Saudade de Domingo #79: New York Again and Again

Los viajes relámpagos sólo tienen dos caminos: O son nefastos o son una delicia. Nueva York podía ser entonces en mi tercer encuentro, una de esas dos opciones y contra todo pronóstico (otros viajes, trabajo, cansancio) me lancé a la aventura.

En septiembre del año pasado, poseído por algún ente explorador poco previsivo, se me puso en la cabeza que quería hacer algo diferente con el feriado de carnaval de este año. Decidí (o el ente decidió) que iría a New York por una tercera ocasión. ¿La razón? Conocer más de los lugares típicos y recónditos que una ciudad tan variopinta como New York puede ofrecer. Algo de shopping audiovisual tampoco vendría mal, así que sin mucho pensar compré un pasaje por cuatro días (sí, muy poco, lo sé, pero no era mi primera vez tampoco) y reservé hotel. En los meses sucesivos fui pagando con la tarjeta los dos rubros y ya para febrero estaba prácticamente todo pagado. Así sentí menos culpa al subirme al avión para vivir un breve paréntesis del trabajo. Era un oasis en medio de la avalancha de trabajo en la facultad, en teatro, en proyectos de escritura y obvio, una pausa necesaria para romper con la rutina.

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Upper East Side

Nuevamente en invierno. No conozco a New York en otra estación que no sea con temperatura en números negativos, con nieve, lluvia y viento. Caminé como en otros viajes con esa paisaje blanco, de árboles pelados, con las manos en el sobretodo y flanqueando las calles con el paraguas. El agua y el frío no se me dan bien pero casi siempre me tocan juntos. Sin embargo esa combinación demencial fue incluso una caricia luego de recorrer el Downtown Abbey Exhibition. Tres pisos para recorrer las escenografías, vestuarios, espacios multimediales sobre la serie. Sin duda, unos de los momentos top e inolvidables de este viaje.

IMG_8752En este tercer recorrido por New York decidí hacerme el turista convencional y el segundo día lo reservé para visitar la Estatua de la Libertad y Ellis Island. Había leído en varias guías que era necesario ir temprano porque suele llenarse. Llegué a Battery Park a eso de las 10 am, compré el ticket relativamente rápido pero lo más engorroso y largo fue la espera para subir al barco. Había mucha gente como advertían las guías pero además el frío era tremendo. Teníamos el río ahí al pie y la brisa era fuerte. Una ligera llovizna con el cielo cubierto hacía la escena un poco londinense. De todas maneras, no me molestaba. Amo el frío y entre más se entierra en los huesos, más lo disfruto. En la espera me distraía escuchando las frases sueltas en inglés, en francés, en portugués que escuchaba de las personas alrededor. Vi parejas, familias, amigos, jubilados. Les creé historias a partir de sus frases. Era como sentirme espectador en una sala de cine pero al mismo tiempo tenía la sensación de ser parte de la escena. En algún momento debo haberme reído de algún chiste que alguien dijo. Pero claramente no era un chiste para compartirlo conmigo. Anyway, la espera de casi una hora se hizo más dulce sintiéndome parte de esos personajes.

Más adelante me di cuenta que me esperaba una tortura habitual: los filtros de detector de metal y esas cosas. Había que quitarse abrigos, cinturón, zapatos, celulares. Era prácticamente desvestirse para luego volverse a arreglar lo más rápido posible.

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Ya en el barco me fui a la parte de arriba, al aire libre. El vaivén del agua y el susurro de las gaviotas que pasaban me hicieron sentir en casa (no sé por qué). A momentos en medio de un viaje, logro disociarme de donde estoy y me observo. ¿Cómo hice para llegar hasta acá?, suele ser mi pregunta. Empiezo entonces a hacer un recorrido rápido de cómo llegué y algunas veces concluyo que estoy loco, que contra viento y marea hago lo que se me canta (eso debería ser positivo). Me veo y me siento satisfecho, estoy en el lugar donde debo estar y vivo mis viajes a mi ritmo, a piacere, la gran parte del tiempo solo porque aun no consigo ser un buen compañero de viajes o quizás no encontré el/la compañero/a ideal para emprender recorridos largos.

Me hice selfies, hice fotos, vídeos en el camino a la Estatua, compré souvenirs, me saqué más fotos, más videos en el parque. Quise vivir la experiencia del turista tipo. Me subí al barco de nuevo, fui a Ellis Island y me conmoví con la majestuosidad del lugar. No pude evitar recordar The Godfather en esa famosa secuencia en la que Vito Corleone, siendo un niño llega a Ellis Island para entrar a Estados Unidos. Sé que es una ficción, pero me sentí muy tocado por esa historia, que a la vez era el espejo de muchos personajes que llegaron a Ellis Island. Fue un privilegio recorrer los diferentes pabellones del lugar, conociendo fragmentos de vida de muchos migrantes que vivieron ahí antes de entrar finalmente a Estados Unidos. Pensé en los bisabuelos, abuelos que llegaron sin nada dejando sus tierras en busca de mejores días, pensé también en los que aun hoy deben migrar. A veces es triste ver cómo las historias ser repiten en ciclos no importa la época.

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Como de costumbre no pudo pasar la visita obligada a B&H Photo Video, la tienda de Apple de la 5th Avenue y la librería Barnes and Noble. Tuve que controlarme para no llevarme toda la librería en peso, en especial los libros relacionados a la escritura, pues muchos autores norteamericanos no se traducen a español. También conocí una hermosa tienda japonesa de la que contaré en un siguiente post.

También en este viaje recorrí el Riverside Park, lugar que había escuchado por una obra de teatro que escribió Woody Allen y cuyo escenario era justamente ahí. No era para nada como me lo había imaginado pero rápidamente pude acostumbrarme al lugar. Un parque lineal, cerca al Hudson, de luces mortecinas y con eventuales sujetos en ropa de gimnasia que pasaban corriendo de ida y vuelta. Fue mi último atardecer en New York del tercer viaje. El río oscuro en el medio mientras el sol anaranjado daba sus últimos garabatos de luz. Aunque estaba en plena ciudad, desde el parque el sonido de los autos era apenas un murmullo, una especie de banda de sonido de fondo.

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A mi regreso a Ecuador, al volver a la facultad y ver a mis amigos, colegas, tuve la sensación de haber estado mucho tiempo afuera. Era como si me hubiera ido un mes. Y es que durmiendo tarde y levantándome temprano las horas vividas del día eran muchas más que en un día convencional. El deseo por comerme la ciudad era tal que en los días que estuve sólo un día almorcé. El desayuno ni siquiera entraba en de la agenda. No es que me maté de hambre, pues por las noches traté de cenar bien. Fui con un amigo a un restaurante suizo de quesos y vinos en Hell’s Kitchen, fui a West Village cenar a un restaurante mexicano, comí también pizza al paso en Koreatown y también los famosos Pretzel, que de verdad, para mí no tienen nada del otro mundo. Pura fama, nada de sabor.

Como decía al inicio, los viajes puedes ser nefastos o una delicia. Este, de largo, fue una delicia. Y como siempre que regreso de New York me quedan las infinitas ganas de volver, de encontrar ese plano corto o largo en una esquina inadvertida en el downtown o en el Upper East Side.

Brooklyn y Queens quedan pendientes para un cuarto viaje.

Mi encuentro con Jorge Enrique Adoum

Ayer, justo después de regresar de Madrid, soñé que conocía a Jorge Enrique Adoum en New York, en el Downtown, específicamente en Delmonico’s. Se trataba de una reunión de intelectuales (muy similar a las que estuve en Madrid durante la feria del libro), donde los meseros hacían malabares con bandejas con vino y whisky, alternando copas llenas y vacías. La música del momento, apenas ambiental, era de Buena Social Club, que se veía opacada cada tanto con las risotadas de Paul Auster y Coetzee. Sí, eran los más bulliciosos de la fiesta. No pude identificar la razón específica de la reunión y tampoco tuve mucho tiempo para pensar, ya que Tomás, mi amigo escritor de varias novelas, finalista del Herralde y Planeta durante varios años, me dijo que me presentaría a un coterráneo mío. Se me hacía curioso a veces que Tomás siendo argentino supiera más de literatura ecuatoriana que yo. Sabía de memoria varios pasajes de las novelas más conocidas de la década del 30, saltaba de la narrativa de Pablo Palacio a la poesía Jorge Dávila Andrade, con la misma liviandad como si estuviera charlando con algunos de sus estudiantes durante los recesos o a veces con el mismo entusiasmo como cuando se interesaba en alguna colega o alguna escritora novata que había alcanzado algún premio de ligas intermedias y buscaba pescar a un autor de renombre. El caso es que en el sueño, Tomás conseguía romper las barreras de tiempo y espacio para ponerme frente a Jorge Enrique Adoum. Confieso que durante el sueño no reparé en que él había muerto hacía más de ocho años. Por el contrario, me sentí fascinado, afortunado y también intimidado con su presencia. Adoum estaba conversando en una mezcla rara de inglés, francés y español con María Negroni, Amélie Nothomb y Edward Hirsch. Jorge Enrique inclinó levemente su cabeza para enfocarme mejor con sus lentes, guardó silencio por unos segundos y sin mayores preámbulos me dijo: “Ah Ud. es Santiago, ¿y por qué ya no escribe?”. Reconozco que esa interpelación con una mezcla de sensei y abuelo castigador me dejaron helado. Debo haber contenido sin querer la respiración por unos segundos porque cuando atiné a decir que estaba trabajando en una segunda novela sentí que me asfixiaba. Jorge Enrique no fue consciente de esto y siguiendo con el tono de abuelo regañón, aunque también con algo de ¿dulzura? dijo: “Ya pues, pero tiene que seguir escribiendo, tiene talento pero hay que bajar las ideas, hay que comprometerse, comprometerse!”. Amélie Nothomb quien no entendía nada de español sólo atinó a asentir con la cabeza como si hubiera comprendido lo que estaba pasando. Para ella daba lo mismo si me regañaba pensando que era algún alumno infiltrado o un escritor novel que pedía consejos al gran escritor. María Negroni, quien sin lentes no ve casi nada no se dio cuenta de quién era yo y siguió charlando con Hirsch sobre un nuevo poemario y un libro de ensayos en los que estaba trabajando. Tomás para calmar a la súbita emoción de Jorge Enrique, le aseguró que había leído parte de mi segunda novela en proceso y estaba fascinado por mi crecimiento como autor. Jorge Enrique rió brevemente pero luego volvió a su postura de Olimpo, como si no quisiera perder al personaje de abuelo regañón y bebió de un sólo trago su copa de vinotinto. “Lo espero mañana a las 11 en el lobby del Sheraton y me lleva lo que está escribiendo, como esté, un capítulo o dos”, sentenció Adoum. No vi la cara de Tomás en ese momento pero estoy seguro que tampoco él se esperaba ese gesto de Jorge Enrique. Quise agradecerle por la oportunidad pero ya se había integrado nuevamente a la conversación de Negroni, Hirsh y Nothomb. No esperaba que le agradeciera por su tiempo y sí que mañana estuviera a las once en punto. Me sentí miserable por tener apenas unos cuatro capítulos a medio hacer de la novela, pensé que quizás esa misma noche podría trabajar al menos en el primero y llevárselo al día siguiente. Quizás lo encontraría horrible, me diría que no me comprometa a escribir, que me dedique a dar clases de literatura o que iniciara un camino en la crítica literaria, ahí en el panteón de los genios que nunca lo lograron. Tomás me agarró del saco y me dijo que no puedo perder esa oportunidad. Su voz escondía emoción e incluso algo de envidia. Yo por mi parte deseé que mi primera novela nunca hubiera llegado a manos de Jorge Enrique y más aun deseé no haber hecho caso a Tomás y así nunca habría conocido a Adoum. Ahora tenía que trabajar, revisar tiempos verbales, encontrar adjetivos que no suenen rebuscados pero tampoco ramplones, equilibrar las descripciones de los lugares y los espacios, editar cualquier resquicio burgués que se hubiera filtrado en la voz narrativa. No era algo para trabajar en una noche. Seguía repasando mentalmente todo lo que debía corregir mientras pasaba con Tomás por todos los círculos de autores, cada vez más desenfadados por el efecto del alcohol. Algunos me saludaron como si me conocieran, otros directamente me llamaron con otro nombre y algunos ni siquiera me determinaron. La verdad poco o nada me importaba desde que Jorge Enrique Adoum me dio la espalda para seguir la conversación con sus colegas de oficio. Había dejado de estar con Tomás y empecé a acompañar en mi cabeza a mi resquicio de novela. Seguimos circulando, bebiendo cada tanto, participando de conversaciones fugaces que luego no recordaría. Era casi medianoche. Lo único que atiné a hacer fue salir del restaurante sin despedirme de Tomás y ahí, en medio del frío de enero calando en los huesos, me desperté agitado, en Guayaquil al mediodía, remojado en sudor entre las sábanas y algo aliviado, quizás, por no encontrarme con el genio.

Saudade de Domingo #46: See you later, NYC

Soy masoquista. Viajar es una de las cosas que más me gustan pero que también más me tensiona. Armar maletas, cuidar el peso, recordar qué productos están prohibidos, cómo distribuir las cosas entre las maletas y el equipaje de mano, las escalas, la sala de migración, etc. Todo eso me pone en tensión. Quienes vieron mi obra Pa et Blunk, sabrán bien a qué me refiero. Sin embargo, cualquier sacrificio vale la pena a la hora de conocer img_0711nuevos lugares, nuevas personas y a modo de conclusión de este viaje a New York, puedo decir que los gringos se portaron de diez. Amé la ciudad y siento que ella me amó también. La he conocido a través de la escritura, de la lectura, de amigos latinoamericanos y gringos. Sin duda es una de esas experiencias maravillosas que guardaré por siempre conmigo.Aun es muy pronto para dimensionar lo que ha sido todo este viaje. Tendré que esperar a que las cosas se asienten en el cuerpo, en el corazón para ver en su totalidad lo que ha pasado conmigo. Logré como en muy pocos viajes una desconexión casi total, fue una suerte de retiro espiritual (paradójicamente en New York) y la verdad no me arrepiento. Fueron muchas tareas, muchos recorridos y siento que yo al interior estaba buscando esa conexión con lo ajeno, con lo desconocido. Creo que además he tenido la suerte de estar rodeado de personas maravillosas que han sido como hermanos durante estos quince días en Nueva York.

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Escribo todo esto desde la sala de espera en el JFK Airport, a pocas horas de volver a Guayaquil, a la rutina. Como ya me ha pasado en otros viajes, mi cuerpo llegará primero y mi cabeza terminará por llegar unos días después. Regreso con ganas de charlar, de contar lo que pueda digerir de la experiencia y leer, escribir, ver todas las películas recomendadas. Mirando hacia atrás, hace apenas dos semanas, puedo sentirme diferente a aquel que llegó un sábado de nevada a NYC. Me voy con más experiencia, con más preguntas, dudas, con ganas de regresar a NYC y perderme nuevamente entre sus calles geométricas abrumadas de rascacielos, de sentarme en el subte entre asiáticos, negros, latinos y gringos, de comer pizza al paso con porciones monumentales,  de recorrer una y otra la vez la quinta avenida como si no hubiera remedio, de mirar el Hudson y pensar en Woody Allen, de caminar y respirar el aire del Central Park. Sin duda, es sólo un hasta luego, tengo cuentas pendientes con NYC y es imperativo volver, volver, volver.

Saudade de Domingo #45: New York I love you

“Te va a volar la cabeza”, me dijeron algunos amigos antes de venir a New York. En realidad me la ha reventado. Todo es superlativo en esta ciudad, no hay lugar para términos medios. Las distancias son enormes y realmente uno puede llegar a sentirse una hormiga entre tantos rascacielos y personas tan diferentes. Negros, latinos, asiáticos, rubios, musulmanes, mezclados de todas las maneras posibles. Como me dijo una pareja norteamericana: “Todos en Estados Unidos, especialmente en New York somos de cualquier otra parte, descendientes de italianos, mexicanos, irlandeses, etc. Solemos decir que alguien es New Yorker, cuando vivimos mucho tiempo acá sin importar el origen”.

Me contaron que cuando entre norteamericanos se preguntan “Where are you from”, la respuesta normalmente suele ser: “I’m italian, I’m irish, I’m mexican, I’m chinese” incluso cuando sean la tercera o cuarta generación nacida en Estados Unidos. Es posible que ni hablen la lengua de sus ancestros, pero mantienen la costumbre de responder al “where are you from” con la nacionalidad de los abuelos.

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Algo que me ha llamado mucho la atención es el subte de acá. Acostumbrado al de Buenos Aires, el subway me resulta complicado de entender. Una misma estación funciona para varias líneas y no siempre hay cómo saber cuál es la estación final o de cabecera. Ya me he perdido algunas veces pero voy aprendiendo.

No todas las estaciones de subte tienen rampa o ascensores para personas con capacidades especiales. Las escaleras para bajar normalmente son metálicas y en época de lluvias son un verdadero peligro. Ya vi algunas personas mayores bajas con sufrimiento por las escaleras ante la indiferencia de la gente. Dentro de las estaciones también algunas tienen desniveles y no hay ninguna preparación para que las personas mayores puedan transitar.

A diferencia de lo que había escuchado, la gente en New York me ha parecido muy amable. Hay un trato excelente para el turista y tienen mucha paciencia. Me he quedado gratamente sorprendido, quizás porque en Guayaquil y en Buenos Aires, la gente que atiende al público no es precisamente amable. Hasta me incomoda por vergüenza ajena cuando alguien acá me pregunta si está todo bien, si necesito algo, porque en realidad veo en los ojos de las personas que están realmente prestos a ayudar.

Aunque no he podido experimentar mucho, hay demasiada variedad de comida en New York. Restaurantes de todos los precios (aunque parezca mentira he encontrado incluso restaurantes más baratos que en Guayaquil) y de todas las gastronomías posibles. Estoy alojado en el midtwon, específicamente en Korea Town y es impresionante la cantidad de restaurantes con diferentes clases de comida. El viernes en Harlem fui con unas amigas a un bar de jazz de origen etíope, así que aproveché la oportunidad para probar algo del país africano. Fue interesante comer con las manos, con una masa similar a la de los tacos y un pollo picante en finas hierbas.

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Hace unos días me llevé una gran sorpresa con la pizza. Acostumbrado a las porciones de Buenos Aires, pedí tres slices para almorzar y me sorprendí al ver lo enormes que son los pedazos acá. Con esfuerzo me comí dos porciones y media (Bueno, casi que lo logro eh!).

Quedé extasiado con Strand Book Store, una librería enorme en el East Village. Son tres pisos de toda clase de libros, desde los comerciales hasta los clásicos, pasando por una infinidad de ediciones de colección, rarísimas, que pueden llegar a costar mucho dinero. Uno podría pasarse horas en aquel lugar recorriendo los pasillos a modo de biblioteca, leyendo, eligiendo qué comprar porque la tentación es siempre quererlo todo.

El MOMA fue otro lugar maravilloso. Poder ver de cerca todas las pinturas que había estudiando tanto en Historia del Arte, ahí, frente a mí. Ver Picaso, Monet, Mondrian, Matisse, Dalí fue impresionante. Llegué a quedarme sin aire delante de Las señoritas de Avignon o Estudio en Rojo. Y horas después a la salida del MOMA, la ciudad regala una nevada deliciosa.

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Nevada en Chinatown

Otra cosa loca de New York es el clima. De tener números negativos durante mis primeros días, el jueves llegamos a tener un día soleado de 18 grados, para luego tener un viernes frío y un sábado de nieve. Fue mi primera viendo nevar. Emocionante, con el corazón a mil como si fuera una criatura. Hice varios vídeos intentando registrar el momento a pesar de la incomodidad que entrañaba llevar el paraguas en una mano y en la otra el celular con el libro de viajes de New York. Aun así, logré sacar varias fotos y vídeos de Chinatown que fue donde estuve en el momento de la nevada.

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A medida que se acerca el cambio de mando, los ánimos empiezan a caldearse acá. Hoy caminando por la quinta avenida para llegar al Central Park, pasé por el Trump Tower que estaba totalmente cercado por policías como medida de protección ante posibles disturbios. A las 14h00 de hoy domingo, frente a The New York Public Library, un grupo grande de escritores de la ciudad unidos bajo el nombre Writers Resist, hicieron una manifestación pacífica en contra de las medidas que pretende imponer Trump en su gobierno. Al podio iban pasando poetas, narradores que leían algún fragmento de otro autor relacionado con la libertad y alguno se atrevió a leer algo escrito específicamente por la coyuntura. Hoy mismo bajo la misma organización se realizaron eventos similares en Los Angeles, Phoenix, Denver, Orlando, Chicago, entre otras ciudades.

En New York me siento tranquilo. Me habían dicho que era estresante, que la gente corre de un lado a otro, pero la verdad me siento muy bien con el ritmo acelerado de la ciudad. A lo mejor yo soy igual de acelerado y estoy en sintonía, pero no me he sentido abrumado para nada con respecto a la gente.

Aun me queda una semana más por acá para seguir conociendo. Hay muchos lugares por visitar y sé que no podré conocerlo todo. Una excusa más para volver, en otra estación quizás y recorrer la ciudad con otro color. Definitivamente NYC entra a mi lista de ciudades favoritas. Siento desde ya un enorme cariño por ella.

Escritura y Ciudad: Día 2

Hoy llegué a las 09h02 y ante la presencia de la mayoría de mis compañeros en el aula, me sentí fatalmente atrasado. Por más que me levanté temprano, vestirse en invierno neoyorquino toma tiempo: camiseta, camisa, buzo ligero, abrigo pesado y gabardina. Desayuné rápido y me lancé a caminar por la 32nd ST hasta llegar a 7th Av. y de ahí al subway 1 en la 34th ST. Aunque Manhattan parezca “pequeña” en el mapa, es inmensa! Estoy en el Midtown y para llegar al Financial District que está en el sur de la isla, son más de veinte minutos en metro. Espero mañana calcular mejor los tiempos y llegar antes de las 09.

img_9806Hoy en la clase de narrativa, Guillermo leyó los inicios de todos nuestros cuentos. Agradezco mucho que los haya leído diciendo el título pero sin decir el nombre del tallerista. Mi cuento fue el segundo en leerlo. Suena tan raro cuando alguien lee un cuento tuyo en voz alta y más si es el profe, que además es un gran escritor. Uno se siente minúsculo y claro, mientras él leía yo criticaba mentalmente hasta las comas de mi texto. Hizo algunas apreciaciones muy válidas que me apresuré en anotar. La clase de hoy transcurrió en leer los inicios de los cuentos, algo que en principio podría parecer tedioso pero fue muy enriquecedor. Cada cuento tiene sus propias leyes y fue muy bueno escuchar los comentarios de Guillermo. Me acordé de mí mismo cuando tengo que dar comentarios sobre los trabajos de mis alumnos.

Hicimos un breve receso en la primera hora para tomar un café y luego de la lectura de los últimos cuentos, Guillermo nos entregó los cuentos con sus observaciones para que las viéramos y nos animáramos a corregir. “Estoy dispuesto a hacer una segunda lectura de sus cuentos”, sentenció. Cuando me entregó mi cuento, me preguntó: “¿Sos novelista?” A lo que respondí que había escrito algunas novelas no publicadas y él me dijo: “Tenés tempo de novelista, por la estructura de las frases…”. Dijo algo más que no logré registrar, quizás porque enseguida me pregunté mentalmente si eso que me decía Guillermo era a sus ojos bueno o malo.

La clase con María, sigue igual de genial. Hoy hablamos sobre Meschonic y su concepción de poesía. Luego leímos algunos poemas cortos de Louise Gluck para encontrar en ellos cuál era “el efecto poético”. Este concepto es algo difícil de comprender ya que las leyes de la poesía son muy diferentes a las de la narrativa. La poesía no puede explicarse como se puede sintetizar una idea en narrativa a modo de storyline. Es necesario leer el poema y que él mismo se explique. “La poesía por definición, es oposición”, nos dijo María. No busca la coherencia del lenguaje, lo modifica en conceptos, reinventa palabras, todo en función de crear imágenes que expresen mejor aquello que el poeta necesita sacar. Escuchar a María, aprender de ella, me ha hecho “descubrir” la poesía, un campo al que siempre le tuve miedo y respeto por no comprenderlo.

Luego leímos algunos poemas de los compañeros. No hubo tiempo para leerlos así que el mío no se leyó, algo que no lamento pues me siento un párvulo en poesía. Sin embargo en el fondo quisiera algún poema de los ocho textos poéticos que debemos producir.

La misión de hoy fue ir al ferry y cruzar de Manhattan a Staten Island para escribir un poema como tarea. Ya escribí el mío y la verdad que me extraña. No sé bien de qué hablo pero trato de recordarme que no es narrativa. Veré si mañana en clase logro leer mi poema y si no, seguro leeré el tercero.

Escritura y Ciudad: Día 1

Me propongo escribir a modo de bitácora aquello que encuentre interesante/relevante dentro del Seminario “Escritura y Ciudad”, durante las 8 sesiones que tendrá el mismo en el City College de New York.

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El Seminario se toma de 09h00 a 13h00 de lunes a viernes. De 09h00 a 11h00 cursamos con Guillermo Martínez la parte de narrativa (específicamente cuento) y de 11h00 a 13h00 con María Negroni la parte de poesía. Hoy por ser el primer día, el decano del City College nos dio la bienvenida, nos habló un poco de la institución e hicimos un tour por el lugar. Somos alrededor de veinte talleristas, en su mayoría argentinos, aunque también estamos de Ecuador, México, Perú y Brasil. Luego del tour empezamos con la clase con Guillermo Martínez, quien con mucha claridad y sencillez inició los contenidos del curso. Hablamos sobre la importancia de los títulos, ejemplos de buenos inicios de historia, el uso de la primera, segunda o tercera persona para el narrador. Guillermo nos adelantó el trabajo que debemos hacer para el viernes y para mañana quedamos en leer todos los inicios de los cuentos que escribimos como parte de la tarea previa al taller. Siempre leer en voz alta, delante de otros, me provoca cierta ansiedad. Es quizás el miedo a la crítica, a encontrarle defecto a todo lo que escribo, aunque también entiendo que es saludable esa puesta en común. Como escritor, artista la relación con el otro que escucha, que observa, es importante.

A las 11h00 empezamos la clase con María Negroni, quien hizo que colocáramos las mesas en círculo. Ni bien comenzamos, Negroni planteó las visitas a lugares que debíamos realizar diariamente por las tardes para escribir sobre eso. Los sitios que mencionó son maravillosos y ya tenía ansias por recorrer. El primer lugar sería estar a las 17h00 en el Grand Central, durante la rush hour, que es cuando sale todo el mundo de sus trabajos y se dirige a la estación. Luego de esa observación debíamos subir al Shuttle y bajar en la estación de Times Square.

La clase de María estuvo llena de referentes en poesía, narrativa, cine, artes visuales, música. Amé la delicadeza de su voz, la pasión que demuestra por la palabra y su faceta de académica. Aunque no me considero para nada diestro para la poesía, creo que María es una gran entusiasta y la verdad estoy dispuesto a probar en poesía, aunque sea para darme cuenta que no es lo mío. No lo sé.

Por la tarde con unas amigas del seminario fuimos al Grand Central. Me impresionó la belleza del lugar y ya de vuelta, en la tranquilidad de mi habitación, escribí mis primeras líneas poéticas. Veré mañana qué dice María de lo que escribí.

Saudade de Domingo #44: De Buenos Aires a New York con escala en Guayaquil

Ni bien me subí al avión en Buenos Aires (con toda la pena que siempre me embarga cuando salgo de Ezeiza) empecé a sentir un dolor en las amígdalas que luego se se agravó en la escala en Santiago. El trayecto Santiago-Guayaquil fue una tortura, con fiebre, escalofríos, dolor de huesos y dolor de cabeza. Rogaba para que se amainara el dolor, pero nada. En algún momento hasta llegué a tener ganas de vomitar, pero afortunadamente no pasó.

Al llegar a Guayaquil, no daba más. Sentí que me iba a desmayar en cualquier momento y esa misma noche comencé un coctel de pastillas para desinflamar las amígdalas, bajar la fiebre, aliviar la cefalea. Al día siguiente me reintegré al trabajo y las amígdalas seguían igual de inflamadas, tenía fiebre cada seis horas. El malestar se unió a mi desesperación al imaginar mi cuadro al viajar a New York el sábado. ¿Podría viajar? ¿Mi sueño de meses se desvanecería por un trancazo inoportuno? El panorama gélido de temperatura en negativo en la gran manzana me hacía pensar lo peor. Estaba tan angustiado que ni siquiera me atreví a hablar de mi estado con mucha gente. Sólo mi familia lo sabía. Del miércoles al jueves casi no dormí nada por el dolor de amígdalas y la fiebre repentina. Fui con mis papás a visitar a una tía doctora y al ver mis amígdalas dijo: Están enormes, parecen dos limones!”. En ese momento me inyectó penicilina luego de hacerme la prueba cutánea de la misma. Recordé el dolor que causan ciertas inyecciones en las nalgas. Pasé el jueves resolviendo temas bancarios con la nalga izquierda adolorida y con las amígdalas hechas mierda todavía. Hice mi check in con desconfianza. En mi cabeza seguía rondando la pregunta ¿lograré viajar? ¿y si no mejoro? Ante estos momentos el apoyo familiar fue fundamental. Nunca pusieron en duda mi viaje, tenían fe de que yo iba a a mejorar, aun cuando comer o tragar saliva era toda una tortura.

El jueves por la tarde visitamos a mi tía en su consultorio y me puso la segunda inyección, luego de haber tenido un largo día de fiebres recurrentes y pocas horas de sueño. Ahora el dolor estaba pareja en las dos nalgas, así que sentarme o subir escalera era toda una proeza. Solo pensaba en New York, en el taller de escritura, en los textos que leeré, en lo que escribiré. Sólo ahí caí en la cuenta que por todo esa infección en la garganta no había podido disfrutar de la previa de mi viaje a New York. Las amígdalas se habían tomado el centro de atención y desplazaron a New York dentro de mis prioridades de pensamiento.

Mi mayor alegría fue despertar el sábado y sentir que mis amígdalas se habían desinflamado bastante. Todavía dolían pero estaba bien. Me bañé, me vestí, cerré la maleta y con todo fui con mis papás a visitar a mi tía a su casa para que me pusiera la tercera inyección.

Ya en la sala de espera del aeropuerto, recién pude descansar y sentir que lo había logrado, que a pesar de todo, estaba ahí, a las puertas de cumplir mi sueño. quizás uno de las más hermosos que tenga este año. Me volví a sentir feliz como no me sentía desde hacía varios días. Era como estar al final de la primera parte de una saga de películas. Pensaba en mi primera vez en Estados Unidos y de paso en New York, en ese monstruo de ciudad a la que solo he visto en el cine. No tengo familia ni amigos en esa ciudad y eso en lugar de desanimarme me alegra. Voy a conocer New York por mí mismo como hice con Buenos Aires en el 2011, cuando llegué una mañana de mayo y la última capital de Sudamérica me era completamente desconocida. Quiero trazar mi propia cartografía en New York, caminar mucho, tocar sus calles, respirar su gélido aliento de invierno, conocerla a solas, sin disputarla con nadie como buen Aries posesivo que soy.

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Luego de una escala calurosa en Panamá, llegué al John F. Kennedy Airport. Dos horas y media en la sala de migración para atender a 500 pasajeros frente a 5 oficiales…! Fue desesperante, pero la espera valió la pena al recorrer parte de la ciudad desde el aeropuerto hasta el hotel. El recorrido me pareció muy similar al de Ezeiza a Buenos Aires. En algún momento, confundido entre el inglés y el español sentí nostalgia por Buenos Aires y por Guayaquil. Tonterías mías, pues no es que me voy a quedar mucho en New York, pero de alguna forma, siento que este viaje me dará un gratísimo aprendizaje y sólo pensarlo me emociona. Quizás mi forma de mirar, de escribir, de encarar un proceso creativo sea un poco diferente a mi regreso a Guayaquil o Buenos Aires. Y eso estaría muy bien. En abril cumplo 31 y quiero seguir creciendo, reinventándome, de lo contrario no tendría sentido cumplir años.

Hoy caminé por Highline, Chelsea img_9654y West Village con un frío de -7. Hablar en inglés con la gente o escuchar conversaciones me hace pensar que estoy en una película y en ciertas partes siento la falta de los subtítulos. Es como si la recepcionista, el policía, la pareja de novios, la abuelita que cruza la calle fueran personajes y no personas que actúan para mí en inglés. Y yo me siento también un personaje que imita inflexiones de voz como haría Al Pacino, Bryan Cranston o John Hamm.

Mañana empieza el seminario de escritura por el que he venido a New York. Tengo muchas expectativas con los contenidos, con los profes y los compañeros que tendré. Me siento como el día previo al empezar la universidad o el día anterior al iniciar la maestría. Me gusta esa sensación de incertidumbre, de vacío que me invita a lanzarme y ver qué pasa. Qué lindo que además sea en New York, una ciudad con la que sentía una deuda pendiente al no haberle dado espacio entre mi lista de destinos.