La historia que llama a la puerta

No puedo ser ordenado. Hoy no. Escribo esto como mejor me sale, como un impulso, como un arrebato, como escupitajo que debo leer dentro de varios días o semanas después para ver en qué estado me encuentro en este momento. 

Pasa que hay una historia, una trama, un juego o como quieran llamarlo, que ha tocado a mi puerta. Quiero decir, los personajes han estado en mi cabeza desde hace más de un año. Incluso llegué a bocetearlos en los viajes en metro, en las esperas de aeropuertos de Lisboa, Madrid y Estocolmo. Me hacía ilusión ver la historia que se dibujaba ante mí. Al mismo tiempo miraba con pena esa creación porque sentía que no tenía el tiempo para poder desarrollarla. Ni bien estaba naciendo y ya la ubicaba en un pedestal, en un sitio inaccesible al que yo no podría llegar por mi trabajo y por mis ocupaciones cotidianas. 

Pasaron los meses. Escribí algunos cuentos, escribí posts por acá, leí muchísimo y la historia entró, lo confieso, en las aguas del olvido. Todo lo que había avanzado se quedó reposando en un frío archivo de word con la esperanza de “encontrar” el tiempo perfecto para empezar a escribir. Porque debo decir que la había vuelto inaccesible ya que es una historia que habla mucho de mí y a la vez es muy lejana a mí. De alguna manera sentía que era una historia que me iba a remover hasta los huesos y la verdad es que también pocas veces me permito ser vulnerable (aunque lo soy y mucho).

Y ahí la pandemia llegó, hizo trizas el futuro, nos ha puesto delante un presente brumoso, con ansiedad y angustias. Pero el sol sigue ahí, el firmamento sigue siendo azul, los pajaritos cantan igual, mi perrito Noé mueve su rabito contento cuando me levanto, mis papás están sanos, mi hermana a la distancia nos cuenta cómo está viviendo su cuarentena. Estoy tranquilo y trato de mantenerme zen en medio de la crisis. Preparo mis clases con ganas, pensando en cada uno de mis estudiantes. Pienso, hago, pienso, hago.

Así una noche en Instagram me encontré con un post de una cuenta norteamericana de guionistas que proponía el desafío de escribir un guion en 14 días. Me encantó la planificación realista que sugerían. Y ahí en la cama pensando, apareció de nuevo la historia, pequeñita, juguetona tocando la puerta. Me recuerda que no hay tiempo precioso ni perfecto, que debo dejarla entrar y que pase lo que tenga que pasar, como cuando un amigo/a llega de imprevisto y hay que recibirlo bien en casa. 

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Siento que es la historia que siempre he querido contar y que este es el momento para escribir sobre ella. Pocas veces he tenido tanta emoción al pensar en una historia. No estoy pensando si saldrá bien o mal, si le gustará o no a alguien, si se volverá o no una película. Hay una libertad, un mar de posibilidades al escribir este guion. Me levanto pensando en los personajes, en las cosas que van a vivir, en los lugares que van a recorrer. Es una historia de amor con muchas vueltas. Se ha nutrido de mis propias experiencias y de personas cercanas. Estoy en el cuarto día de creación y no tengo miedo. Es liberador poder decir que no tengo miedo a pesar de la incertidumbre que siempre produce la escritura. En medio de estos tiempos raros, la creación aparece y no, no puedo escribir una historia sobre pandemia ni enfermedades. Quiero escribir sobre el amor, sobre esa fuerza sobrenatural que nos enloquece cuando estamos con quien amamos, cuando hacemos el amor, cuando damos un abrazo, cuando besamos, cuando decidimos vivir una historia con alguien a sabiendas que todo puede salir bien o mal. Este guion para mí es un homenaje al amor de pareja, al amor a la obra, al  amor a uno mismo. Y no, no será la gran historia, no será el Ulises de Joyce ni el Quijote de Cervantes, ni el Aleph de Borges, pero será mi historia personalísima y colectiva en medio del encierro. 

En estos momentos no sé desde qué otro lugar escribir que no sea como un arrebato o como una “coquetería”, parafraseando a un amigo mío que usa mucho ese adjetivo para decir que la creación es un juego atrevido y también seductor. ¿Me pongo coqueto cuando escribo? No lo sé, pero tengo claro que cuando escribo esta historia la pandemia se esfuma, se borra el tiempo y está sólo el amor. El amor a las palabras, a las historias de amor, a la vida que sigue latiendo.  

Saudade de Domingo #71: El mejor momento es ahora

Igual que en la escritura audiovisual: No hay pasado, no hay futuro, siempre se narra en presente porque la película, la serie, la telenovela, sucede ahora ante los ojos del espectador. Este quizás ha sido uno de los aprendizajes más nobles del guion que he podido palpar en la vida real y aunque no siempre lo pongo en práctica (porque amo la saudade, el pasado), las situaciones que se interponen en el camino, me recuerdan que el tiempo precioso es el presente simple del modo indicativo.

Me explico mejor. Justamente para la entrada 71 de Saudade de Domingo, había escrito un artículo diferente a este. Lo escribí, lo corregí, hice varios ajustes, conseguí las fotos adecuadas, me arriesgué empleando algunas analogías que a mi juicio eran interesantes, tomé como base un texto que estoy leyendo, pero como pensaba que debía trabajarlo un poco más, decidí que era mejor dejarlo descansar y retomarlo más tarde. Pasaron algunas horas, llegó el atardecer, me puse a corregir algunas cosas y cuando decidí guardar el post para publicarlo, algo en el medio pasó con la conexión a internet y se borró el cuerpo del texto. Sólo quedó el título. Me sentía tan feliz por el post que había escrito que obviamente con su desaparición, me sentí por el piso. Algo paradójico porque el post que había escrito tenía que ver con tener una vida creativa, con la curiosidad de un niño y tratando de mantener el optimismo ante todo. Renegué por unos cuantos minutos, intenté recuperar el borrador anterior pero como ley de Murphy, nada se pudo hacer. El artículo se licuó entre el lenguaje de programación del WordPress. Y justo como esta vez, no había hecho respaldo en ningún procesador de texto en mi compu.

Intenté reescribir el texto, pero por mi propia frustración, las ideas no me venían, me recriminé no recordar nada y amargado, dejé a un lado las ganas de reescribir. Con mi mente pesada del momento, nada que escribiera iba a ser mejor que lo que había escrito. Al desaparecer el artículo, se había vuelto etéreo y por tanto, perfecto en idea.

Fue entonces cuando decidí hacer algo «mejor». Contar lo que me había pasado (lo que estoy haciendo ahora) y aprovechar el bajón para hablar sobre el aquí y ahora. Si hubiera publicado el artículo más rápido, quizás ahora estaría publicado y no se habría perdido. Ese afán de siempre corregir, siempre pulir, mejorar, terminó por desaparecer el artículo y como consecuencia ya no hay nada de él. Recordé entonces a Elizabeth Gilbert, autora de un libro que estoy leyendo ahora, Big Magic, en el que dice que el mayor obstáculo para llevar una vida creativa es el miedo. En este caso me dominó el miedo de que mi artículo no estuviera bien y por eso no lo publiqué enseguida.

Así que bueno, me he puesto en esta tarea de contar lo que sucedió, escribiéndolo de una forma visceral. No sé si después me arrepienta de todo lo que he escrito, pero creo que me gustará tener en mi blog este artículo para recordarme la importancia del aquí y ahora, ejecutando, haciendo, escribiendo. Pensando en esto recordé el pasaje de una entrevista que le hicieron a Gilbert en el que ella decía:

No quiere decir que todo va a salir perfecto y que va a ser todo lindo pero si al final del día, cuando haces el balance, te preguntas: ¿es mejor hacer esto que no hacerlo? Si tu respuesta es sí, entonces estás en el camino correcto.

Mi respuesta ha sido sí, vale la pena hacerlo antes que no hacer nada y sólo fantasear. Podía haberme quedado con la idea de lo bueno que fue el artículo pero decidí usar la frustración para crear este post. Pensando también en esa respuesta afirmativa a la pregunta de Elizabeth Gilbert, ayer por la noche me obligué a sentarme delante de mi compu y terminar el tercer y último acto del guion que estoy escribiendo. Al inicio me sentía frenado, pero luego los personajes fueron hablando con su impronta, la escritura fluyó, el miedo quedó a un lado hasta que digité la palabra «Fin». El primer borrador del guion es una escala dentro del proceso de maduración de la historia pero ya he dado el primer gran paso que fue sacar a los personajes de mi cabeza y llevarlos al papel. Luego de varios años pensando en ellos ahora han encontrado asilo en el guion. Ya he empezado a hacer algunas anotaciones para el segundo borrador y dentro de unos días me pondré en ello. Este es un largo viaje pero que me llena de satisfacción de haber emprendido.

No sé si este artículo es mejor que el que se perdió pero lo único cierto es que este es el que existe ahora y ya solo por eso, por ser el sobreviviente, el del presente, es el mejor.

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Llegar a este punto en un guion, es uno de los momentos más gratificantes. Es el inicio de un largo viaje con muchos altos y bajos, como cualquier proceso creativo.

Ideas sueltas sobre mi sesión de hoy 

Escribir sobre esta historia es un buceo sin camino, es lanzarse sin pensar (mejor que pensar sin lanzarse). He hecho una estructura de la historia para saber por dónde debo navegar, pero ahora ya en el guion, todo es incierto, todo suena falso, artificial, forzado, atropellado. Y sin embargo en ese buceo, los personajes se van abriendo, se liberan de la estructura y simplemente son. Saltan de la pantalla, juegan con darme información, ocultándome otra. Son ellos y yo soy ellos. Escribo lo que ellos me dictan, me vuelvo ese médium de sus voces. Atravieso el mundo con ellos. Me proponen desbaratar la estructura, desestabilizar las bases e improvisar frases jamás pensadas, acciones en reversa.

Y así termina esta noche de escritura.

Saudade de Domingo #63: Escritura sumergida

Escribir es un acto de valentía. Es poner toda la atención, todas las horas necesarias para crear algo y en ese interín, toca lidiar con la pereza, con la crítica propia, con el tiempo escurridizo, con los fantasmas personales. Y aun así, uno se sienta (con comodidad o no) a dejar sobre la pantalla o el papel un testimonio de algo, una radiografía emocional de lo que se quiere expresar con un cuento, una novela o un guion.

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Hay obras que acompañan a sus autores por años, otras en cambio se concluyen en un breve lapso de tiempo y otras, simplemente quedan olvidadas, guardadas indefinidamente. Estas últimas son las que más pena me dan porque son pequeños abortos, atisbos de historias que pudieron ser y están condenadas al limbo a la espera de un destino que probablemente su autor prefiere ignorar.

Quizás producto de esta pena, cada tanto vuelvo a esas historias que no concluí o que las tengo diseñadas, escaletadas pero no del todo escritas. Me emociono releyéndolas, revivo las sensaciones, la energía que tenía cuando las escribía. Pero cuando me dispongo a trabajar en una formalmente, me absorbe una infinita desidia, un fastidio que me provoca enojo conmigo mismo y que da como resultado que vuelva a alejarme de la historia en cuestión. Así, opto por cargar simbólicamente con el peso de esa y otras historias no concluidas.

Ahora trabajo en un guion que corre (o corría) el sendero hacia el limbo. El modus operandi de las anteriores historia se repite: El tiempo es escaso para dedicarle horas, el cansancio del trabajo cotidiano me deja bajo de energía, mis consumos artísticos corren quizás en sentido contrario al universo que intento establecer en la historia que escribo y finalmente, el peor, imagino otra historia de la que me enamoro y la anterior queda mal parqueada en el limbo de los proyectos no terminados.

En vista de que no quiero que pase lo mismo con este proyecto, a fuerza de perder aprendí algo que me ha venido funcionando estos meses. Lo he denominado «escritura sumergida» por darle algún nombre. En todo caso a mí me sirve para mis propósitos actuales. La escritura sumergida es un proceso que me permite y me obliga a estar inmerso en el universo narrativo de mi historia aun cuando no necesariamente esté escribiendo. Es decir, escucho música que esté a tono con los personajes de la historia, trato de leer lo que pueda sobre el género que escribo, veo películas que tengan algo que ver con el tono de la historia que trabajo, elijo personas a través de fotos para darle cara a los personajes, busco escenas puntuales de películas que guarden relación con momentos especiales de mi trama. De alguna manera, al hacer esto el proceso de escritura se vuelve más generoso, adictivo y placentero. Es como si necesitara alimentarme de recursos para luego vomitarlos sobre el papel o la pantalla. No quiere decir que no consuma otras películas, otros libros ajenos a ese universo, pero sé que si tengo sentarme a escribir mi historia, debo hacer un proceso de inmersión de ir descendiendo (o ascendiendo) al universo en el que viven mis personajes, entrar en su atmósfera, despojándome de mis problemas personajes, de los proyectos laborales académicos y de esa manera llegar más limpio, en este caso, al guion que estoy escribiendo.

Para hacer más interesante este proceso he hecho uso de la tecnología para ayudarme en este proceso. He creado un playlist en Spotify con las canciones que serían como  una especie de banda sonora del guion, un tablero privado en Pinterest donde coloco referencias visuales de cómo quiero se perciba la historia y tengo un proyecto en Scrivener (software que amo y del que hablaré próximamente) que me permite colocar todos los apuntes sueltos que tengo, frases de libros que me gustan, links a páginas que reseñan cosas relacionadas con el guion que escribo, etc.

Quizás en el futuro, cuando haya terminado el guion, vuelva a alguna de las historias en el limbo y aplique algo de esta escritura sumergida para darle forma de una buena vez y así sacarme un poco de peso de encima.

Saudade de Domingo #53: Retomando proyecto

Con el fin de este ciclo intensivo de clases (realmente fue agotador), puedo volver a mirar a la masa informe de guion que tengo entre manos. Digo masa informe porque ni siquiera es un guion como tal, es apenas un embrión en el que consigo vislumbrar un esqueleto y algunos cuantos órganos. No tiene rostro todavía, palabras sí, muchas, acciones también y desde ya empiezo a temer cómo será grabar todo ese embrujo de escenas bocetadas que son muy diferentes a todo lo que ya escribí anteriormente. Es una comedia negra, es lo único que tengo claro, un humor algo mordaz (es lo que supongo, capaz no llega ni a humor de Walt Disney), que debe ir in crescendo hasta llegar a algo.

Normalmente no suelo hablar de mis proyectos hasta que llegan a una instancia de maduración que me permite mostrarlos. Muchos de ellos nunca vieron la luz por desestimarlos o porque no alcanzar el nivel de madurez que yo les exigí. Todos fueron procesos diferentes y una vez más en este guion, quiero llevar a cabo un desarrollo diferente.

La idea de este guion surgió hace unos siete años, según afirman mis libretas de anotaciones. La primera imagen que surgió fue la de la protagonista, que además estaba inspirada físicamente en la actriz que protagonizó un cortometraje que grabé en el 2009. De hecho llegué a comentárselo y se entusiasmó con la idea, que para ese entonces sería sólo un cortometraje, con una sola locación y dos personajes. Me cerraba además en cuanto a producción ya que podía hacerse con un presupuesto moderado.

El tiempo fue pasando, en aquel entonces trabajaba en Ecuavisa y ya empezaba a dar clases en Casa Grande, por lo que mi tiempo era realmente escaso. Recuerdo también haberme propuesto mejorar mi nivel de francés así que en las noches libres tomaba clases de conversación en la Alianza Francesa de Urdesa. Para completar estaba en etapa de post-producción de otro corto y estaba además remontando el documental sobre el teatro que había hecho como tesis de grado. Resultado: menos tiempo para escribir y la historia se fue quedando archivada. Según mi libretas, en esa época llegué a escribir una especie de monólogo del personaje principal, unas cuantas anotaciones sobre su relación con su pareja y ciertas directrices en cuanto a la estética.

Realicé otros cortos, luego fui a Argentina a estudiar el master y allá con el estímulo creativo que tuve por la misma Buenos Aires, los compañeros y las materias, volví a retomar esa historia. La miré ya con otros ojos y vi que tenía potencial para largometraje. Fui pensando en más situaciones que debían suceder entre la pareja en su departamento, afiné el conflicto central, anoté varias referencias que necesitaba ver y leer para meterme más en la historia, pero luego tal historia volvió a caer en el olvido. La sensación que tengo de ese entonces era de una emoción tal, que poco me faltaba para sentarme escribir las primeras escenas ya en formato guion. Pero la vocecita crítica -paralizadora y castradora- me decía: No es el momento, te falta investigar más, conocer más a tus personajes. Lo único que conseguí fue volver a archivar a esa historia, mientras otras venían a tomar posesión de mi cabeza.

Siguió pasando el tiempo y la idea de esta historia siguió flotando por mis pensamientos cada tanto. Alguna que otra vez cuando pensaba en una situación que creía interesante, la anotaba para al menos fijarla en el papel. Luego volvía la historia al olvido con la tranquilidad de que todo reposaba en las notas de mis libretas.

El año pasado empecé a bocetar dos historias en diferentes meses con la idea de que una se volviera la película que finalmente querría grabar y que se convirtiera en mi ópera prima. Las dos llegaron a desarrollarse hasta una escaleta básica. Sin embargo, en ambas algo no me convencía. Las sentía quizás muy inmaduras todavía y no me sentía preparado para llevarlas más adelante. En medio de esa insatisfacción la misma vocecita crítica -a veces sanadora- me recordó esa historia anterior que con el paso del tiempo quizás podría haber mejorado.

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Evidencia del trabajo de ayer sábado. Revisando libretas, releyendo sinopsis, corrigiendo escaleta.

La retomé, puse en práctica mis nuevos conocimientos y experiencia acerca del guión y me di a la tarea de reescribir el storyline, redactar la sinopsis y entre idas y venidas, de fiestas navideñas, mi curso en New York y el intensivo de clases que di, he podido ir perfilando una escaleta modesta. Aun falta que gane ritmo, la verosimilitud se cae a momentos, pero tengo identificados los puntos en los que debo trabajar. Ayer sábado tuve una jornada fructífera de corregir escaleta, de escuchar música inspiradora, de cambiar situaciones y en unos cuantos días de trabajo más, empezaré a escribir las primeras escenas. No será un proceso rápido pero sí quiero que sea divertido para mí, de lo contrario no tendría sentido hacerlo.

El guion se aproxima y con él se cristalizará o encontrarán un cauce, las decenas de páginas sueltas escritas a lo largo de todos estos años. Escribir este guión es por esto también una cuestión de honor en nombre de la vorágine de papeles sin destino.

Proyecto: Semana 1

Siempre me resulta difícil entrar en el universo narrativo de mi historia. Siempre me olvido que es más cuestión de sentarse, ver qué se hace y dejar que las ideas vayan bajando, asentándose, que los personajes ayuden a marcar el camino también.

El domingo pasado preparé en Excel un cronograma de escritura con el que pretendo, si todo sale bien, tener el primer borrador de la película en diciembre. Luego dejar descansar la historia en enero y retomar el segundo borrador en febrero.

Esta primera semana el objetivo era definir bien la estructura que llevaría la historia. Cuáles serían los puntos de giro, la necesidad de los personajes y sobre todo el desenlace. La trama más o menos la tenía clara, pues se trata de una historia que ya me venía dando vueltas desde hacía varios años, pero siempre surgieron otros proyectos en el medio y siempre este quedaba para más adelante.

Las clases de Guión que doy en la universidad me han ayudado mucho a tener fresca la estructura y en estos últimos días ha sido fundamental utilizar la técnica de las 8 secuencias para construir la estructura clásica de tres actos. De alguna forma ayuda a no sentirse tan asfixiado en la mitad del segundo acto. La verdad nunca había probado esta técnica y ha sido muy útil para detectar los puntos débiles de la estructura. Así no hay que esperar a la escaleta o al guion para encontrar los huecos de la trama. Ya desde la secuencia uno se puede dar cuenta por dónde va la historia, su ritmo, su tono. Para clarificarme aun más desempolvé una pizarra vieja que tenía y sobre ella dibujé la estructura y coloqué los momentos importantes de la historia. Es impresionante lo mucho que ayuda “ver” en grande la estructura. Se trata de un primer acercamiento a la historia desde la base, viendo las primeras acciones de los personajes, sus consecuencias y el aumento de la tensión hacia el clímax del conflicto.

He cumplido con la misión de esta primera semana. Puedo irme a ver una peli antes de dormir.

Saudade de Domingo #37: Nuevo desafío

Los meses pasan y es fácil caer en la inercia. Intento huir un poco a las reglas, pero mirando hacia atrás me doy cuenta de lo importante que resulta fijarse metas, plazos, deadlines para cumplir algún objetivo. Eso de esperar el momento indicado, que llegue la inspiración, que se unan los astros y demás son sólo pretextos para ponerse a trabajar. Entiendo también que ya en los trabajos convencionales hay tantas reglas y pasos, que lo que uno quisiera es liberarse de ellos en los proyectos personales. Sin embargo, estos también exigen una disciplina, una metodología (más lúdica quizás, dependiendo) y sobre todo una constancia, un compromiso con uno mismo. Y creo que ese es el compromiso más jodido de cumplir. Es más fácil comprometerse por/con otros, pero el compromiso personal, ese que nadie está verificando si cumples o no, es el más difícil de mantener. Por ello la idea de fijarse metas, así sean pequeñas, cortas, insignificantes para otros. No hay nada más lindo cuando se cumple una meta y sentir que uno mismo se hace «check» en la lista de deseos.

Por mi propia experiencia siento que cuando no llevo un calendario de actividades, termino perdiéndome. No sé bien cómo aprovechar el tiempo y tengo la sensación de estar sujeto a los tiempos de otros. Por eso trato de llevar un calendario semanal para ver en macro cómo estará la semana y encontrar esos pequeños intersticios para realizar algo personal, que normalmente se decanta también en varias áreas de mi interés: leer, aprender o repasar un idioma, escribir un cuento, escribir un guión, ver alguna película o serie.

Aprovechando el inicio de mes, decidí desde la semana pasada, que estos últimos meses del año (qué rápido se está yendo el 2016) los dedicaré a escribir un proyecto concreto. Hace años atrás llevo una historia que me ronda la cabeza, que a veces me abandona y otras veces regresa con fuerza, ímpetu, obligándome casi a dejar lo que estuviera haciendo para empezar a escribir. Siempre termino por desplazarla y cae nuevamente en el olvido. Hace unos días vi una película alucinante, muy bien escrita, dirigida e interpretada que se realizaba en una sola locación. Mi historia perfectamente se puede contar también en una sola locación y desde ya empiezo a martillearme la cabeza con empezar a escribir.

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Así que desde hoy 2 de octubre hasta el 30 de diciembre, me propongo escribir el guión de esa historia. Tengo varios apuntes, un esbozo de la estructura narrativa, perfil de los personajes principales. Ayer sábado 1 me puse a ordenar un poco todos los apuntes dispersos en un solo documento y en esto como siempre me está ayudando un montón utilizar el Scrivener, software maravilloso que me permite visualizar todo en un documento master.

No sé si será un proceso ordenado ni agradable, veré cómo respondo o cómo me siento ante la incertidumbre pero ponerme nuevamente frente a la página blanco, con personajes que esperan mis directrices. No será un guión perfecto como no lo es ninguno en el primer borrador pero lo importante es sacarlo, dejar que me martillee la cabeza y que al menos descanse agotado sobre el papel. En lo posible iré documentando desde acá los avances que vaya teniendo sobre el guión, para que me sirve como una bitácora del proceso mismo.

Y que sea lo que tenga ser, como decía un personaje en un corto que escribí años atrás.

Saudade de Domingo #36: Necesidad

En las clases de Guion de las últimas semanas, hemos venido hablando sobre la importancia de armar bien el conflicto de la historia y de su relación directa con el personaje. Éste debe tener una carencia o algo insatisfecho dentro de sí para que cuando aparezca una situación determinada, se active en él la necesidad de luchar, de moverse en función a un objetivo. Esa necesidad en términos dramatúrgicos, toma el nombre de necesidad dramática, que no es más que cualquiera de las necesidades (de amor, de realización profesional, heroísmo, libertad) que tenemos todos en mayor o menor medida, según el momento de la vida que estemos transitando.

Siempre me resulta curioso enseñar en Guion, la relación del conflicto con la necesidad dramática de los personajes y viceversa. Por un lado me resulta un poco obvio enseñar esto pero por otro lado, cada vez que lo enseño sumado a las preguntas de los chicos, siento que aprendo más sobre el conflicto y las personas (en la vida real). «¿Y qué pasa si un personaje no tiene ninguna necesidad?», me preguntó una vez un estudiante. Y yo le respondí, «pues no habrá situación alguna que mueva a ese personaje y por tanto no habrá conflicto». En ese momento recordé a muchos conocidos que están aparentemente como el personaje que señaló el estudiante. Personas que desconocen sus propias necesidades, que no saben bien por dónde ir, cómo moverse, qué hacer. Al igual que en la dramaturgia, las personas no siempre saben sus necesidades sino que las van descubriendo a medida que se encuentran con situaciones en las que deben decidir algo. Pero incluso en esas situaciones, varios conocidos parecen no tener conciencia de que algo interno se movió o se despertó. Entonces esa necesidad que quiso manifestarse vuelve a dormirse hasta que quizás en algún momento por alguna razón, vuelva a despertarse y quizás esta vez la persona estará atenta a escucharla.

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Cada persona tiene su tiempo para hacer y vivir las cosas. Por tanto la necesidad de una persona debería activarse cuando sea el momento indicado. Luchar por un amor, por un trabajo, por los ideales de una sociedad, por la justicia, son diferentes clases de necesidades unidas a una situación que dan lugar a un conflicto. En la vida quizás tenemos una gran necesidad de algo y sólo nos enteramos muchos años después, atando cabo de nuestros errores pasados. En dramaturgia clásica, para no ver un sinnúmero de escenas dispersas, deberíamos arrancar la historia en el punto cercano a esa «iluminación» que va a tener el personaje. Ver durante los primeros minutos la situación de vida del personaje para luego ponerlo frente a una situación (muerte de alguien cercano, amor a primera vista, concurso de méritos, oferta de trabajo, divorcio, etc.) y que a partir de ahí, accione creándose un conflicto. Recuerdo una vez, cuando trabajaba como asistente de dirección en una obra de teatro, que el director vio durante los ensayos a una de las actrices darse tumbos sin que se sintiera vivo a su personaje. La dejó «actuar» así durante unos minutos. El otro actor metido en su personaje le hacía reclamos por algo que pasaba en la trama y ella actriz, desde su personaje no accionaba. Luego el director interrumpió la escena para decirle: «¿sabes cuál es tu problema? Es que no tienes clara la necesidad de tu personaje y por tanto no deseas nada. Cuando tienes claro el deseo todo se organiza». Esa última frase me cayó como una revelación, como si hubiera sido yo un personaje y me enfrentaba a una situación en la que «descubría» cuál era mi necesidad, mi deseo. En aquel momento me debatía entre irme a estudiar fuera del país o no. Tenía muchas dudas acerca de cómo sobreviviría afuera y al escuchar esa frase comprendí que lo importante era irme, tener la férrea decisión de estudiar afuera y que luego sobre la marcha «algo» ayudaría a organizarlo todo.

man-walking-down-road-alone-640x376.jpgY así fue. Estrenamos la obra, la actriz se lució y fue muy felicitada por su interpretación, mientras yo empecé las averiguaciones para hacer una maestría fuera del país. Tomó un tiempo barajar opciones, esperar respuestas, hasta que finalmente en marzo del 2012 me fui a vivir a Buenos Aires, llevando conmigo ilusiones, sueños y proyectos. No sabía bien qué pasaría pero tenía claro que mientras tuviera clara mi necesidad de superación, todo alrededor se organizaría, que el universo conspiraría a mi favor, como se dice en Metafísica. Pasaron muchas cosas buenas y no tan buenas en ese proceso, pero conseguí lo que quería. Mi ceremonia de graduación fue un lindo final del tercer acto de mi propia película.

Es así como una clase de Guion me recuerda, a través de las necesidades dramáticas de los personajes, que uno como persona debe estar enchufado con el interior, prestar atención a las necesidades y a las situaciones que se presenten. Que si queremos que algo pase hay que estar atento. Todo pasa por algo y nunca se sabe cuál puede ser el próximo objetivo (conflicto en términos dramatúrgicos). Por eso nos encanta tanto ir al cine, leer un libro, ver una obra de teatro. Necesitamos ver a modo de espejo, la lucha de un personaje, cómo se sobrepone a los obstáculos y cómo finalmente consigue o no cumplir sus objetivos. Somos seres de lucha.