La historia que no sucedió

1

Hoy, a esta hora, debía estar en Madrid.

Como de costumbre, habría salido a caminar por donde me hubiera alojado, habría mandado mensajes a mis amigos informando que ya estaba ahí.

Seguramente habría tomado unas cañas por la noche en algún bar en Malasaña, escuchando música al aire libre y queriendo resolver el mundo con los amigos.

Mañana domingo seguramente habría ido a Retiro a tomar fotos, escribir un rato y sobre todo, habría caminado, mucho, mucho, agradeciéndome por lanzarme a otro viaje en solitario.

Quizás por la tarde habría ido a algún museo o me habría encontrado con algún amigo, a comer churros o a tomar un café.

2

Dentro de unos días habría ido a Praga a encontrarme con una gran amiga catalana. Nos hacía tanta ilusión volvernos a ver luego del verano intenso que compartimos en Barcelona. Seguro que con ella me habría emborrachado sin pena en la víspera de mi cumpleaños. Y habríamos caminado del brazo por Praga, sintiendo que flotábamos sobre la calle, puteando a los políticos, riendo de los días calurosos en Barcelona, recordando a los autores que nos gustan.

Seguramente la noche de mi cumpleaños, ella me sorprendería con algún detalle y yo bebido de nostalgia ante el regreso inminente al Ecuador, le habría dado un abrazo, le habría susurrado en catalán que ahora a ella le tocaba venir a Guayaquil, a conocer a mis amigos, el lugar donde trabajo y que seguro le encantaría.

Pero bueno, son imágenes de una película que no se rodó.

3

El mundo empezó a cambiar a inicios de este año. Muchos creímos que una epidemia china no nos tocaría hasta que el virus se hizo presente en nuestro país, en nuestra ciudad, en nuestro barrio. De repente el mundo como dice el refrán, es un pañuelo. Un pañuelo enfermo, paranoico, temeroso.

Ayer recibí formalmente las cancelaciones de mis vuelos. Respiré aliviado desde mi cuarentena. Pensé en mis viajes y también en lo afortunado de tener a mis padres, mis mascotas en casa y a mi hermana, mis amigos en el mundo conectados conmigo desde el corazón y la virtualidad.

Es momento de recogimiento, de relacionarnos de otra manera con el tiempo. Aunque tenga home office, el paso del tiempo es diferente, las horas tienen otro ritmo, la secuencia del día a la noche camina en otro sentido.

En tiempos en los que los afectos físicos están prohibidos, toca mirar hacia dentro. Aceptar que el tiempo que tenemos es este y que en la languidez el encierro, debemos fluir con otras reglas. Habrá momentos de tedio, de mirar a un punto fijo sin esperar nada más, de silencios voluntarios y forzados. Habrá que hacer el esfuerzo de sacarnos el chip de “estoy perdiendo el tiempo”, porque en estos momentos el tiempo tiene otro sentido.

Hay que abrazar la monotonía, comprender que el paso de los minutos responden a otra lógica y que está bien que así sea. Quiero creer que estamos frente a un punto de giro en la trama que nos está tocando vivir, que todo esto es un punto de inflexión para dar paso a algo que todavía desconocemos.

4

Hoy no estoy en Madrid.

Estoy en mi cuarto en Guayaquil, escribiendo estas líneas y conectado con mis afectos presentes y lejanos. No recrimino nada, no maldigo, no me mortifico. Pienso en el planeta y cómo esta nueva realidad ha provocado un efecto dominó. Se habla de fake news, de conspiraciones, de un plan conveniente para arrodillar el mundo. Quizás sí, quizás no. En todo caso, los contagiados, los fallecidos y nuestro encierro es real y con seguridad algo se aprenderá de este momento extraño, cercano y distante a la vez.

Cuando todo esto pase, lo primero que me gustaría a hacer es abrazar a esos familiares y amigos que hacen parte de mi geografía personal. También salir, comer, ir a la playa, a la montaña, volver a esas cosas básicas y necesarias en las que el tiempo también corre de otra manera.

Saudade de Domingo #115: Eterna Barcelona

De un momento a otro apareció Barcelona en mi calendario. No lo había planificado, no figuraba en mi lista de destinos del 2019, sin embargo cuando surgió como posibilidad, no ignoré el llamado. Tenía que cruzar el Atlántico, salir un poco de la rutina y dejar que la escritura, nuevamente, me mostrara el camino.

Así llegué a un taller de escritura terapéutica. La idea de encontrar en la escritura (o través de ella) una forma de sanación me llamó la atención. Confieso que no sabía mucho sobre el tema, había leído algo sobre el centro que lo hace en Barcelona pero nada más. Iba dispuesto a dejarme sorprender.

Llegué al taller impartido por Jordi Amenós y Esmeralda Berbel un jueves por la mañana. Como me suele suceder en otros talleres, la noche anterior estuve un poco ansioso imaginando quiénes serían los instructores y cómo serían mis compañeros. A la entrada del edificio me encontré con una chica que luego supe se llamaba Rosa y que sería una compañera del taller. Subimos el ascensor sin decir una sola palabra pero nos miramos varias veces. Estábamos en fase de reconocimiento, como luego pasó con el resto de compañeros, todos desconocidos que se dieron cita ante un llamado voluntario pero que todos sentimos necesario.

Por las mañanas, Esmeralda daba las sesiones de escritura creativa, que aunque parecían ejercicios de escritura libre tenían una intencionalidad profunda, desconocida para nosotros los talleristas. Como después nos diría Jordi, lo importante en la narrativa terapéutica en lo que se esconde detrás de la historia. Y eso lo iríamos descubriendo en cada sesión, en el que un texto aparentemente espontáneo e inocente, de pronto daba cuenta de un linaje familiar conflictivo, de culpas asumidas, de roles impuestos, de una voz propia que se veía alterada por los mandatos del padre o de la madre. Con Jordi y Esmeralda, miré a la escritura desde otro lugar y siento que llegó a mi vida en el momento que más lo necesitaba. He venido de varios procesos de crisis, de euforia, de creación y como en todo proceso, surgen muchas inquietudes. Llegué al taller, sin saberlo, para buscar una explicación, una posible curación de la mano de otros compañeros con otras necesidades pero con el mismo deseo de mejorar sus vidas.

9b92c199-1272-4a00-8fd4-0a6f0b92b60f.jpg

Mis compañeros fueron un gran regalo. Cada uno desde su propio universo abrió su corazón para que el taller funcionara. Las sesiones de la tarde, a cargo de Jordi, en las que se escudriñaban los textos y se hacían ejercicios relacionados con la Gestalt, constelaciones familiares y más, eran muy movilizadoras. Al final de cada sesión me sentía devastado, con una desolación producto de esos espejos rotos que son nuestras historias. Pero también encontré el apoyo de los compañeros, en las charlas de cerveza, de café, hablando de las sesiones o de cualquier cosa. Lo importante era no perdernos y ser una red, una hiedra de piel.

Y en medio de esas sesiones, también aprendí más de Cataluña. A través de los relatos y de las charlas de pasillo, conocí lugares cotidianos de Barcelona, nombres de ciudades pequeñas de Cataluña, los diferentes acentos de catalán dependiendo del lugar. Escuché infinidad de veces conversaciones que empezaban en castellano y que luego saltaban al catalán como si fuera un cambio de estrofa en una canción. Era natural, orgánico y aunque al principio me sentía abrumado, luego el catalán empezó a entrar en mí, como un mantra, como si fuera una plegaria que me daba la llave para penetrar en el corazón de una ciudad a la que estaba conociendo.

IMG_5047

La última sesión, al igual que la última media hora de una película en la que se llega a la catarsis, fue un momento sublime. Terminamos de hermanarnos entre todos los compañeros como si de una confraternidad secreta se tratara. Fue el día de la unción, de la graduación, del recibirnos en una casa colectiva para empezar un nuevo camino. En medio de los abrazos y las lágrimas, procuramos capturar el momento con fotos, intercambiando correos, para no licuarnos en la cotidianidad y no olvidar la búsqueda de cada uno.

Para mí además la despedida del taller tenía otro componente. Era la despedida de Barcelona, una ciudad que había explorado ya el año pasado pero que ahora tenía otro color y otro sabor. Barcelona no es solo una ciudad muy querida por mí, sino que además ahora guarda un sitio especial dentro de mis memorias. Su olor a mar, a nostalgia con esa musicalidad suave y rasposa del catalán son como las páginas de un libro que me trae recuerdos agradables. Trayendo nuevamente Barcelona a mi cabeza a través de estas líneas, la siento viva, mayúscula, dúctil y recuerdo que un libro de catalán me espera para empezar un nuevo romance, ahora con el estudio del idioma.

Merlí

He terminado la primera temporada de Merlí (ya empiezo la segunda) y la verdad es que me ha sorprendido. No le tenía mucha fe durante los primeros capítulos, pues tenía la sensación de estar viendo una telenovela pero en catalán. Ahora la verdad es que estoy muy enganchado con la serie. Los guiones son redondos y se ha logrado compaginar bien  el foco de estudio de cada filósofo en cuestión, con los conflictos propuestos en cada capítulo. Las actuaciones son brillantes y la historia siempre deja ese gustito de querer ver más.

Y para variar, ahora quiero aprender catalán.

merli_tv_series