De la tristeza

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Lloras. Sintonizas con cualquier persona, animal o cosa que vibre en la misma frecuencia de la nostalgia para abajo. Siempre se te dieron bien esos humores relacionados con bilis negra. Ríes. Lo haces de manera sonora, como si tus pulmones se recogieran para tomar un impulso y así lanzar una carcajada furiosa. Pero sigues triste, apretado de recuerdos y con gula de historias interrumpidas. Comes. De forma desmedida, como si en cada comida buscaras repletar a cada célula de tu cuerpo por el miedo ancestral de no poder comer en varios días. Y luego te miras gordo, guatón, con los excesos descansando en los rollos de tu abdomen. Tiras, coges. Con exceso y con temor. Con el deseo de saborear un cuerpo nuevo y con el terror que te produce excitar una piel que podría ser estéril. Te rindes al placer efímero de un orgasmo silencioso. No te gusta gemir y peor gritar. Y sigues triste. Con la melancolía de haber usurpado un cuerpo para abandonarlo como abandonas el tuyo propio. Te vas. Acabado el ritual de amor pasajero, agarras la ruta y te pierdes. El destino no te importa, el punto es huir, vaciarse, ya que lo único que buscas llenar es tu barriga salobre. Caminas. Con la rapidez de tus pies calcificados, escuchando música que no conoces y añorando personas que no amas. Y te ves triste. Así como cuando mirabas las ventanas empañadas mientras llovía cada marzo o abril a la víspera de Semana Santa. Llorabas siempre en esas fechas. Ahora respiras nostalgia y vomitas azúcares. Saltas y sigues triste. Nadas y sigues triste. Te sumerges en el océano dejando el desierto atrás pero conectas con la tristeza del mar en su vaivén eterno. Lloras en la cordillera azul. Te vas, nadas hasta tocar fondo. Descansas, cierras los ojos. Y sigues triste.

Saudade de Domingo #19: No me gustan los domingos

No recuerdo cuándo empezó mi molestia hacia los domingos pero seguro que fue desde la época de la escuela. Marcaba la antesala de las clases y la muerte del fin de semana. Día híbrido de descanso y preparación para la semana que venía. Conservaba los resquicios alegres del sábado hasta más o menos las cuatro de la tarde. De ahí en adelante, con la agonía del sol, venía también la pesadumbre de las actividades estudiantiles -ahora laborales- y esa hora absurda del atardecer, hacía mella en mí en forma de angustia, de un vacío extraño que aun hoy no logro superar aunque he aprendido a manejarlo mejor.

No en vano estoy casi en los 30 (menos mal). Tengo más conciencia de mí desde hace algunos años, cuando emprendí por espontánea voluntad la ardua tarea de intentar conocerme y preguntarme cómo reacciono, cómo me siento, qué quiero e inexorablemente surgió como interrogante mi aversión a los terribles domingos. Para evitarme la angustia/ansiedad que me producían, busqué mecanismos para ignorarlos: iba al cine, al teatro, pasaba en algún café mientras el domingo fallecía y así disminuir su peso haciendo otras actividades. Sin embargo el mal seguía al acecho. Viendo alguna película, recordaba fugazmente la caída del domingo y me esforzaba por volver a la historia. No siempre lo lograba y me quedaba con esa rara sensación de suspensión, de mutismo en la que no consigo actuar ni hacer nada.

Luego empecé a mirar la muerte de los domingos como algo para estudiar. Empecé a fijarme qué me pasaba corporalmente, qué raras sinapsis hacían mis neuronas mientras el reloj avanzaba hacia las seis de la tarde. La respiración se agitaba un poco, empezaba a pensar en todas las tareas pendientes que juraba hacer desde el viernes por la tarde y me agobiaba con la acumulación de trabajos que se vendrían por el peso de la misma semana. También me fijé que me volvía ridículamente sensible, sobre todo con películas medio lloronas o recordando hechos con amigos, amigas, familiares que ya no están. Son las horas en las que más suelo sentir nostalgia y las horas donde suelo escribir de forma más azucarada. Me retumban en la cabeza las melodías más tristes de las que puedo tener registro y todo mi yo se convierte en un raro personaje de tragedia griega. Ya aprendí a no darme mucha bola en esas circunstancias. Con la tristeza encima ahora soy capaz de decirme como si le hablara el yo del san viernes a eso yo quebradizo dominical: “Es domingo, ya pasará”. Y en efecto pasa. El lunes, aun con todo la fiaca que representa, resulta mi salvación, la prueba de que logré superar al domingo cruel por su carencia.

Con más conciencia de mi súbito cambio de personalidad cuando llega el domingo, me suelo preparar con películas, series, libros o salidas que hagan que mi cerebro olvide la presencia del fatídico día. Cuando lo consigo, me alegro ya en la cama, antes de dormir, de haber pasado un domingo sin melancolía, sin haberme torturado. Quizás por eso decidí escribir esta columna todos los domingos. Para forzarme a estar en mí, sintonizado, pero sin caer al precipicio. Escribir es un poco luchar contra los domingos, ficcionalizar es el arma de combate para aplacar los estragos de esos días. Y cuando no lo consiga hacer, me tocará enfrentarme solo, recordándome que ya pasará y que el lunes me salvará.

Saudade de Domingo #4: Buenos Aires, te amo

Una primavera dormida, subyugada por un invierno moribundo. Así me recibe Buenos Aires con mínimas entre 12 y 14 grados, con máximas de 20 y 22. Pasaron apenas dos meses desde la última vez que estuve y siento más frío ahora que en agosto. No la paso mal porque amo sentir frío, algo de lo que mis colegas pueden dar fe cuando en la oficina pongo el aire acondicionado a 17 grados. Sangre caliente, temperatura alta, falla fisiológica, error del sistema, no lo sé. El asunto es que Buenos Aires me recibe con frío. No es una venida cualquiera. Regreso para participar del acto de colación (acá le dicen así a la ceremonia de graduación) de mi maestría en Comunicación Audiovisual, que comencé en el 2012.

Captura de pantalla 2015-10-18 a la(s) 13.01.50Si bien en agosto estuve acá por motivo de un viaje académico, este regreso tiene otro sabor. Es como una especie de fin de ciclo y con ello, han surgido emociones encontradas, recuerdos inesperados que me han asaltado en una calle, en un café, en alguna charla. Se trata de un regreso a una ciudad que es para mí, mi segundo hogar. Mirando atrás me encuentro pegado al GPS del celular, consultando mapas, tomando colectivos con desconfianza y aprendiendo nombres de calles y lugares que me sonaban agrios. Ahora cada una de esas calles y lugares guarda un recuerdo especial, de esos que arrancan una sonrisa ligera. Buenos Aires pasó de ser la ciudad de mis estudios a la ciudad de mis afectos.

No todo fue fácil tampoco, ni todos los recuerdos fueron agradables. Sentí en carne propia el agobio que produce toda ciudad grande, la sensación del anonimato y los vaivenes propios de una economía latinoamericana. Así como en cualquier relación, no se puede separar lo lindo de lo triste. Buenos Aires es para mí alegría, euforia, amor, pero también es melancolía, carencia  y aspereza.

La última gran capital de Sudamérica me modificó, yo entré en ella y ella entró enCaptura de pantalla 2015-10-18 a la(s) 13.02.50 mí. Nos fusionamos en un raro abrazo de tres años, nos apretujamos los huesos, lloramos, sudamos, nos escupimos a la cara también para luego volver a un cálido abrazo de verano. Me acurruqué en sus vericuetos de Retiro y Recoleta, descansé en sus bosques palermitanos, caminé enojado maldiciendo en Chacarita, pasé horas leyendo sobre ella en los colectivos y subtes. Nuestra relación siempre fue de pasiones extremas, nunca de medias tintas.

Volver a ella es reencontrarme, saberme vulnerable, extranjero nuevamente pero de alguna manera, un poco parte de esta ciudad. Me siento en casa, rodeado de amigos, con ganas locas de quedarme otra vez y vivir todo de nuevo. Este regreso me ha sorprendido meditativo, enajenado a momentos. Buenos Aires tiene ese raro encanto de nunca dejarte indiferente y creo que es eso justamente lo que nos ata. Seguimos aprendiendo de los silencios, de los caminos, del clima enrarecido y yo no puedo hacer más que regresar, tocarla de nuevo y seguirme preguntando quién soy junto a ella.