Salir de compras como ejercicio «extremo»

Prepararme para salir, en estos días, es como pensar en un campo de batalla. Requiero de una preparación física y mental. Escoger la ropa que “creo” que me va a proteger de un posible contagio. En lo posible que sean pantalones largos y camisetas mangas largas que cubran la mayor parte de piel expuesta, guantes para “cuidar” las manos, zapatos con poco uso que no me importe perderlos luego de la cuarentena, una mascarilla previamente testeada que va a protegerme. Quizás en el ritual hay cosas que ni le hacen cosquillas al virus pero prefiero convencerme de que mi preparación me blinda ante cualquier contagio. Ahí es cuando viene el trabajo mental. Sentirme resguardado, protegido en el vientre materno de mis prendas de vestir, sabiendo que el exterior no puede tocarme de ninguna manera durante esas horas forzosas que debo salir para abastecer a la casa de productos.

Mi padre insiste en acompañarme. Le digo que debe quedarse en el carro, que no salga. Guarda silencio mientras maneja. Sé que está de acuerdo conmigo pero no está acostumbrado a obedecer y sobre todo, no está dispuesto a aceptar que al tener 63 años se encuentra en un franja etaria considerada de riesgo. Aunque su salud sea vigorosa sabe que debe cuidarse, como todos. Temo que no me haga caso y que igual decida salir al campo de batalla a mi lado, siendo ese escudo, ese compañero que cubre, que está alerta ante el enemigo. 

Llegamos al shopping donde se encuentra el supermercado. Son las 07h30 am, el lugar todavía no abre pero ya hay una fila que debe tener al menos unos 80 personas. Con la distancia social obligada, la fila es aun más larga. Mi papá y yo no decimos nada pero sabemos que la espera ahí a la intemperie, será por lo menos una hora y media o dos horas. 

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Empiezo a hacer la fila, una señora se coloca detrás mío y detrás de ella, mi papá. No quiso quedarse en el carro como le había dicho. No me sorprende pero sí me molesta. Con la señora en el medio, no nos decimos una palabra. Yo estaba más pendiente de ahorrar el aire, de respirar con tranquilidad, de escribir alguno que otro mensaje en WhatsApp. Delante mío está una pareja de esposos que debían andar por los 50 años y una hora más tarde ya no estaban solo ellos, sino sus dos hijos y una tía de ellos. Eventualmente el padre hace alguno que otro vídeo con el celular, a veces los hijos se van a descansar al carro que estaba parqueado cerca y luego regresan. Cada tanto miro a mi papá, que está en su celular viendo algún reportaje sobre el Coronavirus con un volumen poco discreto. En la fila cada quien está en su mundo o tratando de creárselo para sobrellevar la espera. La señora de atrás recibe una llamada y comienza a enumerar todos los productos que va a comprar. Quiere estar segura de que comprará todo lo que necesiten en su casa. La llamada debió durar una media hora. Más atrás hay un gringo ecuatoriano que discute a alto volumen con un inglés poco cuidado. Y el tiempo transcurre lentamente a pesar de que la fila es bastante ágil. No hay sol todavía y eso más llevadera la espera. Contengo las ganas de rascarme la cara, de acomodarme el pelo. Mis manos me son extrañas, como una especie de agentes patógenos de las que debo cuidarme. Las guardo en los bolsillos cada tanto a pesar de la incomodidad del roce con los guantes. 

Me acerco a la entrada, me piden que extienda los brazos y las piernas como si fueran a revisarme. “Cierre los ojos”, me advierte el guardia del supermercado. Lo hago y escucho el rocío de un líquido sobre mí acompañado de un olor leve de desinfectante con agua destilada. No sé lo que es pero agradezco que me bañen, que me desinfecten del aire de angustia que se vive en Guayaquil. Entro y me espera un funcionario con un frasco grande de alcohol en gel, me froto las manos compulsivamente para que el líquido viscoso se impregne en los guantes. Mi padre sale momentáneamente de la fila para ir a la farmacia del shopping. Ruego que no regrese, que se dé cuenta que lo mejor es que vuelva al carro y me espere. Agarro el carrito de compras, respiro un aire fresco y empiezo a recorrer los pasillos atendiendo a la lista que me dio mi mamá. Me alegro de encontrar todo, que las perchas luzcan llenas y que todos los que circulamos en el super podamos comprar con tranquilidad. Pienso en mi papá, me preparo para la sorpresa de encontrármelo por alguna partes. Siento que no puedo con él. No logro imponerme ante él. Sé que me escucha, me respeta, me admira en secreto pero siempre hace lo que él quiere y me cuida aun cuando no se lo pido, aun cuando tengo la edad suficiente para que sea yo quien ahora lo cuide. No me permite hacer el cambio de rol. Quiere seguir siendo el padre proveedor, que vela, que protege. Y yo lo único que quiero es que una vez en la vida me haga caso y se recluya en el auto hasta que llegue con las compras.

Captura de Pantalla 2020-04-25 a la(s) 16.35.47Consulto con mi mamá por WhatsApp sobre la marca que quiere de mantequilla, de queso, de azúcar. Pongo en el carrito además una botella de vino y un six pack de Pilsener. Me sorprendo. Nunca bebo y de pronto al necesitar provisiones pienso que un poco de alcohol no me hará mal. Lo contraindican para esta pandemia pero pienso que nadie sabe más de mi salud mental que yo mismo.  Avanzo, agarro los paquetes de galletas La Universal que le gustan a mi papá. Mi mamá en la lista escribió que agarre cuatro. No le serán suficientes si pretendemos no volver en al menos un mes, pienso. Sigo avanzando, me siento en cuenta regresiva, como si hubiera un tiempo máximo para poder agarrar todo y que pasado ese tiempo, no podría meter más nada al carrito. Respiro y trato de no sentirme perseguido. Me tomará el tiempo que me deba tomar porque no pretendo volver en un mes. 

Cuando voy por el pasillo de los cereales me encuentro a mi papá, quien tiene también su carrito casi tan lleno como el mío. Conversamos sobre la lista de mi mamá. Vemos que tenemos casi todo. Nos dividimos la misión de conseguir lo poco que falta. Mientras busco, pienso que debo escribir sobre esto, pero no de una manera reflexiva sino apenas limitarme a contar la anécdota. No será fácil, me digo, porque siempre se me hace difícil escribir sobre mi papá y más aun sobre su testarudez. 

Me encuentro con él en la fila, sigue revisando su Twitter buscando estar al día de los improperios que dice el gobierno ecuatoriano a través de sus múltiples portavoces. Mira los dos carritos y me dice: “te hubieras vuelto loco si hacías todo esto solo”. Lo dice con aquel tono de salvador, de cuidado. En esta ocasión no hay en él un tono de superioridad sino más bien de colaboración, de altruismo. Inmediatamente entabla conversación con el chico de la caja y la chica que coloca las cosas en las fundas. Los hace reír, les pregunta a modo de chiste, cómo se enamorarían dos personas entre tanta mascarilla y gafas para evitar el contagio. Los chicos ríen, se relajan. Pareciera que les hace bien el humor de mi papá. Sonrío tranquilo viendo a mi papá tranquilo. Como siempre él intenta hacer bromas para aligerar la situación. Me identifico en él. Veo sus manos que ponen las compras en la caja, con pecas gruesas y la piel sensible. Las mismas manos de mi abuelo. Mi papá se parece ahora más a mi abuelo. Y yo seré mi papá y mi abuelo en el futuro. Si es que la pandemia lo permite.

En el auto le digo que no volveremos a salir. Esta vez mi tono es agresivo y no me importa cómo lo tome. No volveremos a salir, pediremos a alguien que nos ayude, ya se verá que se hace pero no volveremos a salir. Él se ríe y no me dice nada, me habla del virus en la ciudad. Sé que me entiende, sabe que se ha arriesgado y sabe también que tuvo advertencias suficientes. Sé que esta vez hará caso, que no me dará la razón con sus palabras pero que guardará reclusión absoluta en casa.

Llegamos a casa, subimos las compras. Mi mamá nos espera a la entrada del departamento para ir metiendo de a poco todas las fundas. Mi papá como ya es su costumbre desde que empezó la cuarentena, maldice a los chinos, no a todos sino al gobierno chino, pero en su desesperación siempre dice “los chinos”. Entramos a casa, me saco toda la ropa y la tiro a lavadora. Quedo prácticamente desnudo delante de mis papás y me meto a la ducha, no sin antes decirle a mi papá que haga lo mismo y que desinfecte su celular. Me dice que lo hará, mientras ayuda a mi mamá a sacar algunas cosas de las fundas. 

Me ducho con agua caliente, como si sintiera el virus merodeando por mi cuerpo. Estabas todo cubierto, me repito, no tienes nada. Dejo que el agua me queme un poco la piel como si de esa manera pudiera corroer al virus. Me enjabono todo, me restriego los brazos, las piernas, la cara. Me siento mejor. Me convenzo de que el baño profiláctico me ha dejado puro, sano de nuevo. Me digo que he ganado la batalla pero no la guerra y que ahora es mejor no salir más, no provocar al enemigo y mantener a mi papá bajo resguardo. Me relajo, respiro, digo que está todo bien, aunque sé que en los próximos días chequearé mi cuerpo varias veces para convencerme de que sigo sano, de que el virus no ha entrado a casa y de que mis padres pueden todavía reír en medio de todo el horror que se vive afuera, en las calles de mi ciudad, que hoy siento ajenas. 

Regálame un libro, nada más

Intenta adivinar qué me gusta, estúdiame, revisa mis escritos, imagina qué me aceleraría la pulsión en las venas. Apuesta poco o mucho, pero sedúceme con un libro. Quiero saber que has pensado varios días, que has barajado muchos títulos para finalmente elegir uno. Ese que en tu corazón resuena, ese con el que podamos establecer un hilo rojo y recordarnos en una frase cualquiera de la página 74, 98 o 105.

Piensa delicadamente en el olor que tiene ese libro. Que sea un olor amaderado en el que pueda sumergir la nariz en medio de las páginas. Quiero identificar y guardar el perfume que ese libro me deja para que, cuando tenga nostalgia de ese «yo» que leía, pueda evocar su presencia recordando el aroma.

Elige un libro de páginas suaves pero jamás papel biblia. La delicadeza se encuentra en la distancia que hay entre el peso de las letras y la extensión completa del libro. Quiero sentir el sonido breve del recorrer las hojas y de acariciar las palabras, aquellas que intuyo leíste primero y que ahora, has seleccionado para mí.

libro regaloSorpréndeme con un libro de oraciones con incisos, de frases en cursiva en otras lenguas, de líneas irónicas que maldigan el amor y luego se reconcilien con él; que use adjetivos distantes para hablarme del llanto, de la risa, de la saudade. Un libro que no tema ser pequeño y que también esté orgulloso si decido fotografiarlo, compartirlo y ubicarlo en el altar de mis ansiedades.

Arráncalo de la estantería con firmeza pero sin prisa. Siente el ardor en tus manos imaginando ese primer momento cuando, a solas y acompañado de una luz ámbar, lo abra yo por primera vez. Sabrás seguro que lo voy a marcar, que le pondré la fecha, el lugar y las iniciales de tu nombre para que, en código secreto, pueda saber que fue el primer regalo de intimidad que decidiste obsequiarme.

Regálame un libro generoso, que me evoque otros libros y que me ayude a extender ad infinitum una cadena de historias que se preguntan y responden entre sí. De esa manera podré encontrar tu rostro matinal en una frase de final de capítulo, en un título hipotético o en la portada de un libro olvidado en la vitrina de una librería de secretos.

La vuelta al mundo en un clic

match

Saltar de perfil en perfil, poner un visto o una equis.
La rutina visual de descartar rostros y cuerpos en fotos,
rescatando apenas a quienes parecen salir
de esa moda de cuerpos delgados pero curvilíneos.

Me detengo en un perfil en particular.
Me gusta lo que escribe en su descripción
“No busco nada en particular, pero sé que lo express no me va”.
Me gusta su orden gramatical en las frases sucesivas al describir su trabajo,
sus pasatiempos y obvio me atraen sus fotos también.

Dudo si darle un visto o una equis,
pues el visto de Like no garantiza un match.
Contemplo sus fotos por unos segundos
para tratar de conservar sus trazos en mi memoria.
Le doy visto por si acaso, pero con el pequeño duelo de la despedida
en caso de que nunca más vuelva a ver su perfil.

Pienso un poco en cómo empezaría el diálogo si hiciéramos “match”:
¿Le escribiría primero o esperaría que me escriba primero?
¿Empezaría con un hola bulímico con o sin signos de exclamación?
¿Respondería enseguida o esperaría un poco para no ser un agitado por atención?

Quiero evitar un drama innecesario en mi cabeza
y sigo ahogando perfiles.
Me escribe alguien pero sigo quemando perfiles.
Sé que pararé solo cuando la app quede exhausta y rabiosa
me pida que extienda mi radar de búsqueda.

Una noche parisina

Nos citamos en Saint Dennis, un barrio que en principio me aterrorizó. Marie no me había advertido de los contrastes producto de la gentrificación en esa zona de París. Ahora que lo veo con un poco de distancia, le agradezco haberme lanzado sin paracaídas. El tiempo se detenía mientras esperaba a que Marie llegara a Chez Jeannette y yo mientras deambulaba por los puestos de comida, de ropa, las peluquerías, los mercados con nombres de ciudades de Senegal, el Congo y Costa de Marfil. Había una música en el aire que flotaba a mi alrededor y de pronto parecía que estaba en alguna escena de la película La Haine. Sentí miedo pero más miedo tenía de encontrar a Marie. ¿Sería igual que por chat? ¿Su Instagram sería fidedigno o un aliado de mentiras?

A su llegada se disculpó por no haberme «advertido» sobre el barrio. Su pelo ensortijado se movía con la misma gracia con la que se liberaba de la bufanda y se ponía cómoda sobre la barra del bar. «No te va a pasar nada acá, aunque no lo creas es un barrio de burgueses, aunque por el día es un barrio africano». Marie agarraba el jarro cervecero con la maestría de quien ya tiene buenas horas de vuelo en charlas, fiestas y reuniones pero con la delicadeza y elegancia coherente con su cuerpo delgado de parisina treintañera. Contemplaba su cuello, estudiaba su sonrisa. Quería besarla, es la verdad.

Después de una cerveza, fuimos a un restaurante a cenar. Esperamos buen tiempo por una mesa al interior. Aprovechamos ese tiempo afuera, con el frío húmedo parisino opacando la piel para hablar sobre los franceses, sobre Latinoamérica, sobre su vida y sus viajes continuos por el mundo como periodista política. Trabajaba para varios medios en París, New York, México y Buenos Aires. Ser freelance era su lema de vida y en su piel vi marcada las huellas de sus decisiones. Era suave pero firme, apasionada al hablar y al mismo tiempo su mirada adolescente delataba que esto sin decirlo, era una cita. Y hacía mucho que no tenía una, como me lo dijo unos meses atrás en el chat del Instagram. O quizás del Facebook, porque las cosas más «íntimas», las charlábamos por ahí. El instagram era más informal y más del día a día. Nuestra cena se podría decir era una mezcla del chat de Facebook e Instagram con el español y el francés entreverados. Sin embargo, mientras la conversación fluía me preguntaba: ¿Qué pensará de mí? ¿Le gustaré? Quería besarla, es la verdad.

 

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Luego de cenar, fuimos al canal Saint Martin, donde se grabó una famosa escena de Amélie Poulain. No lo recordaba pero en alguna charla le había dicho que me gustaba la película y ella además agregó que en un cierto chat yo le había comentado que acababa de ver por sexta vez la película. Estuvimos charlando un rato ahí, en uno de los puentecillos que atraviesa el canal. Me contó que en verano se llena de gente y París se hace vivible. Sus ojos brillaban con la misma intensidad de las luces reflejadas en el agua. Quería besarla, es la verdad.

Después pasamos por fuera del Hotel du Nord, que había sido escenario de una película francesa de los años 30 (quise buscar el título en el celu pero tenía que ahorrar megas). Me invitó a acercarme a la ventana ya cerrada para ver el cartel de la película. Hizo algún chiste con una frase de la película que no logré entender. Reírse sin que el otro se ría mata el chiste, de modo que, fingiendo solemnidad me dijo en francés que me pasaría el link de la película para que la viera y así poder lanzarme la frase de nuevo para que me ría. Su voz en francés sonaba más profunda y sin quererlo, corría con las palabras. Quería besarla, es la verdad.

De ahí emprendimos la vuelta hacia el metro. Nuestras manos se tocaban cada tanto mientras caminábamos por esas calles amarillentas, silenciosas, que solo se cortaban con nuestros planes para arreglar a Francia, a Europa y al mundo. Cada tanto enterraba mis ojos en los suyos. Quería adivinar lo que pensaba. Quería besarla, es la verdad.

Bajamos a la línea 2 del metro, pero nuestros destinos eran opuestos. Ella iba a Pigalle, yo a Ménilmontant. Nos despedimos con un abrazo y dos besos a la francesa. Quise decirle algo, quizás proponerle no tomar el metro todavía, agarrarle la mano y sentir la temperatura de su sangre. Sólo pude ver su sonrisa nerviosa, la misma que ya había visto en varios stories de Instagram cuando por su trabajo debía entrevistar a alguna figura importante. Quería besarla, es la verdad.

Luego nos mandamos mensajes por WhatsApp. Hablamos sobre nuestras impresiones de la cena. Nos gustamos, por fin quedaba claro. Me atreví a decirle, envalentonado por lo sádico que puede ser el WhatsApp, que hubiera querido besarla. El mensaje con los vistos azules y la ausencia de respuesta me hizo sudar en medio del abrigo pesado que cargaba. Segundos después apareció su respuesta: Lo hubieras hecho. Aunque luego se apresuró a escribir, quizás para no hacerme sentir tan pelotudo, que tampoco ella se animó porque soy un ser de paso. Le escribí, buscando una última oportunidad, que aun no me iba de París. Quería proponerle que dejara el metro y viniera a buscarme y nos diéramos ese beso. Quería besarla, es la verdad.

Su última conexión de cinco minutos atrás, mezcló mi ansiedad sudorosa con un miedo polar. Caminé por Ménilmontant a paso lento, lo suficiente como para que, en caso de que ella aceptara verme de nuevo, pudiera emprender la marcha de vuelta hacia la estación. Mis pasos en ralentí me introdujeron en una escena tarkosvkiana. Revisé el celu varias veces a la espera de su mensaje. ¿Y si se enojó? ¿Si le pareció que había traspasado algún código francés que yo no lograba comprender? Minutos después, ya cerca del departamento donde me hospedaba, Marie volvió a conectarse. Escribe, parece un mensaje largo. Se detiene, el estado ya no la muestra escribiendo sino solo «en línea». Seguramente está leyendo lo que ha escrito antes de enviar. Es metódica, lo sé, todos sus mensajes son perfectos, incluso los comentarios superfluos en las fotos de Facebook de sus amigos. Vuelve a escribir. Capaz que borró lo que quería decirme inicialmente. Me llegó su mensaje, escueto, económico, directo: Lo que pasa es que te vas, vuelves a Ecuador… Me sonreí, no sé si por pena, por mi ingenuidad o por el final de la noche en París. Quise besarla, es la verdad.

Del diario de Helena

journals

(Fecha desconocida: Podría ser hace un año, cinco o diez. Igual todo en este plano esilusorio)

Creo que lo amé desde la primera foto en que lo vi. Compartíamos muchos amigos pero nos separaba la barrera de «la solicitud pendiente» en Facebook. Repasé sus fotos, sus viajes a la Patagonia, sus ponencias como joven promesa de la literatura del Cono Sur, sus fotos familiares. No era lindo en aquel entonces pero había algo en esos ojos rasgados, en sus mejillas abultadas y rosadas, en ese cabello abundante surcado de pelos grises que me sacó de la anomia cotidiana.

Me hice esclava de sus fotos, de sus posteos a los que no podía poner Like. Lo busqué, lo viví, lo toqué por google. Ambos teníamos treinta años en esa época. Sentí un poco de envidia que teniendo la misma edad él ya fuera una joven promesa con varios libros y yo apenas una compositora con alguna canciones circulando. Me imaginé navegando en su esternón, buceando entre sus venas hasta llegar a su garganta y adueñarme de su boca, de sus palabras, de aquellos adjetivos rebuscados con lo que solía escribir historias de amor gótico. Imaginé mi nombre entrelazado a su apellido, mi piel a la suya, mis melodías con sus letras. Y así hasta llegar a la foto en que me miró directo a los ojos. Quise pasar el cursor hacia otra foto pero ahí seguía, con esos ojos orientales profundos violando mi mirada. Me había descubierto, sabía todo de mí y lo que quedaba era el vacío de saludos no pedidos. Congelé mis ojos en los suyos, una melodía con ukelele invadió mi cabeza y nos quedamos atados en esa foto. No quise ni pestañear porque tuve miedo de terminar saltando a otra escena.

Reencuentro

Con los cuerpos gastados, luego de años buscándose en otros cuerpos, se reconocieron al instante, en esa calle húmeda y melancólica de una Guayaquil que aun dormía entre sus alcoholes de la noche anterior. Con la ciudad en resaca, el reconocimiento de sus cuerpos fue más fácil. Se fundieron en un abrazo extraño, intenso pero distante, suave pero violento, dulce pero agrio. Se miraron unos segundos para encontrarse en la mirada del otro, sonrieron. Ninguno de los dos emitió comentario alguno. No querían romper la morfología del silencio. Caminaron juntos de la mano, se internaron por una avenida cuyo nombre desconocían. El calor del día empezaba, pronto tuvieron las manos transpiradas y el contacto provocaba una suerte de asco y excitación. Cuando lo asqueroso se vuelve placer, había pensado ella, sin imaginarse que él también había hecho la misma reflexión.

Siguieron caminando, se detuvieron a desayunar en un café que se caía a pedazos y cuyo olor a frutas batidas invadía el ambiente. Sentados frente a frente, con la mesa de por medio, juntaron sus cuatro manos, se acercaron, quisieron besarse pero pensaron que sería incómoda la escena y prefirieron esperan el bolón de verde, el café y el batido de naranja.

Unas horas más tarde, yacían exhaustos el uno al lado del otro, mirándose al espejo clavado en el techo. Estaban gastados, usados, algo marchitos pero eran ellos, auténticos en sus defectos físicos. No había nada más que decir. Se habían encontrado como querían, en una ciudad imposible, de sudores amargos a la hora del alba.

De la tristeza

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Lloras. Sintonizas con cualquier persona, animal o cosa que vibre en la misma frecuencia de la nostalgia para abajo. Siempre se te dieron bien esos humores relacionados con bilis negra. Ríes. Lo haces de manera sonora, como si tus pulmones se recogieran para tomar un impulso y así lanzar una carcajada furiosa. Pero sigues triste, apretado de recuerdos y con gula de historias interrumpidas. Comes. De forma desmedida, como si en cada comida buscaras repletar a cada célula de tu cuerpo por el miedo ancestral de no poder comer en varios días. Y luego te miras gordo, guatón, con los excesos descansando en los rollos de tu abdomen. Tiras, coges. Con exceso y con temor. Con el deseo de saborear un cuerpo nuevo y con el terror que te produce excitar una piel que podría ser estéril. Te rindes al placer efímero de un orgasmo silencioso. No te gusta gemir y peor gritar. Y sigues triste. Con la melancolía de haber usurpado un cuerpo para abandonarlo como abandonas el tuyo propio. Te vas. Acabado el ritual de amor pasajero, agarras la ruta y te pierdes. El destino no te importa, el punto es huir, vaciarse, ya que lo único que buscas llenar es tu barriga salobre. Caminas. Con la rapidez de tus pies calcificados, escuchando música que no conoces y añorando personas que no amas. Y te ves triste. Así como cuando mirabas las ventanas empañadas mientras llovía cada marzo o abril a la víspera de Semana Santa. Llorabas siempre en esas fechas. Ahora respiras nostalgia y vomitas azúcares. Saltas y sigues triste. Nadas y sigues triste. Te sumerges en el océano dejando el desierto atrás pero conectas con la tristeza del mar en su vaivén eterno. Lloras en la cordillera azul. Te vas, nadas hasta tocar fondo. Descansas, cierras los ojos. Y sigues triste.

Llegas a ese momento. Lo has evadido durante mucho tiempo. Has fantaseado con ese espacio, con en esa hora del día (o de la noche, según como te parezca mejor). Ahora no hay cómo escapar. Tratas de pensar en todos los trucos, frases ensayadas para cuando llegara ese momento. Pero todo es confuso, una humareda niebla tu cabeza. Te niegas a improvisar, a dar el primero paso. Danzas sobre tu propio eje. Prestas atención al vaivén de tu sangre que fluye forzada por tus venas. Quieres llorar, lo sé. A mí también me traicionan los lacrimales cuando elevo un poco el corazón. Respiras en cortos intervalos para ahogar el llanto. Te animas a dar la primera señal… Te interrumpe con una frase sin palabras. Entierra sus ojos en los tuyos. También tiene miedo. También ensayó para ese momento. No hay soundtrack que ayude o inspire. Te das cuenta que no hay que decir nada. De repente sientes que la situación parece escrita por Tarkovski o Bergman. Terminas por creer que sería del agrado de Godard. Luego piensas que él preferiría una escena más cortada, más posmoderna… Caminan juntos. El terreno es incómodo. Sólo escuchas tus pasos y los suyos. Y la sangre sigue atropellada en tus venas. Tropiezas. Intenta ayudarte para que no caigas. Se miran otra vez. Sabe bien que no darás el primer paso. Espera el intervalo de silencio que permite el canto entrecortado de los grillos. Te dice, casi en susurro: Escríbeme.

Mi encuentro con Jorge Enrique Adoum

Ayer, justo después de regresar de Madrid, soñé que conocía a Jorge Enrique Adoum en New York, en el Downtown, específicamente en Delmonico’s. Se trataba de una reunión de intelectuales (muy similar a las que estuve en Madrid durante la feria del libro), donde los meseros hacían malabares con bandejas con vino y whisky, alternando copas llenas y vacías. La música del momento, apenas ambiental, era de Buena Social Club, que se veía opacada cada tanto con las risotadas de Paul Auster y Coetzee. Sí, eran los más bulliciosos de la fiesta. No pude identificar la razón específica de la reunión y tampoco tuve mucho tiempo para pensar, ya que Tomás, mi amigo escritor de varias novelas, finalista del Herralde y Planeta durante varios años, me dijo que me presentaría a un coterráneo mío. Se me hacía curioso a veces que Tomás siendo argentino supiera más de literatura ecuatoriana que yo. Sabía de memoria varios pasajes de las novelas más conocidas de la década del 30, saltaba de la narrativa de Pablo Palacio a la poesía Jorge Dávila Andrade, con la misma liviandad como si estuviera charlando con algunos de sus estudiantes durante los recesos o a veces con el mismo entusiasmo como cuando se interesaba en alguna colega o alguna escritora novata que había alcanzado algún premio de ligas intermedias y buscaba pescar a un autor de renombre. El caso es que en el sueño, Tomás conseguía romper las barreras de tiempo y espacio para ponerme frente a Jorge Enrique Adoum. Confieso que durante el sueño no reparé en que él había muerto hacía más de ocho años. Por el contrario, me sentí fascinado, afortunado y también intimidado con su presencia. Adoum estaba conversando en una mezcla rara de inglés, francés y español con María Negroni, Amélie Nothomb y Edward Hirsch. Jorge Enrique inclinó levemente su cabeza para enfocarme mejor con sus lentes, guardó silencio por unos segundos y sin mayores preámbulos me dijo: “Ah Ud. es Santiago, ¿y por qué ya no escribe?”. Reconozco que esa interpelación con una mezcla de sensei y abuelo castigador me dejaron helado. Debo haber contenido sin querer la respiración por unos segundos porque cuando atiné a decir que estaba trabajando en una segunda novela sentí que me asfixiaba. Jorge Enrique no fue consciente de esto y siguiendo con el tono de abuelo regañón, aunque también con algo de ¿dulzura? dijo: “Ya pues, pero tiene que seguir escribiendo, tiene talento pero hay que bajar las ideas, hay que comprometerse, comprometerse!”. Amélie Nothomb quien no entendía nada de español sólo atinó a asentir con la cabeza como si hubiera comprendido lo que estaba pasando. Para ella daba lo mismo si me regañaba pensando que era algún alumno infiltrado o un escritor novel que pedía consejos al gran escritor. María Negroni, quien sin lentes no ve casi nada no se dio cuenta de quién era yo y siguió charlando con Hirsch sobre un nuevo poemario y un libro de ensayos en los que estaba trabajando. Tomás para calmar a la súbita emoción de Jorge Enrique, le aseguró que había leído parte de mi segunda novela en proceso y estaba fascinado por mi crecimiento como autor. Jorge Enrique rió brevemente pero luego volvió a su postura de Olimpo, como si no quisiera perder al personaje de abuelo regañón y bebió de un sólo trago su copa de vinotinto. “Lo espero mañana a las 11 en el lobby del Sheraton y me lleva lo que está escribiendo, como esté, un capítulo o dos”, sentenció Adoum. No vi la cara de Tomás en ese momento pero estoy seguro que tampoco él se esperaba ese gesto de Jorge Enrique. Quise agradecerle por la oportunidad pero ya se había integrado nuevamente a la conversación de Negroni, Hirsh y Nothomb. No esperaba que le agradeciera por su tiempo y sí que mañana estuviera a las once en punto. Me sentí miserable por tener apenas unos cuatro capítulos a medio hacer de la novela, pensé que quizás esa misma noche podría trabajar al menos en el primero y llevárselo al día siguiente. Quizás lo encontraría horrible, me diría que no me comprometa a escribir, que me dedique a dar clases de literatura o que iniciara un camino en la crítica literaria, ahí en el panteón de los genios que nunca lo lograron. Tomás me agarró del saco y me dijo que no puedo perder esa oportunidad. Su voz escondía emoción e incluso algo de envidia. Yo por mi parte deseé que mi primera novela nunca hubiera llegado a manos de Jorge Enrique y más aun deseé no haber hecho caso a Tomás y así nunca habría conocido a Adoum. Ahora tenía que trabajar, revisar tiempos verbales, encontrar adjetivos que no suenen rebuscados pero tampoco ramplones, equilibrar las descripciones de los lugares y los espacios, editar cualquier resquicio burgués que se hubiera filtrado en la voz narrativa. No era algo para trabajar en una noche. Seguía repasando mentalmente todo lo que debía corregir mientras pasaba con Tomás por todos los círculos de autores, cada vez más desenfadados por el efecto del alcohol. Algunos me saludaron como si me conocieran, otros directamente me llamaron con otro nombre y algunos ni siquiera me determinaron. La verdad poco o nada me importaba desde que Jorge Enrique Adoum me dio la espalda para seguir la conversación con sus colegas de oficio. Había dejado de estar con Tomás y empecé a acompañar en mi cabeza a mi resquicio de novela. Seguimos circulando, bebiendo cada tanto, participando de conversaciones fugaces que luego no recordaría. Era casi medianoche. Lo único que atiné a hacer fue salir del restaurante sin despedirme de Tomás y ahí, en medio del frío de enero calando en los huesos, me desperté agitado, en Guayaquil al mediodía, remojado en sudor entre las sábanas y algo aliviado, quizás, por no encontrarme con el genio.

Nuevos días

Desde hacía varios días atrás se había obsesionado con la idea del cáncer, con la idea de tener cáncer: al cerebro, al estómago, a los huesos, a la sangre. Al corazón no porque creía a ese órgano tan disfuncional que niel cáncer podría corroerlo más. O quizás era una creencia para que en caso de cualquier desgracia, su corazón fuera lo único libre de un hipotético cáncer.

La idea de la enfermedad lo acompañaba en sus comidas, en el trabajo, en las reuniones con amigos, en el auto, en la caja del supermercado. Imaginaba su cabeza siendo invadida por células cancerosas que se reproducían por el torrente sanguíneo hasta tomarse todo el cuerpo. Y ahí en medio de ese proceso de imágenes acuosas estaba Él, fingiendo que todo estaba bien mientras el yo positivo trataba de pensar en otra cosa y el yo negativo seguía mandando spam al cerebro.

hombre-preocupado

En medio de esos pensamientos Él empezaba un nuevo trabajo. Venían nuevos desafíos, muchas tareas por cumplir mientras el yo negativo renuente se empecinaba en las imágenes de quimioterapia, radioterapia, los efectos secundarios del pelo y la piel marchita. Inventaba síntomas buscando de cualquier manera la muerte total. La lucha de los yoes no tenía descanso ni en el sueño. Seguían discutiendo, lanzando toda clase de argumentos para afirmar si había cáncer o no en alguna parte del cuerpo. Y mientras tanto él, suspendido entre los yoes. Escuchando a un lado y otro, así como cuando en otra época estaba convencido de tener sida y años atrás, diabetes. Él aun no había sido tan avispado para darse cuenta que su yo negativo o más bien, el yo miedoso, se resistía a la idea de cambio. En esa angustia la salida más fácil era fabricar una muerte. O una muerte simbólica de una etapa, haciendo una limpieza profunda de momentos buenos y malos, de inventariar y organizar los recuerdos.

La lucha va pasando. Él ha terminado otra jornada del nuevo trabajo, el fin de su primera semana. Antes de cerrar los ojos, trata de capturar ese momento de novedad desde sus huesos, sintiendo el bombeo acelerado de sus venas, la respiración que se corta, el suave quemón de sus expectativas sobre su cara. Y así logró encapsular ese momento para reinventarse desde la dermis, sintiendo otro tacto, descubriendo otros horizontes, haciendo callar a sus yoes enloquecidos.