Saudade de Domingo #136: Caminar la pandemia

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Que la pandemia nos ha cambiado nuestro modo de vida no es ninguna novedad. Horas de teletrabajo, distanciamiento social, flexibilidad en la circulación, toques de queda, aumento de casos, quédate en casa, usa mascarilla. Frases que retumban en la cabeza y que con el tiempo se han incorporado a nuestro diccionario cotidiano. Naturalizar la angustia, minimizar el impacto, suena horrible pero es necesario para no enloquecer en estos meses donde todo es aún incierto. 

En medio de este panorama, el aquí y ahora se ha vuelto el mantra. No hay futuro, el pasado ya fue y estamos viviendo de manera forzada, esa máxima de vida que para algunos es la clave la felicidad. Vive el presente, aprópiate de lo que tienes ahora, agradece por estar vivo y si tienes la dicha de tener trabajo, agradécelo también.

Aunque creo que me he adaptado relativamente bien a estos tiempos de guerra (no de cañones y bombardeos, pero sí la que cuenta por centenas y miles a los fallecidos en todo el planeta), al inicio tuve mucha resistencia. Quería convencerme de que esto no duraría más que unos meses y que podía seguir armando planes a futuro. Pronto las estadísticas, los noticieros, los planes de vacunación, las noticias de amigos y conocidos vencidos por el virus me estrellaron la realidad en la cara. Esto no es algo a corto plazo y me atrevería a decir que tampoco a mediano plazo. 

Había que buscar un paliativo a la situación. La lectura y la escritura fueron grandes aliadas pero no suficientes, mi cuerpo empezó a enfermarse de cualquier cosa, las visitas al médico se volvieron parte de mi agenda semanal y es ahí cuando me di cuenta que algo (o mucho) estaba mal.

Tenía que mirar mi cuerpo, abrazarlo y trabajar con él, no dejarlo afuera de mi propia búsqueda.

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Así fue como empecé a salir a caminar, primero por las propias citas médicas o algún encuentro eventual con amigos y luego ya por la mera necesidad de hacerlo. Caminar se convirtió en ese momento de desconexión, de escuchar los latidos del corazón, de reconocer la respiración, de sentir la armonía de los músculos y tejidos. Con mis audífonos puestos y escuchando algún playlist personal o un podcast, recorro las calles de Urdesa, mi barrio y cada tanto también Kennedy y Miraflores, que son los barrios vecinos. En esa práctica que realizo en algún momento de la jornada que puedo darme una pausa, he descubierto calles pequeñitas, casas abandonadas, árboles monumentales, el pasto que crece junto al estero, los perros que custodian algunos hogares, las parejitas que salen a trotar al final de la tarde, los chamberos que escarban entre la basura en búsqueda de cartones, papel y plásticos. En estos meses en los que he aceptado esta realidad extraña, sin ningún plan de viaje a la vista (los que me conocen saben que viajar es mi vitamina), me he hermanado con mi propio barrio. Estoy muy orgulloso de ser urdesino, de ser parte de este nuevo centro de la ciudad, de ver cómo el barrio se debate entre ser comercial y residencial. Lo he visto despertarse a la mañana, rugir al mediodía con el sol que lo carboniza todo, fluir con la brisa del estero al atardecer e impregnarse de su energía un viernes por la noche. Todas esas urdesas que he conocido han sido gracias a este periodo extraño, en el que mi ciudad ha intentado volver a una falsa normalidad abriendo comercios y relajando restricciones. 

Necesito mi hora de caminata, la espero con ansias. A veces preparo el repertorio, a veces me dejo llevar por lo que me sugiere el iPod. Saco algunas fotos de esos recorridos sobre todo cuando algo se activa y me llama la atención. Estoy realizando en mi barrio aquello que siempre he hecho en mis viajes a ciudades desconocidas. Me he vuelto un turista de lo cotidiano, un flâneur, como diría Baudelaire.

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David Le Breton dice que caminar es desafiarse y sobre todo desafiar las convenciones establecidas, ya que caminar sin un destino fijo sería considerado hoy en día como «perder del tiempo». Pienso en estos youtubers amos de la productividad que cronometran sus horas de lecturas, de comida, de sueño y hasta sus idas al baño y seguro me torcerían los ojos recordándome que podría aprovechar esa hora en trabajar en algo que genere réditos. Pobres de ellos que aun no entendieron el dolce far niente de los italianos y que además no se han dado cuenta que atreverse a caminar sabiendo que el mundo sigue girando, es un acto político de resistencia individual. Es salirse momentáneamente del sistema y pendular casi ingrávido en los pensamientos, en la música, en el olor de la ciudad.  Caminar es una ruptura al caos, dirá Frédréric Gros, y en esa ruptura, hay poesía. Es un momento de creación, en el que cualquier cosa puede ser un disparador para algo. En esas caminatas sin rumbo, en esos devaneos urbanos, me han aparecido imágenes de historias que me apresuro en escribir a modo de apuntes en el celular. Esta misma semana, me han “llegado” ideas para una novela que estoy trabajando y que durante el mes pasado estuvo como en una especie de hibernación. 

Y el caminar me ha devuelto la elasticidad que necesitaba con esa historia.

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Caminar es también meditar. No hay obligación en hacer algo en particular, en tener una expresión determinada, caminar a un ritmo adecuado. No. El cuerpo, el viento, la luz dictan cómo será caminar ese día en particular. Hay días en los que me siento muy compenetrado con el caminar y otros días en los que lo hago con pocas ganas o agobiado por la molestia que me produce a momentos la mascarilla. De todas formas, no dejo de caminar, es mi momento de conexión espiritual y de contraponer mi cuerpo con las casas, con los otros peatones, con los cables de luz cruzan de esquina a esquina, con los autos que rugen con el semáforo en rojo avisándote que si no te apuras en cruzar podrían caerte encima. 

Caminar es la expresión máxima del aquí y ahora. Lo que importa es el tránsito, no el destino.

Caminar (hacerlo solo, valga la aclaración) es aprender a estar con uno mismo.

Y esa práctica hay que renovarla cada día. 

Saudade de Domingo #129: ¿Qué significa para mí no viajar?

Aquellos que me conocen por este espacio y en la vida real saben de mi obsesión/adicción por los viajes. Ni bien termino un itinerario, ya estoy planificando el siguiente. Durante los últimos cinco años he viajado todo lo que he podido, como si hubiera pretendido ponerme al día por todo el tiempo que viví en el extranjero con una vida de estudiante muy austera y sin viajes largos. También debo confesar que los viajes han sido una forma de escapar, de hacer un paréntesis de mis actividades cotidianas. En el fondo además está el deseo recóndito de huir de mí mismo y que el surcar otros territorios me devolviera la mirada de mi propio ser a modo de espejo. En realidad el acto de viajar no ha sido tanto un viaje hacia el exterior sino una propuesta de explorar mi interior. 

En todos las entradas que he escrito por acá (como Estocolmo, París o Roma) sobre los lugares que he conocido, percibo esa expedición de mi propio yo enfrentado a esas calles, a esas personas, a esos idiomas que me rodean durante mis días de fuga. Creo que los viajeros en general tenemos ese deseo de conocer al otro para terminar de situarnos en algún punto de la tierra. Uno está en el otro, en su otra lengua, en su manera diversa de comprender el amor, el trabajo, la vida. Es una búsqueda adictiva que no termina porque siempre hay un horizonte para conocer.

Compré este bolso en una librería hermosa de Estocolmo regentada por una librera que a sus cincuenta años dejaba de trabajar para otros y se animó a ser la dueña de su propio espacio.

Entre más viajo, más me alejo del canon turístico. Visitar aquellos lugares imprescindibles de cada ciudad según los criterios oficiales o mainstream se convierten en la parte más insignificante del recorrido. En los últimos viajes esas atracciones turísticas quedan relegadas al primero o segundo día de viaje, como si quisiera sacármelas de encima y después de eso sí, viene lo que me encanta: caminarme la ciudad, hablar con la gente, sentarme en un café mientras miro la ciudad cambiando de color con el paso de las horas, sumergirme en las librerías nuevas y antiguas para descubrir a los autores locales, tomar fotos de letreros, de parques escondidos entre edificios, de percibir el olor característico que tiene esa ciudad. Me gusta mirarme como un detective urbano de experiencias efímeras.

Antes de cruzar el Golden Gate (San Franciso). Ya había caminado cerca de 10 kms y recorrí parques, barrios y descampados que nunca habría encontrado en una guía turística.
Una parte de los libros que me traje de mi viaje a Sao Paulo, en noviembre de 2019

Como ya lo conté por acá, para mi cumpleaños en abril tenía previsto un viaje maravilloso: Madrid (por enésima vez porque me encanta)-Budapest-Praga. El día exacto de mi cumple estaría con una amiga catalana tomando cerveza negra en algún bar de Praga y habríamos resuelto los problemas del mundo mandando todo al carajo. No sucedió porque la pandemia nos cambió la vida, nos obligó a todos a un delay doloroso pero necesario. Se canceló ese viaje a Europa, se canceló un viaje a Buenos Aires, llegó la reclusión en casa. Mi cuarto sin quererlo se convirtió en mi guarida de sueños, en mi hervidero de ideas, en el mapa de ruta por donde quiero seguir una vez que el fin del confinamiento nos devuelva a todos a las calles. 

Berlín, una ciudad a la que espero regresar, cuando sea el momento propicio.

En este tiempo de encierro contemplo mis viajes como escenas sueltas de una película en proceso de escritura. Percibo calor, frío, aroma de especias, sabores de platos exóticos, acentos diversos. Abro cajones donde me encuentro con entradas de teatro, de cine, boletos de museos, programas de mano, servilletas, tarjetas, mapas de viajes, lápices, libretas. Cada uno de esos objetos que quizás me convertirían en el archienemigo de Marie Kondo, me transporta a esos lugares donde ese otro yo se dio a la tarea de mirar más allá de su propia ventana. Hoy, aun confinado y sin fecha exacta de salida, son esos objetos, mis fotografías, mis retazos de texto los que me mantienen en un viaje constante hacia mi propio ser. Vivo más allá de los límites de las paredes de mi cuarto.

Tengo un pasaje en espera que la aerolínea ha dejado abierto para cuando yo me sienta listo para emprender un nuevo viaje. En estos días me he visto tentado en poner una fecha, en preparar un itinerario nuevamente pero también he pensado que quiero parar un poco. Estoy en la fase de viajar a través de los viajes realizados y en ese nuevo mapa de ruta he descubierto otras sorpresas que no había visto o comprendido cuando pisé esos lugares. Me agradezco a mí mismo por no haberme deshecho de aquellas cosas pequeñitas que hoy son mis tesoros en medio de estos puntos suspensivos en los que nos encontramos.

La distancia me permite ver ahora a mi personaje detective de tierras lejanas con otros ojos y en ese periplo está apareciendo un nuevo viajero. Creo que de alguna manera viajé tanto para tener material en el futuro que hoy es mi presente. Así que me encuentro “tripeando” mis nuevos viajes y también habrá mucho que escribir sobre esos “nuevos” recorridos.

Una plaza pequeña cuyo nombre desconozco pero que me sirvió para escribir un cuento a la salida de la Biblioteca Pública de Estocolmo

Ayer leía en Los Errantes de Olga Tokarczuk que ella tiene un amigo que nunca podría viajar solo porque necesita compartir la experiencia con alguien. A modo de conclusión, Tokarzuc decía que su amigo no tenía madera de peregrino. Me gusta mirarme esa manera, como un peregrino que observa, que hace amigos locales y que disfruta de los momentos de soledad en los que uno agradece, en susurro, por salir de la comodidad de la casa y conocer otras casas, afuera, cruzando montañas y océanos.

El avión tendrá que esperar, el pasaporte deberá saborear el descanso hasta que se prenda la mecha y el corazón pida un nuevo recorrido a la caza de nuevos recuerdos.

Salir de compras como ejercicio «extremo»

Prepararme para salir, en estos días, es como pensar en un campo de batalla. Requiero de una preparación física y mental. Escoger la ropa que “creo” que me va a proteger de un posible contagio. En lo posible que sean pantalones largos y camisetas mangas largas que cubran la mayor parte de piel expuesta, guantes para “cuidar” las manos, zapatos con poco uso que no me importe perderlos luego de la cuarentena, una mascarilla previamente testeada que va a protegerme. Quizás en el ritual hay cosas que ni le hacen cosquillas al virus pero prefiero convencerme de que mi preparación me blinda ante cualquier contagio. Ahí es cuando viene el trabajo mental. Sentirme resguardado, protegido en el vientre materno de mis prendas de vestir, sabiendo que el exterior no puede tocarme de ninguna manera durante esas horas forzosas que debo salir para abastecer a la casa de productos.

Mi padre insiste en acompañarme. Le digo que debe quedarse en el carro, que no salga. Guarda silencio mientras maneja. Sé que está de acuerdo conmigo pero no está acostumbrado a obedecer y sobre todo, no está dispuesto a aceptar que al tener 63 años se encuentra en un franja etaria considerada de riesgo. Aunque su salud sea vigorosa sabe que debe cuidarse, como todos. Temo que no me haga caso y que igual decida salir al campo de batalla a mi lado, siendo ese escudo, ese compañero que cubre, que está alerta ante el enemigo. 

Llegamos al shopping donde se encuentra el supermercado. Son las 07h30 am, el lugar todavía no abre pero ya hay una fila que debe tener al menos unos 80 personas. Con la distancia social obligada, la fila es aun más larga. Mi papá y yo no decimos nada pero sabemos que la espera ahí a la intemperie, será por lo menos una hora y media o dos horas. 

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Empiezo a hacer la fila, una señora se coloca detrás mío y detrás de ella, mi papá. No quiso quedarse en el carro como le había dicho. No me sorprende pero sí me molesta. Con la señora en el medio, no nos decimos una palabra. Yo estaba más pendiente de ahorrar el aire, de respirar con tranquilidad, de escribir alguno que otro mensaje en WhatsApp. Delante mío está una pareja de esposos que debían andar por los 50 años y una hora más tarde ya no estaban solo ellos, sino sus dos hijos y una tía de ellos. Eventualmente el padre hace alguno que otro vídeo con el celular, a veces los hijos se van a descansar al carro que estaba parqueado cerca y luego regresan. Cada tanto miro a mi papá, que está en su celular viendo algún reportaje sobre el Coronavirus con un volumen poco discreto. En la fila cada quien está en su mundo o tratando de creárselo para sobrellevar la espera. La señora de atrás recibe una llamada y comienza a enumerar todos los productos que va a comprar. Quiere estar segura de que comprará todo lo que necesiten en su casa. La llamada debió durar una media hora. Más atrás hay un gringo ecuatoriano que discute a alto volumen con un inglés poco cuidado. Y el tiempo transcurre lentamente a pesar de que la fila es bastante ágil. No hay sol todavía y eso más llevadera la espera. Contengo las ganas de rascarme la cara, de acomodarme el pelo. Mis manos me son extrañas, como una especie de agentes patógenos de las que debo cuidarme. Las guardo en los bolsillos cada tanto a pesar de la incomodidad del roce con los guantes. 

Me acerco a la entrada, me piden que extienda los brazos y las piernas como si fueran a revisarme. “Cierre los ojos”, me advierte el guardia del supermercado. Lo hago y escucho el rocío de un líquido sobre mí acompañado de un olor leve de desinfectante con agua destilada. No sé lo que es pero agradezco que me bañen, que me desinfecten del aire de angustia que se vive en Guayaquil. Entro y me espera un funcionario con un frasco grande de alcohol en gel, me froto las manos compulsivamente para que el líquido viscoso se impregne en los guantes. Mi padre sale momentáneamente de la fila para ir a la farmacia del shopping. Ruego que no regrese, que se dé cuenta que lo mejor es que vuelva al carro y me espere. Agarro el carrito de compras, respiro un aire fresco y empiezo a recorrer los pasillos atendiendo a la lista que me dio mi mamá. Me alegro de encontrar todo, que las perchas luzcan llenas y que todos los que circulamos en el super podamos comprar con tranquilidad. Pienso en mi papá, me preparo para la sorpresa de encontrármelo por alguna partes. Siento que no puedo con él. No logro imponerme ante él. Sé que me escucha, me respeta, me admira en secreto pero siempre hace lo que él quiere y me cuida aun cuando no se lo pido, aun cuando tengo la edad suficiente para que sea yo quien ahora lo cuide. No me permite hacer el cambio de rol. Quiere seguir siendo el padre proveedor, que vela, que protege. Y yo lo único que quiero es que una vez en la vida me haga caso y se recluya en el auto hasta que llegue con las compras.

Captura de Pantalla 2020-04-25 a la(s) 16.35.47Consulto con mi mamá por WhatsApp sobre la marca que quiere de mantequilla, de queso, de azúcar. Pongo en el carrito además una botella de vino y un six pack de Pilsener. Me sorprendo. Nunca bebo y de pronto al necesitar provisiones pienso que un poco de alcohol no me hará mal. Lo contraindican para esta pandemia pero pienso que nadie sabe más de mi salud mental que yo mismo.  Avanzo, agarro los paquetes de galletas La Universal que le gustan a mi papá. Mi mamá en la lista escribió que agarre cuatro. No le serán suficientes si pretendemos no volver en al menos un mes, pienso. Sigo avanzando, me siento en cuenta regresiva, como si hubiera un tiempo máximo para poder agarrar todo y que pasado ese tiempo, no podría meter más nada al carrito. Respiro y trato de no sentirme perseguido. Me tomará el tiempo que me deba tomar porque no pretendo volver en un mes. 

Cuando voy por el pasillo de los cereales me encuentro a mi papá, quien tiene también su carrito casi tan lleno como el mío. Conversamos sobre la lista de mi mamá. Vemos que tenemos casi todo. Nos dividimos la misión de conseguir lo poco que falta. Mientras busco, pienso que debo escribir sobre esto, pero no de una manera reflexiva sino apenas limitarme a contar la anécdota. No será fácil, me digo, porque siempre se me hace difícil escribir sobre mi papá y más aun sobre su testarudez. 

Me encuentro con él en la fila, sigue revisando su Twitter buscando estar al día de los improperios que dice el gobierno ecuatoriano a través de sus múltiples portavoces. Mira los dos carritos y me dice: “te hubieras vuelto loco si hacías todo esto solo”. Lo dice con aquel tono de salvador, de cuidado. En esta ocasión no hay en él un tono de superioridad sino más bien de colaboración, de altruismo. Inmediatamente entabla conversación con el chico de la caja y la chica que coloca las cosas en las fundas. Los hace reír, les pregunta a modo de chiste, cómo se enamorarían dos personas entre tanta mascarilla y gafas para evitar el contagio. Los chicos ríen, se relajan. Pareciera que les hace bien el humor de mi papá. Sonrío tranquilo viendo a mi papá tranquilo. Como siempre él intenta hacer bromas para aligerar la situación. Me identifico en él. Veo sus manos que ponen las compras en la caja, con pecas gruesas y la piel sensible. Las mismas manos de mi abuelo. Mi papá se parece ahora más a mi abuelo. Y yo seré mi papá y mi abuelo en el futuro. Si es que la pandemia lo permite.

En el auto le digo que no volveremos a salir. Esta vez mi tono es agresivo y no me importa cómo lo tome. No volveremos a salir, pediremos a alguien que nos ayude, ya se verá que se hace pero no volveremos a salir. Él se ríe y no me dice nada, me habla del virus en la ciudad. Sé que me entiende, sabe que se ha arriesgado y sabe también que tuvo advertencias suficientes. Sé que esta vez hará caso, que no me dará la razón con sus palabras pero que guardará reclusión absoluta en casa.

Llegamos a casa, subimos las compras. Mi mamá nos espera a la entrada del departamento para ir metiendo de a poco todas las fundas. Mi papá como ya es su costumbre desde que empezó la cuarentena, maldice a los chinos, no a todos sino al gobierno chino, pero en su desesperación siempre dice “los chinos”. Entramos a casa, me saco toda la ropa y la tiro a lavadora. Quedo prácticamente desnudo delante de mis papás y me meto a la ducha, no sin antes decirle a mi papá que haga lo mismo y que desinfecte su celular. Me dice que lo hará, mientras ayuda a mi mamá a sacar algunas cosas de las fundas. 

Me ducho con agua caliente, como si sintiera el virus merodeando por mi cuerpo. Estabas todo cubierto, me repito, no tienes nada. Dejo que el agua me queme un poco la piel como si de esa manera pudiera corroer al virus. Me enjabono todo, me restriego los brazos, las piernas, la cara. Me siento mejor. Me convenzo de que el baño profiláctico me ha dejado puro, sano de nuevo. Me digo que he ganado la batalla pero no la guerra y que ahora es mejor no salir más, no provocar al enemigo y mantener a mi papá bajo resguardo. Me relajo, respiro, digo que está todo bien, aunque sé que en los próximos días chequearé mi cuerpo varias veces para convencerme de que sigo sano, de que el virus no ha entrado a casa y de que mis padres pueden todavía reír en medio de todo el horror que se vive afuera, en las calles de mi ciudad, que hoy siento ajenas. 

Saudade de Domingo #127: Tiempo de resistir

«Hola Santiago, estás bien? He visto en la tele imágenes de cuerpos en las calles de Guayaquil», me escriben varios amigos de diferentes latitudes del mundo, consternados, preocupados por lo que pasa en Ecuador a causa del Covid-19. «Hola. Estoy bien, mi familia también, estamos confinados hace más de dos semanas pero tenemos salud». Se me hace un nudo en la garganta el responderles a mis amigos porque pienso en todas las personas que en mi ciudad están sufriendo la enfermedad, que están en la larga lista de espera por una cama en un hospital, los que desesperadamente reclaman el cuerpo de un ser querido, los que dejan los cuerpos en la calle como medida desesperada para evitar más contagios dentro de sus familias.

Esto es una pesadilla. Los días pasan y aunque en el confinamiento igual estoy haciendo teletrabajo, cada vez se torna más difícil concentrarse, desentenderse del mundo y cumplir con las tareas de mi empleo. Me siento mucho más cansado que cuando tengo que movilizarme y pasar diez horas trabajando en la universidad. Estos últimos días opté  por no engancharme mucho con las noticias ni en tele ni en las redes, pero el Covid-19 se ha colado en todos los rincones de la vida cotidiana. Ya no es suficiente con evitar los noticieros, los tuits de conocidos desesperados que claman medidas contundentes por parte del gobierno. El Coronavirus está también en los pedidos de auxilio por un respirador, por un medicamento en los grupos de whatsapp, en las declaraciones vacías de un gobierno que está más preocupado por su imagen internacional que por resolver el grave problema de los cuerpos sin destino, del cuidado del personal médico que se juega la vida en los hospitales, de la escasez de pruebas para detectar el Covid-19. Siento pena y rabia por lo que estamos pasando.

A modo sublimación, he tenido la necesidad de documentar mi encierro. A partir de mi cuenta en Instagram (@Saudade86) me he puesto en la tarea de fotografiarme y de escribir cada noche sobre el día que se termina. Hay días que cuesta más escribir, que preferiría no decir nada pero siento que necesito esa catarsis diaria para seguir adelante. Lo real de toda esta situación es que acá en Ecuador estamos a la deriva. Un completo abandono, una desolación en la que no nos queda otra cosa más que cuidarnos entre nosotros pues el Estado (o mejor dicho este gobierno) es incapaz de proporcionarnos la salud pública mínima que como ciudadanos y seres humanos nos merecemos. Y no digo que esto sea solo un problema ecuatoriano exclusivamente, pero acá las medidas improvisadas del gobierno desde que apareció el primer caso, dejaron crecer el número de contagios hasta llegar (hoy domingo 5 de abril) a mas de 3600 casos. Mi ciudad, Guayaquil, ha sido la más golpeada del país.

Esto es una guerra. Hay quienes se resisten a la comparación y lo respeto, pero yo no encuentro nada cercano ni vivido antes para explicar la desazón, la impotencia, la ansiedad, las noticias desalentadoras en todo el mundo contabilizando el número de nuevos contagios y el número de fallecidos. Y yo en silencio, con un nudo en la garganta me pregunto: ¿Me tocará a mí el Covid-19? ¿Tocará a algún ser querido? Hay que luchar contra ese miedo que no da tregua, como cuando alguien espera que el bombardeo no toque su casa ni mate a nadie de los suyos.

El nudo en la garganta, suavizado por gárgaras diarias, sigue ahí, recordando que esto nos está pasando a todos, que nada ni nadie puede protegernos por el momento. En estos tiempos dolorosos, la sociedad civil ha activado sus redes de colaboración y es conmovedor ver cómo muchos están haciendo más por la ciudad, que las mismas autoridades que elegimos en las urnas. Lo que nos toca, desde el privilegio del encierro para algunos, es honrar el toque de queda, no salir, lavarse las manos de forma compulsiva y sobre todo resistir.

Resistir.

Resistir.

Resistir.

Mujeres luchadoras

Al fin vio la luz un proyecto al que me sumé hace algunos meses: el libro Aventuras desconocidas de mujeres bacanes. Elisa De Janón, una ex alumna de la universidad, vino a mi oficina a contarme que quería hacer un proyecto de titulación que traspase una calificación y tuviera una contribución social. Escuché con mucha atención su idea de realizar un libro escrito por varios autores en el que cada uno contara en formato de cuentos para niños, un momento de la vida de una heroína ecuatoriana que estuviera poco o nada visibilizada en la historia nacional. Me mostró varios libros de referencia editados en el extranjero, la guié sobre los siguientes pasos que debía hacer para formalizar su proyecto en la universidad, aunque nada garantizaba que lo fueran a aceptar, pues lo usual es que los profesores sean los que presenten proyectos. De todas formas, la motivé a hacerlo. Tiempo después supe que lo había conseguido, su proyecto fue aprobado y ahí vendría el trabajo duro: hacer realidad ese proyecto.

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El proyecto tuvo dos profesoras guías y varios compañeros en el proceso, con los que fueron eligiendo las mujeres ecuatorianas que debían ser incluidas en el libro. Así surgieron los nombres de Nela Martínez, Tránsito Amaguaña, Carlota Jaramillo, Manuela Espejo, Manuela Cañizares, entre otras. Los estudiantes se contactaron con varios escritores para contarles la idea y hacerlos partícipes del libro. Me sentí muy halagado al haber sido tomado en cuenta para el proyecto y escribir sobre Marietta de Veintemilla, una mujer aguerrida que fue primera dama del Ecuador en el siglo XIX y que siempre desafió los convencionalismos de la época.

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Después de varias idas y vueltas de correcciones, más las respectivas ilustraciones de cada cuento, el libro se presentó en la Feria del Libro de Guayaquil el sábado 30 de septiembre pasado. Ahí estuvimos algunos de los autores e ilustradores, se leyeron dos cuentos para los niños con personajes femeninos caracterizados como algunas de las mujeres reseñados en el libro. Fue un momento muy lindo no sólo por la cristalización de un proyecto necesario, sino porque pude ver la felicidad en el rostro de Elisa, una chica tranquila pero con la fuerza uterina necesaria para mover un proyecto de esa magnitud. Sin duda, una de las muchas glorias que realizará en su futuro.

Se espera que el libro se distribuya gratuitamente en escuelas municipales de Guayaquil que es su principal grupo objetivo: los niños.

Si tienen ganas de leerlo online acá está el sitio donde se puede descargar y además a conocer a los autores, ilustradores de los cuentos.

Saudade de Domingo #62: El deber cumplido

«El show debe continuar», es una frase que a modo de mantra he logrado hacer carne desde la época en que hacía teatro en la universidad como estudiante con Marina Salvarezza. En cada montaje siempre surgían problemas, inconvenientes que amenazaban la realización de determinada obra, pero con Marina a la cabeza siempre repitiendo «the show must go on, chicos», todo parecía arreglarse. Aquello más difícil de resolver, de repente tenía solución y eso, obviamente sucedía porque había un trabajo en equipo.

Recientemente en la facultad, hicimos Guayaquil de mis amoresun evento que mis estudiantes de Producción Dramática 2 hicieron el año pasado para proyectar la película que hicieron durante el curso y que este año, por deseo de la Facultad, tomó mayores proporciones con la nueva generación de alumnos, involucrando además otro tipo de productos realizados por estudiantes. Así, tuvimos obras de teatro, exposición fotográfica, instalación sonora, charlas,  lectura de cuentos, además de la película, que fue la cereza del pastel luego de casi 12 horas de actividades.

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Logo de Guayaquil de Amores, de la peli y el evento

Hubo muchos inconvenientes en medio de la realización, a momentos quise mandar todo por la borda pero las palabras de Marina de años atrás me recordaban mi propia experiencia. De hecho, Pa et blunk, el monólogo que monté con Itzel Cuevas el año pasado, también pasó por momentos difíciles en los que también quise tirar la toalla, pero el mantra «el show debe continuar» me hacía seguir adelante, con lágrimas, desazón, con malestar físico (Guayaquil de mis amores me ha dejado muy jodido de la columna) y así pudimos llegar al jueves 20 de julio con una sala llena viendo la película que los estudiantes realizaron durante un período de tres meses. Sí, tres meses. Los chicos, son unos ganadores y en función de esa entrega, de ese entusiasmo, el evento debía salir bacán, debía hacer que un público viera el trabajo por el que los chicos se han amanecido, han sufrido y por el que también, vale decir, se han divertido.

Al igual que con el grupo del año pasado, cuyo evento fue mucho más modesto aunque no por eso menos cálido, siempre me quedo con la sensación de un nexo familiar con los estudiantes. Es como si la cantidad de horas que pasé junto a ellos y junto a «Pachukis» (mi amiga y colega con la que llevamos este proyecto) revisando guiones, propuestas estéticas, cronogramas, cortes de edición, nos hubiera acercado al punto de ser como una especie de familia. Disfuncional quizás, pero familia al fin. Obviamente al ser este año un evento más grande Pachukis y yo no podíamos cargar solos con semejante responsabilidad. También estuvo la facultad, con el decano, con Mafer en la logística del evento, con las gestoras de área, con Marina dando ideas para la concepción general y con los profes del área multimedia que participaron. Fue emocionante también tener la presencia de la rectora, la vicerrectora y el coordinador de la carrera de audiovisual. Era una manera simbólica de decirles a los chicos «Los queremos y estamos acá con Uds.».

El evento ha pasado, la euforia va pasando, todo empieza a asentarse a pesar de las dificultades. Queda la satisfacción del deber cumplido, de demostrarnos que fue posible hacerlo y con la convicción de que si se mejoran ciertos aspectos internos, una futura edición del evento será excelente con todo el aprendizaje obtenido. Por el momento no queda más que agradecer a todos los involucrados que apostaron en Pachukis y en mí como docentes y en los estudiantes como creadores de una película que busca mirar la ciudad con otros ojos. Recuerdo ahora las palabras del decano en alguna de las reuniones de producción que tuvimos donde dejó clara su posición frente a este evento grande que se nos venía encima: «Hacer algo nuevo siempre es un riesgo y como facultad debemos acompañar ese riesgo».

Nada más acertado. Lo nuevo siempre trae riesgos y con esa mística tratamos de que los estudiantes comprendan de que ellos son fundamentales no sólo para generar cambios en su carrera, sino en la ciudad y en el país.

Y ahora el show debe continuar, con nuevos proyectos venideros.

Godfather cumplió 45 años

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El Padrino cumplió 45 años el pasado 14 de marzo. En 1972, New York recibía con gran expectativa la película a la que la crítica ya había catalogado como una obra maestra. A pesar de la nieve de esa noche, el público se agolpó al estreno para ver al gran Marlon Brando convertido en el patriarca Vito Corleone.

45 años después, Vito Corleone sigue siendo grande, el mundo cambió y la película junto a sus dos secuelas grandiosas parecen haberse actualizado también. Al igual que el vino -perdón por la analogía común- se ha añejado y ganado tamaño. Es descomunal.

Desde la Universidad Casa Grande y específicamente desde la Facultad de Comunicación donde trabajo, decidimos rendirle homenaje al Padrino, para que esos 45 años no pasaran desapercibidos. Junto a Diana Pacheco -amiga, colega, partner in crime– con quien llevo adelante el cine club Contraplano, armamos el cronograma y la ambientación del evento en el auditorio de la universidad.

Nuestro invitado de honor fue Jorge Suárez, ya un ícono en el Ecuador en cuanto a la crítica cinematográfica. Al verlo, tan generoso y apasionado por el séptimo arte no pude evitar recordar su programa Noches del Oscar, donde todos los sábado a las 22h00 presentaba las grandes películas ganadoras de todos los tiempos. Sus comentarios acerca de la producción, los entretelones me hacían delirar imaginando ese mundo de actores, actrices, platós. Quién sabe si Jorge es en parte responsable de que haya elegido hacer cine al transmitirme desde la pantalla ese amor por las películas. En todo caso, Jorge es una personalidad obligada en el Ecuador al hablar de crítica cinematográfica y en honor a esa carrera de más de cinco décadas, la universidad le otorgó una placa de reconocimiento por su trayectoria.

Fue emocionante poder ver las tres películas de El Padrino el 14 de marzo. Fue extenso también pero con un cierre lindo a través de un conversatorio en el que intervinimos Jorge, Marina Salvarezza y yo, moderados por Diana. Nuestro público fue en su mayoría la comunidad universitaria, que espero haya podido apreciar la belleza de estas películas en sus guiones, en la interpretación, en la dirección.

Es alentador también encontrarse en las páginas de un diario, resaltando la labor que hacemos. Desde el año pasado venimos llevando un cine foro todos los martes con entrada libre. A Diana y a mí nos mueve el deseo de que el cine que no llega a las salas comerciales tenga un espacio en el corazón de nuestra universidad y que el público entre, se conflictúe, se pregunte cosas, se familiarice con realidades distintas e idiomas indescifrables. Al final de las proyecciones, armamos un conversatorio a modo de diálogo con el público. Esto no solo enriquece al público sino a nosotros como organizadores, que nos saca una sonrisa ver a esos espectadores felices de haber conocido a través del cine otro punto geográfico, con rostros de actores más allá del Star System.

Luego de esta función especial de 45 años de El Padrino, nos queda el impulso para seguir con el cine foro que reinicia con fuerza este martes 11 de abril.

 

Saudade de Domingo #44: De Buenos Aires a New York con escala en Guayaquil

Ni bien me subí al avión en Buenos Aires (con toda la pena que siempre me embarga cuando salgo de Ezeiza) empecé a sentir un dolor en las amígdalas que luego se se agravó en la escala en Santiago. El trayecto Santiago-Guayaquil fue una tortura, con fiebre, escalofríos, dolor de huesos y dolor de cabeza. Rogaba para que se amainara el dolor, pero nada. En algún momento hasta llegué a tener ganas de vomitar, pero afortunadamente no pasó.

Al llegar a Guayaquil, no daba más. Sentí que me iba a desmayar en cualquier momento y esa misma noche comencé un coctel de pastillas para desinflamar las amígdalas, bajar la fiebre, aliviar la cefalea. Al día siguiente me reintegré al trabajo y las amígdalas seguían igual de inflamadas, tenía fiebre cada seis horas. El malestar se unió a mi desesperación al imaginar mi cuadro al viajar a New York el sábado. ¿Podría viajar? ¿Mi sueño de meses se desvanecería por un trancazo inoportuno? El panorama gélido de temperatura en negativo en la gran manzana me hacía pensar lo peor. Estaba tan angustiado que ni siquiera me atreví a hablar de mi estado con mucha gente. Sólo mi familia lo sabía. Del miércoles al jueves casi no dormí nada por el dolor de amígdalas y la fiebre repentina. Fui con mis papás a visitar a una tía doctora y al ver mis amígdalas dijo: Están enormes, parecen dos limones!”. En ese momento me inyectó penicilina luego de hacerme la prueba cutánea de la misma. Recordé el dolor que causan ciertas inyecciones en las nalgas. Pasé el jueves resolviendo temas bancarios con la nalga izquierda adolorida y con las amígdalas hechas mierda todavía. Hice mi check in con desconfianza. En mi cabeza seguía rondando la pregunta ¿lograré viajar? ¿y si no mejoro? Ante estos momentos el apoyo familiar fue fundamental. Nunca pusieron en duda mi viaje, tenían fe de que yo iba a a mejorar, aun cuando comer o tragar saliva era toda una tortura.

El jueves por la tarde visitamos a mi tía en su consultorio y me puso la segunda inyección, luego de haber tenido un largo día de fiebres recurrentes y pocas horas de sueño. Ahora el dolor estaba pareja en las dos nalgas, así que sentarme o subir escalera era toda una proeza. Solo pensaba en New York, en el taller de escritura, en los textos que leeré, en lo que escribiré. Sólo ahí caí en la cuenta que por todo esa infección en la garganta no había podido disfrutar de la previa de mi viaje a New York. Las amígdalas se habían tomado el centro de atención y desplazaron a New York dentro de mis prioridades de pensamiento.

Mi mayor alegría fue despertar el sábado y sentir que mis amígdalas se habían desinflamado bastante. Todavía dolían pero estaba bien. Me bañé, me vestí, cerré la maleta y con todo fui con mis papás a visitar a mi tía a su casa para que me pusiera la tercera inyección.

Ya en la sala de espera del aeropuerto, recién pude descansar y sentir que lo había logrado, que a pesar de todo, estaba ahí, a las puertas de cumplir mi sueño. quizás uno de las más hermosos que tenga este año. Me volví a sentir feliz como no me sentía desde hacía varios días. Era como estar al final de la primera parte de una saga de películas. Pensaba en mi primera vez en Estados Unidos y de paso en New York, en ese monstruo de ciudad a la que solo he visto en el cine. No tengo familia ni amigos en esa ciudad y eso en lugar de desanimarme me alegra. Voy a conocer New York por mí mismo como hice con Buenos Aires en el 2011, cuando llegué una mañana de mayo y la última capital de Sudamérica me era completamente desconocida. Quiero trazar mi propia cartografía en New York, caminar mucho, tocar sus calles, respirar su gélido aliento de invierno, conocerla a solas, sin disputarla con nadie como buen Aries posesivo que soy.

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Luego de una escala calurosa en Panamá, llegué al John F. Kennedy Airport. Dos horas y media en la sala de migración para atender a 500 pasajeros frente a 5 oficiales…! Fue desesperante, pero la espera valió la pena al recorrer parte de la ciudad desde el aeropuerto hasta el hotel. El recorrido me pareció muy similar al de Ezeiza a Buenos Aires. En algún momento, confundido entre el inglés y el español sentí nostalgia por Buenos Aires y por Guayaquil. Tonterías mías, pues no es que me voy a quedar mucho en New York, pero de alguna forma, siento que este viaje me dará un gratísimo aprendizaje y sólo pensarlo me emociona. Quizás mi forma de mirar, de escribir, de encarar un proceso creativo sea un poco diferente a mi regreso a Guayaquil o Buenos Aires. Y eso estaría muy bien. En abril cumplo 31 y quiero seguir creciendo, reinventándome, de lo contrario no tendría sentido cumplir años.

Hoy caminé por Highline, Chelsea img_9654y West Village con un frío de -7. Hablar en inglés con la gente o escuchar conversaciones me hace pensar que estoy en una película y en ciertas partes siento la falta de los subtítulos. Es como si la recepcionista, el policía, la pareja de novios, la abuelita que cruza la calle fueran personajes y no personas que actúan para mí en inglés. Y yo me siento también un personaje que imita inflexiones de voz como haría Al Pacino, Bryan Cranston o John Hamm.

Mañana empieza el seminario de escritura por el que he venido a New York. Tengo muchas expectativas con los contenidos, con los profes y los compañeros que tendré. Me siento como el día previo al empezar la universidad o el día anterior al iniciar la maestría. Me gusta esa sensación de incertidumbre, de vacío que me invita a lanzarme y ver qué pasa. Qué lindo que además sea en New York, una ciudad con la que sentía una deuda pendiente al no haberle dado espacio entre mi lista de destinos.

Saudade de Domingo # 41: Mi hijo På et Blunk

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«Escribe un texto sobre el que quieras trabajar», me dijo Itzel Cuevas al final de una de nuestras sesiones de entrenamiento actoral. El mandato me emocionó y al mismo tiempo me llenó de ansiedad. Tuve la misma sensación de incertidumbre que cuando alguien se entera que hablo varios idiomas y me dice: «dime algo en francés, en italiano, etc». Es como que agarra fuera de base y no sé qué decir. Mi cerebro entra en black out. Y lo mismo me pasó con ese texto que quería trabajar.

Como primera cosa, hice la del vago, esculqué en textos míos viejos a ver si encontraba algo interesante. Algunos me parecían chéveres pero no los sentía teatrales o no me interesaban para trabajarlos yo desde el cuerpo, así que al no encontrar un texto que me llenara, emprendí la escritura de uno nuevo. Por alguna razón pensé que debía escribir sobre algún miedo y ahí surgió la semilla: El miedo a los aeropuertos.

Esto es una paradoja porque amo viajar, vibro desde que elijo el lugar de destino, amo los ambientes de aeropuertos, pero le tengo terror a la sala de migración. Me pongo ansioso, nervioso, sudo frío, trato de disimular el miedo que me da y sólo respiro cuando ya estoy en el avión. Mientras escribía el primer esbozo de ese texto, recordé que ese tema ya lo había trabajado en un ejercicio escénico durante un taller que hice con Leo Van Cleynenbreugel, pero a modo de improvisación. Las líneas no las recordaba pero sí tenía clara la sensación de angustia, ansiedad que me produjo «revivir», «reproducir», la situación en la sala de migración.

Con el primer borrador, Itzel me dio ciertas directrices de movimientos antes de trabajar el texto como tal. Luego de algunas sesiones más, tuvimos un corte por el montaje de Romeo y Julieta donde Itzel actuaba y yo tuve un viaje a Buenos Aires. Cuando retomamos, vino la segunda escritura del texto. «Debe ser más dramático», me dijo Itzel. Entendamos por dramático las acciones y no el lloriqueo de telenovela mexicana. La segunda versión agarró fuerza, podía visibilizarse la historia, había un recorrido por diferentes momentos. En cuanto al montaje, Itzel había propuesto varias alternativas, todas geniales, pero resultaban muy costosas y difíciles para realizar, considerando además que si nos íbamos a presentar en el Microteatro, el presupuesto debía ser reducido.

Al final encontramos una propuesta más viable, recurrimos a los servicios de Valeria Galarza, una genia del cómic que dibujó para nosotros los paneles que utilizaríamos como única escenografía. En paralelo teníamos también a Diana Pacheco, mi gran amiga, compinche que siempre estuvo ahí para dar sugerencias, metiendo el hombro para conseguir utensilios, herramientas y hacer electricista, carpintera, pintora si fuera necesario.

Con la escenografía lista, pasamos a los ensayos. Los primeros bocetos parecían funcionar, pero luego sometiéndolos a la observación de personas en cuy0 criterio confiábamos, caímos en cuenta de ciertas falencias y vacíos que teníamos en el montaje, en mi interpretación y en el texto. Se volvió a pulir el texto, se modificó el movimiento escénico, se cambió mi modo de interpretación. Escrito así pareciera que fue fácil pero fue muy difícil, sobre todo para mí que era mi primera vez en un monólogo y de alguna manera estoy expuesto, desnudo (no literal) en escena. Tenía y aun tengo la sensación de ser un recién nacido en el mundo de la actuación y por tanto todo me parece novedoso, extraño y me cuesta todavía lidiar con los gajes del oficio. Desde la escena, ahora he entendido lo fundamental que es tener un director/a contigo. Como actor es imposible verse y muchas veces la propuesta que uno puede tener no es la más viable para el personaje o la obra. El director además debe fungir de coach a momentos y en esto Itzel ha sido importante para mí, siempre con la frase adecuada, en el momento preciso. Siento que con På et Blunk, he descubierto un campo nuevo, gigante, desconocido en el que me inserto sin tener certezas, de la misma forma que entré a lo audiovisual a los 18 años. Con miedos y con ganas. Vuelvo a ser aprendiz, alumno que necesita ser guiado y poner en práctica lo aprendido. En ese proceso he vuelto a ver de cerca los defectos de los que siempre intento huir u ocultar. Pero en el teatro no hay cómo mentir, no hay cómo evadir porque entonces lo que ve el público es falso, no es honesto. Así que me ha tocado mirar esos defectos, lidiar con ellos y usarlos en escena.

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Itzel Cuevas y Jaime Tamariz, grandes amigos y maestros.

Las funciones han sido otra experiencia. Ninguna ha sido igual a la anterior. Siento que he tenido algunas buenas y otras que pudieron ser mejores, lo cual también me ha llenado de angustia. Los consejos de Jaime Tamariz (director del Microteatro GYE) sobre mi trabajo han sido acertados para seguir trabajando, buscando y para entender que el trabajo de un actor sobre su personaje no termina nunca. Justamente ayer veía una entrevista que la hacían a Penélope Cruz y lo que ella hablaba de su oficio como actriz me hacía mucho sentido. Era como caer en la cuenta de que mis ansiedades y miedos hacen parte del trabajo del actor y que toca convivir con esa sensación de caída libre. Ahora entiendo más por qué los actores y actrices parecieran siempre vivir al límite…

Estoy muy feliz por el proceso que estoy atravesando, me emociona pensar en el aprendizaje que obtendré hasta el final de la temporada de På et Blunk. Me encanta jugar en ese aeropuerto que hemos creado en la escena, en las situaciones hilarantes del personaje, reírme e interpretar muchas cosas que en realidad he pensado en una sala de migración. He llegado hasta hacerme algo «rubio», por el papel. Creo que me haré adicto a esta sensación de construir personajes. Me encantaría en el futuro hacer otra obra corta y quizás más adelante hacer algo audiovisual como actor, pero todo a su tiempo, paso a paso, porque todavía soy un neonato en la actuación. Estoy muy feliz por este proceso y por los amigos y estudiantes que han estado ahí para verme. Aunque a veces me siento desesperado, después de todo también estoy muy cuidado, acompañado en este proceso por personas con una calidad humana generosa. Luego escribiré como un balance sobre la temporada completa.

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Con grandes amigos, luego de una de las funciones de la obra.

Y para los que quieran asistir, På et Blunk se presenta de miércoles a sábado, 20:15, 21:55, en el Microteatro GYE (Av. Las Palmas #307 entre Calle 4ta y 5ta).

Saudade de Domingo #38: Buen día, Guayaquil

Como no podía ser de otra manera, Guayaquil ofrece hoy en su fecha de independencia un sol radiante y un calor infernal con aire tropical. Esto del aire, pasados unos días ya ni se percibe pero cuando se viene de afuera y se sale del aeropuerto, inmediatamente invade una humedad fluvial, de las entrañas del trópico que en primer momento lo único que hace es aturdir. Así es Guayaquil para mí, una ciudad abrumadora, recargada, que avasalla. No es hipócrita, te hace saber desde un principio que es una ciudad difícil, hostil pero también cálida y seductora. Y es que Guayaquil seduce con su modernidad, su precariedad, con el corazón y sus fluidos. Es difícil que produzca indiferencia: la amas o la odias. Y aun cuando se la odie a momentos, luego te pone al frente las razones por las que has elegido vivir aquí y terminas reconciliándote con ella.

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Guayaquil vista desde el Guayas, específicamente desde el Morgan.

Viví un tiempo fuera del país y al regresar he mantenido con Guayaquil una relación bastante particular. Siento por ella toda clase de sentimientos y emociones: amor, odio, seducción, alegría, bienestar, angustia, ansiedad, tristeza, nostalgia. Es una ciudad vieja que se engalana de joven. No tiene memoria, se va rehaciendo sobre la marcha y por ello pareciera que todo estuviera por empezar y por hacerse. Guayaquil es una ciudad que devora su pasado, que oculta lo que no le gusta, lo que no se ve bien y se pone máscaras para las fiestas. Pero hay quienes que sí conocemos algo más de esa fachada y entendemos sus neurosis. Aun con todo la amamos como la madre imperfecta que es pero que sigue siendo madre, porque entre sus desvaríos, es amable, cariñosa, te sorprende con un cielo azulado, un río calmo, el cántico de pajaritos y un árbol centenario que se ha salvado de la tala municipal. Guayaquil tiene sus encantos y es necesario conocer sus venas a profundidad para vivirla desde las entrañas. Es en ese fluir sanguíneo de las calles adyacentes, de los barrios de antaño, en las periferias de sus cuatro costados, donde se percibe el saborcito guayaco que está mejor condimentado que en las zonas regeneradas. Son los contrastes los que enamoran de Guayaquil, los que la engrandecen y hacen pensar que pese a todo, vale la pena vivir acá.

¡Feliz día, Guayaquil!