El fin del instante

despedida

Me da una sensación de vértigo cuando conozco personas que sé que luego no volveré a ver. Hay escenarios que propician encuentros fugaces, charlas intensas, confesiones no pedidas. Y luego está esa salobre certeza de final. Que toda esa intensidad en la brevedad del encuentro se desintegrará en cuestión de segundos. Como el aire que se cuela por la rendija de una ventana en invierno.

Preferiría entonces pensar que volveremos a encontrarnos en algún otro momento, que habrá más oportunidades para conocernos. Si luego no sucede al menos tuve la ilusión de que nos encontraríamos en otro espacio o tiempo. Pero lo que me corta el aliento, lo que me hiela un poco la sangre y me pone en modo de final de película italiana, es el hecho de saber, de antemano, que hay un fin para ese breve vínculo.

Y lo peor…

No hacer nada para cambiar el final de la escena.

Como dos extraños

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No quiero tus migajas, ni el cansancio de tus caminos fallidos. Ya lo viví, lo digerí, lo escupí y me propuse mil veces no volver a caer.

Quiero otros labios que me seduzcan, otra piel que me erice y una página en blanco para escribir alguna historia.

Duró tan poco nuestra página, como los escasos renglones de una A5. Fue un tiempo fugaz que quisimos estirar, tratando de encontrar un sabor a aquella esencia jugosa que se extinguió en los últimos abrazos.

Hoy no volviste a escribir. Se te olvidó, me dijiste. Tu ausencia sólo precipitó el final de la partida. Nos perdimos, no ganamos. Había que salir sin demora para no provocar algún final lacrimógeno. Te escribí unas cuantas líneas porque sabes que me expreso mejor enterrando la tinta en el papel.

No sé la impresión que te causaron mis palabras porque te bloqueé de todas las redes posibles. No quedó nada de ti, nada de nosotros. Te convertiste en un sueño extraño que pudo haber sido real. Me devoré tus migajas, tus frases dulzonas extraídas de películas melodramáticas y con un aire de recuerdo sentencié el final de esta historia no nacida.

Espero olvidar tu registro.

Saudade de Domingo #25: Las sorpresas del aula

El profesor aprende siempre, pero hay materias que logran que ese aprendizaje sea quizás más intenso o quizás no sea alguna asignatura en particular sino el contexto en el que se da esa clase. El jueves pasado terminé la clase de Storytelling, materia que tuvo una génesis abrupta, delirante. Una materia que me llegó como un desafío repentino y que me sacó del confort de dar una materia preparada en su totalidad desde el inicio del ciclo. Storytelling se construyó sobre la marcha, del mismo modo que los guionistas latinoamericanos escriben los capítulos de las telenovelas. Haciendo ajustes en el camino, probando qué funcionaba, qué no, dejando afuera ejercicios que debieron quedarse en el disco duro de la compu dada la intensidad de la materia. Preparar 7 horas de clase por semana era un desafío pero me lancé para probarme hasta dónde podía llegar. Paralelamente a estas clases, empecé a entrenarme actoralmente y como todo es sistémico, muchos de los descubrimientos que fui haciendo en mí, de alguna manera se volcaron también en las clases.

Amo las materias que enseño, pero Storytelling era como el hijo pequeño, rechonchito, cariñoso que había que mimar. Hice en esta materia los ejercicios de creatividad que hubiera querido hacer cuando era estudiante de pregrado. Storytelling es el fruto de todas las clases que di anteriormente. Los años de enseñanza (que tampoco es que son tantísimos) enseñan, valgan la redundancia, a ser menos caótico, un poco más paciente y dúctil.

En Storytelling más allá cumplir un syllabus, un programa, lo que realmente me planteé fue que los chicos se quitaran esas ideas absurdas de la cabeza de que no pueden escribir, de que están negados para crear. Escucharlos decir “no puedo” era verme a mí mismo sentado como estudiante sufriendo porque “no podía”, atrapado por mis miedos de no ser bueno, de no hacer las cosas bien. Decirles que podían, que nadie los puede limitar en crear, era recordarme a mí que puedo escribir, que puedo soñar con el libro que aun no termino, con la peli que estoy escribiendo.

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Las 25 cartas sobre el escritorio, antes de la entrega.

La semana pasada que era casi la última de clases, mientras presentaban unos trabajos empoderados con sus historias, pensé: les quiero escribir. No dije nada, quería que fuera una sorpresa, además porque tampoco estaba seguro de terminar de escribir una carta personalizada. Así que desde el fin de semana empecé a leer de un tirón todos los post de los blogs que habían creado para la materia  y luego me di a la tarea de escribir una carta para cada uno, destacando sus fortalezas, lo que debían mejorar y consejos para seguir en la aventura del escribir. Fueron demasiadas horas. ¡25 alumnos! Iba con la lista de excel sombreando a los que ya les había escrito. En algún momento pensé “ya está, no lo logré, igual no saben lo que tenía planeado”. Pero una voz interna, fiscalizadora me ponía frente a la pantalla a seguir leyendo y escribiendo. Si apreciarían o no la carta, no era asunto mío.  Creo que a veces esperamos siempre algo del otro y me parece que hay que empezar por uno mismo. Entregarle una carta a cada uno, era además entregarme una carta. Entregarle una carta al Santiago niño, al Santiago adolescente con acné, al Santiago universitario de pelo largo y barba tupida, al Santiago del magíster viviendo en el sur del planeta. No creo que vuelva a escribir cartas pero seguramente buscaré algún otro recurso que vaya acorde al espíritu de la materia y de los estudiantes. De cualquier manera como docente, me gustó el ejercicio de volver a algo retro como la comunicación epistolar. Cada tanto viene bien recuperar ciertas costumbres perdidas y enseñar me dio la oportunidad.

Sabor de Despedida

No. Hoy no soy observador omnisciente. Soy yo mismo y no sé nada de mí. Apenas conozco unos cuantos pincelazos de una personalidad siempre tan volátil, que en el fondo se niega a encajar en alguna estructura, a pesar de haber sido forjado en una sociedad cerrada y poco liberal.
Sólo sé que estoy en el umbral. De qué exactamente, no lo sé. Soy yo quien parte ahora. No contemplo, no permanezco. Despego, migro, me desplazo, abandono, corto, cierro, callo. Veremos qué se siente el dejar, el partir. Ya saboreo la despedida y hay una extraña acidez que me lacera los ojos, que quema el paladar. Es una muerte lenta, en el sentido más simbólico y abstracto del concepto. No seré igual. Multiplicaré mis yoes y cada uno tendrá algo de aquel en el que me convertiré. ¿Un monstruo? Quizás.
En el umbral las cosas se ven más claras o por lo menos se toma mayor conciencia de la ignorancia en la que se vive inmerso en el día a día. He conocido la visura, he hecho un scan de mí mismo. Aun hay mucho que hacer antes de partir. No hay tiempo todavía para saudade. Ya llegará, quizás, a pocas horas del trayecto o ya en tierra nueva cuando me encuentre rodeado de personas con acento que no conozco, con música que no he amado.

Sueño en São Paulo

Dos personas se acercan. Ninguna de las dos soy yo, pero sé lo que cada una siente y espera de la otra. Se miran, juntan sus narices. Están contra el sol, de modo que no logro vislumbrar sus rostros. Se abrazan aun cuando el calor que derretía el asfalto no haría apropiado una manifestación como aquella. Abrazos. Cómo extraño eso. Ya tuve muchos abrazos intensos, con sollozos y lágrimas incluidas. También tuve aquellos más artificiales, productos de una convención, de una aparente simpatía. Debo decir que no fui siempre yo quien abrazó en esos casos. Me resultaba una situación pero afortunadamente es una molestia de pocos segundos que luego desaparece. Vuelvo a mi cuadro. Los dos seres se abrazan en medio del calor. Sudan, es obvio, pero ese fluido funciona como una feromona que los une, lo ata aun más y que ponen en armonía los latidos de sus corazones. La sangre se sincronizan. Sus cuerpos se pertenecen. Sus narices con ansiedad el cuello de la otra persona, como si temieran que luego del abrazo no pudieran reconocerse más. Tienen los ojos cerrados. Lo percibo. Han utilizado tanto la vista que ahora quieren dar paso a los otros cuatro sentidos que tan descuidados han tenido durante años. Sus mentes recuerdan el primer encuentro, su primera relación sexual, su primera salida al cine, su primer baile. Todas aquellas primeras veces, no siempre exitosas, pero que marcaban un sendero, un camino por recorrer, como las primeras páginas de una novela que a veces resultan extrañan pero que cuando se retoman luego de haber leído toda, se sienten familiares y angustiosamente personales. Él agarra sus cabellos rojizos e introduce su nariz en esa maraña salvaje. Ella recorre su cuello. Se separan lentamente. Abren sus ojos. Se sujetan las manos. Están en el parque Ibirapuera. El sol los alumbra cenitalmente, dejando al resto del parque en oscuridad. Él intenta decir algo. Ella hace un gesto leve para evitar que hable. Hace mutis. Él se sienta, invadido por una saudade asfixiante, un álbum fotográfico pasa por su cabeza. Mira sus manos ásperas, su apariencia desaliñada. La llegada hasta ahí no fue fácil. Se pregunta cómo hizo para estar en São Paulo, rodeado de personas con una lengua que apenas si conoce. De pronto, las personas se le antojaron personajes de una pieza brechtiana. Agotado, sólo atinó a escribir, soñando con São Paulo… En São Paulo.

La trampa del recuerdo

Siempre decimos a alguien que se va, que lo/la extrañaremos, que nos veremos pronto, pero en realidad son palabras que pierden su peso una vez enunciadas. Uno se comienza a acostumbrar a la ausencia a tal punto que se vuelve más fuerte que la misma presencia. Uno la va a alimentando, se solaza con la distancia, se embriaga con la nostalgia y al final no sabemos si realmente queremos a esa persona o queremos a la proyección que hemos creado de ella misma. Es convertirnos un poco en el Dr. Frankenstein, suavizando los errores e intentando proyectar lo mejor de aquella creación. Lo interesante y conflictivo es cuando la creación se enfrenta al objeto real y te das cuenta de cómo te percibes en el mundo.

Acerca de las Despedidas

… Como odio las despedidas, decido ser siempre yo quien se va. Las despedidas siempre duelen más para quien queda. Cuando el sentimiento me embarga, cuando el amor me ata, cuando la rutina me atenaza, una extraña melancolía amarga mis letras y es entonces que decido dejarlo todo, salir, mirar afuera, aunque esa observación me conlleve a más amargura. A esa altura la decisión está casi tomada. Debo salir a buscar. No soy un aventurero, ni me aburro de las cosas. Simplemente tengo miedo de afincarme, de crear raíces, de amar una estabilidad. Le temo a los compromisos, a los contratos, a las ataduras y antes de que ellos terminen por acabarme o quebrándome, decido romper mis nexos, dejar puntos suspensivos. No digo que no sufro, pero prefiero salvaguardarme… Parezco frío y a veces hasta cruel, pero es al contrario. Por sentir demasiado, por dejarme afectar es que prefiero cubrirme y despedirme es una forma de huir…

Hay algo en las despedidas que me atrae. No es que sea masoquista, pero las personas adquieren una cierta postura, una expresión de lontananza. Las palabras suenan a miel, el tacto es mucho más sutil y las miradas son mucho más profundas. Son las últimas escenas de la historia. Las personas se convierten en personajes y la situación deviene teatral, cinematográfica. Aun no he tenido muchas despedidas en mi vida, pero las que tuve siempre me situaron en una especie de escenario, donde siempre he sido el que hace mutis. Cargo conmigo una inmensa nostalgia, pero nunca se compara a aquella para los que se quedan. Por eso parto. Prefiero sorprender antes que ser sorprendido…