Saudade de Domingo #104: Gracias, chicos

Esta semana tuvo lugar uno de los momentos más esperados del año universitario: la defensa de tesis de mis estudiantes de grado. Fueron casi siete meses de trabajo arduo, de revisión teórica profunda, ocho semanas de campo, de reuniones semanales. Lo más difícil sin duda fue tener a cargo, cual papá, a nueve estudiantes tan disímiles entre sí.

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Ya más relajados, luego de la defensa.

El viernes 30, día de la sustentación, me desperté a las 5 am (cosa rara en mí). Sólo me pasa eso cuando hay algo apremiante, cuando el corazón rebosa de ansiedad por alguna razón. Esta presentación era importante para mí, era como si fuera yo el que defendiera su tesis. A esa hora de la mañana, con un sol perezoso, recordé mis defensas tesis personales: la de licenciado y la de master. Era la misma ansiedad, aquel temor mezclado con pasión, con ganas de compartir con el jurado mi proyecto. Era también la misma ansiedad que me da cuando estreno una obra, cuando todas las cartas están echadas y hay que seguir adelante. 

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Una noche en Artur’s Café de Las Peñas, reunidos con los chicos por la visita de la asesora de la investigación, Ana Wortman. Además, Marina, gran actriz y una de las fundadoras de la Universidad Casa Grande.

También recordé que me reuní con varios de ellos, al inicio del año, para comentarles que quería investigar sobre los consumos culturales de la gente que acude a los sitios de entretenimiento en el barrio Las Peñas. Algunos de ellos se engancharon inmediatamente, otros creo que no entendían bien de qué se trataba eso de consumos culturales, pero apostaron por mí y por el proyecto. Mi sorpresa fue que el proyecto tuvo mucha acogida en la universidad (más de 80 estudiantes lo habían colocado como primera opción) y del departamento de investigación me pidieron que acogiera a 9 estudiantes (en principio había puesto 6 como máximo). 

Tenía muchas dudas de cómo manejaría a tantos estudiantes. Como profesor y guía de tesis de años anteriores sé bien que en estos procesos no solo se aborda la parte académica sino también la personal. Cada estudiante es un mundo y el desafío es siempre traerlo, enamorarlo del proyecto, explicarle que a través de este proyecto está forjando en cierta medida su futuro. La clave sin duda es la confianza. Yo debo confiar en ellos y ellos deben confiar en mí. Sin eso no hay proyecto que aguante, no hay dedicación, no hay perseverancia, no hay amor.

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Gracias querida, por compartir esta aventura académica

Este proceso no habría sido posible sin mi codirectora, Belén, quien muchas veces tomó el rol de mamá con los chicos. Conciliadora, paciente, estricta a momentos pero más dulce que yo, sin duda alguna. Como en otros proyectos, hemos formado una pareja académica que funciona. Negociamos, conversamos sobre los chicos. Muchas veces creímos que íbamos a fracasar, pero como ya nos ha pasado en otros procesos de la vida, hay que confiar y dar un paso cada vez. Con Belén tenemos el mismo grado de compromiso con el trabajo, cosa que no es habitual en compañeros de trabajo.

El viernes por la tarde, como papá, estuve sentado en el público viendo la defensa de cada uno de los chicos. Había que luchar contra el reloj para que no se extendieran más de la cuenta. Quería estar ahí adelante con ellos para resolver algún trastabilleo producto de los nervios, pero ahí entendí que el amor de profesor, al igual que cualquier otro tipo de amor, es soltar y confiar. Yo debía confiar en ellos, en sus horas de ensayo, en el proceso personal de cada uno. Estuve una hora y treinta y cinco minutos en ascuas, con la respiración retenida, la garganta apretada. Luego vino la ronda de preguntas del jurado. Me emocioné mucho al ver cómo defendieron su proyecto, cómo se apropiaron de la teoría, cómo describieron sus noches de campo en medio de la farra de los guayacos en Las Peñas. Me sentí orgulloso de ellos y también agradecido por haber elegido mi proyecto de investigación para titularse, por confiar, por dejarse “afectar” por el camino. Lo más lindo, además de la defensa, fue verlos seguros, armados como equipo, hermanados. Eran una fortaleza de seres humanos valiosos que atravesaron el umbral del aprendizaje. El jurado, sensible ante el compromiso, dio un feedback positivo, entusiasta. Belén y yo ya podíamos respirar más tranquilos.

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El abrazo fraterno de los chicos, luego de la defensa.

Después vinieron las notas finales, los abrazos, las felicitaciones. Una sala llena de familiares y amigos orgullosos. En medio de las fotos y las charlas recordando anécdotas, pensé en que lo que estaba sucediendo era un poco mi “culpa”. En un arranque de locura decidí que sería chévere investigar los consumos en el barrio Las Peñas y mi asesora Ana Wortman, durante una charla de café en Buenos Aires, me dijo que sería estupendo estudiar ese barrio y me llenó de un montón de referentes en menos de diez minutos. Pensándolo no es que sea mi “culpa” como tal, creo que componentes del tiempo y del espacio se conjugaron para que todos pudiéramos aprender juntos. 

No es un lugar común decir que los estudiantes enseñan a veces más de lo que uno como profesor puede hacerlo. Este grupo me ha aportado mucho, me he visto reflejado en algunos de ellos, he aprendido de sus reflexiones, de sus angustias. Lo más grato de todo esto, es haber superado las dificultades, haber llegado a la hora cero y sentir que he ganado unos nuevos amigos. Siempre guardaremos este proceso en el corazón, como cuando me encuentro con compañeros actores y recordamos los largos ensayos y las presentaciones. Es como si quedara un código cifrado que solo los involucrados podemos identificar y leer. 

Gracias, chicos, por enseñarme tanto.

Saudade de Domingo #98: Regresar al alma mater

El 16 de abril de 2004, marcó sin saberlo, un antes y después en mi «formación» de personalidad. Fue mi primer día de clases en la universidad y aunque estaba consciente a mis 18 años de la nueva vida que empezaría, no sabía en ese momento lo importante que sería para mí iniciar mis estudios de Comunicación Audiovisual en Casa Grande.

Como ya conté por acá, la escuela y el colegio no fueron etapas muy agradables. Siempre me sentí muy ajeno, diferente a mis compañeros. Al entrar a la universidad conocí a mucha gente con mis propios intereses y obviamente gente muy diversa pero con la que podía establecer comunicación a otros niveles. Aprendí en la universidad el respeto a la diferencia, aceptar a los otros y lo más importante, aceptarse a uno mismo con ese puñado de virtudes y defectos que cada uno carga a cuestas.

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Ayer sábado se celebró en la universidad una jornada de integración de ex alumnos, llamada Puerto Toronja, a modo de continuación de Puerto Limón y Puerto Naranja. Son actividades lúdico-pegagógicas que todos los estudiantes de la Universidad Casa Grande realizan en diferentes momentos de su carrera. Son actividades que buscan durante un día o dos colocar a los estudiantes en escenarios profesionales que simulan la vida real a través pedidos de clientes reales o ficticios. Aunque son actividades «serias», llevan el distintivo lúdico que caracteriza a Casa Grande. Cada Puerto viene acompañado de una temática, que es un pretexto para transformar físicamente la universidad y una excusa para disfrazarnos todos (y cuando digo todos, va desde la cúpula directiva hasta los estudiantes, pasando por el personal administrativo y docente). Así, a lo largo de ya 25 años, la universidad ha tenido puertos con temáticas como Star Wars, los Aztecas, Juego de Tronos, los Vikingos, entre otros.

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IMG_9347Puerto Toronja surge como un proyecto final de alumnos de tesis con la idea de reunir a los ex alumnos, a aquellos que hoy son ya profesionales y que muy en el fondo de sus corazones recuerdan con cariño a la universidad y a las actividades que en ella realizaron. Ayer se vivió una jornada interesante de muchos ex alumnos, de diferentes generaciones pero teniendo en común ese espíritu casagrandino: descontracturado, divertido, creativo, sagaz, investigador.

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Souvenir de Puerto Toronja. El relojito de abajo era el «terror» de las presentaciones que hacíamos cada semestre en la instancia de Casos, una actividad en la que se suspendían las clases durante dos semanas para realizar un proyecto en grupo.

No pude participar del puerto porque tuve que dar clases durante la mañana ahí mismo en Casa Grande, pero sí pude ver las últimas actividades y la fiesta posterior. Fue lindo reencontrarse con amigos de otras épocas, con profesores que ahora son colegas, ex alumnos que ahora son profesionales también. Tuve saudade de mis tiempos de estudiante, de pelo largo, de jeans rotos, barba tupida y de grandes sueños. En medio de la música, de las charlas de recuerdo, de las cervezas, pensé en todos los años que llevo en la universidad desde que empecé en ese 2004. Le debo mucho de lo que soy a Casa Grande. Puedo ser serio y cómico a la vez, estricto y permisivo, investigador y creativo, paradojas habituales con las que convivimos profesores y estudiantes en la universidad. Casa Grande es una universidad pequeña, de corazones grandes y cabezas brillantes (sorry la poca modestia). Tratamos de hacer posible lo imposible en una ciudad tropical como Guayaquil y siempre buscamos generar algún cambio, que es algo que todos aprendemos desde nuestro primer día de clases. Lo viví desde mi primer día de clases como estudiante y es lo que intento hacer ahora desde la docencia.

No exagero cuando digo que debo mucho a Casa Grande en cuanto a mi personalidad. Hice muchos cortos escritos y dirigidos por mí, pasé muchas horas en su biblioteca, me enamoré varias veces en sus pasillos, pasé madrugadas haciendo proyectos, ensayando obras de teatro. Terminada la carrera a fines del 2008, mientras trabajaba en un canal de TV empecé a dar clases y como pocas veces en la vida, fui firme con ese canal al decirle que no pensaba quedarme nunca horas extras, porque tenía mi compromiso como profesor con Casa Grande. Luego en el 2012 me fui a hacer mi maestría a Argentina y tres años después regresé a Ecuador, gracias a Casa Grande, que confío a ciegas en mí para abrazarme nuevamente.

No sé si estaré toda la vida en Casa Grande pero claramente es esa madre académica, que  cobija, protege, que sabe soltar y que siempre estará feliz de recibir de vuelta a sus hijos. Pensar en la universidad siempre me hace sonreír y vivir jornadas como la de ayer ma despertaron una oleada de recuerdos.

Fue una sobredosis de saudade, de la buena.

Desde esta ventana

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Facultad de Derecho, UCA. Octubre-Diciembre, 2014. En una de las amplias salas del último edificio de la universidad, contemplaba Puerto Madero mientras escribía los guiones de la serie de TV con la que me gradué de Magíster en Comunicación Audiovisual.

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Tesis, cuenta regresiva (Parte 1)

Trataré de contar mi proceso de tesis en once instancias. Acá van las primeras 4.1

He dejado este espacio abandonado por algún tiempo. Razones sobran. Muchas y todas se resumen en una palabra: Tesis. Un proceso largo y azaroso que empecé más o menos en febrero de este año, pero que ya venía craneando desde finales del 2013. Cuando pienso en la génesis del proyecto, donde todo era un atisbo y lo que más había era ganas de crear algo que no tenía muy claro, me doy cuenta del largo camino andado. Crear una serie policial de TV de la mano de una investigación profunda, exigía de mí una inmersión total en un género del que si bien era simpatizante nunca me sentí un fan acérrimo.