Saudade de Domingo #134: Descubriendo a David Foster Wallace

Su nombre me sonaba de conversaciones con algunos amigos pero nunca lo había tomado muy en serio. Incluso por lo rimbombante de su nombre me parecía que era un autor decimonónico tipo Sir Conan Doyle o Robert Louis Stevenson (Sí, sí, my mistake). 

Mi primer acercamiento a su literatura fue en un taller de lectura en el 2019. El instructor nos hizo leer unos fragmentos de La broma infinita y desde entonces me obsesioné con su escritura. Mi primera impresión fue: ¿Este tipo me está hablando a mí? Me daba la sensación de que conversaba conmigo aún cuando a momentos sus frases largas me obligaban a prestar mucho atención a los detalles que daba. Lo sentía cercano, informal y muy actual. Como buen académico, no hice mejor cosa que investigar sobre Foster Wallace, en reuniones con amigos era yo ahora el que traía su nombre a la conversación. Quería saber todo de él y leer sus libros, que por aquel final de 2019 no logré encontrar en librerías, una cosa rara porque en cualquier lugar hay un espacio para Foster Wallace. 

No voy a abrumarlos con muchos datos de David Foster Wallace ya que podrán encontrar mucho de él en el Sr. Google, pero sí quisiera compartir algunos aspectos de su vida que me llamaron mucho la atención. Nació en Ithaca (New York), en 1962, sus padres fueron profesores universitarios (el padre en filosofía, la madre en literatura) y vivió su infancia y adolescencia en Champaign, Illinois. En la universidad estudió Inglés, Filosofía y fue profesor de Literatura. También realizó una maestría en Fine Arts con mención en Escritura Creativa en la Universidad de Arizona y su proyecto de titulación fue su primera novela La escoba del sistema (1986), que lo convirtió inmediatamente en un autor respetado. Tres años más tarde publicó La niña del pelo raro (1989), un conjunto de relatos que ya evidenciaba su escritura directa, milimétrica, con personajes nada convencionales que se mueven en todo lo largo y ancho de Estados Unidos. El libro no fue un éxito comercial en ese momento. Su obra se completa con otros dos volúmenes de cuentos (Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción), varios libros de ensayos y su monumental novela La broma infinita.

La obra maestra de Foster Wallace

Foster Wallace fue también un gran aficionado al tenis, deporte sobre el cual escribió en su novela La broma infinita y en  algunos ensayos que luego se recogieron de forma póstuma en El tenis como experiencia religiosa. 

También pasó gran parte de su vida luchando contra sus adiciones (especialmente al alcohol) y la depresión. Se medicaba constantemente, se sometió a varios tratamientos para superar sus frecuentes episodios depresivos hasta que se suicidó en el 2008, dejando una novela inconclusa El Rey Pálido, que años más tarde se llegó a publicar.

Me gusta mucho el estilo que tenía a la hora de ser entrevistado. Era un pesimista y un soñador a la vez.  Se tomaba su tiempo para responder, sus primeras respuestas podían parecer muy simples y luego iban a creciendo en profundidad a medida que pensaba. Su cabeza maravillosa desplegaba sabiduría en cada una de sus frases. Le solía pedir a quienes lo entrevistaban que no le plantearan solo preguntas a él, sino que también ellos, los periodistas, respondieran las preguntas para que fuera más una conversación. Imagino que algunos se habrán sentido descolocados ante el pedido de Foster Wallace, pero es que él ante todo era un conversador, un docente que estaba acostumbrado al diálogo que permite el crecimiento de ambos interlocutores. 

Si tienen curiosidad pueden ver acá una entrevista que le hizo la televisión alemana en el año 2003 (está con subtítulos en inglés). 

¿Qué podemos aprender sobre la escritura de David Foster Wallace?

Creo que lo más valioso es su honestidad. A medida que uno va leyéndolo más, empezamos a ver sus obsesiones como autor. Las adicciones, las periferias, la complejidad del núcleo familiar, los problemas de pareja, el impacto de los medios de comunicación en la vida de cada uno de nosotros. Foster Wallace es un autor contemporáneo que nos habla en esa clave y no busca hacerse sentir inalcanzable. Lo que lees es lo que hay, pareciera ser su lema, aunque cuando volvemos a hacer una lectura más atenta vemos que hay mucha profundidad y eso es maravilloso.

La capacidad que tiene para describir ambientes. En general Foster Wallace no es un autor que escriba páginas enteras para describir un personaje, un espacio o una época, pero las pocas líneas de descripción que da son suficientes para sumergirnos en su universos. 

Sus diálogos. Creo que esto se debe a la larga tradición de literatura anglosajona que en general tiene escritores con gran dominio de los diálogos. Foster Wallace no es la excepción. Deja hablar a sus personajes y a través de ellos mismos descubrimos sus fobias, sus frustraciones, sus recuerdos. Incluso cuando los diálogos no sean en discurso directo como en el cuento La niña del pelo raro, sus personajes y el choque entre ellos es brutal. Si quieren leer un buen cuento sostenido únicamente a base de diálogo lean Aquí y allí, tiene un ritmo delirante que al inicio cuesta entender (no hay narrador que describa nada) pero luego es una delicia de lectura.

Sus personajes. Hay que ser honesto, los personajes de Foster Wallace son en general unos seres perturbados. Vistos desde afuera, son personajes exitosos, realizados generalmente en el ámbito profesional pero con vidas personales desastrosas. Foster Wallace consigue elevar esas miserias a un plano onírico pero que al mismo tiempo nos hace sentir que son personas que todos conocemos o que incluso podríamos llegar a ser nosotros mismos. 

Su sentido del humor. Esto va de la mano con sus personajes. Aunque son seres decadentes que sufren muchas veces por situaciones nimias o grandes conflictos familiares, la manera en que viven su problema conlleva a un humor ácido. Un hombre que prefiere besar la foto de su novia antes que a ella, una chica que se obsesiona con el pelo de una niña y quiere arrancárselo convencida de que tiene algún tipo de poder, son sólo algunos de los perfiles variopintos que tienen sus historias.

En su casa de Bloomington, Illinois (1996) — Imagen por Gary Hannabarger/Corbis

Aunque Foster Wallace nos dejó en el 2008, sus libros siguen tan vigentes, que podríamos decir que su escritura está más viva que nunca. Recomiendo empezar con La niña del pelo raro, que es un compendio de relatos que ya muestran la impronta innegable de Foster Wallace. Luego si quieren pueden leer el segundo volumen de cuentos Entrevistas breves con hombres repulsivos y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, una antología de ensayos de estilo mordaz que, al igual que en la ficción, hace una feroz crítica a la sociedad norteamericana y a los medios de comunicación.

En el 2015, el director James Ponsoldt realizó la película The end of the tour (2015), basada en la larga entrevista que le hizo el periodista David Lipsky a Foster Wallace a propósito de la publicación de La broma infinita, en 1996.

Les dejo por acá una entrevista a Foster Wallace publicada en el diario El País, que muestra la genialidad y la honestidad del autor a la hora de hablar de su quehacer literario. 

En serio, no pierdan más el tiempo y lean a Foster Wallace. Es un autor imprescindible que todos deberían leer este 2021.

Saudade de Domingo #133: Propósitos literarios para el 2021

Estamos ya iniciando la tercera semana de enero en un tiempo extraño para el mundo. Aunque sabíamos que el nuevo año no cambiaría el panorama pandémico, psicológicamente para todos en occidente, un año que inicia es un momento para fijarse metas. ¿Pero cómo tener objetivos el día de hoy cuando el escenario cambia minuto a minuto? Es por ello que este año más que fijarme metas personales que dependan de circunstancias externas, he preferido pensar en mis propósitos literarios. Durante el 2020 los libros fueron los compañeros fieles que estuvieron en mi escritorio, en mi velador, en mi cama, en la cocina para hacerme escapar por unos momentos de la realidad durísima que estamos viviendo. Todo esto me ha hecho pensar que puedo prescindir de muchas cosas menos de los libros y por ello me gustaría organizar un poco mis objetivos de lectura. Sólo un poco porque sé que en el camino se me aparecerán nuevos libros y no podré escaparme de ellos.

De modo que mis propósitos literarios para este 2021 son más bien una guía hacia donde quiero enfocar mis esfuerzos de lectura. He decidido que este año miraré más a los clásicos de la literatura, algunos de los cuales leí en la adolescencia y otros, con mucha vergüenza, admito que nunca leí. Quiero nutrirme de ese saber histórico, de esos textos que han influenciado a otros autores, de esas frases que perduran y flotan en la memoria colectiva de nuestra sociedad. Calculo que una buena parte del año me tomará en leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, pero me gustaría también darle espacio a otros libros. De momento ya empecé con Moby Dick, de Herman Melville, que lo estoy leyendo dentro del taller de lectura de Martín Felipe Castagnet. Es una maravilla leer este libro, pues al igual que la teoría del iceberg de Hemingway, Melville habla de mucho más que la ballena blanca. La cantidad de referentes en religión, historia, cetología, hacen de esta novela una lectura deliciosa.

Así que bueno, vamos acá con la lista de propósitos:

  1. Moby Dick – Herman Melville
  2. En busca del tiempo perdido – Marcel Proust
    1. Por la parte de Swan
    2. A la sombra de las muchachas en flor
    3. La parte de Guermantes
    4. Sodoma y Gomorra
    5. La prisionera
    6. Albertine desaparecida
    7. El tiempo recobrado
  3. Frankenstein – Mary Shelley
  4. Drácula – Bram Stoker
  5. La Ilíada – Homero
  6. La Odisea – Homero 
  7. La metamorfosis – Kafka
  8. Cumandá – Juan León Mera
  9. La Eneida – Virgilio
  10. La divina comedia – Dante Alighieri

Tuve ganas de incluir más clásicos pero la verdad es que tengo que ser realista con mis tiempos. El trabajo en la universidad, aunque es online, es muy absorbente por lo que no dispondré de muchas horas libres para dedicarlas a la lectura. También estoy trabajando en la escritura de dos novelas que me van a consumir tiempo y he empezado el estudio de un nuevo idioma, cuya experiencia contaré pronto en otro post.

Sobre lecturas más contemporáneas me interesaría leer:

  1. Shortcuts – Raymond Carver
  2. Solenoide – Mircea Cartarescu
  3. Cezara – Mihai Eminescu
  4. El túnel – Ernesto Sabato
  5. A hora da estrela – Clarice Lispector
  6. Unquiet – Linn Ullmann
  7. Rosemary’s baby – Ira Levin
  8. Nuestra parte de noche – Mariana Enríquez

Dejo la lista contemporánea así “breve”, porque en el camino sé que irán apareciendo otros libros y puede que cambie un libro por otro. Me dejo guiar mucho por la intuición en esto de leer. Si se me aparece un libro que buscaba hace tiempo en una librería, no me lo pienso, lo compro y lo empiezo a leer. Si escucho que alguien me lo recomienda y después me encuentro con ese libro en alguna circunstancia, tampoco me lo pienso y lo leo. Se trata más bien de una lista de ideales, de libros que me gustaría que me acompañen en este segundo año de pandemia. También estoy abierto a que sean otros libros los que me acompañen. Son los libros los que me buscan y no yo a ellos. Incluso si he elaborado esta lista de propósitos, responde a que en los últimos meses sus pasos me han rondado muy de cerca. 

Por lo pronto sigo en el Pequod buscando a Moby Dick. En febrero arranco con el primer tomo de En busca del tiempo perdido y Solenoide. Si quieren leer algún libro de la lista, pues bienvenidos. Sería bueno dialogar sobre estas lecturas. Soy un fiel creyente de que la lectura compartida magnifica el amor por los libros y juntos se aprende mejor.  

Si tienen ganas elaboren también su lista de propósitos literarios, pero ojo, no hay que obsesionarse con cumplir, que sea apenas una guía para la travesía. 

Saudade de Domingo #108: La lectura

He dejado este espacio por algunas semanas pero ha sido por un pequeño problema de salud. El retraerme de ciertas actividades laborales fue también la oportunidad de hacer cosas que normalmente hago de forma limitada como ver películas y sobre todo, leer. Al estar en reposo, estaba «obligado» a realizar actividades más bien pasivas que no demandaran mucho esfuerzo físico, de modo de que el ver y el leer fueron espacios importantes para mi recuperación. Sobre lo que vi, comentaré en otro post, pues ahora me gustaría centrarme en la lectura, que de alguna forma, esconde implícitamente a la escritura.

lecturaLa lectura ha sido desde mi infancia una actividad que me ha acompañado en una infinidad de momentos. Antes de dormir, al despertar, al almorzar, luego de almorzar, en el metro, en el colectivo, en el avión, en el tren, caminando (sí, aunque es medio complicado), esperando a alguien. Incluso he llegado a soñarme leyendo. Recuerdo haber leído en alguna entrevista a Borges donde decía que podía prescindir de la escritura, pero jamás de la lectura, cosa que en su momento me llamó la atención viniendo de alguien con una literatura potente pero que ahora, con el paso del tiempo, no puedo estar más que de acuerdo.

Hemingway seguramente pensaba parecido a Borges. En una entrevista la preguntaron qué debía leer un joven escritor y respondió que debía leer todo. A la pregunta de su interlocutor alegando que era imposible leerlo todo, Hemingway había replicado: «No digo lo que puede, digo lo que debe».

Los libros para mí son una especie de manto protector. Me aíslo y al mismo tiempo, me introduzco en el mundo, veo la vida pasar a través de un autor, autora que ha tamizado su cosmovisión a través de las letras. Navego en otros espacios y tiempos posibles, me desafío en la rítmica que impone su creador, subrayo las frases, pasajes que más me golpean (no hay otro verbo mejor) y luego al terminar el libro, siento la acuciosa necesidad de empezar otro camino, esto es, otro libro. Es una adicción que no cesa.

El tiempo de lectura puede ser breve o largo, aunque reconozco que soy más de breves lapsos. Me gusta disfrutar de la lectura a cuentagotas, con derecho a repetir ciertas frases en la siguiente sesión a modo de «escenas del capítulo anterior» tan de moda en las series actuales.

En esos espacios breves de lectura también incluyo los libros que no he leído en sulectura3 totalidad. Cuando voy a una librería, lo que más odio es cuando el dependiente se me acerca y me pregunta si busco algo. Sé que hace parte de su protocolo pero no quiero explicarle que no lo necesito, que lo que busco será producto de los libros que se presenten ante mí, que serán ellos quienes me escojan aun cuando muchas veces tenga una idea vaga de qué quiero leer. Usualmente sólo sonrío y saludo, suponiendo que mi no respuesta es un pedido humilde de no querer ser interrumpido en mi búsqueda literaria.

Luego de eso empieza la aventura. Recorro los estantes, saco varios libros, los ojeo, los huelo y si hay algo que me conecte, me quedo con ese libro en la mano hasta tomar una decisión final. Al salir de la librería, con uno o varios libros a la cuenta, los diferentes fragmentos leídos revolotean en mi cabeza, del mismo modo que cuando uno ve un trailer a medias y a veces quisiera saber el nombre de la película.

La lectura además de extraerme por instantes de la realidad, me resulta un combustible para mi propia escritura. García Márquez, en ocasión de un taller de guion que dictaba en San Antonio de los Baños, dijo que los escritores leíamos mucho sólo para saber cómo los otros han logrado escribir esos libros, como si se tratara de descubrir la alquimia, la magia que envuelve a la carpintería de esos textos. En cierto punto, estoy de acuerdo, pero también es verdad que muchas veces me abandono a esa magia, sin importarme cómo logró «embrujarme». Quizás esto de la magia se vuelve más evidente, cuando salto de un autor a otro y percibo inmediatamente que utiliza otra «caja de herramientas». Me ha sucedido hace poco luego de leer varios libros de Mariana Enríquez y pasar a Alan Pauls. Y de Pauls a Andrés Neuman. Comparando la escritura de los tres percibo el arsenal del que cada uno dispone y me he encontrado varias veces releyendo fragmentos en busca de «sus técnicas».

A propósito de Neuman, estoy leyendo su reciente novela Fractura. Es un trabajo de largo aliento pero no puedo parar de leerlo. La prosa con la que escribe tiene una melodía que el tiempo parece quedarse suspendido ante los acontecimientos mínimos que atraviesan la historia. Leyéndolo, me sucede algo parecido a lo que decía George Steiner: «En cada acto de lectura completo late el deseo de escribir un libro en respuesta». No es que pretenda «competir» con la novela de Neuman sino que me inspira a continuar  su trabajo, no como una segunda parte, sino como una siguiente jugada, como si fuera un tiro de esquina en el universo de la creatividad, con mi propia «caja de herramientas». Algo de eso produce la lectura de las grandes obras, ese deseo implícito de aportar con la escritura y así seguir saboreando esa telaraña de novelas y relatos que luego viven en comunión en una librería o biblioteca para elegir a sus lectores.

Bajar es lo peor

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La primera novela de Mariana Enríquez, una autora de la que ya he podido leer trabajos más recientes y con la que me siento muy identificado en su manera de describir los espacios y las situaciones. Puede ser poética y al mismo tiempo muy trash cuando pone voz a sus personajes. En esta novela tiene la maestría de hacer convivir un realismo sucio con el mundo de lo fantástico sin que se sientan como dos universos divorciados. Su escritura fluye a través de los breves capítulos que nos llevan a conocer la vida Narval y Facundo, ambos junkies de las noches de Buenos Aires. Son una suerte de vampiros que se alimentan entre sí. Facundo, un ángel caído, un héroe trágico hijo de las calles es el personaje por el cual todos los demás giren cayendo en su telaraña de seducción.

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El agro de Samanta Schweblin

Mi primer «encuentro» con Schweblin (Buenos Aires, 1978) fue allá por el 2009, cuando pasó por la Feria del Libro de Guayaquil y presentó Pájaros en la boca. Estuve presente en la charla que dio en la Universidad Casa Grande durante su estadía por la ciudad y con ansiedad me sumergí en su antología de cuentos. De aquella época recuerdo la sensación de borde que me provocaban sus historias. Como es su estilo, Schweblin no va por los grandes relatos ni los discursos ambiciosos. Prefiere más bien la historia personal, íntima, la relación entre personas donde habita lo raro, lo no dicho, el miedo y lo podrido. Todo esto manejado con una prosa firme pero nada acartonada. Meses atrás retomé la lectura de algunos de sus cuentos y hace una semana mientras visitaba una librería en Buenos Aires, me encontré con Distancia de rescate. No leí ni la contratapa. De alguna manera saber que era un libro de Schweblin me daba una cierta «garantía» y además tenía curiosidad por este trabajo.

Para mi sorpresa no se trataba de una antología de cuentos como ha sido la marca personal de Schweblin. Era su primera novela escrita con su tempo de cuentista y con dos personajes que hablan en un escenario ambiguo al inicio. No es una novela que se pueda resumir en pocas líneas, por lo que sólo daré algunos comentarios sobre la trama. El personaje de Amanda empieza relatándole a David una serie de acontecimientos del pasado con el propósito de clarificar su presente. David, un niño, hace las veces de una especie de terapeuta para Amanda, a quien con el paso de la lectura la vemos caer en una ansiedad y profunda desesperación por la salud de su hija Nina. Schweblin juega muy bien el suspenso en la trama, pues va dando poco a poco ciertas pistas dentro de lo que sucede en la historia.

Distancia-de-rescateDe la charla entre Amanda y David, aparece la siguiente historia que es la más importante: El encuentro de Amanda y su hija Nina con Carla y su hijo David, en el campo, muy lejos de los centros urbanos. El paisaje de cultivos de soja, las grandes extensiones de tierras, las casas solitarias se apoderan de las páginas de esta novela, donde la vida rural no se ve como aquel paraíso al que muchos ven como escape de las grandes ciudades. El campo de Schweblin es desolador, asfixiante y manipulado por terratenientes sin rostro. En este escenario la autora habla de la maternidad, en esa distancia de rescate a la que Amanda denomina como el espacio que la separa de su hija en cualquier circunstancia. El gran terror del personaje es que esa distancia de rescate se rompa alguna vez y con ese miedo, toma siempre medidas desesperadas.

La novela también muestra al campo como aquel lugar de experimentación transgénica, del que serán víctimas los personajes de la trama. En medio del verano verde, para Amanda los cultivos de soja se convierten en el enemigo, en el portador de contagio y la distancia de rescate se ve amenazada por los químicos. Amanda ve en David, el niño ya contagiado y transformado, el horror que podría vivir su pequeña Nina. Schweblin maneja la tensión con diálogos rápidos, descripciones precisas y con ese tono sugerido que jamás empacha y que por el contrario, invita al cuestionamiento. Tan preocupados estamos por la ciudad, por lo urbano, por nuestras dinámicas culturales que le hemos dado la espalda al campo, donde se cuecen quizás peores tragedias. «De solo pensar que un día todo lo que comamos esté en manos de una sola empresa, me hiela la sangre», declaró Schweblin a propósito del lanzamiento de esta novela al reflexionar sobre los monopolios que se han establecido en el agro.

En este sentido, Distancia de rescate, sin ser un manual de activismo, aborda desde la literatura un tema actual y que muchas veces se prefiere no mirar. Además de necesaria, es una deliciosa novela que de ser posible, es mejor leerla de un solo tirón.

Mi encuentro con Jorge Enrique Adoum

Ayer, justo después de regresar de Madrid, soñé que conocía a Jorge Enrique Adoum en New York, en el Downtown, específicamente en Delmonico’s. Se trataba de una reunión de intelectuales (muy similar a las que estuve en Madrid durante la feria del libro), donde los meseros hacían malabares con bandejas con vino y whisky, alternando copas llenas y vacías. La música del momento, apenas ambiental, era de Buena Social Club, que se veía opacada cada tanto con las risotadas de Paul Auster y Coetzee. Sí, eran los más bulliciosos de la fiesta. No pude identificar la razón específica de la reunión y tampoco tuve mucho tiempo para pensar, ya que Tomás, mi amigo escritor de varias novelas, finalista del Herralde y Planeta durante varios años, me dijo que me presentaría a un coterráneo mío. Se me hacía curioso a veces que Tomás siendo argentino supiera más de literatura ecuatoriana que yo. Sabía de memoria varios pasajes de las novelas más conocidas de la década del 30, saltaba de la narrativa de Pablo Palacio a la poesía Jorge Dávila Andrade, con la misma liviandad como si estuviera charlando con algunos de sus estudiantes durante los recesos o a veces con el mismo entusiasmo como cuando se interesaba en alguna colega o alguna escritora novata que había alcanzado algún premio de ligas intermedias y buscaba pescar a un autor de renombre. El caso es que en el sueño, Tomás conseguía romper las barreras de tiempo y espacio para ponerme frente a Jorge Enrique Adoum. Confieso que durante el sueño no reparé en que él había muerto hacía más de ocho años. Por el contrario, me sentí fascinado, afortunado y también intimidado con su presencia. Adoum estaba conversando en una mezcla rara de inglés, francés y español con María Negroni, Amélie Nothomb y Edward Hirsch. Jorge Enrique inclinó levemente su cabeza para enfocarme mejor con sus lentes, guardó silencio por unos segundos y sin mayores preámbulos me dijo: “Ah Ud. es Santiago, ¿y por qué ya no escribe?”. Reconozco que esa interpelación con una mezcla de sensei y abuelo castigador me dejaron helado. Debo haber contenido sin querer la respiración por unos segundos porque cuando atiné a decir que estaba trabajando en una segunda novela sentí que me asfixiaba. Jorge Enrique no fue consciente de esto y siguiendo con el tono de abuelo regañón, aunque también con algo de ¿dulzura? dijo: “Ya pues, pero tiene que seguir escribiendo, tiene talento pero hay que bajar las ideas, hay que comprometerse, comprometerse!”. Amélie Nothomb quien no entendía nada de español sólo atinó a asentir con la cabeza como si hubiera comprendido lo que estaba pasando. Para ella daba lo mismo si me regañaba pensando que era algún alumno infiltrado o un escritor novel que pedía consejos al gran escritor. María Negroni, quien sin lentes no ve casi nada no se dio cuenta de quién era yo y siguió charlando con Hirsch sobre un nuevo poemario y un libro de ensayos en los que estaba trabajando. Tomás para calmar a la súbita emoción de Jorge Enrique, le aseguró que había leído parte de mi segunda novela en proceso y estaba fascinado por mi crecimiento como autor. Jorge Enrique rió brevemente pero luego volvió a su postura de Olimpo, como si no quisiera perder al personaje de abuelo regañón y bebió de un sólo trago su copa de vinotinto. “Lo espero mañana a las 11 en el lobby del Sheraton y me lleva lo que está escribiendo, como esté, un capítulo o dos”, sentenció Adoum. No vi la cara de Tomás en ese momento pero estoy seguro que tampoco él se esperaba ese gesto de Jorge Enrique. Quise agradecerle por la oportunidad pero ya se había integrado nuevamente a la conversación de Negroni, Hirsh y Nothomb. No esperaba que le agradeciera por su tiempo y sí que mañana estuviera a las once en punto. Me sentí miserable por tener apenas unos cuatro capítulos a medio hacer de la novela, pensé que quizás esa misma noche podría trabajar al menos en el primero y llevárselo al día siguiente. Quizás lo encontraría horrible, me diría que no me comprometa a escribir, que me dedique a dar clases de literatura o que iniciara un camino en la crítica literaria, ahí en el panteón de los genios que nunca lo lograron. Tomás me agarró del saco y me dijo que no puedo perder esa oportunidad. Su voz escondía emoción e incluso algo de envidia. Yo por mi parte deseé que mi primera novela nunca hubiera llegado a manos de Jorge Enrique y más aun deseé no haber hecho caso a Tomás y así nunca habría conocido a Adoum. Ahora tenía que trabajar, revisar tiempos verbales, encontrar adjetivos que no suenen rebuscados pero tampoco ramplones, equilibrar las descripciones de los lugares y los espacios, editar cualquier resquicio burgués que se hubiera filtrado en la voz narrativa. No era algo para trabajar en una noche. Seguía repasando mentalmente todo lo que debía corregir mientras pasaba con Tomás por todos los círculos de autores, cada vez más desenfadados por el efecto del alcohol. Algunos me saludaron como si me conocieran, otros directamente me llamaron con otro nombre y algunos ni siquiera me determinaron. La verdad poco o nada me importaba desde que Jorge Enrique Adoum me dio la espalda para seguir la conversación con sus colegas de oficio. Había dejado de estar con Tomás y empecé a acompañar en mi cabeza a mi resquicio de novela. Seguimos circulando, bebiendo cada tanto, participando de conversaciones fugaces que luego no recordaría. Era casi medianoche. Lo único que atiné a hacer fue salir del restaurante sin despedirme de Tomás y ahí, en medio del frío de enero calando en los huesos, me desperté agitado, en Guayaquil al mediodía, remojado en sudor entre las sábanas y algo aliviado, quizás, por no encontrarme con el genio.

Humo, de Gabriela Alemán

Con curiosidad me acerqué al último libro de la ecuatoriana Gabriela Alemán, de quien ya había leído Poso Wells y La muerte silba un blues. Como me suele pasar con otros textos, me dejo seducir por las historias detrás de las historias y Humo con sus doce años de escritura, de idas y vueltas me llevaron hasta Mr. Books con la posterior lectura voraz de la novela ambientada en Paraguay.

En Humo se percibe un ambiente de nostalgia cuyo peso va quedando en evidencia con el recorrer de los capítulos. La novela arranca con la lle9789588979403gada de Gabriela (homónima de Alemán) a la casa del fallecido Andrei en Asunción, a quien había conocido años atrás. Gabriela viene a tomar como herencia un sinnúmero de cartas que Andrei le dejó, pero el viaje supone para Gabriela una reconciliación con esa ciudad. Con la misma sutileza y mirada aguda de este primer capítulo, Alemán traslada su acción al pasado, hacia la Europa migrante que veía en el cono sur una tierra de posibilidades. Desde Buenos Aires, Andrei joven emprende camino hacia Paraguay, en donde permanecería el resto de su vida.

Alemán consigue impregnar a su novela de una atmósfera de silencios, de verdades dichas a medias en un castellano licuado con guaraní de donde emerge una nueva lengua: la de los caídos en la guerra del Chaco, la mutilación injusta del quebracho, los años oscuros de la dictadura de Stroessner.

Un gran acierto de Humo, es la proeza con la que Alemán sitúa a los personajes. La casa de Andrei parece un lugar laberíntico, de pasadizos, de puertas que no pueden abrirse, de gritos callados como si se tratara de una partícula representativa de la Paraguay doblegada en los años de Stroessner. Y en medio de ese ambiente gótico guaraní, Gabriela llega para hacer preguntas incómodas, para desempolvar aquello que era mejor mantener en el olvido, en las profundidades del Chaco, lejos de los problemas actuales.

Gabriela Alemán ha construido una novela sólida, de madurez narrativa pero que ante todo mantiene la experimentación como parte de su juego. Su literatura son la cartas, los diálogos entrecortados, los diarios, las fotografías, todo aquello que suponga un encuentro con la memoria, una lucha con el paso del tiempo.

La soirée d’Ania

Elle aimait bien le français, le gustaba enredarse en los vericuetos de las erres guturales y la sonoridad que producía hablar el francés en susurro. Pero yo la recuerdo en español, lastimada con la «s» aspirada del infierno guayaquileño y agotada con los adverbios revueltos entre los dientes. Ania se reinventó en el francés, se cobijó en los capullos de los participios y en la incertidumbre de las palabras mutiladas de «s» en la lengua hablada. Pensaba mejor en francés, escribía mejor en francés, masticaba mejor en francés. Quiso traerse la lengua a su departamento y con ella se importó a un galo simplón al que masticaba todas las noches. Primero sus dedos, luego sus brazos y cada tanto, si no quedaba satisfecha, rebanaba un pedazo de espalda. De todas formas el francesito mucha carne no tenía, así que Ania empezó a optar por su sangre, molecularmente merovingia.

Lo desangraba con cuidado cada noche para que pudiera recuperarse durante el día con el empacho de frutas, carnes y verduras que le daba como desayuno. Al francesito le gustaba ser desangrado, jugar cada noche a la ruleta rusa con la mandíbula de Ania succionando sus venas. En ese umbral de vida y muerte llegaba a un orgasmo marchito hasta que, recuperado, se encontraba con una Ania, roja, vibrante, despeinada como ciertos acordes de un jazz de Ray Charles. El repertorio musical (cualquiera que fuese, de la chanson française hasta polka) siempre terminaba luego de la última gota de sangre. La melodía solía acompañar el ritmo de extracción con el que Ania ingería la sangre del francesito. El evento podía durar tres o cuatros canciones dependiendo del ritmo, pero la noche que Ania eligió a Chiara Mastroianni y Benjamin Biolay, algo se estremeció en sus huesos con las voces susurradas de esa ex pareja. Ania sintió en ellos un sabor a ruptura aun cuando todavía estaban juntos al momento de grabar la canción. Sus venas se llenaron de recuerdos, de todas sus rupturas, de todos los adioses. Quiso seguir extrayendo la sangre del francesito pero su lengua estaba ácida y agobiada por la plasticidad de su memoria fue a tomar aire al balcón. Llovía fuerte y la humedad no hizo más que ahogarla, sin prestar oídos al francesito que llegaba a la muerte con su sangre como alfombra de ese piso sin lustrar. Ania seguía pensando en la sangre del francesito a la que sintió ácida y sólo ahí, cuando La chanson de la pluie estaba por terminar, se dio cuenta que la culpa no era de la canción ni tampoco de su lengua. Era la sangre del francesito (mezclada, revuelta con los hematíes de alguna mujer tropical), la que había activado su nostalgia como pathos. «Franchute hijueputa», dijo ella con la sonoridad de guayaca herida.

Luego saltó por la ventana en busca de algún nativo de sangre pura para succionar.

Las tipas, de Cristina Civale

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Terminé hace unos días de leer esta novela. No pretendo hacer una crítica o una reseña a lo Michael Orthofer sino más bien compartir unas cuantas impresiones, vacilaciones, divagaciones acerca de este trabajo de la argentina Cristina Civale, que dicho sea de paso acaba de ganar hace unos días el Premio Konex en la categoría de Periodismo-Artes Visuales.

Civale maneja un tempo de escritura admirable. Lo que ella logra en esta novela es algo difícil que es mantener la atención, el ritmo, en momentos claves donde la historia se vuelve meramente reflexiva, sin ningún tipo de acción (en términos dramáticos). Lograr esto es una proeza ya que fácilmente se podría caer en el tedio, pero Cristina consigue armar oraciones coloquiales en medio de sus reflexiones. Meternos en las cabezas de sus personajes y que desde ahí podamos entender sus motivaciones sin caer en el sentimentalismo es un trabajo de perfección quirúrgica donde nada sobra.

Otro acierto de la novela a mi parecer es el cambio de punto de vista. Sobre una misma situación, Civale dará voz a cada uno de los personajes involucrados y a manera de puzzle uno como lector completa toda la escena. En lo único que sentí falta sobre este aspecto es que los personajes involucrados no «sonaban» muy diferentes. Quizás era el propósito de la autora hacernos sentir que en realidad las tipas eran una sola. Que todas las mujeres presentes en la novela estaban unidas en sus ausencias, en sus frustraciones y que estaban hermanadas a través de la pérdida. Escribiéndolo ahora quizás haya sido así.

Las Tipas ha sido mi primera novela de Cristina Civale y espero que no sea la última. Tengo mucha curiosidad por leer lo que ha escrito antes y después de Las Tipas. Ha sido un grato descubrimiento encontrar una autora nueva para mí que me ha dejado varias interrogantes sobre el quehacer literario. Quien tenga la oportunidad de encontrarse con esta novela, seguro no se arrepentirá del tiempo invertido.

Michael Orthofer, un lector voraz

Antes que nada debo decir desde ya, que siento una profunda admiración por este señor,  a quien «conocí» por casualidad navegando en Youtube (bendito sea el menú de vídeos relacionados). El vídeo en cuestión (que comparto abajo) era sobre cómo comprar en la librería Strand de Nueva York guiado por Michael Orthofer y Tyler Cowen. Intrigado por la sapiencia del primero, seguí viendo varios vídeos relacionados y me sorprendió saber que Orthofer, alemán de nacimiento pero criado en New York es un lector voraz, capaz de leer cinco libros a la semana y reseñarlos todos en su página web: http://www.complete-review.com/.  Al entrar a su sitio me sorprendió también que el diseño de este es todo un viaje en el tiempo. A propósito, Orthofer ha decidido mantener el diseño original de 1999. Hacía mucho no veía un sitio con una diagramación tan básica, con los links marcados en subrayado azul. Y es que para Orthofer (y para sus lectores) lo importante no está en la usabilidad ni en el diseño sino en su contenido. ¡Y qué contenido! ¡Hasta la fecha ha reseñado casi 4000 libros!

artworks-000173552550-4jssjh-t500x500Contrario a lo que uno podría pensar, Orthofer no lee solamente en inglés, lengua en la que ha leído casi todo lo que se ha publicado en los últimos años. También es capaz de leer textos en alemán (su lengua madre) y francés.  Fruto de todas estas lecturas, Orthofer, quien fue abogado hasta el año 2002, tiene en su departamento en el Upper East Side, más de 4000 libros. No podría ser menos para alguien que confiesa que si no lee como mínimo cien páginas por día, se siente angustiado como si hubiera desperdiciado el tiempo. La rutina de Orthofer, como buen alemán es muy organizada. Por las mañanas escribe sus reseñas, por las tardes se dedica a la lectura y por las noches escribe en su blog Literary Saloon, donde publica posts sobre las novedades del mundo literario.

Definitivamente un ejemplo de hombre productivo que nos hace pensar que para leer nunca hay un límite.

«Io, l’uomo che leggerà tutti i libri del mondo» (en italiano) http://www.repubblica.it/cultura/2016/05/09/news/_io_l_uomo_che_leggera_tutti_i_libri_del_mondo_-139463591/