Saudade de Domingo #125: Los mapas de la infancia

Abro el Google Maps, escribo la dirección a la que tengo que ir. Quince minutos caminando a buen ritmo, me pronostica la aplicación. Trazo mi recorrido imaginario por calles que conozco pero que en la vista satelital lucen como venas grises que se interceptan, se cortan o siguen largos tramos en línea recta. Muchas veces me he sorprendido “jugando” con Google Maps. Elijo una ciudad que se me viene a la cabeza y la recorro, fantaseo con sus formas, con el verdor (o la ausencia) de árboles, los tejados de las casas, la aparición repentina de ríos o de playas. Juego por unos cuantos minutos como cuando en la infancia jugaba con los mapas. Con un lápiz trazaba caminos, posibles rutas para ir de una ciudad a otra, también los calcaba y me desafiaba a ubicar ciudades sin la ayuda del mapa original. 

Me parecía fascinante comparar mapas de diferentes libros. Algunos eran más planos, otros pretendían emular el relieve real de las montañas y valles. Los había también de diferentes colores y tipografías. Debo decir que todos me gustaban y ningún atlas estaba de más, todos sumaban, todos me emocionaban. Todos me hacían viajar a lugares distantes.

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Debía tener ocho años cuando mi abuela y mi tía me regalaron un atlas que editó diario El Comercio, a partir de una edición de National Geographic. Su pasta dura, imponente, de color azul y una fotografía de la Tierra, esférica, perfecta, descansando sobre un mapamundi. Lo abrí, exploré sus páginas blancas de papel couché y me encantó ver que cada país tenía una modesta descripción cultural con datos importantes como capital, ciudades importantes, idiomas, moneda. Había además varias fotos de manifestaciones culturales de cada país que me permitían hacerme una idea de cómo eran esos países.

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Otra cosa que me encantaba eran los colores de los mapas. Amaba mi atlas, con él aprendí cómo lucían las personas en Escandinavia, las monedas de los países del Medio Oriente, las impactantes imágenes de Seúl y Tokyo, lo enorme que era Australia y lo solitaria que era al interior del país. Fue uno de los regalos más hermosos que recibí en la vida y recuerdo haber dormido muchas noches junto a mi atlas. Soñaba que visitaba esos lugares, me veía como un explorador que iba tachando el mapa de cada país que  visitaba. Gracias a mi atlas, con ocho años, ya me sabía de memoria todas las capitales del mundo. 

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Además de mi atlas, que se volvió mi libro de cabecera, seguí como detective cazando mapas. Cada año pedía de regalo de navidad el Almanaque Mundial, que me brindaba vasta información de cada país con su respectivo mapa. En la escuela, en el cuarto año de primaria, incluyeron en la lista de útiles escolares, un atlas de América y del Ecuador. Fue ahí cuando me enteré que Ecuador había tenido un territorio vasto y que con el paso del tiempo, luego de varios conflictos con Colombia, Perú e incluso Brasil, quedó del tamaño que tiene actualmente. Recuerdo haberme “cabreado” pensando en cómo nos fuimos empequeñeciendo frente a los otros vecinos invasores. Ahora, obviamente, es historia superada.

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No podría precisarlo bien, pero creo que los mapas influyeron también en mi pasión por los idiomas. De cada idioma que estudiaba, me gustaba calcar los mapas de los países hablantes. Era una manera de apropiarme de esas regiones, de esas provincias. Calqué y pinté muchas veces los mapas de Brasil, Italia, Francia, Portugal, Alemania, Estados Unidos. También el hecho de recorrer los mapas con ciudades de fonéticas extrañas para mí en ese momento, me incitaba a saber más sobre las lenguas. Vi fotografías de Moscú y su alfabeto familiar y distante del latino me hacía pensar en cómo se escucharía hablar a los rusos. Lo mismo me pasaba con el árabe y el mandarín. Las ciudades chinas, por ejemplo, eran las más difíciles de pronunciar y recordar. 

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Llegó luego el internet, podía descargarme los mapas pero no era lo mismo. Llegué a imprimir a algunos pero no me emocionaban de la misma manera. Los mapas fueron quedando en el desván de mi memoria. Cada tanto en algún lugar podía encontrar un mapamundi y atraído como imán lo observaba de cerca, pero nada más. Ya adulto empezaron los viajes y ahí volvieron otra vez los mapas en las guías de Lonely Planet. Las ciudades y sus sitios emblemáticos, sus calles, sus plazas, sus montañas volvían a tener sentido para mí. Me preparaba para vivir esos lugares que había explorado tanto desde los mapas. 

Debo decir que a cada lugar que viajo, sigo comprando atlas de ese país que visito. Me sirven de colección y a la vez como guía durante los recorridos. Es verdad que el Google Maps es una herramienta fabulosa, una guía en tiempo real que ofrece atajos, que anuncia tiempos y que además anticipa con fotos lo que uno se va a encontrar. Pero también es verdad que necesito del mapa en papel y tinta, resistente ante las fallas del wifi e indoloro ante las horas sin batería. Necesito lo imprevisto que me ofrece la representación gráfica del mapa frente al espacio real.  A veces prefiero la incertidumbre de lo que está por descubrirse en un mapa que está diseñado para ser enmarcado, doblado, mojado, estrujado y que aun así seguirá siendo un mapa con historia.

Saudade de Domingo #110: La vida empieza (o termina) en el Golden Gate

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Viajar siempre me pone en un estado febril horas antes. Me pregunto, me anticipo. 

Soy otro yo cuando viajo, más sensible, más predispuesto al vacío, más errático quizás, con mucha sed de aprender. Puedo llegar a sentirme superpoderoso, capaz de hacer lo que se me cante. No tengo limitaciones, es mi sombra jungiana la que toma las riendas de los recorridos.

Suelo llorar mucho en los viajes. Desde que me subo al avión, cuando las turbinas suenan y la ciudad se vuelve una alfombra. Me acompañan los personajes que escribo, las películas, las series que he visto, las personas cercanas que admiro. No es un llanto de tristeza, sino de alegría y euforia. Mi padre diría que al viajar estoy solo contra el mundo. Yo más bien diría que estoy solo con el mundo, pues en todos mis viajes he tenido la suerte de encontrarme con gente que me hace el camino más agradable.

Para cada viaje, siempre termino eligiendo una canción que repito de forma compulsiva, como si volviera un himno de ese recorrido. Lejos de cansarme la misma melodía, se me vuelve adictiva, necesito escucharla para impregnarme más de lo que veo, de lo que siento mientras camino. A momentos puedo sorprenderme con los ojos llenos de lágrimas invadidos por la música, por el paisaje, por las imágenes que vienen a mi cabeza y que se transforman, eventualmente, en historias para escribir.

Cada viaje me pone también muy reflexivo, encuentro respuestas a preguntas que no sabía como formular, también descarto las respuestas que de alguna manera ya superé. También me pasa de volver a preguntas que creía superadas. Estas duelen mucho, porque me da la sensación de que no aprendo y de que la vida me vuelve a poner las lecciones al frente.

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En este viaje a San Francisco tuve una mezcla de sentimientos muy extraños. Como siempre me pasa el primer día, odio la aventura, me arrepiento de viajar, quisiera mandar todo el carajo y regresar a mi ciudad. Luego el segundo día es mejor y de ahí en adelante me como la ciudad literalmente. Cada esquina, cada calle, cada rostro se vuelve un territorio para descubrir. 

En San Francisco hice uno de los recorridos más importantes hasta ahora en mi vida de viajero. Me tomé el tranvía en Union Square y me bajé en Lombard Street. Saqué algunas fotos, caminé por esas pendientes caprichosas y de ahí me lancé a caminar hasta el Golden Gate. Google Maps calculaba para mí una hora y cuarenta de camino. Era un recorrido largo, hacía frío, había amenaza de lluvia, pero me lancé. Había caminado ya el Brooklyn Bridge en New York, así que decidí equilibrar el juego con San Francisco.

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Llegué casi por accidente al Parque Histórico Nacional Marítimo de San Francisco, con las embarcaciones del siglo XIX de fondo. Algunos arriesgados nadaban en esas aguas pacíficas y heladas, mientras que otros preferían trotar con auriculares. Me llené de ese aire salino frío del invierno húmedo de California. Pensé en la loca generación beat, en sus recitales, en su rebeldía, en esas creaciones atropelladas llenas de desacato, caliente, de estados alterados. Estaba en California, la tierra del arte, de las batallas, de la lucha por los derechos civiles y ahora la tierra de la tecnología. En los viajes, así como suelo llorar mucho, me obsesiono con mi extranjería. En Estados Unidos, por ejemplo pareciera que me esfuerzo en hablar el inglés con mucho acento latino. Se establece en mí una dialéctica entre el amor que tengo por la aventura, pero al mismo quisiera resguardarme de esos “otros” diferentes. Sin embargo, ahí en el muelle, pensando en San Francisco, en California, me sentí en casa, con más puntos en común con sus habitantes que diferencias. 

Seguí el camino con Sale, Amore e Vento, de Tiromancino. Esa melodía italiana, nostálgica y enérgica que Federico Zampaglione escribió de un solo tirón luego de haberse soñado a sí mismo como un narco latino enamorado de una mujer que vivía recluida en una isla. Esa canción eyaculatoria, pasional, acompañaba mis pasos por el Marina District, un sector del San Francisco residencial, geométrico, formal de una clase pudiente muy alejado a la imagen postal de la ciudad. 

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A medida que el camino avanzaba las personas iban desapareciendo hasta encontrarme dentro de un descampado a orillas del mar, en la que eventualmente pasaba algún ciclista. Me sentía agotado, sudando frío pero también estaba la canción, los mensajes que me enviaba con algunos amigos y el deseo de atravesar el Golden Gate. Cualquier cansancio era nimio frente a la fuerza que de pronto parecía salir dentro de mí, a pesar de la poca confianza que me tengo muchas veces.

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12En ese camino largo tuve tiempo suficiente para pensar en lo que quiero de mí en los próximos años. Era enfrentarse a ese demonio cuestionador que me recuerda que este año cumplo 33, que me hace pensar si estoy contento con la vida que llevo, que si no es hora de encontrar a alguien y formar una vida en conjunto o quizás tomar la aventura de viajar hacia algo más extenso e intenso. Lejos de ser un encuentro doloroso como siempre pensaba y que evadía en la tranquilidad de mi ciudad y de mi trabajo, mirar ese demonio-espejo, fue la posibilidad de mirar de frente ese monstruo que suelo ser. La reflexión se hacía más llevadera con ese cielo gris de San Francisco, con la calma de la naturaleza, el vaivén del mar que rozaba la orilla y las fotos que iba tomando a manera de testimonio mudo de la experiencia. 

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Cuando llegué finalmente al Golden Gate, algunas preguntas estaban respondidas. Las respuestas (decisiones) me daban y me dan miedo, pero al entrar al Golden Gate, insuflado por la fortaleza de esa mole de hierro que desafía cualquier desastre natural, me sentí protegido y que cualquier cosa que decidiera iba a estar bien. De pronto no me dolían las piernas, no me sentía cansado. Además hice las respectivas fotos y selfies para capturar el momento, ya que divertirme conmigo es también parte de la aventura. No recuerdo exactamente cuánto tiempo me tomó atravesar el puente. Estaba más emocionado por la música, el mar debajo de mí, el esperpento naranja que se alzaba encima mío y sobre todo, por mi lugar en el mundo. 

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Al emprender el regreso por el puente, me detuve a la mitad a contemplar la isla de Alcatraz y a San Francisco, ecléctica, rebelde, al fondo. A pesar de los turistas que como yo cruzaban el camino, me sentí conectado en soledad con esa naturaleza plomiza invernal. Hice un pacto con el Golden Gate. Con el corazón ardiente (siempre quise usar ese adjetivo), dejé a la suerte, al destino, a la nada, lo que tenga que suceder. Yo ya tengo algunas respuestas así que debería poder detectar las señales y cuando aparezca lo que fuera, sé bien lo que tengo que hacer (ojalá).

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Por alguna razón El Golden Gate (y su trayecto) le ha dado un punto de giro al guion de mi vida hasta ahora. Pienso en mis clases de estructura dramática en la que el personaje luego de un punto de giro experimenta un cambio y también crisis. Me reconozco en ese momento de crisis, pienso en los 33 que cumpliré en menos de un mes y en lo que espero hacer en mi propia película de vida. También recuerdo que en mis clases de estructura dramática le digo a los estudiantes que las crisis llegan a un punto álgido para luego resolver la historia. Me proyecto hacia ese punto en el que haya sido superado lo que tengo que aprender ahora y mientras tanto, recuerdo mi paso por el Golden Gate, amable y protector que me permitió atravesar el umbral hacia un nuevo camino. 

Un café en las alturas de Quito

“Debes ir al Café Mosaico, vas a ver Quito como nunca antes”, me dijo una amiga cuando le comenté que iba a pasar un fin de semana en la capital. Ella sabe de mi predilección por los cafés y las vistas panorámicas, así que su recomendación fue más que acertada. Revisé el sitio web del café, me enamoré el lugar por las fotos, por lo que no dudé en hacer una reservación para el domingo por la tarde. Un lugar como ese no lo podía dejar de pasar. 

IMG_8705El café, ubicado en la zona de Itchimbía, seduce desde su entrada. Hay una decoración ecléctica entre lo rústico, lo artesanal con una elegancia que da cierta familiaridad. Da la sensación de entrar a casa de algún conocido. Un letrerito en el fondo advertía que la atención se daba en el segundo piso. Llegué cerca de las 14h30 con un sol abrasador que me descubrió una ciudad con todo su brillo. Me indicaron la mesa reservada en la terraza y lo siguiente fue éxtasis puro: El sur de Quito a mis pies, colonial, premoderno, posmoderno con las montañas verdes custodiando la ciudad. Una ligera brisita del páramo paliaba el ardor de los rayos del sol, mientras sacaba las primeras fotos y acomodaba mis cosas. Le agradecía mentalmente a mi amiga por haberme recomendado el lugar. Sin haber probado bocado todavía, ya la visita estaba valiendo la pena.

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Luego vino el menú. Aunque había varias opciones provocativas, terminé eligiendo el Curry Thai (con salsa de coco, albahaca, curry de la casa más arroz y pan pita). Durante la espera seguí sacando fotografías del paisaje, mientras llegaban otros turistas con las mismas intenciones que las mías. No en vano Café Mosaico tiene diez años de existencia en los que ha ganado excelentes comentarios en páginas de turismo internacional y se ha posicionado como uno de los cafés obligatorios para visitar en Quito. En el 2017 obtuvo el Star Diamond Award de la American Academy of Hospitality Sciences, que premia a diferentes establecimientos del sector de viajes y servicios de lujo a nivel mundial. Y sí, estar en Café Mosaico es un privilegio.

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El Curry Thai tenía el grado justo de picante, la salsa curry de la casa era una delicia que hacía un maridaje perfecto con el pollo y el arroz. Decidí tomarme el tiempo para degustar cada bocado. En esa terraza el tiempo parecía quedarse suspendido, flotando sobre la ciudad al compás del jazz, del rock americana de los setenta que servía como soundtrack. En algunas ocasiones suelo ir a los cafés y crear mi propio playlist con el iPod pero esta vez dejé los auriculares guardados y me dejé llevar por la lista propuesta por el café. Fue la mejor decisión.

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Luego de revisar la carta de cafés, me decidí por un frappuccino de la casa. Confieso que no le tenía mucha expectativa y creo que eso ayudó a que la experiencia fuera mucho más sabrosa. Tuve que frenarme para no terminarme el frappuccino de un solo trago. Con el sol fuerte que inundaba la terraza, esa bebida fría era un néctar. Era la combinación entre lo amargo y lo dulce, lo denso y lo suave. De buena gana hubiera pedido otro pero después del banquete, lo mejor era seguir contemplando la vista, escribir un poco, dejar que las nubes descubrieran y ocultaran el sol a su voluntad. 

Ya a la partida me fui con la misión de regresar, quizás en un futuro cercano. Me he quedado con la curiosidad de estar en el café por la noche, cuando la ciudad parece una alfombra de luces en medio de la oscuridad del firmamento. Queda pues la cuenta pendiente y abierta para degustar otro plato, sacar más fotos y tomar otra vez el frappuccino de la casa.

Café Mosaico: Calle Manuel Samaniego N8-95 (Itchimbía, Quito)

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Los libros que dejó Santiago

Así como compartí acá los libros que dejó Miami, ahora les traigo los libros que compré en Santiago. La verdad no tenía previsto comprar ahí, pues en Buenos Aires compré muchos, pero bueno, la tentación es grande y ahora que he empezado a desarrollar una capacidad para leer más rápido, debo tener más libros a la mano.

Mi objetivo de compras de libros en Chile fue principalmente conocer más sobre la cultura del país. Si bien es un país cercano al mío y tengo amigos chilenos, mis conocimientos a nivel de cultura sobre Chile son pocos. De modo que me sumergí en los estantes de la Librería Antártica, la Feria del Libro y Contrapunto para encontrar diferentes libros sobre la cultura chilena. (Habría querido más pero tenía que pensar en el peso de la maleta).

IMG_8350Breve historia de Chile – Alfredo Sepúlveda
Tenía muchas ganas de encontrar un libro que contara la historia de Chile y luego de bucear en unos estantes de la librería Contrapunto, encontré este libro. Cuando lo vi no lo dudé: ese era el libro que necesitaba. Creo que en realidad el libro me encontró. No tenía idea en ese momento del autor pero aun así decidí comprarlo. Se trata de un libro que en 600 páginas recorre la historia de Chile desde su conformación geográfica hace 65 mil años hasta la revuelta estudiantil del 2011. El autor es el periodista chileno Alfredo Sepúlveda, que ya ha escrito libros anteriores sobre hechos históricos. Vi una entrevista que le hicieron en CNN Chile a propósito de este libro y la verdad me sorprendió. Si tienen la oportunidad de comprar el libro, no lo duden.

IMG_8352¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos? – Darío Rojas
Sin duda alguno el acento chileno es uno de los mayores distintivos que tiene este país. Su particular cantado agudo, las palabras cortadas y los clásicos «hueon», «cachai», le han dado la fama de ser un español difícil de entender al punto que en varios países subtitulan sus películas. El filólogo Darío Rojas, quien es un estudioso del lenguaje de su propio país, hace un análisis histórico y lingüístico sobre el habla chilena, de la que existe el mito que es un español mal hablado. Se trata de un libro ameno, producto de una investigación profunda y que sirve para conocer mejor la cultura chilena.

IMG_8351Diccionario Mapuche – Artemisa
Tenía muchas ganas de un diccionario de la lengua del pueblo mapuche (mapudungún). En Santiago es común ver palabras escritas en esa lengua, hay nombres de calles, hechos históricos importantes que tienen que ver con el pueblo mapuche, así que me puse a buscar un buen diccionario. Vi algunas ediciones pero no me terminaban de cuadrar. Casi desisto de la búsqueda hasta que en la librería La feria chilena del libro, encontré esta edición que no sólo es diccionario sino que trae además un compendio de la historia del pueblo mapuche. Ahora me saqué la curiosidad del significado de palabras como los alfajores argentinos Guaymallén (Mujer doncella), la provincia argentina de Neuquén (arrollador, pujante), la editorial argentina Colihue (caña que crece en la Patagonia) o Guacho (huérfano o hijo ilegítimo).

IMG_8349Cuentos de Alanis – Magdalena Bruna Ruiz.
Este libro tiene una historia particular, pues su autora me vendió su libro en la calle. Estaba tomando un terremoto (trago popular chileno) en el centro de Santiago. En un principio no le di mucha bola pero me llamó mucho la atención la forma en que Magdalena nos «vendió» su libro. De su boca salían palabras que parecían la voz narrativa de un trailer de película norteamericana. Enganchaba con lo que contaba al tiempo que pasaba las páginas de su libro. Mientras hablaba la busqué en Google y fue así como supe que ya tenía casi 5 mil libros vendidos en la calle, que era profesora de Danza y que había renunciado a un call center. Me fascinó su historia y mis amigos y yo le compramos su libro. Nos dedicó su libro con mucho cariño y ya con un poco de alcohol encima la invité a tomarse una foto con nosotros para congelar el momento.
Por si quieren saber más sobre ella acá va un link.

Y estos dos últimos dos libros son una «yapa» pues no están relacionados para nada con Chile y los compré sólo para no perder la oportunidad. Se me cruzaron al frente y no quise dejarlos pasar.

IMG_8355Memorias – Roman Polanski  y Espíritu creativo – Daniel Goleman, Paul Kaufman y Michael Ray.
Aunque esta autobiografía de Polanski apareció originalmente en 1981, luego de los problemas legales que tuvo por la denuncia de acoso sexual a una menor en Estados Unidos, impidió la circulación del libro durante varias décadas. En el 2017 la editorial Malpaso de Barcelona lanza una edición del lujo de sus memorias. La pasta dura, los filos dorados de las hojas, el olor de sus páginas y su versión ebook gratis, son algunos de los añadidos irresistibles para comprar esta edición.

Y el último libro Espíritu creativo, lo compré ya que sigo indagando en lecturas relacionadas con el tema. Ya leí libros como Big Magic, El camino del artista, Steal like an Artist, Atrapa el pez dorado, Do the work y me interesa seguir profundizando en el tema. Aunque en esencia casi todos hacen los mismos análisis y dan consignas similares, me gusta entender los conceptos desde diferentes miradas. Como no había visto esta publicación en ninguna otra librería (ni sabía que existía), decidí comprar el libro.

Sumo ahora más libros por leer. En una próxima entrega hablaré sobre los libros que dejó Buenos Aires, que también fueron algunos.

 

Saudade de Domingo #93: El Santiago que viví

No me refiero a mí como Santiago, sino a la capital chilena, mi ciudad tocaya. Tenía pendiente desde hace varios años no transitarla como escala hacia Buenos Aires y sí desembarcar y recorrerla. Por motivos varios siempre iba posponiendo la visita hasta que los astros se alinearon (en realidad una gran amiga los alineó) y pude quedarme en Santiago por unos cuantos días. Pocos pero suficiente como para tomarle el pulso a la ciudad.

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Américo Vespucio Sur – Barrio Las Condes 

Siempre que llego a una ciudad nueva me pregunto cómo la vivieron personajes a los que admiro. Al llegar a Santiago y recorrer sus calles pensé en los hermanos Parra, Huidobro, Neruda, Bolaño, Jodorowsky. ¿Cuáles serían sus bares, cafés favoritos? ¿Los lugares donde se enamoraron? Podría haber investigado un poco para tener más «certezas» pero preferí que fuera mi imaginación la que fantaseara con esos sitios. Quizás un Bolaño amante de las caminatas por Bellavista, un Huidobro escribiendo en La Piojera o un Nicanor Parra fumando en las inmediaciones de la Plaza de Armas. En mi cabeza funcionan bien estas memorias inventadas.

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Con mi amiga Ingrid en La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda.

Santiago me resultó al inicio familiar y extraña. En medio de las montañas, su arquitectura e imagen en general me hizo pensar en Quito, Bogotá, Cuenca, que son ciudades andinas. Claramente Santiago es una ciudad de cordillera y eso me hacía sentirla próxima. Sin embargo también me resultaba extraña en sus calles, en sus edificios en la gama de los marrones hacia el ladrillo. Como una ciudad nueva, me costó un poco orientarme y más aun en los primeros dos días cuando no logré enganchar una tarjeta SIM que funcionara (compré una de Movistar y fue una desgracia, ni en la empresa pudieron solucionar el problema). Fue clave contar con la compañía de dos amigos ecuatorianos que viven en Chile y me llevaron a los sitios emblemáticos como el Palacio de la Moneda (que es hermoso), la Plaza de Armas, El Barrio Bellavista, conocer el río Mapocho, etc. Amé la ciudad esos primeros días pero aun así la sentía lejana. No lograba entender bien por qué, pues la ciudad estaba siendo el escenario perfecto para reencontrarme con mis amigos. Llegó un punto en que llegué a fastidiarme de Santiago y confieso que pensé en adelantar mi retorno a Buenos Aires. Los viajes en general me colocan en otra sintonía y me vuelvo mucho más sensible al entorno. Y había algo en Santiago que no me gustaba y no comprendía por qué.

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El colorido barrio Bellavista
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En la cima del Sky Costanera

En mi cuarto y último día en Santiago, decidí emprender una caminata en soledad. En unas cuantas horas más tendría que irme rumbo al aeropuerto, así que quería caminar, tomarme el metro solo y hacer las últimas compras (libros, mi gran debilidad). Mi amiga se quedó en su departamento y ya con un buen internet gracias a la compañía WOM, emprendí mi último recorrido. El objetivo principal era subir al Sky Costanera pero antes de hacerlo recorrí la zona. En medio de esa caminata, confundido entre parejitas cariñosas, familias numerosas y personas sumergidas en sus iPods, sentí una tranquilidad profunda al mirarme en Santiago. No es algo que se pueda expresar en palabras exactas pero sentí que estaba físicamente en el lugar indicado. Me sentí querido, acogido por Santiago. El aire andino tuvo entonces otro sabor, la vista difuminada por el smog santiaguino de pronto se disipó, el frío disminuyó. Seguí caminando abrazado, envuelto por Santiago de Chile. Pensé nuevamente en los personajes chilenos que admiro y que amaron, vivieron su ciudad. Pensé también en mis amigos chilenos que viven en Ecuador y que seguro sienten nostalgia de ese vientito de cordillera, de ese sol difuminado, de las casitas coloridas de Bellavista o de una cerveza Kunstmann para amenizar la tarde.

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La vida desde el Sky Costanera, un domingo precioso en el que la cordillera fue mostrando su solemnidad.

Subí al Sky Costanera, contemplé la majestuosidad de las montañas, me sentí minúsculo, indefenso ante esa mole pero también cuidado por el manto protector de Santiago. Di la vuelta en 360 para mirar desde lo vitrales a la ciudad desde arriba. Estaba en paz y hermanado con mi ciudad tocaya. Era como si siempre me hubiera esperado, desde el primer día, para que pudiéramos encontrarnos a solas y emprender juntos un nuevo viaje sorpresa.

Saudade de Domingo #91: La madurez en el viaje

Uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia era el trayecto de ir al aeropuerto. Y no necesariamente para viajar, era apenas un deleite mío estar ahí, llegar, ver la cartelera de partidas y arribos, llenarme de la atmósfera de viaje y contemplar desde el bar del antiguo aeropuerto de Guayaquil, los aviones que despegaban y aterrizaban. Durante muchos años esa fue una de nuestras frecuentes salidas familiares.

En otras ocasiones, cuando era mi papá el que viajaba, llegábamos al aeropuerto con mucha anticipación para poder disfrutar de ese ambiente. Lo mismo sucedía cuando teníamos que recibir a algún pariente del extranjero. Yo en mi mente rogaba que hubiera algún retraso para estar más tiempo, escuchando las voces impersonales en los altoparlantes, viendo a la gente llegar apurada con sus maletas, viendo casi de manera teatral las despedidas de familiares justo en la puerta hacia migración. Aunque no viajara, me hacía la experiencia, era un espectador participante de los viajes de los otros.

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Taxi Miami – 3

Conductor: Jorge

Desde: 1446 Washington Avenue, Miami Beach, FL.

A: Miami International Airport (MIA)

En un inicio pensaba tomarme un taxi del hotel pero como tardaba mucho, intenté con Uber. En menos de un minuto ya tenía conductor asignado que se encontraba a unas cuantas cuadras de distancia. Me llamó al poco rato para indicarme las coordenadas exactas donde me esperaría. El cielo gris de Miami ya se había descargado unas horas atrás por lo que en ese momento una ligera llovizna acariciaba la ciudad. Coloqué la maleta en la cajuela, me subí al auto. Jorge manejaba con una seguridad en la que parecía dejar claro que era el anfitrión, el dueño del auto. Inmediatamente comenzamos a hablar del clima, un poco de mi desilusión por los días grises que me tocaron. Enseguida me dijo que la mejor temporada para visitar Miami era de diciembre a abril. “En cuanto a clima, porque en esa época es verdad que viene todo el mundo, especialmente del norte, Nueva York, Canadá, que huyen de ese frío”.

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Antes dejar South Beach me contó que antes esa era una zona peligrosa, que nunca podrá olvidar que a sus 18 años le sacaron un cuchillo para robarle. “En esa época South Beach era barato y había toda clase de gente, y ya sabes que cuando algo es barato, atrae de todo”. Jorge es nicaragüense pero tiene más de 40 años en Miami. Se enorgullece al decir que ha visto todas las transformaciones que ha tenido la ciudad a lo largo de los años: el crecimiento de Miami Beach, la sobrepoblación del downtown, la crisis inmobiliaria, la creación de distritos en zonas peligrosas, pero baja un poco el tono cuando recuerda el panorama actual. Miami es muy cara para quien vive ahí y no tiene padrinos. Una cosa es la Miami glamurosa, de fiestas, donde turistas nacionales y extranjeros revientan sus tarjetas para pasar una noche de desenfrenos. Otra es la realidad de los centroamericanos que han venido a buscar mejores días y se encuentran en una ciudad que cada día sube los precios. Jorge recuerda las épocas en las que se podía trabajar y vivir sin ajustes. Tenía la posibilidad de viajar a Nicaragua una o dos veces al año. Ahora, confiesa, va muy poco, pues el dinero escasea y alcanza apenas para llegar a fin de mes. “Por eso, Dios mediante, en julio me mudo a Texas con mi esposa”.

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Jorge está casado desde hace cuatro años con una venezolana. Desde hace un año los tres hijos de ella fueron a vivir a casa con ellos. Por el amor que le tiene, Jorge aguanta a sus entenados. Dice “aguanta”, porque los tres hijos no hacen nada, no trabajan, no estudian. Es la madre, su esposa, la que los mantiene, pues según Jorge, nunca los crió para trabajar sino sólo para recibir. “Pero el dinero no alcanza, yo ya le dije a ella que tiene que ponerlos a trabajar, porque si todos trabajamos, si da para vivir, uno paga la luz, otro el agua, el alquiler y trabajo para salir del paso sí hay”. El plan de mudarse a Texas surgió luego de que un amigo suyo probara suerte allá y comparando el costo de la vida y el pago por hora, resulta mucho más factible vivir allá. Jorge señala que el mayor problema de Miami es que fuera de la industria hotelera, turística, la ciudad no produce nada. También confiesa, con un poco de vergüenza, que prefiere trabajar con empleadores norteamericanos. “Ellos te pagan lo que realmente te mereces por tu trabajo, en cambio los latinos, pagan mal, te tratan mal”. Es el mal de nuestros países, le digo yo. Jorge sonriendo mientras agarra la Dolphin Expy me dice que ese problema y el conservadurismo, son los grandes problemas de América Latina. “Me da pena ver cómo chicas con toda una carrera por delante se casan y son madres jóvenes. Se han perdido la oportunidad de vivir, en cambio acá, se casan después de los 35, cuando ya tienen una vida. Igual los hombres”.

El clima ligero después de la lluvia y la ausencia de tráfico hacen que el trayecto sea apacible. Eventualmente en la charla, Jorge lanza una risotada. Me contó que le estaba poniendo todas las fichas a Texas, que aun a sus 50 años tenía ganas y fuerzas para empezar a otra vez. Poco antes de llegar al aeropuerto, me dice que le gusta conversar con sus pasajeros. “Aprendo mucho, mira tú ahora me has contado cosas de Ecuador y ya sé más de tu país, el otro día se subió una venezolana que era acompañante y me contó cómo era ese trabajo, y ayer llevé a una argentina a Coral Gables que iba a visitar a su mamá. Me encanta la diversidad que ofrece Miami”. Yo sólo sonrío, le comento que en los pocos días que he estado me ha gustado ver la diversidad étnica y de acentos. No le digo que pienso escribir sobre él, prefiero ser un rastreador de historias en servicio secreto. Al bajarme del auto, me ayuda con la maleta. Es un hombre grande, gordo, de camisa playera. Me recuerda a cierto perfil de guayaquileño. Pienso entonces que Latinoamérica es una sola y que Miami es el espacio, el vértice donde convergemos todos, desde México hasta Argentina. De repente me siento en casa y esos breves milisegundos de pensamientos se interrumpen cuando Jorge, con una sonrisa amplia me dice: “Que la virgen te acompañe”. Me acordé de mi abuela paterna y su devoción por la virgen y el diviño niño. Le habría dado un abrazo pero no era necesario. Ya en posesión de la maleta le deseo que le vaya excelente en su nueva vida en Texas. Creo que lo dije de tal manera que mis palabras lo abrazaron. Se conmovió un poco y volvió a sonreír. Lo vi subirse al auto y avanzar de vuelta a Miami, a buscar otro pasajero, otra historia para escuchar y contársela luego a su esposa mientras siguen organizando todo para su nueva vida en Texas.

Taxi Miami – 2

Conductora: Belinda

Desde: Books and Books

A: The Art Deco Museum

No tenía ganas de hablar en inglés, así que como en la aplicación decía que la conductora se llamaba Belinda, la saludé en español. Ella me respondió con un torrencial acento portorriqueño. Me preguntó inmediatamente de dónde era. Al saber que era de Ecuador, desplegó una sonrisa (no la ví, la intuí por el movimiento de sus ojos a través del retrovisor) y me dijo que soñaba con ir a las Galápagos y a la Mitad del Mundo. “Pero si voy, tengo que ir unos dos meses, porque me gusta quedarme, hablar con la gente”. En ese momento percibí que íbamos a tener una charla interesante, como en efecto sucedió.

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A Belinda le dio curiosidad que yo estuviera en una librería. Le conté que llegué ahí por casualidad, que había caído una tormenta breve y para guarecerme, encontré gratamente esa librería. Me dijo que no la conocía y le llamaba la atención ya que en los últimos años, habían cerrado muchas librerías en Miami. La cadena norteamericana Barnes and Noble había cerrado grandes sucursales y por ello, según Belinda, es necesario desplazarse en auto para ir a las pocas que quedan. No me sonaba extraño lo que me decía, pues siempre que viajo a alguna ciudad me gusta rastrear sus librerías y en el google maps aparecían unas cuantas, bastante lejos entre sí (de hecho en Miami Beach, donde me alojaba no me aparecía ninguna). Belinda se definía como una mujer muy lectora, capaz de quedarse horas en una librería, saboreando varios libros hasta finalmente decidirse por uno. “No me gusta eso de leer varios al tiempo, prefiero leer uno cada vez”. Ahora su visita a librerías es más esporádica ya que debe planificarlas más. Esa es una de las cosas que no le gustan actualmente de la ciudad.

Belinda lleva en Miami cinco años, desde que dejó San Juan. Me hizo saber de su orgullo boricua en múltiples ocasiones durante el recorrido. No le gustaba Miami para vivir y menos aun le gustaban los nativos de Miami, a quienes consideraba muy ásperos en el trato. Le hacía falta el ambiente de su ciudad, estar con su familia, respirar la vida cultural que llevaba en San Juan, ir a los cines, a los teatros. “Acá en Miami no hay identidad, mientras que en nuestros países hay mucha cultura, gastronomía. Acá se vive como en Disney, la gente nunca aterriza”. Me gustó esta última frase y la anoté en el teléfono mientras me comentaba que si ella quería ir a ver otro tipo de cine que no fuera el comercial, tenía que ir hasta Hollywood (Florida, no California), cerca de una hora de distancia de su casa, para poder ver documentales o ciclos de cine europeo. Le comento que en Guayaquil llevo adelante con una colega, un cine club en la universidad donde trabajamos. Los ojos de Belinda brillan y como si eso le diera confianza, como si hubiera una hermandad en cuanto a consumos culturales, me confiesa que es escritora en sus tiempos libres.

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Con una mezcla de orgullo y entusiasmo de niña traviesa, me dice que se ha propuesto escribir dos libros de acá a cinco años. Yo sonrío y me contagio con su emoción mientras entramos a Miami Beach por la 5th Street. Me dice que escribe para motivarse ella y para motivar a los demás. No me dijo cuáles eran sus referentes pero sí me dijo que sus libros eran de autoayuda, que cree haber vivido lo suficiente (debía andar por los cincuenta) para compartir un poco de su visión con sus lectores. Su objetivo es que los demás se realicen en lo que realmente quieren en la vida. Como ejemplo me puso a su sobrina que vive en New Jersey. “Desde pequeña le vi inclinaciones hacia la pintura y yo cada que podía, le mandaba acuarelas, pinturas, papel y ahora que tiene quince años, dice que quiere estudiar Bellas Artes”. Su orgullo de tía se manifiesta. Con las manos fijas en el volante y con el corazón caliente, Belinda me regaló sus ojos en el retrovisor y un fragmentito de su vida. Al despedirnos, como quien tiene la seguridad de volver a encontrarse con un amigo en el futuro, me sentí feliz. Ya afuera de su auto, me di cuenta que Belinda me había alegrado durante esa media hora de viaje con su energía. No era una habladora new age, sino una convencida que irradiaba felicidad a quien tenía la suerte de subirse en su auto.

Me he quedado con muchas ganas de leer sus libros, cuando los publique.

Taxi Miami – 1

Conductor: Julio

Desde: 1446 Washington Avenue, Miami Beach, FL.

A: Biscayne Boulevard, Miami, FL.

Era mi primera vez usando Uber en Estados Unidos. Durante mis viajes a New York siempre me moví muy bien en el Subway por lo que la idea de un taxi ni siquiera se me pasaba por la cabeza. Pero Miami, me habían dicho, era otra cosa. “No es una ciudad para caminar”, cosa que después comprobé al constatar que el transporte público no está muy desarrollado como en Nueva York. Era muy difícil viajar de Miami Beach hacia a Miami en el tiempo breve que disponía para hacerlo.

De modo que agregué el número de teléfono de mi chip norteamericano, la tarjeta de crédito e hice la solicitud de taxi. De todos los taxis que andaban por la zona, Julio fue quien “eligió” llevarme. Me llamó para avisarme que ya estaba cerca a Española Way donde me alojaba. La rapidez de su acento cubano me hizo entenderle la mitad de lo que dijo y de pronto me sentí en una telenovela de Telemundo. Era extraño para mí (y aun lo es) tomar taxi en otro país. Normalmente cuando recorro ciudades me encanta experimentar con el transporte público y de hecho me hubiera arriesgado a hacerlo, pero tenía pocos días en la ciudad así que no podía perder mucho tiempo en recorridos largos.

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Al subirme al auto, Julio me recibió con una amplia sonrisa. Debía andar por los 45 años, tenía los ojos amielados y el pelo entrecano. Inmediatamente se estableció una confianza que creo que se da entre todos los latinos cuando estamos en tierra ajena. Me preguntó de dónde venía, a qué me dedicaba. Le dije que era profesor universitario, guionista y que cada tanto actuaba. Sus preguntas reflejaban una curiosidad que me causó gracia. Había un interés genuino por conocer, por charlar y no sólo por pasar el tiempo mientras llegábamos al trayecto. También le hice algunas preguntas sobre su vida y en pocos minutos teníamos una charla como si nos conociéramos de mucho tiempo. Las preguntas y respuestas se fueron desdibujando hasta encontrarnos en una conversación fluida de dos latinoamericanos en una ciudad gringa/latina. Una ciudad donde Julio ya llevaba diez años luego de haber abandonado Cuba, una ciudad en la que pese a toda la latinidad en el aire, aun no logra hacerla suya. “Si hubiera tenido un buen trabajo que me hubiera dado para vivir, nunca me habría ido de Cuba, no hay nada como estar en tu país, con los tuyos”. La nostalgia se apodera brevemente de sus palabras hasta que bromea conmigo preguntándome si no me habría visto en alguna telenovela como actor. Me río al imaginarme en un culebrón de Telemundo con acento miamense.

Cruzamos el puente hacia Miami, atravesamos las Venetian islands. Me mostró algunas casas emblemáticas. Me dijo que en Miami ha logrado armar una nueva familia, con esposa e hijos. “No habría podido aguantar acá solo”. Está satisfecho con su suerte pero el trabajo y el día a día no es fácil para él. “Hay muchas trabas para nosotros los latinos, la primera el idioma. Te piden en los trabajos que hables bien inglés, pero a la larga siempre hablas en español”. Un primo suyo que ejercía como médico en La Habana pasó varios años intentando homologar su título para poder ejercer en Miami. Fueron muchos exámenes, muchas fechas de espera, muchas horas de trabajo como chofer, como mesero hasta que finalmente pudo establecerse. “Cuando eres ya profesional, la cosa cambia, consigues residencia, ganas bien y puedes vivir mejor”.

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Seguimos el recorrido. En Miami nos esperaba el tráfico de viernes por la tarde. Los rascacielos de la ciudad se conjugaban armoniosamente entre ellos, sin apretarse, sin asfixiarse como sí sucede en Nueva York. Pese al cielo gris de esa tarde, los colores vivos se ven en los transeúntes que circulan en shorts y camisetas holgadas. Mientras miro cada tanto por la ventana del auto, Julio me habla sobre el socialismo del siglo XXI de Sudamérica, sobre Castro. A pesar de su frescura, cuando menciona a Castro se destila un leve dejo de amargura, que luego cambia al hacer algún chiste sobre su figura política. Charlamos de Cristina, Correa, Maduro por algunos minutos. Julio estaba al día de la realidad en Sudamérica, sabía incluso que Correa está en Bruselas y que recientemente le habían quitado la seguridad de la que gozaba en Europa. De pronto Julio interrumpió la conversación, un poco preocupado, para preguntarme dónde exactamente debía dejarme en Biscayne Boulevard. Le respondí que no sabía, que sólo tenía la numeración y el número del lugar. La tienda era ID Art Supply. Julio la buscó en el mapa. Me dejó al pie de la tienda. Nos dimos un apretón de manos, me deseó suerte en Miami. Yo hice lo mismo. Me da un poco de pena despedirme de personas que me caen bien, pero entiendo que hace parte del recorrido, de los viajes en los que uno termina cansado y más “vivido”, más “nutrido” al conocer personas como Julio que compartió conmigo un poco de su historia.

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En mi último día en Miami, la ciudad me despidió con lluvia y vientos contrariados. Mi paraguas ya había perdido la batalla el día anterior pero aun así lo llevaba como arma de defensa, aferrado a mi mano, mientras el viento me manoteaba cuanto quería.

En medio de la tormenta matinal que creció durante mi caminata, me refugié en un Starbucks hasta que el cielo se calmó y me permitió salir para cumplir la última parte de mi viaje: ver el mar en Miami Beach, aunque fuera con un firmamento plomizo. Necesitaba encontrarme con el mar, dejarme herirme en la piel por la lluvia helada y que el viento salvaje me golpeara la cara. Con los pies ya adoloridos por los recorridos de los días anteriores, entré a la playa, solitaria, abandonada a su suerte por los estragos del clima. Me dejé abrazar por la melancolía de las olas, me sentí vivo con esa violencia marina, escuchando mi propia voz perderse en el aire. Me agradecí por haber emprendido ese viaje repentino, demencial, para llegar a tiempo a esa cita con el Atlántico. 

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No fue un día soleado como siempre promete el Sunday, pero la playa, solitaria, nostálgica me susurró sus fantasías al oído y con la satisfacción del deber cumplido, me retiré, emprendí la vuelta por Lincoln Road hacia el final de mi viaje.

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