El síndrome del primer día

El primer día del viaje es siempre horrible. Luego de la euforia y la ansiedad de los preparativos y del vuelo, aparece «la culpa».

«¿Para qué viajar una vez más?, ¿Qué tiene lindo este lugar? Te vas a aburrir, no eres un viajero aventurero, te hubieras quedado en tu cama viendo alguna peli». Todas son reflexiones recriminatorias que en un principio me mortificaban. Ahora lo asumo como un síndrome que hace parte de mis viajes. Es por así decirlo, el proceso de salida de la rutina hacia lo ingrávido del viaje. Trato de no darme mucha bola y sí, de registrar la experiencia de cómo me siento.

En el primer día todo me parece insulso. Saco foto sin ganas, me cohibo de hablar con los nativos, no me dan ganas ni de salir aunque siempre me obligo a hacerlo. Con el paso de las horas, recupero el gustito del viaje y la sensación de molestia se va disipando.

Por acá pongo algunas fotos que saqué durante ese síndrome de primer día. Ahora que ya han pasado varios días desde ese momento, siento que muy lejano a ese yo recién llegado. Es la magia del tiempo que impera en los viajes. Las horas y minutos pierden su peso, se aligeran y pasan más rápido.

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No quiero darle play al final

Siempre amé los finales, aunque más amo la sensación de vértigo que me produce la cercanía del fin. El desenlace como tal es vacío, hueco, insípido. Es un momento sin piso en el que a veces hay música y con suerte, la cámara sube.

Soy egoísta con los finales. Me los guardo para mí, no los comparto, me agrada saber que yo conozco el final y decido si quiero o no transitarlo. Algunos los repito en reversa no quedarme con esa de sensación de abismo. Hago mi propia edición del final, mezclando escenas de diferentes momentos. En unos de esos finales, la pareja queda junta, nadie muere o por el contrario, algunos personajes desaparecen sin explicación. Juego a editar desde mi cabeza historias que conozco bien, terminan muchas veces mal.

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Hoy amanecí con una sensación de final (¿de algún ciclo de vida?), con sabor a chocolate caliente en los labios durante el último sorbo antes de terminarlo. Amanecí con la emoción de querer darle play a la escena final, preparando el cuerpo, el espíritu, para el momento decisivo que cierra algo (no sé bien qué sería). Cierro las cortinas para que ninguna luz externa atenúe la sombra de los personajes y ahí, justo ahí, en el minuto previo al final, decido suspender la cuenta regresiva. Me distraigo en las redes, recuerdo tareas pendientes y decido no seguir dando play hacia el final. «En otro momento, cuando esté más preparado». «Mañana mejor, que así tendré tiempo para quedarme pensando unos minutos en el final sin tener ninguno compromiso después». «Me siento un poco down ahora, mejor más tarde, mañana o cuando esté muy feliz».

Me engaño así con frases diletantes para evitar el momento final, como cuando sales con alguien y te das cuenta que no va a funcionar, que no tiene sentido seguir remando la charla y sin embargo sigues ahí, esperando que alguna chispa mágica se encienda y postergue el final. Como cuando intentas reanimar a la gente en una fiesta que ya sabes que dio lo que tenía que dar y la música turra de esa hora imposible se convierte en el mejor soporífero. Como cuando divagas en la mitad de un examen y ya sabes que no habrá ningún milagro que te haga recordar los textos que apenas si lograste leer. Mi momento postergado es siempre el final, evadiendo esos últimos fotogramas que marcan el punto cero de la trama. ¿Empezar de nuevo? ¿Otra historia? ¿La misma?

Para tales efectos, prefiero tener varias tramas simultáneas de modo que cuando sea el inexorable final de alguna, no tenga que empezar de cero con una nueva.

Nuevos días

Desde hacía varios días atrás se había obsesionado con la idea del cáncer, con la idea de tener cáncer: al cerebro, al estómago, a los huesos, a la sangre. Al corazón no porque creía a ese órgano tan disfuncional que niel cáncer podría corroerlo más. O quizás era una creencia para que en caso de cualquier desgracia, su corazón fuera lo único libre de un hipotético cáncer.

La idea de la enfermedad lo acompañaba en sus comidas, en el trabajo, en las reuniones con amigos, en el auto, en la caja del supermercado. Imaginaba su cabeza siendo invadida por células cancerosas que se reproducían por el torrente sanguíneo hasta tomarse todo el cuerpo. Y ahí en medio de ese proceso de imágenes acuosas estaba Él, fingiendo que todo estaba bien mientras el yo positivo trataba de pensar en otra cosa y el yo negativo seguía mandando spam al cerebro.

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En medio de esos pensamientos Él empezaba un nuevo trabajo. Venían nuevos desafíos, muchas tareas por cumplir mientras el yo negativo renuente se empecinaba en las imágenes de quimioterapia, radioterapia, los efectos secundarios del pelo y la piel marchita. Inventaba síntomas buscando de cualquier manera la muerte total. La lucha de los yoes no tenía descanso ni en el sueño. Seguían discutiendo, lanzando toda clase de argumentos para afirmar si había cáncer o no en alguna parte del cuerpo. Y mientras tanto él, suspendido entre los yoes. Escuchando a un lado y otro, así como cuando en otra época estaba convencido de tener sida y años atrás, diabetes. Él aun no había sido tan avispado para darse cuenta que su yo negativo o más bien, el yo miedoso, se resistía a la idea de cambio. En esa angustia la salida más fácil era fabricar una muerte. O una muerte simbólica de una etapa, haciendo una limpieza profunda de momentos buenos y malos, de inventariar y organizar los recuerdos.

La lucha va pasando. Él ha terminado otra jornada del nuevo trabajo, el fin de su primera semana. Antes de cerrar los ojos, trata de capturar ese momento de novedad desde sus huesos, sintiendo el bombeo acelerado de sus venas, la respiración que se corta, el suave quemón de sus expectativas sobre su cara. Y así logró encapsular ese momento para reinventarse desde la dermis, sintiendo otro tacto, descubriendo otros horizontes, haciendo callar a sus yoes enloquecidos.

Que dure lo que tenga que durar

ATARDECER EN FRÁNCFORT

Que dure lo que dura un suspiro, un parpadeo,

La decisión de lanzarse o no,

El toque suave de una llama de vela

La espera de un mail,

La llamada que llegó y se cortó

 

Que dure lo que dura un libro

Que persista entre versos y violetas

Que se disipe como las nubes, como las gaviotas

Que dure como el vaivén de un bolero callado.

 

Que dure lo que dura el llanto,

que rompa el agua de los silencios ajenos,

que se haga trizas en el polvo de otros tiempos.

 

Y así vivirá, lo que tenga que durar, en el éter, 

en los pliegues de una foto antigua, 

en los vértices, en los ángulos de las manos enlazadas.

 

Que dure, que perdure con la fuerza extraña de un salto hacia el susurro.

Saudade de Domingo #59: Hipotecarse

«En esta casa se hace lo que yo digo», «Cómo me haces esto después de todo lo que he hecho por ti», estas como muchas otras frases plantean de cierta manera, un poder de alguien sobre un otro. En una primera lectura se podría pensar: «Qué hijo/a de puta autoritario, sacando en cara las cosas», pero en realidad más que el soberbio o soberbia enfermo/a de poder, el verdadero problema radica en el otro/a que ha aceptado las reglas del juego, que ha aceptado «hipotecarse».

Hipotecarse, usando la analogía financiera, sería para mí como obtener algo de alguien sea como regalo, préstamo o ayuda y que luego se puede devolver o no. Normalmente ese alguien serían los padres, familiares cercanos o amigos con quienes se siente más confianza para pedir algo y también más confianza para deber si fuera el caso. Y en ese tiempo en medio, mientras saldamos la deuda, quedamos hipotecados a esa otra persona. Si fuera un hijo/a de puta autoritario/a podrá sacar en cara los favores pero aunque no lo fuera, la deuda igual existiría y en retribución tocaría hacer los favores que nuestro acreedor necesite.

Por mis propias experiencias y la de allegados, siempre en algún momento estamos hipotecados a alguien. En primera instancia lo estamos a nuestros padres hasta cierto momento (o toda la vida algunos). Vivir con ellos, tener los beneficios de un hogar, hace que también se te planteen obligaciones más o menos justas. Y a la menor sublevación, el latigazo hipotecario surge como una suerte de knock out definitivo y de ahí, luego el silencio (o la emancipación).

Con las parejas y las amistades pasa también. En situaciones de escasez monetaria, la pareja resulta el primer gran apoyo cuando no se quiere deber a los padres. La pareja ayudará de forma desinteresada y aunque haya mucho amor (como con los padres) en algún momento quedarán a la vista las costuras de la hipoteca. Tocará hacer cosas que no se quieren hacer debido a la hipoteca existente y es mejor no quejarse para no evidenciar más la deuda.

Hasta acá, todos hemos pasado por situaciones así. El gran problema es cuando estamos hipotecados a muchas personas: Padres, amigos cercanos, parejas, ex parejas, compañeros de trabajo, etc. En los años que viví en Argentina hice terapia de PNL y con mi coach (al que considero mi papá argentino) me di cuenta de lo hipotecado que estaba a muchos personas. Y no todo era de índole monetaria. Había hipotecado afectos, recuerdos, llamadas, encuentros. Lo más evidente era la plata, pero lo más duro era ver que también había hipotecado cosas intangibles. Amor por ejemplo. Hacemos ciertos sacrificios por la pareja en espera de que ella o él haga lo mismo por nosotros y también cuando exigimos ciertos sacrificios estamos queriendo establecer una hipoteca mutua. tuile_20_tuile_gestion_photoQueremos estar embarcados ambos en la deuda, ser deudores y acreedores al mismo tiempo. Con los años de sesiones de PNL aprendí a identificar las situaciones hipotecarias y también a desplazar «la culpa» o mejor dicho «la responsabilidad». El responsable aunque cueste admitirlo, sería aquel que solicita el favor/servicio/afecto/dinero, etc. Hay situaciones de vida o muerte en la que no queda otro remedio, pero cuando a la más mínima dificultad buscamos hipotecarnos como medida de salvación, estamos cayendo en un craso error. Porque más allá de la forma física en la que se presente la carencia, el gran problema está en que inconscientemente no nos sentimos capaces de solucionar nuestros propios problemas. Nos hemos acostumbrado tanto a la hipoteca, que no creemos que podemos solventar nuestros problemas o aflicciones por nosotros mismos. La hipoteca resulta una tabla de salvación, un oasis en el desierto que en realidad sólo funciona a corto plazo, es un paliativo breve, porque luego viene la verdadera deuda: le entregamos a la otra persona las llaves de nuestra libertad y en esa óptica, el acreedor puede usar las llaves como pueda y quiera.

Siendo consciente de eso trato de ser más cauto a la hora de pedir favores como también a la hora de hacerlos. Como ley metafísica (y cristiana también) hay que dar para recibir y creo que ambas condiciones deben darse por igual. El problema de todo esto, que en palabras se oye lindo, es que tenemos en el medio a un gran villano que es el Ego que todo lo filtra y usa a su conveniencia. Entonces con el Ego en medio, la mano que da es la misma que en algún momento va a cobrar con algún favor y la mano que recibe se acostumbra a obtener perdiendo su propia libertad, precio que al momento de pedir puede parecer poco pero que luego irá creciendo. Acá surge entonces una pregunta: ¿Hasta cuándo estamos hipotecados a alguien?

Para eso no hay respuesta exacta. Lo recomendable sería saldar lo que se deba en el plano que sea conveniente y empezar a asentarse en uno mismo. Creerse capaz y convencerse de que cada uno de nosotros tiene la autonomía suficiente para generar sus propios beneficios sin depender de otro. Es necesario empoderarse, estar seguros de las capacidades que se tienen y si acaso toca hipotecarse alguna vez, saber de antemano de qué manera puedo liberarme de esa deuda.

Que no se entienda que no hay que ayudar. Claro que hay que hacerlo y desde el lado de acreedor hay que tratar de olvidarse de la hipoteca que hay en medio. Quizás lo mejor para no crearse ninguna expectativa es establecer las condiciones de retribución de la hipoteca, para no dejar una deuda tácita, ambigua en el aire que pueda llevar a intereses permanentes sin una fecha de caducidad determinada.

Y bueno, acá termina mi cuarto de hora de autoayuda. A veces es necesario para aclararme ciertas cosas que no logro digerir.

Cássia Kiss y la gramática de su rostro

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Cássia Kiss es de esas actrices brasileñas que se maximiza con cada personaje que hace. Es una gran maestra del matiz, del microgesto, sabe jugar con su rostro, humedeciendo sus ojos, juntando sus labios, usando sus arrugas como marcas de tristeza o de sabiduría según fuera el caso (o ambos casos).

Ahora la veo en Os dias eram assim, una miniserie de Globo en la que interpreta a Vera, la madre de dos chicos que se ven envueltos en problemas con el gobierno militar de los años 70 en Brasil. Un personaje duro que en cada escena refleja la angustia contenida de una madre preocupada y que además, dadas las condiciones de persecución de los años de plomo, debe «fingir» ante el mundo que no pasa nada, que todo está bien. Cássia Kiss deslumbra con su interpretación, su voz arrastra esa callosidad del cansancio, de la impunidad que estaba ya instalada en Brasil desde el 64. Verla en escena duele, estremece y ahí entre estos encuadres que seleccioné, están las miles de madres que perdieron a sus hijos en centros clandestinos, en campos de tortura. La cámara se cierra hacia esa mirada sin brújula mientras ella intenta tocar un piano sordo, en el que busca calmar la agonía de la espera por noticias de sus hijos. Una melodía tenue acompaña la escena hasta el final cuando su rostro cambia a un aire inquisitivo. Como si un reflejo de duda (de más incertidumbre) le apresara el cuerpo. ¿Se preguntaría por ella, por sus hijos, por su país?

La escena se corta y Vera queda atrapada en su melancolía

Necesito dosis de Jodie Foster

No me pasa siempre, pero cada tanto entro en abstinencia de determinadas actrices. Me vienen a la memoria escenas con personajes que amé en otros tiempos y el primer impulso sería entrar a Youtube y buscar alguna escena que sacie mi sed. No siempre las encuentro así que me toca evocarlas desde la cabeza, tratando de recordar la velocidad de la escena, el tono, las miradas, la música.

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Jodie Foster en Carnage (2011)

Desde hace unos días necesito dosis de Jodie Foster, como un colirio, una cápsula o un remedio a cuentagotas. Siento falta de sus pausas, inflexiones, la manera de airear las palabras, la profundidad de su mirada entre llorar o no, cambiando de turbia a clara. Sea en Acusados (1988), El silencio de los inocentes (1991), Contacto (1997), Panic Room (2002) o Carnage (2011), Jodie Foster es capaz de jugar con el tamaño de su voz haciéndola un susurro o un grito de fiera herida. Su cuerpo menudillo crece en escena, acompaña sus hombros y sus manos con la voz que sube y baja. Respira contenida, observa, espera a su compañero/a de escena para lanzar su zarpazo sutil. Es una actriz que sabe esperar y cuando le toca brillar, disfruta el momento, saborea los verbos, los digiere y a veces con mirada luciferina es capaz de aniquilar a su personaje rival. También puede ser tierna, sumisa y a la vez fuerte como en Ana y el Rey (1999). Acá su cuerpo se infla, crece y se pone a la altura de Show Yun-Fat. A momentos se lo come vivo en escena, pero Foster sabe hacerlo con mesura y luego baja su intensidad para volver a su cauce, a su estado natural de actriz segura de sus capacidades, luego de pasar pruebas de fuego con monstruos como Anthony Hopkins en El Silencio de los Inocentes (1991).

Y bueno, eso. Que necesito una dosis de Jodie Foster estos días. Espero saciarla pronto.

 

Saudade de Domingo #56: Los años teen

Ayer terminé de ver la serie del momento 13 reasons why. La verdad comencé a verla  para saber qué era lo que enganchaba a tanta gente. No le tenía mucha fe. Nunca me han gustado las tramas adolescentes, pero acá es donde la serie da un giro: No es sólo para adolescentes. Me atrevería incluso a decir que no es para teenagers, pues encuentro la trama bastante compleja, con muchos matices y un nivel de reflexión orientado a un público más maduro, para aquellos profesores, padres, hermanos que tienen contacto con adolescentes y que muchas veces no toman en cuenta las señales de que un chico o chica está sufriendo de acoso en el colegio.

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La serie me ha hecho recordar mis propios años teen. Ya con 31 años tengo cierta distancia de aquella época y confieso que me hubiera gustado ser quizás más «adolescente», en el sentido estricto de la palabra. Adolecer, haberme equivocado más, haber sido mucho más inconsciente, más visceral, más parecido a mis compañeros. Tuve mis crisis, mis ataques de histeria juvenil pero en general fui mucho más contenido. Muy estudioso, muy lector, enfocado en mis clases y soñando todas las tardes en la novela de turno que escribía. Me admiro de la férrea disciplina con la que escribía por esos años. Llegaba del colegio tipo 14h30, almorzaba, veía algo de tele y ya a las 16h00 estaba frente a la compu escribiendo durante dos o tres horas. Nunca más de eso, pero sí todos los días. Vivía mi mundo paralelo con los personajes que creaba porque en la vida real, en el colegio, nunca me sentí cómodo.

Tengo buenos recuerdos del colegio, amigos a los que evoco en mis pensamientos con cariño, a veces hasta me río de ciertas situaciones vividas en los recreos, en las horas libres cuando un profesor faltaba o en la incertidumbre de los exámenes finales. Sin embargo, debo confesar que no fue una linda época y en la actualidad no la extraño para nada. Tengo amigos que añoran sus años de colegio, a sus amigos de la época, que se reúnen cada tanto. Yo nunca sentí nada de eso. De hecho al graduarme y al empezar la universidad, me sentí aliviado. En la secundaria siempre me sentí un pez fuera del agua. Mis intereses por el cine, la literatura, el teatro eran quizás muy exquisitos para el resto de mis compañeros. Ya en esa época hablaba varios idiomas, escuchaba música brasileña, francesa, italiana. No me sentía afín con los gustos musicales de mis compañeros ni tampoco con las películas que veían. Confieso también que hice muchos esfuerzos para encajar, traté de escuchar la música que a ellos les gustaba, traté de consumir la televisión que veían, pero siempre terminaba aburrido y a mi corta edad, me preguntaba «¿por qué hago esto? «. Ser estudioso me trajo admiración por parte de mis profes y de muchos amigos, pero también me alejó de muchos de ellos. Nunca supe bien si se alejaban de mí por no saber qué hablar conmigo o porque les resultaba extraño, demasiado «nerd». Por aquellos años ser llamado «nerd» no era bonito y sí bastante peyorativo, sinónimo de inteligente, pero también de ingenuo, estúpido y tímido. Muchas veces escuché ser llamado así, pero como tenía tres o cuatro amigos con los que me llevaba bien, los comentarios de los demás poco me importaban o quizás dolían menos.

En las épocas que quizás resultaba «popular» era en las semanas de exámenes. Ahí sí era el centro de atención, me buscaban, me llamaban, charlaban conmigo, todo para que los ayudara a estudiar. Ya desde esos años tenía ese instinto de enseñar y lo hacía con gusto, aun cuando sabía también que era puro interés, que pasado ese período todo volvería a ser como antes. Me saludarían nada más, sonreirían también como para tenerme de su lado, pero no compartirían más momentos conmigo. Lo sabía bien. Jamás me acosarían o me atacarían frontalmente porque podrían necesitarme en el futuro. Era como si entre ellos y yo hubiéramos pactado una especie de acuerdo. No se meterían conmigo frontalmente a menos que los ayudara. Uno de los grandes aprendizajes de esos años teen fue distinguir a los amigos circunstanciales de los verdaderos.

Viendo 13 reasons why pienso en los otros compañeros del colegio que sí sufrieron un acoso fuerte. En aquellos años no lo llamábamos bullying, éramos inconscientes de lo que pasaba entre nosotros. También es verdad que no todo debe llamarse bullying, pero sí creo hay que estar atento cuando un niño o adolescente presenta ciertas señales de acoso. En los años teen por la corta vida que se tiene, tendemos a creer que el mundo es el colegio, que el universo son tus compañeros y profes, que jugarse la vida es hacer bien un examen, levantarse a la chica guapa del curso o emborracharse en una fiesta. Pero no, el colegio es apenas una micropartícula, una etapa que esfuma y que años después uno mira con cariño, indiferencia, nostalgia o lo que fuera. Probablemente el chico o chica popular sea cualquier cosa años más adelante y quizás el acosado, el calladito sea una persona de éxito. Todo da vueltas y nada es seguro. Quizás en 13 reason why si Hannah no hubiera optado por el suicidio, hubiera sido en sus años posteriores una chica de éxito que recordaría sus años de colegio como un periodo de inmadurez, de desilusiones que fueron tierra fértil para fortalecerse en el presente. Los años teen pueden ser crueles pero a veces son necesarios en el tránsito. Y lo más importante (o más triste para algunos): No vuelven nunca más.

El eros en portugués

Si tuviera que elegir una canción que mostrara un portugués seductor, transgresor, vagabundo, pasional, me quedaría con Disritmia de Simone. Hay un no sé qué en esta canción, en la gravedad de la voz de Simone, en la cadencia temperamental de la melodía que me sumerge en un amor de película. Y como película de amor, a modo de efecto colateral trae consigo desolación, sensualidad y desesperación. Es un amor ansioso que pretende poseer el alma, el cuerpo, los fluidos y Simone seduce con velocidades diferentes en su voz, como si quisiera jugar con todos sus artilugios para permanecer, echar raíces en esa relación que parece ir extinguiéndose.

De alguna manera, esta canción en voz de Simone me hace sentir abrazado, aconchegado por su melodía laberíntica. Y es así como le doy bis sin descanso, protegiéndome en esa burbuja musical, chiquitito, embrionario hasta dormir arrullado por Simone.

(El vídeo es horrible pero lo importante es la canción).

Saudade de Domingo #54: Otra alternativa

Ecuador tiene fractura múltiple. Por un lado, hay quienes están por la continuidad del oficialismo, otros a favor de un cambio por la Derecha y un sector (más pequeño) que no se siente representado en ninguna de las dos posturas anteriores. Este tercer grupo es más difuso, dubitativo y por múltiples razones decidieron anular su voto o dejarlo en blanco.

En cualquier caso, está claro que dentro de un territorio pequeño como el del Ecuador, queremos quizás lo mismo (el bienestar, igualdad, etc. ) pero por vías diferentes, aceptando los pros y contras de cada propuesta ideológica. Prueba de ello fueron las elecciones del domingo pasado. Más allá de que exista o no fraude electoral, está claro que dos grandes porciones de la población se debaten entre la continuidad y el cambio. No hubo una victoria arrolladora para ningún partido y sí una gran división, maltrato, protestas en las calles, en redes sociales y de parte del mismo gobierno (cosa que no es de asombrarse).

El panorama  mundial es un poco (bastante) desalentador. Estados Unidos con Trump, Venezuela enardecida por Maduro, México y su narcopolítica, Paraguay en una crisis política sin resolver, Siria despedazada por el gobierno oxidado de la familia Al Asad, ISIS y Estados Unidos; Argentina dividida entre el pasado kirchnerismo y el actual macrismo que no termina de entenderse; Francia, de cara a las elecciones y con una altísima intención de voto para la candidata de derecha Marine Le Pen, mientras que en Guayana Francesa, la gente protesta ante la inseguridad y hace un llamado urgente a Francia en busca de ayuda. Son tiempos convulsionados y más que nunca, todos esos conflictos aparentemente lejanos tienen cierta repercusión en nosotros. A nivel mental, emocional estamos cansados de tanta impunidad, de atentados, de genocidios en nombre de una bandera en el mundo entero. Y es que parece que como humanidad no hemos aprendido nada porque insistimos en la dominación por la fuerza, en la sed de poder que termina destruyendo cualquier buen ideal.

La Historia demuestra que ni la Derecha ni la Izquierda han solucionado nada en su totalidad. El ego se disfraza con una ideología, cambia nombres, enaltece otros valores pero al final del día el odio hacia el sector opositor es igual, destruir aquello diferente porque me puede tumbar, porque me da miedo. Hace mucho tiempo dejamos de escuchar(nos) y solo escuchamos nuestro propio casete y con ese mismo casete, sin filtrar, inundamos las redes sociales de mensajes que promueven odio. ¿No se supone que tanto Derecha como Izquierda buscan el bienestar social (cada una a su manera)?

Así las cartas están echadas y trato de preguntarme como ciudadano común, que paga sus impuestos y trabaja como cualquier otro ecuatoriano: ¿Existirá alguna otra alternativa que no sea la Derecha o la Izquierda? Porque la verdad esos antagonismos, esas polaridades me molestan muchísimo. Si consumo ciertas cosas, eso ya me haría de determinado bando. ¿Por qué ponernos etiquetas? ¿Por qué prohibirnos de expresarnos para después no ser señalados bajo una etiqueta? Los nuevos grupos que han llegado al poder en los diferentes países prometiendo un cambio, terminan al final reproduciendo odio, sembrando discordias de la misma forma que los grupos anteriores a ellos. Entonces, ¿de qué hablamos?

Creo que debería existir otra alternativa, alguna que sea abarcadora, que no se agote en discursos lindos que se leen bien como literatura pero que en el lado práctico no solucionan nada. Y lo digo yo que no me considero de ninguna bandera política y por ello no me siento representado por nadie. Sueño con un mundo en que sin importar en quien creas, cómo luzcas o con quién te acuestes, todos trabajemos juntos para tener esa sociedad más equitativa de la que tanto hablamos, colocando a la filosofía, a las humanidades con el mismo peso que tienen las ciencias exactas. Quizás si supiéramos más de política, de historia, de filosofía, elegiríamos mejor y no comeríamos carreta fácil. Pero eso obligaría a tener políticos más preparados y no, no los hay.

Ante este panorama nacional de protestas, leo estados de Facebook de conocidos que piden calma, que cada uno vuelva a su trabajo, que trabajen desde la micropolítica, laborando honestamente, respetando las normas de convivencia, sin joder a nadie, cuidando el medio ambiente, estudiando, etc. Pero tenemos que ser honestos, la macropolítica también nos jode y mucho, como bien dicen Guattari y Rolnik cuando señalan que ambos aspectos se nutren el uno del otro y que si uno de los dos prevaleciera, cualquier causa o lucha quedaría coja. Porque puedes hacer muy bien tu trabajo pero si a tu empresa le ponen trabas de impuestos y más burocracia, va a afectar, quieras o no, en tu micropolítica. Si quieres que tus hijos estudien pero la educación secundaria es paupérrima por la limitación de los programas de un ministerio, va a afectar en tu micropolítica. Si los precios suben sin control y resulta cada vez más caro hacer tu compra de supermercado semanal o mensual, eso va a afectar a tu micropolítica y también a tu cabeza, porque mentalmente toca vivir preocupado si llegarás con las cuentas al siguiente mes. Así que lo de la micropolítica es genial, me encanta, me pongo la camiseta con eso, pero no podemos eludir que la política a nivel de gobierno nos afecta y por tanto tal o cual candidato debe ser elegido con transparencia y sobre todo haciendo un voto consciente. No pensando únicamente en mi beneficio inmediato, que ha sido el mayor cáncer de nuestros países. Siempre pensamos en nuestro propio beneficio aun cuando sepamos que el de al lado se jode a base de nuestra felicidad.

Pensando en todo esto los últimos días, me encuentro con algo lindo en el muro de Facebook de una amiga. El mensaje del filósofo Bertrand Russell hablándole a las futuras generaciones, a las que les pide amar sin distinción, tolerando a quien piensa diferente, trabajando con él. De lo sencillo que resulta, es difícil de lograr. Pero habría que intentarlo, buscando esa otra alternativa que supere cualquier brecha política. Una utopía, quizás.