Saudade de Domingo #86: Escribir mientras viajo

Como ya conté en el post anterior, la semana pasada salí de viaje y contrariamente a lo que había dicho acá, en esta ocasión escribí mucho.  No sé qué astros se alinearon o qué procesos se han operado en mí en los últimos tiempos, pero durante mi viaje relámpago a Miami, me sorprendí pensando en escenas que tenía que escribir rápidamente en el papel o en las notas del iPhone. Era un torrente de ideas que venían una detrás de la otra. En algunos momentos tuve que ponerme en modo pausa para seguir con el itinerario del viaje pero al menor descuido, venían nuevas escenas, personajes que se enojaban entre sí, secretos familiares que modificaban destinos, romances no confesados, sueños frustrados. Me resultó paradójico que en una ciudad como Miami (que no es de mis favoritas) la escritura fluyera tan bien.

IMG_3539Creo que la gente local, la arquitectura, el paisaje urbano, fueron ingredientes clave para toda esa inspiración repentina que me vino en Miami. En este viaje asumí la aventura quizás con otro entusiasmo. Fui con el afán de realmente no hacer más que caminar, comprar algunas cosas y olvidarme de las tareas cotidianas. Y ese propósito, de enfrentarme a un lugar desconocido y al mismo tiempo tan familiar gracias a los imaginarios que todos tenemos sobre Miami, fui construyendo mi propio trayecto. Y en ese descubrimiento, la escritura fue clave. Escribir el viaje, es volver a vivirlo, es obligarte a fijar ciertos lugares, ciertas sensaciones, de modo que el haber pasado por un lugar o una ciudad no se queda como un borrón en el corazón sino que adquiere una luz propia, una forma concreta a la que se puede recurrir después de evocarla.

Muchas veces resulta más práctico escribir luego del viaje, pero escribir en el durante tiene su magia. Se vuelve el recuerdo del recuerdo. Para mí es escribir con saudade mirándome en el futuro. Revisando en estos días las anotaciones durante el viaje, me sorprendo con cosas que ya había olvidado y que están ahí, escritas, con sus verbos, sus adjetivos hiperbólicos, con personajes en tránsito a alguna cosa. Entre ayer y hoy me he puesto en la tarea de volcar todo eso en un nuevo texto, en una obra que he comenzado a escribir. Como todo proceso de gestación el inicio está siendo caótico pero estoy amando ese torbellino de fragmentos. Sólo tengo el deadline que yo mismo me he impuesto y que espero cumplir. Siento desde ya un cariño especial por este nuevo proyecto que sin duda tendrá mucho de Miami, aunque quizás no se nombre a la ciudad ni se evoque nada de su estética. Pero seguirá teniendo de Miami, sus sonrisas, sus suspiros, su frescura. El viaje a Miami será la base que sostenga esta nueva historia.

El gym y la escritura

Pueden parecer cosas opuestas pero ir al gym me resulta un combustible para escribir. Pongo el cuerpo a trabajar, midiéndose con las pesas, las mancuernas y mi cabeza empieza a fantasear. Las ideas se presentan, personajes se dibujan o voy perfilando historias que me gustaría trabajar. Someter al cuerpo a una actividad mecánica me permite disociarlo de la cabeza por unos minutos.

Hoy volví al gym luego de dos semanas de “descanso”. Las vacaciones en Buenos Aires fueron también un momento de ocio para los músculos. Aunque me sentía un poco duro hoy, el cuerpo recordó los ejercicios y tuve la sensación de reencontrarme con ese dolor placentero que produce el músculo agotado. Algo similar como cuando se escribe por varias horas. Una sensación de pequeño hastío pero con la satisfacción de haber sacado un poquito lo que en el interior se llevaba como una masa indefinida. El gym es la oportunidad para reencontrarme, de mirar mi cuerpo, de sentirlo y en la medida de lo posible me encuentro con mis personajes.

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Ya en la última parte de la rutina, cuando hago cardio, viene por así decirlo el “delirio”. El movimiento mecánico de la caminadora enchufado al iPod me hace volar, imaginar a personajes hastiados de sus rutinas y que dejan el alma en las máquinas. Personajes que tras una decepción amorosa no encuentran nada mejor que herir sus músculos con más peso del adecuado, que astillan sus piernas con ejercicios excesivos, que rompen sus bíceps para no llorar ante una despedida no programada. El gym es un escenario democrático donde todos convergen y buscan sanarse al menos en el cuerpo. Del alma ya se encargarán otros lugares.

Y así entre músculos adoloridos, entre pesas que rebotan en el piso, rostros contraídos, aire enrarecido de sudor y canciones electrónicas que buscan motivar a los caídos, transcurren los personajes del gym. Esperan sin saberlo, que alguien los escriba para que la sesión de ese día al menos haya valido la pena.

Como dos extraños

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No quiero tus migajas, ni el cansancio de tus caminos fallidos. Ya lo viví, lo digerí, lo escupí y me propuse mil veces no volver a caer.

Quiero otros labios que me seduzcan, otra piel que me erice y una página en blanco para escribir alguna historia.

Duró tan poco nuestra página, como los escasos renglones de una A5. Fue un tiempo fugaz que quisimos estirar, tratando de encontrar un sabor a aquella esencia jugosa que se extinguió en los últimos abrazos.

Hoy no volviste a escribir. Se te olvidó, me dijiste. Tu ausencia sólo precipitó el final de la partida. Nos perdimos, no ganamos. Había que salir sin demora para no provocar algún final lacrimógeno. Te escribí unas cuantas líneas porque sabes que me expreso mejor enterrando la tinta en el papel.

No sé la impresión que te causaron mis palabras porque te bloqueé de todas las redes posibles. No quedó nada de ti, nada de nosotros. Te convertiste en un sueño extraño que pudo haber sido real. Me devoré tus migajas, tus frases dulzonas extraídas de películas melodramáticas y con un aire de recuerdo sentencié el final de esta historia no nacida.

Espero olvidar tu registro.

It’s a match: Diego y Daniela se gustan

 

La llamé Dani. Había pensado en Daniela a secas, Nela o simplemente Hola, pero buscaba hacerla sentir en confianza (y yo también claro). Así que salió Dani. Me respondió casi enseguida y ahí empezó el ritual de preguntas: Hola, cómo estás, qué haces?, a qué te dedicas, etc. Me resulta bastante aburrida esta parte pero entiendo que las chicas hacen este cuestionario para verificar que no hablan con un psicópata. Nada más alejado en mi caso. Apenas si logro relacionarme con mis compañeros de trabajo.

No suelo recibir muchos mensajes ni matches pero ese día tuve más de diez. (¿Ventaja de ser forastero en la ciudad?) Chateaba simultáneamente con una rubia de Sambo (había conocido esa zona hace unos días), una bailarina churrona, una periodista divorciada y con Dani. Con las demás no llegué a pasar de un hola.

Mientras guardaba mis cosas en la mochila para partir, empecé este encuentro virtual con Dani. No era tan linda como la rubia, ni tan esbelta como la bailarina pero había algo en la circunferencia de sus ojos, en la textura de su piel y en su media sonrisa que me hicieron pensar si no sería mejor aplazar un día el viaje a Bucay y así conocerla, respirarla de cerca y no quedarme solamente con su imagen congelada. Hablamos tantas cosas, mucho más de lo que hubiera esperado en un chat promedio en Tinder. Me emocionó el ritmo de sus frases, la precisión de las palabras que usaba y al mismo tiempo el tono de humor que empleaba para decirme que nos habíamos conocido a destiempo. Llegué a preguntarle (como si ella fuera la culpable): “¿por qué no te vi antes?”. La pantalla permaneció en blanco unos segundos hasta que emergió un emoticón medio triste, medio alegre. No sé qué expresión sería la más adecuada.

Pasaban los minutos y la rubia de Sambo no contestó más. Me había tardado en responderle de dónde era y cuando lo hice la pantalla se quedó en blanco eterno, la bailarina me había hecho unmatch y la periodista me dijo que iba a salir, que luego me escribía. Sólo quedaba Dani y mi inminente partida. Le prometí que trataría de volver a Guayaquil, aunque la verdad la plata ya me empezaba a faltar y aun tenía mucho que recorrer (para hacer que valieran la pena los 4000 kms de viaje en avión). Pensaba proponerle que viniera conmigo a Bucay pero sonaría muy extraño. Hice el checkout del hostel cuando me dijo que esperaba verme en unos días (si es que volvía). Antes de perder los últimos retazos de wifi prometí escribirle apenas enganchara señal. Me sonrió (con emoticon) y sentí como si tocara una de sus mejillas. Pude verla entrecerrando los ojos para percibir mejor mi caricia. Me miró con sus dos circunferencias, quise besarla y entonces se desvaneció su imagen cuando perdí la señal.

Aun con la música de sus palabras, caminé por el malecón con un sol de mierda y agarré un taxi para el terminal terrestre.

 

Si te interesa, la primera parte de este relato: https://escribirconsaudade.com/2017/06/21/its-a-match-daniela-y-diego-se-gustan/

Saudade de Domingo #37: Nuevo desafío

Los meses pasan y es fácil caer en la inercia. Intento huir un poco a las reglas, pero mirando hacia atrás me doy cuenta de lo importante que resulta fijarse metas, plazos, deadlines para cumplir algún objetivo. Eso de esperar el momento indicado, que llegue la inspiración, que se unan los astros y demás son sólo pretextos para ponerse a trabajar. Entiendo también que ya en los trabajos convencionales hay tantas reglas y pasos, que lo que uno quisiera es liberarse de ellos en los proyectos personales. Sin embargo, estos también exigen una disciplina, una metodología (más lúdica quizás, dependiendo) y sobre todo una constancia, un compromiso con uno mismo. Y creo que ese es el compromiso más jodido de cumplir. Es más fácil comprometerse por/con otros, pero el compromiso personal, ese que nadie está verificando si cumples o no, es el más difícil de mantener. Por ello la idea de fijarse metas, así sean pequeñas, cortas, insignificantes para otros. No hay nada más lindo cuando se cumple una meta y sentir que uno mismo se hace “check” en la lista de deseos.

Por mi propia experiencia siento que cuando no llevo un calendario de actividades, termino perdiéndome. No sé bien cómo aprovechar el tiempo y tengo la sensación de estar sujeto a los tiempos de otros. Por eso trato de llevar un calendario semanal para ver en macro cómo estará la semana y encontrar esos pequeños intersticios para realizar algo personal, que normalmente se decanta también en varias áreas de mi interés: leer, aprender o repasar un idioma, escribir un cuento, escribir un guión, ver alguna película o serie.

Aprovechando el inicio de mes, decidí desde la semana pasada, que estos últimos meses del año (qué rápido se está yendo el 2016) los dedicaré a escribir un proyecto concreto. Hace años atrás llevo una historia que me ronda la cabeza, que a veces me abandona y otras veces regresa con fuerza, ímpetu, obligándome casi a dejar lo que estuviera haciendo para empezar a escribir. Siempre termino por desplazarla y cae nuevamente en el olvido. Hace unos días vi una película alucinante, muy bien escrita, dirigida e interpretada que se realizaba en una sola locación. Mi historia perfectamente se puede contar también en una sola locación y desde ya empiezo a martillearme la cabeza con empezar a escribir.

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Así que desde hoy 2 de octubre hasta el 30 de diciembre, me propongo escribir el guión de esa historia. Tengo varios apuntes, un esbozo de la estructura narrativa, perfil de los personajes principales. Ayer sábado 1 me puse a ordenar un poco todos los apuntes dispersos en un solo documento y en esto como siempre me está ayudando un montón utilizar el Scrivener, software maravilloso que me permite visualizar todo en un documento master.

No sé si será un proceso ordenado ni agradable, veré cómo respondo o cómo me siento ante la incertidumbre pero ponerme nuevamente frente a la página blanco, con personajes que esperan mis directrices. No será un guión perfecto como no lo es ninguno en el primer borrador pero lo importante es sacarlo, dejar que me martillee la cabeza y que al menos descanse agotado sobre el papel. En lo posible iré documentando desde acá los avances que vaya teniendo sobre el guión, para que me sirve como una bitácora del proceso mismo.

Y que sea lo que tenga ser, como decía un personaje en un corto que escribí años atrás.

Saudade de Domingo #12: Historias con alma

Hace unos días conversaba con una amiga sobre diversos proyectos audiovisuales que habíamos visto en las últimas semanas. En algunos coincidíamos en cuanto a gusto y en otros disentíamos por diferentes motivos. Como siempre que charlamos, nos gusta interpelarnos el porqué nos gusta tal o cual proyecto. Es ahí donde empezamos un análisis que puede llevar horas para perdernos en los recovecos de la apreciación audiovisual, un juego que puede tornarse adictivo. Pero más allá de la preferencia personal de cada uno, hay algo que tienen todos esos proyectos que nos gustan: alma.

Los proyectos con alma están vivos, dialogan, confunden, agotan, encantan. No se trata de historias perfectas en la que todo marcha al compás de un reloj suizo. Son historias que tienen su propia gramática, una morfología específica donde se establecen leyes concretas con las que uno como espectador puede estar o no de acuerdo. Pienso en los documentales de Agnès Varda, la llamada abuela de la Nouvelle Vague, donde lo cotidiano tiene desde su mirada una belleza genuina a pesar de tener una voz narrativa con sobrada presencia en el relato y un manejo técnico que coquetea más con lo amateur. Y está bien que así sea, porque las historias que cuenta desde su cámara necesitan ese lenguaje. Son historias con alma que aun con el paso del tiempo siguen vigentes, crecen y sus escenas se reproducen en la memoria de quienes conectan con sus relatos. Y cuando están a punto de morir, se puede recurrir al play para saborearlas de nuevo.

García Márquez dijo en alguna entrevista que tenía una técnica de escritura que le permitía enganchar al lector desde la primera palabra. El célebre autor dio incluso una pista para desnudar su técnica oculta: leer fríamente cualquiera de sus relatos para encontrar que siempre había un adjetivo, un sustantivo o alguna palabra que estaba de más pero que era necesaria para no romper con la melodía que había establecido con el lector. Se trataba de un acto más cercano a la magia, a una carpintería literaria más que al purismo de la gramática. Y amamos a García Márquez por sus metáforas imposibles, por sus personajes endiabladamente caribeños que no son perfectos, de diálogos poco comunes pero que se circunscriben en la artillería garciamarquiana donde es verosímil que una abuela recorra todo el desierto de la Guajira prostituyendo a su nieta para luego morir supurando sangre verde. Las historias con alma surgen del corazón de un creador involucrado que pone todo de sí, que no le teme a la exposición o que si le teme, encuentra que esa es la única e inexorable salida para exorcizar lo que lleva dentro. Ante cualquier duda, consultar con Kafka.

Las historias con alma no son un cupcake de cobertura perfecta. Pueden ser políticamente incorrectas, polémicas, desafiantes pero no como un deseo a priori sino que en su proceso van tomando sus propios matices. Por el contrario una historia sin alma sería aquella que busca agradar a todo el mundo, con ideas prefabricadas, construidas sobre personajes perfectos, artificiales con escenarios cargados de un manierismo que muchas veces termina por ahogar la verdadera voz de su autor.

Las historias con alma también pueden ser técnicamente perfectas, pero en ellas la estructura melódica hace parte del juego narrativo por el que apuesta su autor. Sofía Coppola, Wes Anderson, Ingmar Bergman o Roman Polansky, son algunos de los muchos autores que están vivos en sus historias. La elección de un plano medio por encima de un plano detalle o una cámara en mano, no es por si es más impactante para una audiencia sino por lo que necesitan esos personajes, por lo que ese autor quiere expresar.

Las historias con alma se la juegan, se equivocan, muchas veces surgen y crecen con el “error” a cuestas. Error quizás para el contexto temporal y/o local donde nace la obra. La Grosse Fuge de Beethoven rompió con todas los preceptos estéticos, técnicos de su época y ante la incomprensión de su generación el mismo compositor habría dicho -como solía decir- que creaba no para su presente sino para el futuro. Las historias con alma perduran porque conectan con un otro aun cuando el tiempo sea lejano, de ahí la valía de las obras de Chaplin, Glauber Rocha o Truffaut. Las historias con alma nacen cuando quieren y reviven en quien las observa, con sus virtudes y defectos. Mientras tanto, mi amiga y yo seguimos a la caza de esas historias, como si de una cita a ciegas se tratara. Aun cuando la cita no fuera lo que esperáramos, vale la pena seguir con la ansiedad antes del encuentro con esa obra. Quizás la próxima que conozcamos tenga esa alma que nos inquiete la sangre.