La historia que no sucedió

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Hoy, a esta hora, debía estar en Madrid.

Como de costumbre, habría salido a caminar por donde me hubiera alojado, habría mandado mensajes a mis amigos informando que ya estaba ahí.

Seguramente habría tomado unas cañas por la noche en algún bar en Malasaña, escuchando música al aire libre y queriendo resolver el mundo con los amigos.

Mañana domingo seguramente habría ido a Retiro a tomar fotos, escribir un rato y sobre todo, habría caminado, mucho, mucho, agradeciéndome por lanzarme a otro viaje en solitario.

Quizás por la tarde habría ido a algún museo o me habría encontrado con algún amigo, a comer churros o a tomar un café.

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Dentro de unos días habría ido a Praga a encontrarme con una gran amiga catalana. Nos hacía tanta ilusión volvernos a ver luego del verano intenso que compartimos en Barcelona. Seguro que con ella me habría emborrachado sin pena en la víspera de mi cumpleaños. Y habríamos caminado del brazo por Praga, sintiendo que flotábamos sobre la calle, puteando a los políticos, riendo de los días calurosos en Barcelona, recordando a los autores que nos gustan.

Seguramente la noche de mi cumpleaños, ella me sorprendería con algún detalle y yo bebido de nostalgia ante el regreso inminente al Ecuador, le habría dado un abrazo, le habría susurrado en catalán que ahora a ella le tocaba venir a Guayaquil, a conocer a mis amigos, el lugar donde trabajo y que seguro le encantaría.

Pero bueno, son imágenes de una película que no se rodó.

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El mundo empezó a cambiar a inicios de este año. Muchos creímos que una epidemia china no nos tocaría hasta que el virus se hizo presente en nuestro país, en nuestra ciudad, en nuestro barrio. De repente el mundo como dice el refrán, es un pañuelo. Un pañuelo enfermo, paranoico, temeroso.

Ayer recibí formalmente las cancelaciones de mis vuelos. Respiré aliviado desde mi cuarentena. Pensé en mis viajes y también en lo afortunado de tener a mis padres, mis mascotas en casa y a mi hermana, mis amigos en el mundo conectados conmigo desde el corazón y la virtualidad.

Es momento de recogimiento, de relacionarnos de otra manera con el tiempo. Aunque tenga home office, el paso del tiempo es diferente, las horas tienen otro ritmo, la secuencia del día a la noche camina en otro sentido.

En tiempos en los que los afectos físicos están prohibidos, toca mirar hacia dentro. Aceptar que el tiempo que tenemos es este y que en la languidez el encierro, debemos fluir con otras reglas. Habrá momentos de tedio, de mirar a un punto fijo sin esperar nada más, de silencios voluntarios y forzados. Habrá que hacer el esfuerzo de sacarnos el chip de “estoy perdiendo el tiempo”, porque en estos momentos el tiempo tiene otro sentido.

Hay que abrazar la monotonía, comprender que el paso de los minutos responden a otra lógica y que está bien que así sea. Quiero creer que estamos frente a un punto de giro en la trama que nos está tocando vivir, que todo esto es un punto de inflexión para dar paso a algo que todavía desconocemos.

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Hoy no estoy en Madrid.

Estoy en mi cuarto en Guayaquil, escribiendo estas líneas y conectado con mis afectos presentes y lejanos. No recrimino nada, no maldigo, no me mortifico. Pienso en el planeta y cómo esta nueva realidad ha provocado un efecto dominó. Se habla de fake news, de conspiraciones, de un plan conveniente para arrodillar el mundo. Quizás sí, quizás no. En todo caso, los contagiados, los fallecidos y nuestro encierro es real y con seguridad algo se aprenderá de este momento extraño, cercano y distante a la vez.

Cuando todo esto pase, lo primero que me gustaría a hacer es abrazar a esos familiares y amigos que hacen parte de mi geografía personal. También salir, comer, ir a la playa, a la montaña, volver a esas cosas básicas y necesarias en las que el tiempo también corre de otra manera.

Saudade de Domingo #119: La red de los afectos

Ayer por la tarde vi un clip de un experimento social en Dinamarca que buscaba demostrar cuán vinculados estamos los individuos en una comunidad, sin saberlo. Los vínculos que se mostraban iban desde un par de chicos que jugaron en la infancia una vez y no se volvieron a ver más, hasta una chica que conoce a dos refugiados de la II Guerra Mundial y que fueron salvados por el bisabuelo de esta. Más allá de la veracidad de este experimento social, la intención es loable. Buscar que una comunidad deje de mirarse hacia adentro y empiece a mirar los nexos que mantiene con los demás. El video muestra cómo las personas se emocionan al recordar hechos del pasado, cómo se sorprenden al encontrarse delante de alguien que tuvo una pequeña o una gran importancia dentro de sus vidas.

El vídeo activó en mí, mis propias memorias. Recordé personas y momentos minúsculos pero que de alguna manera han tenido una relevancia en mi vida. También pensé en los pequeños encuentros que seguramente sigo ignorando pero que hacen parte de mi historia. De repente me dieron ganas de participar en ese experimento social y dejarme sorprender. Luego pensé en el gran amigo de la universidad que reencontré esta semana, a propósito de su visita a Ecuador luego de varios años de ausencia. En su última visita no coincidimos, ya que yo vivía en Argentina por esa época, así que sacando cálculos teníamos casi diez años sin vernos. Y en el medio pasaron tantas cosas. Se casó, tuvo dos hijos, tuvo varios trabajos, aprendió una nueva lengua. Yo viví varios años en Argentina, regresé a Ecuador, aprendí lenguas, hice maestría, reinicié una carrera de docente. Pero la amistad seguía ahí, entre mensajes ocasionales de WhatsApp o de Twitter a lo largo de los años.

CD211F0A-77FF-4728-8127-DC7F1EEBDC0BEn este reencuentro ambos recordamos cosas que habíamos olvidado o que las pensábamos diferente. Con un whisky en la mano y en compañía de otro gran amigo mío que sí vive en Guayaquil, surgieron anécdotas de la época de la facultad, de los compañeros con los que seguimos en contacto o con los que no nos hemos vuelto a ver. Volvimos a reír como en otros años, de los mismos chistes, de nuestras actitudes aun infantiles de la época. Era como volver atrás en el tiempo y ser nuevamente los estudiantes de Audiovisual del 2006. La saudade de aquellos años se activó y al menos por ese breve espacio, volvimos a ser estudiantes despreocupados, solteros, enamoradizos, que farreaban cada viernes y sábado por la noche.

Y en esa red de afectos que se activó, también se ha ido formando una nueva, extendida, renovada con las parejas y los hijos de mis amigos. Nuevos integrantes que se suman a los afectos, al cariño que seguirá expandiéndose ad infinitum probablemente. Me encanta cuando descubro que alguien a quien quiero mucho es amigo, pareja, conocido de otra persona a la que quiero. Es caer en la cuenta de que todos formamos una gran red, una gran conexión y que estamos más juntos de lo que realmente creemos.

El viernes por la noche, ya en la despedida, con algunos tragos encima, mi amigo me dijo: «Sabes que aunque no hablemos mucho, la amistad siempre está ahí, en el corazón». El momento sensible se tornó luego cómico cuando agregó riendo: «Y anda a visitarnos, loco». Yo correspondiendo al momento le respondí»: «Mira que yo sí voy, me tomo un avión voy a Texas». Reímos, nos dimos un fuerte abrazo. Ese era y sigue siendo el tono de nuestra amistad.

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Ya volviendo a casa, recapitulando el encuentro, vino a mi mente la fiesta del cumpleaños de mi amigo, el martes pasado. Su esposa había invitado a varios amigos para celebrar su cumpleaños. Estábamos ahí, alrededor de la torta iluminados únicamente por las velas. Mi amigo sostenía entre sus brazos a su primogénito, su cuñada y otro amigo tomaban fotos y hacían un vídeo del momento. Todos cantamos «Feliz cumpleaños». Y yo mientras pensaba que nuestras vidas, las de todos, son como extractos de películas, pequeñas escenas encuadradas según los ojos de cada uno. Y yo era el director de esa película en la que veía a mi amigo cumplir 35 años junto a su hijo mayor en los brazos, con su esposa al lado. Y el hijo de mi otro amigo en un momento de la escena, intenta apagar él las velas, lo que provoca unas cuantas risas de todos. Sigo pensando en esta misma escena, aun ahora, cuando mi amigo y su familia ya han vuelto a Texas para continuar con sus vidas, generando y reforzando sus afectos. Sigo pensando en la importancia del vínculo, en la necesidad de reconocernos en los otros y eventualmente compartir esos vínculos con otros, como lo intentó ese clip del experimento social danés.

Sigo pensando en los vínculos.

Sigo pensando que de esta red de afectos yo debería hacer alguna película.

Saudade de Domingo #115: Eterna Barcelona

De un momento a otro apareció Barcelona en mi calendario. No lo había planificado, no figuraba en mi lista de destinos del 2019, sin embargo cuando surgió como posibilidad, no ignoré el llamado. Tenía que cruzar el Atlántico, salir un poco de la rutina y dejar que la escritura, nuevamente, me mostrara el camino.

Así llegué a un taller de escritura terapéutica. La idea de encontrar en la escritura (o través de ella) una forma de sanación me llamó la atención. Confieso que no sabía mucho sobre el tema, había leído algo sobre el centro que lo hace en Barcelona pero nada más. Iba dispuesto a dejarme sorprender.

Llegué al taller impartido por Jordi Amenós y Esmeralda Berbel un jueves por la mañana. Como me suele suceder en otros talleres, la noche anterior estuve un poco ansioso imaginando quiénes serían los instructores y cómo serían mis compañeros. A la entrada del edificio me encontré con una chica que luego supe se llamaba Rosa y que sería una compañera del taller. Subimos el ascensor sin decir una sola palabra pero nos miramos varias veces. Estábamos en fase de reconocimiento, como luego pasó con el resto de compañeros, todos desconocidos que se dieron cita ante un llamado voluntario pero que todos sentimos necesario.

Por las mañanas, Esmeralda daba las sesiones de escritura creativa, que aunque parecían ejercicios de escritura libre tenían una intencionalidad profunda, desconocida para nosotros los talleristas. Como después nos diría Jordi, lo importante en la narrativa terapéutica en lo que se esconde detrás de la historia. Y eso lo iríamos descubriendo en cada sesión, en el que un texto aparentemente espontáneo e inocente, de pronto daba cuenta de un linaje familiar conflictivo, de culpas asumidas, de roles impuestos, de una voz propia que se veía alterada por los mandatos del padre o de la madre. Con Jordi y Esmeralda, miré a la escritura desde otro lugar y siento que llegó a mi vida en el momento que más lo necesitaba. He venido de varios procesos de crisis, de euforia, de creación y como en todo proceso, surgen muchas inquietudes. Llegué al taller, sin saberlo, para buscar una explicación, una posible curación de la mano de otros compañeros con otras necesidades pero con el mismo deseo de mejorar sus vidas.

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Mis compañeros fueron un gran regalo. Cada uno desde su propio universo abrió su corazón para que el taller funcionara. Las sesiones de la tarde, a cargo de Jordi, en las que se escudriñaban los textos y se hacían ejercicios relacionados con la Gestalt, constelaciones familiares y más, eran muy movilizadoras. Al final de cada sesión me sentía devastado, con una desolación producto de esos espejos rotos que son nuestras historias. Pero también encontré el apoyo de los compañeros, en las charlas de cerveza, de café, hablando de las sesiones o de cualquier cosa. Lo importante era no perdernos y ser una red, una hiedra de piel.

Y en medio de esas sesiones, también aprendí más de Cataluña. A través de los relatos y de las charlas de pasillo, conocí lugares cotidianos de Barcelona, nombres de ciudades pequeñas de Cataluña, los diferentes acentos de catalán dependiendo del lugar. Escuché infinidad de veces conversaciones que empezaban en castellano y que luego saltaban al catalán como si fuera un cambio de estrofa en una canción. Era natural, orgánico y aunque al principio me sentía abrumado, luego el catalán empezó a entrar en mí, como un mantra, como si fuera una plegaria que me daba la llave para penetrar en el corazón de una ciudad a la que estaba conociendo.

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La última sesión, al igual que la última media hora de una película en la que se llega a la catarsis, fue un momento sublime. Terminamos de hermanarnos entre todos los compañeros como si de una confraternidad secreta se tratara. Fue el día de la unción, de la graduación, del recibirnos en una casa colectiva para empezar un nuevo camino. En medio de los abrazos y las lágrimas, procuramos capturar el momento con fotos, intercambiando correos, para no licuarnos en la cotidianidad y no olvidar la búsqueda de cada uno.

Para mí además la despedida del taller tenía otro componente. Era la despedida de Barcelona, una ciudad que había explorado ya el año pasado pero que ahora tenía otro color y otro sabor. Barcelona no es solo una ciudad muy querida por mí, sino que además ahora guarda un sitio especial dentro de mis memorias. Su olor a mar, a nostalgia con esa musicalidad suave y rasposa del catalán son como las páginas de un libro que me trae recuerdos agradables. Trayendo nuevamente Barcelona a mi cabeza a través de estas líneas, la siento viva, mayúscula, dúctil y recuerdo que un libro de catalán me espera para empezar un nuevo romance, ahora con el estudio del idioma.