Saudade de Domingo #89: La terapia del domingo

Hace algunos meses atrás, en esta misma columna escribía sobre el malestar o el síndrome que me produce el domingo por la tarde. No es que haya cambiado ese problema pero he podido capitalizar mejor el uso del domingo. Siempre he sentido al domingo como un día indefinido: No es un día de mucha actividad como el sábado, tampoco es un día “serio” como el lunes y aunque a veces se hagan reuniones familiares ese día, tampoco hay tanta festividad como si fuera un sábado. Es mi concepción acerca del domingo. Siempre le he encontrado cierta alegría a las primeras horas de la mañana, cuando todavía se sienten los rezagos del sábado por la noche. Pero cuando el domingo va tomando cara de lunes, me resulta asfixiante.

Desde hace varias semanas he empezado a trabajar con un libro que se llama El Camino del Artista y en medio de toda esa labor introspectiva de autoconocimiento, le he encontrado una utilidad al domingo. Ahora es mi día personal, mi día “egoísta”. Es el día que estoy destinando para una escritura libre desligada de algún proyecto en particular, de organizar mis prioridades, de escuchar música, de hacer ejercicio. Es el día que puedo preguntarme cosas, responderlas si quiero; es el día que he elegido para escucharme.

IMG_7642En esta nueva versión de domingo, empiezo la mañana escribiendo algo que Julia Cameron (autora de El Camino del Artista) denomina páginas matutinas (morning pages). Consiste en escribir tres páginas sobre lo que salga, todos los días. Y el domingo no podía ser la excepción. De modo que empiezo con ese trabajo que me lleva aproximadamente una hora. Trato de no distraerme con WhatsApp ni con redes sociales para que sea una escritura profunda. Es curioso la introspección que puede producirse con este tipo de escritura. Siento que los pensamientos se ordenan mejor, emergen en medio de la maraña de tareas que tengo en la cabeza. Me clarifica y me obliga a establecer prioridades.

Luego de esa escritura matutina lo más probable es que tenga material para definir cuáles van a ser las actividades más relevantes durante la semana laboral que empieza el lunes. A veces de esa escritura surgen temas que voy a terminar escribiendo en el blog o en ocasiones sirve para trabajar en una obra de teatro o en un cuento.

Aunque no todos los domingos hago las actividades en el mismo orden, después de la escritura matutina suelo escribir entradas que vendrán a este blog. Algunas veces las dejo reposar unos días y las publico más adelante, a veces siento que deben encontrar la luz enseguida a través de esta columna Saudade de Domingo. En el medio del proceso suelo escuchar música instrumental porque si pongo música que me gusta termino volándome y me distraigo. (Sí, para algunos la música es esencial para escribir, para mí no tanto, me suele llevar a otros mundos y me desapego de lo que estoy escribiendo en ese momento).

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El domingo ahora es el día en el que hago un balance de mi semana. Anoto en mi journal cuáles fueron los hechos más importantes. Puede parecer una bobería pero eso me ayuda para medir si mi semana fue productiva o no y tiene un cierto impacto en las actividades que deseo realizar la semana siguiente. Debo decir que todo esto son guías, no tiene nada de rígido, porque también en el ritmo del trabajo en la universidad las cosas suelen modificarse en el camino.

También trato de incluir dentro del domingo una actividad física de ejercicios (dependiendo de lo que quiera trabajar) y un poco de meditación después. En otras épocas podía meditar media hora, cuarenta minutos, ahora me cuesta un poco más y voy gradualmente. Actualmente estoy usando la app Headspace, que propone meditaciones de 3 a 5 minutos. Convertirlo en un hábito diario trae mucha satisfacción con el paso de las semanas.

Ya por la tarde, a eso de las cuatro suelo ver alguna serie o película. Después de terminar la segunda temporada 13 reasons why, esta semana he pasado viendo más películas hasta encontrar una serie a la que me quiera dedicar.

Ya cerca de las 5, 6 de la tarde escucho un poco de música, veo algo de tele, leo algo interesante (estoy terminando ahora Big Magic y leyendo varios libros de no ficción). Por la noche, después de cenar algo ligero, dedico una hora aproximadamente al aprendizaje de japonés. Puede que estudie el Hiragana (uno de los sistemas de escritura en japonés) o aprenda algo de vocabulario. Hoy creo que optaré por reforzar el aprendizaje de los números.

Así que mi domingo ha pasado de ser un día tortuoso y aburrido para convertirse en algo egoístamente productivo. No quiere decir que haya superado el síndrome del domingo por la tarde, pero puedo manejarlo mejor ahora. A veces a eso de las seis, siete de la noche me asalta esa sensación pero al estar imbuido en mis actividades, no tengo tiempo para pensar en la agonía del domingo.

Saudade de Domingo #72: Volar

Llevo casi un mes sin escribir en este espacio. Fueron semanas agotadoras. Semanas de endiablada escritura de guion, revisión de trabajos de alumnos, mandar proyectos  a convocatorias. Cada domingo me agarraba la culpa de no poder escribir y me consolaba pensando que a pesar de no publicar nada por acá, igual seguía en el ejercicio de la escritura que no necesariamente se traduce en algo para compartir inmediatamente.

En todo caso, ya son vísperas navideñas, el año se esfumó en un soplo y entre todas las cosas que me sucedieron en estos doce meses, creo que la única conclusión que puedo sacar como lección para el 2018 es que siempre hay que volar. En el sentido de alzarse, apartarse un momento de la tierra y mirar desde las alturas, recorrer distancias mayores y vivir la aventura del viaje. Para volar no es imprescindible un avión ni tampoco sustancias psicotrópicas. Lo único necesario es tener las ganas de arriesgarse y permitirse ser sorprendido por el viaje.

Cada proyecto emprendido es una aventura, una invitación a un vuelo doméstico o trasatlántico. Conocer a alguien es un viaje largo, con muchas escalas y muchas esperas, quizás. Comer algo rico -qué viaje- proporciona un recorrido que renueva caminos, genera chispas y es el punto de partida para otros senderos. Escribir, leer, escuchar nueva música, ejercitar el cuerpo son otros tantos vuelos que siempre están ahí, con ticket aéreo disponible, siempre ON TIME.

Así que ahora, con muchas de las tareas laborales concluidas y ya con las fiestas a las puertas, hay que volar, abrazar mucho, expresar con el corazón buenos deseos, comer con placer (luego habrá tiempo para quemarlo todo) y si se puede, viajar físicamente también. Trasladar la materia a otro espacio, impregnarse de otros acentos, de otros aires y recorrer calles ajenamente propias.

Hay que volar, surcar los aires en las alturas y hurgar en los recovecos del espíritu. El mejor acompañante para cada aventura, el más leal, el más entusiasta, es siempre, por supuesto, uno mismo.

Saudade de Domingo #59: Hipotecarse

“En esta casa se hace lo que yo digo”, “Cómo me haces esto después de todo lo que he hecho por ti”, estas como muchas otras frases plantean de cierta manera, un poder de alguien sobre un otro. En una primera lectura se podría pensar: “Qué hijo/a de puta autoritario, sacando en cara las cosas”, pero en realidad más que el soberbio o soberbia enfermo/a de poder, el verdadero problema radica en el otro/a que ha aceptado las reglas del juego, que ha aceptado “hipotecarse”.

Hipotecarse, usando la analogía financiera, sería para mí como obtener algo de alguien sea como regalo, préstamo o ayuda y que luego se puede devolver o no. Normalmente ese alguien serían los padres, familiares cercanos o amigos con quienes se siente más confianza para pedir algo y también más confianza para deber si fuera el caso. Y en ese tiempo en medio, mientras saldamos la deuda, quedamos hipotecados a esa otra persona. Si fuera un hijo/a de puta autoritario/a podrá sacar en cara los favores pero aunque no lo fuera, la deuda igual existiría y en retribución tocaría hacer los favores que nuestro acreedor necesite.

Por mis propias experiencias y la de allegados, siempre en algún momento estamos hipotecados a alguien. En primera instancia lo estamos a nuestros padres hasta cierto momento (o toda la vida algunos). Vivir con ellos, tener los beneficios de un hogar, hace que también se te planteen obligaciones más o menos justas. Y a la menor sublevación, el latigazo hipotecario surge como una suerte de knock out definitivo y de ahí, luego el silencio (o la emancipación).

Con las parejas y las amistades pasa también. En situaciones de escasez monetaria, la pareja resulta el primer gran apoyo cuando no se quiere deber a los padres. La pareja ayudará de forma desinteresada y aunque haya mucho amor (como con los padres) en algún momento quedarán a la vista las costuras de la hipoteca. Tocará hacer cosas que no se quieren hacer debido a la hipoteca existente y es mejor no quejarse para no evidenciar más la deuda.

Hasta acá, todos hemos pasado por situaciones así. El gran problema es cuando estamos hipotecados a muchas personas: Padres, amigos cercanos, parejas, ex parejas, compañeros de trabajo, etc. En los años que viví en Argentina hice terapia de PNL y con mi coach (al que considero mi papá argentino) me di cuenta de lo hipotecado que estaba a muchos personas. Y no todo era de índole monetaria. Había hipotecado afectos, recuerdos, llamadas, encuentros. Lo más evidente era la plata, pero lo más duro era ver que también había hipotecado cosas intangibles. Amor por ejemplo. Hacemos ciertos sacrificios por la pareja en espera de que ella o él haga lo mismo por nosotros y también cuando exigimos ciertos sacrificios estamos queriendo establecer una hipoteca mutua. tuile_20_tuile_gestion_photoQueremos estar embarcados ambos en la deuda, ser deudores y acreedores al mismo tiempo. Con los años de sesiones de PNL aprendí a identificar las situaciones hipotecarias y también a desplazar “la culpa” o mejor dicho “la responsabilidad”. El responsable aunque cueste admitirlo, sería aquel que solicita el favor/servicio/afecto/dinero, etc. Hay situaciones de vida o muerte en la que no queda otro remedio, pero cuando a la más mínima dificultad buscamos hipotecarnos como medida de salvación, estamos cayendo en un craso error. Porque más allá de la forma física en la que se presente la carencia, el gran problema está en que inconscientemente no nos sentimos capaces de solucionar nuestros propios problemas. Nos hemos acostumbrado tanto a la hipoteca, que no creemos que podemos solventar nuestros problemas o aflicciones por nosotros mismos. La hipoteca resulta una tabla de salvación, un oasis en el desierto que en realidad sólo funciona a corto plazo, es un paliativo breve, porque luego viene la verdadera deuda: le entregamos a la otra persona las llaves de nuestra libertad y en esa óptica, el acreedor puede usar las llaves como pueda y quiera.

Siendo consciente de eso trato de ser más cauto a la hora de pedir favores como también a la hora de hacerlos. Como ley metafísica (y cristiana también) hay que dar para recibir y creo que ambas condiciones deben darse por igual. El problema de todo esto, que en palabras se oye lindo, es que tenemos en el medio a un gran villano que es el Ego que todo lo filtra y usa a su conveniencia. Entonces con el Ego en medio, la mano que da es la misma que en algún momento va a cobrar con algún favor y la mano que recibe se acostumbra a obtener perdiendo su propia libertad, precio que al momento de pedir puede parecer poco pero que luego irá creciendo. Acá surge entonces una pregunta: ¿Hasta cuándo estamos hipotecados a alguien?

Para eso no hay respuesta exacta. Lo recomendable sería saldar lo que se deba en el plano que sea conveniente y empezar a asentarse en uno mismo. Creerse capaz y convencerse de que cada uno de nosotros tiene la autonomía suficiente para generar sus propios beneficios sin depender de otro. Es necesario empoderarse, estar seguros de las capacidades que se tienen y si acaso toca hipotecarse alguna vez, saber de antemano de qué manera puedo liberarme de esa deuda.

Que no se entienda que no hay que ayudar. Claro que hay que hacerlo y desde el lado de acreedor hay que tratar de olvidarse de la hipoteca que hay en medio. Quizás lo mejor para no crearse ninguna expectativa es establecer las condiciones de retribución de la hipoteca, para no dejar una deuda tácita, ambigua en el aire que pueda llevar a intereses permanentes sin una fecha de caducidad determinada.

Y bueno, acá termina mi cuarto de hora de autoayuda. A veces es necesario para aclararme ciertas cosas que no logro digerir.

Dream Come True, de Yoko Ono

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Yoko Ono ha vivido a la sombra de quien fuera su pareja, el ex beatle fallecido, John Lennon. Ha sido odiada por los fans acérrimos del grupo británico, endilgándole la responsabilidad de ser la causante de la separación de la banda. Ono, pesar de su calidad artística, gozó de poca simpatía y para muchos ha sido sólo “la mujer de John Lennon”.

El MALBA en Buenos Aires, decidió realizar una muestra como retrospectiva de la obra de Yoko Ono, desde los años 60 hasta la actualidad. En ella se pueden apreciar vídeos, films, registros sonoros e instalaciones que proponen toda clase de instrucciones, en las que el público debe prestar atención a los latidos de su corazón, a su respiración, a su mirada, entre otros ejercicios que busca la conexión con el propio ser y el entorno.

13925051_10210117258626907_7589248735779190853_nComo pieza inicial está la famosa obra de la escalera Ceiling Painting, en la que John Lennon descubrió el talento de la japonesa a través de la palabra “sí” (yes) que había que buscar con una lupa en lo alto de una plancha que simulaba un techo. A partir de ese momento, según aseguraba Lennon, se había enamorado perdidamente de ella.

La retrospectiva propone varios momentos. El sellado de la frase “imagina la paz” en los diferentes puntos del mapamundi donde cada uno quisiera que funcionara la frase, el rearmado de varios objetos rotos para luego colocarlos en una estantería, escribir frases con tiza sobre una gran pared oscura, pintar palabras en una pared. También Ono aprovechó la muestra para hacer un llamado a las mujeres latinoamericanas que hayan sufrido algún tipo de violencia para que enviaran una fotografía de sus ojos relatando un testimonio personal de forma anónima.

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John Lennon no podía faltar en la obra de Yoko. Queda retratado en una película de long portrait y en otra donde aparece un primer plano de sus nalgas, intercalado con las de Ono. También Lennon fue el responsable del trabajo de sonido de muchos de los vídeo-arte que se encuentran presentes en la escena.

La obra de Yoko obliga a mirar(se) hacia adentro sin descuidar tampoco el encuentro con el otro. En cada una de sus instalaciones, apela siempre al interior para dar cuenta del otro y al mundo donde vivimos. En ella hay una fuerte presencia de la tierra, del agua, del aire y del fuego, pero lejos de sonar imperativa con sus instrucciones, en su obra se respira calma pero no estatismo, acción pero sin prisa. Toda su obra resulta una invitación a desafiarse, a conocerse, a reconocerse en el otro y eso es algo que como visitante, se agradece profundamente.

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Yo escribiendo la palabra Saudade. (Nada raro).

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Una de las “instrucciones” de Yoko.

Para “vivir” la obra de Yoko es necesario entregarse a ella, jugar a los desafíos que propone a través de sus famosas “instrucciones” aun cuando algunas pudieran parecer extrañas. En ese sentido, me dejé llevar por ella; pinté, escribí, subí la escalera con la lupa, contemplé el tragaluz desde donde Ono propone mirar el cielo con otra conciencia. Luego de salir de la muestra de Yoko me sentí pleno, revitalizado, como si hubiera visitado a una amiga que me abrió las puertas de su casa y que me permitió jugar en ella. Tenía muchas expectativas alrededor de esta muestra y quedé gratamente sorprendido. Al igual que el título Dream come true, visitar la obra de Ono fue un sueño hecho realidad.

Saudade de Domingo #34: De cómo empezó mi amor por la lengua portuguesa (brasileña)

Hago la aclaración de lengua brasileña, porque el portugués hablado en Portugal dista mucho en fonética, léxico, e incluso en ortografía del que se habla en Brasil, que fue justamente el portugués que aprendí a hablar en los años de pubertad y por el que siento una endiablada devoción.

¿Cómo empezó ese amor? Pues con misterio, alrededor de los 4, 5 años, cuando todavía ni sospechaba que llegaría a hablar con fluidez, pensando y soñando en portugués una década más tarde. No recuerdo con exactitud cuando escuché por primera vez el portugués, pero seguro que fue con Xuxa, cuando el precario doblaje permitía escuchar en segundo plano la voz melódica de la reina de los bajitos. Aprendí también a “masticar” algunas de sus canciones en portugués. Aquel idioma en la infancia me daba una extraña sensación de cercanía y distancia. La sonoridad de la lengua confundida con el español me hacía sentir cerca aun cuando me daba la sensación de que me perdía de palabras importantes. La escritura del portugués, con aquellos acentos agudos, circunflejos y el característico til sobre la a y la o (ã, õ), me marcaba una lejanía que me atraía. El portugués era para mí, como darle al español una segunda opción de cómo podía ser escrito. Era como un español transgresor, rebelde que se autoimponía acentos donde se marcara la mayor fuerza voz.

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Las telenovelas brasileñas también tuvieron gran responsabilidad en esa fascinación por la lengua de Jorge Amado. Al no haber internet en los primeros años de infancia y pubertad, me conformaba con leer los créditos de las telenovelas. Y me enamoré de esas palabras escritas (direção, produção. convidados, figurino), de nombres de personajes y actores (Glória, João, Letícia, Cássia, Fátima, Paula, Carlão, Renata, Eduarda). También me emocionaba cuando en algunas producciones no traducían el título al español y quedaba el original como en Brilhante, Desejo, A Próxima Vítima, O Clone, Laços de FamiliaMulleres Apasionadas, etc. Era la oportunidad de comparar el título en español con el original. En algunos casos eran completamente diferentes y me quedaba entonces con una sensación de frustración con lo que se perdía en el traspaso al español.

Recuerdo que una vez me emocioné mucho cuando durante un capítulo de Por Amor, algo le pasó al video y apareció el audio original en portugués. Y pude escuchar a Regina Duarte con su voz profunda y grave en portugués, muy diferente de la voz doblada. Luego el audio se corrigió pero me quedé en la cabeza con esa melodía, sintiéndome estafado por la voz del doblaje. Ya más grande, cuando tenía un dominio del idioma gracias a la música y al cine, grababa algunos capítulos (sobre los finales) y me divertía poniendo en mudo el audio, haciendo yo el doblaje en portugués, como si quisiera devolverle a esas escenas su audio original. No sabía si eran en realidad las mismas palabras que dirían los actores pero hacía el esfuerzo de imaginar y de que cuadrara lo que decía con los labios de los personajes. Creo que desde ahí viene mi deseo por querer doblar alguna novela o película algún día.

Ya esos años de fervor adolescente han pasado, pero el amor por el portugués continúa igual. Necesito una dosis diaria de música brasileña, de literatura, de cine o televisión del gigante de América del Sur. Uno de mis días más felices fue cuando pude tener en cable a Globo Internacional y desde ese momento es el canal en el que más tiempo paso cuando veo televisión. Podría prescindir de todo el resto de canales, siempre que tuviera Globo conmigo.

La lengua portuguesa (brasileña), también resultaba -y resulta todavía- un gran desinhibidor. Con el portugués me atrevo incluso a cantar (aunque no lo haga del todo bien). Hay un extraño placer, un éxtasis sonoro al pasar por las cuerdas vocales, palabras y verbos lusitanos. Mis grandes amigos, compañeros de idioma fueron -y son- Tom Jobim, Caetano, Simone, Chico, Gal Costa, Roupa Nova, Titãs, Cazuza, Cássia Eller. Cantar en portugués funciona para mí como una terapia espiritual, así como para los hindúes lo es el cántico de los mantras en sánscrito.

Y la saudade… bendita palabra dulce, melancólica, sensual y dolorosa, con la que he podido identificarme quizás porque no es fácil de definir pero sí de sentir. Y es así que sinto saudade de tudo, hasta del mismo proceso de enamoramiento en el que me apaixonei pela língua portuguesa (brasileña).

Saudade de Domingo #32: Lo que amo

Enseñar siempre me pone en una situación de cuestionamiento. Aun cuando preparo mis clases con actividades y tiempos destinados para cumplir con los objetivos de cada sesión, siempre sucede algo mágico en el acto de enseñar. En una buena clase todo fluye, los estudiantes están conectados, participan y las horas vuelan. En otra clase, todo elemento externo se vuelve un distractor, los chicos no entran en la atmósfera y el tiempo pasa lento. Cada clase es como una función de teatro, en la que uno puede salir sintiéndose el mejor o el peor actor del mundo. Y es en ese proceso de armar y desarmar, de prueba y error, donde queda claro si uno ama enseñar o lo hace sólo porque “no hay otra cosa más que hacer”.  Yo creo firmemente que enseñar debe ser un acto de amor.

No me refiero al amor que acaricia, que todo lo justifica y todo lo sufre, sino al amor de entregarse, de mirar a ese chico o a esa chica que ha optado por estudiar y llamar su atención, de hacerlo cuestionarse, de enojarlo si es necesario. Es un amor que no mezquina el conocimiento, que comparte certezas, dudas y baja al profesor del Olimpo para convertirlo en un humano dispuesto a prestar su cuerpo, su voz, su energía para que otros seres aprendan, abran sus ojos y construyan criterios. Es un amor que se permite también bromear con los estudiantes, mostrando que la enseñanza no debe ser un acto aburrido ni severo, que lo lúdico también hace parte del aprendizaje. Es también un amor que debe dejar ir a los estudiantes, que no debe hacerse expectativas. Cada uno de ellos tiene su propio proceso y se irán, volverán o quizás decidan cerrar la puerta de la clase para siempre. Eso también hace parte de la enseñanza y el aprendizaje.

Y es con la enseñanza que he aprendido a crecer profesionalmente y como individuo. Esta semana en particular, a partir de una de mis clases, me he cuestionado qué amo. Lo más a la mano que tenía era obviamente el enseñar y por eso abrí este post con ese tema, pero extendiendo la pregunta a otras esferas, surgen muchas cosas. No voy a extenderme por acá en las explicaciones del porqué amo cada cosa. Prefiero más bien plantear sólo el qué y que las razones floten en la cabeza de quien lea esto.

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Yo, en una tertulia de amigos en Quito (2011). Amo recordar ese viaje.

Amo a mi familia, amo mis rutinas, amo charlar, amo besar, amo abrazar, amo caminar con frío, con calor. Amo aprender, me excita las neuronas encontrar un campo de posibilidades para estudiar. Amo comer, conocer nuevos lugares donde una nueva sazón renueve mis papilas. Amo viajar, armar maletas y lanzarme a las calles del nuevo lugar. Amo escribir, elegir verbos, delinear personajes y aunque duela, colocar la palabra fin como término de la historia. Amo aprender idiomas, buscar la manera de incorporar palabras, familiarizarme con fonéticas extrañas y ver cómo voy dominando una lengua ajena. Amo leer, sumergirme en otros mundos, escudriñar la carpintería escondida en la narrativa de cada autor que llega a mis manos. Amo la imagen, la pintura, la fotografía, el cine, la televisión, encontrando un encuadre conmovedor que pueda dejarme hipnotizado. Amo el teatro, ver al actor en escena, crisparme los pelos con la magia del espacio y probarme yo mismo desde el escenario. Amo salir con amigos, perdernos en lo no planificado y que la magia marque las diferentes estaciones de llegada. Amo jugar con mis mascotas y volver a ser un niño sin preocupaciones. Amo recordar, fijar momentos importante con precisión cinematográfica para luego embriagarme de saudade. Amo la música, dejar que las melodías penetren los poros de la piel y me conmuevan los lacrimales (sobre todo me pasa con el Bossa Nova y el Jazz). Amo el olor a tierra mojada y aroma de un buen incienso, que me coloque en un estado de calma. Amo amar desde el primer chakra, con toda la pasión de la que puedo ser capaz, aunque pueda equivocarme. Hace parte del juego…

Sí… de cierta forma, también amo equivocarme.

Saudade de Domingo #2: ¿Se te quiere o te quiero?

“¡Se los quiere mucho!” “¡Se te quiere!” Hace ya varios meses -o años- observo esta especie de moda en redes sociales para expresar el afecto, el cariño hacia alguien. Me pregunto ¿a qué viene esto? ¿Se habrá desgastado ya la carga simbólica que contiene un “Te quiero” o un “Te amo”? ¿El uso excesivo de estas frases habrá terminado por vaciar el contenido que ya resulta falso o cursi decir un “te quiero” o un “te amo”?

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                   Imagen: Ana María Joutteaux

Me atrevo a suponer que quizás el expresar el afecto en primera persona involucra una responsabilidad. Al decir “Yo te quiero”, asumo que soy el sujeto que tiene amor por ese otro/a. Con un “Se te quiere”, el sujeto queda ambiguo y en esa medida no me declaro responsable por el amor al otro/a. Puede que hoy “se quiera” alguien y ya mañana no. Entonces puedo decir en mi defensa ante un posible tercero: “Es que nunca le dije que lo/la quiero. Le dije: Se te quiere”.

Todos soñamos con el amor a través del cine, la música, la tele e incluso por medio de la frívola prensa rosa, pero ¿cuántos realmente nos atrevemos a vivirlo con todos sus bemoles y asumiendo la responsabilidad sin culpar al otro/a del fracaso de la relación? Siempre resulta más cómodo y menos sofocante colocar al ente de juicio en el exterior. Y para ese caso sí usamos el sujeto en primera persona. Nadie diría un “Se te odia” y sí un “Te odio” dolido, amargo, pútrido. Asumimos ese odio como propio por culpa de ese otro/a que nos ha hecho daño. Pero parecería que no queremos hacernos cargo de querer, amar, pues cuando lo hacemos nos volvemos vulnerables. Le otorgamos a ese otro/a, ese sentimiento que cuidamos como tesoro para no sufrir. El “te quiero”, “te amo” es dar el primer paso, es saltar al vacío y lo que más queremos es que nos digan “yo también te quiero”, “yo también te amo”. Cuando lo escuchamos, así no sea tan sincero, nos sentimos nuevamente “protegidos” o “seguros”.

Entonces el “Se te quiere”, surge como una solución intermedia entre expresar el afecto en primer persona y el no decir nada, dejando sólo la agria suposición de que hay afecto. Cuando estamos en una posición o momento de fragilidad, rotos quizás por algún desamor, el “Se te quiere” por parte de un otro/a, igual resulta confortante. Sería como una especie de premio consuelo al que no deberíamos acostumbrarnos para siempre.

La exposición en las redes también nos coloca en un grado de vulnerabilidad al estar todo visible para todos. Eso quizás también nos condiciona a la hora de expresar el afecto. Probablemente no queramos que cualquiera lea que YO quiero a tal persona. Quizás el “Se te quiere”, “Se los quiere”, sea el “Te quiero”, “Los quiero” de las redes sociales. Quizás en el cara a cara, mirando a los ojos de la otra persona, nos resulte imposible un “Se te quiere” y surja un “Te Quiero”, probablemente forzado por el compromiso que implica. Pero hacerse cargo es parte de la experiencia. Estampamos nuestras firmas en documentos, formularios, escribimos desde un yo que observa o vive tal situación, vemos una película y damos nuestra opinión desde ese lugar que nos duele o nos hace felices. Todo el tiempo estamos en función de un Yo y sin embargo expresar el amor resulta complicado. Y lo es, pues siempre queremos tener certezas, garantías de que el sentimiento es recíproco en el mismo grado que nosotros lo damos o expresamos. Pero no nos podemos hacer cargo de cuánto ese otro/a nos quiere. Sólo podemos dar cuenta de nuestro propio sentir. Toca ejercitar el expresar afecto desde nuestra propia trinchera del Yo sin caer tampoco en el extremo de regalar te quieros de forma gratuita, porque entonces vaciamos su contenido y lo trivializamos. Pero si el corazón nos palpita, la garganta tiembla y nos invade un deseo incontenible de expresar el afecto a un otro/a, está bueno decirlo, sobre todo en una época donde expresar el amor se vuelve raro o sinónimo de debilidad.

Hoy está de cumpleaños una de mis grandes amigas y le voy a decir como siempre le digo: ¡te quiero!, sentido desde el corazón; lo publicaré además en su muro de Facebook, y no por un exhibicionismo efervescente, sino porque aunque suene trillado y de libro de autoayuda, es saludable expresar el amor de todas las formas que creamos posibles. El “Se te quiere” es un salvoconducto del que Yo decido conscientemente prescindir. Alguna vez lo usé y me sentí raro, fuera de mí y creo que no fue justo con la persona a quien se lo dije. En un siguiente comentario, en algún otro estado de Facebook, le dije “Te quiero”. Y en ese momento me sentí curado, tranquilo y con la plena consciencia de que expresar afecto en primera persona no es sólo un regalo para ese otro/a sino que ante todo, es un acto de amor para mí mismo.