Saudade de Domingo #97: La extrañeza del viaje

Viajar es una adicción. Y no solo en el sentido físico de viajar, sino también en el imaginario: fantaseando con viajes a nuevos destinos o recordando los ya recorridos, que es también otra forma de fantasía. Con cada viaje tengo siempre la sensación de crecer un poco. Me voy llenando de experiencias y por consecuencia, tomo un poco más conciencia de mí mismo. Como ya conté de mi viaje inesperado a Quito, ese fin de semana de desconexión me permitió ahondar en mis propias expectativas. En uno de los pequeños descansos que me tomé mientras escribía, me encontré con una frase de Ítalo Calvino acerca de los viajes de la cuenta brasileña @achadoselidos.

«Al llegar a una nueva ciudad, el viajante reencuentra un pasado que no recordaba que existía: la sorpresa de lo que dejó de ser o dejó de poseer se le revela en los lugares extraños, no en los conocidos». 

No creo que las cosas lleguen por casualidad así que sentí que esta cita de Calvino me hablaba a mí directamente. De alguna forma me interpelaba y mientras meditaba sobre la frase, me fui dando cuenta de su exactitud. De repente, mis pequeños cambios de ánimo en mitad de un viaje o el fastidio que siempre me produce el primer del itinerario a pesar de mi amor por la aventura, empezaban a tener sentido. El sentirme diferente y ajeno a un lugar, me obliga a mirarme, a observar en qué me diferencio o simplemente por qué tengo la sensación de ser un foráneo. Y no basta con pensar solo en la nacionalidad que indica el pasaporte. Tiene que ver con ese yo en el interior que puede sentirse ajeno en su propia tierra y en casa a miles de kilómetros de distancia. IMG_8738Trasplantarse en un viaje es mirarse. Darse la oportunidad de caminar, de impregnarse del aroma de otra ciudad, de escuchar a la gente en las calles, implica siempre cuestionarse y no siempre es agradable. Especialmente cuando se viaja solo, se toma conciencia de la propia fortaleza. Es necesario soltar lo que no sirve y atesorar una imagen, un aliento, un sabor. Llenarse quizás de cosas «menores» en un mundo donde cada vez nos miramos menos. Y claro que puede ser doloroso darse cuenta de quién es uno en determinado momento, lejos de casa. Recuerdo en unos de mis viajes a New York, haberme sentido desolado en medio de la gente en Times Square. Fueron apenas unos cuantos minutos en lo que no paré de preguntarme qué me pasaba. Estaba en la capital del mundo, rodeado de gente de nacionalidades infinitas, con música por todas partes y flashes por segundo. En ese escenario me sentí abrumado no tanto por ese exterior apabullante y sí porque estaba pasando por una crisis sentimental, una ruptura y de alguna manera Times Square me hizo mirarme en su espejo.

En la misma ciudad, en otro viaje, recuerdo haber tenido la sensación de plenitud y felicidad pura al caminar en invierno por la calle 42 hacia la Quinta Avenida. No había nada en particular que me hiciera «feliz» en ese escenario pero fue como si de pronto sintiera que estaba en el lugar indicado y que todo aquello que sucedía no se lo debía a nadie. Era fruto de mi esfuerzo, de mi trabajo, de mis ganas. Quizás dos copas de vino previas ayudaron a despertar esa conciencia del aquí y ahora.

Algo similar me sucedió en Madrid. Desde el primer momento me sentí en casa, como si regresara a un lugar que ya conocía y a pesar de mis recorridos en solitario, siempre me sentí en compañía. Estaba feliz, eufórico y apenado también al pensar que ese viaje iba a terminar.

Viajar siempre me sorprende con recuerdos ocultos en el caché de mi memoria. Alguna canción, alguna frase, calle o persona me activa un recuerdo y del azar depende de que esa memoria sea alegre o dolorosa. De cualquier forma es siempre nostálgica y no siempre quiero mirarla o procesarla. Ahí el shopping funciona como un extintor momentáneo y me llena de una falsa felicidad (aun sabiéndolo, lo hago).

De modo que en ese viaje a Quito, en el que buscaba específicamente reconectarme conmigo, apareció Calvino a través de una cuenta de Instagram, para darme una mano en mi búsqueda. Sigo pensando en la frase, en su densidad, pero bueno, al menos este escrito funciona como un primer acercamiento.

Saudade de Domingo #96: Viajar y el dolce far niente

Uno de mis mayores sueños, de esos que se acarician por las noches antes de dormir con la esperanza de volverlo realidad, es subirme a un avión sólo con una mochila, llegar a una ciudad que conozca y simplemente dejar que las horas pasen. Caminar si quiero, entrar a un café si me da ganas, dormir el día entero si lo necesito.

Normalmente entiendo los viajes como una carrera contra el tiempo en ese deseo voraz de verlo todo, probarlo todo, registrarlo todo. Pareciera que entonces viajar para mí sería un «deber ser», una obligación. Nada más alejado. Lo disfruto mucho y me mentalizo para vivir ese lugar desde sus arterias, aunque luego la energía de la ciudad me deje devastado.

Recientemente viajé a Quito casi de incógnito. Comenté con pocas personas que me iba para allá. Al principio el viaje tenía otro propósito pero por razones externas no pude cumplirlo, así que me quedé con el ticket de avión y un hotel reservado. Debía viajar aunque no quisiera.

Fue una de esas raras ocasiones en las que viajo sin ganas (las otras dos veces, casualmente también fueron a Quito) pero para esta nueva experiencia decidí traer mi sueño a la realidad. Conozco relativamente Quito, de modo que me apetecía más no hacer nada, dejar que las horas pasen y hacer algo que, como comenté en otro post, no suelo hacer cuando viajo: escribir.

IMG_8579Tres noches en Quito fueron suficientes para mirarme, escucharme en el silencio y conectarme con los personajes de una obra de teatro que estoy escribiendo. Sólo salí la mañana del segundo día para comprar provisiones, caminar un poco y volver a mi encierro. Al tercer día me vi con un amigo a tomar una cerveza y volví a mi encierro creativo. La verdad fue maravilloso dormir, escribir, salir un poco, volver y seguir escribiendo. Tenía la sensación de estar en mi propia película y sólo salía a la ciudad para tomar aire. Aunque estaba solo físicamente, tenía a todo un ramillete de personajes a mi alrededor que se iban dibujando en la pantalla mientras me mostraban el camino de su historia. A veces esto puede asustar un poco, pero cuando me pasa, recuerdo las palabras de una amiga actriz a propósito de la creación de un personaje: «A veces no es mucho lo que tienes que hacer, debes aflojar y dejar que la magia haga su trabajo de creación. El problema es que a veces asusta, pones resistencia y todo se diluye».

Qué sabias sus palabras y tan oportunas. Me han servido cuando he tenido que enfrentarme a un proceso creativo complejo y en Quito las recordé con cariño. Dejé que las cosas fluyan mientras tenía al paisaje andino como guardián de mis pensamientos. Las páginas fueron pasando, fui tomando apuntes para recordar acontecimientos que escribiría después, fui seleccionando palabras, entonaciones para cada personaje.

Regresé con la satisfacción de haberme aproximado un poco a ese viaje de desconexión o más bien de mucha conexión conmigo, sumergiéndome en las aguas de mi propio ser. Es otro tipo de viaje que espero repetir pronto, así sin más, de un momento a otro, para darme un encerrón conmigo mismo.

Saudade de Domingo #95: La película de mis papás

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El miércoles 5 de septiembre mis papás cumplieron 37 años de casados. La fecha no evidencia los 6 años de relación previa, por lo que sumando todo, llevan juntos más de 40 años unidos desde el corazón. Digo desde el corazón, porque esos primeros seis años estuvieron mediados por la distancia geográfica. Mi padre vivía acá en Guayaquil y mi madre en Santa Marta (Colombia). Las cartas de dos jóvenes enamorados iban y venían con promesas de amor, relatos familiares, proyectos e incluso discusiones (es que si no había cómo pelear había que hacerlo por carta).

La historia de mis papás es una suerte de película interactiva. Mi papá tiene una versión de los hechos más pragmática, más generalista y menos dulzona (aunque en las cartas se evidenciaba un Rimbaud guayaco); mi mamá en cambio tiene una versión más detallada, de mirada aguda y romántica ante todo. Mis tíos, tienen la versión de testigos, que observaban ese amor juvenil, sin imaginarse quizás que aun estarían escribiendo su historia 37 años.

 

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Mis papás se conocieron en una fiesta en Guayaquil en 1975. Mi mamá, colombiana, venía a conocer a la familia ecuatoriana de parte de mi abuela. Tenía entonces 17 años y era su primer viaje «largo». Mi papá, de 19 años, guayaco hasta los huesos, estudiante de Derecho y músico en sus tiempos libres, aquella noche de fiesta dudaba si debía ir o no (la vida bohemia y la de estudiante responsable es una combinación difícil de llevar). Sin embargo, un impulso de último momento lo hizo salir de su letargo y se dispuso a ir a la fiesta. Probablemente el hilo rojo del amor del que habla la leyenda asiática fue quien lo espabiló y en un susurro inconsciente le dijo que esa noche en particular tenía que asistir.
Durante la noche mi mamá bailaba con otro joven y mi papá con otra chica. Se miraban por encima de sus parejas de baile. Algo empezaba a gestarse y según mi mamá, fue amor a primera vista. No hablaron durante la fiesta, sólo se miraron. Ya más adelante, cuando mi mamá decidió irse de la fiesta, mi papá fue tras ella. Mi mamá un poco asustada corrió hasta entrar en el auto de uno de sus primos. Ya «salvada», le sonrió a mi papá a la distancia y se despidió balanceando su mano. La primera carta estaba echada y empieza el nudo de la historia.

10947412_10153247763912491_4571813623553746487_o.jpgEl amor había hecho su primera jugada y mi papá no iba a quedarse tranquilo. Como buen personaje complejo, iba a hacer todo lo posible para saber quién era esa chica de larga cabellera rubia. Supo que un compañero del colegio era primo de ella. No eran tan cercanos en la época, pero el primo de mi mamá siempre fue de esos acolitadores, vivaces, buena gente y no tuvo problema en ser un personaje ayudante dentro de la historia. Indirectamente a él le debo que mis papás pudieran acercarse.

Mi mamá tenía su visa de turismo por tres meses, la extendió (ya sabemos por qué) y terminó quedándose casi un año. Luego a su vuelta a Colombia, empezó sus estudios en Publicidad, mi papá continuó estudiando Derecho. Las cartas, que aun conserva mi mamá, ya amarillas por el tiempo, son testigos mudos de esa relación, en las que me llama la atención la personalidad dubitativa de mi papá y tan soñadora la de mi mamá. La distancia de los años me hace verlos diferentes y encontrármelos por carta, me muestra a dos jóvenes inexpertos, que se movían por un amor que parecía prometedor.

 

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En 1978 mi papá emprendió un viaje por tierra desde Guayaquil hasta Santa Marta. Tres días de viaje, cambiando de colectivo, comiendo en el camino, mientras se acortaba la distancia con mi mamá. Allá en Santa Marta conoció a mis abuelos, a mis tíos. Fue bien acogido por todos. Lo hicieron sentir como en casa. Las fotos del paso de mi papá por Colombia, lo muestran en la vida cotidiana de mi mamá. Ya desde entonces mi papá trabó amistad con mi tío tocayo, que por esos años era un preadolescente y cuya camaradería continúa hasta la fecha.

Como en toda película, siempre hay un momento de crisis. En 1980 tuvieron una pelea que los distanció durante todo ese año. Revisando las cartas a modo de investigador, me di cuenta que no llegaban ni a cinco. En teoría todo había terminado. Mi mamá buscaba organizar una familia, habían pasado ya cinco años y buscaba certezas. Mi papá aun bohemio y estudiante no quería un compromiso serio hasta licenciarse de abogado. Cada uno entonces siguió con su vida, hasta que, claro, el amor habla más fuerte y volvieron las cartas, las llamadas telefónicas y con ellas, el inevitable destino de caminar juntos.

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El 5 de septiembre de 1981, mis papás se casaron por la iglesia. Un mes atrás se habían casado por el civil y antes de eso, se hizo la reunión de cambio de aros. Mis papás cumplieron con todos los protocolos de la época. Veo sus fotos y los veo felices, jóvenes, con aquellos trajes que me hacen pensar en las películas ochenteras. En esas fotos, mi papá tenía 25 y mí mamá 23 años. Mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora (tengo 32). Las fotos me hacen entender la distancia de la época. No veo ni cerca la idea del matrimonio y no creo que cumpliría con ninguno de los protocolos que ellos cumplieron. Me alegro que ellos convirtieron esos protocolos en una filosofía de vida y que sigan unidos más allá de un «deber ser».

 

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Han pasado 37 años de esa unión eclesiástica. Cinco años después, luego de algunos intentos, nací yo. Cuatro años más tarde, mi hermana. Creo que somos una familia como cualquier otra, con sus problemas, sus cualidades. Lo más lindo de esta familia es ver a mis papás amándose y demostrándolo sin pensar que se trata de un deber o de una apariencia. Se aman y lo demuestran en la intimidad de su habitación, en la sala de la casa mientras toman un trago, en la cocina mientras cocinan un domingo a la tarde, cuando ven televisión ya entrando la noche.

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Me resulta curioso que aun con la rutina sigan enamorados y sigan con proyectos. Ahora están muy concentrados en las reformas de su habitación. Entre las cajas que mueven y sacan, brota por ahí alguna que otra foto que delata otro tiempo. Algún artefacto que cumplió alguna función en particular en un momento de nuestra vida familiar. Y así pasan los días, ocupados y felices compartiendo el tiempo juntos. Sus cuerpos no son los flexibles y vigorosos de los 20. Las canas aparecen, la piel se fragiliza pero aun tienen la fuerza a sus 60 para emprender y seguir caminando juntos. Verlos muchas veces me hace pensar que algún día me encantaría encontrar un amor así, para caminar en compañía, sea que esté a la vuelta de la esquina o al otro lado del mundo.

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Gracias a mis papás, siento que estoy listo para amar de la forma que sea. Hay quienes creen que un amor en distintas coordenadas es de tontos, pero yo sí puedo creer que el amor a distancia es posible, ya que yo soy fruto de él.

Un café en las alturas de Quito

“Debes ir al Café Mosaico, vas a ver Quito como nunca antes”, me dijo una amiga cuando le comenté que iba a pasar un fin de semana en la capital. Ella sabe de mi predilección por los cafés y las vistas panorámicas, así que su recomendación fue más que acertada. Revisé el sitio web del café, me enamoré el lugar por las fotos, por lo que no dudé en hacer una reservación para el domingo por la tarde. Un lugar como ese no lo podía dejar de pasar. 

IMG_8705El café, ubicado en la zona de Itchimbía, seduce desde su entrada. Hay una decoración ecléctica entre lo rústico, lo artesanal con una elegancia que da cierta familiaridad. Da la sensación de entrar a casa de algún conocido. Un letrerito en el fondo advertía que la atención se daba en el segundo piso. Llegué cerca de las 14h30 con un sol abrasador que me descubrió una ciudad con todo su brillo. Me indicaron la mesa reservada en la terraza y lo siguiente fue éxtasis puro: El sur de Quito a mis pies, colonial, premoderno, posmoderno con las montañas verdes custodiando la ciudad. Una ligera brisita del páramo paliaba el ardor de los rayos del sol, mientras sacaba las primeras fotos y acomodaba mis cosas. Le agradecía mentalmente a mi amiga por haberme recomendado el lugar. Sin haber probado bocado todavía, ya la visita estaba valiendo la pena.

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Luego vino el menú. Aunque había varias opciones provocativas, terminé eligiendo el Curry Thai (con salsa de coco, albahaca, curry de la casa más arroz y pan pita). Durante la espera seguí sacando fotografías del paisaje, mientras llegaban otros turistas con las mismas intenciones que las mías. No en vano Café Mosaico tiene diez años de existencia en los que ha ganado excelentes comentarios en páginas de turismo internacional y se ha posicionado como uno de los cafés obligatorios para visitar en Quito. En el 2017 obtuvo el Star Diamond Award de la American Academy of Hospitality Sciences, que premia a diferentes establecimientos del sector de viajes y servicios de lujo a nivel mundial. Y sí, estar en Café Mosaico es un privilegio.

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El Curry Thai tenía el grado justo de picante, la salsa curry de la casa era una delicia que hacía un maridaje perfecto con el pollo y el arroz. Decidí tomarme el tiempo para degustar cada bocado. En esa terraza el tiempo parecía quedarse suspendido, flotando sobre la ciudad al compás del jazz, del rock americana de los setenta que servía como soundtrack. En algunas ocasiones suelo ir a los cafés y crear mi propio playlist con el iPod pero esta vez dejé los auriculares guardados y me dejé llevar por la lista propuesta por el café. Fue la mejor decisión.

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Luego de revisar la carta de cafés, me decidí por un frappuccino de la casa. Confieso que no le tenía mucha expectativa y creo que eso ayudó a que la experiencia fuera mucho más sabrosa. Tuve que frenarme para no terminarme el frappuccino de un solo trago. Con el sol fuerte que inundaba la terraza, esa bebida fría era un néctar. Era la combinación entre lo amargo y lo dulce, lo denso y lo suave. De buena gana hubiera pedido otro pero después del banquete, lo mejor era seguir contemplando la vista, escribir un poco, dejar que las nubes descubrieran y ocultaran el sol a su voluntad. 

Ya a la partida me fui con la misión de regresar, quizás en un futuro cercano. Me he quedado con la curiosidad de estar en el café por la noche, cuando la ciudad parece una alfombra de luces en medio de la oscuridad del firmamento. Queda pues la cuenta pendiente y abierta para degustar otro plato, sacar más fotos y tomar otra vez el frappuccino de la casa.

Café Mosaico: Calle Manuel Samaniego N8-95 (Itchimbía, Quito)

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Saudade de Domingo #94: Escribir es dejarse guiar (a la nada, probablemente)

“Hay que sentarse frente al teclado, escribir una palabra después de la otra hasta que esté terminado”, así sintetiza Neil Gaiman el proceso de escritura y aunque reconoce que parece tan fácil y simple decirlo, en la práctica es un acto complejo. Así como muchos escritores, siempre he pensado que la escritura es un estilo de vida, una decisión, una prueba de valentía. No es fácil sentarse elegir palabras escuchando al silencio. 

En mis clases de guion siempre les digo a mis estudiantes que es importante escribir, aun cuando no siempre haya una historia que contar. Vale la escritura tipo diario, carta, crónica, lo que fuera, pero lo importante es familiarizarse con la soledad del escribir. García Márquez decía que la escritura era quizás la acción más similar a la levitación y yo coincido (aunque nunca haya levitado). Escribir como cualquier otro acto de creación tiene que ver más con el fluir, el dejarse guiar. Es decir, no poner resistencia ni tampoco asustarse cuando en el proceso surjan líneas que parecen hablar de algo jamás imaginado.

En las últimas dos semanas, luego de mi regreso de Argentina y Chile, empecé oficialmente la escritura de una obra de teatro que ya me martillaba la cabeza desde marzo. Durante meses me limité a tomar apuntes, hacer descripciones de ciertas situaciones que pasarían durante la obra, perfilé personajes pero como estaba con mucha carga laboral en la universidad y con una obra como actor, no encontraba el tiempo para desarrollar la historia. Sí tenía tiempo para escribir la columna dominical de acá, la crónica de algún viaje, pero para la obra, que es un tipo de escritura más demandante, no encontraba el momento.

De modo que cuando regresé de viaje, me propuse que pasara lo que pasara, iba a empezar la obra. La idea era iniciar un sábado pero inconscientemente me llené de actividades con el único pretexto de posponer el inicio. El domingo era la única opción. Me senté un poco nervioso, ansioso, repasé todos los apuntes que tenía. Escuché algunas canciones que me acompañaron durante la época que tomaba apuntes pero se me hacía pesado empezar con la escena 1. 

Faltaba poco para darme por vencido y decir “empiezo el otro finde”, cuando casi que por rebeldía decidí escribir una escena entre dos personajes de la obra. No sabía si la iba a usar o no, ni en qué momento de la trama aparecería, pero me lancé a escribirla. Y fue ahí cuando todo “se armó”. La escritura de la escena fluyó y me llevó a otra escena, a otra y yo apenas si podía controlar el flujo de información que los personajes me iban dando. Parecía que ellos me dictaban lo que tenía que escribir. 

Horas después ya en una escritura más reflexiva preguntándome por lo que había pasado, me di cuenta que ese domingo no había empezado a escribir la obra. Había comenzado meses atrás, en esos esbozos de diálogos, de escenas inconclusas que había escrito en medio de la noche, a la mitad de un viaje o en algún mientras caminaba hacia algún lugar. Durante meses fui creando el universo de la historia, abonando la siembra que empieza a crecer ahora. Me dejé sorprender por mí mismo y sin pretensión alguna escribo la obra, como si terminarla fuera concluir una competencia 5K o fuera una especie de titulación académica. Fluyo con lo que escribo, dejo que los personajes marquen el ritmo hasta concluir el primer borrador de guion. 

No sé qué saldrá de esta obra, no sé a dónde me están guiando los personajes. Lo que tengo claro es que voy colocando una palabra después de la otra hasta que la obra termine de escribirse. 

Los libros que dejó Santiago

Así como compartí acá los libros que dejó Miami, ahora les traigo los libros que compré en Santiago. La verdad no tenía previsto comprar ahí, pues en Buenos Aires compré muchos, pero bueno, la tentación es grande y ahora que he empezado a desarrollar una capacidad para leer más rápido, debo tener más libros a la mano.

Mi objetivo de compras de libros en Chile fue principalmente conocer más sobre la cultura del país. Si bien es un país cercano al mío y tengo amigos chilenos, mis conocimientos a nivel de cultura sobre Chile son pocos. De modo que me sumergí en los estantes de la Librería Antártica, la Feria del Libro y Contrapunto para encontrar diferentes libros sobre la cultura chilena. (Habría querido más pero tenía que pensar en el peso de la maleta).

IMG_8350Breve historia de Chile – Alfredo Sepúlveda
Tenía muchas ganas de encontrar un libro que contara la historia de Chile y luego de bucear en unos estantes de la librería Contrapunto, encontré este libro. Cuando lo vi no lo dudé: ese era el libro que necesitaba. Creo que en realidad el libro me encontró. No tenía idea en ese momento del autor pero aun así decidí comprarlo. Se trata de un libro que en 600 páginas recorre la historia de Chile desde su conformación geográfica hace 65 mil años hasta la revuelta estudiantil del 2011. El autor es el periodista chileno Alfredo Sepúlveda, que ya ha escrito libros anteriores sobre hechos históricos. Vi una entrevista que le hicieron en CNN Chile a propósito de este libro y la verdad me sorprendió. Si tienen la oportunidad de comprar el libro, no lo duden.

IMG_8352¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos? – Darío Rojas
Sin duda alguno el acento chileno es uno de los mayores distintivos que tiene este país. Su particular cantado agudo, las palabras cortadas y los clásicos «hueon», «cachai», le han dado la fama de ser un español difícil de entender al punto que en varios países subtitulan sus películas. El filólogo Darío Rojas, quien es un estudioso del lenguaje de su propio país, hace un análisis histórico y lingüístico sobre el habla chilena, de la que existe el mito que es un español mal hablado. Se trata de un libro ameno, producto de una investigación profunda y que sirve para conocer mejor la cultura chilena.

IMG_8351Diccionario Mapuche – Artemisa
Tenía muchas ganas de un diccionario de la lengua del pueblo mapuche (mapudungún). En Santiago es común ver palabras escritas en esa lengua, hay nombres de calles, hechos históricos importantes que tienen que ver con el pueblo mapuche, así que me puse a buscar un buen diccionario. Vi algunas ediciones pero no me terminaban de cuadrar. Casi desisto de la búsqueda hasta que en la librería La feria chilena del libro, encontré esta edición que no sólo es diccionario sino que trae además un compendio de la historia del pueblo mapuche. Ahora me saqué la curiosidad del significado de palabras como los alfajores argentinos Guaymallén (Mujer doncella), la provincia argentina de Neuquén (arrollador, pujante), la editorial argentina Colihue (caña que crece en la Patagonia) o Guacho (huérfano o hijo ilegítimo).

IMG_8349Cuentos de Alanis – Magdalena Bruna Ruiz.
Este libro tiene una historia particular, pues su autora me vendió su libro en la calle. Estaba tomando un terremoto (trago popular chileno) en el centro de Santiago. En un principio no le di mucha bola pero me llamó mucho la atención la forma en que Magdalena nos «vendió» su libro. De su boca salían palabras que parecían la voz narrativa de un trailer de película norteamericana. Enganchaba con lo que contaba al tiempo que pasaba las páginas de su libro. Mientras hablaba la busqué en Google y fue así como supe que ya tenía casi 5 mil libros vendidos en la calle, que era profesora de Danza y que había renunciado a un call center. Me fascinó su historia y mis amigos y yo le compramos su libro. Nos dedicó su libro con mucho cariño y ya con un poco de alcohol encima la invité a tomarse una foto con nosotros para congelar el momento.
Por si quieren saber más sobre ella acá va un link.

Y estos dos últimos dos libros son una «yapa» pues no están relacionados para nada con Chile y los compré sólo para no perder la oportunidad. Se me cruzaron al frente y no quise dejarlos pasar.

IMG_8355Memorias – Roman Polanski  y Espíritu creativo – Daniel Goleman, Paul Kaufman y Michael Ray.
Aunque esta autobiografía de Polanski apareció originalmente en 1981, luego de los problemas legales que tuvo por la denuncia de acoso sexual a una menor en Estados Unidos, impidió la circulación del libro durante varias décadas. En el 2017 la editorial Malpaso de Barcelona lanza una edición del lujo de sus memorias. La pasta dura, los filos dorados de las hojas, el olor de sus páginas y su versión ebook gratis, son algunos de los añadidos irresistibles para comprar esta edición.

Y el último libro Espíritu creativo, lo compré ya que sigo indagando en lecturas relacionadas con el tema. Ya leí libros como Big Magic, El camino del artista, Steal like an Artist, Atrapa el pez dorado, Do the work y me interesa seguir profundizando en el tema. Aunque en esencia casi todos hacen los mismos análisis y dan consignas similares, me gusta entender los conceptos desde diferentes miradas. Como no había visto esta publicación en ninguna otra librería (ni sabía que existía), decidí comprar el libro.

Sumo ahora más libros por leer. En una próxima entrega hablaré sobre los libros que dejó Buenos Aires, que también fueron algunos.

 

Recorriendo la librería Antártica en Santiago

Siento un placer culposo por las librerías. Culposo porque siempre termino comprando y mi lista de libros por leer aumenta de forma exponencial. La verdad no puedo evitarlo. Es uno de mis puntos obligados cada vez que visito una ciudad, ya que los libros son una forma de entrar y conocer una ciudad, un país. De modo que no podía dejar de visitar librerías en Santiago. Estuve en varias pero quedé gratamente impresionado con la librería Antártica, en la sucursal del shopping Costanera Center.

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Además de tener una gran variedad de libros, el ambiente de esta sucursal es increíble. Da la sensación de estar acobijado por los libros, la decoración de los estantes invita a mirar, a sentarse. Aunque la música es la típica de las librerías (un jazzito chill), recorrer los pasillos fue para mí como entrar en un parque de diversiones. Cada rincón proponía una experiencia estética distinta. Ni qué decir de la gran columna en madera que se une al techo y que es el emblema de esta sucursal de Antártica.

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IMG_9951Me llamó mucho la atención la historia de la librería. Aunque actualmente es la cadena de librerías más grande de Chile, empezó en 1958 como una importadora y distribuidora de libros. Ya en el 1977 lanzaron su imprenta, lo que dio lugar a que dos años más tarde se creara la editorial Antártica. En 1981 aparece Antártica formalmente como librería en el parque Arauco De Santiago. Desde entonces, la librería ha ido creciendo y tiene varias sucursales no solo en la capital chilena sino en Temuco, Antofagasta, Concepción, Viña del Mar. También ofrece la opción de hacer compras por internet.

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Me quedé con ganas de conocer el local principal donde comenzó la librería en el parque Arauco. Si viajan a Santiago no dejen de visitar esta librería. El solo hecho de entrar ya vale pena, aunque es mejor si se compra algún clásico de literatura chilena.

Saudade de Domingo #93: El Santiago que viví

No me refiero a mí como Santiago, sino a la capital chilena, mi ciudad tocaya. Tenía pendiente desde hace varios años no transitarla como escala hacia Buenos Aires y sí desembarcar y recorrerla. Por motivos varios siempre iba posponiendo la visita hasta que los astros se alinearon (en realidad una gran amiga los alineó) y pude quedarme en Santiago por unos cuantos días. Pocos pero suficiente como para tomarle el pulso a la ciudad.

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Américo Vespucio Sur – Barrio Las Condes 

Siempre que llego a una ciudad nueva me pregunto cómo la vivieron personajes a los que admiro. Al llegar a Santiago y recorrer sus calles pensé en los hermanos Parra, Huidobro, Neruda, Bolaño, Jodorowsky. ¿Cuáles serían sus bares, cafés favoritos? ¿Los lugares donde se enamoraron? Podría haber investigado un poco para tener más «certezas» pero preferí que fuera mi imaginación la que fantaseara con esos sitios. Quizás un Bolaño amante de las caminatas por Bellavista, un Huidobro escribiendo en La Piojera o un Nicanor Parra fumando en las inmediaciones de la Plaza de Armas. En mi cabeza funcionan bien estas memorias inventadas.

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Con mi amiga Ingrid en La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda.

Santiago me resultó al inicio familiar y extraña. En medio de las montañas, su arquitectura e imagen en general me hizo pensar en Quito, Bogotá, Cuenca, que son ciudades andinas. Claramente Santiago es una ciudad de cordillera y eso me hacía sentirla próxima. Sin embargo también me resultaba extraña en sus calles, en sus edificios en la gama de los marrones hacia el ladrillo. Como una ciudad nueva, me costó un poco orientarme y más aun en los primeros dos días cuando no logré enganchar una tarjeta SIM que funcionara (compré una de Movistar y fue una desgracia, ni en la empresa pudieron solucionar el problema). Fue clave contar con la compañía de dos amigos ecuatorianos que viven en Chile y me llevaron a los sitios emblemáticos como el Palacio de la Moneda (que es hermoso), la Plaza de Armas, El Barrio Bellavista, conocer el río Mapocho, etc. Amé la ciudad esos primeros días pero aun así la sentía lejana. No lograba entender bien por qué, pues la ciudad estaba siendo el escenario perfecto para reencontrarme con mis amigos. Llegó un punto en que llegué a fastidiarme de Santiago y confieso que pensé en adelantar mi retorno a Buenos Aires. Los viajes en general me colocan en otra sintonía y me vuelvo mucho más sensible al entorno. Y había algo en Santiago que no me gustaba y no comprendía por qué.

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El colorido barrio Bellavista
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En la cima del Sky Costanera

En mi cuarto y último día en Santiago, decidí emprender una caminata en soledad. En unas cuantas horas más tendría que irme rumbo al aeropuerto, así que quería caminar, tomarme el metro solo y hacer las últimas compras (libros, mi gran debilidad). Mi amiga se quedó en su departamento y ya con un buen internet gracias a la compañía WOM, emprendí mi último recorrido. El objetivo principal era subir al Sky Costanera pero antes de hacerlo recorrí la zona. En medio de esa caminata, confundido entre parejitas cariñosas, familias numerosas y personas sumergidas en sus iPods, sentí una tranquilidad profunda al mirarme en Santiago. No es algo que se pueda expresar en palabras exactas pero sentí que estaba físicamente en el lugar indicado. Me sentí querido, acogido por Santiago. El aire andino tuvo entonces otro sabor, la vista difuminada por el smog santiaguino de pronto se disipó, el frío disminuyó. Seguí caminando abrazado, envuelto por Santiago de Chile. Pensé nuevamente en los personajes chilenos que admiro y que amaron, vivieron su ciudad. Pensé también en mis amigos chilenos que viven en Ecuador y que seguro sienten nostalgia de ese vientito de cordillera, de ese sol difuminado, de las casitas coloridas de Bellavista o de una cerveza Kunstmann para amenizar la tarde.

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La vida desde el Sky Costanera, un domingo precioso en el que la cordillera fue mostrando su solemnidad.

Subí al Sky Costanera, contemplé la majestuosidad de las montañas, me sentí minúsculo, indefenso ante esa mole pero también cuidado por el manto protector de Santiago. Di la vuelta en 360 para mirar desde lo vitrales a la ciudad desde arriba. Estaba en paz y hermanado con mi ciudad tocaya. Era como si siempre me hubiera esperado, desde el primer día, para que pudiéramos encontrarnos a solas y emprender juntos un nuevo viaje sorpresa.

Saudade de Domingo #92: La escritura de los otros

Siempre que conozco a alguien, me da curiosidad saber cómo escribe. No me refiero a si escribe literatura o algo creativo (que también me interesa) sino al simple hecho de ir colocando una palabra adelante de la otra. ¿Tendrá faltas ortográficas? ¿Será un obsesivo de las comas? ¿Un amante del sujeto tácito? ¿Alguien que escribe párrafos de una sola frase? La escritura es un proceso tan íntimo y tan vasto que me siento un poco espía cuando llega a mí algún texto escrito por alguien. Como profesor y eventual analista de guiones, he podido leer muchísimos textos, de diferentes naturaleza y siempre hay algo que me llama la atención…

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Mi respuesta

Solo espero que me leas y no me odies

Habría querido dedicarte unas líneas más

Encontrar amaneceres a tu lado

Susurrando canciones, leyendo retratos

en las córneas de un mar ajeno en silencio.

Fueron tiempos difíciles, de pensamientos arañados

Diálogos sordos, sueños en arena

Pero te quiero, no fue en vano

mis palabras no son desesperadas.

Me heriste, es verdad,

aunque palabras duras viniendo de ti

No son insultos sino apenas

las caricias frustradas que no pude darte.

Fue un adiós abrupto, de precipicio sin caída

Te pienso en los minutos que dejamos en suspenso

Quisiera decirte algo más que unas líneas sinceras

en medio de la bruma de las venas virtuales.

Si quisieras y puedes escucharme,

dejo abierta mi línea, sin bloqueos,

por si quieres escribirme de vuelta