Historias de San Francisco #9

El viaje a San Francisco fue un reencuentro hacia aspectos de mi vida que siempre había dejado de lado. Las horas de soledad obligaron a pensar, a replantear preguntas y a imaginar futuros hipotéticos. La geografía de la ciudad, entre mar y colinas, entre lo antiguo y lo moderno, lo liberal y lo conservador, ayudó a encontrar posibilidades. Me gusta mirarme en los viajes como si estuviera descarnado, con la piel cortada y las mucosas expuestas, absorbiendo todo lo que el paisaje y la gente me va mostrando.

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San Francisco fue ese espacio de reflexión y así como en las obras clásicas griegas, llegando al Golden Gate apareció la anagnóresis, el descubrimiento, la verdad de lo que quiero para mí ahora que se aproximan los 33 años. Fue un momento revelador, suspendido en la inmensidad de la bahía, mientras los autos iban de un extremo al otro a toda velocidad y los turistas en pequeños grupos recorrían el puente. Me tomé mi tiempo para llenarme del aire salino de California. Era la última tarde en San Francisco, quedaban ya pocas cosas por cumplir en el itinerario planteado. Repasé los momentos más intensos del viaje. Habían valido la pena las largas horas de viaje en tan pocos días. 

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Historias de San Francisco #8

En mi último día de viaje en San Francisco decidí volver a Japantown con una misión clara: conseguir una tetera japonesa. De alguna manera recogí los pasos de la primera visita y me perdí en los recovecos del Japan Center Mall. De todas formas perderse hace parte del conocer y en una de esas tiendas japonesas (que ya todas me parecían iguales, de lo mareado que estaba) encontré un mostrador lleno de teteras de diferentes colores y tamaños. Entré a la tienda que tenía un suave olor de sahumerio y al fondo se encontraba en la caja, un viejito japonés que veía alguna novela asiática en su iPad. Recorrí el mostrador, viendo las teteras. Los precios eran igual de altos como la antigüedad de la marca que avalaba su prestigio. Las teteras Iwachu son toda una institución cultural en Japón, tienen más de cien años de existencia y un riguroso control de calidad. Al final me decidí por una tetera negra y elegí dos tazas. Me acerqué al mostrador y el rostro inexpresivo del japonés sumergido en su tablet, desplegó una sonrisa al verme, inclinó un poco la cabeza y saludó en un inglés con sabor nipón. Le conté que tenía la costumbre de tomar el té con mi mami y hacía algún tiempo buscábamos una tetera de hierro. El viejito me dijo que agarrara algo del inferior del mostrador. Era una pequeña base de madera. Me dijo que era para colocar la tetera. “It’s a present for your mom”. Le agradecí en japonés, sonrió y ambos hicimos una leve inclinación de reverencia.

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Luego fui a otra tienda donde vendían diferentes tés y allí madre e hija me hicieron degustar todos los tés disponibles: té verde con matcha, con menta, jengibre, lavanda. Me decidí por el té verde más suave que tenían. Intenté practicar mi japonés de principiante con ellas y se emocionaron. Me desearon un feliz retorno a casa. Me fui del Japan Center con una sensación de saudade, como si fuera a extrañar ese pequeño Japón en California. “Debo volver a San Francisco”, pensé y me dirigí al hotel a recoger mis maletas. 

Historias de San Francisco #7

Luego de subirme en el tranvía en Powell St y bajar en la última estación (o la primera) en Hyde St, decidí caminar en reversa hacia Lombard Street, una de las calles más famosas de San Francisco. Aunque el día estaba nublado, esa vista de la ciudad prometía. Fue un gran ejercicio subir las calles en pendientes, pero la vista valía la pena. San Francisco parecía un lienzo victoriano con la bahía azul de fondo. Una decena de turistas se hacían selfies con la ciudad de fondo. Había parejas, familias enteras que eran dueños temporales de ese lugar.

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Fuera de ese perímetro, en el barrio se respiraba la calma de un lunes por la mañana. Saqué las fotos que creí necesarias, me impregné del sitio, traté de conectar con el silbido del viento. Bajé un poco las escaleras de la calle para ver las curvas caprichosas de Lombard Street, que se construyó en 1920 para evitar una pendiente demasiado abrupta. Son ocho curvas importantes y ha sido calificada como la calle más “sinuosa” de Estados Unidos. Mientras sacaba unas fotos, me encontré con un hijo y su madre que se abrazaban mientras miraban la ciudad. Eran probablemente españoles, por el acento. El padre y la otra hija seguían caminando. En la madre había cansancio aunque también la satisfacción de haber llegado hasta Lombard Street. El chico se aferraba a ella en un abrazo genuino, en una pausa necesaria. Son aquellos paréntesis valiosos que se dan en los viajes. Pequeños instantes en los que puedes quedarte suspendido en un abrazo, en un beso, en una mirada. Estar fuera del escenario habitual permite mirar otras cosas, prestar atención a otros detalles, como ese chico y su madre, que se abrazaban cansados, pero felices de compartir una aventura en conjunto. 

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Historias de San Francisco #6

Uno de los objetivos claros en San Francisco era conocer los lugares que habían recorrido los escritores de la generación Beat como Kerouac, Burroughs, Ginsberg. Fue así como llegué gracias a Google Maps a la librería City Lights y de ahí visité el Vesuvio y el caffè Trieste. Entré al Vesuvio llevado por la curiosidad y allí me encontré con un bar atestado de gente, en un after office ideal para parejas y compañeros de trabajo. Revisé la carta y sin pensarlo mucho me decidí por el cóctel Kerouac (en honor al autor): ron, tequila, rodaja de limón, naranja y arándanos. Me ubiqué en una mesa en el segundo piso del bar y saqué el libro que había comprado en el Museo de la Generación Beat: Naked Lunch de Burroughs. Fue un momento de música chill, lectura y bebida. No había almorzado, así que traté de beber con calma. El Vesuvio era tan acogedor que a pesar de mi soledad, me sentí parte del lugar y de todas esas conversaciones pescadas al vuelo. Sentía que estaba en el lugar donde debía estar y pensé, quizás con un poco del alcohol en la cabeza, que la patria es el metro cuadrado donde uno se encuentra.

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Saudade de Domingo #113: El regreso de la aventura

Así como el conocido Camino del Héroe, de Campbell, la aventura siempre tiene su fin, aunque no se trata de un desenlace cualquiera. El héroe siempre llega transformado, crecido, enriquecido por la experiencia y retorna a casa listo para la siguiente misión. Así me siento siempre que empiezo el recorrido de vuelta. Repleto de experiencias, de charlas, de conocimientos, de sensaciones. A veces la carga es tan fuerte que a la vuelta me termino enfermando. No siempre puedo manejar el aluvión de energía recibida durante el viaje.

Regresar siempre es difícil aunque ya me sé de memoria los pasos. Todo empieza con una ansiedad en el estómago horas antes del viaje y luego del check in. Trato de hacer con normalidad los últimos recorridos, los últimos encuentros con amigos, pero mi mente continua haciendo la cuenta regresiva. Trato de impregnarme con fuerza de las imágenes de la ciudad, de los olores, de los sonidos, como si siempre fuera la última vez que estaré ahí. Luego organizo las cosas en las maletas, las peso, distribuyo los kilos para no pasarme, ordeno los documentos de viaje, los billetes en dólares y en la moneda que tenga esa ciudad. Llega un momento en que todo está listo para llamar al taxi y busco dilatar los minutos en busca de no sé qué, como si quisiera evitar lo inminente.

Ya camino al aeropuerto, me despido de la ciudad. Los edificios y las calles me hacen venia, me lleno de nostalgia. Escucho la radio en la que se cuenta cualquier cosa cotidiana recordando que la ciudad sigue, que habrá paros, conciertos en la noche, estrenos de películas la semana que viene, que mañana habrá frío polar o calor extremo. Cosas que yo ya no podré sentir a la distancia.

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Luego el aeropuerto, ese lugar de tránsito, de lenguas mezcladas, de rostros diversos, de trajes de invierno y verano entreverados, abrazos, adioses, comisarios a bordo impecables con sus pequeñas maletas, familias con carritos de maletas, enamorados que se besan por última vez, las promociones de Mc. Donald’s, el servicio de embalaje de maletas a menos precio, personas que llegan atrasadas al counter, los mochileros confundidos en una lengua que no entienden, los padres que despiden a sus hijos en su primer viaje al exterior. Todo me sabe a nostalgia, a un escenario gigante en el que cada personaje sabe bien (o cree saber) cómo encarar la partida, la separación de los cuerpos. El aeropuerto es un no lugar y al mismo tiempo es el lugar de todos. Todos los aeropuertos son las sucursales de un mismo país, de ese país melancólico y dinámico en el que se siguen una serie de pasos para enfrentar la partida y la llegada, el encuentro y la despedida. Me fascino observando el ritmo de cada aeropuerto que conozco. Pienso en el último que estuve, en el de Ezeiza, quizás al que más he llegado y del que más he partido. Podría decir que me conozco cada recoveco del aeropuerto (al menos de las terminales A y B). Me encanta su estructura metálica, de amplios pisos claros, de grandes vidrios que filtran esa luz ámbar del sur de América Latina. Pienso en la próxima vez que regresaré, me regocija saber que ahí estará Ezeiza, en el mismo lugar para recibirme.

Luego, la parte que menos me gusta. Los filtros de metales y migración. Por alguna razón desconocida siempre me pongo nervioso aunque ahora lo manejo mejor. La espera del avión me relaja un poco de la tensión de que algo pudiera entorpecer mi viaje y se activa mi espíritu de autor. Con los auriculares puestos, miro los ventanales donde se ven los aviones saliendo y llegando, miro a quienes como yo esperan. Cansados, ansiosos, conversones, somnolientos, alegres, tristes. Los bolsos y las pequeñas maletas de los más variados colores hablan más por sus dueños que ellos mismos. Siempre hay algunos apurados que media hora antes del embarque ya hacen la fila aun cuando luego una representante de la aerolínea les pida que se sienten.

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Ya en el avión, me acomodo, mando unos últimos mensajes para mis familiares y amigos. Reviso las redes, subo alguna foto o story en Instagram. En esos momentos, mientras el avión se abastece de combustible y los pasajeros se van acomodando, suelo escribir mucho. Frases, imágenes, diálogos que se me vienen y con las que luego espero armar algo. Respiro profundo para el momento de la partida no porque tenga miedo de volar, sino porque ese momento del despegue es sublime para mí. El avión con toda su artillería se pone en marcha para desafiar el aire, me invado de ese energía demencial hasta que se eleva y por unos segundos queda ingrávido. Una sensación de placer, de triste, de desarraigo y alegría me invade por completo. La ciudad va quedando diminuta y la cabeza me regala en cuestión de segundos, fragmentos de las escenas vividas en el viaje. Agradezco en silencio, por la oportunidad de vivir, de viajar, de encontrar gente hermosa en el camino. Me siento un privilegiado al viajar y regresar cargado, con más experiencia, más viejo. Miro hacia atrás cuando salía de mi ciudad de origen y me gusta darme cuenta de las cosas lindas e inesperadas que sucedieron durante el viaje. Me agarra una sensibilidad insoportable que luego constato cuando leo lo que escribí en ese estado. No todo lo uso, pero me gusta ese ambiente que se concentra en lo escrito y eso sí que lo uso para algún cuento o guion.

Hace pocos días, terminé mi camino del héroe en Argentina (digo el camino, no es que me siente «héroe»). Estoy de vuelta, crecido, enriquecido, recuperándome de una gripe fuerte que me dio al retorno. Me preparo para un nuevo destino, con la ansiedad, la expectativa de dejarme sorprender por la misma magia que encierra cada viaje.

Historias de San Francisco #5

Ir a San Francisco y no visitar la isla de Alcatraz, es perderse la experiencia completa de haber “vivido” la ciudad. Bueno, esto no lo sabía hasta que Lotty, una colega del trabajo me dijo que tenía que ir a la ex prisión de alta seguridad, que es un must. La verdad no estaba muy interesado, aunque confieso que tampoco tenía mucha idea de lo que me iba a perder. Investigué sobre el lugar, su historias, sus presos famosos como Al Capone. Una prisión en medio de la Bahía.

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La primera noche en San Francisco hice las averiguaciones respectivas para llegar a Alcatraz. La idea era ir el domingo pero vi que todos los boletos del barco estaban vendidos para ese día. De modo que elegí ir el lunes de mañana. Tenía que ir hasta la zona de Embarcadero y llegar al Pier 39. Decidí ir caminando desde el Union Square y así palpar el ritmo de la ciudad un día de lunes común de trabajo. Me introduje en el downtown para luego salir a la zona de Embarcadero. Había una fila moderada y en medio de extranjeros de lenguas extrañas y norteamericanos de otras partes del país, pensaba en Alcatraz. Le escribí a Lotty que ya estaba por ir a la isla y empecé a mandarle fotos desde el barco a medida que me iba acercando. Era una forma de hacerla partícipe de mi viaje y de agradecerle por insistirme en ir a ese lugar. De alguna manera fue como si hubiera viajado con ella, escribiéndole los mensajes que le habría comentado si hubiéramos hecho el viaje juntos. Un día como ese, deseé viajar acompañado. No siempre me sucede pero en medio de los viajes en solitario, hay momentos en los que me apetece compañía. Y ahí estaba Lotty, mi amiga del trabajo, mi vecina de escritorio, de forma virtual en Alcatraz. Estas fueron algunas de esas fotos que atestiguan el recorrido. 

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Historias de San Francisco #4

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No podía pasar por Japantown sin probar un plato japonés. De modo que entré a un restaurante dentro del Japan Center atestado de gente y me pedí un plato híbrido: Pollo teriyaki con arroz y curry (la mezcla no la hice yo, venía así desde el menú). Compartí mesa con alguien que manejaba muy bien los palillos. Yo hice mi mejor esfuerzo pero al final me rendí y pedí un tenedor. La cantidad de comida fue abismal y no pude terminar de comer todo. Me he dado cuenta que cuando viajo suelo comer poco. En mí no funciona mucho eso del turismo gastronómico, al menos no cuando voy a una ciudad por primera vez. En ese primer encuentro con una ciudad prefiero devorar sus espacios, sus plazas, sus calles. Comer se vuelve un accesorio que a veces me resulta un obstáculo para alcanzar a hacer todo lo que me propongo en el día. Por ello, muchas veces no desayuno y termino almorzando a las seis de la tarde en el primer restaurante que encuentro o ceno unas Pringles cerca de la medianoche.

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Hay días como este en Japantown en la que la comida hace parte del itinerario, por ello pude disfrutarla y salir a conocer las otras tiendas japonesas de la zona como Kinokuniya, esa tienda maravillosa que había conocido en New York y que es una de las más grandes del Japantown de San Francisco. Allí entre descendientes de japoneses y blancos norteamericanos, todos compartían el amor hacia la cultura japonesa. Un padre junto a sus dos hijos pequeñas descifraban unos títulos escritos en Hiragana. En algún momento el padre llegó a confundir una sílaba y enseguida el hijo más pequeño lo corrigió y leyó de corrido todo el título. Al padre no le quedó más que aceptar la victoria de su hijo. En la sección de cuentos infantiles, una mamá rubia con su hija sentada en las rodillas le leía la versión bilingüe de un cuento de hadas. Primero en inglés, luego en japonés. Otros se inclinaban hacia los cómics, especialmente los adolescentes. Podían elegir leerlos directamente en japonés o en inglés. No me pude contener y fui a la sección de aprendizaje de idioma y compré varios libros para estudiar japonés. 

Historias de San Francisco #3

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San Francisco tiene un rostro oscuro, como lo tienen las grandes ciudades. Es una ciudad de tecnología, de dinero, de casas victorianas con habitantes rebeldes, militantes, artistas. Pero esa misma libertad muestra su otro lado en barrios como Temberloin y las zonas aledañas al Union Square, donde decenas de vagabundos merodean y duermen donde caiga la noche. No son vagabundos que piden dinero, ellos están en “otro trip”. Hablan solos, gritan para un otro que no está, se golpean, tienen movimientos involuntarios en el cuerpo, escarban en la basura.

Los transeúntes circulan ensimismados en sus problemas existenciales de una clase acomodada ignorando la otra cara del capitalismo extremo en estos hombres y mujeres consumidos por las drogas. Esa mañana entré a un Starbucks y me sorprendió encontrarme con una mujer negra adicta tirada en el piso junto a la puerta al interior del café. Gritaba a la nada con vómito a su alrededor. A pesar de los gritos, la indiferencia de los clientes y de los cajeros era espeluznante. Todos actuaban como si no pasara nada. Dos chicos gays se tocaban las manos embelesados en el amor posible de San Francisco, una señora cincuentona leía el diario sumergida en las noticias internacionales, un señor blanco caucásico de mediana edad tomaba su café caliente mirando hacia la calle y un adolescente pelirrojo enchufado a la música con sus auriculares trabajaba en su portátil. Sólo un señor ya de tercera edad, de la misma etnia de la mujer que gritaba dirigió una mirada para ella y balanceó su cabeza mientras regresaba a la lectura de una revista. Yo esperaba, alterado, por mi café, frente a las bromas dignas de la serie Friends que se hacían los dependientes del Starbucks. Quería preguntarle a toda la gente que estaba ahí por qué no hacían algo, por qué al menos no la miraban, no sé, algo. Más allá de la responsabilidad que cada uno tiene sobre sus propios actos, existe el sentido de humanidad y creo que cuando dejamos de sorprendernos, pasamos a ser unos entes fríos, sin sangre en las venas. Una vez que me dieron mi café, dos policías gigantes (como los que se ven en las pelis) agarraron a la mujer, cada uno de un brazo y ella como muñeca de trapo flotó en el aire unos cuantos segundos. Mientras gritaba, parecía una marioneta en manos de esos policías colorados.

Luego una mujer policía se encargó de recoger la mochila de la mujer negra y la arrojó afuera del Starbucks. Los dos policías hicieron lo mismo con la mujer quien quedó sentada en la vereda, todavía alterada dando gritos. El señor afroamericano de tercera edad fue el único que observó los acontecimientos con una mezcla de rabia y de pena. Luego del incidente, el hombre fue al baño y al salir, cuando pasó cerca de mí, lo único que atiné a preguntarle fue: “¿Esto es común en San Francisco?”. Me dijo que lamentablemente es cada vez más común, que muchos de los homeless de San Francisco no son originarios de ahí sino que vienen de ciudades pequeñas. En San Francisco encuentran muchas facilidades para drogarse y luego terminan en situación de calle. Por lo que había podido darme cuenta hasta ese momento y que luego seguí confirmando en los días posteriores que estuve allá, es que había todo tipo de homeless. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres, negros, blancos, asiáticos. No presencié ningún ataque de los homeless hacia el resto de transeúntes. Todo su rollo era con ellos mismos, sus diálogos incoherentes, los insultos, los golpes. 

Historias de San Francisco #2

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Esto fue en Yerba Buena Gardens. Yerba Buena es uno de los centros culturales más importantes de San Francisco. Fui el domingo a eso de las 9 am y como no había actividades todavía, decidí recorrer los jardines. Me encontré con esta caída de agua en la que por detrás había una exposición de frases pronunciadas por Martin Luther King, con traducción en muchos idiomas. Yo esperaba mi entrada al Museo de Arte Moderno de San Francisco que abría a las 10 am. La visita al museo era el espacio que además necesitaba para que me reubicaran de habitación en el hotel, luego de haber tenido problemas de ruido constantes de las paredes durante la noche. Decidí grabar el sonido para que en recepción no me tomaran por loco. La recepcionista de turno, Mary, una norteamericana rubia, gorda y de voz muy aguda estaba sorprendida y avergonzada por lo sucedido. Enseguida me prometió que hablaría con el gerente para autorizar mi cambio a otra habitación. Me dijo que recorriera la ciudad y que a mi regreso a la hora que fuera me daría la tarjeta de mi nueva habitación. De todas formas tenía pensado volver al hotel, como una parada antes de ir a Japantown.

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IMG_4465A mi regreso del hotel, Mary desplegó una sonrisa y dijo que me habían asignado una habitación en el quinto piso y que podía ir a la cafetería del hotel mientras terminaban la limpieza de la habitación. Aproveché para escribir un poco sobre las primeras impresiones de la ciudad. Las releo días después e identifico mi “síndrome de primer día”, en la que siempre me arrepiento del viaje. Luego Mary me anunció que la habitación estaba lista. Intenté agarrar mi maleta pero Mary dijo que la llevaría ella. Su poder de decisión me hizo no querer contrariarla, de modo que subí al ascensor con ella pero era Mary quien tenía la custodia de mi maleta. Al entrar a la habitación me hizo un tour rápido por la misma y me dijo señalando un estante en la parte superior de la habitación: Acá tienes varios libros si quieres leer. Fue ahí que caí en la cuenta de que le había dejado un bolso con varios libros para que me lo tuviera en recepción. Seguramente se dio cuenta de mi predilección por los libros. 

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En mi último día en Miami, la ciudad me despidió con lluvia y vientos contrariados. Mi paraguas ya había perdido la batalla el día anterior pero aun así lo llevaba como arma de defensa, aferrado a mi mano, mientras el viento me manoteaba cuanto quería.

En medio de la tormenta matinal que creció durante mi caminata, me refugié en un Starbucks hasta que el cielo se calmó y me permitió salir para cumplir la última parte de mi viaje: ver el mar en Miami Beach, aunque fuera con un firmamento plomizo. Necesitaba encontrarme con el mar, dejarme herirme en la piel por la lluvia helada y que el viento salvaje me golpeara la cara. Con los pies ya adoloridos por los recorridos de los días anteriores, entré a la playa, solitaria, abandonada a su suerte por los estragos del clima. Me dejé abrazar por la melancolía de las olas, me sentí vivo con esa violencia marina, escuchando mi propia voz perderse en el aire. Me agradecí por haber emprendido ese viaje repentino, demencial, para llegar a tiempo a esa cita con el Atlántico. 

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No fue un día soleado como siempre promete el Sunday, pero la playa, solitaria, nostálgica me susurró sus fantasías al oído y con la satisfacción del deber cumplido, me retiré, emprendí la vuelta por Lincoln Road hacia el final de mi viaje.

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