Historias de San Francisco #9

El viaje a San Francisco fue un reencuentro hacia aspectos de mi vida que siempre había dejado de lado. Las horas de soledad obligaron a pensar, a replantear preguntas y a imaginar futuros hipotéticos. La geografía de la ciudad, entre mar y colinas, entre lo antiguo y lo moderno, lo liberal y lo conservador, ayudó a encontrar posibilidades. Me gusta mirarme en los viajes como si estuviera descarnado, con la piel cortada y las mucosas expuestas, absorbiendo todo lo que el paisaje y la gente me va mostrando.

IMG_5045

San Francisco fue ese espacio de reflexión y así como en las obras clásicas griegas, llegando al Golden Gate apareció la anagnóresis, el descubrimiento, la verdad de lo que quiero para mí ahora que se aproximan los 33 años. Fue un momento revelador, suspendido en la inmensidad de la bahía, mientras los autos iban de un extremo al otro a toda velocidad y los turistas en pequeños grupos recorrían el puente. Me tomé mi tiempo para llenarme del aire salino de California. Era la última tarde en San Francisco, quedaban ya pocas cosas por cumplir en el itinerario planteado. Repasé los momentos más intensos del viaje. Habían valido la pena las largas horas de viaje en tan pocos días. 

IMG_5044

Historias de San Francisco #8

En mi último día de viaje en San Francisco decidí volver a Japantown con una misión clara: conseguir una tetera japonesa. De alguna manera recogí los pasos de la primera visita y me perdí en los recovecos del Japan Center Mall. De todas formas perderse hace parte del conocer y en una de esas tiendas japonesas (que ya todas me parecían iguales, de lo mareado que estaba) encontré un mostrador lleno de teteras de diferentes colores y tamaños. Entré a la tienda que tenía un suave olor de sahumerio y al fondo se encontraba en la caja, un viejito japonés que veía alguna novela asiática en su iPad. Recorrí el mostrador, viendo las teteras. Los precios eran igual de altos como la antigüedad de la marca que avalaba su prestigio. Las teteras Iwachu son toda una institución cultural en Japón, tienen más de cien años de existencia y un riguroso control de calidad. Al final me decidí por una tetera negra y elegí dos tazas. Me acerqué al mostrador y el rostro inexpresivo del japonés sumergido en su tablet, desplegó una sonrisa al verme, inclinó un poco la cabeza y saludó en un inglés con sabor nipón. Le conté que tenía la costumbre de tomar el té con mi mami y hacía algún tiempo buscábamos una tetera de hierro. El viejito me dijo que agarrara algo del inferior del mostrador. Era una pequeña base de madera. Me dijo que era para colocar la tetera. “It’s a present for your mom”. Le agradecí en japonés, sonrió y ambos hicimos una leve inclinación de reverencia.

img_4954.jpg

Luego fui a otra tienda donde vendían diferentes tés y allí madre e hija me hicieron degustar todos los tés disponibles: té verde con matcha, con menta, jengibre, lavanda. Me decidí por el té verde más suave que tenían. Intenté practicar mi japonés de principiante con ellas y se emocionaron. Me desearon un feliz retorno a casa. Me fui del Japan Center con una sensación de saudade, como si fuera a extrañar ese pequeño Japón en California. “Debo volver a San Francisco”, pensé y me dirigí al hotel a recoger mis maletas. 

Historias de San Francisco #7

Luego de subirme en el tranvía en Powell St y bajar en la última estación (o la primera) en Hyde St, decidí caminar en reversa hacia Lombard Street, una de las calles más famosas de San Francisco. Aunque el día estaba nublado, esa vista de la ciudad prometía. Fue un gran ejercicio subir las calles en pendientes, pero la vista valía la pena. San Francisco parecía un lienzo victoriano con la bahía azul de fondo. Una decena de turistas se hacían selfies con la ciudad de fondo. Había parejas, familias enteras que eran dueños temporales de ese lugar.

IMG_4860

Fuera de ese perímetro, en el barrio se respiraba la calma de un lunes por la mañana. Saqué las fotos que creí necesarias, me impregné del sitio, traté de conectar con el silbido del viento. Bajé un poco las escaleras de la calle para ver las curvas caprichosas de Lombard Street, que se construyó en 1920 para evitar una pendiente demasiado abrupta. Son ocho curvas importantes y ha sido calificada como la calle más “sinuosa” de Estados Unidos. Mientras sacaba unas fotos, me encontré con un hijo y su madre que se abrazaban mientras miraban la ciudad. Eran probablemente españoles, por el acento. El padre y la otra hija seguían caminando. En la madre había cansancio aunque también la satisfacción de haber llegado hasta Lombard Street. El chico se aferraba a ella en un abrazo genuino, en una pausa necesaria. Son aquellos paréntesis valiosos que se dan en los viajes. Pequeños instantes en los que puedes quedarte suspendido en un abrazo, en un beso, en una mirada. Estar fuera del escenario habitual permite mirar otras cosas, prestar atención a otros detalles, como ese chico y su madre, que se abrazaban cansados, pero felices de compartir una aventura en conjunto. 

IMG_4863

Historias de San Francisco #6

Uno de los objetivos claros en San Francisco era conocer los lugares que habían recorrido los escritores de la generación Beat como Kerouac, Burroughs, Ginsberg. Fue así como llegué gracias a Google Maps a la librería City Lights y de ahí visité el Vesuvio y el caffè Trieste. Entré al Vesuvio llevado por la curiosidad y allí me encontré con un bar atestado de gente, en un after office ideal para parejas y compañeros de trabajo. Revisé la carta y sin pensarlo mucho me decidí por el cóctel Kerouac (en honor al autor): ron, tequila, rodaja de limón, naranja y arándanos. Me ubiqué en una mesa en el segundo piso del bar y saqué el libro que había comprado en el Museo de la Generación Beat: Naked Lunch de Burroughs. Fue un momento de música chill, lectura y bebida. No había almorzado, así que traté de beber con calma. El Vesuvio era tan acogedor que a pesar de mi soledad, me sentí parte del lugar y de todas esas conversaciones pescadas al vuelo. Sentía que estaba en el lugar donde debía estar y pensé, quizás con un poco del alcohol en la cabeza, que la patria es el metro cuadrado donde uno se encuentra.

IMG_4767

IMG_4151

Historias de San Francisco #5

Ir a San Francisco y no visitar la isla de Alcatraz, es perderse la experiencia completa de haber “vivido” la ciudad. Bueno, esto no lo sabía hasta que Lotty, una colega del trabajo me dijo que tenía que ir a la ex prisión de alta seguridad, que es un must. La verdad no estaba muy interesado, aunque confieso que tampoco tenía mucha idea de lo que me iba a perder. Investigué sobre el lugar, su historias, sus presos famosos como Al Capone. Una prisión en medio de la Bahía.

IMG_4738

La primera noche en San Francisco hice las averiguaciones respectivas para llegar a Alcatraz. La idea era ir el domingo pero vi que todos los boletos del barco estaban vendidos para ese día. De modo que elegí ir el lunes de mañana. Tenía que ir hasta la zona de Embarcadero y llegar al Pier 39. Decidí ir caminando desde el Union Square y así palpar el ritmo de la ciudad un día de lunes común de trabajo. Me introduje en el downtown para luego salir a la zona de Embarcadero. Había una fila moderada y en medio de extranjeros de lenguas extrañas y norteamericanos de otras partes del país, pensaba en Alcatraz. Le escribí a Lotty que ya estaba por ir a la isla y empecé a mandarle fotos desde el barco a medida que me iba acercando. Era una forma de hacerla partícipe de mi viaje y de agradecerle por insistirme en ir a ese lugar. De alguna manera fue como si hubiera viajado con ella, escribiéndole los mensajes que le habría comentado si hubiéramos hecho el viaje juntos. Un día como ese, deseé viajar acompañado. No siempre me sucede pero en medio de los viajes en solitario, hay momentos en los que me apetece compañía. Y ahí estaba Lotty, mi amiga del trabajo, mi vecina de escritorio, de forma virtual en Alcatraz. Estas fueron algunas de esas fotos que atestiguan el recorrido. 

IMG_4739

IMG_4740

IMG_4741

Historias de San Francisco #4

IMG_3844

No podía pasar por Japantown sin probar un plato japonés. De modo que entré a un restaurante dentro del Japan Center atestado de gente y me pedí un plato híbrido: Pollo teriyaki con arroz y curry (la mezcla no la hice yo, venía así desde el menú). Compartí mesa con alguien que manejaba muy bien los palillos. Yo hice mi mejor esfuerzo pero al final me rendí y pedí un tenedor. La cantidad de comida fue abismal y no pude terminar de comer todo. Me he dado cuenta que cuando viajo suelo comer poco. En mí no funciona mucho eso del turismo gastronómico, al menos no cuando voy a una ciudad por primera vez. En ese primer encuentro con una ciudad prefiero devorar sus espacios, sus plazas, sus calles. Comer se vuelve un accesorio que a veces me resulta un obstáculo para alcanzar a hacer todo lo que me propongo en el día. Por ello, muchas veces no desayuno y termino almorzando a las seis de la tarde en el primer restaurante que encuentro o ceno unas Pringles cerca de la medianoche.

IMG_3840

Hay días como este en Japantown en la que la comida hace parte del itinerario, por ello pude disfrutarla y salir a conocer las otras tiendas japonesas de la zona como Kinokuniya, esa tienda maravillosa que había conocido en New York y que es una de las más grandes del Japantown de San Francisco. Allí entre descendientes de japoneses y blancos norteamericanos, todos compartían el amor hacia la cultura japonesa. Un padre junto a sus dos hijos pequeñas descifraban unos títulos escritos en Hiragana. En algún momento el padre llegó a confundir una sílaba y enseguida el hijo más pequeño lo corrigió y leyó de corrido todo el título. Al padre no le quedó más que aceptar la victoria de su hijo. En la sección de cuentos infantiles, una mamá rubia con su hija sentada en las rodillas le leía la versión bilingüe de un cuento de hadas. Primero en inglés, luego en japonés. Otros se inclinaban hacia los cómics, especialmente los adolescentes. Podían elegir leerlos directamente en japonés o en inglés. No me pude contener y fui a la sección de aprendizaje de idioma y compré varios libros para estudiar japonés. 

Historias de San Francisco #3

IMG_4491

San Francisco tiene un rostro oscuro, como lo tienen las grandes ciudades. Es una ciudad de tecnología, de dinero, de casas victorianas con habitantes rebeldes, militantes, artistas. Pero esa misma libertad muestra su otro lado en barrios como Temberloin y las zonas aledañas al Union Square, donde decenas de vagabundos merodean y duermen donde caiga la noche. No son vagabundos que piden dinero, ellos están en “otro trip”. Hablan solos, gritan para un otro que no está, se golpean, tienen movimientos involuntarios en el cuerpo, escarban en la basura.

Los transeúntes circulan ensimismados en sus problemas existenciales de una clase acomodada ignorando la otra cara del capitalismo extremo en estos hombres y mujeres consumidos por las drogas. Esa mañana entré a un Starbucks y me sorprendió encontrarme con una mujer negra adicta tirada en el piso junto a la puerta al interior del café. Gritaba a la nada con vómito a su alrededor. A pesar de los gritos, la indiferencia de los clientes y de los cajeros era espeluznante. Todos actuaban como si no pasara nada. Dos chicos gays se tocaban las manos embelesados en el amor posible de San Francisco, una señora cincuentona leía el diario sumergida en las noticias internacionales, un señor blanco caucásico de mediana edad tomaba su café caliente mirando hacia la calle y un adolescente pelirrojo enchufado a la música con sus auriculares trabajaba en su portátil. Sólo un señor ya de tercera edad, de la misma etnia de la mujer que gritaba dirigió una mirada para ella y balanceó su cabeza mientras regresaba a la lectura de una revista. Yo esperaba, alterado, por mi café, frente a las bromas dignas de la serie Friends que se hacían los dependientes del Starbucks. Quería preguntarle a toda la gente que estaba ahí por qué no hacían algo, por qué al menos no la miraban, no sé, algo. Más allá de la responsabilidad que cada uno tiene sobre sus propios actos, existe el sentido de humanidad y creo que cuando dejamos de sorprendernos, pasamos a ser unos entes fríos, sin sangre en las venas. Una vez que me dieron mi café, dos policías gigantes (como los que se ven en las pelis) agarraron a la mujer, cada uno de un brazo y ella como muñeca de trapo flotó en el aire unos cuantos segundos. Mientras gritaba, parecía una marioneta en manos de esos policías colorados.

Luego una mujer policía se encargó de recoger la mochila de la mujer negra y la arrojó afuera del Starbucks. Los dos policías hicieron lo mismo con la mujer quien quedó sentada en la vereda, todavía alterada dando gritos. El señor afroamericano de tercera edad fue el único que observó los acontecimientos con una mezcla de rabia y de pena. Luego del incidente, el hombre fue al baño y al salir, cuando pasó cerca de mí, lo único que atiné a preguntarle fue: “¿Esto es común en San Francisco?”. Me dijo que lamentablemente es cada vez más común, que muchos de los homeless de San Francisco no son originarios de ahí sino que vienen de ciudades pequeñas. En San Francisco encuentran muchas facilidades para drogarse y luego terminan en situación de calle. Por lo que había podido darme cuenta hasta ese momento y que luego seguí confirmando en los días posteriores que estuve allá, es que había todo tipo de homeless. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres, negros, blancos, asiáticos. No presencié ningún ataque de los homeless hacia el resto de transeúntes. Todo su rollo era con ellos mismos, sus diálogos incoherentes, los insultos, los golpes. 

Historias de San Francisco #2

IMG_4470

Esto fue en Yerba Buena Gardens. Yerba Buena es uno de los centros culturales más importantes de San Francisco. Fui el domingo a eso de las 9 am y como no había actividades todavía, decidí recorrer los jardines. Me encontré con esta caída de agua en la que por detrás había una exposición de frases pronunciadas por Martin Luther King, con traducción en muchos idiomas. Yo esperaba mi entrada al Museo de Arte Moderno de San Francisco que abría a las 10 am. La visita al museo era el espacio que además necesitaba para que me reubicaran de habitación en el hotel, luego de haber tenido problemas de ruido constantes de las paredes durante la noche. Decidí grabar el sonido para que en recepción no me tomaran por loco. La recepcionista de turno, Mary, una norteamericana rubia, gorda y de voz muy aguda estaba sorprendida y avergonzada por lo sucedido. Enseguida me prometió que hablaría con el gerente para autorizar mi cambio a otra habitación. Me dijo que recorriera la ciudad y que a mi regreso a la hora que fuera me daría la tarjeta de mi nueva habitación. De todas formas tenía pensado volver al hotel, como una parada antes de ir a Japantown.

IMG_4466

IMG_4465A mi regreso del hotel, Mary desplegó una sonrisa y dijo que me habían asignado una habitación en el quinto piso y que podía ir a la cafetería del hotel mientras terminaban la limpieza de la habitación. Aproveché para escribir un poco sobre las primeras impresiones de la ciudad. Las releo días después e identifico mi “síndrome de primer día”, en la que siempre me arrepiento del viaje. Luego Mary me anunció que la habitación estaba lista. Intenté agarrar mi maleta pero Mary dijo que la llevaría ella. Su poder de decisión me hizo no querer contrariarla, de modo que subí al ascensor con ella pero era Mary quien tenía la custodia de mi maleta. Al entrar a la habitación me hizo un tour rápido por la misma y me dijo señalando un estante en la parte superior de la habitación: Acá tienes varios libros si quieres leer. Fue ahí que caí en la cuenta de que le había dejado un bolso con varios libros para que me lo tuviera en recepción. Seguramente se dio cuenta de mi predilección por los libros. 

Historias de San Francisco #1

IMG_4444Esta fue la primera imagen que me regaló San Francisco, a la salida de la estación de Powell Street. Tenía pocas horas de sueño, los ojos enrojecidos pero la ansiedad de hacer el check in en el hotel y salir a conocer los alrededores del Union Square, lugar que ya había explorado por el Google Maps. Me gusta leer esos nombres de calles que me resultan extraños y ajenos desde el celular, para luego apropiármelos cuando los atravieso físicamente.

IMG_4442

Al salir de Powell Street, me encontré con el Cable Car (tranvía). Seguí mi camino por Powell hasta Geary. Escuché varios idiomas y vi gente de diferentes etnias, como también muchos vagabundos drogadictos, con colchones enrollados en sus mochilas remendadas. Así como en Miami o New York, las grandes tiendas de ropa estaban presentes con sus vitrinas brillantes de seducción con falsas ofertas. Aun en ese momento no sabía que estaba en la ciudad más cara de Estados Unidos. 

Hice el check in en el hotel, acomodé mis cosas, me di una ducha y salí hacia Union Square. Ya era de noche y había una leve llovizna. La iluminación mortecina de la plaza le daba a ese sector emblemático de la ciudad, una sensación de novedad y misterio. Saqué algunas fotos antes de irme a Apple Store. 

Saudade de Domingo #110: La vida empieza (o termina) en el Golden Gate

1

Viajar siempre me pone en un estado febril horas antes. Me pregunto, me anticipo. 

Soy otro yo cuando viajo, más sensible, más predispuesto al vacío, más errático quizás, con mucha sed de aprender. Puedo llegar a sentirme superpoderoso, capaz de hacer lo que se me cante. No tengo limitaciones, es mi sombra jungiana la que toma las riendas de los recorridos.

Suelo llorar mucho en los viajes. Desde que me subo al avión, cuando las turbinas suenan y la ciudad se vuelve una alfombra. Me acompañan los personajes que escribo, las películas, las series que he visto, las personas cercanas que admiro. No es un llanto de tristeza, sino de alegría y euforia. Mi padre diría que al viajar estoy solo contra el mundo. Yo más bien diría que estoy solo con el mundo, pues en todos mis viajes he tenido la suerte de encontrarme con gente que me hace el camino más agradable.

Para cada viaje, siempre termino eligiendo una canción que repito de forma compulsiva, como si volviera un himno de ese recorrido. Lejos de cansarme la misma melodía, se me vuelve adictiva, necesito escucharla para impregnarme más de lo que veo, de lo que siento mientras camino. A momentos puedo sorprenderme con los ojos llenos de lágrimas invadidos por la música, por el paisaje, por las imágenes que vienen a mi cabeza y que se transforman, eventualmente, en historias para escribir.

Cada viaje me pone también muy reflexivo, encuentro respuestas a preguntas que no sabía como formular, también descarto las respuestas que de alguna manera ya superé. También me pasa de volver a preguntas que creía superadas. Estas duelen mucho, porque me da la sensación de que no aprendo y de que la vida me vuelve a poner las lecciones al frente.

2

En este viaje a San Francisco tuve una mezcla de sentimientos muy extraños. Como siempre me pasa el primer día, odio la aventura, me arrepiento de viajar, quisiera mandar todo el carajo y regresar a mi ciudad. Luego el segundo día es mejor y de ahí en adelante me como la ciudad literalmente. Cada esquina, cada calle, cada rostro se vuelve un territorio para descubrir. 

En San Francisco hice uno de los recorridos más importantes hasta ahora en mi vida de viajero. Me tomé el tranvía en Union Square y me bajé en Lombard Street. Saqué algunas fotos, caminé por esas pendientes caprichosas y de ahí me lancé a caminar hasta el Golden Gate. Google Maps calculaba para mí una hora y cuarenta de camino. Era un recorrido largo, hacía frío, había amenaza de lluvia, pero me lancé. Había caminado ya el Brooklyn Bridge en New York, así que decidí equilibrar el juego con San Francisco.

4

Llegué casi por accidente al Parque Histórico Nacional Marítimo de San Francisco, con las embarcaciones del siglo XIX de fondo. Algunos arriesgados nadaban en esas aguas pacíficas y heladas, mientras que otros preferían trotar con auriculares. Me llené de ese aire salino frío del invierno húmedo de California. Pensé en la loca generación beat, en sus recitales, en su rebeldía, en esas creaciones atropelladas llenas de desacato, caliente, de estados alterados. Estaba en California, la tierra del arte, de las batallas, de la lucha por los derechos civiles y ahora la tierra de la tecnología. En los viajes, así como suelo llorar mucho, me obsesiono con mi extranjería. En Estados Unidos, por ejemplo pareciera que me esfuerzo en hablar el inglés con mucho acento latino. Se establece en mí una dialéctica entre el amor que tengo por la aventura, pero al mismo quisiera resguardarme de esos “otros” diferentes. Sin embargo, ahí en el muelle, pensando en San Francisco, en California, me sentí en casa, con más puntos en común con sus habitantes que diferencias. 

Seguí el camino con Sale, Amore e Vento, de Tiromancino. Esa melodía italiana, nostálgica y enérgica que Federico Zampaglione escribió de un solo tirón luego de haberse soñado a sí mismo como un narco latino enamorado de una mujer que vivía recluida en una isla. Esa canción eyaculatoria, pasional, acompañaba mis pasos por el Marina District, un sector del San Francisco residencial, geométrico, formal de una clase pudiente muy alejado a la imagen postal de la ciudad. 

5

6

A medida que el camino avanzaba las personas iban desapareciendo hasta encontrarme dentro de un descampado a orillas del mar, en la que eventualmente pasaba algún ciclista. Me sentía agotado, sudando frío pero también estaba la canción, los mensajes que me enviaba con algunos amigos y el deseo de atravesar el Golden Gate. Cualquier cansancio era nimio frente a la fuerza que de pronto parecía salir dentro de mí, a pesar de la poca confianza que me tengo muchas veces.

9

14

12En ese camino largo tuve tiempo suficiente para pensar en lo que quiero de mí en los próximos años. Era enfrentarse a ese demonio cuestionador que me recuerda que este año cumplo 33, que me hace pensar si estoy contento con la vida que llevo, que si no es hora de encontrar a alguien y formar una vida en conjunto o quizás tomar la aventura de viajar hacia algo más extenso e intenso. Lejos de ser un encuentro doloroso como siempre pensaba y que evadía en la tranquilidad de mi ciudad y de mi trabajo, mirar ese demonio-espejo, fue la posibilidad de mirar de frente ese monstruo que suelo ser. La reflexión se hacía más llevadera con ese cielo gris de San Francisco, con la calma de la naturaleza, el vaivén del mar que rozaba la orilla y las fotos que iba tomando a manera de testimonio mudo de la experiencia. 

3

Cuando llegué finalmente al Golden Gate, algunas preguntas estaban respondidas. Las respuestas (decisiones) me daban y me dan miedo, pero al entrar al Golden Gate, insuflado por la fortaleza de esa mole de hierro que desafía cualquier desastre natural, me sentí protegido y que cualquier cosa que decidiera iba a estar bien. De pronto no me dolían las piernas, no me sentía cansado. Además hice las respectivas fotos y selfies para capturar el momento, ya que divertirme conmigo es también parte de la aventura. No recuerdo exactamente cuánto tiempo me tomó atravesar el puente. Estaba más emocionado por la música, el mar debajo de mí, el esperpento naranja que se alzaba encima mío y sobre todo, por mi lugar en el mundo. 

17

Al emprender el regreso por el puente, me detuve a la mitad a contemplar la isla de Alcatraz y a San Francisco, ecléctica, rebelde, al fondo. A pesar de los turistas que como yo cruzaban el camino, me sentí conectado en soledad con esa naturaleza plomiza invernal. Hice un pacto con el Golden Gate. Con el corazón ardiente (siempre quise usar ese adjetivo), dejé a la suerte, al destino, a la nada, lo que tenga que suceder. Yo ya tengo algunas respuestas así que debería poder detectar las señales y cuando aparezca lo que fuera, sé bien lo que tengo que hacer (ojalá).

15

Por alguna razón El Golden Gate (y su trayecto) le ha dado un punto de giro al guion de mi vida hasta ahora. Pienso en mis clases de estructura dramática en la que el personaje luego de un punto de giro experimenta un cambio y también crisis. Me reconozco en ese momento de crisis, pienso en los 33 que cumpliré en menos de un mes y en lo que espero hacer en mi propia película de vida. También recuerdo que en mis clases de estructura dramática le digo a los estudiantes que las crisis llegan a un punto álgido para luego resolver la historia. Me proyecto hacia ese punto en el que haya sido superado lo que tengo que aprender ahora y mientras tanto, recuerdo mi paso por el Golden Gate, amable y protector que me permitió atravesar el umbral hacia un nuevo camino.