Mi encuentro con Jorge Enrique Adoum

Ayer, justo después de regresar de Madrid, soñé que conocía a Jorge Enrique Adoum en New York, en el Downtown, específicamente en Delmonico’s. Se trataba de una reunión de intelectuales (muy similar a las que estuve en Madrid durante la feria del libro), donde los meseros hacían malabares con bandejas con vino y whisky, alternando copas llenas y vacías. La música del momento, apenas ambiental, era de Buena Social Club, que se veía opacada cada tanto con las risotadas de Paul Auster y Coetzee. Sí, eran los más bulliciosos de la fiesta. No pude identificar la razón específica de la reunión y tampoco tuve mucho tiempo para pensar, ya que Tomás, mi amigo escritor de varias novelas, finalista del Herralde y Planeta durante varios años, me dijo que me presentaría a un coterráneo mío. Se me hacía curioso a veces que Tomás siendo argentino supiera más de literatura ecuatoriana que yo. Sabía de memoria varios pasajes de las novelas más conocidas de la década del 30, saltaba de la narrativa de Pablo Palacio a la poesía Jorge Dávila Andrade, con la misma liviandad como si estuviera charlando con algunos de sus estudiantes durante los recesos o a veces con el mismo entusiasmo como cuando se interesaba en alguna colega o alguna escritora novata que había alcanzado algún premio de ligas intermedias y buscaba pescar a un autor de renombre. El caso es que en el sueño, Tomás conseguía romper las barreras de tiempo y espacio para ponerme frente a Jorge Enrique Adoum. Confieso que durante el sueño no reparé en que él había muerto hacía más de ocho años. Por el contrario, me sentí fascinado, afortunado y también intimidado con su presencia. Adoum estaba conversando en una mezcla rara de inglés, francés y español con María Negroni, Amélie Nothomb y Edward Hirsch. Jorge Enrique inclinó levemente su cabeza para enfocarme mejor con sus lentes, guardó silencio por unos segundos y sin mayores preámbulos me dijo: “Ah Ud. es Santiago, ¿y por qué ya no escribe?”. Reconozco que esa interpelación con una mezcla de sensei y abuelo castigador me dejaron helado. Debo haber contenido sin querer la respiración por unos segundos porque cuando atiné a decir que estaba trabajando en una segunda novela sentí que me asfixiaba. Jorge Enrique no fue consciente de esto y siguiendo con el tono de abuelo regañón, aunque también con algo de ¿dulzura? dijo: “Ya pues, pero tiene que seguir escribiendo, tiene talento pero hay que bajar las ideas, hay que comprometerse, comprometerse!”. Amélie Nothomb quien no entendía nada de español sólo atinó a asentir con la cabeza como si hubiera comprendido lo que estaba pasando. Para ella daba lo mismo si me regañaba pensando que era algún alumno infiltrado o un escritor novel que pedía consejos al gran escritor. María Negroni, quien sin lentes no ve casi nada no se dio cuenta de quién era yo y siguió charlando con Hirsch sobre un nuevo poemario y un libro de ensayos en los que estaba trabajando. Tomás para calmar a la súbita emoción de Jorge Enrique, le aseguró que había leído parte de mi segunda novela en proceso y estaba fascinado por mi crecimiento como autor. Jorge Enrique rió brevemente pero luego volvió a su postura de Olimpo, como si no quisiera perder al personaje de abuelo regañón y bebió de un sólo trago su copa de vinotinto. “Lo espero mañana a las 11 en el lobby del Sheraton y me lleva lo que está escribiendo, como esté, un capítulo o dos”, sentenció Adoum. No vi la cara de Tomás en ese momento pero estoy seguro que tampoco él se esperaba ese gesto de Jorge Enrique. Quise agradecerle por la oportunidad pero ya se había integrado nuevamente a la conversación de Negroni, Hirsh y Nothomb. No esperaba que le agradeciera por su tiempo y sí que mañana estuviera a las once en punto. Me sentí miserable por tener apenas unos cuatro capítulos a medio hacer de la novela, pensé que quizás esa misma noche podría trabajar al menos en el primero y llevárselo al día siguiente. Quizás lo encontraría horrible, me diría que no me comprometa a escribir, que me dedique a dar clases de literatura o que iniciara un camino en la crítica literaria, ahí en el panteón de los genios que nunca lo lograron. Tomás me agarró del saco y me dijo que no puedo perder esa oportunidad. Su voz escondía emoción e incluso algo de envidia. Yo por mi parte deseé que mi primera novela nunca hubiera llegado a manos de Jorge Enrique y más aun deseé no haber hecho caso a Tomás y así nunca habría conocido a Adoum. Ahora tenía que trabajar, revisar tiempos verbales, encontrar adjetivos que no suenen rebuscados pero tampoco ramplones, equilibrar las descripciones de los lugares y los espacios, editar cualquier resquicio burgués que se hubiera filtrado en la voz narrativa. No era algo para trabajar en una noche. Seguía repasando mentalmente todo lo que debía corregir mientras pasaba con Tomás por todos los círculos de autores, cada vez más desenfadados por el efecto del alcohol. Algunos me saludaron como si me conocieran, otros directamente me llamaron con otro nombre y algunos ni siquiera me determinaron. La verdad poco o nada me importaba desde que Jorge Enrique Adoum me dio la espalda para seguir la conversación con sus colegas de oficio. Había dejado de estar con Tomás y empecé a acompañar en mi cabeza a mi resquicio de novela. Seguimos circulando, bebiendo cada tanto, participando de conversaciones fugaces que luego no recordaría. Era casi medianoche. Lo único que atiné a hacer fue salir del restaurante sin despedirme de Tomás y ahí, en medio del frío de enero calando en los huesos, me desperté agitado, en Guayaquil al mediodía, remojado en sudor entre las sábanas y algo aliviado, quizás, por no encontrarme con el genio.

Dulce Sueño

Divago,

muelo las liendres de memorias ácidas

que se reproducían inertes

en los candores de mi boca.

Estoy, no estoy o estuve

en los vericuetos desnudos del Traum.

Y una voz aria de vocales turcas me recordaba

“Schlaf gut, schlaf gut”.

Del Traum al trauma,

la ciénaga incolora de las promesas

se fue sembrando en las costuras de la arena.

Grito, angustia, angustio,

descanso grillado sobre las virutas de la escena.

Flashback al vacío

Anoche soñé que estaba en una piscina de cualquier parte, divirtiéndome con amigos que no conozco y jamás conocí. Yo debía tener 16, 17 años. Éramos todos locos, inconscientes, contábamos chistes tarados. Me veo  y me asombro por la oportunidad: Ser nuevamente adolescente y ser errático, cojudo, hormonal. Liberado de mis ficciones, de los libros, del colegio, estaba ahí sudando entre amigos en un sol de tres de la tarde. No me sentía incómodo con mi cuerpo ni con mi altura, simplemente “era”. En el sueño se sentía bien ser inmaduro, de pensamiento limitado y más conectado con mi cuerpo y los de mis amigos. Éramos una masa bronceada disonante que entraba y salía de la piscina. La música era estridente, una cuchilla constante que picaba el oído, mientras hablábamos a los gritos. Las chicas, sus tetas, sus vaginas húmedas, la paja, el tamaño de la verga, los pelos en la cara y temas varios, eran los tópicos de rigor acompañados de chelas. Mi mejor amigo, entiendo yo, era el bacán del grupo, el que se había tirado/cogido a más de diez peladas, se pajeaba dos veces al día como mínimo y era el peor alumno de la clase, aunque el más “pinta” y el mejor pana. Y en el sueño no lo odiaba ni me molestaba su escasez de neuronas. Era mi amigo, el hermano que no tuve, el que estaba ahí para todos, hablando huevadas pero que en un milesegundo, por la conjunción de algún astro, decía alguna perla que había que agarrar al vuelo. Y esa tarde dijo alguna seguro, pero la brevedad de la escena, el pantallazo de pocos segundos se fundió tal cual como emergió. El sueño terminó de repente.

Y me desperté con un ojo ciego.

Desde esta ventana

2015/02/img_3682.jpg

Facultad de Derecho, UCA. Octubre-Diciembre, 2014. En una de las amplias salas del último edificio de la universidad, contemplaba Puerto Madero mientras escribía los guiones de la serie de TV con la que me gradué de Magíster en Comunicación Audiovisual.

Continuar leyendo «Desde esta ventana»

Escribiendo…

Tramas, subtramas, sinopsis, escaletas… Soñando con guiones y tratamientos… Letras negras que se derraman en la pantalla nívea de la laptop… Teclas que se niegan continuar con la danza mecánica de la escritura… Personajes que hablan más de la cuenta y callan más de lo que deben… Escenarios móviles que mutan con el suspiro y frases recurrentes… La música desaparece a momentos… Luego ruge sin piedad… Me acurruco… Cierro los ojos… Un fade in da inicio a la escena de un tipo que está atrapado en un sueño mientras la incubus de turno lo atenaza en su regazo… En la imagen predomina el azul… He pensado en que debería vestir más en la gama de los rojos y usar de vez en cuando el Hugo Boss que compré en el duty free de un aeropuerto sin nombre… El tipo despierta sobresaltado agradeciendo que todo no haya sido más que un horror nocturno de pocos segundos… Oscuridad total… la agonía de un piano de cola invade la escena… El tipo, parecido mucho a mí, pero que no soy yo, aunque también es blanquito, cejón y barbudo, pero que no soy yo, se levanta… Se ha ido la electricidad… Se ve bañado en sudor y con la sensación de tener el cabello pegado a la almohada húmeda que le recuerda el infierno que se vive cada noche en Guayaquil… Camina, avanza a la cocina y encuentra a su padre descamisado como siempre, cuyo rostro está iluminado por una vela mortecina… Siempre he pensado que mis ojos no ven más que nostalgia… Como si un filtro tamizara cualquier otra emoción y al final quedara solo saudade, incluso hasta de un reggaeton mal bailado… El tipo le cuenta a su padre el sueño con la incubus… El padre, con ya varias arrugas a los lados de los ojos que se acentúan ahora con la débil llama de la vela, hace un gesto de desdén… Es escéptico… Nunca ha creído en nada que no sea corpóreo-material… Quizás el tipo se vuelva así cuando tenga su edad… He recordado que debo escribir una historia vampírica para reivindicar aquella imagen gratuita otorgada con la saga de Twilight… quizás con una enfermera llamada Dona Sangre, el personaje que Almodóvar nunca llegó a desarrollar y metió como relleno en una subtrama de Los Abrazos Rotos… El tipo regresa atemorizado a la cama, se acuesta, la humedad de la cama se funde con la de su espalda y tiene la sensación de haberse quedado pegado para siempre… Hace calor y una mosca cuyo zumbido lo escucha con agudos se pasea por la habitación… Sólo puede adivinar su recorrido por ese sonido persistente… Cierra los ojos… Abro los míos… Estoy en cama… bañado en letras… sobre mi pecho un par de paradojas y en los costados metáforas relacionadas con la oscuridad de los mares… Hay electricidad… Me semi-incorporo enérgico, convencido, humano y recuerdo las letras orgásmicas de Pessoa en las que navegué durante años… Escribo… Leo… Reescribo… Borro… Escribo… Reinicio… No hay cortes… Tal cual una película de Tarkovsky… Me observo… Me escribo… Me rectifico… Me reconstruyo en fonemas abrumados.

Cuando me obsesiono…

Cuando me obsesiono, pierdo la cordura, me vuelvo egoísta, el ‘yo’ se hace presente y todo aquello que salga de mi perímetro se vuelve mi enemigo o peor aun, me resulta indiferente.


Cuando me obsesiono. no hay deidad ni ente sobrenatural que pueda regirme u orientarme. Me enfrento a una batalla campal con la nada y con el todo. Persisten las imágenes en las que veo mi meta, sigo adelante con sed, con hambre y la presión en las venas me dicen que frene mis ansias, al menos por esta noche.


Cuando me obsesiono, no duermo. Por ello me preocupa cuando caigo en el insomnio. Es ahí cuando veo que no tengo nada controlado y vuelvo entonces a armar y desarmar estrategias. Se me seca la garganta aun sin pronunciar palabras. Y bebo litros y litros de agua en un intento desesperado por calmar la sed de mi perturbada alma.


Cuando me obsesiono me asaltan ideas. A veces relacionadas con la meta deseada. Otras veces son ideas que sólo me llevan a otros grados de abstracción. Recuerdo entonces otras metas olvidadas y me repito a mí mismo, sólo para calmarme ¨Luego de esto, concretaré esa idea¨.


Cuando me obsesiono, usualmente escribo pero también suelo bloquearme ante las letras. Las palabras se tornan escurridizas o por el contrario se van hilvanando entre mis dedos, aumentando más la ansiedad por esa meta. Sudo con frío ante una pantalla en blanco y a veces me lleno leyendo poesía.


Cuando me obsesiono, mi mente divaga y cuando menos lo espero se ha ido en busca de otros sueños. Me es difícil agarrarla y forzarla a seguir conmigo. Para aquellos momentos he diseñado una cajita, una muy pequeña, de vidrios oscuros y cóncavos, en donde la encierro hasta que aquiete del todo. Mientras tanto yo, sin mente que me gobierne, me dedico a metacomunicarme, a buscar entendimiento, sin la mala influencia de mi mente, que usualmente, cuando quiere, carcome lo que pienso, lo que hago o lo que digo.