Llegas a ese momento. Lo has evadido durante mucho tiempo. Has fantaseado con ese espacio, con en esa hora del día (o de la noche, según como te parezca mejor). Ahora no hay cómo escapar. Tratas de pensar en todos los trucos, frases ensayadas para cuando llegara ese momento. Pero todo es confuso, una humareda niebla tu cabeza. Te niegas a improvisar, a dar el primero paso. Danzas sobre tu propio eje. Prestas atención al vaivén de tu sangre que fluye forzada por tus venas. Quieres llorar, lo sé. A mí también me traicionan los lacrimales cuando elevo un poco el corazón. Respiras en cortos intervalos para ahogar el llanto. Te animas a dar la primera señal… Te interrumpe con una frase sin palabras. Entierra sus ojos en los tuyos. También tiene miedo. También ensayó para ese momento. No hay soundtrack que ayude o inspire. Te das cuenta que no hay que decir nada. De repente sientes que la situación parece escrita por Tarkovski o Bergman. Terminas por creer que sería del agrado de Godard. Luego piensas que él preferiría una escena más cortada, más posmoderna… Caminan juntos. El terreno es incómodo. Sólo escuchas tus pasos y los suyos. Y la sangre sigue atropellada en tus venas. Tropiezas. Intenta ayudarte para que no caigas. Se miran otra vez. Sabe bien que no darás el primer paso. Espera el intervalo de silencio que permite el canto entrecortado de los grillos. Te dice, casi en susurro: Escríbeme.

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