Saudade de Domingo #134: Descubriendo a David Foster Wallace

Su nombre me sonaba de conversaciones con algunos amigos pero nunca lo había tomado muy en serio. Incluso por lo rimbombante de su nombre me parecía que era un autor decimonónico tipo Sir Conan Doyle o Robert Louis Stevenson (Sí, sí, my mistake). 

Mi primer acercamiento a su literatura fue en un taller de lectura en el 2019. El instructor nos hizo leer unos fragmentos de La broma infinita y desde entonces me obsesioné con su escritura. Mi primera impresión fue: ¿Este tipo me está hablando a mí? Me daba la sensación de que conversaba conmigo aún cuando a momentos sus frases largas me obligaban a prestar mucho atención a los detalles que daba. Lo sentía cercano, informal y muy actual. Como buen académico, no hice mejor cosa que investigar sobre Foster Wallace, en reuniones con amigos era yo ahora el que traía su nombre a la conversación. Quería saber todo de él y leer sus libros, que por aquel final de 2019 no logré encontrar en librerías, una cosa rara porque en cualquier lugar hay un espacio para Foster Wallace. 

No voy a abrumarlos con muchos datos de David Foster Wallace ya que podrán encontrar mucho de él en el Sr. Google, pero sí quisiera compartir algunos aspectos de su vida que me llamaron mucho la atención. Nació en Ithaca (New York), en 1962, sus padres fueron profesores universitarios (el padre en filosofía, la madre en literatura) y vivió su infancia y adolescencia en Champaign, Illinois. En la universidad estudió Inglés, Filosofía y fue profesor de Literatura. También realizó una maestría en Fine Arts con mención en Escritura Creativa en la Universidad de Arizona y su proyecto de titulación fue su primera novela La escoba del sistema (1986), que lo convirtió inmediatamente en un autor respetado. Tres años más tarde publicó La niña del pelo raro (1989), un conjunto de relatos que ya evidenciaba su escritura directa, milimétrica, con personajes nada convencionales que se mueven en todo lo largo y ancho de Estados Unidos. El libro no fue un éxito comercial en ese momento. Su obra se completa con otros dos volúmenes de cuentos (Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción), varios libros de ensayos y su monumental novela La broma infinita.

La obra maestra de Foster Wallace

Foster Wallace fue también un gran aficionado al tenis, deporte sobre el cual escribió en su novela La broma infinita y en  algunos ensayos que luego se recogieron de forma póstuma en El tenis como experiencia religiosa. 

También pasó gran parte de su vida luchando contra sus adiciones (especialmente al alcohol) y la depresión. Se medicaba constantemente, se sometió a varios tratamientos para superar sus frecuentes episodios depresivos hasta que se suicidó en el 2008, dejando una novela inconclusa El Rey Pálido, que años más tarde se llegó a publicar.

Me gusta mucho el estilo que tenía a la hora de ser entrevistado. Era un pesimista y un soñador a la vez.  Se tomaba su tiempo para responder, sus primeras respuestas podían parecer muy simples y luego iban a creciendo en profundidad a medida que pensaba. Su cabeza maravillosa desplegaba sabiduría en cada una de sus frases. Le solía pedir a quienes lo entrevistaban que no le plantearan solo preguntas a él, sino que también ellos, los periodistas, respondieran las preguntas para que fuera más una conversación. Imagino que algunos se habrán sentido descolocados ante el pedido de Foster Wallace, pero es que él ante todo era un conversador, un docente que estaba acostumbrado al diálogo que permite el crecimiento de ambos interlocutores. 

Si tienen curiosidad pueden ver acá una entrevista que le hizo la televisión alemana en el año 2003 (está con subtítulos en inglés). 

¿Qué podemos aprender sobre la escritura de David Foster Wallace?

Creo que lo más valioso es su honestidad. A medida que uno va leyéndolo más, empezamos a ver sus obsesiones como autor. Las adicciones, las periferias, la complejidad del núcleo familiar, los problemas de pareja, el impacto de los medios de comunicación en la vida de cada uno de nosotros. Foster Wallace es un autor contemporáneo que nos habla en esa clave y no busca hacerse sentir inalcanzable. Lo que lees es lo que hay, pareciera ser su lema, aunque cuando volvemos a hacer una lectura más atenta vemos que hay mucha profundidad y eso es maravilloso.

La capacidad que tiene para describir ambientes. En general Foster Wallace no es un autor que escriba páginas enteras para describir un personaje, un espacio o una época, pero las pocas líneas de descripción que da son suficientes para sumergirnos en su universos. 

Sus diálogos. Creo que esto se debe a la larga tradición de literatura anglosajona que en general tiene escritores con gran dominio de los diálogos. Foster Wallace no es la excepción. Deja hablar a sus personajes y a través de ellos mismos descubrimos sus fobias, sus frustraciones, sus recuerdos. Incluso cuando los diálogos no sean en discurso directo como en el cuento La niña del pelo raro, sus personajes y el choque entre ellos es brutal. Si quieren leer un buen cuento sostenido únicamente a base de diálogo lean Aquí y allí, tiene un ritmo delirante que al inicio cuesta entender (no hay narrador que describa nada) pero luego es una delicia de lectura.

Sus personajes. Hay que ser honesto, los personajes de Foster Wallace son en general unos seres perturbados. Vistos desde afuera, son personajes exitosos, realizados generalmente en el ámbito profesional pero con vidas personales desastrosas. Foster Wallace consigue elevar esas miserias a un plano onírico pero que al mismo tiempo nos hace sentir que son personas que todos conocemos o que incluso podríamos llegar a ser nosotros mismos. 

Su sentido del humor. Esto va de la mano con sus personajes. Aunque son seres decadentes que sufren muchas veces por situaciones nimias o grandes conflictos familiares, la manera en que viven su problema conlleva a un humor ácido. Un hombre que prefiere besar la foto de su novia antes que a ella, una chica que se obsesiona con el pelo de una niña y quiere arrancárselo convencida de que tiene algún tipo de poder, son sólo algunos de los perfiles variopintos que tienen sus historias.

En su casa de Bloomington, Illinois (1996) — Imagen por Gary Hannabarger/Corbis

Aunque Foster Wallace nos dejó en el 2008, sus libros siguen tan vigentes, que podríamos decir que su escritura está más viva que nunca. Recomiendo empezar con La niña del pelo raro, que es un compendio de relatos que ya muestran la impronta innegable de Foster Wallace. Luego si quieren pueden leer el segundo volumen de cuentos Entrevistas breves con hombres repulsivos y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, una antología de ensayos de estilo mordaz que, al igual que en la ficción, hace una feroz crítica a la sociedad norteamericana y a los medios de comunicación.

En el 2015, el director James Ponsoldt realizó la película The end of the tour (2015), basada en la larga entrevista que le hizo el periodista David Lipsky a Foster Wallace a propósito de la publicación de La broma infinita, en 1996.

Les dejo por acá una entrevista a Foster Wallace publicada en el diario El País, que muestra la genialidad y la honestidad del autor a la hora de hablar de su quehacer literario. 

En serio, no pierdan más el tiempo y lean a Foster Wallace. Es un autor imprescindible que todos deberían leer este 2021.

Saudade de Domingo #133: Propósitos literarios para el 2021

Estamos ya iniciando la tercera semana de enero en un tiempo extraño para el mundo. Aunque sabíamos que el nuevo año no cambiaría el panorama pandémico, psicológicamente para todos en occidente, un año que inicia es un momento para fijarse metas. ¿Pero cómo tener objetivos el día de hoy cuando el escenario cambia minuto a minuto? Es por ello que este año más que fijarme metas personales que dependan de circunstancias externas, he preferido pensar en mis propósitos literarios. Durante el 2020 los libros fueron los compañeros fieles que estuvieron en mi escritorio, en mi velador, en mi cama, en la cocina para hacerme escapar por unos momentos de la realidad durísima que estamos viviendo. Todo esto me ha hecho pensar que puedo prescindir de muchas cosas menos de los libros y por ello me gustaría organizar un poco mis objetivos de lectura. Sólo un poco porque sé que en el camino se me aparecerán nuevos libros y no podré escaparme de ellos.

De modo que mis propósitos literarios para este 2021 son más bien una guía hacia donde quiero enfocar mis esfuerzos de lectura. He decidido que este año miraré más a los clásicos de la literatura, algunos de los cuales leí en la adolescencia y otros, con mucha vergüenza, admito que nunca leí. Quiero nutrirme de ese saber histórico, de esos textos que han influenciado a otros autores, de esas frases que perduran y flotan en la memoria colectiva de nuestra sociedad. Calculo que una buena parte del año me tomará en leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, pero me gustaría también darle espacio a otros libros. De momento ya empecé con Moby Dick, de Herman Melville, que lo estoy leyendo dentro del taller de lectura de Martín Felipe Castagnet. Es una maravilla leer este libro, pues al igual que la teoría del iceberg de Hemingway, Melville habla de mucho más que la ballena blanca. La cantidad de referentes en religión, historia, cetología, hacen de esta novela una lectura deliciosa.

Así que bueno, vamos acá con la lista de propósitos:

  1. Moby Dick – Herman Melville
  2. En busca del tiempo perdido – Marcel Proust
    1. Por la parte de Swan
    2. A la sombra de las muchachas en flor
    3. La parte de Guermantes
    4. Sodoma y Gomorra
    5. La prisionera
    6. Albertine desaparecida
    7. El tiempo recobrado
  3. Frankenstein – Mary Shelley
  4. Drácula – Bram Stoker
  5. La Ilíada – Homero
  6. La Odisea – Homero 
  7. La metamorfosis – Kafka
  8. Cumandá – Juan León Mera
  9. La Eneida – Virgilio
  10. La divina comedia – Dante Alighieri

Tuve ganas de incluir más clásicos pero la verdad es que tengo que ser realista con mis tiempos. El trabajo en la universidad, aunque es online, es muy absorbente por lo que no dispondré de muchas horas libres para dedicarlas a la lectura. También estoy trabajando en la escritura de dos novelas que me van a consumir tiempo y he empezado el estudio de un nuevo idioma, cuya experiencia contaré pronto en otro post.

Sobre lecturas más contemporáneas me interesaría leer:

  1. Shortcuts – Raymond Carver
  2. Solenoide – Mircea Cartarescu
  3. Cezara – Mihai Eminescu
  4. El túnel – Ernesto Sabato
  5. A hora da estrela – Clarice Lispector
  6. Unquiet – Linn Ullmann
  7. Rosemary’s baby – Ira Levin
  8. Nuestra parte de noche – Mariana Enríquez

Dejo la lista contemporánea así “breve”, porque en el camino sé que irán apareciendo otros libros y puede que cambie un libro por otro. Me dejo guiar mucho por la intuición en esto de leer. Si se me aparece un libro que buscaba hace tiempo en una librería, no me lo pienso, lo compro y lo empiezo a leer. Si escucho que alguien me lo recomienda y después me encuentro con ese libro en alguna circunstancia, tampoco me lo pienso y lo leo. Se trata más bien de una lista de ideales, de libros que me gustaría que me acompañen en este segundo año de pandemia. También estoy abierto a que sean otros libros los que me acompañen. Son los libros los que me buscan y no yo a ellos. Incluso si he elaborado esta lista de propósitos, responde a que en los últimos meses sus pasos me han rondado muy de cerca. 

Por lo pronto sigo en el Pequod buscando a Moby Dick. En febrero arranco con el primer tomo de En busca del tiempo perdido y Solenoide. Si quieren leer algún libro de la lista, pues bienvenidos. Sería bueno dialogar sobre estas lecturas. Soy un fiel creyente de que la lectura compartida magnifica el amor por los libros y juntos se aprende mejor.  

Si tienen ganas elaboren también su lista de propósitos literarios, pero ojo, no hay que obsesionarse con cumplir, que sea apenas una guía para la travesía. 

Saudade de Domingo #125: Los mapas de la infancia

Abro el Google Maps, escribo la dirección a la que tengo que ir. Quince minutos caminando a buen ritmo, me pronostica la aplicación. Trazo mi recorrido imaginario por calles que conozco pero que en la vista satelital lucen como venas grises que se interceptan, se cortan o siguen largos tramos en línea recta. Muchas veces me he sorprendido “jugando” con Google Maps. Elijo una ciudad que se me viene a la cabeza y la recorro, fantaseo con sus formas, con el verdor (o la ausencia) de árboles, los tejados de las casas, la aparición repentina de ríos o de playas. Juego por unos cuantos minutos como cuando en la infancia jugaba con los mapas. Con un lápiz trazaba caminos, posibles rutas para ir de una ciudad a otra, también los calcaba y me desafiaba a ubicar ciudades sin la ayuda del mapa original. 

Me parecía fascinante comparar mapas de diferentes libros. Algunos eran más planos, otros pretendían emular el relieve real de las montañas y valles. Los había también de diferentes colores y tipografías. Debo decir que todos me gustaban y ningún atlas estaba de más, todos sumaban, todos me emocionaban. Todos me hacían viajar a lugares distantes.

IMG_6305

Debía tener ocho años cuando mi abuela y mi tía me regalaron un atlas que editó diario El Comercio, a partir de una edición de National Geographic. Su pasta dura, imponente, de color azul y una fotografía de la Tierra, esférica, perfecta, descansando sobre un mapamundi. Lo abrí, exploré sus páginas blancas de papel couché y me encantó ver que cada país tenía una modesta descripción cultural con datos importantes como capital, ciudades importantes, idiomas, moneda. Había además varias fotos de manifestaciones culturales de cada país que me permitían hacerme una idea de cómo eran esos países.

IMG_3858

Otra cosa que me encantaba eran los colores de los mapas. Amaba mi atlas, con él aprendí cómo lucían las personas en Escandinavia, las monedas de los países del Medio Oriente, las impactantes imágenes de Seúl y Tokyo, lo enorme que era Australia y lo solitaria que era al interior del país. Fue uno de los regalos más hermosos que recibí en la vida y recuerdo haber dormido muchas noches junto a mi atlas. Soñaba que visitaba esos lugares, me veía como un explorador que iba tachando el mapa de cada país que  visitaba. Gracias a mi atlas, con ocho años, ya me sabía de memoria todas las capitales del mundo. 

IMG_8578

Además de mi atlas, que se volvió mi libro de cabecera, seguí como detective cazando mapas. Cada año pedía de regalo de navidad el Almanaque Mundial, que me brindaba vasta información de cada país con su respectivo mapa. En la escuela, en el cuarto año de primaria, incluyeron en la lista de útiles escolares, un atlas de América y del Ecuador. Fue ahí cuando me enteré que Ecuador había tenido un territorio vasto y que con el paso del tiempo, luego de varios conflictos con Colombia, Perú e incluso Brasil, quedó del tamaño que tiene actualmente. Recuerdo haberme “cabreado” pensando en cómo nos fuimos empequeñeciendo frente a los otros vecinos invasores. Ahora, obviamente, es historia superada.

IMG_3705

No podría precisarlo bien, pero creo que los mapas influyeron también en mi pasión por los idiomas. De cada idioma que estudiaba, me gustaba calcar los mapas de los países hablantes. Era una manera de apropiarme de esas regiones, de esas provincias. Calqué y pinté muchas veces los mapas de Brasil, Italia, Francia, Portugal, Alemania, Estados Unidos. También el hecho de recorrer los mapas con ciudades de fonéticas extrañas para mí en ese momento, me incitaba a saber más sobre las lenguas. Vi fotografías de Moscú y su alfabeto familiar y distante del latino me hacía pensar en cómo se escucharía hablar a los rusos. Lo mismo me pasaba con el árabe y el mandarín. Las ciudades chinas, por ejemplo, eran las más difíciles de pronunciar y recordar. 

IMG_0789

Llegó luego el internet, podía descargarme los mapas pero no era lo mismo. Llegué a imprimir a algunos pero no me emocionaban de la misma manera. Los mapas fueron quedando en el desván de mi memoria. Cada tanto en algún lugar podía encontrar un mapamundi y atraído como imán lo observaba de cerca, pero nada más. Ya adulto empezaron los viajes y ahí volvieron otra vez los mapas en las guías de Lonely Planet. Las ciudades y sus sitios emblemáticos, sus calles, sus plazas, sus montañas volvían a tener sentido para mí. Me preparaba para vivir esos lugares que había explorado tanto desde los mapas. 

Debo decir que a cada lugar que viajo, sigo comprando atlas de ese país que visito. Me sirven de colección y a la vez como guía durante los recorridos. Es verdad que el Google Maps es una herramienta fabulosa, una guía en tiempo real que ofrece atajos, que anuncia tiempos y que además anticipa con fotos lo que uno se va a encontrar. Pero también es verdad que necesito del mapa en papel y tinta, resistente ante las fallas del wifi e indoloro ante las horas sin batería. Necesito lo imprevisto que me ofrece la representación gráfica del mapa frente al espacio real.  A veces prefiero la incertidumbre de lo que está por descubrirse en un mapa que está diseñado para ser enmarcado, doblado, mojado, estrujado y que aun así seguirá siendo un mapa con historia.

Saudade de Domingo #109: La familia literaria

Hace unos días leí una larga entrevista telefónica que le hizo Liliana Villanueva al escritor Abelardo Castillo, a propósito de su libro sobre maestros de talleres literarios. En un parte de aquella entrevista, quizás una de las más me llamó la atención, estaba la idea que Castillo llama “la familia literaria”. Para él, esta familia consta de aquellos libros que cada autor siente como esenciales para su desarrollo como escritor. Castillo recomienda leer las autobiografías, los diarios de los autores con los que uno siente un diálogo constante para encontrar en ellos cuáles son esos libros que ellos admiran y citan con regularidad. De esa manera, según Castillo, se crea una familia espiritual que probablemente inició con un “padre” o “abuelo” espiritual para luego encontrarse con una parentela literaria que puede ir creciendo -o modificándose- a lo largo del tiempo.

IMG_2990Castillo me ha hecho pensar en mi propia familia literaria, idea sobre la que nunca había reparado ni se me habría ocurrido posible. Es decir, sé a grandes rasgos qué autores y autoras son los que me movilizan pero nunca los vi como “una familia”. De pronto esta idea me parece tierna y pertinente. Me hace recordar que durante mis años de adolescente, sin duda alguna mi padre literario fue García Márquez. Leí toda su obra narrativa, además de su autobiografía Vivir para contarla y los libros que compilan sus textos periodísticos. Era inevitable al leer a García Márquez no pensar en Kafka y en Faulkner, autores que el colombiano consideraba imprescindibles para su propia formación. De hecho, entré a Kafka y Faulkner por García Márquez. La lectura de La Metamorfosis o de Días de agosto, fue fundamental para pensar en esa línea difusa de realismo y fantasía, en el que era narrable cualquier universo posible.

En la misma adolescencia y en los primeros años de la facultad, leí mucho literatura clásica, textos teatrales, pero quien tomó la posta de García Márquez en cuanto a la paternidad literaria fue Roberto Bolaño. A Bolaño no llegué por ningún libro sino por un dramaturgo ecuatoriano, quien declaraba con toda seguridad, que Cortázar estaba sobrevalorado y que quien merecía todos los laureles del mundo era Bolaño. Desde entonces, retuve su nombre en la cabeza hasta que encontré Detectives Salvajes, en una librería de Guayaquil. Luego, no hubo vuelta atrás. Leí todo cuanto pude de Bolaño, incluyendo su obra poética, que en ese entonces, no logré entender.

En los últimos dos años debo decir que me he volcado (sin proponérmelo) hacia la literatura escrita por mujeres. Ahora mis madres y tías literarias son Clarice Lispector, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, María Negroni, Marília Garcia. De ellas he aprendido un nuevo manejo del lenguaje, una capacidad microscópica para ver realidades. Son autoras que se mueven en el terror cotidiano, en la angustia que genera la calma del vacío. Ellas también me han llevado a otros autores como Stephen King, quizás uno de los padres literarios de Enríquez, quien asegura que el autor norteamericano es mucho más que un autor “comercial”. Asimismo entré en Pizarnik gracias a María Negroni. Además de tener el honor de haber sido alumno de Negroni, en clases nos transmitió su pasión y devoción por la obra poética y narrativa de Pizarnik. Siempre vi la poesía como algo sublime a la que no podía tener acceso, pero con Negroni,  ese salvoconducto me llevó a conocer además a Nicanor Parra, Emily Dickinson, Sylvia Plath, William Carlos Williams.

IMG_2981

Como propósito de este año, he decidido leer durante los primeros meses, una serie de libros escritos por autores que he leído poco o nada. Elegí a algunos de ellos por recomendación de conocidos, otros por otros familiares literarios y alguno que otro por instinto. No sé si estos autores y autoras nuevos se volverán parte de mi familia, pero creo que vale la pena intentar conocer otros “primos” posibles. 

Para los que quieran leer la entrevista completa de Villanueva a Castillo y otras que realizó a otros maestros de talleres, les dejo por acá el link.

Claire y Amélie Nothomb en París

Era mi segundo día en París. La ciudad se vestía de un color ámbar con nubarrones dispersos, por lo que parisinos no perdieron la oportunidad de lanzarse a las plazas y recibir un poco de sol. Claire, mi gran amiga de la época universitaria, me explicó que cuando se asomaba aunque fuera un rayo de sol en París, el espíritu colectivo cambiaba. Todos repentinamente eran felices, las amistades se reforzaban, el amor se volvía posible y los largos paseos parecían tener la misma duración desde cualquier punto de la ciudad. No nos sentamos sobre el pasto de ninguna plaza (aunque lo hubiera querido) pero sí recorrimos algunos puntos tal como lo habíamos planificado. Estuvimos en la casa de Víctor Hugo, almorzamos en un pequeño restaurante de Le Marais, nos introducimos en la catedral de Notre Dame. Nos tomamos las fotos respectivas que subimos enseguida a las redes, a la espera de likes. Claro, no se viaja igual si no estás acompañado de comentarios de admiración o de recomendaciones en Facebook o Instagram. 

IMG_1183

Una vez que cruzamos el Pont Saint Michel se podría decir que empezó, sin haberlo buscado, una nueva etapa de lector para mí. Me encontré con la librería Gibert Jeune. Su característico amarillo intenso era una sorpresa dentro de la paleta de colores de París que prefería los colores tierra en contraste con los rojos. Pronto me sumergí en los estantes de libros en rebaja que se ubicaban a la entrada de la librería. Claire era una lectora asidua. Habíamos comentado varios libros en diferentes momentos durante la universidad pero nunca habíamos visitado una librería juntos. Me alegré de tener en ese instante la oportunidad de re-conocernos entre libros. Yo hasta ese momento no sabía que Gibert Jeune era una librería que tenía más de cien años de existencia y que además compartía el mismo origen con otra, Gibert Joseph. Claire me explicó un poco de la historia de cómo se dividieron los dueños, de las diferentes sucursales de Gibert Jeune (casi todas en la zona de Saint Michel) y sus eventuales compras de libros de arte en esa misma tienda, cuando aun cursaba en el Intuit Lab. 

gibert_jeune_07505600_124256411

Ya en el interior, la librería se abría como una casa majestuosa de diferentes pasillos y con gente circulando con varios libros y niños de la mano. Los dependientes de la tienda ofrecían su ayuda a varios clientes desorientados y algunos otros acomodaban los libros que por descuido o pereza, ciertos visitantes colocaban donde mejor podían, en un intento por deshacerse de aquello que ya no querían leer. Algo en su ambiente me recordó a la Strand de Nueva York, por lo que me sentí un poco en casa. IMG_2949Esa primera planta estaba destinada a útiles escolares, stationery y herramientas de arte. Me alegré al
encontrarme con un letrero grande que indicaba la distribución de los libros en todo ese caserón. Sin pensarlo fui al segundo piso, donde se encontraban todos los de literatura. Claire seguía mis pasos con curiosidad. Supongo que le intrigaba saber qué libros escogería. Por unos breves segundos, mientras sentía la mirada entusiasta de Claire, pensé en la responsabilidad que tenía al escoger un primer libro. Decidí jugar a lo seguro y saqué de la estantería L’étranger de Camus. Claire sonrió y me dijo que Camus fue un autor clave para ella en sus primeros años en París, cuando todavía se sentía ajena y orgullosa de su corazón mediterráneo. Le comenté que había leído poco de Camus y más de Sartre. Ella respondió que había leído poco de Sartre y más de Simone de Beauvoir. La breve charla se interrumpió por un mensaje que Claire recibió de su hermana. Yo volví a los libros, me encanté mirando las portadas, recorriendo las páginas de libros de literatura francesa como si los descubriera de nuevo, ahora en su lengua original. A mi alrededor la gente entraba y salía, escuchaba retazos de conversación en las que alguien recomendaba o defenestraba a un autor. Otros, más jóvenes, se sentaban en el piso con audífonos a leer mientras otros como yo, preferían leer de pie, frente a las estanterías. 

Luego del mensaje, Claire recorrió por su cuenta varios estantes. La soledad es buena compañía en pocas dosis cuando se entra a una librería. Yo por mi parte, ya tenía entre manos varios libros que decidí comprar, aunque confieso que la elección estuvo mediada por dos variables: el peso ligero del libro (para no pasarme de lo permitido en la maleta) y el interés que me despertaba el autor. Minutos después apareció Claire con un libro en IMG_2961mano. Debes leerla, me dijo mientras me mostraba la portada de un libro en la que una mujer muy blanca, despeinada y de labios rojos miraba fijamente al lector potencial. Era una suerte de vampiresa moderna cuyo nombre ya había escuchado aunque nunca la había visto: Amélie Nothomb. Recordé haber leído una entrevista que le hicieron alguna vez en el diario El País y recordé también haber tenido la sensación de querer leerla. 

Mientras leía la contraportada, Claire desapareció unos segundos para traerme otros libros de Nothomb: Hygiène de l’assassin, Le sabotage amoureux y Les Catilinaires. Los tres libros eran de la editorial Albin Michel, con la que Nothomb tiene contrato de hace muchos años. Los tres eran livres d’occasion, como se denomina en francés a los libros de segunda mano. Aunque Claire es tranquila y analítica, su alma de diseñadora transgresora se manifiesta en sus lecturas. El universo tragicómico de Nothomb le atrae y casi con orgullo, dice haber leído todas sus novelas publicadas. Por ella supe que Nothomb había vivido gran parte de su vida en Japón y que de alguna manera varias de sus novelas se remiten a esa experiencia, especialmente en Stupeur et Tremblements, que fue el primer libro que me mostró. Ante su entusiasmo, me sentí en la responsabilidad de leerla. No quería desairar a Claire devolviéndole los libros con una sonrisa mientras le decía que ya había elegido mis libros. De modo que me tocó negociar entre Camus, Céline, Reza y Le Clézio para convenir quién se iba conmigo y quién se quedaba en el estante. Por cada libro que dejara, entraría uno de Nothomb. Así fue como abandoné Voyage au bout de la tuit de Céline y Théâtre de Reza y entró Stupeur er Tremblements y Hygiène de l’assassin. Me propuse empezar a leer el primer libro ni bien llegara al departamento de Claire. Quería conocer cómo Nothomb había logrado insertarse como mujer occidental en una empresa japonesa, cómo una belga de habla francesa tan irreverente se insertó en el mundo laboral nipón donde la jerarquía tiene un peso omnipotente. Delante de Claire leí algunos párrafos y sentí que sería amigo de Nothomb. 

IMG_2962

Luego, entusiamada, me hizo leer el inicio de Hygiène de l’assassin, en el que un escritor octogenario, Premio Nobel de Literatura al que le quedaban dos meses de vida, era asediado por periodistas de diferentes partes del mundo en busca de una última entrevista. El escritor había ordenado a su secretaria que hiciera una estricta selección de ese único periodista siguiendo entre otros criterios, que no fuera de lengua extranjera, que no fuera negro, que no fuera de ninguna revista femenina o de algún canal de televisión. La escritura de Nothomb fluía en mí como si fuera música, aunque no soy un francoparlante nativo. Las eventuales palabras desconocidas las deducía por contexto y seguía en la lectura mientras Claire me escuchaba.img_2963.jpg No estaba muy seguro de mi francés pero Claire decía que estaba muy bien y me miraba como si me diera permiso de seguir con la lectura. De repente, me sentía en una clase de idioma del colegio con los ojos esmeralda de Claire, muy abiertos, muy expectantes, como si sintiera que se acercaba algo importante dentro de la novela. Sudé un poco por el compromiso que me puso Claire en ese momento pero también por esa pequeña escena que teníamos en medio de las personas que circulaban en una librería amarilla de la plaza de Saint Michel. La situación me resultaba digna de Nothomb. Terminé las dos primeras páginas y ya sentía que detestaba al escritor anciano. No te imaginas lo que vendrá, me dice Claire con una leve sonrisa como quien guarda un lindo secreto.

La lectura de Nothomb me dejaron un poco alterado. Las palabras retumbaban en la cabeza, así que mientras estábamos en la fila para pagar, no dudé en volver a la lectura. Claire, muy cerca mío, lee conmigo. A los pocos segundos, respirábamos al unísono, con la armonía de un reloj de pedestal. El sonido suave de su respiración me hizo sonreír y ella como respuesta, sonrió también. No supimos en qué momento pasamos de la sonrisa a la risa amplia, en medio de la fila con parisinos callados que se encontraban entre su pantalla de celular y el libro que iban a comprar. Claire era ahora una Nothomb y yo tenía el privilegio de estar con ella. Toqué una de sus manos (no recuerdo cuál) y entrelazada con la mía llegamos a la caja. A la salida de librería, respirando el invierno de París, caminamos por el boulevard Saint Michel y ya en el Jardin de Luxembourg, saqué Stupeur et Tremblements. Leímos a dos voces, casi en susurro, las primeras cinco páginas de la novela.

Saudade de Domingo #108: La lectura

He dejado este espacio por algunas semanas pero ha sido por un pequeño problema de salud. El retraerme de ciertas actividades laborales fue también la oportunidad de hacer cosas que normalmente hago de forma limitada como ver películas y sobre todo, leer. Al estar en reposo, estaba «obligado» a realizar actividades más bien pasivas que no demandaran mucho esfuerzo físico, de modo de que el ver y el leer fueron espacios importantes para mi recuperación. Sobre lo que vi, comentaré en otro post, pues ahora me gustaría centrarme en la lectura, que de alguna forma, esconde implícitamente a la escritura.

lecturaLa lectura ha sido desde mi infancia una actividad que me ha acompañado en una infinidad de momentos. Antes de dormir, al despertar, al almorzar, luego de almorzar, en el metro, en el colectivo, en el avión, en el tren, caminando (sí, aunque es medio complicado), esperando a alguien. Incluso he llegado a soñarme leyendo. Recuerdo haber leído en alguna entrevista a Borges donde decía que podía prescindir de la escritura, pero jamás de la lectura, cosa que en su momento me llamó la atención viniendo de alguien con una literatura potente pero que ahora, con el paso del tiempo, no puedo estar más que de acuerdo.

Hemingway seguramente pensaba parecido a Borges. En una entrevista la preguntaron qué debía leer un joven escritor y respondió que debía leer todo. A la pregunta de su interlocutor alegando que era imposible leerlo todo, Hemingway había replicado: «No digo lo que puede, digo lo que debe».

Los libros para mí son una especie de manto protector. Me aíslo y al mismo tiempo, me introduzco en el mundo, veo la vida pasar a través de un autor, autora que ha tamizado su cosmovisión a través de las letras. Navego en otros espacios y tiempos posibles, me desafío en la rítmica que impone su creador, subrayo las frases, pasajes que más me golpean (no hay otro verbo mejor) y luego al terminar el libro, siento la acuciosa necesidad de empezar otro camino, esto es, otro libro. Es una adicción que no cesa.

El tiempo de lectura puede ser breve o largo, aunque reconozco que soy más de breves lapsos. Me gusta disfrutar de la lectura a cuentagotas, con derecho a repetir ciertas frases en la siguiente sesión a modo de «escenas del capítulo anterior» tan de moda en las series actuales.

En esos espacios breves de lectura también incluyo los libros que no he leído en sulectura3 totalidad. Cuando voy a una librería, lo que más odio es cuando el dependiente se me acerca y me pregunta si busco algo. Sé que hace parte de su protocolo pero no quiero explicarle que no lo necesito, que lo que busco será producto de los libros que se presenten ante mí, que serán ellos quienes me escojan aun cuando muchas veces tenga una idea vaga de qué quiero leer. Usualmente sólo sonrío y saludo, suponiendo que mi no respuesta es un pedido humilde de no querer ser interrumpido en mi búsqueda literaria.

Luego de eso empieza la aventura. Recorro los estantes, saco varios libros, los ojeo, los huelo y si hay algo que me conecte, me quedo con ese libro en la mano hasta tomar una decisión final. Al salir de la librería, con uno o varios libros a la cuenta, los diferentes fragmentos leídos revolotean en mi cabeza, del mismo modo que cuando uno ve un trailer a medias y a veces quisiera saber el nombre de la película.

La lectura además de extraerme por instantes de la realidad, me resulta un combustible para mi propia escritura. García Márquez, en ocasión de un taller de guion que dictaba en San Antonio de los Baños, dijo que los escritores leíamos mucho sólo para saber cómo los otros han logrado escribir esos libros, como si se tratara de descubrir la alquimia, la magia que envuelve a la carpintería de esos textos. En cierto punto, estoy de acuerdo, pero también es verdad que muchas veces me abandono a esa magia, sin importarme cómo logró «embrujarme». Quizás esto de la magia se vuelve más evidente, cuando salto de un autor a otro y percibo inmediatamente que utiliza otra «caja de herramientas». Me ha sucedido hace poco luego de leer varios libros de Mariana Enríquez y pasar a Alan Pauls. Y de Pauls a Andrés Neuman. Comparando la escritura de los tres percibo el arsenal del que cada uno dispone y me he encontrado varias veces releyendo fragmentos en busca de «sus técnicas».

A propósito de Neuman, estoy leyendo su reciente novela Fractura. Es un trabajo de largo aliento pero no puedo parar de leerlo. La prosa con la que escribe tiene una melodía que el tiempo parece quedarse suspendido ante los acontecimientos mínimos que atraviesan la historia. Leyéndolo, me sucede algo parecido a lo que decía George Steiner: «En cada acto de lectura completo late el deseo de escribir un libro en respuesta». No es que pretenda «competir» con la novela de Neuman sino que me inspira a continuar  su trabajo, no como una segunda parte, sino como una siguiente jugada, como si fuera un tiro de esquina en el universo de la creatividad, con mi propia «caja de herramientas». Algo de eso produce la lectura de las grandes obras, ese deseo implícito de aportar con la escritura y así seguir saboreando esa telaraña de novelas y relatos que luego viven en comunión en una librería o biblioteca para elegir a sus lectores.

Saudade de Domingo #106: La antibiblioteca

Hace unas horas leí un artículo publicado en la página Fast Company que habla sobre la acumulación indiscriminada de libros en la biblioteca de cada uno. Lejos de hacer una crítica ante la posible cantidad sideral de libros no leídos, el artículo apunta a que vivir rodeado de libros es algo positivo. Nos recuerda nuestra ignorancia, dice una parte del texto y se pone como ejemplo la biblioteca del semiólogo italiano Umberto Eco que tenía más de 30 mil libros. Evidentemente no leyó todos esos libros pero estar entre ellos, respirarlos, caminar en los vericuetos de diferentes clases de textos, recordaba la insignificancia o lo minúsculo de nuestro acervo cultural. Es sano comprender que por más buenos y ávidos lectores que podamos ser, siempre habrá mucho por leer y que acá se cumple el socrático “Sólo sé que nada sé”. 

No se trata de un proyecto narcisista para exhibir un sinnúmero de volúmenes sino de estar consciente de lo mucho que desconocemos. La antilibrary o antibiblioteca, como sugiere el texto citando a Nassim Nicholas Taleb, serían todos aquellos libros no leídos, lo que permite que el lector siempre esté en una constante curiosidad y hambriento de conocimientos. “Más valen los libros no leídos que los leídos”, señala Taleb. 

Pensando en la antibiblioteca, en estos días de víspera navideña, me he sumergido en mi propia biblioteca, llena de libros que no leí aun. Así, he saltado de Jodorowsky a Negroni, de Marília Garcia a Kohan, de García Márquez a Cortázar, de Schweblin a Ocampo, de Puig a Cameron. Todo muy respirado, orgánico, sin presiones.

A primera vista son todas lecturas muy desordenadas pero que ahora que escribo y reflexiono, hay un finísimo hilo conductor desconocido que las sostiene. Me doy cuenta también de ese hilo ahora que escribo un nuevo proyecto y veo cómo esas lecturas me acompañan en ese texto laberinto que estoy trabajando. Es como si los ecos de esos personajes, de estos autores se sentaran a la mesa conmigo. Por ello quizás he sentido esta escritura muy acompañada, atenta, en alerta pero jamás en soledad.

Los libros son para mí, como frase cliché, esos amigos que están ahí, encerrados, apretados entre sí, esperando su turno de abrirse. Cuando leo me da la sensación de que esa energía recluida en el texto se dispara y vive alegremente en mi habitación por varios días. Es así que pese a estar sólo físicamente, hay en realidad en mi cuarto una decena de personajes, de paisajes, de tiempos que se chocan entre sí y van haciendo nuevas conexiones. Algunos quizás se repelen pero en general se amalgaman, sobre todo cuando me toca el momento de escritura y todo ese cúmulo de energías toman su lugar respectivo en la fiesta. Y ayudan como mejor pueden en ese proceso.

Es grato saber que la antibiblioteca es saludable y que entre más crezca, más posibilidad de conocer otros mundos existe. Y que la escritura se beneficia también de esos nuevos referentes.

Saudade de Domingo #102: La memoria es frágil

Esto quizás pueda parecer una obviedad pero vale la pena recordarlo. Con el paso del tiempo, se van desdibujando frases, imágenes, recuerdos de los que muchas veces solo queda una sensación, una emoción. Por ello soy tan fanático de las fotos, de los vídeos, en un intento desesperado de capturar momentos para traerlos al presente cuando ya físicamente mi memoria no pueda recordarlos concretamente. Quizás por ello, decidí estudiar cine: para coleccionar instantes.

Desde hace algunos años he podido palpar la fragilidad de la memoria con películas y libros. Algunas pelis hacen parte de mi cabecera, de modo que las tengo relativamente presentes, pero otras, sobre todo las que vi en mis primeros años en la universidad, las he ido olvidando a tal punto que cuando vuelvo a verlas, me emociono como si fuera la primera vez que las veo.

Lo mismo me sucede con los libros. Soy un lector acérrimo, así que los libros son mis fieles compañeros en diversos momentos del día. Unos los leo por mero placer y otros por ser parte de mi trabajo como profesor de audiovisual y de comunicación social. Cuando me toca preparar clases o algún taller, a veces me quedo con la sensación de que determinado pasaje de un libro me serviría para ilustrar algo. Y también me pasa a veces que no logro precisar en qué libro está o si sé cuál es el libro, me resulta una gran hazaña buscar entre más de doscientas páginas dónde estará aquello que busco.

Navegando por YouTube (bendito sea) hace algún tiempo me encontré con diversas cuentas de Sketchnoting (apuntes visuales). Con cierta curiosidad y también con escepticismo ví varios vídeos en los que mostraban cómo tomar notas, resaltando con tipografías, subrayado, con grosor de letras aquellas palabras claves dentro de un apunte, hacía mucho más fácil de aprender y recordar algo. Además de este juego tipográfico es importante el uso de iconos, símbolos que el mismo «apuntador» dibuja para ayudarse. Lo interesante de esto es que no se necesita ser dibujante ni ilustrador para hacer apuntes visuales aunque si lo eres, mucho mejor.

Captura de pantalla 2018-11-18 a la(s) 16.52.53.png

Ayer, navegando por otras razones, me encontré en la lista de recomendados un vídeo de Matt Ragland, uno de esos youtubers de Sketchoting que había decidido seguir. Aunque en realidad su trabajo se centra en el Bullet Journal (BuJo), una de sus principales herramientas de trabajo es el sketchnoting, especialmente para libros que ha leído y de los que le interesa tener información rápida a la mano.

Esta mañana YouTube me mostró como vídeo recomendado un «taller» de sketchnoting de Mike Rohde, quien publicó hace unos años un libro y un workbook sobre este tema. Aunque duraba más de media hora, me encantó su manera de abordar la técnica con un estilo claro y haciendo un llamado a la acción para comenzar a trabajar en el sketchnoting. Este video fue decisivo para pensar en los libros que me han marcado y cuyas frases me gustaría tener a la mano. Y el sketchnoting puede ser una herramienta para tenerlas.

De modo que hoy he pasado revisando algunos de esos libros queridos. En muchos de ellos, tengo varios pasajes subrayados que me van a permitir hacer los apuntes con más facilidad. Ha sido un proceso nostálgico rememorar el sabor de esas lecturas. En algunos he podido recordar el estado anímico en el que me encontraba. Ha sido un bonito pretexto para volver a esos libros, tocarlos, olerlos, escuchar el susurro del pasar de las páginas. El sketchnoting me está reencontrando con eses fieles compañeros siempre pacientes en la mesa, en la cama, en la biblioteca a la espera de un nueva sesión.

Los libros que dejó Santiago

Así como compartí acá los libros que dejó Miami, ahora les traigo los libros que compré en Santiago. La verdad no tenía previsto comprar ahí, pues en Buenos Aires compré muchos, pero bueno, la tentación es grande y ahora que he empezado a desarrollar una capacidad para leer más rápido, debo tener más libros a la mano.

Mi objetivo de compras de libros en Chile fue principalmente conocer más sobre la cultura del país. Si bien es un país cercano al mío y tengo amigos chilenos, mis conocimientos a nivel de cultura sobre Chile son pocos. De modo que me sumergí en los estantes de la Librería Antártica, la Feria del Libro y Contrapunto para encontrar diferentes libros sobre la cultura chilena. (Habría querido más pero tenía que pensar en el peso de la maleta).

IMG_8350Breve historia de Chile – Alfredo Sepúlveda
Tenía muchas ganas de encontrar un libro que contara la historia de Chile y luego de bucear en unos estantes de la librería Contrapunto, encontré este libro. Cuando lo vi no lo dudé: ese era el libro que necesitaba. Creo que en realidad el libro me encontró. No tenía idea en ese momento del autor pero aun así decidí comprarlo. Se trata de un libro que en 600 páginas recorre la historia de Chile desde su conformación geográfica hace 65 mil años hasta la revuelta estudiantil del 2011. El autor es el periodista chileno Alfredo Sepúlveda, que ya ha escrito libros anteriores sobre hechos históricos. Vi una entrevista que le hicieron en CNN Chile a propósito de este libro y la verdad me sorprendió. Si tienen la oportunidad de comprar el libro, no lo duden.

IMG_8352¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos? – Darío Rojas
Sin duda alguno el acento chileno es uno de los mayores distintivos que tiene este país. Su particular cantado agudo, las palabras cortadas y los clásicos «hueon», «cachai», le han dado la fama de ser un español difícil de entender al punto que en varios países subtitulan sus películas. El filólogo Darío Rojas, quien es un estudioso del lenguaje de su propio país, hace un análisis histórico y lingüístico sobre el habla chilena, de la que existe el mito que es un español mal hablado. Se trata de un libro ameno, producto de una investigación profunda y que sirve para conocer mejor la cultura chilena.

IMG_8351Diccionario Mapuche – Artemisa
Tenía muchas ganas de un diccionario de la lengua del pueblo mapuche (mapudungún). En Santiago es común ver palabras escritas en esa lengua, hay nombres de calles, hechos históricos importantes que tienen que ver con el pueblo mapuche, así que me puse a buscar un buen diccionario. Vi algunas ediciones pero no me terminaban de cuadrar. Casi desisto de la búsqueda hasta que en la librería La feria chilena del libro, encontré esta edición que no sólo es diccionario sino que trae además un compendio de la historia del pueblo mapuche. Ahora me saqué la curiosidad del significado de palabras como los alfajores argentinos Guaymallén (Mujer doncella), la provincia argentina de Neuquén (arrollador, pujante), la editorial argentina Colihue (caña que crece en la Patagonia) o Guacho (huérfano o hijo ilegítimo).

IMG_8349Cuentos de Alanis – Magdalena Bruna Ruiz.
Este libro tiene una historia particular, pues su autora me vendió su libro en la calle. Estaba tomando un terremoto (trago popular chileno) en el centro de Santiago. En un principio no le di mucha bola pero me llamó mucho la atención la forma en que Magdalena nos «vendió» su libro. De su boca salían palabras que parecían la voz narrativa de un trailer de película norteamericana. Enganchaba con lo que contaba al tiempo que pasaba las páginas de su libro. Mientras hablaba la busqué en Google y fue así como supe que ya tenía casi 5 mil libros vendidos en la calle, que era profesora de Danza y que había renunciado a un call center. Me fascinó su historia y mis amigos y yo le compramos su libro. Nos dedicó su libro con mucho cariño y ya con un poco de alcohol encima la invité a tomarse una foto con nosotros para congelar el momento.
Por si quieren saber más sobre ella acá va un link.

Y estos dos últimos dos libros son una «yapa» pues no están relacionados para nada con Chile y los compré sólo para no perder la oportunidad. Se me cruzaron al frente y no quise dejarlos pasar.

IMG_8355Memorias – Roman Polanski  y Espíritu creativo – Daniel Goleman, Paul Kaufman y Michael Ray.
Aunque esta autobiografía de Polanski apareció originalmente en 1981, luego de los problemas legales que tuvo por la denuncia de acoso sexual a una menor en Estados Unidos, impidió la circulación del libro durante varias décadas. En el 2017 la editorial Malpaso de Barcelona lanza una edición del lujo de sus memorias. La pasta dura, los filos dorados de las hojas, el olor de sus páginas y su versión ebook gratis, son algunos de los añadidos irresistibles para comprar esta edición.

Y el último libro Espíritu creativo, lo compré ya que sigo indagando en lecturas relacionadas con el tema. Ya leí libros como Big Magic, El camino del artista, Steal like an Artist, Atrapa el pez dorado, Do the work y me interesa seguir profundizando en el tema. Aunque en esencia casi todos hacen los mismos análisis y dan consignas similares, me gusta entender los conceptos desde diferentes miradas. Como no había visto esta publicación en ninguna otra librería (ni sabía que existía), decidí comprar el libro.

Sumo ahora más libros por leer. En una próxima entrega hablaré sobre los libros que dejó Buenos Aires, que también fueron algunos.

 

Los libros que dejó Miami

img_1687.jpg

Siempre hago la “promesa” de no comprar libros cuando viajo. Puede incluso que los primeros días me sienta orgulloso de no caer en la tentación de detenerme ante una librería, pero al final termino cayendo. Alguien leyendo un libro, un afiche sobre algún libro en lanzamiento, alguien en Facebook recomendando un libro, me invitan a algún encuentro literario y hasta ahí llegó la promesa de no comprar libros. Suelo pensar que los libros son los que me buscan y no yo a ellos, porque la verdad en mis últimos viajes, he tratado de evitarlos. La primera razón, porque me aumenta exponencialmente el peso de las maletas; segunda razón, porque aunque amplié mi biblioteca al paso que voy, dentro de poco no habrá espacio para más libros.

Pero los libros se imponen, me buscan y me encuentran. En mi último viaje (a Miami) me encontré con varios libros que tenía en mi lista de deseos de Amazon, así que en lugar de esperar semanas de entrega, impuestos de envío y tal, compré en Books and Books (una modesta cadena de librerías de Miami), algunos de ellos. Hasta ahí todo bien, lo que no sabía era que al interior del aeropuerto de Miami hubiera tantas librerías (no muy surtidas, claro) y eso fue un poco mi perdición, a pocas horas de mi regreso.

Aunque Miami sea casi que una extensión de América Latina y el español predomine por todos lados, en las librerías la mayor parte de los textos está en inglés. De todas formas comparto la lista para que vean los nuevos amigos que me traje de Miami.

IMG_2382Chicago – David Mamet
Este fue un gran encuentro que no me habría imaginado, pues ni siquiera lo tenía en mi lista de deseos de Amazon. Ni tampoco sabía de la existencia de esta novela. Las referencias que tengo de Mamet están relacionadas al teatro, donde él se ha desempeñado muy bien como dramaturgo. Me gusta su estilo, fuerte, directo, descarnado a momentos. De hecho estoy pensando tomar su masterclass a ver qué onda. Aun no comencé a leer el libro pero me resulta muy interesante conocer a Mamet en su faceta literaria.

IMG_3748

Frankenstein – Mary Shelley
Por motivo de los 200 años de su primera publicación, las editoriales alrededor del mundo han lanzado la novela en diferentes formatos, con portadas creativas, con la intención de atraer a más lectores. La novela la leí hace muchos años en español pero ahora me seduce la idea de leerla en su idioma original. La pasta dura de tela me hace pensar en los libros antiguos de la biblioteca de mi casa. Tiene un encanto vintage que combina bien con la textura de corazón humano que adorna la portada.

IMG_5525Do the work – Steven Pressfield
Este libro no me encontró. Yo lo busqué, aunque no precisamente a él. Quería leer cualquier libro de Steven Pressfield. Ya he visto y leído varias de sus entrevistas hablando acerca de la creatividad, de la disciplina y del gran enemigo de todo artista: La resistencia. En este libro como en muchos de los otros que ha escrito, habla sobre cómo la resistencia adopta diferentes caras para sabotearnos: Puede traducirse en la familia, amigos, investigaciones eternas, perfeccionismo, distracción, entre otros. Pressfield aboga por una creatividad libre en la que “simplemente” nos dediquemos hacer nuestro trabajo. Si es el caso de la escritura, pues a escribir, si es a pintar, a pintar, y así. Pressfield sabe que a pesar de lo simple que parece esto, es una labor titánica, porque muchas veces no estamos atentos a las trabas que nos ponemos para alejarnos de nuestro oficio. El libro es una lectura deliciosa, bien directa, breve. Lo leí de un sólo tirón en el vuelo de regreso y la verdad es que es un libro de lectura recurrente. Es un gran material de consulta y sobre todo para reflexionar sobre el trabajo artístico que cada uno hace.

Creativity – Mihaly Csikszentmihalyiimg_8035.jpg
Este libro sí estaba en mi lista de pedidos pero no era una prioridad. Me bastaba un poco con la charla TED que dio el autor sobre la creatividad, las reseñas de sus libros y varios de sus consejos presentes ya en su libro más conocido Flow. Pero al verlo en la estantería mientras buscaba otro libro que de hecho no encontré, Creativity me saludó y no pude decirle que no. Es un libro que no ve la creatividad como algo exclusivo de genios torturados sino como una capacidad humana (y por tanto para todos) que está más relacionada con el vivir el aquí y ahora, disfrutando todo lo que se pone al frente. Cuando termine de leerlo haré un review especial sobre el libro, que es un pequeña joya.

IMG_9295Chicken soup for the soul – Inspiration for Writers
Chicken soup for the soul es una colección de libros que recogen, bajo alguna temática específica, las historias verdaderas de gente común relacionadas a ese tema en cuestión. Son libros que tienen más un carácter de autoayuda pero las historias son muy interesantes. En el caso de Inspiration for Writers, hay muchas historias de vida (muy diferentes unas de las otras) que están muy bien escritas y la verdad resultan muy motivadoras. Lo bueno también es que como son historias independientes, se pueden leer al gusto del lector, sin tener que llevar un hilo conductor.

On Writing – Bukowskiimg_9200.jpg
En este libro, editado por Abel Debritto, tenemos acceso a una selección de cartas que escribió Bukowsky a amigos, conocidos y en las que inevitablemente terminaba hablando sobre la escritura y sus procesos. Son cartas en las que, como no podía ser de otra manera, queda en evidencia la personalidad feroz de Bukowski. También es una lectura que se puede disfrutar de manera no lineal, así que se puede elegir cualquiera (amo esta manera de leer, que sin duda es menos comprometida que leer una novela o un non Fiction con hilo conductor).

img_2124-e1528945712941.jpg
Stranger than fiction
– Chuck Palahniuk

El famoso autor del libro que luego se convirtió en película, Fight Club, se sumerge en un libro de no ficción para compartir historias reales que reflejan de una u otra manera, el oficio de la escritura. Palahniuk como ya ha dejado ver en sus entrevistas, no tiene tapujos en sus comentarios y se ubica en el lado de los escritores rebeldes del momento.

 

Why I Write – George OrwellIMG_3819
A través de la colección Great Ideas, la editorial Penguins Books, ha empezado a publicar una serie de libros de grandes pensadores de todos los tiempos como Charles Darwin, Seneca, Marco Aurelio, Nietzsche entre otros. En el ámbito literario no podía faltar el gran George Orwell. Esta edición se compone de tres ensayos escritos por él y el primer que abre (que además toma el título del libro) es sobre su pasión por la escritura desde su infancia. (Sí, muchos de estos libros de Miami tienen que ver con el acto de escribir).

img_6916.jpg

The artist’s way every day – Julia Cameron
Este libro funciona como una especie de complemento a El Camino del artista, que es un texto terapéutico esencial para todo artista que se siente bloqueado e incapaz de seguir con su oficio. En El Camino del artista, propone una serie de lecturas y ejercicios a lo largo de doce semanas que buscan rescatar al niño interior creativo y juguetón que todos llevamos dentro. En este nuevo libro, Cameron propone un pequeño texto para leer diariamente durante un año (viene acompañado con el día y el mes) con el objetivo de recordarnos que tenemos que estar enfocado en hacer el trabajo. Su escritura es fluida, algunos días habla en primera persona desde su propia vivencia y en otros habla en “nosotros”, porque al final todos somos espejos de los unos y los otros. Una gran lectura ligera para empezar el día (recomiendo leer El Camino del Artista primero para que le saquen más provecho).


The little book of Mindfulness
– Editado por Tiddy Rowanimg_5365.jpg
Una hermosa edición de bolsillo con portada de tela. El solo verlo ya provoca relax e invita a recorrer sus páginas. Se trata de una serie de pensamientos que se enfocan en el mindfulness intercalados con pequeños ejercicios de meditación de diferentes clases. Es un libro que puede funcionar como una buena herramienta de trabajo para hacer un paréntesis entre el trabajo y la vida cotidiana.

Tengo nuevos amigos de viaje para leer. En estos tiempos estoy leyendo más libros de no ficción y especialmente en el ámbito de la escritura. Y todos los encuentros librísticos se relacionan con eso. Que la sincronicidad de la que hablaba Jung siga proporcionando más lecturas así.