Saudade de Domingo #132: Lo que aprendí de la escritura gracias a los viajes

Viajar no es sólo un deseo, es una necesidad. Puede ser un viaje largo o corto, pero el hecho de trasladarse a un lugar poco o nada conocido nos coloca en estado de aventura. Así, nuestros cinco sentidos se perciben de otra manera, prestan atención a aquellas cosas que los locales consideran cotidianas o sin valor. Nos convertimos en detectives de las pequeñas rutinas ajenas.

Empecé a escribir desde la infancia como una necesidad de contar historias al igual que lo hacían los autores que leía. En esos momentos tenía mucha influencia de Dickens, García Márquez, Balzac. Cuando aparecieron los viajes en mi vida, mi escritura fue tomando otro camino. Uno más libre, errático, de intentos, de textos inacabados en muchos casos. Tenían otra densidad, otro clima y eso de alguna forma, me volvió adicto a los viajes. 

En la Estação do Porto

No me atrevo a decir que soy un viajero (sería un irrespeto para quienes con una mochila han recorrido medio planeta), pero sí me considero un amante de los viajes, como ya lo dije en este otro post. Los disfruto desde la elección del destino, la planificación y por supuesto, a la llegada. Algo en mí se activa una vez que piso el aeropuerto y me vuelvo un ciudadano con maleta, pasaporte y visas. Olga Tokarczuk en Los errantes, dice que el tiempo de los viajeros es insular, conformado por los relojes de las estaciones de tren, por las horas de vuelo en los que el paso del día a la noche se reduce a un instante. Este cambio de tiempo nos coloca en otra sintonía, en una más alta quizás y de allí vienen las lecciones que aprendí sobre la escritura durante los viajes.  

1. La “inspiración” se encuentra caminando. Soy un enamorado de las largas caminatas. Cuando he viajado acompañado he sido la tortura de algunos amigos, pues prefiero caminar todo lo que pueda y dejarme sorprender por lo que me encuentre en el trayecto. Una tienda de antigüedades, la conversación entrecortada a la espera del cambio de color del semáforo, el comerciante que intenta venderme alguna cosa, el olor de pan caliente de una confitería de barrio, la sala de cine que me seduce con películas en una idioma desconocido. Me gusta observarme en esas caminatas como un viajero sin piel que está expuesto a todo lo que ve, escucha, huele o toca. Y ahí aparecen personajes, líneas de diálogos imaginadas, escenarios posibles para un cuento o guion.

Caminando una noche en Oporto

2. Cualquier hallazgo puede transformarse en una historia. En los viajes, como en mi vida, creo en las causalidades y no en las casualidades. Si algo llega hasta mí es una señal del universo, del tiempo insular de Tokarczuk y lo aprovecho. Recuerdo que cuando caminaba por el barrio Gamla Stan en Estocolmo, en un momento me perdí entre los nombres de las calles y el google maps tuvo un ataque de histeria. De paso una lluvia fastidiosa me hacía luchar entre el paraguas, la mochila y el celular. No me quedó más que seguir caminando y a pocos pasos me encontré con una librería hermosa, pequeñita, con fachada de una casa, atendida por una librera de sonrisa amplia con quien me atreví a conversar por casi una hora. Podría haber seguido con los audífonos enchufados pero decidí explorar esa librería y me encontré con esta librera que me enseñó un poco sobre la literatura sueca actual. Ahora ella se ha convertido en un personaje que escribo.

«Mi» librería de Gamla Stan en Estocolmo, Suecia

3. La suspensión de los viajes ayuda a la relajación. Hay que reconocerlo, viajar cansa y mucho. Con una amiga solemos decir que luego de viajar necesitamos al menos una semana en casa para recuperarnos. Por eso es importante aprovechar los momentos de descanso como en las horas de tren, de avión o de bus. No soy de los que suele dormir pero sí intento enchufarme la música que me gusta, cerrar los ojos y repasar lo vivido, respirar y meditar. Algunas veces aparecen imágenes o frases y las anoto en mi libreta o en el procesador de textos de mi celular. 

Escribiendo en el vuelo Madrid-Oporto, en abril de 2019

4. Alternar momentos de compañía y soledad. Por lo general suelo viajar solo pero siempre hago amigos a donde voy. Me gusta eso de visitar lugares con los nativos pero también amo hacer mis propios hallazgos, dejarme sorprender. Cuando viajé a São Paulo el año pasado quería recorrer el centro histórico y varios amigos me dijeron que evitara ir, que era peligroso. No diré que no tuve miedo, pero tampoco estaba dispuesto a perderme la experiencia, luego de haber visto fotos de los edificios hermosos, los viaductos y las calles del centro histórico paulista. Descubrí ese sector de la ciudad denigrado por los propios locales y después tuve que entrar a un café a escribir lo que había vivido. La soledad es una buena compañera pero también cuando se pone aburrida, es importante buscar compañía para nutrirse de otras miradas. Así recargo energías y ese contacto me estimula a seguir escribiendo. 

Edificio Martinelli, en São Paulo

Viajar es una experiencia de extrañamiento. Es una lupa que se acerca y se aleja en un raro vaivén. Es un síndrome, un paréntesis, un desvarío. A la vuelta todo parece apretarse en la memoria y los bocetos se convierten en jeroglíficos que hay que descifrar, imagen por imagen, letra por letra. Aunque los tiempos actuales no son los propicios para emprender vuelo, vendrá el momento en que las fronteras se abran de nuevo, en que los otros cuerpos dejen de ser peligrosos y ahí sí, a cruzar mares otra vez, para escribir, para leer, para contar. 

Saudade de Domingo #129: ¿Qué significa para mí no viajar?

Aquellos que me conocen por este espacio y en la vida real saben de mi obsesión/adicción por los viajes. Ni bien termino un itinerario, ya estoy planificando el siguiente. Durante los últimos cinco años he viajado todo lo que he podido, como si hubiera pretendido ponerme al día por todo el tiempo que viví en el extranjero con una vida de estudiante muy austera y sin viajes largos. También debo confesar que los viajes han sido una forma de escapar, de hacer un paréntesis de mis actividades cotidianas. En el fondo además está el deseo recóndito de huir de mí mismo y que el surcar otros territorios me devolviera la mirada de mi propio ser a modo de espejo. En realidad el acto de viajar no ha sido tanto un viaje hacia el exterior sino una propuesta de explorar mi interior. 

En todos las entradas que he escrito por acá (como Estocolmo, París o Roma) sobre los lugares que he conocido, percibo esa expedición de mi propio yo enfrentado a esas calles, a esas personas, a esos idiomas que me rodean durante mis días de fuga. Creo que los viajeros en general tenemos ese deseo de conocer al otro para terminar de situarnos en algún punto de la tierra. Uno está en el otro, en su otra lengua, en su manera diversa de comprender el amor, el trabajo, la vida. Es una búsqueda adictiva que no termina porque siempre hay un horizonte para conocer.

Compré este bolso en una librería hermosa de Estocolmo regentada por una librera que a sus cincuenta años dejaba de trabajar para otros y se animó a ser la dueña de su propio espacio.

Entre más viajo, más me alejo del canon turístico. Visitar aquellos lugares imprescindibles de cada ciudad según los criterios oficiales o mainstream se convierten en la parte más insignificante del recorrido. En los últimos viajes esas atracciones turísticas quedan relegadas al primero o segundo día de viaje, como si quisiera sacármelas de encima y después de eso sí, viene lo que me encanta: caminarme la ciudad, hablar con la gente, sentarme en un café mientras miro la ciudad cambiando de color con el paso de las horas, sumergirme en las librerías nuevas y antiguas para descubrir a los autores locales, tomar fotos de letreros, de parques escondidos entre edificios, de percibir el olor característico que tiene esa ciudad. Me gusta mirarme como un detective urbano de experiencias efímeras.

Antes de cruzar el Golden Gate (San Franciso). Ya había caminado cerca de 10 kms y recorrí parques, barrios y descampados que nunca habría encontrado en una guía turística.
Una parte de los libros que me traje de mi viaje a Sao Paulo, en noviembre de 2019

Como ya lo conté por acá, para mi cumpleaños en abril tenía previsto un viaje maravilloso: Madrid (por enésima vez porque me encanta)-Budapest-Praga. El día exacto de mi cumple estaría con una amiga catalana tomando cerveza negra en algún bar de Praga y habríamos resuelto los problemas del mundo mandando todo al carajo. No sucedió porque la pandemia nos cambió la vida, nos obligó a todos a un delay doloroso pero necesario. Se canceló ese viaje a Europa, se canceló un viaje a Buenos Aires, llegó la reclusión en casa. Mi cuarto sin quererlo se convirtió en mi guarida de sueños, en mi hervidero de ideas, en el mapa de ruta por donde quiero seguir una vez que el fin del confinamiento nos devuelva a todos a las calles. 

Berlín, una ciudad a la que espero regresar, cuando sea el momento propicio.

En este tiempo de encierro contemplo mis viajes como escenas sueltas de una película en proceso de escritura. Percibo calor, frío, aroma de especias, sabores de platos exóticos, acentos diversos. Abro cajones donde me encuentro con entradas de teatro, de cine, boletos de museos, programas de mano, servilletas, tarjetas, mapas de viajes, lápices, libretas. Cada uno de esos objetos que quizás me convertirían en el archienemigo de Marie Kondo, me transporta a esos lugares donde ese otro yo se dio a la tarea de mirar más allá de su propia ventana. Hoy, aun confinado y sin fecha exacta de salida, son esos objetos, mis fotografías, mis retazos de texto los que me mantienen en un viaje constante hacia mi propio ser. Vivo más allá de los límites de las paredes de mi cuarto.

Tengo un pasaje en espera que la aerolínea ha dejado abierto para cuando yo me sienta listo para emprender un nuevo viaje. En estos días me he visto tentado en poner una fecha, en preparar un itinerario nuevamente pero también he pensado que quiero parar un poco. Estoy en la fase de viajar a través de los viajes realizados y en ese nuevo mapa de ruta he descubierto otras sorpresas que no había visto o comprendido cuando pisé esos lugares. Me agradezco a mí mismo por no haberme deshecho de aquellas cosas pequeñitas que hoy son mis tesoros en medio de estos puntos suspensivos en los que nos encontramos.

La distancia me permite ver ahora a mi personaje detective de tierras lejanas con otros ojos y en ese periplo está apareciendo un nuevo viajero. Creo que de alguna manera viajé tanto para tener material en el futuro que hoy es mi presente. Así que me encuentro “tripeando” mis nuevos viajes y también habrá mucho que escribir sobre esos “nuevos” recorridos.

Una plaza pequeña cuyo nombre desconozco pero que me sirvió para escribir un cuento a la salida de la Biblioteca Pública de Estocolmo

Ayer leía en Los Errantes de Olga Tokarczuk que ella tiene un amigo que nunca podría viajar solo porque necesita compartir la experiencia con alguien. A modo de conclusión, Tokarzuc decía que su amigo no tenía madera de peregrino. Me gusta mirarme esa manera, como un peregrino que observa, que hace amigos locales y que disfruta de los momentos de soledad en los que uno agradece, en susurro, por salir de la comodidad de la casa y conocer otras casas, afuera, cruzando montañas y océanos.

El avión tendrá que esperar, el pasaporte deberá saborear el descanso hasta que se prenda la mecha y el corazón pida un nuevo recorrido a la caza de nuevos recuerdos.

Saudade de Domingo #125: Los mapas de la infancia

Abro el Google Maps, escribo la dirección a la que tengo que ir. Quince minutos caminando a buen ritmo, me pronostica la aplicación. Trazo mi recorrido imaginario por calles que conozco pero que en la vista satelital lucen como venas grises que se interceptan, se cortan o siguen largos tramos en línea recta. Muchas veces me he sorprendido “jugando” con Google Maps. Elijo una ciudad que se me viene a la cabeza y la recorro, fantaseo con sus formas, con el verdor (o la ausencia) de árboles, los tejados de las casas, la aparición repentina de ríos o de playas. Juego por unos cuantos minutos como cuando en la infancia jugaba con los mapas. Con un lápiz trazaba caminos, posibles rutas para ir de una ciudad a otra, también los calcaba y me desafiaba a ubicar ciudades sin la ayuda del mapa original. 

Me parecía fascinante comparar mapas de diferentes libros. Algunos eran más planos, otros pretendían emular el relieve real de las montañas y valles. Los había también de diferentes colores y tipografías. Debo decir que todos me gustaban y ningún atlas estaba de más, todos sumaban, todos me emocionaban. Todos me hacían viajar a lugares distantes.

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Debía tener ocho años cuando mi abuela y mi tía me regalaron un atlas que editó diario El Comercio, a partir de una edición de National Geographic. Su pasta dura, imponente, de color azul y una fotografía de la Tierra, esférica, perfecta, descansando sobre un mapamundi. Lo abrí, exploré sus páginas blancas de papel couché y me encantó ver que cada país tenía una modesta descripción cultural con datos importantes como capital, ciudades importantes, idiomas, moneda. Había además varias fotos de manifestaciones culturales de cada país que me permitían hacerme una idea de cómo eran esos países.

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Otra cosa que me encantaba eran los colores de los mapas. Amaba mi atlas, con él aprendí cómo lucían las personas en Escandinavia, las monedas de los países del Medio Oriente, las impactantes imágenes de Seúl y Tokyo, lo enorme que era Australia y lo solitaria que era al interior del país. Fue uno de los regalos más hermosos que recibí en la vida y recuerdo haber dormido muchas noches junto a mi atlas. Soñaba que visitaba esos lugares, me veía como un explorador que iba tachando el mapa de cada país que  visitaba. Gracias a mi atlas, con ocho años, ya me sabía de memoria todas las capitales del mundo. 

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Además de mi atlas, que se volvió mi libro de cabecera, seguí como detective cazando mapas. Cada año pedía de regalo de navidad el Almanaque Mundial, que me brindaba vasta información de cada país con su respectivo mapa. En la escuela, en el cuarto año de primaria, incluyeron en la lista de útiles escolares, un atlas de América y del Ecuador. Fue ahí cuando me enteré que Ecuador había tenido un territorio vasto y que con el paso del tiempo, luego de varios conflictos con Colombia, Perú e incluso Brasil, quedó del tamaño que tiene actualmente. Recuerdo haberme “cabreado” pensando en cómo nos fuimos empequeñeciendo frente a los otros vecinos invasores. Ahora, obviamente, es historia superada.

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No podría precisarlo bien, pero creo que los mapas influyeron también en mi pasión por los idiomas. De cada idioma que estudiaba, me gustaba calcar los mapas de los países hablantes. Era una manera de apropiarme de esas regiones, de esas provincias. Calqué y pinté muchas veces los mapas de Brasil, Italia, Francia, Portugal, Alemania, Estados Unidos. También el hecho de recorrer los mapas con ciudades de fonéticas extrañas para mí en ese momento, me incitaba a saber más sobre las lenguas. Vi fotografías de Moscú y su alfabeto familiar y distante del latino me hacía pensar en cómo se escucharía hablar a los rusos. Lo mismo me pasaba con el árabe y el mandarín. Las ciudades chinas, por ejemplo, eran las más difíciles de pronunciar y recordar. 

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Llegó luego el internet, podía descargarme los mapas pero no era lo mismo. Llegué a imprimir a algunos pero no me emocionaban de la misma manera. Los mapas fueron quedando en el desván de mi memoria. Cada tanto en algún lugar podía encontrar un mapamundi y atraído como imán lo observaba de cerca, pero nada más. Ya adulto empezaron los viajes y ahí volvieron otra vez los mapas en las guías de Lonely Planet. Las ciudades y sus sitios emblemáticos, sus calles, sus plazas, sus montañas volvían a tener sentido para mí. Me preparaba para vivir esos lugares que había explorado tanto desde los mapas. 

Debo decir que a cada lugar que viajo, sigo comprando atlas de ese país que visito. Me sirven de colección y a la vez como guía durante los recorridos. Es verdad que el Google Maps es una herramienta fabulosa, una guía en tiempo real que ofrece atajos, que anuncia tiempos y que además anticipa con fotos lo que uno se va a encontrar. Pero también es verdad que necesito del mapa en papel y tinta, resistente ante las fallas del wifi e indoloro ante las horas sin batería. Necesito lo imprevisto que me ofrece la representación gráfica del mapa frente al espacio real.  A veces prefiero la incertidumbre de lo que está por descubrirse en un mapa que está diseñado para ser enmarcado, doblado, mojado, estrujado y que aun así seguirá siendo un mapa con historia.

El silencio en Estocolmo

Estocolmo era el sueño de la infancia, la ciudad lejana de cuentos de hadas. El sendero que buscaba recorrer en verano para apreciar el brillo anaranjado sobre el Báltico. Era la cima del mundo que pretendía alcanzar, el lugar donde sabía que el viaje provocaría otra clase de afectos.

Estocolmo es un perfume de bosque, una fotografía en la que cualquier rostro o edificio adquiere un efecto bergmaniano. Gamla Stan es una fiesta vikinga de músicos callejeros, de turistas ávidos de un fika, y de suecos silenciosos, sonrientes, preocupados por la pureza de sus aguas. Skogskyrkogården es el mausoleo donde encontré a Greta Garbo en su sueño eterno de artista, modesta, elegante, acariciada por el pasto cortado cada dos días.

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Me enamoré del silencio de las casas, de las calles rectilíneas, de los árboles alegres en verano. Escribí mucho en medio de esos silencios, pensé en Tranströmer y sus letras de un verdor casi tropical, pensé en el agua se cuela por los recovecos de la ciudad, en el azul que disputa su hombría con el bronce del verano. Ambos pelean por el dominio del cielo a cualquier hora del día. El reflejo de las aguas es también otro campo de batalla. Hay una vívida paleta de colores entre el azul y el bronce. En el medio se vive el silencio del agua correntosa.

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Estocolmo es la gloria del pasado, el peso de la historia que danza con la suavidad de los vientos del norte. En ella convive la música de ABBA y la mitología de Bergman. El arte y el comercio se han hermanado en Estocolmo, hay museos para glorificar a los Vikingos y también para homenajear a Dancing Queen.

Me disfracé con el inglés para no asfixiarme con el burbujeante sonido del sueco. Hacía trampas para evitar la lengua. Me resultaba difícil recordar los nombres de las calles y asociarlos con la manera en que la gente los pronunciaba. Decidí vivir el sueco solo  escrito a través del Google Maps. El idioma, aunque suave y amable al igual que los nativos de Estocolmo, era distante, difícil de abrazar. Silencio.

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No pude escapar de mi bibliofilia y ahí estaban los libros, en inglés y sueco adornando las vitrinas de librerías grandes y pequeñas. Las hay bulliciosas como en Gamla Stan pero también silenciosas como en Akademibokhandeln. Estocolmo me envolvió en sus letras aun cuando me negaba a probarlas. La voz aspirada en los momentos de silencio, las consonantes apretujadas ausentes de vocales parecían volverse dóciles en la lectura de Selma Lagerloff, Stieg Larsson o en la negrura de su literatura actual. Ese gótico que descansa en la morfología glacial de una Estocolmo oscura en los días de invierno. Silencio otra vez. Pensar antes de hablar, siempre será un bien común en ese entorno.

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Las albóndigas de carne, rebosantes, ofrecidas por una mesera de Laponia serán siempre un manjar repetible aunque la receta sea la misma. En Estocolmo la repetición en la cocina, en la fotografía siempre es un nuevo encuentro con el cotidiano desconocido que cuando susurra no habla y cuando habla es silencio.

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Por la noche, el terror gélido se evapora con la música techno. Extranjeros y locales beben y aunque gritan, mantienen en silencio lo que incomoda. La calle es el escenario del bienestar, nunca de la molestia. El silencio sigue reinando en medio de la noche millennial.

Estocolmo es una geografía insular de pensadores. Una ciudad de largas caminatas, cruzando los puentes que conectan a las pequeñas islas, a los pequeños mundos que se han forjado artistas, científicos y migrantes. Se puede escuchar el susurro del viento con el olor salino, casi dulce que proviene del Báltico. El error no es posible en Estocolmo, la percepción incluso para el turista se afina, se encandila y cualquier razonamiento o juicio será el correcto al recorrer Gamla Stan, Skeppsholmen o Djurgården. Caminar en Estocolmo es un acto de suspensión.

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Al final, la partida nublada, es siempre una promesa para regresar. Estocolmo sigue ahí calmada, verde, tocada por el manto de un sol polar que no quema. Las lágrimas en sueco no dicen adiós.

Saudade de Domingo #115: Eterna Barcelona

De un momento a otro apareció Barcelona en mi calendario. No lo había planificado, no figuraba en mi lista de destinos del 2019, sin embargo cuando surgió como posibilidad, no ignoré el llamado. Tenía que cruzar el Atlántico, salir un poco de la rutina y dejar que la escritura, nuevamente, me mostrara el camino.

Así llegué a un taller de escritura terapéutica. La idea de encontrar en la escritura (o través de ella) una forma de sanación me llamó la atención. Confieso que no sabía mucho sobre el tema, había leído algo sobre el centro que lo hace en Barcelona pero nada más. Iba dispuesto a dejarme sorprender.

Llegué al taller impartido por Jordi Amenós y Esmeralda Berbel un jueves por la mañana. Como me suele suceder en otros talleres, la noche anterior estuve un poco ansioso imaginando quiénes serían los instructores y cómo serían mis compañeros. A la entrada del edificio me encontré con una chica que luego supe se llamaba Rosa y que sería una compañera del taller. Subimos el ascensor sin decir una sola palabra pero nos miramos varias veces. Estábamos en fase de reconocimiento, como luego pasó con el resto de compañeros, todos desconocidos que se dieron cita ante un llamado voluntario pero que todos sentimos necesario.

Por las mañanas, Esmeralda daba las sesiones de escritura creativa, que aunque parecían ejercicios de escritura libre tenían una intencionalidad profunda, desconocida para nosotros los talleristas. Como después nos diría Jordi, lo importante en la narrativa terapéutica en lo que se esconde detrás de la historia. Y eso lo iríamos descubriendo en cada sesión, en el que un texto aparentemente espontáneo e inocente, de pronto daba cuenta de un linaje familiar conflictivo, de culpas asumidas, de roles impuestos, de una voz propia que se veía alterada por los mandatos del padre o de la madre. Con Jordi y Esmeralda, miré a la escritura desde otro lugar y siento que llegó a mi vida en el momento que más lo necesitaba. He venido de varios procesos de crisis, de euforia, de creación y como en todo proceso, surgen muchas inquietudes. Llegué al taller, sin saberlo, para buscar una explicación, una posible curación de la mano de otros compañeros con otras necesidades pero con el mismo deseo de mejorar sus vidas.

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Mis compañeros fueron un gran regalo. Cada uno desde su propio universo abrió su corazón para que el taller funcionara. Las sesiones de la tarde, a cargo de Jordi, en las que se escudriñaban los textos y se hacían ejercicios relacionados con la Gestalt, constelaciones familiares y más, eran muy movilizadoras. Al final de cada sesión me sentía devastado, con una desolación producto de esos espejos rotos que son nuestras historias. Pero también encontré el apoyo de los compañeros, en las charlas de cerveza, de café, hablando de las sesiones o de cualquier cosa. Lo importante era no perdernos y ser una red, una hiedra de piel.

Y en medio de esas sesiones, también aprendí más de Cataluña. A través de los relatos y de las charlas de pasillo, conocí lugares cotidianos de Barcelona, nombres de ciudades pequeñas de Cataluña, los diferentes acentos de catalán dependiendo del lugar. Escuché infinidad de veces conversaciones que empezaban en castellano y que luego saltaban al catalán como si fuera un cambio de estrofa en una canción. Era natural, orgánico y aunque al principio me sentía abrumado, luego el catalán empezó a entrar en mí, como un mantra, como si fuera una plegaria que me daba la llave para penetrar en el corazón de una ciudad a la que estaba conociendo.

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La última sesión, al igual que la última media hora de una película en la que se llega a la catarsis, fue un momento sublime. Terminamos de hermanarnos entre todos los compañeros como si de una confraternidad secreta se tratara. Fue el día de la unción, de la graduación, del recibirnos en una casa colectiva para empezar un nuevo camino. En medio de los abrazos y las lágrimas, procuramos capturar el momento con fotos, intercambiando correos, para no licuarnos en la cotidianidad y no olvidar la búsqueda de cada uno.

Para mí además la despedida del taller tenía otro componente. Era la despedida de Barcelona, una ciudad que había explorado ya el año pasado pero que ahora tenía otro color y otro sabor. Barcelona no es solo una ciudad muy querida por mí, sino que además ahora guarda un sitio especial dentro de mis memorias. Su olor a mar, a nostalgia con esa musicalidad suave y rasposa del catalán son como las páginas de un libro que me trae recuerdos agradables. Trayendo nuevamente Barcelona a mi cabeza a través de estas líneas, la siento viva, mayúscula, dúctil y recuerdo que un libro de catalán me espera para empezar un nuevo romance, ahora con el estudio del idioma.

Saudade de Domingo #114: La saudade en mi piel

Como suelo decir, cuando viajo, escribo poco en el blog. Estoy más enfocado en sentir, en fotografiar, escribir apuntes de cosas que voy descubriendo. Recientemente estuve en Portugal por un congreso académico que tuvo lugar en Oporto y luego estuve en Lisboa y Madrid. Fueron días intensos ya que además de ser mi primera ponencia de investigación, seguí trabajando a distancia algunos asuntos de la universidad. Ha sido como tener un pie en Guayaquil y otro en Europa. De todas formas el paréntesis vino bien para repensar cosas que «encontré» en San Francisco y en Buenos Aires.

Portugal ya era un sueño de longa data. Como fanático de Brasil y del idioma, conocer al padre Portugal me generaba una curiosidad desde hacía varios años. De hecho, cuando empecé a estudiar portugués por mi cuenta, comencé con un libro que enseñaba el portugués lusitano. Así que Portugal siempre ha estado cerca. En mi primer viaje a Europa el año pasado, pensé en darme un brinco a Lisboa, pero los días eran ajustados y quería disfrutar la ciudad con más tiempo. El sueño siguió siendo entonces un proyecto a futuro.

Este año en febrero, gracias a la insistencia de una colega mandé una propuesta de ponencia sobre una investigación que hice con estudiantes el año pasado y fui seleccionado. La ciudad: Oporto. Confieso que más que la ponencia, me emocionaba ir a Portugal. Se acercaba mi sueño y con eso otro sueño aun más profundo, uno que tenía guardado hace mucho tiempo: tatuarme la palabra Saudade en Lisboa.

No podía ser en otro país, no podía ser en otra ciudad. Si me iba a tatuar Saudade debía ser en Lisboa y debía hacerlo un portugués o portuguesa, alguien que entendiera desde lo profundo de su ser el significado de esa palabra que en español no existe. Una traducción aproximada sería nostalgia o añoranza, pero en portugués uno puede sentir saudade de una película, de una persona, de un lugar. Es mucho más amplio y no necesariamente tiene una connotación negativa. No soy fan de los tatuajes pero sentía que si debía escoger tatuarme algo, debía ser esa palabra.

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Con el plástico, a pocas horas de haberme hecho el tatuaje.

Pedí ayuda a un amigo portugués para que eligiera el lugar. Contactó a una amiga suya que tenía varios tatuajes, así que fuimos a una tienda de Bairro Alto, llamada Bad Bones. Llevé la tipografía que quería, esperamos. Estaba ansioso, trataba de disimular un poco los nervios. Si hasta la fecha no me había hecho ningún tatuaje era porque me daba miedo la eternidad, me aterraba el hecho de que sería algo que llevaría de por vida. Al mismo tiempo sentía que si una palabra tuviera que acompañarme hasta el día de mi muerte, esa palabra debería ser Saudade, ya que en ella estarían simbolizados mis recuerdos, mis amigos, mis amores fugaces, los actuales, los futuros, mis viajes, mis libros, mi familia.

Quien me tatuó fue Telmo, un portugués contemporáneo a mi en edad. Tenía la calidez yIMG_2872 al mismo tiempo la distancia típica de los lisboetas. Hizo una primera prueba de la palabra en tinta sobre mi brazo, para estar seguros del tamaño de la palabra. Me miré al espejo y confirmé que estaba bien. Luego empezó el verdadero trabajo. Pensaba que iba a doler mucho, pero en realidad se sentía como un leve pinchazo muy superficial. Más me asustaba el sonido de la máquina. Decidí quedarme con la mente en blanco, tratando de adivinar qué letra estaba tatuando Telmo sobre mi brazo. Respiraba tranquilo, sintiendo cómo la saudade se escribía sobre mí. Fue como un momento de iniciación, en el que oficialmente era hijo de la saudade, hijo de la lengua portuguesa, hijo de Lisboa.

Al terminar vi el resultado, me impresionó ver la palabra tatuada y la minuciosidad del trabajo de Telmo. Las serifas de cada letra, el grosor de la tinta. Me explicó los cuidados que debía tener durante los primeros días. Mi amigo hizo algunas fotos y un vídeo sobre el momento. Luego, con el brazo aun ardiendo levemente, fuimos a cenar mientras veíamos un show de fados.

En los días sucesivos, tuve el cuidado de lavar e hidratar el tatuaje. Lo hacía con cariño, como si se tratara de una nueva parte de mí. Estoy feliz por la palabra que tengo en la piel y no tengo ninguna intención de tatuarme nada más. No veo a mi cuerpo como un lienzo para tatuar, pues soy muy volátil y me arrepentiría de los tatuajes. Con este primero y único, mi relación es diferente, hay una conexión que va más allá de la piel y que ahora emerge a la superficie, a lo material, a través del tatuaje.

Historias de San Francisco #9

El viaje a San Francisco fue un reencuentro hacia aspectos de mi vida que siempre había dejado de lado. Las horas de soledad obligaron a pensar, a replantear preguntas y a imaginar futuros hipotéticos. La geografía de la ciudad, entre mar y colinas, entre lo antiguo y lo moderno, lo liberal y lo conservador, ayudó a encontrar posibilidades. Me gusta mirarme en los viajes como si estuviera descarnado, con la piel cortada y las mucosas expuestas, absorbiendo todo lo que el paisaje y la gente me va mostrando.

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San Francisco fue ese espacio de reflexión y así como en las obras clásicas griegas, llegando al Golden Gate apareció la anagnóresis, el descubrimiento, la verdad de lo que quiero para mí ahora que se aproximan los 33 años. Fue un momento revelador, suspendido en la inmensidad de la bahía, mientras los autos iban de un extremo al otro a toda velocidad y los turistas en pequeños grupos recorrían el puente. Me tomé mi tiempo para llenarme del aire salino de California. Era la última tarde en San Francisco, quedaban ya pocas cosas por cumplir en el itinerario planteado. Repasé los momentos más intensos del viaje. Habían valido la pena las largas horas de viaje en tan pocos días. 

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Historias de San Francisco #8

En mi último día de viaje en San Francisco decidí volver a Japantown con una misión clara: conseguir una tetera japonesa. De alguna manera recogí los pasos de la primera visita y me perdí en los recovecos del Japan Center Mall. De todas formas perderse hace parte del conocer y en una de esas tiendas japonesas (que ya todas me parecían iguales, de lo mareado que estaba) encontré un mostrador lleno de teteras de diferentes colores y tamaños. Entré a la tienda que tenía un suave olor de sahumerio y al fondo se encontraba en la caja, un viejito japonés que veía alguna novela asiática en su iPad. Recorrí el mostrador, viendo las teteras. Los precios eran igual de altos como la antigüedad de la marca que avalaba su prestigio. Las teteras Iwachu son toda una institución cultural en Japón, tienen más de cien años de existencia y un riguroso control de calidad. Al final me decidí por una tetera negra y elegí dos tazas. Me acerqué al mostrador y el rostro inexpresivo del japonés sumergido en su tablet, desplegó una sonrisa al verme, inclinó un poco la cabeza y saludó en un inglés con sabor nipón. Le conté que tenía la costumbre de tomar el té con mi mami y hacía algún tiempo buscábamos una tetera de hierro. El viejito me dijo que agarrara algo del inferior del mostrador. Era una pequeña base de madera. Me dijo que era para colocar la tetera. “It’s a present for your mom”. Le agradecí en japonés, sonrió y ambos hicimos una leve inclinación de reverencia.

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Luego fui a otra tienda donde vendían diferentes tés y allí madre e hija me hicieron degustar todos los tés disponibles: té verde con matcha, con menta, jengibre, lavanda. Me decidí por el té verde más suave que tenían. Intenté practicar mi japonés de principiante con ellas y se emocionaron. Me desearon un feliz retorno a casa. Me fui del Japan Center con una sensación de saudade, como si fuera a extrañar ese pequeño Japón en California. “Debo volver a San Francisco”, pensé y me dirigí al hotel a recoger mis maletas. 

Historias de San Francisco #7

Luego de subirme en el tranvía en Powell St y bajar en la última estación (o la primera) en Hyde St, decidí caminar en reversa hacia Lombard Street, una de las calles más famosas de San Francisco. Aunque el día estaba nublado, esa vista de la ciudad prometía. Fue un gran ejercicio subir las calles en pendientes, pero la vista valía la pena. San Francisco parecía un lienzo victoriano con la bahía azul de fondo. Una decena de turistas se hacían selfies con la ciudad de fondo. Había parejas, familias enteras que eran dueños temporales de ese lugar.

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Fuera de ese perímetro, en el barrio se respiraba la calma de un lunes por la mañana. Saqué las fotos que creí necesarias, me impregné del sitio, traté de conectar con el silbido del viento. Bajé un poco las escaleras de la calle para ver las curvas caprichosas de Lombard Street, que se construyó en 1920 para evitar una pendiente demasiado abrupta. Son ocho curvas importantes y ha sido calificada como la calle más “sinuosa” de Estados Unidos. Mientras sacaba unas fotos, me encontré con un hijo y su madre que se abrazaban mientras miraban la ciudad. Eran probablemente españoles, por el acento. El padre y la otra hija seguían caminando. En la madre había cansancio aunque también la satisfacción de haber llegado hasta Lombard Street. El chico se aferraba a ella en un abrazo genuino, en una pausa necesaria. Son aquellos paréntesis valiosos que se dan en los viajes. Pequeños instantes en los que puedes quedarte suspendido en un abrazo, en un beso, en una mirada. Estar fuera del escenario habitual permite mirar otras cosas, prestar atención a otros detalles, como ese chico y su madre, que se abrazaban cansados, pero felices de compartir una aventura en conjunto. 

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Saudade de Domingo #113: El regreso de la aventura

Así como el conocido Camino del Héroe, de Campbell, la aventura siempre tiene su fin, aunque no se trata de un desenlace cualquiera. El héroe siempre llega transformado, crecido, enriquecido por la experiencia y retorna a casa listo para la siguiente misión. Así me siento siempre que empiezo el recorrido de vuelta. Repleto de experiencias, de charlas, de conocimientos, de sensaciones. A veces la carga es tan fuerte que a la vuelta me termino enfermando. No siempre puedo manejar el aluvión de energía recibida durante el viaje.

Regresar siempre es difícil aunque ya me sé de memoria los pasos. Todo empieza con una ansiedad en el estómago horas antes del viaje y luego del check in. Trato de hacer con normalidad los últimos recorridos, los últimos encuentros con amigos, pero mi mente continua haciendo la cuenta regresiva. Trato de impregnarme con fuerza de las imágenes de la ciudad, de los olores, de los sonidos, como si siempre fuera la última vez que estaré ahí. Luego organizo las cosas en las maletas, las peso, distribuyo los kilos para no pasarme, ordeno los documentos de viaje, los billetes en dólares y en la moneda que tenga esa ciudad. Llega un momento en que todo está listo para llamar al taxi y busco dilatar los minutos en busca de no sé qué, como si quisiera evitar lo inminente.

Ya camino al aeropuerto, me despido de la ciudad. Los edificios y las calles me hacen venia, me lleno de nostalgia. Escucho la radio en la que se cuenta cualquier cosa cotidiana recordando que la ciudad sigue, que habrá paros, conciertos en la noche, estrenos de películas la semana que viene, que mañana habrá frío polar o calor extremo. Cosas que yo ya no podré sentir a la distancia.

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Luego el aeropuerto, ese lugar de tránsito, de lenguas mezcladas, de rostros diversos, de trajes de invierno y verano entreverados, abrazos, adioses, comisarios a bordo impecables con sus pequeñas maletas, familias con carritos de maletas, enamorados que se besan por última vez, las promociones de Mc. Donald’s, el servicio de embalaje de maletas a menos precio, personas que llegan atrasadas al counter, los mochileros confundidos en una lengua que no entienden, los padres que despiden a sus hijos en su primer viaje al exterior. Todo me sabe a nostalgia, a un escenario gigante en el que cada personaje sabe bien (o cree saber) cómo encarar la partida, la separación de los cuerpos. El aeropuerto es un no lugar y al mismo tiempo es el lugar de todos. Todos los aeropuertos son las sucursales de un mismo país, de ese país melancólico y dinámico en el que se siguen una serie de pasos para enfrentar la partida y la llegada, el encuentro y la despedida. Me fascino observando el ritmo de cada aeropuerto que conozco. Pienso en el último que estuve, en el de Ezeiza, quizás al que más he llegado y del que más he partido. Podría decir que me conozco cada recoveco del aeropuerto (al menos de las terminales A y B). Me encanta su estructura metálica, de amplios pisos claros, de grandes vidrios que filtran esa luz ámbar del sur de América Latina. Pienso en la próxima vez que regresaré, me regocija saber que ahí estará Ezeiza, en el mismo lugar para recibirme.

Luego, la parte que menos me gusta. Los filtros de metales y migración. Por alguna razón desconocida siempre me pongo nervioso aunque ahora lo manejo mejor. La espera del avión me relaja un poco de la tensión de que algo pudiera entorpecer mi viaje y se activa mi espíritu de autor. Con los auriculares puestos, miro los ventanales donde se ven los aviones saliendo y llegando, miro a quienes como yo esperan. Cansados, ansiosos, conversones, somnolientos, alegres, tristes. Los bolsos y las pequeñas maletas de los más variados colores hablan más por sus dueños que ellos mismos. Siempre hay algunos apurados que media hora antes del embarque ya hacen la fila aun cuando luego una representante de la aerolínea les pida que se sienten.

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Ya en el avión, me acomodo, mando unos últimos mensajes para mis familiares y amigos. Reviso las redes, subo alguna foto o story en Instagram. En esos momentos, mientras el avión se abastece de combustible y los pasajeros se van acomodando, suelo escribir mucho. Frases, imágenes, diálogos que se me vienen y con las que luego espero armar algo. Respiro profundo para el momento de la partida no porque tenga miedo de volar, sino porque ese momento del despegue es sublime para mí. El avión con toda su artillería se pone en marcha para desafiar el aire, me invado de ese energía demencial hasta que se eleva y por unos segundos queda ingrávido. Una sensación de placer, de triste, de desarraigo y alegría me invade por completo. La ciudad va quedando diminuta y la cabeza me regala en cuestión de segundos, fragmentos de las escenas vividas en el viaje. Agradezco en silencio, por la oportunidad de vivir, de viajar, de encontrar gente hermosa en el camino. Me siento un privilegiado al viajar y regresar cargado, con más experiencia, más viejo. Miro hacia atrás cuando salía de mi ciudad de origen y me gusta darme cuenta de las cosas lindas e inesperadas que sucedieron durante el viaje. Me agarra una sensibilidad insoportable que luego constato cuando leo lo que escribí en ese estado. No todo lo uso, pero me gusta ese ambiente que se concentra en lo escrito y eso sí que lo uso para algún cuento o guion.

Hace pocos días, terminé mi camino del héroe en Argentina (digo el camino, no es que me siente «héroe»). Estoy de vuelta, crecido, enriquecido, recuperándome de una gripe fuerte que me dio al retorno. Me preparo para un nuevo destino, con la ansiedad, la expectativa de dejarme sorprender por la misma magia que encierra cada viaje.