Historias de San Francisco #7

Luego de subirme en el tranvía en Powell St y bajar en la última estación (o la primera) en Hyde St, decidí caminar en reversa hacia Lombard Street, una de las calles más famosas de San Francisco. Aunque el día estaba nublado, esa vista de la ciudad prometía. Fue un gran ejercicio subir las calles en pendientes, pero la vista valía la pena. San Francisco parecía un lienzo victoriano con la bahía azul de fondo. Una decena de turistas se hacían selfies con la ciudad de fondo. Había parejas, familias enteras que eran dueños temporales de ese lugar.

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Fuera de ese perímetro, en el barrio se respiraba la calma de un lunes por la mañana. Saqué las fotos que creí necesarias, me impregné del sitio, traté de conectar con el silbido del viento. Bajé un poco las escaleras de la calle para ver las curvas caprichosas de Lombard Street, que se construyó en 1920 para evitar una pendiente demasiado abrupta. Son ocho curvas importantes y ha sido calificada como la calle más “sinuosa” de Estados Unidos. Mientras sacaba unas fotos, me encontré con un hijo y su madre que se abrazaban mientras miraban la ciudad. Eran probablemente españoles, por el acento. El padre y la otra hija seguían caminando. En la madre había cansancio aunque también la satisfacción de haber llegado hasta Lombard Street. El chico se aferraba a ella en un abrazo genuino, en una pausa necesaria. Son aquellos paréntesis valiosos que se dan en los viajes. Pequeños instantes en los que puedes quedarte suspendido en un abrazo, en un beso, en una mirada. Estar fuera del escenario habitual permite mirar otras cosas, prestar atención a otros detalles, como ese chico y su madre, que se abrazaban cansados, pero felices de compartir una aventura en conjunto. 

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Historias de San Francisco #3

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San Francisco tiene un rostro oscuro, como lo tienen las grandes ciudades. Es una ciudad de tecnología, de dinero, de casas victorianas con habitantes rebeldes, militantes, artistas. Pero esa misma libertad muestra su otro lado en barrios como Temberloin y las zonas aledañas al Union Square, donde decenas de vagabundos merodean y duermen donde caiga la noche. No son vagabundos que piden dinero, ellos están en “otro trip”. Hablan solos, gritan para un otro que no está, se golpean, tienen movimientos involuntarios en el cuerpo, escarban en la basura.

Los transeúntes circulan ensimismados en sus problemas existenciales de una clase acomodada ignorando la otra cara del capitalismo extremo en estos hombres y mujeres consumidos por las drogas. Esa mañana entré a un Starbucks y me sorprendió encontrarme con una mujer negra adicta tirada en el piso junto a la puerta al interior del café. Gritaba a la nada con vómito a su alrededor. A pesar de los gritos, la indiferencia de los clientes y de los cajeros era espeluznante. Todos actuaban como si no pasara nada. Dos chicos gays se tocaban las manos embelesados en el amor posible de San Francisco, una señora cincuentona leía el diario sumergida en las noticias internacionales, un señor blanco caucásico de mediana edad tomaba su café caliente mirando hacia la calle y un adolescente pelirrojo enchufado a la música con sus auriculares trabajaba en su portátil. Sólo un señor ya de tercera edad, de la misma etnia de la mujer que gritaba dirigió una mirada para ella y balanceó su cabeza mientras regresaba a la lectura de una revista. Yo esperaba, alterado, por mi café, frente a las bromas dignas de la serie Friends que se hacían los dependientes del Starbucks. Quería preguntarle a toda la gente que estaba ahí por qué no hacían algo, por qué al menos no la miraban, no sé, algo. Más allá de la responsabilidad que cada uno tiene sobre sus propios actos, existe el sentido de humanidad y creo que cuando dejamos de sorprendernos, pasamos a ser unos entes fríos, sin sangre en las venas. Una vez que me dieron mi café, dos policías gigantes (como los que se ven en las pelis) agarraron a la mujer, cada uno de un brazo y ella como muñeca de trapo flotó en el aire unos cuantos segundos. Mientras gritaba, parecía una marioneta en manos de esos policías colorados.

Luego una mujer policía se encargó de recoger la mochila de la mujer negra y la arrojó afuera del Starbucks. Los dos policías hicieron lo mismo con la mujer quien quedó sentada en la vereda, todavía alterada dando gritos. El señor afroamericano de tercera edad fue el único que observó los acontecimientos con una mezcla de rabia y de pena. Luego del incidente, el hombre fue al baño y al salir, cuando pasó cerca de mí, lo único que atiné a preguntarle fue: “¿Esto es común en San Francisco?”. Me dijo que lamentablemente es cada vez más común, que muchos de los homeless de San Francisco no son originarios de ahí sino que vienen de ciudades pequeñas. En San Francisco encuentran muchas facilidades para drogarse y luego terminan en situación de calle. Por lo que había podido darme cuenta hasta ese momento y que luego seguí confirmando en los días posteriores que estuve allá, es que había todo tipo de homeless. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres, negros, blancos, asiáticos. No presencié ningún ataque de los homeless hacia el resto de transeúntes. Todo su rollo era con ellos mismos, sus diálogos incoherentes, los insultos, los golpes. 

Historias de San Francisco #2

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Esto fue en Yerba Buena Gardens. Yerba Buena es uno de los centros culturales más importantes de San Francisco. Fui el domingo a eso de las 9 am y como no había actividades todavía, decidí recorrer los jardines. Me encontré con esta caída de agua en la que por detrás había una exposición de frases pronunciadas por Martin Luther King, con traducción en muchos idiomas. Yo esperaba mi entrada al Museo de Arte Moderno de San Francisco que abría a las 10 am. La visita al museo era el espacio que además necesitaba para que me reubicaran de habitación en el hotel, luego de haber tenido problemas de ruido constantes de las paredes durante la noche. Decidí grabar el sonido para que en recepción no me tomaran por loco. La recepcionista de turno, Mary, una norteamericana rubia, gorda y de voz muy aguda estaba sorprendida y avergonzada por lo sucedido. Enseguida me prometió que hablaría con el gerente para autorizar mi cambio a otra habitación. Me dijo que recorriera la ciudad y que a mi regreso a la hora que fuera me daría la tarjeta de mi nueva habitación. De todas formas tenía pensado volver al hotel, como una parada antes de ir a Japantown.

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IMG_4465A mi regreso del hotel, Mary desplegó una sonrisa y dijo que me habían asignado una habitación en el quinto piso y que podía ir a la cafetería del hotel mientras terminaban la limpieza de la habitación. Aproveché para escribir un poco sobre las primeras impresiones de la ciudad. Las releo días después e identifico mi “síndrome de primer día”, en la que siempre me arrepiento del viaje. Luego Mary me anunció que la habitación estaba lista. Intenté agarrar mi maleta pero Mary dijo que la llevaría ella. Su poder de decisión me hizo no querer contrariarla, de modo que subí al ascensor con ella pero era Mary quien tenía la custodia de mi maleta. Al entrar a la habitación me hizo un tour rápido por la misma y me dijo señalando un estante en la parte superior de la habitación: Acá tienes varios libros si quieres leer. Fue ahí que caí en la cuenta de que le había dejado un bolso con varios libros para que me lo tuviera en recepción. Seguramente se dio cuenta de mi predilección por los libros.