Llegas a ese momento. Lo has evadido durante mucho tiempo. Has fantaseado con ese espacio, con en esa hora del día (o de la noche, según como te parezca mejor). Ahora no hay cómo escapar. Tratas de pensar en todos los trucos, frases ensayadas para cuando llegara ese momento. Pero todo es confuso, una humareda niebla tu cabeza. Te niegas a improvisar, a dar el primero paso. Danzas sobre tu propio eje. Prestas atención al vaivén de tu sangre que fluye forzada por tus venas. Quieres llorar, lo sé. A mí también me traicionan los lacrimales cuando elevo un poco el corazón. Respiras en cortos intervalos para ahogar el llanto. Te animas a dar la primera señal… Te interrumpe con una frase sin palabras. Entierra sus ojos en los tuyos. También tiene miedo. También ensayó para ese momento. No hay soundtrack que ayude o inspire. Te das cuenta que no hay que decir nada. De repente sientes que la situación parece escrita por Tarkovski o Bergman. Terminas por creer que sería del agrado de Godard. Luego piensas que él preferiría una escena más cortada, más posmoderna… Caminan juntos. El terreno es incómodo. Sólo escuchas tus pasos y los suyos. Y la sangre sigue atropellada en tus venas. Tropiezas. Intenta ayudarte para que no caigas. Se miran otra vez. Sabe bien que no darás el primer paso. Espera el intervalo de silencio que permite el canto entrecortado de los grillos. Te dice, casi en susurro: Escríbeme.

Devaneos

(Sé que debo escribir algo, ¿no?. Al menos eso me exijo, como ejercicio. Quién sabe si encuentro algo, resquicios de novela, pincelazos de película o una miniescena kafkiana. Debería racionalizar menos y escribir más como un acto de salvación, de curación, de placer y principalmente para jugar con la ficción de ese Yo que no entiendo).
El final del personaje A será una sonrisa a medias, con los ojos un poco humedecidos. Se dejará abrazar de forma automática por personaje B. No está involucrado. Las sombras del sol vespertino oscurecerán ciertas partes de su rostro. Agarrará una bocanada de aire. B se irá alejando, sintiendo que no hay más que decirse. Las cicatrices no fueron superadas y la sal aun corroerá ciertos sentimientos no arreglados. (Es una posibilidad pero la verdad, la verdad, no me dice mucho).
(Otra opción). El final del personaje A será una lágrima que brota con dificultad del ojo izquierdo y sigue, por fuerza de gravedad, su caída libre por la mejilla del mismo lado. B se acerca e interrumpe el trayecto de la lágrima con un beso. A y B se miran como si se enfrentaran a un reto visual. A deja pasar apenas unos cuantos segundos. Aprovechando la oscuridad del cielo nublado de esa noche húmeda con el asfalto emanando vapor producto de la tarde infernal, A se desplazará en cámara lenta al otro costado de la acera, donde tomará un bus que la llevará a la confines, donde la tierra termina. B entrará a un bar y beberá una cerveza recorriendo con sus labios el amargor de sus días y el vaivén nostálgico de las nubes en verano cuando acostado sobre la arena las miraba adivinado formas junto a A, quien siempre encontró ese juego un tanto estúpido pero que en compañía parecía interesante o cuando menos, un refugio de soledad.
(Mejor. Una opción más. Debería hacer mínimo diez, pero la cabeza se me agota. Ahí es cuando cuestiono el rigor que tengo con respecto a la escritura). El final del personaje A será con la vista perdida hacia el río que lleva y trae lechuguines con Sigur Rós controlando la corriente. B está a su lado. No se dirán nada. Son dos seres que cargan con los mismos espectros y los alimentan con sus propias angustias. Se mirarán unos cuantos segundos. No se reconocerán. A verá a B con extrañeza. B, con ternura. B se cortará un mechón de cabello que se encargará de dejar en manos de A. B partirá con una maleta de ruedas que al contacto con el piso de granito producirá un sonido intermitente, disonante que se clavará en los oídos de A recordándole la falta y la melancolía que amargará su hígado por el viaje de B. El sonido y la incomodidad irán alejándose. B se irá empequeñeciendo convirtiéndose en una figura más entre las millares del parque. El sonido se habrá marchado, la calma retornará. Sigur Rós seguirá sonando pero el mechón de cabello de B seguirá contenido, apretado en el puño cerrado de A.
(Ejercicio acabado. No sé que es ni de qué va. Los finales se me antojan inicios ambiguos que van en contrario de las manecillas del reloj. A veces aclaran o por el contrario, confunden. ¿A quién? ¿Por qué? A y B son energías, proyecciones de algo. Estuvieron y estarán en el mismo ritmo que borre y dé forma a nuevas líneas, a otros centros de fuga. Devaneo. Noches de Sigur Rós producen estados que es mejor utilizar sólo en dosis desmedidas)

Murmullos

Noche fría, sin expectativas. Domingo sin estrellas y de impertérrita calma. Voces de mujeres susurran a mis costados. Me cuentan sus dramas, en busca de una materialidad que ya no tienen más. Les pido calma. Ya suficiente karma tengo con el domingo por la noche. Las escucho, mis dientes van perdiendo el espesor, siento la lengua pesada y ante mis ojos van apareciendo en fotogramas mustios las escenas fragmentadas de estas mujeres. No lloro, no lo consigo aunque mi piel tirita con aquellas voces entrecortadas. Mi boca está muerta. Solo puedo escuchar y asentir con la cabeza para que entiendan que sigo el relato. Una intempestiva corriente de viento azota mi cuarto. Sus voces se tornan difusas. Mis ojos se empañan, un telón de satín rojo se ha instalado en ellos. Un bossa de Chico Buarque empieza a escucharse mientras las voces de esas mujeres corean, disonantes aquella canción cuyo nombre tenía en la punta de la lengua pero que ahora no logro recordar. Creo que es una canción de la Ópera do Malandro, pero no estoy seguro. También podría ser de Gota d’Água pero no lo sé.
Alucino, camino sobre nubes volcánicas, aun sintiendo los vestigios de mis dientes sobre mi lengua. No debí ver tantas películas por la tarde y sí hacer los ejercicios obligados para disminuir la presión arterial. Me susurro esto todo el tiempo de la misma forma en que las mujeres me cuentan sus relatos infinitos. Se van turnando para contarme cada historia y dejando en suspenso para dar paso a la siguiente. Igual como radionovela, con la diferencia de que no puedo apagarla cuando quiero. Me habría gustado vivir en la Cuba de los 40 cuando Caignet escribía sus imposibles historias y millones permanecían atados a una radio, primera fábrica de sueños prohibidos.
Me duermo. A momentos las mujeres parecen aquietarse. Las escucho en lejanía cuchichear entre ellas. Eventualmente ríen y entre sueños voy difuminando sus rostros grisáceos. El bossa nova desaparece. Finalmente escupo las astillas de dientes que terminan empastados en el espejo. Las mujeres se callan. Escuchan mis latidos y se alarman. Han comprendido que deben terminar el relato.

Horas Vagas

Apareciste. No te busqué pero estabas ahí y de pronto te dibujaste indispensable cada noche. Explicaciones, ninguna. Era preciso sentir, aun cuando hubiera delante una pantalla fría asexuada, pero que nos permitía conocernos, un poco más.

Me llenaste de ansiedad, agriaste mis horas. No apareciste más y el único extraño vínculo de dependencia fueron tus indescifrables estados de Facebook. Las relaciones no se piensan y se pierden en vericuetos extraños, como en el teatro… El problema es que nunca sé hacer mutis a tiempo y divago aun cuando el show debe terminar.

Nos dijimos adiós sin despedida. Y yo con lo que amo prepararme para el desenlace. Me quedé saboreando un final interrumpido, un orgasmo incompleto, un beso a medias. Las horas se van en imágenes de un futuro difuso, retazos de proyectos, que como jirones van quedando a medio camino. Pienso en Mariana Ximenes, en sus cabellos y en su boca gostosa. Me prometo trabajar con ella y a unir mis escritos momificados. Quiero engendrar un mutante repartido entre varias actrices que exorcicen mi cabeza cada vez más volátil, menos enraizada.

Sueño. Sueño que sueño con una escena recurrente cuyos elementos siempre me remiten a un sueño más antiguo. De vez en cuando aparecías en algunas de esas abstracciones y cuando vuelvo a la superficie me queda la sensación de haber olvidado la pantalla frígida que nos separa. Soy patético, aunque según Schiller también en algún momento podría devenir sublime. ¿Para quién? No para ti, con certeza.

Licuaré mis memorias en almíbar.

Marion

Marion es nívea, delicada, un poco bipolar, excéntrica y con una fascinación por las monedas en desuso. Lleva el cabello corto y su color cobrizo parece brillar en las tardes soleadas con lluvia. Su español bien pronunciado aun tiene una cadencia particular de su francés olvidado. Aquella extraña melodía siempre me deja confundido, usando de pronto verbos en francés o haciendo mía la gramática gala para hablar en mi tibio acento guayaco.
Marion es atrevida y muchas veces hasta cínica. Se equivoca pero siempre soy yo el culpable. Pero hasta en su manera de ofenderme es tan desenfadada. Todo parece hacerlo con naturalidad, sin complicación, incluso en la hora de amar. Se deja llevar, no me prohibe nada, me permite recorrer cada milímetro de su cuerpo llenándome de su aroma, de la textura de sus delicadas venas azuladas. Sabe que la amo y se deja amar.
Marion siempre lleva botas. Las tiene de todos los colores y formas. Negras, amarillas, rojas, marrones, con tacos, sin taco, de terciopelo, de cuero, de caucho. Todas parecen ajustarse de manera mágica a sus largas piernas y a ese caminar que no le permite pasar desapercibida. Cómo me encantas Marion. Y aun así no te celo, te dejo libre, te dejo caminar, te dejo provocar, porque sé que siempre volverás. En ti se sustenta el don de la ubicuidad, ma chère.
Recuerdo aquella noche, aquel sábado después de larga jornada de trabajo, en la que luego de amarnos con cansancio, decidiste que querías cantar Tristesse de Milton Nascimento. Tu portugués precario siempre me daba risa, pero esta noche querías arriesgarte y me hiciste parte de tu juego al proponerme un dúo, como Milton Nascimento y María Rita. Me desarmaste. Sabes que no me resisto a cantar en portugués, aun cuando mi voz sea una desgracia. Agarraste la guitarra y luego de los primeros acordes me miraste para que empezara. Me calentaste las venas y sintiéndome Nascimento me dejé llevar por la letra. Esa noche tu portugués me elevó. Sonabas un poco como una voz de doblaje, muy perfecta, muy articulada. Habías estado practicando a mis espaldas, mientras preparaba las lecturas para mis siguientes clases. Tramposa, nunca te gusta perder y menos conmigo. Sin quererlo muchas veces establecemos una sana competencia en la que no hay premio, sino un deseo egocéntrico de demostrarnos que cada uno está con la persona indicada. Ahora te anotas otra victoria…
Terminamos la canción y guardaste silencio por unos minutos. No quise interrumpir tu ceremonia, mientras me clavabas tus endemoniados ojos celestes. Te me pareciste a Jasmine Trinca en la escena de La Meglio Gioventù cuando empieza a sonar A Chi de Fausto Leali. No sé por qué carajo la recordé, pero ahí estabas, curiosa, distante, como Giorgia. La luz de la lámpara te daba un efecto de soledad y de pronto sentí que debía abrazarte. Sin embargo, no quise interrumpir tu calma. Esbozaste una sonrisa pero te arrepentiste y decidiste agarrarte el cabello para alborotarlo un poco. Supe entonces que algo pasaba. No me diste tiempo a pensar y me lo dijiste: ¨Me voy¨. Otra victoria, ma chère… Tu me quittes…
Te acercaste, me besaste en los labios. Nos fundimos en un largo abrazo. Te sentí sollozar, tu corazón se aceleró y toda aquella fortaleza que me propuse tener se esfumó al sentirte tan frágil, tan dolida. Me miraste y vi tus mejillas coloradas. Tan nívea, tan fantasmagórica y de pronto tu rostro combina con tu cabello. Me volviste a ganar. Siempre imaginé que sería yo quien saldría más afectado con aquel lema de ‘siempre es más duro para quien permanece’. Ahora sé que algo mío se va contigo y un poco de ti se queda en estas líneas. Tu me manques, ma chère. Me mal enseñaste a hablarte en dos idiomas. Ahora no puedo extrañarte más que en francés. De pronto el verbo toucher se magnifica y además de tocar significa que me has llegado al alma, al espírito, como si tu amor tuviera ese poder de tocar aquello intangible. Toi, ma chère, ton amour m’a beaucoup touché.

Del teatro y la docencia

Hay veces en la vida, en cualquier ámbito, en que uno hace una parada, se sitúa y desde ese punto de vista, observa, analiza, mira. Observas tu entorno y es entonces cuando reflexionas, agradeces o aborreces tu situación. Normalmente el ritmo frenético del mundo occidental no permite pensar, sólo hay una orden, una ejecución automática para acelerar procesos. ‘Agilitar’ como suelen decir en mi trabajo convencional de oficina. Cada vez que oigo esa palabra me da horror. Sé bien que agilitar es sinónimo de cortar, de interrumpir, de olvidarse del otro y sopesar la ‘gran misión, ‘el gran trabajo del día’.
Este mes de diciembre ha llegado con una serie de aflicciones, dudas, tareas impostergables y con un camino difuminado que quiero seguir aun cuando no sé lo que me depara. Navego en incertezas, en aguas desconocidas, pero no temo, al menos no ahora. Estoy en alerta, como un actor en escena, quien luce relajado en su performance pero que está muy atento a la respuesta del otro. El otro. Ese ser en el que me miro, en el que me reflejo. Los otros, los espectadores, los alumnos…
Hoy me he observado. Suelo hacerlo regularmente pero hoy me vi de otra forma. Me enfrenté como todas las noches a mi sala llena (de alumnos). No pude evitar relacionarlos a ellos como el público expectante que observa, que busca una identificación con la obra de teatro.
Así como el actor, como profesor siento que he hecho un gran desempeño esa noche. Hay otras noches en que la función no sale tan buena, sea por mí, sea por el público (alumnos), o por el texto (la materia). Sin embargo es tan maravilloso, tan catártico cuando esos tres elementos confluyen en armonía. Se forma una energía que alguien externo puede sentir esa comunión. Comunión, me gusta esa palabra. Alejándola del contexto religioso, me interesa por el sentido de unión, de compartir algo. Es lo que sucede en un aula de clases, es lo que sucede en el teatro.
Hoy pude palpar de cerca la importancia que como actor (profesor) tengo sobre el escenario (aula) y el impacto que ocasiono en el espectador (alumno). Una espectadora luego de la función (clase) se me acerca y me pide que lea el escrito que hizo a partir de lo que observó. Esperé a estar en soledad para leer y me encontré con un universo que me obligó a re-observarme. Soy consciente de mis capacidades pero pude ver lo gratificante que es para ciertos espectadores asistir a la función. Se entregan, participan, ríen, aprenden, cuestionan. Y esa espectadora me escribió que la obra (la materia) le está cambiando la manera de verse, de enfrentar sus problemas. No sé si la obra que monto cada jueves tiene esas bondades. De todas formas, al leer sus líneas me remonté a mi época estudiantil, a mi primer encuentro responsable con el teatro, cuando vi una obra que me desencajó, que me llenó de incertezas y dudas. Esa obra me cambió la vida.
Hoy me vi un poco en esa espectadora. Ella me ha hecho reflejarme, verme como actor.
Definitivamente una de las cosas mejores de enseñar es poder palpar cuando a un alumno le ‘llega’ lo que le enseñas y siente que obtiene una respuesta a algo que antes no lograba descifrar. Es cierto también que hay malos espectadores, que están con celular en plena función y que van para ‘cumplir’, pero cuando me encuentro con espectadoras como la de hoy, reflexiono y me enorgullezco de hacer lo que hago. De quemarme las pestañas ideando talleres, armando diapositivas aunque no me guste, pensando en películas para mostrar. Por aquellos espectadores responsables es que sigo en el escenario, dando lo mejor de mí.
Durante estos años de convivencia con el teatro y la docencia, me convenzo más que la labor de ‘ser’ profesor es un proceso muy parecido al de creación de teatro. Se arma un montaje, una propuesta pero va cambiando con el ‘público’, va mutando, va cambiando, se va enriqueciendo en el hacer y una función (clase) nunca es igual a otra.
Gracias mi querida espectadora por hacerme reflexionar esta noche. Espero verte en la platea como siempre, a las 19, dispuesta a dejarte llevar por la obra y por brindarme la oportunidad de conflictuarme en el escenario.

Inercia

Inconstante, inflexible, obsesivo, inerte, apasionado esclavo… Debo ordenarme y al mismo tiempo desordenarme, divago en nubes, en personajes, en miradas, sonrisas, en diálogos jamás pronunciados ni escritos… Vivo en un constante letargo, en una fuga perenne, en un afán de pérdida, de pertenencia…
Busco un laberinto sin salida para encontrarme… querré encontrarme…?
Emprendo caminos, me sacrifico, no desfallezco, sostengo estructuras pero al mismo tiempo qué significa todo esto?
No lo sé, pero hay algo que me impide aquietarme, no debo estancarme. Necesito locomoción aunque sea para no ahogarme…

No hay otra salida…

Estoy en inercia…

Vivo en incoherencia..