Saudade de Domingo #88: La magia en la escena

Desde hace dos meses aproximadamente he estado dividiendo mi jornada laboral de profe con ensayos de teatro. Como si ya no fuera mucho trabajo montar una obra o en este proceso, he estado trabajando en dos. Cuando era estudiante llegué hasta trabajar en cuatro, cinco montajes.

Cada proceso es diferente, es un mundo nuevo y de a poco uno va entrando, entendiendo la morfología de esa obra. Hay un proceso intelectual y corporal para dejar esos personajes y esas tramas vayan haciéndose carne. Creo que uno de los desafíos más grandes de un actor es justamente no intelectualizar completamente su trabajo ni corporeizarlo sin ningún tipo de reflexión. Ni la mente ni el cuerpo deben canibalizarse sino aprender a trabajar juntos.

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En medio del ensayo técnico, previo a la función del próximo jueves

Y luego está el trabajo en equipo, la consonancia que se va afinando con los ensayos, hasta que en algún momento, en un minuto impensado, emerge la magia, esa cosa extraña inexplicable que sucede en la escena, donde todo engrana, todo se sincroniza, los cuerpos, las voces, la música, la luz. Es como si todo el elenco fuera un solo cuerpo, con una sola conciencia. El teatro no es sólo mágico sino espiritual.

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En los ensayos hay tiempo para jugar también

Hay funciones buenas, hay funciones malas y otras regulares. Y depende si se mira desde el lado del actor o del público. En algunas ocasiones me he sentido pésimo en escena, sin embargo el público ha sido participativo y se sienten conmovidos. En otras ocasiones, me siento satisfecho con mi actuación pero el público ha estado más discreto, silencioso. También hay otras ocasiones -esas son las mejores- en las que como actor se siente la satisfacción de llegar al personaje y que el público comparte, entra en esa comunión y lo disfruta. Es difícil entender que no importa la cantidad de años que se tenga trabajando en escena, siempre el actor está en la cuerda floja. Hay que estar atento a la luz, al comportamiento de los compañeros en escena, del texto, del movimiento y aun con todo eso, hay que estar flexible, dispuesto, dejar que la magia entre y que el personaje viva. La adrenalina sube y baja, pero hay que tener el control desde las vísceras. Un director y actor amigo dice que en realidad lo que hay que hacer es preocuparse de la parte técnica, que una vez que esté eso “listo”, la emoción vendrá. Quizás por eso me encanta el proceso de ensayo. Porque es en ese instancia cuando comienzo a buscar un tono de voz, un gesto, una acción, me familiarizo con el ritmo, con las voces de mis compañeros en escena. Y es verdad que la técnica ayuda. Los movimientos y las acciones se enlazan con el texto. Y de esa dinámica, la magia, la emoción aparece. A veces es tentador “observarse”, mirar desde afuera cómo fluye la magia, ver cómo el yo actor se fusiona con el yo personaje y la obra toma vida propia. Pero justo en ese preciso instante, en el que se intenta salir para mirar, la magia se quiebra, se rompe el tiempo establecido y la obra se cae.

Pasados los aplausos, los agradecimientos y los abrazos, me gusta, cada tanto, volver al escenario y contemplar la sala vacía. Recuerdo los momentos más intensos de la obra, la complicidad con el público, los primeros bocetos de puesta en escena en los ensayos. Me lleno de saudade sobre todo cuando los personajes y la obra se guardan por un tiempo hasta un posible remontaje. Es una manera muy personal que encuentro para despedirme de esa obra y también para dar paso al proyecto que sigue. Porque en el teatro, como en la vida, todo se transforma y los personajes creados en el pasado, ayudan, moldean y hacen vivir a los nuevos.

Y así es como la magia del teatro a veces aparece, a veces no, pero hay que estar siempre listo y dispuesto para recibirla.

Saudade de Domingo #84: Buscar

Parece obvio pero si hay algo que incomoda, es necesario buscar una solución. Y no siempre es la más rebuscada ni tampoco suele ser la más obvia. En todo caso la solución o el intento, están al interior de cada uno. Desde hace algún tiempo sentía mi escritura un poco cortada, como si las palabras salieran a cuentagotas. Quiero decir, escribía pero no siempre estaba el gusto presente. Me sentaba como disciplina pero no lo disfrutaba del todo. He tenido mucho trabajo en la facultad y viajes, por lo cual el acto de sentarme a escribir se había visto mermado.

Paralelamente desde hace algún tiempo atrás he sentido la necesidad repentina de hacer algo con mis manos, algo creativo diferente a la escritura. No le había dado mucha bola a estas ganas, pues siempre termino dispersándome (como con la caligrafía) y después no llego a nada. Sin embargo, ante el escaso deseo por escribir, decidí buscar otras fuentes creativas. Busqué bordado, crochet, escultura, ilustración hasta llegar a uno de esos “cucos” de la infancia: el dibujo.

Siempre me he considerado un pésimo dibujante. En broma y en serio siempre he dicho que soy muy torpe en el dibujo, que tengo otras cualidades pero que la habilidad para dibujar me fue negada. Mientras miraba varios vídeos sobre técnicas de dibujo y tal, pensaba: ¿Quién me metió en la cabeza eso de que soy pésimo en el dibujo? ¿En relación a qué o quién soy pésimo? Seguramente fue en algún momento de la adolescencia y obviamente al sentir más hábil con la escritura, pensé que dibujar para mí no era importante.

Viendo los videos empecé a practicar algunos trazos, hice caso de algunos consejos para principiantes y de pronto me vi dibujando libremente, sin juicio y disfrutando de deslizar líneas sobre el papel. Luego caí en la cuenta de que había “apagado” el hemisferio izquierdo del cerebro y mi niño interior se divertía libremente con los trazos, sin juzgarse ni esperando ser un profesional. Porque está claro que no voy a ser dibujante. Es simplemente una válvula de escape, una alternativa para desbloquear.

Como “efecto secundario” o como “contraindicación”, he vuelto a la escritura con más ganas. Estoy más entusiasta con algunos proyectos pendientes y por alguna extraña razón, las palabras fluyen mejor. Había leído en El camino del artista (libro que recomiendo y del que hablaré después) que a veces cuando estás bloqueado en tu trabajo creativo, está bueno explorar otras artes. Probar con pintura, música, danza, escultura, fotografía. Un arte diferente a la que normalmente creemos dominar. No se trata de ser infiel, es simplemente cambiar el foco de atención un momento. Durante mi reciente viaje a España, una prima que escribe cada tanto, me decía: “Yo no tengo para nada eso del bloqueo del escritor. Me siento a escribir y ya, cuando quiero y si no tengo ganas, no lo hago. No tengo presión”. Me quedé pensando en su soltura y ahora entiendo que al no vivir de la escritura ni tener ninguna pretensión con ello, su escritura fluye sin problema, sin juzgarse. Como a mí me sucede con el dibujo. Lo hago porque me da placer y no estoy pensando en ser un profesional. Y en el momento que me empiece a agobiar, estoy seguro que lo dejaré.

becckettDe modo que el dibujo, en el que siempre me sentí torpe me está dando gratificaciones. Con poco tiempo de práctica no es que dibujo mejor pero sí estoy divirtiéndome en el proceso. Quizás más adelante pruebe con otros trabajos manuales y también estará bien. Me seguiré dejando llevar por el impulso creativo hacia lo que éste quiera mostrarme. Me gusta ser un eterno aprendiz, probarme en cosas nuevas. Quiero también aprender  que equivocarme hace parte del camino. Más que nunca pienso en Beckett diciendo: “fracasa otra vez, fracasa mejor”. Y en esa búsqueda por el siguiente “fracaso”, quiero ir forjando un camino.

Saudade de Domingo #82: Viajar y escribir

Un claro síntoma que emerge cuando viajo es que no escribo (o muy poco). Contrariamente a lo que sucede con otros colegas, mientras viajo me es imposible armar más de tres frases seguidas. Es como si mi cabeza necesitara sumergirse completo en la aventura de observar, de palpar, de vivir y la soledad de la escritura le resulta una feroz enemiga. Es por ello mi ausencia del blog en estas semanas. Acabo de terminar un viaje académico por Europa y aunque es verdad que escribí poco, es verdad también que tomé muchas anotaciones, capturé frases escuchadas en la calle, me dejé llevar por las historias que me contaban los restaurantes, los rostros, los cielos que observé. No suelo escribir en viajes, pero sí que me nutro de lo que veo para luego volcarlo en “algo”. Un guion, quizás, un cuento, o un retazo de historia que probablemente encontrará su cauce en alguna futura novela.

Me encantaría compaginar la escritura con el hecho de viajar. En este viaje en algunas ocasiones me forcé a entrar a un café para que al estilo Borges o Cortázar pudiera sumergirme en personajes mientras bebía una taza de café. No logré tal hazaña. En pocos minutos estaba absorto observando el movimiento del café, la gestualidad de los meseros, los diálogos fragmentados de parejas de mesas vecinas. Todo aquel escenario me resultaba más atractivo que mis propias palabras ancladas en el papel. De modo que terminaba por cerrar la libreta y observar. Pero tampoco se me dio bien eso de sólo observar porque enseguida mi mente empezaba a generar microrelatos y tenía que abrir la libreta y anotar ideas. Eso sí que lo pude hacer. Anotar ideas, frases sueltas, algunas (muchas) incoherentes con el objetivo de bajarlas a tierra en una lectura posterior.

F996888B-E1B0-4BBC-91C2-74AC4A88E2BELuego de los viajes y en especial en este viaje, suelo quedar un poco agobiado. Me resulta difícil de manejar y procesar tanta información. En algunas ocasiones, como ahora, termino enfermándome y la única salida que me queda es escribir. Lo que sea y en el formato que sea, pero escribir a modo de curación, de sanar el cuerpo ante tantos impactos recibidos. Son las consecuencias de abrirme y convertirme en esponja cada vez que viajo. Me gusta absorberlo todo y esto como contrapartida me deja extenuado. En estos días luego del regreso de Madrid, por ejemplo, tengo la extraña sensación estar y no estar. Mi cuerpo no se habitúa del todo a la rutina y mi cabeza sigue pensando en las ciudades que visité como si fuera tiempo presente. Se niega a la idea de final. Aun con los horarios cruzados, en estos días he dormido más de lo habitual y aun persiste un cansancio constante. Lo único que atino a hacer bien es leer. Estoy sumergido en la lectura de Mandíbula, el último libro de Mónica Ojeda y creo que leerlo me ha salvado del tedio que produce el síndrome post viaje. Con el tiempo he aprendido a manejar mejor el impacto del regreso. Sé que en buena parte, escribir hace bien para amainar el peso la vuelta. Son los estragos de abrazar otras fronteras, de vivir diferentes “yoes” en ciudades distantes.

Después de todo, vale la pena viajar, vale la pena escribir.

Una noche parisina

Nos citamos en Saint Dennis, un barrio que en principio me aterrorizó. Marie no me había advertido de los contrastes producto de la gentrificación en esa zona de París. Ahora que lo veo con un poco de distancia, le agradezco haberme lanzado sin paracaídas. El tiempo se detenía mientras esperaba a que Marie llegara a Chez Jeannette y yo mientras deambulaba por los puestos de comida, de ropa, las peluquerías, los mercados con nombres de ciudades de Senegal, el Congo y Costa de Marfil. Había una música en el aire que flotaba a mi alrededor y de pronto parecía que estaba en alguna escena de la película La Haine. Sentí miedo pero más miedo tenía de encontrar a Marie. ¿Sería igual que por chat? ¿Su Instagram sería fidedigno o un aliado de mentiras?

A su llegada se disculpó por no haberme “advertido” sobre el barrio. Su pelo ensortijado se movía con la misma gracia con la que se liberaba de la bufanda y se ponía cómoda sobre la barra del bar. “No te va a pasar nada acá, aunque no lo creas es un barrio de burgueses, aunque por el día es un barrio africano”. Marie agarraba el jarro cervecero con la maestría de quien ya tiene buenas horas de vuelo en charlas, fiestas y reuniones pero con la delicadeza y elegancia coherente con su cuerpo delgado de parisina treintañera. Contemplaba su cuello, estudiaba su sonrisa. Quería besarla, es la verdad.

Después de una cerveza, fuimos a un restaurante a cenar. Esperamos buen tiempo por una mesa al interior. Aprovechamos ese tiempo afuera, con el frío húmedo parisino opacando la piel para hablar sobre los franceses, sobre Latinoamérica, sobre su vida y sus viajes continuos por el mundo como periodista política. Trabajaba para varios medios en París, New York, México y Buenos Aires. Ser freelance era su lema de vida y en su piel vi marcada las huellas de sus decisiones. Era suave pero firme, apasionada al hablar y al mismo tiempo su mirada adolescente delataba que esto sin decirlo, era una cita. Y hacía mucho que no tenía una, como me lo dijo unos meses atrás en el chat del Instagram. O quizás del Facebook, porque las cosas más “íntimas”, las charlábamos por ahí. El instagram era más informal y más del día a día. Nuestra cena se podría decir era una mezcla del chat de Facebook e Instagram con el español y el francés entreverados. Sin embargo, mientras la conversación fluía me preguntaba: ¿Qué pensará de mí? ¿Le gustaré? Quería besarla, es la verdad.

 

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Luego de cenar, fuimos al canal Saint Martin, donde se grabó una famosa escena de Amélie Poulain. No lo recordaba pero en alguna charla le había dicho que me gustaba la película y ella además agregó que en un cierto chat yo le había comentado que acababa de ver por sexta vez la película. Estuvimos charlando un rato ahí, en uno de los puentecillos que atraviesa el canal. Me contó que en verano se llena de gente y París se hace vivible. Sus ojos brillaban con la misma intensidad de las luces reflejadas en el agua. Quería besarla, es la verdad.

Después pasamos por fuera del Hotel du Nord, que había sido escenario de una película francesa de los años 30 (quise buscar el título en el celu pero tenía que ahorrar megas). Me invitó a acercarme a la ventana ya cerrada para ver el cartel de la película. Hizo algún chiste con una frase de la película que no logré entender. Reírse sin que el otro se ría mata el chiste, de modo que, fingiendo solemnidad me dijo en francés que me pasaría el link de la película para que la viera y así poder lanzarme la frase de nuevo para que me ría. Su voz en francés sonaba más profunda y sin quererlo, corría con las palabras. Quería besarla, es la verdad.

De ahí emprendimos la vuelta hacia el metro. Nuestras manos se tocaban cada tanto mientras caminábamos por esas calles amarillentas, silenciosas, que solo se cortaban con nuestros planes para arreglar a Francia, a Europa y al mundo. Cada tanto enterraba mis ojos en los suyos. Quería adivinar lo que pensaba. Quería besarla, es la verdad.

Bajamos a la línea 2 del metro, pero nuestros destinos eran opuestos. Ella iba a Pigalle, yo a Ménilmontant. Nos despedimos con un abrazo y dos besos a la francesa. Quise decirle algo, quizás proponerle no tomar el metro todavía, agarrarle la mano y sentir la temperatura de su sangre. Sólo pude ver su sonrisa nerviosa, la misma que ya había visto en varios stories de Instagram cuando por su trabajo debía entrevistar a alguna figura importante. Quería besarla, es la verdad.

Luego nos mandamos mensajes por WhatsApp. Hablamos sobre nuestras impresiones de la cena. Nos gustamos, por fin quedaba claro. Me atreví a decirle, envalentonado por lo sádico que puede ser el WhatsApp, que hubiera querido besarla. El mensaje con los vistos azules y la ausencia de respuesta me hizo sudar en medio del abrigo pesado que cargaba. Segundos después apareció su respuesta: Lo hubieras hecho. Aunque luego se apresuró a escribir, quizás para no hacerme sentir tan pelotudo, que tampoco ella se animó porque soy un ser de paso. Le escribí, buscando una última oportunidad, que aun no me iba de París. Quería proponerle que dejara el metro y viniera a buscarme y nos diéramos ese beso. Quería besarla, es la verdad.

Su última conexión de cinco minutos atrás, mezcló mi ansiedad sudorosa con un miedo polar. Caminé por Ménilmontant a paso lento, lo suficiente como para que, en caso de que ella aceptara verme de nuevo, pudiera emprender la marcha de vuelta hacia la estación. Mis pasos en ralentí me introdujeron en una escena tarkosvkiana. Revisé el celu varias veces a la espera de su mensaje. ¿Y si se enojó? ¿Si le pareció que había traspasado algún código francés que yo no lograba comprender? Minutos después, ya cerca del departamento donde me hospedaba, Marie volvió a conectarse. Escribe, parece un mensaje largo. Se detiene, el estado ya no la muestra escribiendo sino solo “en línea”. Seguramente está leyendo lo que ha escrito antes de enviar. Es metódica, lo sé, todos sus mensajes son perfectos, incluso los comentarios superfluos en las fotos de Facebook de sus amigos. Vuelve a escribir. Capaz que borró lo que quería decirme inicialmente. Me llegó su mensaje, escueto, económico, directo: Lo que pasa es que te vas, vuelves a Ecuador… Me sonreí, no sé si por pena, por mi ingenuidad o por el final de la noche en París. Quise besarla, es la verdad.

Saudade de Domingo #80: Escribir a puño y letra

En algunas cosas soy bastante digital pero en otras, como en la escritura, prefiero el papel. La escritura con bolígrafo o lápiz entrando en contacto con el papel es una acción necesaria para disociarme en el espacio. Dejo de estar en mi escritorio para trasladarme a una montaña, a un domingo lluvioso, una cama de hotel o para viajar a mi propio interior.

IMG_0254Sería más fácil claramente solo teclear y que el monitor muestre las palabras prolijas, limpias, sin errores pero me resulta un proceso más frío que prefiero cuando estoy escribiendo algo con más formalidad (tipo un ensayo o algo del trabajo) o cuando se trata de procesos de largo aliento (tipo una novela). Sin embargo, aun en estos casos siempre empiezo con bocetos y garabatos en letra manuscrita. En medio de ese caos de tinta de diferentes colores, borrones y tachones encuentro un orden, una luz para desarrollar ideas.

Usualmente para estos borradores desquiciados tengo siempre una o varias libretas. Algunas tamaño bolsillo, otras más grandes. Durante muchos años fui fiel a las Moleskine, donde plasmé cientos de ideas y también me desahogué a modo de diario. Fueron leales compañeras de trabajo y aventura, hasta que conocí a la familia Midori. Me dejé encantar por la calidad de su papel, su portabilidad, su cobertura vintage. Pensaba que me gustaría sólo por novelería pero he desarrollado un vínculo especial con Midori. No son tan populares como Moleskine pero tienen ese gustito a viejo y nuevo que encanta.

Comencé a usarla desde mi viaje a Buenos Aires para las fiestas navideñas del 2017. El propósito puntual era usarla sólo como un diario de viajes pero desde ese momento hacia acá, ha fungido de agenda de actividades, lista de películas por ver y ya vistas, pensamientos sueltos para no olvidar, temas para posibles escritos futuros. Incluso ciertas ideas para este mismo post se escribieron en mi Midori Journal.

img_0256.jpgEscribir a puño y letra me da una libertad que no siento cuando ya estoy trabajando en la compu. Siento que a mano puedo escribir cualquier cosa sin sentido y que no importa si es buena o mala, pues el papel es el hogar ideal para todo. Muchas letras quedarán probablemente ahí, no harán el tránsito a lo digital pero quizás alguien las encuentre alguna vez y le digan algo a ese fortuito lector. Una de las cosas que más amo de escribir es esa idea de la permanencia, de fijar algo en lo efímero que es nuestro paso por este plano terrenal. Y en la permanencia o en la lucha para existir, siento que el papel es el mejor amigo.

Quizás en el futuro cambie a Midori y vuelva a Moleskine o encuentre un nuevo diario. Poco importa. Lo realmente valioso es el vínculo con papel, el fluir de las emociones que terminan en letras manuscritas, el pasar de la sangre a la tinta y que en ese nuevo lugar las letras tengan la libertad de ser lo que quieran, incluso en contra de mi voluntad si fuera el caso.

Saudade de Domingo #76: ¿Por qué soy docente?

processes_v1-2Hay un proverbio chino que dice “quien puede lo hace, quien no, lo enseña”, como una suerte de satisfacción de por lo menos contribuir con la formación de otro si es que no se puede ejercer lo que aprendiste. En algunos círculos se suele pensar que el profesor es un poco eso, alguien que no pudo o aun no ha podido consagrarse profesionalmente y por tanto desemboca su saber en el aula de clase. En mi caso particular no soy docente porque no te tenido de otra. Yo he elegido serlo por vocación, por un deseo profundo, por considerar a la enseñanza una forma de contribuir con la ciudad donde me desenvuelvo.

Enseñar es un acto de humildad. Es ponerse al servicio del otro, ser generoso en la transmisión del conocimiento. Es también estar consciente que no se sabe todo, que como docente uno tiene ciertos límites y que en ocasiones son los estudiantes quienes enseñan. A momentos me obligan a replantearme conceptos, de entrar en conflicto con lo que creo y lo que no. Y en ese conflicto, aprendo, renuevo ideas, aprendo cómo encarar nuevas situaciones sobre la marcha.

Ser profesor es un oficio que nunca se agota. Es muy parecido al teatro en el sentido que uno tiene un guion de lo que pretende abordar en esa sesión, pero en el aula todo puede pasar y a veces toca improvisar, olvidar el texto, entregar los huesos, repetir una y otra vez cómo funciona la teoría de sistemas, cómo se construye la paradoja de un personaje, qué diferencia hay entre escaleta y tratamiento. Repetir, buscar nuevos caminos de entrada hasta que se diluya el terror que produce un concepto nuevo.

BA-Certification-courseLa mayor satisfacción que puedo tener como docente es ver a los estudiantes poner en práctica aquello que han aprendido en clases. Verlos discutir entre ellos utilizando el nuevo léxico aprendido, relacionando la teoría con la práctica. No importa que no me agradezcan al final. No enseño para ser rock star o figura de culto. Cumplo con mi trabajo y mi preocupación siguiente es siempre el nuevo ciclo de clase que me toca preparar. Como profesor me gusta estar a disposición donde me necesiten, prepararme y acudir a la defensa de las fronteras de la educación. Revisar películas para aplicar en talleres de aprendizaje, seleccionar textos para discutir en clase, leer el día a día de la ciudad para analizar desde el campo comunicacional y artístico qué nos sucede como sociedad.

Ser profesor me pone en un constante desafío, me mantiene alejado de la zona de confort. Con la enseñanza aprendo cada día más de mí y también sobre este oficio que  no sé hasta cuánto lo ejerceré. En todo caso, en ejercicio o no de la docencia, el aula de clases será siempre mi hogar, mi escenario, mi patria.

Saudade de Domingo #74: Adiós 2017

Hace unos meses una amiga me hizo un estudio de numerología a partir de mi fecha de nacimiento y salió como resultado que el 2017 era un año de siembra. Más que proyectos concretos era el año de gestar, de elaborar, trabajar con calma y esperar los frutos para el año siguiente. Aunque escuchar eso podía haberme bajoneado (pues tenía muchas expectativas en proyectos para este 2017), me dio una cierta calma. Si algo siento que he aprendido en esta tercera década es a tener más paciencia, a entender la importancia del proceso más que del resultado final. Así que pensando en eso, siento que el 2017 ha sido un año muy activo, productivo en cuanto a sembrar, a plantar, a generar procesos de los que me enorgullezco.

No puedo sintetizar todas las actividades por acá, pero sin duda una de las cosas más lindas de este 2017, fue haber realizado el Taller de Escritura y Ciudad en Nueva York.  Fue mi primera vez en la ciudad y amé conocerla a través de la escritura y la lectura. Conocí también ahí gente maravillosa y Nueva York se ganó un lindo lugar en mi corazón. A nivel académico fue también un año movido, cargado de actividades, de riesgos también. Pude dar mi primer taller de escritura a un grupo de estudiantes de Redacción de la facultad, chicos muy motivados que creyeron en mí y con quienes me siento muy afín en muchas búsquedas. Como siempre digo y pienso, el más afortunado en estas dinámicas de aprendizaje, soy yo.

Este 2017 también tuve la suerte de viajar tres veces a Buenos Aires y dos a New York. En la parte financiera sobre esto prefiero no pensar, la preocupación queda en las tarjetas de crédito. Lo importante ha sido reencontrarme con amigos, disfrutar de la oferta de las ciudades, saciar mi apetito aventurero de salir y no quedarme en casa.

También en este 2017 terminé de escribir (al fin) el guion de largometraje de una película que me rondaba la cabeza desde hacía varios años. En la cabeza todos tenemos el guion perfecto y el esfuerzo que demanda apagar a la voz crítica, para dejar que la escritura fluya, fue muy desafiante. Siento que hay que trabajar mucho ese guion pero me siento ganador (modestia aparte) por el hecho de haberlo materializado.

Este 2017 volví al teatro (y ahora ya no pienso dejarlo) con una obra en la que ya había actuado año atrás. Ahora el desafío fue interpretar al protagonista. Una hermosa experiencia que demandó mucho esfuerzo, muchos ensayos pero cuyo resultado valió la pena. A pesar del cansancio y de las dudas, haber estado en esta escena otra vez, me reafirmó mi deseo por seguir en las tablas.

nieuwjaar-keep-calm-2018-otEste año también hice conciencia sobre mi cuerpo. No es que no la tuviera antes, pero este 2017 decidí tomar acciones concretas. Por primera vez me metí a un gimnasio para entrenar y decidí hacer un cambio leve en mi alimentación: abandoné las gaseosas y empecé a comer mucho menos en la hora de cena. Como resultado me siento más dispuesto, más ágil y me siento más contento con la imagen que veo proyectada en el espejo.

También entre mis locuras de este año, se me dio por comenzar a estudiar ruso. Me sumergí en el alfabeto, hice amigos rusos, me pasé horas leyendo las letras cirílicas, practiqué la fonética para hacer mío esos sonidos tan lejanos a mi lengua castellana. Es un recorrido largo que estoy feliz de empezar y continuar en el 2018.

Mi amiga que analizó mi numerología me dijo este 2018 será un año de cosechar todo lo sembrado, que muchas cosas verán la luz y que esté abierto a lo que viene. Quiero creerle así que deseo para este 2018 un año de más experiencias, de conocer nuevos lugares, nuevas personas, de amar mucho, de besar mucho, de mucha escritura, de mucho teatro, mucho cine. Como siempre yo, quiero todo en superlativo. Ante todo quiero ser feliz en lo que hago y seguir contando con la suerte de tener a mi lado personas maravillosas que me acompañan en mis locuras. Lo mismo que quiero para mí, lo que quiero para todos, para los que me conocen y para los que me leen en este momento.

Un abrazo desde Buenos Aires.