El fin del instante

despedida

Me da una sensación de vértigo cuando conozco personas que sé que luego no volveré a ver. Hay escenarios que propician encuentros fugaces, charlas intensas, confesiones no pedidas. Y luego está esa salobre certeza de final. Que toda esa intensidad en la brevedad del encuentro se desintegrará en cuestión de segundos. Como el aire que se cuela por la rendija de una ventana en invierno.

Preferiría entonces pensar que volveremos a encontrarnos en algún otro momento, que habrá más oportunidades para conocernos. Si luego no sucede al menos tuve la ilusión de que nos encontraríamos en otro espacio o tiempo. Pero lo que me corta el aliento, lo que me hiela un poco la sangre y me pone en modo de final de película italiana, es el hecho de saber, de antemano, que hay un fin para ese breve vínculo.

Y lo peor…

No hacer nada para cambiar el final de la escena.

Cássia Kiss y la gramática de su rostro

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Cássia Kiss es de esas actrices brasileñas que se maximiza con cada personaje que hace. Es una gran maestra del matiz, del microgesto, sabe jugar con su rostro, humedeciendo sus ojos, juntando sus labios, usando sus arrugas como marcas de tristeza o de sabiduría según fuera el caso (o ambos casos).

Ahora la veo en Os dias eram assim, una miniserie de Globo en la que interpreta a Vera, la madre de dos chicos que se ven envueltos en problemas con el gobierno militar de los años 70 en Brasil. Un personaje duro que en cada escena refleja la angustia contenida de una madre preocupada y que además, dadas las condiciones de persecución de los años de plomo, debe “fingir” ante el mundo que no pasa nada, que todo está bien. Cássia Kiss deslumbra con su interpretación, su voz arrastra esa callosidad del cansancio, de la impunidad que estaba ya instalada en Brasil desde el 64. Verla en escena duele, estremece y ahí entre estos encuadres que seleccioné, están las miles de madres que perdieron a sus hijos en centros clandestinos, en campos de tortura. La cámara se cierra hacia esa mirada sin brújula mientras ella intenta tocar un piano sordo, en el que busca calmar la agonía de la espera por noticias de sus hijos. Una melodía tenue acompaña la escena hasta el final cuando su rostro cambia a un aire inquisitivo. Como si un reflejo de duda (de más incertidumbre) le apresara el cuerpo. ¿Se preguntaría por ella, por sus hijos, por su país?

La escena se corta y Vera queda atrapada en su melancolía

Escenas sueltas (2 de 7)

Recorro el teatrín intervenido por dos amigas: una italiana y una mexicana. Cada una prepara una obra, muy distinta la una de la otra. Ayudo como puedo, coso un vestido, taladro una pared, hago un listado de la utilería para luego devolverla (sí, todo se hace por amor al arte, así que el préstamo es la mejor opción). Mientras, actores y actrices entran y salen, se prueban vestuarios, repasan sus textos a la italiana. Una muy menudita y con un pelo que desafiaba a Medusa, lloraba al haber olvidado en cuestión de segundos, dos páginas de sus parlamentos. La mexicana, dura, le dio dos cachetadas para que reaccionara y no atrasara más el ensayo. Al final, lo recordó todo.

La italiana en otra sala terminaba de pintar una silla. Montaría un infantil y esa silla sería el trono de un rey que sería interpretado por un actor que tenía un aire a un David Bowie tropical. era medio divo, seleccionaba a quién saludar y aunque se jactaba deseo profesional, faltando pocas horas para el estreno, todavía no se sabía todo el texto. La italiana lo insultó en genovés, milanés, italiano y al final en español. El resto de los actores no actuaban tan bien pero al menos se sabían sus textos.

Las dos funciones fueron bien de público. Los aplaudieron, se tomaron fotos. La mexicana huyó para no ser presa de autógrafos o fotos. Su compañera italiana posó feliz, lo entendía como parte de su labor de artista y hasta dio unas palabras a unos revistas de teatro independiente. “Seguiremos con nuestro compromiso de hacer teatro así sea con nuestra propia sangre”, sentenció, sin saber que su frase textual empapelaría a una revista de ideología socialista.

Va fa un culo, me dijo la italiana días después cuando le insinué en broma que ahora la tomarían como una agitadora.

Escenas sueltas (1 de 7)

Escena 1

Comencé a hacer ejercicios de forma obsesiva hace más o menos dos meses. No es que haya surgido en mí un interés repentino en hacerme pepudo. Todo es por causa de un personaje. Haré mi debut cinematográfico como actor y necesito tener marcado un six pack en el abdomen. Me viene bien la analogía ya que soy cervecero hasta la linfa y ante la abstinencia de la bebida, hago unas veinte flexiones, treinta lagartijas o cuarenta abdominales. Ya con el sudor y el cansancio, las ganas de una Pilsener helada se diluyen hasta caer dormido, con el cuerpo inflamado y adolorido.

Días atrás empecé a observar dos protuberancias encima de los hombros. Una de cada lado. Imaginé que ya estaban surtiendo efecto las rutinas de espalda y hombros, por lo que entusiasmado, las incrementé sin piedad. Una de mañana, otra de tarde y otra de noche, antes de dormir. Pero pronto las protuberancias fueron creciendo y no de manera proporcional con el resto de la espalda. Un día al levantarme, molesto al no encontrar una posición cómoda para seguir durmiendo, me levanté para cepillarme los dientes y al frente del espejo me encontré con una escena digna de Horacio Quiroga o de Kafka (prefiero al primero, por el referente latinoamericano). Tenía un Alfil en el hombro izquierdo y una Torre en el hombro derecho. Me llamó la atención la perfección, el detalle con el que los músculos habían logrado esculpir dos piezas de ajedrez. Llegué a tocarlas y su textura era igual a la de una pierna o un brazo. Ni siquiera dolían. Sentí hasta un cierto placer tocando estas nuevas extensiones de mi cuerpo que casi llegaban a rozar mis orejas. Pasados unos minutos vino la realidad: Era imposible vivir así, ¿Qué camisetas o camisas me podría poner? ¿Tendría que exhibir mis piezas de ajedrez u ocultarlas? ¿Debía confeccionar camisas adecuando las formas de estas protuberancias? ¿Cómo dormiría las siguientes noches? ¿Debía tener algún cuidado, lavado especial? ¿Si dejaba de hacer ejercicios, disminuirían de tamaño o se volverían flácidas? Ante las dudas, entré a la habitación de mis papás, quienes no podían salir de su asombro. Mi padre, que es médico cirujano al borde de la jubilación, examinó las piezas de ajedrez y aunque señaló que se trataba de un caso rarísimo, dijo que se podrían extirpar sin problema. No me dio tiempo a pensar cuando me colocó una mascarilla en la cara y caí desvanecido.

Al despertar en cama de mis padres, las protuberancias habían desaparecido. Fue una operación exitosa, ya mandé las piezas al laboratorio para hacer una biopsia, no creo que sea nada, dijo él mientras pasaba las páginas del diario, como si no tuviera ninguna importancia lo que había sucedido. Yo seguía pasmado y sobre todo cuando vi que eran las cuatro de la tarde. Me quedaba apenas media hora para poder llegar a un teatrín del centro de la ciudad y ayudar a dos amigas con el montaje de dos obras que se estrenarían esa noche.

Ya en el colectivo, aun mareado por la anestesia, me quedé dormido la mayor parte del trayecto.

I’m 31

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Hace un año tenía todas las expectativas y ansías de llegar a los 30. Doce meses han pasado, con mucho aprendizaje, tomando conciencia de procesos que empezaron a gestarse en mí desde los 20 pero que necesitaron años de incubación para concretarse, para emerger.

Uno de los mayores aprendizajes -que aun me cuesta, claro- es el tiempo. Saber esperar y saber cuándo actuar, en qué momento salir al escenario y cuándo también hacer mutis. Siempre he sido de los que quiere todo ya, por un impulso, por una carencia. Ahora creo entender que moverse a prisa, por una urgencia emocional desgasta y es contraproducente. Es mejor moverse poquito pero constante. Tiene mejores resultados a largo plazo.

Otro aprendizaje que se hizo evidente durante este primer año en el tercer piso: El cuidado de mi cuerpo. Mucho de esto se lo debo a mi gran amiga y directora, Itzel Cuevas, quien durante los ensayos de Pa et Blunk siempre me recordaba mientras entrenaba: Respira, toma conciencia de cómo se mueve tu cuerpo, qué partes están tensas y por qué. Me hizo llevar un diario hablando sólo de mi cuerpo, pensando en cómo se sienten mis rodillas hoy, mis brazos, mi espalda. Un ejercicio que suena raro pero que a la larga me ayudó mucho. Ese diario y las presentaciones de Pa et Blunk fueron claves en el descubrimiento de mi cuerpo. Durante los 20 no le di mucha pelota a mi cuerpo. Mi obsesión era cultivar mi cabeza, meterme en proyectos, trabajar y el cuerpo, abandonado, relegado a un segundo plano. Entre los 18 y los 22 fui bastante delgado así que menos me preocupaba si mi cuerpo estaba bien o no. Luego empecé a subir un poco de peso, comencé a trabajar en algo que no me gustaba y fue así que mi propia imagen la percibía como fea, patética. No me gustaba para nada. Tenía el pelo largo, poco cuidado al igual que la barba, comía a deshoras, no me preocupaba mucho por mi forma de vestir. No era que no tuviera autoestima, pero me “daba pereza” ocuparme de mí. Ya en Argentina volví a bajar de peso, me puse muy delgado y comencé a preocuparme un poco por mí. Fui al gym por primera vez (no duré ni un mes jaja) y comencé a cuidar un poco lo que comía. Sin embargo, en general los veinte fueron años de siembra intelectual pero desde lo físico, tuve poca conciencia.

Ya a los 30 (desde los 29) hubo un proceso de renacimiento. Adiós pelo largo, empecé a cambiar toda mi ropa, comencé yoga (no soy tan flexible todavía), reconecté con mi parte espiritual. Ante el espejo, visiblemente estoy mucho mejor (me merezco baño de vanidad hoy). Un Santiago un poco más recargado, con mucha sed de seguir aprendiendo idiomas, viajando, escribiendo.

Otro hallazgo importante del primer año de 30 ha sido perseverar más, tener más confianza en mí mismo. Llegar a tener cierta posición de “prestigio” (llámese ser profe desde los 22), termina muchas veces por generar una imagen que si bien puede ser linda también acaba por encerrarte. Hay más miedo a cagarla, a equivocarte, se termina pensando demasiado creyendo que así hay menos probabilidad de errar. Huevadas que al final del día poco importan. Algo que he aprendido pensando en mí como espíritu y cuerpo es que realmente somos todos personajes de una obra y los roles varían dependiendo de la escena. Ser profe me puede poner en una situación de prestigio, de imagen, pero también la puedo cagar, reconocer que no todos los ejercicios funcionan, que a veces los trabajos de los estudiantes me sirven más para evaluarme a mí que a ellos mismos. Que tengo todo el derecho de saberme vulnerable porque en esa flexibilidad soy un mejor profesor, donde no creo sabérmelas todas y puedo sin temor replantearme una materia por completo y probar, experimentar qué funciona y qué no. En ese sentido creo que un estudiante percibe la franqueza de su profesor y aquella imagen de semidios, se diluye y queda la de un ser humano que en la medida que enseña, también aprende. Y así con todas las relaciones. Siempre estamos aprendiendo. Aprendemos a ser buenas parejas, buenos compañeros de trabajo, buenos hermanos, buenos padres, buenos hijos, buenos estudiantes, buenos ciudadanos. El otro siempre es un espejo y aunque duela reconocerlo, los defectos de ese otro, son oportunidades para trabajar, para mejorar cosas en mí.

Los 31 llegan con fuerza y calma al mismo tiempo. Es un año para trabajar en aspectos en los que me siento en deuda. Es un año también para agradecer por lo que tengo, por la familia, por mis amigos, por el trabajo que tengo, por las oportunidades que llegan a mí. Hay mucho por recorrer todavía y me encanta sentirme siempre estudiante. Amo cada año que tengo y me siento más saludable que a los 20.

Me encanta ser un guy in his thirties.

Flashback al vacío

Anoche soñé que estaba en una piscina de cualquier parte, divirtiéndome con amigos que no conozco y jamás conocí. Yo debía tener 16, 17 años. Éramos todos locos, inconscientes, contábamos chistes tarados. Me veo  y me asombro por la oportunidad: Ser nuevamente adolescente y ser errático, cojudo, hormonal. Liberado de mis ficciones, de los libros, del colegio, estaba ahí sudando entre amigos en un sol de tres de la tarde. No me sentía incómodo con mi cuerpo ni con mi altura, simplemente “era”. En el sueño se sentía bien ser inmaduro, de pensamiento limitado y más conectado con mi cuerpo y los de mis amigos. Éramos una masa bronceada disonante que entraba y salía de la piscina. La música era estridente, una cuchilla constante que picaba el oído, mientras hablábamos a los gritos. Las chicas, sus tetas, sus vaginas húmedas, la paja, el tamaño de la verga, los pelos en la cara y temas varios, eran los tópicos de rigor acompañados de chelas. Mi mejor amigo, entiendo yo, era el bacán del grupo, el que se había tirado/cogido a más de diez peladas, se pajeaba dos veces al día como mínimo y era el peor alumno de la clase, aunque el más “pinta” y el mejor pana. Y en el sueño no lo odiaba ni me molestaba su escasez de neuronas. Era mi amigo, el hermano que no tuve, el que estaba ahí para todos, hablando huevadas pero que en un milesegundo, por la conjunción de algún astro, decía alguna perla que había que agarrar al vuelo. Y esa tarde dijo alguna seguro, pero la brevedad de la escena, el pantallazo de pocos segundos se fundió tal cual como emergió. El sueño terminó de repente.

Y me desperté con un ojo ciego.

Me gusta el reciclaje…

…En el arte en general, pero básicamente en la escritura que es de donde luego surge el cine, el teatro, la literatura.

Me gusta reciclar personajes. Tomarlos prestados de otros ‘colegas’ para darles un nuevo giro, moldearlos a mi mirada, hacerlos recorrer por lugares en los que el colega no pudo o no quiso pensar. Cambiar sus decisiones, angustiarlos un poco, brindarles la oportunidad de experimentar a partir de su elixir de vida.

Me gusta reciclar expresiones, frases dichas por personas con las que convivo de una forma u otra. Desde las que podría decir mi padre en un momento de sabia elocuencia o mi abuela con su humor disparatado, hasta aquellas dichas por las recepcionistas de los lugares donde trabajo. Todas aquellas frases, palabras sueltas, de diferentes seres se mezclan, se licúan y dan origen a los diálogos sufridos, alegres o mortíferos de los personajes que pueblan mis líneas.

Me gusta reciclar historias. Estoy atento a aquello que me cuentan, la historia familiar de un amigo o amiga que si bien se ha vuelto casi un mito por las diferentes versiones que tiene, posee una esencia, una dramaturgia popular que es tierra fértil para los caminos que recorrerán los personas.

Escucho con atención la historia del mensajero que debe arriesgarse en lugares peligrosos por el nombre de la empresa, del compañero de trabajo que discutió con su esposa, de la novia que rompe por enésima con su novio, del amigo que está emprendiendo una nueva vida lejos de Ecuador, de los problemas de la amiga que ha dejado a su novia de años por emprender un romance con una mujer de provincia. Escucho, me alimento cada día de historias. Algunas no ‘me tocan’, pasan por el tamiz y se quedan en la nada. Pero en un momento aparece alguna menos elaborada, menos ‘interesante’. Entonces la escribo en mi viejo cuaderno de notas esperando por el momento en que los personajes reclamen espacios, situaciones, frases para empezar a moverse libremente por el papel o en este caso en la blanca pantalla del ordenador.

Sí, me gusta reciclar. Confieso que me gustan los remakes como propuesta de rearmar, de repensar lo ya escrito y vivido. Me gustan los covers, cuando un artista agarra una canción de otro artista y hace una versión a la altura. En contrapartida, me enoja mucho cuando el remake es una vil copia, cuando no pasa por el proceso de reciclaje, cuando no se contextualiza o cuando se ‘manosea’ su valor.

Reciclar es todo un arte dentro del arte.