rara porque en cualquier lugar hay un espacio para Foster Wallace. 

No voy a abrumarlos con muchos datos de David Foster Wallace ya que podrán encontrar mucho de él en el Sr. Google, pero sí quisiera compartir algunos aspectos de su vida que me llamaron mucho la atención. Nació en Ithaca (New York), en 1962, sus padres fueron profesores universitarios (el padre en filosofía, la madre en literatura) y vivió su infancia y adolescencia en Champaign, Illinois. En la universidad estudió Inglés, Filosofía y fue profesor de Literatura. También realizó una maestría en Fine Arts con mención en Escritura Creativa en la Universidad de Arizona y su proyecto de titulación fue su primera novela La escoba del sistema (1986), que lo convirtió inmediatamente en un autor respetado. Tres años más tarde publicó La niña del pelo raro (1989), un conjunto de relatos que ya evidenciaba su escritura directa, milimétrica, con personajes nada convencionales que se mueven en todo lo largo y ancho de Estados Unidos. El libro no fue un éxito comercial en ese momento. Su obra se completa con otros dos volúmenes de cuentos (Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción), varios libros de ensayos y su monumental novela La broma infinita.

La obra maestra de Foster Wallace

Foster Wallace fue también un gran aficionado al tenis, deporte sobre el cual escribió en su novela La broma infinita y en  algunos ensayos que luego se recogieron de forma póstuma en El tenis como experiencia religiosa. 

También pasó gran parte de su vida luchando contra sus adiciones (especialmente al alcohol) y la depresión. Se medicaba constantemente, se sometió a varios tratamientos para superar sus frecuentes episodios depresivos hasta que se suicidó en el 2008, dejando una novela inconclusa El Rey Pálido, que años más tarde se llegó a publicar.

Me gusta mucho el estilo que tenía a la hora de ser entrevistado. Era un pesimista y un soñador a la vez.  Se tomaba su tiempo para responder, sus primeras respuestas podían parecer muy simples y luego iban a creciendo en profundidad a medida que pensaba. Su cabeza maravillosa desplegaba sabiduría en cada una de sus frases. Le solía pedir a quienes lo entrevistaban que no le plantearan solo preguntas a él, sino que también ellos, los periodistas, respondieran las preguntas para que fuera más una conversación. Imagino que algunos se habrán sentido descolocados ante el pedido de Foster Wallace, pero es que él ante todo era un conversador, un docente que estaba acostumbrado al diálogo que permite el crecimiento de ambos interlocutores. 

Si tienen curiosidad pueden ver acá una entrevista que le hizo la televisión alemana en el año 2003 (está con subtítulos en inglés). 

¿Qué podemos aprender sobre la escritura de David Foster Wallace?

Creo que lo más valioso es su honestidad. A medida que uno va leyéndolo más, empezamos a ver sus obsesiones como autor. Las adicciones, las periferias, la complejidad del núcleo familiar, los problemas de pareja, el impacto de los medios de comunicación en la vida de cada uno de nosotros. Foster Wallace es un autor contemporáneo que nos habla en esa clave y no busca hacerse sentir inalcanzable. Lo que lees es lo que hay, pareciera ser su lema, aunque cuando volvemos a hacer una lectura más atenta vemos que hay mucha profundidad y eso es maravilloso.

La capacidad que tiene para describir ambientes. En general Foster Wallace no es un autor que escriba páginas enteras para describir un personaje, un espacio o una época, pero las pocas líneas de descripción que da son suficientes para sumergirnos en su universos. 

Sus diálogos. Creo que esto se debe a la larga tradición de literatura anglosajona que en general tiene escritores con gran dominio de los diálogos. Foster Wallace no es la excepción. Deja hablar a sus personajes y a través de ellos mismos descubrimos sus fobias, sus frustraciones, sus recuerdos. Incluso cuando los diálogos no sean en discurso directo como en el cuento La niña del pelo raro, sus personajes y el choque entre ellos es brutal. Si quieren leer un buen cuento sostenido únicamente a base de diálogo lean Aquí y allí, tiene un ritmo delirante que al inicio cuesta entender (no hay narrador que describa nada) pero luego es una delicia de lectura.

Sus personajes. Hay que ser honesto, los personajes de Foster Wallace son en general unos seres perturbados. Vistos desde afuera, son personajes exitosos, realizados generalmente en el ámbito profesional pero con vidas personales desastrosas. Foster Wallace consigue elevar esas miserias a un plano onírico pero que al mismo tiempo nos hace sentir que son personas que todos conocemos o que incluso podríamos llegar a ser nosotros mismos. 

Su sentido del humor. Esto va de la mano con sus personajes. Aunque son seres decadentes que sufren muchas veces por situaciones nimias o grandes conflictos familiares, la manera en que viven su problema conlleva a un humor ácido. Un hombre que prefiere besar la foto de su novia antes que a ella, una chica que se obsesiona con el pelo de una niña y quiere arrancárselo convencida de que tiene algún tipo de poder, son sólo algunos de los perfiles variopintos que tienen sus historias.

En su casa de Bloomington, Illinois (1996) — Imagen por Gary Hannabarger/Corbis

Aunque Foster Wallace nos dejó en el 2008, sus libros siguen tan vigentes, que podríamos decir que su escritura está más viva que nunca. Recomiendo empezar con La niña del pelo raro, que es un compendio de relatos que ya muestran la impronta innegable de Foster Wallace. Luego si quieren pueden leer el segundo volumen de cuentos Entrevistas breves con hombres repulsivos y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, una antología de ensayos de estilo mordaz que, al igual que en la ficción, hace una feroz crítica a la sociedad norteamericana y a los medios de comunicación.

En el 2015, el director James Ponsoldt realizó la película The end of the tour (2015), basada en la larga entrevista que le hizo el periodista David Lipsky a Foster Wallace a propósito de la publicación de La broma infinita, en 1996.

Les dejo por acá una entrevista a Foster Wallace publicada en el diario El País, que muestra la genialidad y la honestidad del autor a la hora de hablar de su quehacer literario. 

En serio, no pierdan más el tiempo y lean a Foster Wallace. Es un autor imprescindible que todos deberían leer este 2021.

Saudade de Domingo #132: Lo que aprendí de la escritura gracias a los viajes

Viajar no es sólo un deseo, es una necesidad. Puede ser un viaje largo o corto, pero el hecho de trasladarse a un lugar poco o nada conocido nos coloca en estado de aventura. Así, nuestros cinco sentidos se perciben de otra manera, prestan atención a aquellas cosas que los locales consideran cotidianas o sin valor. Nos convertimos en detectives de las pequeñas rutinas ajenas.

Empecé a escribir desde la infancia como una necesidad de contar historias al igual que lo hacían los autores que leía. En esos momentos tenía mucha influencia de Dickens, García Márquez, Balzac. Cuando aparecieron los viajes en mi vida, mi escritura fue tomando otro camino. Uno más libre, errático, de intentos, de textos inacabados en muchos casos. Tenían otra densidad, otro clima y eso de alguna forma, me volvió adicto a los viajes. 

En la Estação do Porto

No me atrevo a decir que soy un viajero (sería un irrespeto para quienes con una mochila han recorrido medio planeta), pero sí me considero un amante de los viajes, como ya lo dije en este otro post. Los disfruto desde la elección del destino, la planificación y por supuesto, a la llegada. Algo en mí se activa una vez que piso el aeropuerto y me vuelvo un ciudadano con maleta, pasaporte y visas. Olga Tokarczuk en Los errantes, dice que el tiempo de los viajeros es insular, conformado por los relojes de las estaciones de tren, por las horas de vuelo en los que el paso del día a la noche se reduce a un instante. Este cambio de tiempo nos coloca en otra sintonía, en una más alta quizás y de allí vienen las lecciones que aprendí sobre la escritura durante los viajes.  

1. La “inspiración” se encuentra caminando. Soy un enamorado de las largas caminatas. Cuando he viajado acompañado he sido la tortura de algunos amigos, pues prefiero caminar todo lo que pueda y dejarme sorprender por lo que me encuentre en el trayecto. Una tienda de antigüedades, la conversación entrecortada a la espera del cambio de color del semáforo, el comerciante que intenta venderme alguna cosa, el olor de pan caliente de una confitería de barrio, la sala de cine que me seduce con películas en una idioma desconocido. Me gusta observarme en esas caminatas como un viajero sin piel que está expuesto a todo lo que ve, escucha, huele o toca. Y ahí aparecen personajes, líneas de diálogos imaginadas, escenarios posibles para un cuento o guion.

Caminando una noche en Oporto

2. Cualquier hallazgo puede transformarse en una historia. En los viajes, como en mi vida, creo en las causalidades y no en las casualidades. Si algo llega hasta mí es una señal del universo, del tiempo insular de Tokarczuk y lo aprovecho. Recuerdo que cuando caminaba por el barrio Gamla Stan en Estocolmo, en un momento me perdí entre los nombres de las calles y el google maps tuvo un ataque de histeria. De paso una lluvia fastidiosa me hacía luchar entre el paraguas, la mochila y el celular. No me quedó más que seguir caminando y a pocos pasos me encontré con una librería hermosa, pequeñita, con fachada de una casa, atendida por una librera de sonrisa amplia con quien me atreví a conversar por casi una hora. Podría haber seguido con los audífonos enchufados pero decidí explorar esa librería y me encontré con esta librera que me enseñó un poco sobre la literatura sueca actual. Ahora ella se ha convertido en un personaje que escribo.

«Mi» librería de Gamla Stan en Estocolmo, Suecia

3. La suspensión de los viajes ayuda a la relajación. Hay que reconocerlo, viajar cansa y mucho. Con una amiga solemos decir que luego de viajar necesitamos al menos una semana en casa para recuperarnos. Por eso es importante aprovechar los momentos de descanso como en las horas de tren, de avión o de bus. No soy de los que suele dormir pero sí intento enchufarme la música que me gusta, cerrar los ojos y repasar lo vivido, respirar y meditar. Algunas veces aparecen imágenes o frases y las anoto en mi libreta o en el procesador de textos de mi celular. 

Escribiendo en el vuelo Madrid-Oporto, en abril de 2019

4. Alternar momentos de compañía y soledad. Por lo general suelo viajar solo pero siempre hago amigos a donde voy. Me gusta eso de visitar lugares con los nativos pero también amo hacer mis propios hallazgos, dejarme sorprender. Cuando viajé a São Paulo el año pasado quería recorrer el centro histórico y varios amigos me dijeron que evitara ir, que era peligroso. No diré que no tuve miedo, pero tampoco estaba dispuesto a perderme la experiencia, luego de haber visto fotos de los edificios hermosos, los viaductos y las calles del centro histórico paulista. Descubrí ese sector de la ciudad denigrado por los propios locales y después tuve que entrar a un café a escribir lo que había vivido. La soledad es una buena compañera pero también cuando se pone aburrida, es importante buscar compañía para nutrirse de otras miradas. Así recargo energías y ese contacto me estimula a seguir escribiendo. 

Edificio Martinelli, en São Paulo

Viajar es una experiencia de extrañamiento. Es una lupa que se acerca y se aleja en un raro vaivén. Es un síndrome, un paréntesis, un desvarío. A la vuelta todo parece apretarse en la memoria y los bocetos se convierten en jeroglíficos que hay que descifrar, imagen por imagen, letra por letra. Aunque los tiempos actuales no son los propicios para emprender vuelo, vendrá el momento en que las fronteras se abran de nuevo, en que los otros cuerpos dejen de ser peligrosos y ahí sí, a cruzar mares otra vez, para escribir, para leer, para contar. 

Escribir

Escribo.

Escribo todo el tiempo. A puño y letra en las agendas, en el tecleo constante de un entrada de blog, en un guion, en un cuento. Escribo mails, mensajes de whatsapp, comentarios de Instagram, repentinos tweets y también en esas fugas literarias que nadie osaría llamar como “verdadera escritura”.

Escribo en las paredes de mi memoria, escribo en las melodías que me levantan cada mañana en una estación de radio jamás sintonizadas. Escribo en el vaivén que provoca la cuchara al revolver el café a las primeras horas del día. Escribo en el caminar insomne que me saca de la casa y me lleva al asfalto, aun tibio, de las once de la mañana.

Escribo la respuesta que no me atreví a mandar, en la carta que dejé de contestar, en el mensaje que me prohibieron enviar. Escribo lo que puedo y lo que creo que debo capturar antes que el tiempo se licúe.

Escribo a la mañana, con el cantar de los pajaritos que nunca veo volar. Escribo por la tarde resguardado del calor que incendia las ventanas y que transforma todo en un blanco de sombras duras. Escribo por la noche en medio de los olores de la cena, con el sabor del té verde que humedece los labios y suaviza las palabras. Escribo cuando duermo y sobresaltado agarro el celular para fijar las frases como códigos cifrados que nunca logro descubrir.

Escribo porque puedo, porque quiero, porque debo. Los verbos me buscan y no siempre yo a ellos. Persigo más bien a los adjetivos, a esos seres extraños que califican o denigran, que construyen o destruyen. Son ellos los seductores, los peligrosos de la lengua, los que cortan el aliento, la envidia de los sustantivos. Los escribo porque me tocan y me explican una partícula del mundo.

Escribo porque soy adicto a la palabra y en ella me arropo, me reconozco, me sustituyo, me rectifico, me sano.

La escritura es un noviciado eterno. 

Saudade de Domingo #118: Devaneos, aproximaciones sobre la escritura

1

Me propongo escribir hoy a modo de regurgitación, divagando sobre la escritura. En primer lugar para clarificar las lecturas y conversaciones relacionadas que tuve esta semana sobre ese acto creativo que en principio parece solitario aunque en realidad convoca toda una serie de dispositivos. Debo agradecer a mi amiga Bertha Díaz, por su generosidad al compartir sus inquietudes respecto al acto de escribir en su taller sobre el cuerpo como activador de escrituras.

2

Habría que encarar el proceso de escritura/creación (llámese una obra de teatro, un cuento, una novela, una canción, etc.) buscando «desautomatizar los sentidos», tratando de percibir el entorno de otra manera. En nuestros espacios, los cincos sentidos han sido formateados para que sean usados iguales. El mirar, el escuchar, el oír, el tocar, el saborear tienen formas tan fijas que cualquier intento de cambio, resulta extraño. De ahí que algunos creadores como Lynch, Lispector, Bergman, Artaud o Dalí, causen extrañeza, ya que claramente se han propuesto subvertir el orden en que perciben el mundo. La propuesta sería, por tanto, poder establecer «otra» relación posible con las cosas.

3

La escritura siempre trae al presente una ausencia de «algo». El que escribe a través de la palabras, de las melodías, de las imágenes intenta atrapar, fijar aquello que ya no está y que el lector (en su sentido amplio) percibe como real y presente. Es decir, el que escribe «intenta» ser los ojos, los oídos, la boca, la nariz, la piel del lector.

4

En el acto de escribir está implicado el cuerpo del que escribe y su cuerpo trae a otros cuerpos simbólicos y físicos: sus memorias, sus referentes, su genética, sus relaciones con los otros. Por tanto, la escritura es una sinfonía, un concierto en el que intervienen muchas voces. El escribir es un constante desplazamiento.

5

Así como hay cuerpos que intervienen e inciden en la escritura como una antesala, en el mismo acto de escribir, surge «algo más». Aparece algo que es nuevo para el que escribe y que no puede controlar. Es un «algo» que aparece fruto de la potencia, de la fuerza de los sentidos. Jean Luc Nancy, a propósito de la escritura crítica diría que es «sacar a la luz un carácter».

6

Ese «algo» que emerge luego propicia una forma específica: un guion cinematográfico, una novela, un cuento, una canción, una pintura o híbridos de todo lo anterior. Al cambiar la manera de usar los cinco sentidos, se habilitan nuevas posibilidades, emerge «algo» que luego tendrá un gestus, un formato específico.

7

De modo que el cuerpo del escribiente trae otros cuerpos a su antesala y en el acto de escritura surge un carácter, producto de buscar una relación más sensorial con el mundo. Bajo esta visión el que escribe (en el más amplio sentido de escribir), se vuelve un «operario» que permite que emerja «algo» nuevo. Lo importante ya no será pensar en el  artista y su ego creador, sino más pensarlo como un canal que permite la aparición de nuevas fuerzas, de nuevos caracteres.

8

La escritura siempre está inscrita en una red de temporalidades, de espacios, de afectos, de cuerpos. Por tanto escribir no es soledad.

Saudade de Domingo #117: La escritura en taller

Lo confieso. Soy un fanático de tomar talleres, especialmente aquellos de escritura creativa. Me gusta encontrar nuevos métodos de encarar el proceso de crear historias, conocer personas que están con la misma búsqueda e instructores que me llenan de referentes para seguir explorando.

Doy muchas clases en la universidad y en ese ejercicio constante de impartir conocimiento tengo la necesidad de seguir alimentándome, de volver a ser estudiante para aprender más. A lo largo de todos estos años he tomando múltiples talleres de diferentes actividades pero si debo destacar los que más me han marcado señalaría tres: Escritura en la ciudad que hice en el 2017 con María Negroni y Guillermo Martínez en Nueva York, La voz propia en septiembre de este año en Barcelona con Esmeralda Berbel y Jordi Amenós, Aquí pasan cosas extrañas que hice también recientemente en Guayaquil con la escritora Solange Rodríguez. Fueron espacios donde conocí nuevas formas de entrar a la escritura, nuevos autores que me iluminaron y compañeros con los que sigo en contacto hasta hoy. Los talleres son pretextos para que las personas se junten, discutan, escriban, lean y finalmente aprendan. Llevo las enseñanzas de estos talleres en mi piel y en clases como la de Storytelling o Guion, que empecé esta semana, siento que a través de mí hablan los profesores de estos talleres, los libros que he leído y así me siento acompañado en la tarea de ser profesor de más de veinte estudiantes.

e

4f0aae22-6863-4f5f-b70f-6f56ea1489e8.jpg
Durante la lectura de mi cuento en el taller Aquí pasan cosas extrañas.

Ayer sábado tuvimos la presentación final del taller Aquí pasan cosas extrañas y todos los talleristas leímos un trabajo realizado. Fue una energía muy potente leer un cuento que trabajé con mucho cariño y escuchar los de mis compañeros. En todos había una evolución desde la primera lectura hacía varias semanas a lo que escuché el día de ayer. Reconfirmé la importancia de ese trabajo de hormiga pero necesario que es la reescritura. Distanciarse del texto, mirarlo y ser un poco cruel por el mismo bienestar del texto, cortando frases o incluso párrafos enteros. Las palabras del primer borrador, las divagaciones y las redundancias son necesarias para que el texto cobre vida pero luego hay que extraerlas, con precisión quirúrgica.

Silvia Kohan, reconocida escritora e instructora de talleres de escritura, ve a este espacio como una travesía en la que uno acepta el riesgo de encaminarse en una dirección equivocada para encontrar «algo». El taller de escritura es el estadio ideal para indagar, probar, borrar, mutilar, volver a armar y quizás darse cuenta que lo que uno buscaba era «otra cosa». Pienso también en Pérez Andrújar cuando dijo alguna vez: «Sólo sabré lo que pienso cuando lo escriba y lo lea». La claridad que aparece en la escritura a veces se torna evidente con los comentarios del instructor y de los compañeros. A veces esa claridad repentina asusta y ahí también emerge la contención de grupo para ayudar o simplemente acompañar en ese proceso de búsqueda de la propia voz de autor. De modo que quiero seguir buscando mi voz y encontrar las de otros que resuenen o se contrapongan con la mía.

Los talleres de escritura son espacios de magia.

 

 

Saudade de Domingo #115: Eterna Barcelona

De un momento a otro apareció Barcelona en mi calendario. No lo había planificado, no figuraba en mi lista de destinos del 2019, sin embargo cuando surgió como posibilidad, no ignoré el llamado. Tenía que cruzar el Atlántico, salir un poco de la rutina y dejar que la escritura, nuevamente, me mostrara el camino.

Así llegué a un taller de escritura terapéutica. La idea de encontrar en la escritura (o través de ella) una forma de sanación me llamó la atención. Confieso que no sabía mucho sobre el tema, había leído algo sobre el centro que lo hace en Barcelona pero nada más. Iba dispuesto a dejarme sorprender.

Llegué al taller impartido por Jordi Amenós y Esmeralda Berbel un jueves por la mañana. Como me suele suceder en otros talleres, la noche anterior estuve un poco ansioso imaginando quiénes serían los instructores y cómo serían mis compañeros. A la entrada del edificio me encontré con una chica que luego supe se llamaba Rosa y que sería una compañera del taller. Subimos el ascensor sin decir una sola palabra pero nos miramos varias veces. Estábamos en fase de reconocimiento, como luego pasó con el resto de compañeros, todos desconocidos que se dieron cita ante un llamado voluntario pero que todos sentimos necesario.

Por las mañanas, Esmeralda daba las sesiones de escritura creativa, que aunque parecían ejercicios de escritura libre tenían una intencionalidad profunda, desconocida para nosotros los talleristas. Como después nos diría Jordi, lo importante en la narrativa terapéutica en lo que se esconde detrás de la historia. Y eso lo iríamos descubriendo en cada sesión, en el que un texto aparentemente espontáneo e inocente, de pronto daba cuenta de un linaje familiar conflictivo, de culpas asumidas, de roles impuestos, de una voz propia que se veía alterada por los mandatos del padre o de la madre. Con Jordi y Esmeralda, miré a la escritura desde otro lugar y siento que llegó a mi vida en el momento que más lo necesitaba. He venido de varios procesos de crisis, de euforia, de creación y como en todo proceso, surgen muchas inquietudes. Llegué al taller, sin saberlo, para buscar una explicación, una posible curación de la mano de otros compañeros con otras necesidades pero con el mismo deseo de mejorar sus vidas.

9b92c199-1272-4a00-8fd4-0a6f0b92b60f.jpg

Mis compañeros fueron un gran regalo. Cada uno desde su propio universo abrió su corazón para que el taller funcionara. Las sesiones de la tarde, a cargo de Jordi, en las que se escudriñaban los textos y se hacían ejercicios relacionados con la Gestalt, constelaciones familiares y más, eran muy movilizadoras. Al final de cada sesión me sentía devastado, con una desolación producto de esos espejos rotos que son nuestras historias. Pero también encontré el apoyo de los compañeros, en las charlas de cerveza, de café, hablando de las sesiones o de cualquier cosa. Lo importante era no perdernos y ser una red, una hiedra de piel.

Y en medio de esas sesiones, también aprendí más de Cataluña. A través de los relatos y de las charlas de pasillo, conocí lugares cotidianos de Barcelona, nombres de ciudades pequeñas de Cataluña, los diferentes acentos de catalán dependiendo del lugar. Escuché infinidad de veces conversaciones que empezaban en castellano y que luego saltaban al catalán como si fuera un cambio de estrofa en una canción. Era natural, orgánico y aunque al principio me sentía abrumado, luego el catalán empezó a entrar en mí, como un mantra, como si fuera una plegaria que me daba la llave para penetrar en el corazón de una ciudad a la que estaba conociendo.

IMG_5047

La última sesión, al igual que la última media hora de una película en la que se llega a la catarsis, fue un momento sublime. Terminamos de hermanarnos entre todos los compañeros como si de una confraternidad secreta se tratara. Fue el día de la unción, de la graduación, del recibirnos en una casa colectiva para empezar un nuevo camino. En medio de los abrazos y las lágrimas, procuramos capturar el momento con fotos, intercambiando correos, para no licuarnos en la cotidianidad y no olvidar la búsqueda de cada uno.

Para mí además la despedida del taller tenía otro componente. Era la despedida de Barcelona, una ciudad que había explorado ya el año pasado pero que ahora tenía otro color y otro sabor. Barcelona no es solo una ciudad muy querida por mí, sino que además ahora guarda un sitio especial dentro de mis memorias. Su olor a mar, a nostalgia con esa musicalidad suave y rasposa del catalán son como las páginas de un libro que me trae recuerdos agradables. Trayendo nuevamente Barcelona a mi cabeza a través de estas líneas, la siento viva, mayúscula, dúctil y recuerdo que un libro de catalán me espera para empezar un nuevo romance, ahora con el estudio del idioma.

Saudade de Domingo #106: La antibiblioteca

Hace unas horas leí un artículo publicado en la página Fast Company que habla sobre la acumulación indiscriminada de libros en la biblioteca de cada uno. Lejos de hacer una crítica ante la posible cantidad sideral de libros no leídos, el artículo apunta a que vivir rodeado de libros es algo positivo. Nos recuerda nuestra ignorancia, dice una parte del texto y se pone como ejemplo la biblioteca del semiólogo italiano Umberto Eco que tenía más de 30 mil libros. Evidentemente no leyó todos esos libros pero estar entre ellos, respirarlos, caminar en los vericuetos de diferentes clases de textos, recordaba la insignificancia o lo minúsculo de nuestro acervo cultural. Es sano comprender que por más buenos y ávidos lectores que podamos ser, siempre habrá mucho por leer y que acá se cumple el socrático “Sólo sé que nada sé”. 

No se trata de un proyecto narcisista para exhibir un sinnúmero de volúmenes sino de estar consciente de lo mucho que desconocemos. La antilibrary o antibiblioteca, como sugiere el texto citando a Nassim Nicholas Taleb, serían todos aquellos libros no leídos, lo que permite que el lector siempre esté en una constante curiosidad y hambriento de conocimientos. “Más valen los libros no leídos que los leídos”, señala Taleb. 

Pensando en la antibiblioteca, en estos días de víspera navideña, me he sumergido en mi propia biblioteca, llena de libros que no leí aun. Así, he saltado de Jodorowsky a Negroni, de Marília Garcia a Kohan, de García Márquez a Cortázar, de Schweblin a Ocampo, de Puig a Cameron. Todo muy respirado, orgánico, sin presiones.

A primera vista son todas lecturas muy desordenadas pero que ahora que escribo y reflexiono, hay un finísimo hilo conductor desconocido que las sostiene. Me doy cuenta también de ese hilo ahora que escribo un nuevo proyecto y veo cómo esas lecturas me acompañan en ese texto laberinto que estoy trabajando. Es como si los ecos de esos personajes, de estos autores se sentaran a la mesa conmigo. Por ello quizás he sentido esta escritura muy acompañada, atenta, en alerta pero jamás en soledad.

Los libros son para mí, como frase cliché, esos amigos que están ahí, encerrados, apretados entre sí, esperando su turno de abrirse. Cuando leo me da la sensación de que esa energía recluida en el texto se dispara y vive alegremente en mi habitación por varios días. Es así que pese a estar sólo físicamente, hay en realidad en mi cuarto una decena de personajes, de paisajes, de tiempos que se chocan entre sí y van haciendo nuevas conexiones. Algunos quizás se repelen pero en general se amalgaman, sobre todo cuando me toca el momento de escritura y todo ese cúmulo de energías toman su lugar respectivo en la fiesta. Y ayudan como mejor pueden en ese proceso.

Es grato saber que la antibiblioteca es saludable y que entre más crezca, más posibilidad de conocer otros mundos existe. Y que la escritura se beneficia también de esos nuevos referentes.

Saudade de Domingo #94: Escribir es dejarse guiar (a la nada, probablemente)

“Hay que sentarse frente al teclado, escribir una palabra después de la otra hasta que esté terminado”, así sintetiza Neil Gaiman el proceso de escritura y aunque reconoce que parece tan fácil y simple decirlo, en la práctica es un acto complejo. Así como muchos escritores, siempre he pensado que la escritura es un estilo de vida, una decisión, una prueba de valentía. No es fácil sentarse elegir palabras escuchando al silencio. 

En mis clases de guion siempre les digo a mis estudiantes que es importante escribir, aun cuando no siempre haya una historia que contar. Vale la escritura tipo diario, carta, crónica, lo que fuera, pero lo importante es familiarizarse con la soledad del escribir. García Márquez decía que la escritura era quizás la acción más similar a la levitación y yo coincido (aunque nunca haya levitado). Escribir como cualquier otro acto de creación tiene que ver más con el fluir, el dejarse guiar. Es decir, no poner resistencia ni tampoco asustarse cuando en el proceso surjan líneas que parecen hablar de algo jamás imaginado.

En las últimas dos semanas, luego de mi regreso de Argentina y Chile, empecé oficialmente la escritura de una obra de teatro que ya me martillaba la cabeza desde marzo. Durante meses me limité a tomar apuntes, hacer descripciones de ciertas situaciones que pasarían durante la obra, perfilé personajes pero como estaba con mucha carga laboral en la universidad y con una obra como actor, no encontraba el tiempo para desarrollar la historia. Sí tenía tiempo para escribir la columna dominical de acá, la crónica de algún viaje, pero para la obra, que es un tipo de escritura más demandante, no encontraba el momento.

De modo que cuando regresé de viaje, me propuse que pasara lo que pasara, iba a empezar la obra. La idea era iniciar un sábado pero inconscientemente me llené de actividades con el único pretexto de posponer el inicio. El domingo era la única opción. Me senté un poco nervioso, ansioso, repasé todos los apuntes que tenía. Escuché algunas canciones que me acompañaron durante la época que tomaba apuntes pero se me hacía pesado empezar con la escena 1. 

Faltaba poco para darme por vencido y decir “empiezo el otro finde”, cuando casi que por rebeldía decidí escribir una escena entre dos personajes de la obra. No sabía si la iba a usar o no, ni en qué momento de la trama aparecería, pero me lancé a escribirla. Y fue ahí cuando todo “se armó”. La escritura de la escena fluyó y me llevó a otra escena, a otra y yo apenas si podía controlar el flujo de información que los personajes me iban dando. Parecía que ellos me dictaban lo que tenía que escribir. 

Horas después ya en una escritura más reflexiva preguntándome por lo que había pasado, me di cuenta que ese domingo no había empezado a escribir la obra. Había comenzado meses atrás, en esos esbozos de diálogos, de escenas inconclusas que había escrito en medio de la noche, a la mitad de un viaje o en algún mientras caminaba hacia algún lugar. Durante meses fui creando el universo de la historia, abonando la siembra que empieza a crecer ahora. Me dejé sorprender por mí mismo y sin pretensión alguna escribo la obra, como si terminarla fuera concluir una competencia 5K o fuera una especie de titulación académica. Fluyo con lo que escribo, dejo que los personajes marquen el ritmo hasta concluir el primer borrador de guion. 

No sé qué saldrá de esta obra, no sé a dónde me están guiando los personajes. Lo que tengo claro es que voy colocando una palabra después de la otra hasta que la obra termine de escribirse. 

Saudade de Domingo #92: La escritura de los otros

Siempre que conozco a alguien, me da curiosidad saber cómo escribe. No me refiero a si escribe literatura o algo creativo (que también me interesa) sino al simple hecho de ir colocando una palabra adelante de la otra. ¿Tendrá faltas ortográficas? ¿Será un obsesivo de las comas? ¿Un amante del sujeto tácito? ¿Alguien que escribe párrafos de una sola frase? La escritura es un proceso tan íntimo y tan vasto que me siento un poco espía cuando llega a mí algún texto escrito por alguien. Como profesor y eventual analista de guiones, he podido leer muchísimos textos, de diferentes naturaleza y siempre hay algo que me llama la atención…

Continuar leyendo «Saudade de Domingo #92: La escritura de los otros»