Ella en la foto

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Hace unos días, en mi timeline de Instagram, me apareció esta foto de Glória Pires, una de mis actrices favoritas de Brasil. Aunque no tiene nada de especial, me capturó la mirada profunda con la que se clava en el objetivo de la cámara. Glória Pires no representa el prototipo de “mujer linda”, pero tiene una fuerza uterina que se apodera de todos los personajes que interpreta. Es de esas actrices brasileñas que recuerdo haber visto desde mis primeros años de vida. Su pelo negro abundante enmarcando ese rostro mestizo de cejas pobladas siempre me llamaron la atención. Ya más grande, en los primeros años del Internet pude escuchar su voz original (no la doblada de las novelas) y me fasciné con su voz grave, profunda, puissant que se pierde en el doblaje. Lo siento, actriz dobladora de Glória Pires pero la prefiero a ella, la original, ok?.

En esta foto nada especial, una más del álbum de Instagram de Glória Pires, me pregunto por María de Fátima, Ruth, Raquel, Nice, Lavínia, Rafaela, Júlia. Todas tan diferentes a Glória y todas ella misma.

Escribiré un personaje para ella.

I’m 31

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Hace un año tenía todas las expectativas y ansías de llegar a los 30. Doce meses han pasado, con mucho aprendizaje, tomando conciencia de procesos que empezaron a gestarse en mí desde los 20 pero que necesitaron años de incubación para concretarse, para emerger.

Uno de los mayores aprendizajes -que aun me cuesta, claro- es el tiempo. Saber esperar y saber cuándo actuar, en qué momento salir al escenario y cuándo también hacer mutis. Siempre he sido de los que quiere todo ya, por un impulso, por una carencia. Ahora creo entender que moverse a prisa, por una urgencia emocional desgasta y es contraproducente. Es mejor moverse poquito pero constante. Tiene mejores resultados a largo plazo.

Otro aprendizaje que se hizo evidente durante este primer año en el tercer piso: El cuidado de mi cuerpo. Mucho de esto se lo debo a mi gran amiga y directora, Itzel Cuevas, quien durante los ensayos de Pa et Blunk siempre me recordaba mientras entrenaba: Respira, toma conciencia de cómo se mueve tu cuerpo, qué partes están tensas y por qué. Me hizo llevar un diario hablando sólo de mi cuerpo, pensando en cómo se sienten mis rodillas hoy, mis brazos, mi espalda. Un ejercicio que suena raro pero que a la larga me ayudó mucho. Ese diario y las presentaciones de Pa et Blunk fueron claves en el descubrimiento de mi cuerpo. Durante los 20 no le di mucha pelota a mi cuerpo. Mi obsesión era cultivar mi cabeza, meterme en proyectos, trabajar y el cuerpo, abandonado, relegado a un segundo plano. Entre los 18 y los 22 fui bastante delgado así que menos me preocupaba si mi cuerpo estaba bien o no. Luego empecé a subir un poco de peso, comencé a trabajar en algo que no me gustaba y fue así que mi propia imagen la percibía como fea, patética. No me gustaba para nada. Tenía el pelo largo, poco cuidado al igual que la barba, comía a deshoras, no me preocupaba mucho por mi forma de vestir. No era que no tuviera autoestima, pero me «daba pereza» ocuparme de mí. Ya en Argentina volví a bajar de peso, me puse muy delgado y comencé a preocuparme un poco por mí. Fui al gym por primera vez (no duré ni un mes jaja) y comencé a cuidar un poco lo que comía. Sin embargo, en general los veinte fueron años de siembra intelectual pero desde lo físico, tuve poca conciencia.

Ya a los 30 (desde los 29) hubo un proceso de renacimiento. Adiós pelo largo, empecé a cambiar toda mi ropa, comencé yoga (no soy tan flexible todavía), reconecté con mi parte espiritual. Ante el espejo, visiblemente estoy mucho mejor (me merezco baño de vanidad hoy). Un Santiago un poco más recargado, con mucha sed de seguir aprendiendo idiomas, viajando, escribiendo.

Otro hallazgo importante del primer año de 30 ha sido perseverar más, tener más confianza en mí mismo. Llegar a tener cierta posición de «prestigio» (llámese ser profe desde los 22), termina muchas veces por generar una imagen que si bien puede ser linda también acaba por encerrarte. Hay más miedo a cagarla, a equivocarte, se termina pensando demasiado creyendo que así hay menos probabilidad de errar. Huevadas que al final del día poco importan. Algo que he aprendido pensando en mí como espíritu y cuerpo es que realmente somos todos personajes de una obra y los roles varían dependiendo de la escena. Ser profe me puede poner en una situación de prestigio, de imagen, pero también la puedo cagar, reconocer que no todos los ejercicios funcionan, que a veces los trabajos de los estudiantes me sirven más para evaluarme a mí que a ellos mismos. Que tengo todo el derecho de saberme vulnerable porque en esa flexibilidad soy un mejor profesor, donde no creo sabérmelas todas y puedo sin temor replantearme una materia por completo y probar, experimentar qué funciona y qué no. En ese sentido creo que un estudiante percibe la franqueza de su profesor y aquella imagen de semidios, se diluye y queda la de un ser humano que en la medida que enseña, también aprende. Y así con todas las relaciones. Siempre estamos aprendiendo. Aprendemos a ser buenas parejas, buenos compañeros de trabajo, buenos hermanos, buenos padres, buenos hijos, buenos estudiantes, buenos ciudadanos. El otro siempre es un espejo y aunque duela reconocerlo, los defectos de ese otro, son oportunidades para trabajar, para mejorar cosas en mí.

Los 31 llegan con fuerza y calma al mismo tiempo. Es un año para trabajar en aspectos en los que me siento en deuda. Es un año también para agradecer por lo que tengo, por la familia, por mis amigos, por el trabajo que tengo, por las oportunidades que llegan a mí. Hay mucho por recorrer todavía y me encanta sentirme siempre estudiante. Amo cada año que tengo y me siento más saludable que a los 20.

Me encanta ser un guy in his thirties.

Mi otra casa

Soy medio nómada, de piso móvil, de músculos inquietos y sufro de síndrome de vuelo constante. Necesito escapar a otros parajes, refugiarme en calles diversas y cafetear sin propósito alguno. Aunque me seduzca elegir una ciudad del mundo por descubrir, hay una casa a la que siempre amo volver, para retomar abrazos, respirar avenidas, hablar en dialecto.

Mi otra casa tiene anfitriones diversos y siempre hay fiestas, asados, charlas eternas, chistes boludos. Siempre tiene nuevos rincones por descubrir. Puedo descansar si quiero, salir, comer hasta reventar, escribir en servilletas, en papeles sueltos…

Puedo recorrer mi otra casa sin temor a perderme y si pasara, sería el mejor pretexto para vivir un personaje lunfardo, ahogándome en el frío polar de julio o en la soledad del verano en enero.

Mi otra casa tiene inviernos melancólicos, otoños románticos, primaveras cinematográficas. Mi otra casa queda al sur del continente, donde el mundo parece terminar y sólo tiene como rival la extensa Patagonia y la gélida Antártida.

Mi otra casa es Buenos Aires.

Saudade de Domingo #52: Siempre en presente

«No gerundio, no pretérito, no futuro, siempre presente», he perdido la noción de cuántas veces he dicho esto a mis estudiantes en las clases de Guión. Hoy he hecho las últimas correcciones en la versión 10 del guion de una estudiante de maestría a la que dirijo en su proyecto. Su guion es ya prácticamente la versión final y estoy satisfecho con el resultado obtenido a lo largo de dos años de tutoría. Y justo hoy, en su documento de tesis, me encuentro con el storyline de su guion, escrito en algunas partes en futuro. Inmediatamente vino mi comentario: «Nunca se escribe en futuro, siempre en presente». Miré lo que escribí en la pantalla con el cursor titilante, observando la palabra presente varias veces y cada vez era más grande, como si mis ojos hicieran un zoom in a esa palabra: PRESENTE – PRESENTE  – PRESENTE. La importancia del aquí y ahora, donde el pasado no está ni el futuro se conoce. En toda película se vive en un presente eterno. Por más que los personajes tengan traumas del pasado o incluso la película lleve años de estrenada, las escenas suceden aquí y ahora, en el preciso instante en que un espectador mira el hecho y acompaña su alma con la de los personajes. Puede que Marlon Brando esté físicamente en otro plano, pero cada vez que vea Un Tranvía llamado Deseo o El Padrino, Stanley y Vito Corleone estarán ahí. Y el patriarca italiano volverá a vivir una y otra vez en tanto repita la película para mi propio deleite.

A pesar de esta gran enseñanza que da el guion y el cine, resulta difícil enfocarse sólo en el presente. Siempre cargamos con el pasado pesado (¡viva la cacofonía!) y vivimos proyectando un futuro como si quisiéramos ser marionetas de nosotros mismos. Como si predecir los pasos o anticiparse fuera sinónimo de éxito garantizado. A veces el mismo destino tiene preparado algo mejor… o algo peor. Pero claramente, no se puede vivir proyectando porque se pierde la maravilla del ahora y ahí se cae en ese círculo vicioso de saudade. Añorar el pasado porque en realidad fue alguna vez un presente que no se disfrutó plenamente. Así que uno está recriminándose el pasado o resguardándose del futuro. Y del presente nadie se ocupa porque es esa cosa molestosa que tengo adelante y que aparentemente no me da perspectiva. Debería ser una lección fácil de aprender la del vivir en el aquí y ahora, sin embargo es una de las más complejas empresas de lograr.

Y es tan medicinal cuando uno logra por momentos vivir en el ahora, olvidando, dejando la carga del pasado y dejando que el futuro se encargue de sí mismo para recibirlo pleno cuando se vuelva presente. Es hermoso caminar de la mano con quien amas, tomar un café en soledad con libros, viajar, salir con amigos un sábado por la noche, ver una película siendo parte de ella, hacer el amor olvidándolo todo y estar solo ahí con esa persona en ese momento único de conexión. El presente es ese amigo al que nunca se valora, pero al que se extraña cuando está en ausencia (en pasado).

Y volver al guion, siempre me recuerda que debo estar aquí y ahora, preocupado sólo de escribir estas líneas, enfocando mi ser en estas palabras. Lo que haga después ya se verá. Pero ahora escribo y quien me lee está en este momento presente leyendo. Estamos hilados por este presente, como si un guionista escribiera la escena y debiera narrar en tiempo presente la acción de Ud. que lee y yo que escribo.

El presente une lo que el pasado y el futuro separan.

Saudade de Domingo #51: Llenar el mapa

Ecuador es un mapa mudo en muchos aspectos. Un mapa mudo en el sentido escolar, como cuando la profe nos entregaba el mapa del país vacío para ubicar las ciudades, los ríos y las provincias. Geografía era mi materia favorita y disfrutaba mucho llenando esos mapas mudos.

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Hace varios años atrás vi un mapa de Estados Unidos y cada estado tenía una película o serie representativa. Todo el mapa estaba lleno y mi pregunta inmediata -e ingenua- fue: ¿El mapa del Ecuador, estaría «lleno»? No me tomó muchos segundos en responderme que no.

En lo audiovisual, así como en otras áreas, hace falta mucho por hacer, se necesitan propuestas diferentes, arriesgadas, que se diversifiquen y no caigan en un intelectualismo asfixiante ni en una comedia comercial mal hecha. En ese sentido el mapa del Ecuador está vacío todavía, sin desconocer que han habido proyectos interesantes pero que no resultan suficientes para llenar el mapa. Estamos apenas colocando cantones, riachuelos dentro del país, algo que podría ser desalentador pero que también tiene otra arista: La de la tierra en la que está todo por hacerse. Pienso en países con industria audiovisual fuerte como España, Francia, Argentina, Brasil, México, en los que aparentemente todo está hecho, sus mapas están saturados sin espacios para más, no obstante surge cada tanto un grupo de artistas que vuelve a reinventarse y renueva los mapas. Acá en Ecuador el terreno está limpio, casi virgen, hay que luchar con la aridez de ciertos sectores que aun no comprenden lo importante que es el audiovisual como herramienta de difusión de nuestra cultura, pero el mismo vacío permite empezar a experimentar, equivocarse en pequeño, dar los primeros pasos.

Los que hacemos audiovisual, de una u otra forma y en el área que sea, creo que estamos llamados a crear en chiquito, mediano, grande, desde las posibilidades de cada uno pero con la consigna de no parar, de estar en movimiento, escribiendo, grabando, presentando. Poco a poco se empieza a poblar el mapa, lo cual es estimulante. Es necesario ver(nos), apoyar(nos), porque no se trata únicamente de un desarrollo personal sino de un crecimiento colectivo, de darle el valor que merece el cine, la televisión nacional, con historias de calidad y que tengamos orgullo de exportar como parte de nuestros bienes culturales.

Hay que llenar el mapa del Ecuador con las historias que cada uno ya tiene, ya escuchó, que ya escribió y que deben buscar un sentido en una pantalla. Hay que jugar con el mapa mudo y hacerlo hablar, que le cuente a sus vecinos por qué somos trópico, por qué estamos en el centro del planeta, por qué somos diversos aun cuando sólo somos 14 millones en un territorio pequeño. Hay que jugar con el mapa, llenándolo con los trazos que uno pueda, así como en la secundaria, a veces con seguridad, a veces adivinando.

Saudade de Domingo #50: Cincuenta ediciones

En un abrir y cerrar de ojos. Este espacio se ha convertido en un pozo de emociones contenidas, algo que no imaginé que pasaría, que empezó como un hobbie, un juego que podría morir en cualquier momento, como ya ha pasado con otras iniciativas. Creo que lo que me gusta de este espacio de Saudade de Domingo es poder escribir sobre lo que sea, sin importar el tono que sea. Total, es mi lugar y todo es muy subjetivo acá, no busco ni expongo verdades sino lo que siento en determinado momento y una vez que otra sale algo de lo que me enorgullezco. Tampoco suelo releerme por temor a querer editar. Así que lo que salga por acá queda para quien lea y que vea qué hace con eso.

Desde octubre de 2015 que empecé con esto han pasado tantas cosas. Graduación, viajes, películas, procesos de teatro, escritura. En algunas cosas he avanzado, en otras siento todavía un estancamiento. Son aspectos que toman tiempo ir deshaciendo y que capaz cuando llegue a las 100 ediciones algo hayan cambiado (espero). Una pregunta que suelo hacerme a veces sin esperar una respuesta es «¿qué tanto me parezco a lo que escribo?». Siguiendo una idea lógica se supone que la escritura debería ser una suerte de espejo o radiografía de quien escribe, donde además podría dilucidar qué influencias tenía en determinado momento. Sin embargo no estoy muy seguro de parecerme a lo que escribo o quizás es uno de los tantos yoes que tengo. A lo mejor en mi escritura sucede algún proceso esquizoide en el que soy y no soy lo que escribo. Surge quizás alguna especie de canalización de donde brotan ideas, personajes, situaciones que muchas veces quedan como engendros a medias sin un derrotero concreto. En ese sentido creo que el descubrimiento de la poesía gracias a María Negroni, me ha ayudado a desembocar esas imágenes sin sangre. Son apenas pincelazos que con suerte -o no- terminarán en un collage de algo. Desde hace algunos meses me ronda en la cabeza la idea de hacer algo con proyectos inacabados. Quizás un medio o largometraje de los cortos que quedaron minúsculos y que juntos puedan tomar otro despegue. No lo sé, es sólo una idea que me ronda y que madurará no sé cuándo.

Así que aquí estoy con mis 50 ediciones y mis incertezas. Voy por las 100 a ver qué onda.

Saudade de Domingo #49: Caminando

Es importante cada tanto, ser turista de la propia ciudad. Tratar de mirar con distancia o con ojos de novedad aquellos sitios que resultan familiares. Siempre esa observación traerá  una nueva aproximación, pues en realidad es el ojo el que le da sentido a lo que miramos.

Ayer por la tarde me encontré con una amiga y luego de la despedida, podría haber optado por regresar a mi casa en taxi. Pero no tenía ganas ni de regresar tan pronto ni de subirme a un auto. Tenía ganas de caminar, de tener un tiempo en soledad para mí. Si bien camino bastante diariamente, quería darme esta posibilidad de caminar en otro sentido, tratando de encontrar(me) en la ciudad.

Me olvidé los audífonos en casa así que el único soundtrack que tenía era el sonido del estero, el motor de los autos, alguna estación radial que se escuchaba en último plano, algún fragmento de una conversación por celular. Y ahí estaba caminando, con sol, pensando en mis planes de este año, en lo ya vivido en estas primeras semanas del 2017. Pensar y caminar se dan muy bien de la mano. Mis ideas más interesantes se han dado en esos momentos. Es por ello que no evito caminar, al contrario, lo busco.

Caminando, organizo mi agenda, tomo decisiones pospuestas, transpiro, recuerdo canciones, olvido malos momentos. Y eventualmente tomo fotos de alguna esquina, de algún lugar que me saque de mí. Ayer mientras caminaba, crucé el puente que va del Policentro a Urdesa. Me gustó tanto el verdor y el color de la luz, que no pude dejar pasar la oportunidad de enmarcar el momento.

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Saudade de Domingo #48: Atesorar

Siempre he sido un obsesivo por la memoria, por congelar el recuerdo, por registrarlo todo. Cada tanto me gusta pasar revista a todos los recuerdos acumulados en diferentes formatos: fotos, vídeos, cartas, diario, tarjetas, etc. No lo hago todo el tiempo pero me hace feliz saber que determinado recuerdo está inventariado en alguna plataforma. El problema surge cuando algo se pierde o se borra.

Esta semana viví un hecho que me desestabilizó mucho pero que pocos supieron. El martes a la mañana mi compu no prendió más, intenté revivirla de todas las formas posibles, busqué tutoriales en el celular a ver qué podía hacer para sacar del coma a mi laptop. Pero nada fue posible. Más allá de la molestia de que no prendiera, se me cruzó por la mente un craso error que había cometido: no había respaldado en varios meses toda la info de la compu. Pensé enseguida en lo que más me importaba de los más de 200 GB ocupados. Mis poemas escritos en Nueva York y la sinopsis larga de la película en la que estoy trabajando.

¿Cómo era posible que si eran trabajos tan importantes para mí, no se me hubiera ocurrido respaldarlos en el Drive, en un disco externo o por último en el mail? Me recriminé durante horas. Era como haber retrocedido un año atrás de trabajo. Era la primera vez que una compu se me dañaba pero no era la primera vez que perdía información valiosa. Un año atrás un disco duro dejó de funcionar de la nada y no se pudo rescatar nada de la info que estaba ahí. No me dolió tanto porque más que todo eran películas que luego pude volver a bajar, pero la sensación de pérdida no me era desconocida. Dos años atrás, en Buenos Aires, otro disco que tenía empezó a dar problemas, lo llevé a varios centros de reparación pero no pudieron hacer nada por salvarlo. ¿El contenido? Un cortometraje que había grabado unos meses antes. Todo el material en bruto, el primer corte al olvido entre los sectores dañados del disco externo. Por suerte esa vez había dejado un respaldo en mi compu en Guayaquil, así que mi hermana pudo mandarme por Dropbox todo el material. Más atrás todavía, cuando tenía como unos 13 o 14 años, un técnico que había venido a casa a actualizar el sistema operativo de la compu, había formateado sin consultarme el disco duro y perdí algunos cuentos. Me tocó escribirlos desde cero.

Así que el martes por la tarde mientras iba con mi papá a la tienda donde había comprado la compu para aplicar la garantía del equipo, me preguntaba -o recriminaba- por qué no había hecho el respaldo de la información. Y no fue por falta de alertas: A una amiga mía le robaron sus dos compus hace unas semanas atrás y no había respaldado nada en la nube, por lo que perdió todo. Yo pensé para mí «hace mucho que no respaldo nada en el Drive». Seguí con mis ocupaciones en el seminario en Nueva York. Al final del mismo, María Negroni nos pidió que le enviáramos todos los poemas escritos. Hubiera podido hacerlo ese mismo día pero pensé que quería tomarme unos días para releerlos y corregirlos. Ya de regreso a Ecuador, una amiga del seminario me pidió leernos los poemas de ambos y darnos feedback mutuamente. Le respondí que me gustaba la idea y quedé enviárselos ese mismo fin de semana. Como estaba por empezar a dar clases nuevamente, tuve que armar una materia de cero y no tuve tiempo de trabajar un poco en los poemas. Todas esas alertas se pasaron por mi cabeza mientras iba a la tienda y estaba tomado por una impotencia tremenda. Dejamos la compu ahí. Esa noche pasé mal pensando en mis archivos.

Al día siguiente llamé y el daño parecía grave por lo que mandaron a pedir una nueva pieza que debía llegar en unos días más. Pregunté por mi información, por el disco y me dijeron «no nos hacemos cargo de eso, era su responsabilidad respaldar todo». Yo ya sabía eso y no necesitaba como cliente el facilismo del técnico. Me dio mucha rabia el quemeimportismo del fulano. Me exalté. Así con todo, tuve que dar clases, haciendo gala de mis dotes de actor y fingir que todo estaba bien. Hice bromas como suelo hacer en clases y creo que fingí tan bien que hasta casi me creo que no me pasaba nada.

Esa misma tarde del miércoles, me entregaron el disco y en vista de que es tan «modernísimo» (un chip ultradelgado) no encontré quién pudiera extraer la información así que recurrí el jueves a los servicios de Ondú, que se portaron genial. Un día después tenía toda la información del disco rescatada y mis poemas volvieron a ver la luz, los personajes de la película reaparecieron e inmediatamente comencé a respaldar todo en el Drive.

Más allá de la anécdota tenebrosa que todo esto me provocó pensé nuevamente en mi afán extremo de atesorar recuerdos. ¿Sirve de algo? Es decir creo que sirve pero siempre que se comparta, cuando haya un otro que observe también. Mirar en solitario es aburrido y egoísta. Lo sé. Es algo en lo que quiero/debo trabajar. Siempre por un afán perfeccionista, de siempre pensar que mis proyectos pueden ser mejores y que hasta tanto es mejor que no vean la luz, creo que los proyectos acaban suicidándose. Pensarán: «si no hay alguien más que nos mire, mejor nos matamos. Basta de oscuridad». Algo así debió haber dicho ese corto que casi perdí pero que pude recuperar para que siguiera en otro disco duro…

Atesorar sólo debe servir si es para compartirlo, así gane críticas o elogios. Son la misma cara de una moneda. Esta bitácora cumple un poco esa misma función: congelar, retratar sensaciones mías en determinado momento y compartirlas en la web, así no sea el mejor escritor del mundo. Y con esa misma lógica debería operar con los proyectos que hago. Decir/escribir todo esto, es una forma de catarsis para recordarme que las cosas que suceden a mi alrededor son señales a las que debo prestar más atención. Nada sucede así porque sí y esta semana terrorífica en la que casi pierdo documentos valiosos para mí, me ha hecho dar cuenta de lo responsable que soy por las cosas que creo, en las que invierto tiempo. Así que además de respaldar todo en el Drive, ya envié mis poemas a María, se los envié a mi compañera del seminario y la sinopsis larga de la película se la envié a dos personas que aprecio mucho para que me den feedback. Creo estar retomando bien las cosas por el momento.

Debo seguir recordándome: comparte lo que haces, atesora y comparte.

Saudade de Domingo #24: Se vienen los 30

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Los 30 años en abril

Cumplir años es una formalidad. Una formalidad en el sentido que las experiencias adquiridas no necesariamente reflejan la edad en términos biológicos. Ni tampoco es que cumplir determinado número de años te vuelva automáticamente maduro o “sabio”. Hay quienes dicen que la edad es mental, yo desde una perspectiva holística creo que la edad es mental, biológica, social, producto de un entorno que tiene ciertas expectativas hacia lo que se debe hacer o tener cuando cumples determinada edad.

Y así me acerco a los 30. Edad en la que mi papá me tuvo entre sus brazos por primera vez. Edad en la que ya estaba casado hacía cinco años con mi mamá. Edad en la que en términos sociales, mi papá había cumplido con “la tribu” en formar familia, generar descendencia y ser parte de la población económicamente activa del país cumpliendo con el derecho al sufragio y el deber de pagar religiosamente sus impuestos, entre otros aspectos.

Los tiempos son otros. El 1986 de mi padre no es mi 2016. Mucha agua pasó por debajo y los 30 para mi generación vienen con otras cargas ideológicas. Somos quizás más libres de pensamiento que nuestros padres, nuestras inquietudes antes de pensar en una familia como tal pueden ser cuál sería el siguiente posgrado o puesto laboral al que quiero llegar, dónde me iré de vacaciones luego de trabajar tantos meses sin descanso. Los hijos vendrán si tienen que venir y serán bienvenidos cuando toque la hora. Mi generación parece estar más preocupada del bienestar personal, de equivocarse y preguntarse qué carajo queremos de la vida, antes de unirnos a otro ser humano igualmente confundido. Y eso me gusta, saberme errático, un investigador constante en mis emociones, probarme en áreas de trabajo que jamás me habría imaginado, amando sin importar las etiquetas, jugando con mis amigos a ser nuevamente niños, llorando con el fin de una serie o un buen libro que termina, cantando casi en susurro una melodía brasileña o alguna canción perdida de Françoise Hardy o Vasco Rossi, escribiendo alguna novela o guión fantaseando con el destino de los personajes. Mis 30 son el cúmulo de experiencias propias, prestadas, recicladas, observadas y son ellas las que me dicen si debo o no jugar en determinada cancha. Elijo dónde quiero equivocarme con un poco más de responsabilidad que a los 20. Me hago cargo completamente de mí sin señalar con un dedo acusador a quienes me rodean. He crecido pero no a golpes o al menos no tomo como puñetazos las épocas de escasez, de incertidumbre tanto en mi casa como en tierra ajena. En aquellos momentos dentro de la escena sí, era el infierno en la tierra, pero visto a la distancia aquellos remezones me han colocado donde estoy ahora. No soy un ganador tampoco, apenas un participante que sigue apostando a pesar del mal tiempo.

Los 30 no me sorprenden. Los he esperado desde hace algunos años, no como sinónimo de vejez ni de una responsabilidad rancia de ser adulto sino como el lugar de plenitud entre juventud y madurez. Quiero tener orgullo al decir que tengo 30, sí 30, no 28, no 25, no quiero repetirme en las cifras del pasado. En estos 30 me preparo para un renacer en varios proyectos en los que aparentemente empiezo de cero pero creo que tener a mi favor, una conciencia de mí que antes no tenía.

Y con estas ideas dando vueltas en mi cabeza, vivo las últimas semanas de los 29. Me despido del segundo piso no con tristeza y sí con alegría. No me arrepiento de mis 20. Fueron los años necesarios para sentirme más a gusto en los 30 y sólo por eso han valido la pena. ¡Qué vengan los 30!