A propósito de París

IMG_2324París es un crème brûlée con sabor a madera y frutos rojos. Es un velo de novia multicolor que se traviste caprichosamente si hay sol o lluvia. Es elegante, a veces rebelde y casi siempre, intocable. Es de esas bellezas para admirar pero no para penetrar.

La recorrí hasta el cansancio, con frío, lluvia, ahogado con esa humedad gélida que sólo creía propia de una Londres victoriana. Y sí, siento saudade de París, de esas calles estrechas, mojadas, de sus panaderías en todas las dimensiones, de las conversaciones susurradas, de las parejas en las plazas, de los franceses borrachos los viernes de madrugada, de los jóvenes enloquecidos cuando el día prometía un débil rayo de sol, de los cafecitos al aire libre.

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París es dulce, es un fruto prohibido que no se debe ingerir. París es un museo al que nunca se podrá conocer desde sus raíces. Es que ya no las tiene. Se corroyeron hace mucho como el óxido en el Sena. París es contradictoria, rica, pobre, hambrienta, moribunda, amable, salvaje, decadente, pero siempre digna, elegante. París es Blanche Dubois, Scarlett O’Hara o para decirlo más mainstream, es Cate Blanchett en Blue Jasmine. Paris, como la Piaff -una de sus hijas-, ne regrette rien. No se arrepiente de nada, porque mal o bien, seduce y embruja a quien osa tocarla. Su halo de misterio invita al desvarío y así, una noche cualquiera, se da uno cuenta que París se ha clavado en el pecho.

Y luego de eso, no queda más que la lluvia. Esa lluvia lacrimógena parisina que entristece al Génie de la Place de la Bastille.

Saudade de Domingo #83: Inspiración

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Inflarse de aire, conectarse con el cosmos, tener la sensación de flotar. La inspiración resulta una palabra común y muchas veces maldita para quien se dedica o quiera dedicarse al acto de crear. Poseídos por la idea romántica de que las musas descenderán para insuflar su sapiencia, a menudo escuchamos decir: «No estoy inspirado» o «He estado inspirado». En realidad en palabras castizas lo que se quiere decir es: «No tengo ganas» o «He tenido muchas ganas». Porque la inspiración no es más que eso tan cercano  y tan íntimo de cada creador: tener ganas de hacer algo con el afán egoico de inmortalizar algo, de congelar un momento, una imagen o un conjunto de frases que merodean en la cabeza de quien escribe.

En varias ocasiones me he dado a la tarea de capturar situaciones, «escenas» de mi vida que creo que podrían convertirse en algo más que una simple anécdota que con el tiempo podría terminar olvidando. Me gusta ser memorioso pero al haber perdido muchos recuerdos por la fragilidad de mis neuronas, cuando intuyo que quiero conservar algo, lo escribo. Lo tamizo claramente, no puedo evitar fabular, adornar, quitar adjetivos, reformular diálogos. Realizo sin quererlo una intervención quirúrgica en mis recuerdos para dar lugar a otros personajes, a otros escenarios y a veces, otros tiempos. A veces la operación resulta tan creativa que el recuerdo sólo queda como una idea primigenia. Me he sorprendido leyendo escritos míos de hace algunos años, sin poder detectar conscientemente cuál fue su origen. Para los efectos sensibles, poco importa, pues el corazón reconoce las aguas subterráneas que se cuecen bajo esas letras y reconoce a ese hijo perdido, a ese recuerdo pulido y se infla de nostalgia al tener a esas líneas de cerca otra vez. El cerebro, el consciente, queda anulado. Es pura emoción lo que brota de esas lecturas.

Hace unos días presencié un ensayo teatral que me gatilló muchas cosas. Más allá de las cosas que pudieron gustarme o no de lo que vi de ese proceso artístico, ese aroma de viernes tropical, encerrado en una noche asfixiante, escuchando textos sentidos y actores dejando los huesos en cada escena, me hizo sentir esa «inspiración», esas ganas locas de capturar ese momento, de sentarme a escribir un relato no a modo de diario o bitácora, sino como cuando un cocinero decide reinventar los platos que ha aprendido a ver qué sale. Tenía ganas de contar sobre esa noche, sobre esos espectadores invitados a ese ensayo, sobre el director que veía de cerca el desarrollo de esa historia, sobre esa casa oscura que ha servido de escenarios para otras historias. Me llené de ganas sí, de contar, de fabular, de mirarme enajenado en una ciudad de la que cada vez menos me siento parte. Y así, con el transcurso de las horas se fue dibujando un cuento sobre ese momento y mientras «la inspiración» trabajaba, sólo atinaba a agradecerme por haberme lanzado a esa noche calurosa y haber encontrado en medio de mis penurias, un motivo para volver a creer y crear.

Una noche parisina

Nos citamos en Saint Dennis, un barrio que en principio me aterrorizó. Marie no me había advertido de los contrastes producto de la gentrificación en esa zona de París. Ahora que lo veo con un poco de distancia, le agradezco haberme lanzado sin paracaídas. El tiempo se detenía mientras esperaba a que Marie llegara a Chez Jeannette y yo mientras deambulaba por los puestos de comida, de ropa, las peluquerías, los mercados con nombres de ciudades de Senegal, el Congo y Costa de Marfil. Había una música en el aire que flotaba a mi alrededor y de pronto parecía que estaba en alguna escena de la película La Haine. Sentí miedo pero más miedo tenía de encontrar a Marie. ¿Sería igual que por chat? ¿Su Instagram sería fidedigno o un aliado de mentiras?

A su llegada se disculpó por no haberme «advertido» sobre el barrio. Su pelo ensortijado se movía con la misma gracia con la que se liberaba de la bufanda y se ponía cómoda sobre la barra del bar. «No te va a pasar nada acá, aunque no lo creas es un barrio de burgueses, aunque por el día es un barrio africano». Marie agarraba el jarro cervecero con la maestría de quien ya tiene buenas horas de vuelo en charlas, fiestas y reuniones pero con la delicadeza y elegancia coherente con su cuerpo delgado de parisina treintañera. Contemplaba su cuello, estudiaba su sonrisa. Quería besarla, es la verdad.

Después de una cerveza, fuimos a un restaurante a cenar. Esperamos buen tiempo por una mesa al interior. Aprovechamos ese tiempo afuera, con el frío húmedo parisino opacando la piel para hablar sobre los franceses, sobre Latinoamérica, sobre su vida y sus viajes continuos por el mundo como periodista política. Trabajaba para varios medios en París, New York, México y Buenos Aires. Ser freelance era su lema de vida y en su piel vi marcada las huellas de sus decisiones. Era suave pero firme, apasionada al hablar y al mismo tiempo su mirada adolescente delataba que esto sin decirlo, era una cita. Y hacía mucho que no tenía una, como me lo dijo unos meses atrás en el chat del Instagram. O quizás del Facebook, porque las cosas más «íntimas», las charlábamos por ahí. El instagram era más informal y más del día a día. Nuestra cena se podría decir era una mezcla del chat de Facebook e Instagram con el español y el francés entreverados. Sin embargo, mientras la conversación fluía me preguntaba: ¿Qué pensará de mí? ¿Le gustaré? Quería besarla, es la verdad.

 

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Luego de cenar, fuimos al canal Saint Martin, donde se grabó una famosa escena de Amélie Poulain. No lo recordaba pero en alguna charla le había dicho que me gustaba la película y ella además agregó que en un cierto chat yo le había comentado que acababa de ver por sexta vez la película. Estuvimos charlando un rato ahí, en uno de los puentecillos que atraviesa el canal. Me contó que en verano se llena de gente y París se hace vivible. Sus ojos brillaban con la misma intensidad de las luces reflejadas en el agua. Quería besarla, es la verdad.

Después pasamos por fuera del Hotel du Nord, que había sido escenario de una película francesa de los años 30 (quise buscar el título en el celu pero tenía que ahorrar megas). Me invitó a acercarme a la ventana ya cerrada para ver el cartel de la película. Hizo algún chiste con una frase de la película que no logré entender. Reírse sin que el otro se ría mata el chiste, de modo que, fingiendo solemnidad me dijo en francés que me pasaría el link de la película para que la viera y así poder lanzarme la frase de nuevo para que me ría. Su voz en francés sonaba más profunda y sin quererlo, corría con las palabras. Quería besarla, es la verdad.

De ahí emprendimos la vuelta hacia el metro. Nuestras manos se tocaban cada tanto mientras caminábamos por esas calles amarillentas, silenciosas, que solo se cortaban con nuestros planes para arreglar a Francia, a Europa y al mundo. Cada tanto enterraba mis ojos en los suyos. Quería adivinar lo que pensaba. Quería besarla, es la verdad.

Bajamos a la línea 2 del metro, pero nuestros destinos eran opuestos. Ella iba a Pigalle, yo a Ménilmontant. Nos despedimos con un abrazo y dos besos a la francesa. Quise decirle algo, quizás proponerle no tomar el metro todavía, agarrarle la mano y sentir la temperatura de su sangre. Sólo pude ver su sonrisa nerviosa, la misma que ya había visto en varios stories de Instagram cuando por su trabajo debía entrevistar a alguna figura importante. Quería besarla, es la verdad.

Luego nos mandamos mensajes por WhatsApp. Hablamos sobre nuestras impresiones de la cena. Nos gustamos, por fin quedaba claro. Me atreví a decirle, envalentonado por lo sádico que puede ser el WhatsApp, que hubiera querido besarla. El mensaje con los vistos azules y la ausencia de respuesta me hizo sudar en medio del abrigo pesado que cargaba. Segundos después apareció su respuesta: Lo hubieras hecho. Aunque luego se apresuró a escribir, quizás para no hacerme sentir tan pelotudo, que tampoco ella se animó porque soy un ser de paso. Le escribí, buscando una última oportunidad, que aun no me iba de París. Quería proponerle que dejara el metro y viniera a buscarme y nos diéramos ese beso. Quería besarla, es la verdad.

Su última conexión de cinco minutos atrás, mezcló mi ansiedad sudorosa con un miedo polar. Caminé por Ménilmontant a paso lento, lo suficiente como para que, en caso de que ella aceptara verme de nuevo, pudiera emprender la marcha de vuelta hacia la estación. Mis pasos en ralentí me introdujeron en una escena tarkosvkiana. Revisé el celu varias veces a la espera de su mensaje. ¿Y si se enojó? ¿Si le pareció que había traspasado algún código francés que yo no lograba comprender? Minutos después, ya cerca del departamento donde me hospedaba, Marie volvió a conectarse. Escribe, parece un mensaje largo. Se detiene, el estado ya no la muestra escribiendo sino solo «en línea». Seguramente está leyendo lo que ha escrito antes de enviar. Es metódica, lo sé, todos sus mensajes son perfectos, incluso los comentarios superfluos en las fotos de Facebook de sus amigos. Vuelve a escribir. Capaz que borró lo que quería decirme inicialmente. Me llegó su mensaje, escueto, económico, directo: Lo que pasa es que te vas, vuelves a Ecuador… Me sonreí, no sé si por pena, por mi ingenuidad o por el final de la noche en París. Quise besarla, es la verdad.

Como dos extraños

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No quiero tus migajas, ni el cansancio de tus caminos fallidos. Ya lo viví, lo digerí, lo escupí y me propuse mil veces no volver a caer.

Quiero otros labios que me seduzcan, otra piel que me erice y una página en blanco para escribir alguna historia.

Duró tan poco nuestra página, como los escasos renglones de una A5. Fue un tiempo fugaz que quisimos estirar, tratando de encontrar un sabor a aquella esencia jugosa que se extinguió en los últimos abrazos.

Hoy no volviste a escribir. Se te olvidó, me dijiste. Tu ausencia sólo precipitó el final de la partida. Nos perdimos, no ganamos. Había que salir sin demora para no provocar algún final lacrimógeno. Te escribí unas cuantas líneas porque sabes que me expreso mejor enterrando la tinta en el papel.

No sé la impresión que te causaron mis palabras porque te bloqueé de todas las redes posibles. No quedó nada de ti, nada de nosotros. Te convertiste en un sueño extraño que pudo haber sido real. Me devoré tus migajas, tus frases dulzonas extraídas de películas melodramáticas y con un aire de recuerdo sentencié el final de esta historia no nacida.

Espero olvidar tu registro.

Apertura

Camino entre las estrías de mi piel

Me evaporo entre alientos de nenúfares

No soy tú, no soy quien fui

Apenas un puñado de estrellas,

de cuerpos vacíos que vacilan en constelar en caída libre.

 

Me recuerdo entre payasos y saltimbanquis,

Las calles violetas, como muelas desgastadas se abrían al ritmo de mis pisadas.

Llegó la noche, embrujada con sus tentáculos de seda

y me envolvió callando las penurias de la carne.

De la tristeza

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Lloras. Sintonizas con cualquier persona, animal o cosa que vibre en la misma frecuencia de la nostalgia para abajo. Siempre se te dieron bien esos humores relacionados con bilis negra. Ríes. Lo haces de manera sonora, como si tus pulmones se recogieran para tomar un impulso y así lanzar una carcajada furiosa. Pero sigues triste, apretado de recuerdos y con gula de historias interrumpidas. Comes. De forma desmedida, como si en cada comida buscaras repletar a cada célula de tu cuerpo por el miedo ancestral de no poder comer en varios días. Y luego te miras gordo, guatón, con los excesos descansando en los rollos de tu abdomen. Tiras, coges. Con exceso y con temor. Con el deseo de saborear un cuerpo nuevo y con el terror que te produce excitar una piel que podría ser estéril. Te rindes al placer efímero de un orgasmo silencioso. No te gusta gemir y peor gritar. Y sigues triste. Con la melancolía de haber usurpado un cuerpo para abandonarlo como abandonas el tuyo propio. Te vas. Acabado el ritual de amor pasajero, agarras la ruta y te pierdes. El destino no te importa, el punto es huir, vaciarse, ya que lo único que buscas llenar es tu barriga salobre. Caminas. Con la rapidez de tus pies calcificados, escuchando música que no conoces y añorando personas que no amas. Y te ves triste. Así como cuando mirabas las ventanas empañadas mientras llovía cada marzo o abril a la víspera de Semana Santa. Llorabas siempre en esas fechas. Ahora respiras nostalgia y vomitas azúcares. Saltas y sigues triste. Nadas y sigues triste. Te sumerges en el océano dejando el desierto atrás pero conectas con la tristeza del mar en su vaivén eterno. Lloras en la cordillera azul. Te vas, nadas hasta tocar fondo. Descansas, cierras los ojos. Y sigues triste.

Llegas a ese momento. Lo has evadido durante mucho tiempo. Has fantaseado con ese espacio, con en esa hora del día (o de la noche, según como te parezca mejor). Ahora no hay cómo escapar. Tratas de pensar en todos los trucos, frases ensayadas para cuando llegara ese momento. Pero todo es confuso, una humareda niebla tu cabeza. Te niegas a improvisar, a dar el primero paso. Danzas sobre tu propio eje. Prestas atención al vaivén de tu sangre que fluye forzada por tus venas. Quieres llorar, lo sé. A mí también me traicionan los lacrimales cuando elevo un poco el corazón. Respiras en cortos intervalos para ahogar el llanto. Te animas a dar la primera señal… Te interrumpe con una frase sin palabras. Entierra sus ojos en los tuyos. También tiene miedo. También ensayó para ese momento. No hay soundtrack que ayude o inspire. Te das cuenta que no hay que decir nada. De repente sientes que la situación parece escrita por Tarkovski o Bergman. Terminas por creer que sería del agrado de Godard. Luego piensas que él preferiría una escena más cortada, más posmoderna… Caminan juntos. El terreno es incómodo. Sólo escuchas tus pasos y los suyos. Y la sangre sigue atropellada en tus venas. Tropiezas. Intenta ayudarte para que no caigas. Se miran otra vez. Sabe bien que no darás el primer paso. Espera el intervalo de silencio que permite el canto entrecortado de los grillos. Te dice, casi en susurro: Escríbeme.

Saudade de Domingo #61: Mudanças

Prefiero la palabra en portugués para los cambios que he venido haciendo en estas últimas semanas que implican movimientos físicos, trasladar cosas, reciclar otras, sacar, desaparecer. Por eso es más apropiado «mudanças», sin pensar en «mudanzas», ya que no me mudo ni me traslado a otro lado o quizás sí, pero en planos más sutiles que el denso plano terrenal.

Me explico: en mi búsqueda por sentirme cómodo para dormir, escribir, ver pelis y más cosas comencé un proceso de cambios radicales en mi propio cuarto. Desde hace años no me sentía a gusto ni con los colores ni con los muebles ni con nada ahí. Luego me fui a vivir a Argentina y las prioridades fueron otras. Al regresar, mi cabeza todavía no terminaba de aterrizar y aunque mi cuarto seguía siendo un lugar incómodo me lo «bancaba», pues me estresaba sólo pensar en remover cosas, carpetas, libros, muebles. Sabía que un caos me vendría encima.

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Nueva biblioteca y nuevo escritorio

Y así fue: desempolvé recuerdos, cartas, tarjetas, camisetas firmadas por amigos del colegio, cuadernos de la universidad, libros viejísimos de aprendizaje de idiomas, papeles, muchos papeles, guiones luego grabados, cuentos a medio a camino, fotos en diferentes momentos de mi vida, casetes, discos, películas que creía perdidas. En medio de todo ese caos que levantó polvo y emociones, pensaba en el gran peso no dimensionado que llevaba sobre los hombros. A nivel energético y emocional me refiero. Ir sacando las repisas, desarmar el armario, vaciar cajones fue un ejercicio de desahogo, de desapego. Porque aun cuando muchas cosas se mantengan, regresarán renovadas, ubicadas en otros lugares, respirando otro ambiente. Y fue así como a lo largo de cinco semanas he logrado con ayuda de mis papás, cambiar radicalmente mi cuarto: cambio de armario, nuevo color de paredes, piso nuevo, techo nuevo, una biblioteca y un escritorio a la medida de mis necesidades, una silla confortable para mi espalda que siempre reclama atención, una mejor iluminación y ventilación para descansar y trabajar. Ahora tengo «un cuarto de hotel» como dice mi mamá. Y a nivel energético empiezan a moverse fichas también: siento que logro dormir mejor, me siento más a gusto en mi espacio y aunque todavía no se termina todo de asentar, sé que todo será para bien.

Junto a estas mudanças, vienen también cambios en mi propio cuerpo. Algunos ya los he venido haciendo de una manera un poco desordenada. Estoy dejando las gaseosas (otra vez), estoy tratando de reducir el azúcar (esto me cuesta un montón) y estoy tratando de ser disciplinado con mi rutina de ejercicios. No es que quiera ser musculoso, pero quiero mantenerme en movimiento, en mi peso adecuado.

Creo que las mudanças vienen bien y no vale la pena recriminarse por no haber hecho cambios antes. Todo tiene su tiempo y espacio para hacerse. También hay que pensar que en algún momento muchas de esas cosas o de esos comportamientos fueron buenos hasta que dejaron de cumplir su función para uno mismo. Es ahí cuando llega el momento de hacer mudanças y si además de ser de objetos son también al interior de uno, mucho mejor.

Las mudanças dan nuevos aires y al hacerlo remueven cosas en todos los sentidos y niveles. Es ahí cuando es importante recordar que todo eso hace parte del proceso de cambio y aunque pueda ser fastidioso en el momento, luego se ven los frutos de la paciencia.

También escribo esto para recordarme que si estoy un poco ansioso, mareado, sensible es por esta fase de cambios y luego todo se irá acomodando a este nuevo estado de las cosas, vértebra por vértebra hasta quedar alineado, alargado y listo para los nuevos proyectos venideros.

It’s a match: Daniela y Diego se gustan

Me llamó Dani, sin mayor preámbulo, tan diferente a los otros babosos que se creen bacanes diciendo huevadas melosas de entrada. Que me llamara Dani me producía una suerte de cercanía a pesar de las máscaras que envuelven a estas aplicaciones fugaces. No era de acá, estaba de paso. “Ya me lo esperaba. Los babosos son los locales”, pensé. Como también pensé o mejor dicho, caí en cuenta, que los dos teníamos nombres que iniciaban con D. Mi abuela me dijo una vez que cuando dos personas se gustan y tienen la misma inicial, la atracción es más fuerte. Como ella y mi abuelo, como mi papá y mi mamá. Vaya sentencia. No debí visitarla ese verano.

tinderMientras los mensajes de otros se acumulaban en la pantalla, la charla con Diego tenía la misma densidad que la de un instante al aire. En breves minutos ya habíamos recorrido el mundo diez veces, repasado novelas decimonónicas, discutido el existencialismo sartriano, chateado en varios idiomas sólo para testear, a modo de juego, la capacidad de flirtear en lenguas ajenas. Recorrí sus fotos varias veces, me metí en sus paisajes, en sus neuronas, quise entender la matemática de sus pensamientos y ver si podía lograr que se quedara un día más, que no dejara la ciudad en busca de nuevos territorios sino que usara y recorriera el mío. Pero sus caminos ya estaban trazados y haría mutis en cualquier momento sin la catarsis aristotélica anunciando el desenlace.

¿Por qué no te “vi” antes?, su pregunta resonó en mí sin piso aparente. Me recordó mi atracción involuntaria hacia los tiempos cíclicos del subjuntivo y del condicional. Conmigo no funcionan ni el indicativo ni el imperativo. Otro chico que se perdería en los caminos de la virtualidad, que no podría conocer. El tiempo -y la gramática- siempre han sido mis amables enemigos.

Se despidió, prometió volver a la ciudad con un dejo de duda (lo deduje, claro). Aunque estoy cebada para la pérdida (creo), un encuentro siempre gatilla en mí una posibilidad, pero luego quedan las ganas, las promesas, la ausencia del chat, la ruptura de un vínculo extraño entre dos extraños.

Sin más apago el celular, lo dejo caer al abismo de mis memorias en modo potencial. Salgo de casa asfixiada de nostalgia (¿es posible la nostalgia de la nada?), camino, acelero, freno, transpiro.

Es un miércoles soleado.

La soirée d’Ania

Elle aimait bien le français, le gustaba enredarse en los vericuetos de las erres guturales y la sonoridad que producía hablar el francés en susurro. Pero yo la recuerdo en español, lastimada con la «s» aspirada del infierno guayaquileño y agotada con los adverbios revueltos entre los dientes. Ania se reinventó en el francés, se cobijó en los capullos de los participios y en la incertidumbre de las palabras mutiladas de «s» en la lengua hablada. Pensaba mejor en francés, escribía mejor en francés, masticaba mejor en francés. Quiso traerse la lengua a su departamento y con ella se importó a un galo simplón al que masticaba todas las noches. Primero sus dedos, luego sus brazos y cada tanto, si no quedaba satisfecha, rebanaba un pedazo de espalda. De todas formas el francesito mucha carne no tenía, así que Ania empezó a optar por su sangre, molecularmente merovingia.

Lo desangraba con cuidado cada noche para que pudiera recuperarse durante el día con el empacho de frutas, carnes y verduras que le daba como desayuno. Al francesito le gustaba ser desangrado, jugar cada noche a la ruleta rusa con la mandíbula de Ania succionando sus venas. En ese umbral de vida y muerte llegaba a un orgasmo marchito hasta que, recuperado, se encontraba con una Ania, roja, vibrante, despeinada como ciertos acordes de un jazz de Ray Charles. El repertorio musical (cualquiera que fuese, de la chanson française hasta polka) siempre terminaba luego de la última gota de sangre. La melodía solía acompañar el ritmo de extracción con el que Ania ingería la sangre del francesito. El evento podía durar tres o cuatros canciones dependiendo del ritmo, pero la noche que Ania eligió a Chiara Mastroianni y Benjamin Biolay, algo se estremeció en sus huesos con las voces susurradas de esa ex pareja. Ania sintió en ellos un sabor a ruptura aun cuando todavía estaban juntos al momento de grabar la canción. Sus venas se llenaron de recuerdos, de todas sus rupturas, de todos los adioses. Quiso seguir extrayendo la sangre del francesito pero su lengua estaba ácida y agobiada por la plasticidad de su memoria fue a tomar aire al balcón. Llovía fuerte y la humedad no hizo más que ahogarla, sin prestar oídos al francesito que llegaba a la muerte con su sangre como alfombra de ese piso sin lustrar. Ania seguía pensando en la sangre del francesito a la que sintió ácida y sólo ahí, cuando La chanson de la pluie estaba por terminar, se dio cuenta que la culpa no era de la canción ni tampoco de su lengua. Era la sangre del francesito (mezclada, revuelta con los hematíes de alguna mujer tropical), la que había activado su nostalgia como pathos. «Franchute hijueputa», dijo ella con la sonoridad de guayaca herida.

Luego saltó por la ventana en busca de algún nativo de sangre pura para succionar.