La eternidad de Roma

IMG_5534Roma es un beso robado. De esos impulsivos que surgen de una extraña atracción que deambula en la delgada frontera del odio y del afecto. No es fácil besarla ni tampoco golpearla. Sí es fácil, en cambio, enredarse en la maestría de sus cabellos que se reproducen bajo el Tevere, que se cuelan por los caserones de Monti y el centro histórico, sin que nadie pueda advertir su mágica presencia. 

IMG_2420

Roma me golpeó a la cara el primer día, vi de cerca sus dientes milenarios en las avenidas cercanas al Coliseo. Las marcas de sus siglos habían quedado impresas en mi frente, en mi nariz, en mis rodillas. Me quería dejar claro que no era Paris ni ninguna otra ciudad de las que me jactaba penetrar. Me vio tembloroso, abrumado con su ámbar incandescente. Quise golpearla, lo hice, pero Roma es sucia, salvaje, se reía de mis golpes pequeños y torpes. Me arrinconó y ese dialecto romanaccio me besó a la fuerza, me alimentó como a Rómulo para luego huir con su estela de antaño, con la sensualidad de Lucrecia y las risas burlonas de Livia y Julia Domma. Roma me había enamorado. Y yo agredido, enrojecido, había probado el néctar romano, que sería mi pase libre por la ciudad.

Roma no me la hizo fácil. Sus calles cambiaban, se cerraban y se abrían a propósito en una extraña danza que me dejaban diminuto ante su grandeza. Volví a ser virgen, con ese carácter torpe, ansioso tan propio de los jamás tocados. Me inserté en las venas de Roma, en sus canales, sus esquinas, me olvidé del mapa para recorrerla entera, necesitaba su néctar, ese grial escondido en sus mausoleos y palacetes.

IMG_1315

En esos cielos cambiantes, encontré la teatralidad de Roma. Su luz de escenario me hacían pensar en las actuaciones demenciales de Nerón, Calígula, Claudio. Pisaba sus calles, tocaba sus paredes y confundido entre la horda de turistas anglosajones, me preguntaba: ¿Es que no sienten a Roma? Porque sentir Roma es quedarse impávido, guardar silencio hasta que ella, sabrosa, vieja, hosca, decida quitarse los velos y mostrar su corazón reventado, cansado pero que continúa golpeando, bombeando  bajo ese firmamento naranja donde vive altiva, pisoteada, escandalosa.

IMG_2170

En esa última noche de vía crucis, de aire marino y sabor a pretérito, mientras caminaba aun con el ardor en la cara, cansado por el tiempo suspendido de la ciudad, pude ver el rostro de Roma en la Vía Cavour. Era geométricamente desfigurada, de olor a albahaca y a jazmines. Me sonrió y nos fundimos en un abrazo eterno de pocos segundos. Me inyectó la savia que necesitaba para abandonarla. Ella es de romances fugaces. Su eternidad radica en los breves lapsos que produce estupor en sus palacios decadentes, en sus monumentos marchitos, en su catacumbas aun desiertas. Me susurró algo en romanaccio. Era Cornelia que hablaba, pero también era Aurelia, Mesalina y Octavia. Después de su paso agitado, sentí el vacío, el paréntesis glacial de encontrarme huérfano de su abrazo. Una lágrima me quemó la mejilla cuando pude ver sin lentes, sin artilugios, el paisaje romano. Como en la obra jamás montada estaban frente a mí todas las dinastías romanas, sonriendo, hermanados, pues al final no eran más que personajes inflamados. Luego del mutis, empaqué mis cosas, repasé en italiano todo lo que llevaba para la siguiente parada. Era el fin y tenía que partir.

Y al dejar Roma acariciando el turquesa del mediterráneo, me quedé con un ahogo arrancado, con el vacío entre las manos, los huesos apretados y la boca reseca a la espera de un nuevo beso, a la intemperie, con sabor a oliva cerca del pantheon.

Saudade de Domingo #78: El WhatsApp como fuente de “inspiración”

5fc6f11c-86c9-4965-80f1-6e70fe92142b

Hay otro Santiago cuando escribe por WhatsApp. O quizás soy yo mismo pero más afilado, más irónico, más chistoso o nada de esto y sí una versión alterada de mi yo de la vida real. Releyendo varias de mis conversaciones de whatsapp, suelo sorprenderme de lo que escribo y de lo que me escriben. No importa si son amigos, familiares, conocidos menos que amigos o aquella persona especial que te remueve las hormonas. Cada conversación de chat termina siendo una historia en sí misma, un pedazo de vida virtual que esboza algo de lo físico. Recuerdo haberme peleado con alguien en la vida real y cuando se limaron asperezas, volvimos a nuestras habituales conversaciones de WhatsApp. Me di cuenta por el historial que nuestra última charla había sido antes de esa pelea (en el plano físico, real) y por tanto en WhatsApp no había registro de ese enfrentamiento. Según lo registros whatsappísticos, nosotros éramos muy buenos amigos: solidarios, amables, presentes, con charlas de doble sentido, con charlas pseudo-filosóficas y luego otras bastante triviales que también alimentan toda conversación que se respete.

También me sucedió al contrario, muchas discusiones en el WhatsApp y en la vida real todo de maravilla. En ese caso, según los archivos whatsappísticos, nuestra relación era una mierda, mucha ironía con mala onda, insultos disfrazados de broma, emoticones insoportables de enojo y hastío. Era como si WhatsApp nos permitiera ser los malos de las películas, unas versiones virtuales y diminutas de villanos telenovelescos. Varias veces quise dar la vuelta a la situación, escribir llano, sin ironías, pero la interpretación libre que permite lo virtual, tergiversaba mis palabras, me colocaba como una persona intolerante, cruel, indolente. Eran cientos de líneas de discusión, con intervenciones muchas veces simultáneas que hacían que se perdiera el hilo de lo que se estaba discutiendo más arriba. Menos mal que WhatsApp puso la opción de poder citar un comentario y responder a ese comentario, así la otra persona puede entender a qué está haciendo alusión en medio de toda la catarata de mensajes.

En cada chat de WhatsApp parezco ser otro y al mismo tiempo, soy todos ellos. En algún momento llegué a tomar prestado de mis chats ciertas líneas interesantes para nutrir otros textos, en especial cuentos y guiones. Recuerdo incluso haber tomado casi textualmente un chat de hace años, que en ese momento fue muy doloroso, para ponerlo en la piel de unos personajes. No tuve que modificar casi nada, el sentimiento era exactamente el mismo. Me gustó ver cómo algo turro, que me costó meses en comprender, se había “curado” a través de las voces de otros personajes. Pude incluso ironizar, mirar desde afuera ese texto y decirme: Ese ya no soy yo.

Hace unos días atrás, pasando revista a mi biblioteca, como me gusta hacer cada tanto, me encontré con un libro que había comprado en uno de mis viajes a Buenos Aires. Lo miré con curiosidad y me encontré con un autor que propone radicalmente no seguir creando más textos y sí manipular, modificar los ya existentes. Sostiene que existen ya tantos textos en el mundo digital, que lo más responsable sería moverlos, ajustarlos, darles una nueva vida y pasar de ser autores a procesadores de textos. La idea me ha volado la cabeza, sigo leyendo con hambre el libro y me voy dando cuenta que ciertas prácticas que él recomienda, las he aplicado yo mismo sobre mí mismo. El autor no menciona (o al menos no hasta donde yo he leído) a WhatsApp como fuente re-creadora de textos, pero no pude evitar relacionarme con eso, dadas mis experimentaciones sacando extractos de chats para escribir literatura, teatro o cine.

IMG_3756Si tienen la oportunidad de encontrarse con Escritura no creativa, de Kenneth Goldsmith, hagan un alto en todo, cómprenlo y léanlo. Aunque no coincido en algunas de sus propuestas, me parece que Goldsmith arroja una luz sobre la literatura actual dialogando con el mundo digital. El rol autoral, como también señala Goldsmith, siempre estará presente, ya que se va a seleccionar, modificar los textos previos y ahí interviene este autor a modo de procesador de textos. Es lo que he hecho con mis propios chats de WhatsApp…

De una forma purista, podría decir que me he plagiado a mí mismo, que quizás debí ser más “creativo” escribiendo diálogos específicos para mis personajes, pero prefiero pensar que los textos de la naturaleza que sean, se van creando y son ellos quienes me buscan a mí. Quiero creer que muchos de ellos intervienen a través de mis chats de WhatsApp y de una forma tácita, me piden que no los deje morir (o congelarse) en la pantalla del teléfono. Quino creer que ese Santiago malo, risueño, irónico que escribe en diferentes tonos son sólo manifestaciones para luego producir otra cosa, que son pre-textos para terminar en un escenario o en una novela.

Pensando así, me siento ya curado de muchas chats no tan amistosos.

Saudade de Domingo #77: Cuando no escribo

essay-writing

Alguna vez escuché decir a algún autor cuyo nombre ya no recuerdo, que se es escritor aun cuando no se escriba. Recuerdo haberme quedado pensando en esa frase, dándole vueltas. En aquel entonces era un adolescente, etapa en la que escribía de forma compulsiva, todos los días por varias horas y se me hacía imposible la idea de imaginarme escritor sin estar escribiendo.

Pasaron los años, llegó la universidad, el trabajo, la maestría y demás. El tiempo para escribir se vio mermado. Pasaba (y a veces paso) días o semanas sin escribir una sola línea. Mientras realizaba mis otras actividades me preguntaba: ¿seguiré siendo escritor? Y ante esa pregunta emergía ese recuerdo de antaño respondiéndome: Se es escritor aun cuando no se escriba.

Luego vi y leí muchas entrevistas a escritores que amo y más o menos cada uno desde su mística de trabajo, coincidían en ese aspecto. Hay otras cosas que se pueden hacer mientras no se escribe pero que sin duda son material para la escritura. La más importante de todas ellas: Vivir.

Aun cuando no escriba un cuento, una novela, un guion, mi cabeza siempre martillea con situaciones, con personajes que dicen frases sueltas, con escenarios potenciales para una historia, con noticias que de alguna manera me mueven y se conectan con poco esfuerzo a ciudades, épocas en las que me gustaría trabajar. Creo que la clave es siempre estar atento, escuchar afuera y escuchar adentro. De las dos me parece que la escucha interna va en primer lugar ya que de esta depende de cuán sintonizado puedo estar para darme cuenta de lo que sucede a mi alrededor.

Ya mencioné que el tiempo era responsable de que no pueda escribir todos los días. Eso en parte es verdad pero también es cierto que aparece otra variable: El propio cuerpo.

El cuerpo, o al menos mi cuerpo, tiene su propia gramática. A veces me dice no, no quiero escribir, necesito descansar, dame cariño, aliméntame, báñame pero no me obligues a sentarme, a hundir las teclas y mirar una pantalla en blanco. No quiero ahora, dame una película o una serie para pensar menos. Reconozco que lo complazco con culpa. Quiero escribir, agitar la cabeza y que salgan las palabras pero mi cuerpo se opone, me sabotea. Eso hasta que ocurre algo “mágico”. Mi cuerpo sin avisarme, se sienta y empiezo a teclear. Mi cabeza se despierta y ve que está todo “listo” para trabajar. Y en esa armonía de cuerpo y espíritu que puede durar segundos, horas o días, van apareciendo atisbos de historias y personajes. Se acercan como quien ha sido invitado a última hora a una reunión. Al principio recelosos, dubitativos, poco expresivos, hasta que luego se toman la cancha, debaten, discuten, plantean sus propias reglas.

Después, en algún momento, la fiesta se termina, los personajes toman vuelo y el cuerpo vuelve a pedir descanso, quiere nutrirse, hibernar un tiempo para sentarse después, cuando él quiera y donde quiera.

Aun cuando podría parecer que el tiempo y mi cuerpo son dos enemigos de la escritura, en realidad son dos aliados a los que necesito comprender. Gracias a ellos, puedo también vivir, viajar, leer, conocer, sentir, elementos claves para una escritura libre y sobre todo, sana.

El gym y la escritura

Pueden parecer cosas opuestas pero ir al gym me resulta un combustible para escribir. Pongo el cuerpo a trabajar, midiéndose con las pesas, las mancuernas y mi cabeza empieza a fantasear. Las ideas se presentan, personajes se dibujan o voy perfilando historias que me gustaría trabajar. Someter al cuerpo a una actividad mecánica me permite disociarlo de la cabeza por unos minutos.

Hoy volví al gym luego de dos semanas de “descanso”. Las vacaciones en Buenos Aires fueron también un momento de ocio para los músculos. Aunque me sentía un poco duro hoy, el cuerpo recordó los ejercicios y tuve la sensación de reencontrarme con ese dolor placentero que produce el músculo agotado. Algo similar como cuando se escribe por varias horas. Una sensación de pequeño hastío pero con la satisfacción de haber sacado un poquito lo que en el interior se llevaba como una masa indefinida. El gym es la oportunidad para reencontrarme, de mirar mi cuerpo, de sentirlo y en la medida de lo posible me encuentro con mis personajes.

f59e54b1af4447ddbf5be48351b47d6b

Ya en la última parte de la rutina, cuando hago cardio, viene por así decirlo el “delirio”. El movimiento mecánico de la caminadora enchufado al iPod me hace volar, imaginar a personajes hastiados de sus rutinas y que dejan el alma en las máquinas. Personajes que tras una decepción amorosa no encuentran nada mejor que herir sus músculos con más peso del adecuado, que astillan sus piernas con ejercicios excesivos, que rompen sus bíceps para no llorar ante una despedida no programada. El gym es un escenario democrático donde todos convergen y buscan sanarse al menos en el cuerpo. Del alma ya se encargarán otros lugares.

Y así entre músculos adoloridos, entre pesas que rebotan en el piso, rostros contraídos, aire enrarecido de sudor y canciones electrónicas que buscan motivar a los caídos, transcurren los personajes del gym. Esperan sin saberlo, que alguien los escriba para que la sesión de ese día al menos haya valido la pena.

Ideas sueltas sobre mi sesión de hoy 

Escribir sobre esta historia es un buceo sin camino, es lanzarse sin pensar (mejor que pensar sin lanzarse). He hecho una estructura de la historia para saber por dónde debo navegar, pero ahora ya en el guion, todo es incierto, todo suena falso, artificial, forzado, atropellado. Y sin embargo en ese buceo, los personajes se van abriendo, se liberan de la estructura y simplemente son. Saltan de la pantalla, juegan con darme información, ocultándome otra. Son ellos y yo soy ellos. Escribo lo que ellos me dictan, me vuelvo ese médium de sus voces. Atravieso el mundo con ellos. Me proponen desbaratar la estructura, desestabilizar las bases e improvisar frases jamás pensadas, acciones en reversa.

Y así termina esta noche de escritura.

Saudade de Domingo #69: Dramaturgia

Como autor siempre me gusta participar de talleres donde se estimule la creatividad a través de la escritura. Parto de la idea de que cada instructor tiene su manera de encarar el proceso creativo, ejercicios que les han servido para llevar a cabo sus proyectos y eso es lo que más me motiva para ir a un taller de escritura. Siempre se aprende algo nuevo y así uno va forjando su propio camino, su propia formación.

Taller IgnasiEsta semana estuve en el taller de dramaturgia que impartió Ignasi Vidal (El Plan, Dignidad) en el Estudio Paulsen (Las Peñas, Guayaquil). Aunque no pude asistir a las dos primeras sesiones por asuntos laborales y académicos, los tres días que participé fueron maravillosos. Ignasi fue muy generoso en compartir su experiencia con nosotros, dándonos consejos útiles acerca del proceso creativo y sobre todo muy detallista a la hora de la retroalimentación de los trabajos. El grupo también contribuyó a generar un ambiente distendido, cálido, cosa que no siempre se consigue en los talleres de escritura.

Fue muy grato también escuchar los trabajos de los otros compañeros, cada uno con su estilo particular. Como docente sé lo importante que es escuchar los trabajos de los demás y sobre todo prestar atención a la retroalimentación, ya que es ahí donde reside parte de la riqueza de un taller. Con la lectura de otros trabajos, surgen nuevas ideas, nuevas hipótesis, nuevas inquietudes y se genera un aprendizaje complementario.

22851980_1958125500919197_3140054861618752260_n

Foto tomada del muro de María de Lourdes Falconí

Del taller además de la buena disposición de Ignasi y de los compañeros, me llevo la convicción de que debo seguir escribiendo sin escuchar mucho a la autocrítica, que la escritura no necesita de largas horas necesariamente, sino de concentración en el tiempo específico en que se hace. Mis tareas para el taller las realicé haciendo malabares con los tiempos en medio del trabajo y creo que logré conectarme muy bien con dichas tareas. Me queda la satisfacción por haber asistido y también las ganas de que en algún momento en el futuro pudiera repetirse un taller así, con la generosidad y la buena onda que tuvo este encuentro con Ignasi. Un taller de escritura desde la praxis, con prueba y error es fundamental para no quedarnos anclados en la teoría. Ignasi lo sabe bien desde su propia experiencia como dramaturgo.

No quiero darle play al final

Siempre amé los finales, aunque más amo la sensación de vértigo que me produce la cercanía del fin. El desenlace como tal es vacío, hueco, insípido. Es un momento sin piso en el que a veces hay música y con suerte, la cámara sube.

Soy egoísta con los finales. Me los guardo para mí, no los comparto, me agrada saber que yo conozco el final y decido si quiero o no transitarlo. Algunos los repito en reversa no quedarme con esa de sensación de abismo. Hago mi propia edición del final, mezclando escenas de diferentes momentos. En unos de esos finales, la pareja queda junta, nadie muere o por el contrario, algunos personajes desaparecen sin explicación. Juego a editar desde mi cabeza historias que conozco bien, terminan muchas veces mal.

end1600

Hoy amanecí con una sensación de final (¿de algún ciclo de vida?), con sabor a chocolate caliente en los labios durante el último sorbo antes de terminarlo. Amanecí con la emoción de querer darle play a la escena final, preparando el cuerpo, el espíritu, para el momento decisivo que cierra algo (no sé bien qué sería). Cierro las cortinas para que ninguna luz externa atenúe la sombra de los personajes y ahí, justo ahí, en el minuto previo al final, decido suspender la cuenta regresiva. Me distraigo en las redes, recuerdo tareas pendientes y decido no seguir dando play hacia el final. “En otro momento, cuando esté más preparado”. “Mañana mejor, que así tendré tiempo para quedarme pensando unos minutos en el final sin tener ninguno compromiso después”. “Me siento un poco down ahora, mejor más tarde, mañana o cuando esté muy feliz”.

Me engaño así con frases diletantes para evitar el momento final, como cuando sales con alguien y te das cuenta que no va a funcionar, que no tiene sentido seguir remando la charla y sin embargo sigues ahí, esperando que alguna chispa mágica se encienda y postergue el final. Como cuando intentas reanimar a la gente en una fiesta que ya sabes que dio lo que tenía que dar y la música turra de esa hora imposible se convierte en el mejor soporífero. Como cuando divagas en la mitad de un examen y ya sabes que no habrá ningún milagro que te haga recordar los textos que apenas si lograste leer. Mi momento postergado es siempre el final, evadiendo esos últimos fotogramas que marcan el punto cero de la trama. ¿Empezar de nuevo? ¿Otra historia? ¿La misma?

Para tales efectos, prefiero tener varias tramas simultáneas de modo que cuando sea el inexorable final de alguna, no tenga que empezar de cero con una nueva.