Saudade de Domingo #103: El abismo como proyecto

De muchas maneras, cada proyecto es un salto al vacío, una caída libre sin saber el impacto. La creación es caos, es accidental y también, causal. Me divierte mucho ver programas donde los creadores comentan cómo fueron desarrollando sus guiones, sus películas, sus obras de teatro, sus libros y ver que todos esos procesos surgieron de una serie de «coincidencias». Es lo que Elizabeth Gilbert llamaría «Big Magic». David Lynch diría que en cada uno de esos trabajos, el/la artista atrapó a un pez dorado dentro del océano. Sea de la manera que se llame, embarcarse en un proyecto requiere de la valentía para afrontar la incertidumbre, el vacío y sobre todo confianza de que «algo» sucederá (aunque no sea lo que hubiéramos esperado).

Como ya comenté por acá, en estas últimas semanas he estado con algunos quebrantos de salud. He buscado internalizar en ellos más allá de lo que lo un diagnóstico médico pueda hacer, he vuelto a algunas prácticas de yoga, lecturas sobre espiritualidad. He estado analizando mi cuerpo desde lo fisiológico y también desde lo inmaterial. He aprendido nuevas cosas sobre mí y en largas horas de reflexión he pensado en diferentes maneras de plasmar todo ese aprendizaje. No de la forma didáctica como imparto mis clases, sino desde algo más acorde a mi proceso interno, algo más visceral de las entrañas, pero al mismo tiempo más elevado, desde la sutileza del espíritu. Creo que el arte logra unir esos dos mundos y justifica la experiencia humana que atravesamos. 

Entre esas reflexiones dos libros que leí en estos días jugaron un papel clave. El guion/novela de la película Persona de Ingmar Bergman y el poemario/ensayo/biografía Satie, escrito por María Negroni. Estos dos textos, cada uno desde su propuesta, me hizo volver a las palabras, a «traducir» las reflexiones de todas estas semanas, aunque sea para capturar los vaivenes de este lapso de vida. 

Así, he decidido empezar a escribir un poemario bastante libre (que no sé si será poesía tal cual) que registre algunas de las cosas de este aprendizaje acelerado durante estas semanas. Ya comencé a leer algunos textos que necesito/siento para este propósito y en el medio he comenzado a bocetear algunas frases, incluyendo el título. 

De modo que me lanzo al abismo con un nuevo trabajo, iluminado, guiado por una pulsión que me propone un tiempo de suspensión y desvarío. Es un complemento de sanación que quiero vivir para luego compartirlo y que el lector/a haga con ese texto lo que sea.

Creo que es la manera más generosa de poder dialogar y crecer. 

No quiero darle play al final

Siempre amé los finales, aunque más amo la sensación de vértigo que me produce la cercanía del fin. El desenlace como tal es vacío, hueco, insípido. Es un momento sin piso en el que a veces hay música y con suerte, la cámara sube.

Soy egoísta con los finales. Me los guardo para mí, no los comparto, me agrada saber que yo conozco el final y decido si quiero o no transitarlo. Algunos los repito en reversa no quedarme con esa de sensación de abismo. Hago mi propia edición del final, mezclando escenas de diferentes momentos. En unos de esos finales, la pareja queda junta, nadie muere o por el contrario, algunos personajes desaparecen sin explicación. Juego a editar desde mi cabeza historias que conozco bien, terminan muchas veces mal.

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Hoy amanecí con una sensación de final (¿de algún ciclo de vida?), con sabor a chocolate caliente en los labios durante el último sorbo antes de terminarlo. Amanecí con la emoción de querer darle play a la escena final, preparando el cuerpo, el espíritu, para el momento decisivo que cierra algo (no sé bien qué sería). Cierro las cortinas para que ninguna luz externa atenúe la sombra de los personajes y ahí, justo ahí, en el minuto previo al final, decido suspender la cuenta regresiva. Me distraigo en las redes, recuerdo tareas pendientes y decido no seguir dando play hacia el final. «En otro momento, cuando esté más preparado». «Mañana mejor, que así tendré tiempo para quedarme pensando unos minutos en el final sin tener ninguno compromiso después». «Me siento un poco down ahora, mejor más tarde, mañana o cuando esté muy feliz».

Me engaño así con frases diletantes para evitar el momento final, como cuando sales con alguien y te das cuenta que no va a funcionar, que no tiene sentido seguir remando la charla y sin embargo sigues ahí, esperando que alguna chispa mágica se encienda y postergue el final. Como cuando intentas reanimar a la gente en una fiesta que ya sabes que dio lo que tenía que dar y la música turra de esa hora imposible se convierte en el mejor soporífero. Como cuando divagas en la mitad de un examen y ya sabes que no habrá ningún milagro que te haga recordar los textos que apenas si lograste leer. Mi momento postergado es siempre el final, evadiendo esos últimos fotogramas que marcan el punto cero de la trama. ¿Empezar de nuevo? ¿Otra historia? ¿La misma?

Para tales efectos, prefiero tener varias tramas simultáneas de modo que cuando sea el inexorable final de alguna, no tenga que empezar de cero con una nueva.

Saudade de domingo #58: Mi mami

No soy el hijo modelo, como tampoco el hombre ideal ni el perfecto profesional. Pero si algo he aprendido gracias a mi mamá, es a no bajar los brazos y arriesgarme, teniendo la seguridad de que todo saldrá bien (ella es muy optimista). Muchos son mis momentos de duda pero ahí está mi mami dándome fuerza, recordándome la importancia del verbo, del peso que tienen las palabras y de estar siempre en movimiento. «El que no arriesga no gana», una de sus frases típicas cuando flaqueo. El año pasado mientras trabajaba en mi monólogo Pa et Blunk, muchos fueron los momentos en los que pensé dejar el proyecto y ahí aparecía mi mamá diciéndome: «…qué aburrida sería la vida si siempre hiciéramos lo que sabemos hacer bien, ¿no? Cuando no sabes algo y lo aprendes, ahí la vida es interesante». No son las palabras exactas de mi mamá, pero sí que estoy bastante cerca a como lo dijo algunas veces. Luego recordé que a pesar de lo menudita y frágil que se pueda ver, mi mamá es el gran soporte emocional de mi familia, el equilibrio, la mujer que en sus veinte dejó su país para vivir su propia historia de amor. Quizás ella misma no se vea como una guerrera, pero lo es. Muchos paralizados de miedo ante la incertidumbre, habrían dejado el amor pasar, se habrían afincado en la seguridad que da la propia tierra y nunca habrían aprendido algo nuevo. Ahí, según la filosofía de mi mamá, la vida sería aburrida.

De mi mamá creo tener muchas cosas (al igual de mi papá), pero no estoy muy seguro de 15589887_10153888398356486_5805331276277806586_ncuántas y cuáles serían a ciencia cierta. Seguro que la búsqueda espiritual viene por ella y por mi abuela (su madre). Y no hablo de esa búsqueda espiritual necesariamente cristiana ni de iglesias. Es la de buscar más allá, de encontrar una metafísica en lo que nos rodea. Le agradezco por nunca haberme inculcado la idea de un Dios castigador, le agradezco por no haberme obligado a ir misa si no lo sentía, le agradezco por respetar que en mi adolescencia y en mis primeros veinte me hubiera autodenominado ateo, le agradezco por enseñarme a no juzgar a nadie que profesara un credo diferente. Mi mamá, quien nunca fue profesora, ha sido mi mejor maestra de las cosas sutiles, de los valores que no se pueden intercambiar.

Como decía no soy el hijo modelo y en eso ella no tiene la culpa. Cada quien es como es, pero en lo que sí tiene culpa (si cabe) es en la honestidad y en la pasión que le pongo a las cosas. Si no me doy entero prefiero no estar, si no me gusta algo prefiero decirlo y borrarme, si no estoy de acuerdo con algo, respeto a los involucrados pero me retiro. Esa transparencia la tengo de ella y también su carácter obstinado. Cuando nos metemos algo en la cabeza, trabajamos en todo para conseguirlo. Y para los momentos de flaqueza, aparece ella como couch, recordando todo lo que hemos leído y las experiencias previas en las que hemos salido exitosos.

Feliz día mami, de tu hijo no modelo.

Saudade de Domingo #57: Sobre los objetos y los afectos

La sincronía y la atracción existen. No quiero teorizar a lo académico sobre esto sino pensar en la energía propia y ajena que suscitan aparentes «casualidades». En los últimos días he estado pensando mucho acerca de objetos que antes usaba y que ahora han sido reemplazados por la cuestión digital. Para estas divagaciones mentales hubo dos acontecimientos que, ahora que escribo, pienso que fueron detonantes: El primero, un trabajo universitario que con una colega redactamos para estudiantes de Audiovisual del último año, con el objetivo de rescatar la memoria perdida -olvidada- de Guayaquil a través de documentales cortos. El segundo, ver a mi papá desempolvando su vieja cámara HI8 para recordar a nuestra perrita que falleció hace algunos años. El recuerdo como recurso siempre me ha interesado en la creación y dar por sincronía o atracción con una obra de teatro que habla sobre esa temática, me ha removido aun más. Y removido sin saber bien qué hacer con esta nueva ansiedad.

Y en este remolino interno de pretéritos inacabados, de objetos que resisten al tiempo, me encuentro con la obra de teatro La máquina de la soledad. Sin saber muy bien de qué se trataba, una amiga la recomendaba a ciegas en Facebook y por la confianza que le tengo, decidí probar suerte con esta obra. La máquina de la soledad es una pieza que hace un homenaje a la carta como objeto y como símbolo. Shaday Larios (México) y Jomi Oligor (España) montan una obra de lo mínimo, encontrando en el detalle de la miniatura, la magia, la partícula de la memoria. La obra se inserta en el espectador de una forma tal que no se sabe bien cuándo empieza ni cuándo termina. Es como la memoria, en la que aparecen fragmentos, retazos con los que componemos una médula del recuerdo. La espina dorsal de la obra son las cartas y ellas arman una historia de amor de una pareja en el San Luis Potosí del 1900. Jomi cuenta el relato con la intimidad que el mismo espacio produce y con la voz en susurro como si nos contara un secreto, respetando la privacidad que se esconde en una correspondencia ajena. La misma que ahora es dramaturgia.

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Y con las cartas de la obra, pensé en las cartas que Milton y Betsy (mis papás) se escribieron entre 1975 y 1981, sosteniendo seis años de amor por correspondencia. Cartas que luchan contra los aguijones del tiempo, papel que resiste a la aridez del espacio. Le doy vueltas a hacer algo con esas cartas, así como con las fotos y los vídeos familiares que reposan en el olvido perenne de los álbumes  y de cajas de casetes. Es mi historia, la de mi familia, aun cuando en una primera lectura pudiera pensar que es sólo la historia directa de mis papás, de mis abuelos o de mis tíos.

Escribiendo en este teclado de MacBook Air me veo a mí mismo, hundiendo con fuerzas las teclas de la máquina Olimpia en la que escribí algunos cuentos. Esa máquina, de las primeras que hubo en casa, fue la que me enseñó a teclear con velocidad, fue mi escuela para competir con la velocidad de mis pensamientos y la que ejercitó mis dedos para enfrentarme al cansancio de la mano ansiosa. Así como en la obra, donde la actriz Shaday Larios se preguntaba cuántas palabras habría escrito la máquina de un escribano, me pregunto por la vieja Olimpia que escribió por mi papá y por mí hace ya tiempo. Sin duda algo debo hacer para aligerar y reubicar a todos estos objetos, obesos de memoria y afectos.

Radiografía

I

Expulsado a propio gusto. El cuerpo llegó primero que el corazón y una rara calma me difumina en la ciudad. La última gran capital del continente, temperamental en los inviernos, ácida en los veranos.

Escucho, me callo, el acento delata. Soy el extraño, el extranjero, el exótico. Pero no cumplo con el retrato tropical. Decepciono.

II

Fluyo con la linfa de la ciudad. He encontrado una nueva casa. Me invado de las calles del Bajo. Me apropio de Alem, Reconquista, 25 de mayo. Me difumino en los alcoholes de amores pasajeros hasta encontrar la raíz en un tango sin nombre. Aun los huesos se rompen con la acidez de la gente. No me dejo dormir. Me acomodo.

III

De vuelta a la ciudad de origen. Nuevamente el cuerpo ha llegado primero. Un acento enmarañado de vos y de tú recuerda la contravía en las entrañas. Me reconozco en la morfología del vacío. Me muevo parchado, con la cabeza metida en un bandoneón ilusionado. Me expulso, me voy, viajo, eyaculo.   

Finalmente, transmutado.

Escenas sueltas (2 de 7)

Recorro el teatrín intervenido por dos amigas: una italiana y una mexicana. Cada una prepara una obra, muy distinta la una de la otra. Ayudo como puedo, coso un vestido, taladro una pared, hago un listado de la utilería para luego devolverla (sí, todo se hace por amor al arte, así que el préstamo es la mejor opción). Mientras, actores y actrices entran y salen, se prueban vestuarios, repasan sus textos a la italiana. Una muy menudita y con un pelo que desafiaba a Medusa, lloraba al haber olvidado en cuestión de segundos, dos páginas de sus parlamentos. La mexicana, dura, le dio dos cachetadas para que reaccionara y no atrasara más el ensayo. Al final, lo recordó todo.

La italiana en otra sala terminaba de pintar una silla. Montaría un infantil y esa silla sería el trono de un rey que sería interpretado por un actor que tenía un aire a un David Bowie tropical. era medio divo, seleccionaba a quién saludar y aunque se jactaba deseo profesional, faltando pocas horas para el estreno, todavía no se sabía todo el texto. La italiana lo insultó en genovés, milanés, italiano y al final en español. El resto de los actores no actuaban tan bien pero al menos se sabían sus textos.

Las dos funciones fueron bien de público. Los aplaudieron, se tomaron fotos. La mexicana huyó para no ser presa de autógrafos o fotos. Su compañera italiana posó feliz, lo entendía como parte de su labor de artista y hasta dio unas palabras a unos revistas de teatro independiente. «Seguiremos con nuestro compromiso de hacer teatro así sea con nuestra propia sangre», sentenció, sin saber que su frase textual empapelaría a una revista de ideología socialista.

Va fa un culo, me dijo la italiana días después cuando le insinué en broma que ahora la tomarían como una agitadora.

Escenas sueltas (1 de 7)

Escena 1

Comencé a hacer ejercicios de forma obsesiva hace más o menos dos meses. No es que haya surgido en mí un interés repentino en hacerme pepudo. Todo es por causa de un personaje. Haré mi debut cinematográfico como actor y necesito tener marcado un six pack en el abdomen. Me viene bien la analogía ya que soy cervecero hasta la linfa y ante la abstinencia de la bebida, hago unas veinte flexiones, treinta lagartijas o cuarenta abdominales. Ya con el sudor y el cansancio, las ganas de una Pilsener helada se diluyen hasta caer dormido, con el cuerpo inflamado y adolorido.

Días atrás empecé a observar dos protuberancias encima de los hombros. Una de cada lado. Imaginé que ya estaban surtiendo efecto las rutinas de espalda y hombros, por lo que entusiasmado, las incrementé sin piedad. Una de mañana, otra de tarde y otra de noche, antes de dormir. Pero pronto las protuberancias fueron creciendo y no de manera proporcional con el resto de la espalda. Un día al levantarme, molesto al no encontrar una posición cómoda para seguir durmiendo, me levanté para cepillarme los dientes y al frente del espejo me encontré con una escena digna de Horacio Quiroga o de Kafka (prefiero al primero, por el referente latinoamericano). Tenía un Alfil en el hombro izquierdo y una Torre en el hombro derecho. Me llamó la atención la perfección, el detalle con el que los músculos habían logrado esculpir dos piezas de ajedrez. Llegué a tocarlas y su textura era igual a la de una pierna o un brazo. Ni siquiera dolían. Sentí hasta un cierto placer tocando estas nuevas extensiones de mi cuerpo que casi llegaban a rozar mis orejas. Pasados unos minutos vino la realidad: Era imposible vivir así, ¿Qué camisetas o camisas me podría poner? ¿Tendría que exhibir mis piezas de ajedrez u ocultarlas? ¿Debía confeccionar camisas adecuando las formas de estas protuberancias? ¿Cómo dormiría las siguientes noches? ¿Debía tener algún cuidado, lavado especial? ¿Si dejaba de hacer ejercicios, disminuirían de tamaño o se volverían flácidas? Ante las dudas, entré a la habitación de mis papás, quienes no podían salir de su asombro. Mi padre, que es médico cirujano al borde de la jubilación, examinó las piezas de ajedrez y aunque señaló que se trataba de un caso rarísimo, dijo que se podrían extirpar sin problema. No me dio tiempo a pensar cuando me colocó una mascarilla en la cara y caí desvanecido.

Al despertar en cama de mis padres, las protuberancias habían desaparecido. Fue una operación exitosa, ya mandé las piezas al laboratorio para hacer una biopsia, no creo que sea nada, dijo él mientras pasaba las páginas del diario, como si no tuviera ninguna importancia lo que había sucedido. Yo seguía pasmado y sobre todo cuando vi que eran las cuatro de la tarde. Me quedaba apenas media hora para poder llegar a un teatrín del centro de la ciudad y ayudar a dos amigas con el montaje de dos obras que se estrenarían esa noche.

Ya en el colectivo, aun mareado por la anestesia, me quedé dormido la mayor parte del trayecto.

Flashback al vacío

Anoche soñé que estaba en una piscina de cualquier parte, divirtiéndome con amigos que no conozco y jamás conocí. Yo debía tener 16, 17 años. Éramos todos locos, inconscientes, contábamos chistes tarados. Me veo  y me asombro por la oportunidad: Ser nuevamente adolescente y ser errático, cojudo, hormonal. Liberado de mis ficciones, de los libros, del colegio, estaba ahí sudando entre amigos en un sol de tres de la tarde. No me sentía incómodo con mi cuerpo ni con mi altura, simplemente “era”. En el sueño se sentía bien ser inmaduro, de pensamiento limitado y más conectado con mi cuerpo y los de mis amigos. Éramos una masa bronceada disonante que entraba y salía de la piscina. La música era estridente, una cuchilla constante que picaba el oído, mientras hablábamos a los gritos. Las chicas, sus tetas, sus vaginas húmedas, la paja, el tamaño de la verga, los pelos en la cara y temas varios, eran los tópicos de rigor acompañados de chelas. Mi mejor amigo, entiendo yo, era el bacán del grupo, el que se había tirado/cogido a más de diez peladas, se pajeaba dos veces al día como mínimo y era el peor alumno de la clase, aunque el más “pinta” y el mejor pana. Y en el sueño no lo odiaba ni me molestaba su escasez de neuronas. Era mi amigo, el hermano que no tuve, el que estaba ahí para todos, hablando huevadas pero que en un milesegundo, por la conjunción de algún astro, decía alguna perla que había que agarrar al vuelo. Y esa tarde dijo alguna seguro, pero la brevedad de la escena, el pantallazo de pocos segundos se fundió tal cual como emergió. El sueño terminó de repente.

Y me desperté con un ojo ciego.

Saudade de Domingo #49: Caminando

Es importante cada tanto, ser turista de la propia ciudad. Tratar de mirar con distancia o con ojos de novedad aquellos sitios que resultan familiares. Siempre esa observación traerá  una nueva aproximación, pues en realidad es el ojo el que le da sentido a lo que miramos.

Ayer por la tarde me encontré con una amiga y luego de la despedida, podría haber optado por regresar a mi casa en taxi. Pero no tenía ganas ni de regresar tan pronto ni de subirme a un auto. Tenía ganas de caminar, de tener un tiempo en soledad para mí. Si bien camino bastante diariamente, quería darme esta posibilidad de caminar en otro sentido, tratando de encontrar(me) en la ciudad.

Me olvidé los audífonos en casa así que el único soundtrack que tenía era el sonido del estero, el motor de los autos, alguna estación radial que se escuchaba en último plano, algún fragmento de una conversación por celular. Y ahí estaba caminando, con sol, pensando en mis planes de este año, en lo ya vivido en estas primeras semanas del 2017. Pensar y caminar se dan muy bien de la mano. Mis ideas más interesantes se han dado en esos momentos. Es por ello que no evito caminar, al contrario, lo busco.

Caminando, organizo mi agenda, tomo decisiones pospuestas, transpiro, recuerdo canciones, olvido malos momentos. Y eventualmente tomo fotos de alguna esquina, de algún lugar que me saque de mí. Ayer mientras caminaba, crucé el puente que va del Policentro a Urdesa. Me gustó tanto el verdor y el color de la luz, que no pude dejar pasar la oportunidad de enmarcar el momento.

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Estado: Landed

Landed sólo en el cuerpo. Mi cabeza, mi corazón aun deambulan en alguna esquina del Midtown, gozando las temperaturas cercanas a cero. Probablemente me esté tomando el subte y esté viajando al downtown o a Soho. O quizás esté cruzando el Brooklyn Bridge cerca de la medianoche. Puede que no esté haciendo nada de eso sino viendo a Jimmy Fallon tertuliar con alguna estrella mediática.

En cualquier caso mi cuerpo ha tenido que trabajar hoy, reencontrarse con los amigos, con los compañeros y he tenido esa sensación img_9190de flotar, de no estar, de ser apenas una cámara que observa cual testigo. He tenido también que preparar una charla sobre mi experiencia en New York para mañana en la facultad y con la misma incertidumbre de las escalas en los aeropuertos, de las clases invernales de María y Guillermo, de las caminatas interminables por la Quinta Avenida, no sé bien qué contar. He dejado que el cuerpo escriba, seleccione todo aquello que me hizo latir, que me resquebrajó las neuronas, que hizo agua los huesos. He hecho contacto con la cabeza en New York y me ha marcado ciertas directrices. Y en esa saudade filosa, he leído Andanzas de María Negroni. Leerla me ha hecho tan bien. Ha sido como escucharla leer sus propios poemas y  he matado así un poco la nostalgia por sus clases. Amé tanto ser su estudiante.

Ahora tengo más idea de lo que hablaré mañana a los estudiantes. Quiero ser honesto como siempre he intentado ser en mis clases, hablar desde la médula y quizás alguien se conecte con mis certezas y dudas. Ya eso habrá valido la pena.

Y así estoy, evaporado, flotante.