Saudade de Domingo #90: El idioma en la música

Que la música es el lenguaje universal que nos hermana a todos, ya lo sabemos. Pero también es cierto que cada lengua particular le imprime a una canción una marca, un sello que marca un ritmo fonético, de velocidad que da lugar a una sensación de dulzura, acidez, de distancia o calidez.

Quizás por esa búsqueda concreta de lo que me produce cada lengua, me encanta escuchar canciones en varios idiomas. Cantantes que cantan en diferentes idiomas o canciones que se traducen pero que respetan la melodía. En el primer caso me gusta pensar en Charlotte Gainsbourg, a quien siente muy melancólica en francés, mientras que en inglés la siento más colorida y alegre. Depende mi estado de ánimo prefiero escucharla en una de las dos lenguas. Lo mismo me sucede con los brasileños Roberto Carlos, Caetano Veloso o Simone cuando cantan en portugués o español. Dependiendo de la canción los prefiero en un idioma o en otro. Hay veces que cuando los escucho en español con su fuerte acento portugués, la canción adopta una cosa nueva, un canal que circula entre dos aguas, un limbo sonoro que la vuelve especial.

 

Con Andrea Bocelli me pasó algo. Durante la infancia y la adolescencia como sólo tenía acceso a los discos (el internet no estaba muy desarrollado en esa época), sólo podía escuchar a Bocelli en las ediciones para América Latina y por ende en español. Su voz me gustaba y sus canciones también. Fantaseaba en cómo sonaría en italiano. Sólo tenía como referencia Vivo per Lei, canción que me aprendí para una actividad en el colegio italiano donde estudiaba. Sabiendo la canción y escuchándola repetidamente, más ganas me daban de escuchar otras canciones en su idioma original. La fonética italiana de la z y la s como zumbido de abeja, el sonido frecuente de “y,” las palabras terminando casi siempre en vocal debían modificar, enaltecer las melodías. Años después encontré en internet el disco Romanza en su edición italiana. Lo escuché de principio a fin y fue como encontrarme con un amigo pero al mismo tiempo con un desconocido. Como había intuido, la fonética modificaba las canciones aun cuando la melodía era la misma. Bocelli se sentía mucho más vivo, brillante, su voz era una montaña rusa que subía y bajaba a piacere.

Un caso similar fue con la canción La quiero a morir, de Francis Cabrel. Obviando las versiones salseras, shakisrescas que se han hecho de ese clásico de los 70, cuando una vez navegando en youtube llegué a la versión original en francés, fue un impacto tremendo. Me gustó mucho más la versión original porque el francés le imprimía una profundidad que la hacía más grave, más intensa. La versión española del mismo Cabrel era más ligera, menos dramática. Es como si la canción en francés fuera una etapa más reciente de ese amor vivido y la canción en español fuera más bien como una evocación de ese amor pasado. La letra es la misma pero el impacto que me producen las versiones es diferente.

Siempre que empiezo a estudiar un idioma nuevo, trato de buscar canciones que me sumerjan en esa fonética desconocida. Ahora que estudio japonés he descubierto varios cantantes nipones y sigo en la búsqueda porque me atrae mucho la idea de ir deshilvanando las melodías, comprendiendo pequeñas sílabas o palabras. Sumergirme en el lenguaje musical es siempre un viaje no garantizado de retorno invicto. En algunas ocasiones, escucho canciones por una única vez y en cambio otras me acompañan por meses, por años y se vuelven tan personales que quedan atadas a hechos de mi vida. Entonces, cuando las vuelvo a escuchar, años después, no sólo las canto en mi cabeza recordando las letras en lenguas ya no tan extrañas sino que ellas mismas me cantan mis propios recuerdos. Me muestran mis primeros pasos medio torpes cuando empecé a estudiarlas, en principio, sólo por placer para luego volverse parte esencial de mis memorias. Sí, mis recuerdos se evocan en muchos idiomas musicales.

Saudade de Domingo #89: La terapia del domingo

Hace algunos meses atrás, en esta misma columna escribía sobre el malestar o el síndrome que me produce el domingo por la tarde. No es que haya cambiado ese problema pero he podido capitalizar mejor el uso del domingo. Siempre he sentido al domingo como un día indefinido: No es un día de mucha actividad como el sábado, tampoco es un día “serio” como el lunes y aunque a veces se hagan reuniones familiares ese día, tampoco hay tanta festividad como si fuera un sábado. Es mi concepción acerca del domingo. Siempre le he encontrado cierta alegría a las primeras horas de la mañana, cuando todavía se sienten los rezagos del sábado por la noche. Pero cuando el domingo va tomando cara de lunes, me resulta asfixiante.

Desde hace varias semanas he empezado a trabajar con un libro que se llama El Camino del Artista y en medio de toda esa labor introspectiva de autoconocimiento, le he encontrado una utilidad al domingo. Ahora es mi día personal, mi día “egoísta”. Es el día que estoy destinando para una escritura libre desligada de algún proyecto en particular, de organizar mis prioridades, de escuchar música, de hacer ejercicio. Es el día que puedo preguntarme cosas, responderlas si quiero; es el día que he elegido para escucharme.

IMG_7642En esta nueva versión de domingo, empiezo la mañana escribiendo algo que Julia Cameron (autora de El Camino del Artista) denomina páginas matutinas (morning pages). Consiste en escribir tres páginas sobre lo que salga, todos los días. Y el domingo no podía ser la excepción. De modo que empiezo con ese trabajo que me lleva aproximadamente una hora. Trato de no distraerme con WhatsApp ni con redes sociales para que sea una escritura profunda. Es curioso la introspección que puede producirse con este tipo de escritura. Siento que los pensamientos se ordenan mejor, emergen en medio de la maraña de tareas que tengo en la cabeza. Me clarifica y me obliga a establecer prioridades.

Luego de esa escritura matutina lo más probable es que tenga material para definir cuáles van a ser las actividades más relevantes durante la semana laboral que empieza el lunes. A veces de esa escritura surgen temas que voy a terminar escribiendo en el blog o en ocasiones sirve para trabajar en una obra de teatro o en un cuento.

Aunque no todos los domingos hago las actividades en el mismo orden, después de la escritura matutina suelo escribir entradas que vendrán a este blog. Algunas veces las dejo reposar unos días y las publico más adelante, a veces siento que deben encontrar la luz enseguida a través de esta columna Saudade de Domingo. En el medio del proceso suelo escuchar música instrumental porque si pongo música que me gusta termino volándome y me distraigo. (Sí, para algunos la música es esencial para escribir, para mí no tanto, me suele llevar a otros mundos y me desapego de lo que estoy escribiendo en ese momento).

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El domingo ahora es el día en el que hago un balance de mi semana. Anoto en mi journal cuáles fueron los hechos más importantes. Puede parecer una bobería pero eso me ayuda para medir si mi semana fue productiva o no y tiene un cierto impacto en las actividades que deseo realizar la semana siguiente. Debo decir que todo esto son guías, no tiene nada de rígido, porque también en el ritmo del trabajo en la universidad las cosas suelen modificarse en el camino.

También trato de incluir dentro del domingo una actividad física de ejercicios (dependiendo de lo que quiera trabajar) y un poco de meditación después. En otras épocas podía meditar media hora, cuarenta minutos, ahora me cuesta un poco más y voy gradualmente. Actualmente estoy usando la app Headspace, que propone meditaciones de 3 a 5 minutos. Convertirlo en un hábito diario trae mucha satisfacción con el paso de las semanas.

Ya por la tarde, a eso de las cuatro suelo ver alguna serie o película. Después de terminar la segunda temporada 13 reasons why, esta semana he pasado viendo más películas hasta encontrar una serie a la que me quiera dedicar.

Ya cerca de las 5, 6 de la tarde escucho un poco de música, veo algo de tele, leo algo interesante (estoy terminando ahora Big Magic y leyendo varios libros de no ficción). Por la noche, después de cenar algo ligero, dedico una hora aproximadamente al aprendizaje de japonés. Puede que estudie el Hiragana (uno de los sistemas de escritura en japonés) o aprenda algo de vocabulario. Hoy creo que optaré por reforzar el aprendizaje de los números.

Así que mi domingo ha pasado de ser un día tortuoso y aburrido para convertirse en algo egoístamente productivo. No quiere decir que haya superado el síndrome del domingo por la tarde, pero puedo manejarlo mejor ahora. A veces a eso de las seis, siete de la noche me asalta esa sensación pero al estar imbuido en mis actividades, no tengo tiempo para pensar en la agonía del domingo.

Saudade de Domingo #88: La magia en la escena

Desde hace dos meses aproximadamente he estado dividiendo mi jornada laboral de profe con ensayos de teatro. Como si ya no fuera mucho trabajo montar una obra o en este proceso, he estado trabajando en dos. Cuando era estudiante llegué hasta trabajar en cuatro, cinco montajes.

Cada proceso es diferente, es un mundo nuevo y de a poco uno va entrando, entendiendo la morfología de esa obra. Hay un proceso intelectual y corporal para dejar esos personajes y esas tramas vayan haciéndose carne. Creo que uno de los desafíos más grandes de un actor es justamente no intelectualizar completamente su trabajo ni corporeizarlo sin ningún tipo de reflexión. Ni la mente ni el cuerpo deben canibalizarse sino aprender a trabajar juntos.

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En medio del ensayo técnico, previo a la función del próximo jueves

Y luego está el trabajo en equipo, la consonancia que se va afinando con los ensayos, hasta que en algún momento, en un minuto impensado, emerge la magia, esa cosa extraña inexplicable que sucede en la escena, donde todo engrana, todo se sincroniza, los cuerpos, las voces, la música, la luz. Es como si todo el elenco fuera un solo cuerpo, con una sola conciencia. El teatro no es sólo mágico sino espiritual.

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En los ensayos hay tiempo para jugar también

Hay funciones buenas, hay funciones malas y otras regulares. Y depende si se mira desde el lado del actor o del público. En algunas ocasiones me he sentido pésimo en escena, sin embargo el público ha sido participativo y se sienten conmovidos. En otras ocasiones, me siento satisfecho con mi actuación pero el público ha estado más discreto, silencioso. También hay otras ocasiones -esas son las mejores- en las que como actor se siente la satisfacción de llegar al personaje y que el público comparte, entra en esa comunión y lo disfruta. Es difícil entender que no importa la cantidad de años que se tenga trabajando en escena, siempre el actor está en la cuerda floja. Hay que estar atento a la luz, al comportamiento de los compañeros en escena, del texto, del movimiento y aun con todo eso, hay que estar flexible, dispuesto, dejar que la magia entre y que el personaje viva. La adrenalina sube y baja, pero hay que tener el control desde las vísceras. Un director y actor amigo dice que en realidad lo que hay que hacer es preocuparse de la parte técnica, que una vez que esté eso “listo”, la emoción vendrá. Quizás por eso me encanta el proceso de ensayo. Porque es en ese instancia cuando comienzo a buscar un tono de voz, un gesto, una acción, me familiarizo con el ritmo, con las voces de mis compañeros en escena. Y es verdad que la técnica ayuda. Los movimientos y las acciones se enlazan con el texto. Y de esa dinámica, la magia, la emoción aparece. A veces es tentador “observarse”, mirar desde afuera cómo fluye la magia, ver cómo el yo actor se fusiona con el yo personaje y la obra toma vida propia. Pero justo en ese preciso instante, en el que se intenta salir para mirar, la magia se quiebra, se rompe el tiempo establecido y la obra se cae.

Pasados los aplausos, los agradecimientos y los abrazos, me gusta, cada tanto, volver al escenario y contemplar la sala vacía. Recuerdo los momentos más intensos de la obra, la complicidad con el público, los primeros bocetos de puesta en escena en los ensayos. Me lleno de saudade sobre todo cuando los personajes y la obra se guardan por un tiempo hasta un posible remontaje. Es una manera muy personal que encuentro para despedirme de esa obra y también para dar paso al proyecto que sigue. Porque en el teatro, como en la vida, todo se transforma y los personajes creados en el pasado, ayudan, moldean y hacen vivir a los nuevos.

Y así es como la magia del teatro a veces aparece, a veces no, pero hay que estar siempre listo y dispuesto para recibirla.

Mi canción de verano (saudade)

 

Cada vez que escucho esta canción mi cabeza se transporta a Buenos Aires en verano, a ese sol brillante, de cielo turquesa, de aire enrarecido. Con el iPod adherido al cuerpo, repetía una y otra vez esta canción en mis caminatas intensas, sudando, marcando la ciudad con los pasos, palpando el calor violento capaz de cortar el aliento. La voz grave de Ana Carolina era mi compañera en esos tiempos muertos de subte y de tren. Aun sin en el iPod, la canción me acompañaba en la cabeza como banda sonora en los banquetes, en las horas de amor y en el sabor dulzón de la granadina con soda. Sí, para mí el verano porteño tiene gusto a granadina.

Enero en Buenos Aires es una caldera de cuerpos quemados, de camisas transpiradas, de faldas cortas, de planes de playa, de no complicarse y resolver el mundo bajo un árbol en una plaza tomando mate con amigos. De muchas horas al sol, de empezar la fiesta con los últimos rayos de sol a las 20h00. ¡Qué nostalgia de esos meses solares, en los que el amor era posible de cualquier manera!

Escuchando Ana Carolina vuelvo a vivir el sol porteño asándome la cara, donde era feliz con unos cuantos pesos en el bolsillo, amando hasta partirme los huesos como si no hubiera mañana. Y así, en Buenos Aires, con casi 50 grados de sensación térmica, aprendí a amar al verano.

 

Los libros que dejó Miami

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Siempre hago la “promesa” de no comprar libros cuando viajo. Puede incluso que los primeros días me sienta orgulloso de no caer en la tentación de detenerme ante una librería, pero al final termino cayendo. Alguien leyendo un libro, un afiche sobre algún libro en lanzamiento, alguien en Facebook recomendando un libro, me invitan a algún encuentro literario y hasta ahí llegó la promesa de no comprar libros. Suelo pensar que los libros son los que me buscan y no yo a ellos, porque la verdad en mis últimos viajes, he tratado de evitarlos. La primera razón, porque me aumenta exponencialmente el peso de las maletas; segunda razón, porque aunque amplié mi biblioteca al paso que voy, dentro de poco no habrá espacio para más libros.

Pero los libros se imponen, me buscan y me encuentran. En mi último viaje (a Miami) me encontré con varios libros que tenía en mi lista de deseos de Amazon, así que en lugar de esperar semanas de entrega, impuestos de envío y tal, compré en Books and Books (una modesta cadena de librerías de Miami), algunos de ellos. Hasta ahí todo bien, lo que no sabía era que al interior del aeropuerto de Miami hubiera tantas librerías (no muy surtidas, claro) y eso fue un poco mi perdición, a pocas horas de mi regreso.

Aunque Miami sea casi que una extensión de América Latina y el español predomine por todos lados, en las librerías la mayor parte de los textos está en inglés. De todas formas comparto la lista para que vean los nuevos amigos que me traje de Miami.

IMG_2382Chicago – David Mamet
Este fue un gran encuentro que no me habría imaginado, pues ni siquiera lo tenía en mi lista de deseos de Amazon. Ni tampoco sabía de la existencia de esta novela. Las referencias que tengo de Mamet están relacionadas al teatro, donde él se ha desempeñado muy bien como dramaturgo. Me gusta su estilo, fuerte, directo, descarnado a momentos. De hecho estoy pensando tomar su masterclass a ver qué onda. Aun no comencé a leer el libro pero me resulta muy interesante conocer a Mamet en su faceta literaria.

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Frankenstein – Mary Shelley
Por motivo de los 200 años de su primera publicación, las editoriales alrededor del mundo han lanzado la novela en diferentes formatos, con portadas creativas, con la intención de atraer a más lectores. La novela la leí hace muchos años en español pero ahora me seduce la idea de leerla en su idioma original. La pasta dura de tela me hace pensar en los libros antiguos de la biblioteca de mi casa. Tiene un encanto vintage que combina bien con la textura de corazón humano que adorna la portada.

IMG_5525Do the work – Steven Pressfield
Este libro no me encontró. Yo lo busqué, aunque no precisamente a él. Quería leer cualquier libro de Steven Pressfield. Ya he visto y leído varias de sus entrevistas hablando acerca de la creatividad, de la disciplina y del gran enemigo de todo artista: La resistencia. En este libro como en muchos de los otros que ha escrito, habla sobre cómo la resistencia adopta diferentes caras para sabotearnos: Puede traducirse en la familia, amigos, investigaciones eternas, perfeccionismo, distracción, entre otros. Pressfield aboga por una creatividad libre en la que “simplemente” nos dediquemos hacer nuestro trabajo. Si es el caso de la escritura, pues a escribir, si es a pintar, a pintar, y así. Pressfield sabe que a pesar de lo simple que parece esto, es una labor titánica, porque muchas veces no estamos atentos a las trabas que nos ponemos para alejarnos de nuestro oficio. El libro es una lectura deliciosa, bien directa, breve. Lo leí de un sólo tirón en el vuelo de regreso y la verdad es que es un libro de lectura recurrente. Es un gran material de consulta y sobre todo para reflexionar sobre el trabajo artístico que cada uno hace.

Creativity – Mihaly Csikszentmihalyiimg_8035.jpg
Este libro sí estaba en mi lista de pedidos pero no era una prioridad. Me bastaba un poco con la charla TED que dio el autor sobre la creatividad, las reseñas de sus libros y varios de sus consejos presentes ya en su libro más conocido Flow. Pero al verlo en la estantería mientras buscaba otro libro que de hecho no encontré, Creativity me saludó y no pude decirle que no. Es un libro que no ve la creatividad como algo exclusivo de genios torturados sino como una capacidad humana (y por tanto para todos) que está más relacionada con el vivir el aquí y ahora, disfrutando todo lo que se pone al frente. Cuando termine de leerlo haré un review especial sobre el libro, que es un pequeña joya.

IMG_9295Chicken soup for the soul – Inspiration for Writers
Chicken soup for the soul es una colección de libros que recogen, bajo alguna temática específica, las historias verdaderas de gente común relacionadas a ese tema en cuestión. Son libros que tienen más un carácter de autoayuda pero las historias son muy interesantes. En el caso de Inspiration for Writers, hay muchas historias de vida (muy diferentes unas de las otras) que están muy bien escritas y la verdad resultan muy motivadoras. Lo bueno también es que como son historias independientes, se pueden leer al gusto del lector, sin tener que llevar un hilo conductor.

On Writing – Bukowskiimg_9200.jpg
En este libro, editado por Abel Debritto, tenemos acceso a una selección de cartas que escribió Bukowsky a amigos, conocidos y en las que inevitablemente terminaba hablando sobre la escritura y sus procesos. Son cartas en las que, como no podía ser de otra manera, queda en evidencia la personalidad feroz de Bukowski. También es una lectura que se puede disfrutar de manera no lineal, así que se puede elegir cualquiera (amo esta manera de leer, que sin duda es menos comprometida que leer una novela o un non Fiction con hilo conductor).

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Stranger than fiction
– Chuck Palahniuk

El famoso autor del libro que luego se convirtió en película, Fight Club, se sumerge en un libro de no ficción para compartir historias reales que reflejan de una u otra manera, el oficio de la escritura. Palahniuk como ya ha dejado ver en sus entrevistas, no tiene tapujos en sus comentarios y se ubica en el lado de los escritores rebeldes del momento.

 

Why I Write – George OrwellIMG_3819
A través de la colección Great Ideas, la editorial Penguins Books, ha empezado a publicar una serie de libros de grandes pensadores de todos los tiempos como Charles Darwin, Seneca, Marco Aurelio, Nietzsche entre otros. En el ámbito literario no podía faltar el gran George Orwell. Esta edición se compone de tres ensayos escritos por él y el primer que abre (que además toma el título del libro) es sobre su pasión por la escritura desde su infancia. (Sí, muchos de estos libros de Miami tienen que ver con el acto de escribir).

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The artist’s way every day – Julia Cameron
Este libro funciona como una especie de complemento a El Camino del artista, que es un texto terapéutico esencial para todo artista que se siente bloqueado e incapaz de seguir con su oficio. En El Camino del artista, propone una serie de lecturas y ejercicios a lo largo de doce semanas que buscan rescatar al niño interior creativo y juguetón que todos llevamos dentro. En este nuevo libro, Cameron propone un pequeño texto para leer diariamente durante un año (viene acompañado con el día y el mes) con el objetivo de recordarnos que tenemos que estar enfocado en hacer el trabajo. Su escritura es fluida, algunos días habla en primera persona desde su propia vivencia y en otros habla en “nosotros”, porque al final todos somos espejos de los unos y los otros. Una gran lectura ligera para empezar el día (recomiendo leer El Camino del Artista primero para que le saquen más provecho).


The little book of Mindfulness
– Editado por Tiddy Rowanimg_5365.jpg
Una hermosa edición de bolsillo con portada de tela. El solo verlo ya provoca relax e invita a recorrer sus páginas. Se trata de una serie de pensamientos que se enfocan en el mindfulness intercalados con pequeños ejercicios de meditación de diferentes clases. Es un libro que puede funcionar como una buena herramienta de trabajo para hacer un paréntesis entre el trabajo y la vida cotidiana.

Tengo nuevos amigos de viaje para leer. En estos tiempos estoy leyendo más libros de no ficción y especialmente en el ámbito de la escritura. Y todos los encuentros librísticos se relacionan con eso. Que la sincronicidad de la que hablaba Jung siga proporcionando más lecturas así.

Saudade de Domingo #87: Aprendiendo una nueva lengua

Siento una fascinación por las palabras y eso se extiende no sólo a las de mi propio idioma sino a todas las de otras lenguas que por alguna u otra razón voy conociendo. Me gusta eso de que palabras en un comienzo extrañas, después se me vuelvan familiares y pueda identificarlas sin mayores problemas. Es como ver la luz en medio de la oscuridad. Es sumergirme en un universo de posibilidades con nuevas palabras. Ya hablé acá de mi fascinación portugués, por ejemplo.

En algunos casos logro internalizar tanto ciertas palabras, que luego me resulta imposible no relacionar ciertos momentos de mi vida con esas palabras. Me pasa con la palabra portuguesa saudade. No tiene un significado literal en español y justamente por ser polisémica, la puedo usar en diferentes contextos. Me gusta también la versatilidad que tiene el verbo tocar en inglés y francés (Touch) o la palabra italiana “diventare” que estaría relacionada con la palabra española devenir y que a momentos se usa como sinónimo de “convertirse en”. Creo que aprender nuevas palabras y lo que significan, amplía la manera en la que puedo poner mis pensamientos en palabras. Cada lengua esconde dentro de sí misma una cosmogonía que me deseo descubrir, escudriñando en sus libros, en sus reglas gramaticales, en su fonética.

Ahora he emprendido un largo camino en el aprendizaje del japonés. Una lengua que en realidad siempre he visto lejana y que cuando me preguntaban si me interesaba aprender una lengua asiática, siempre respondía que no, que no estaba entre mis planes, aunque en el fondo nunca descartaba la oportunidad de aprenderla en algún momento.

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Mis primeras letras en Hiragana: las vocales

Desde hace una semana decidí emprender el desafío. Quiero probarme en una lengua completamente distinta, con un sistema de escritura atemorizante (de paso en japonés son tres) y por supuesto, en el futuro, viajar a Japón para “practicar” el idioma. Sé que no será fácil ni tampoco rápido, pero quiero sobre todo disfrutar del proceso. Una de las cosas que más me gusta de aprender idiomas es llegar a más personas. Es verdad que con el inglés tenemos una gran herramienta de comunicación, pero como decía Mandela, hablarle a alguien en su propia lengua es hablarle directamente a su corazón. Me emociono cuando un extranjero de otra lengua se esfuerza por hablarme en español. No importa si comete errores o si tiene mucho acento foráneo, me gusta el esfuerzo por hablarme en mi idioma y por interesarse en mi cultura. Aprender idiomas para mí, es un acto de amor a los otros. Requiere de tiempo, paciencia, produce incertidumbre, miedos pero una vez que se atraviesan esos umbrales, se descubre un mundo de infinitas posibilidades. Y eso es lo que busco con el japonés. Todos tenemos muchas imágenes estereotipadas sobre Japón y su gente. Pensamos en el anime, en los samurais, en el budismo, en gente fría, en tecnología, en el sushi, pero sé que Japón es más que todo eso y quiero descubrirlo a través del idioma. Para que ese viaje sea más agradable vi decenas de vídeos en youtube de personas que cuentan sus experiencias estudiando japonés, vi recomendaciones de textos, he empezado a hacer amigos japoneses y aunque sólo llevo una semana de estudio, siento que mi visión de Japón está cambiando. Ahora al frente, en lo cotidiano, se me han aparecido un montón de cosas que están ligadas con Japón y su cultura. Quizás siempre estuvieron pero no les daba mucha atención, quizás solo ahora estaba listo para poder verlas o quizás por la sincronicidad de la que hablaba Jung, ahora que tengo interés por el idioma y la cultura, he podido atraer hacia mí todas esas cosas.

Me voy a tomar tranquilo mi tiempo con el japonés porque además quiero estudiarme. IMG_0805Quiero saber, analizar cómo voy adquiriendo destrezas en el idioma. Por lo pronto he empezado a estudiar el Hiragana, que es el primer sistema de escritura que todos sugieren aprender. Luego viene el Katakana y por último, el más difícil, el Kanji, que tiene los caracteres chinos. Para los tres alfabetos hay una infinidad de material de estudio en internet, así que lo difícil es saber por dónde empezar. Un portal muy bueno para iniciar los estudios en The Japanese Page. Tienen mucho material didáctico si se quiere estudiar independiente y una sección para conocer de la cultura japonesa que está muy buena y surtida. Yo estoy estudiando ahí las sílabas del Hiragana y es muy práctico. Como complemento estoy utilizando también el libro Japonés desde cero, que lo vi en varios reviews en Amazon como un buen texto para iniciarse en el idioma. Más adelante usaré Basic Japanese Grammar, que lo compré en New York a inicios de año (cuando todavía no sabía que me iba a poner a estudiar en serio japonés).

Como quiero hacer un análisis de cómo aprendo un idioma completamente ajeno al mío, he decidido crear una cuenta en Instagram ( @saudadeinjapanese ) que de alguna forma funcione como una bitácora de mi aprendizaje. No es que voy a enseñar japonés, lo que busco es compartir con otros cómo avanzo y sobre todo tener como un diario virtual de lo que voy aprendiendo.

 

Taxi Miami – 1

Conductor: Julio

Desde: 1446 Washington Avenue, Miami Beach, FL.

A: Biscayne Boulevard, Miami, FL.

Era mi primera vez usando Uber en Estados Unidos. Durante mis viajes a New York siempre me moví muy bien en el Subway por lo que la idea de un taxi ni siquiera se me pasaba por la cabeza. Pero Miami, me habían dicho, era otra cosa. “No es una ciudad para caminar”, cosa que después comprobé al constatar que el transporte público no está muy desarrollado como en Nueva York. Era muy difícil viajar de Miami Beach hacia a Miami en el tiempo breve que disponía para hacerlo.

De modo que agregué el número de teléfono de mi chip norteamericano, la tarjeta de crédito e hice la solicitud de taxi. De todos los taxis que andaban por la zona, Julio fue quien “eligió” llevarme. Me llamó para avisarme que ya estaba cerca a Española Way donde me alojaba. La rapidez de su acento cubano me hizo entenderle la mitad de lo que dijo y de pronto me sentí en una telenovela de Telemundo. Era extraño para mí (y aun lo es) tomar taxi en otro país. Normalmente cuando recorro ciudades me encanta experimentar con el transporte público y de hecho me hubiera arriesgado a hacerlo, pero tenía pocos días en la ciudad así que no podía perder mucho tiempo en recorridos largos.

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Al subirme al auto, Julio me recibió con una amplia sonrisa. Debía andar por los 45 años, tenía los ojos amielados y el pelo entrecano. Inmediatamente se estableció una confianza que creo que se da entre todos los latinos cuando estamos en tierra ajena. Me preguntó de dónde venía, a qué me dedicaba. Le dije que era profesor universitario, guionista y que cada tanto actuaba. Sus preguntas reflejaban una curiosidad que me causó gracia. Había un interés genuino por conocer, por charlar y no sólo por pasar el tiempo mientras llegábamos al trayecto. También le hice algunas preguntas sobre su vida y en pocos minutos teníamos una charla como si nos conociéramos de mucho tiempo. Las preguntas y respuestas se fueron desdibujando hasta encontrarnos en una conversación fluida de dos latinoamericanos en una ciudad gringa/latina. Una ciudad donde Julio ya llevaba diez años luego de haber abandonado Cuba, una ciudad en la que pese a toda la latinidad en el aire, aun no logra hacerla suya. “Si hubiera tenido un buen trabajo que me hubiera dado para vivir, nunca me habría ido de Cuba, no hay nada como estar en tu país, con los tuyos”. La nostalgia se apodera brevemente de sus palabras hasta que bromea conmigo preguntándome si no me habría visto en alguna telenovela como actor. Me río al imaginarme en un culebrón de Telemundo con acento miamense.

Cruzamos el puente hacia Miami, atravesamos las Venetian islands. Me mostró algunas casas emblemáticas. Me dijo que en Miami ha logrado armar una nueva familia, con esposa e hijos. “No habría podido aguantar acá solo”. Está satisfecho con su suerte pero el trabajo y el día a día no es fácil para él. “Hay muchas trabas para nosotros los latinos, la primera el idioma. Te piden en los trabajos que hables bien inglés, pero a la larga siempre hablas en español”. Un primo suyo que ejercía como médico en La Habana pasó varios años intentando homologar su título para poder ejercer en Miami. Fueron muchos exámenes, muchas fechas de espera, muchas horas de trabajo como chofer, como mesero hasta que finalmente pudo establecerse. “Cuando eres ya profesional, la cosa cambia, consigues residencia, ganas bien y puedes vivir mejor”.

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Seguimos el recorrido. En Miami nos esperaba el tráfico de viernes por la tarde. Los rascacielos de la ciudad se conjugaban armoniosamente entre ellos, sin apretarse, sin asfixiarse como sí sucede en Nueva York. Pese al cielo gris de esa tarde, los colores vivos se ven en los transeúntes que circulan en shorts y camisetas holgadas. Mientras miro cada tanto por la ventana del auto, Julio me habla sobre el socialismo del siglo XXI de Sudamérica, sobre Castro. A pesar de su frescura, cuando menciona a Castro se destila un leve dejo de amargura, que luego cambia al hacer algún chiste sobre su figura política. Charlamos de Cristina, Correa, Maduro por algunos minutos. Julio estaba al día de la realidad en Sudamérica, sabía incluso que Correa está en Bruselas y que recientemente le habían quitado la seguridad de la que gozaba en Europa. De pronto Julio interrumpió la conversación, un poco preocupado, para preguntarme dónde exactamente debía dejarme en Biscayne Boulevard. Le respondí que no sabía, que sólo tenía la numeración y el número del lugar. La tienda era ID Art Supply. Julio la buscó en el mapa. Me dejó al pie de la tienda. Nos dimos un apretón de manos, me deseó suerte en Miami. Yo hice lo mismo. Me da un poco de pena despedirme de personas que me caen bien, pero entiendo que hace parte del recorrido, de los viajes en los que uno termina cansado y más “vivido”, más “nutrido” al conocer personas como Julio que compartió conmigo un poco de su historia.