Saudade de Domingo #38: Buen día, Guayaquil

Como no podía ser de otra manera, Guayaquil ofrece hoy en su fecha de independencia un sol radiante y un calor infernal con aire tropical. Esto del aire, pasados unos días ya ni se percibe pero cuando se viene de afuera y se sale del aeropuerto, inmediatamente invade una humedad fluvial, de las entrañas del trópico que en primer momento lo único que hace es aturdir. Así es Guayaquil para mí, una ciudad abrumadora, recargada, que avasalla. No es hipócrita, te hace saber desde un principio que es una ciudad difícil, hostil pero también cálida y seductora. Y es que Guayaquil seduce con su modernidad, su precariedad, con el corazón y sus fluidos. Es difícil que produzca indiferencia: la amas o la odias. Y aun cuando se la odie a momentos, luego te pone al frente las razones por las que has elegido vivir aquí y terminas reconciliándote con ella.

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Guayaquil vista desde el Guayas, específicamente desde el Morgan.

Viví un tiempo fuera del país y al regresar he mantenido con Guayaquil una relación bastante particular. Siento por ella toda clase de sentimientos y emociones: amor, odio, seducción, alegría, bienestar, angustia, ansiedad, tristeza, nostalgia. Es una ciudad vieja que se engalana de joven. No tiene memoria, se va rehaciendo sobre la marcha y por ello pareciera que todo estuviera por empezar y por hacerse. Guayaquil es una ciudad que devora su pasado, que oculta lo que no le gusta, lo que no se ve bien y se pone máscaras para las fiestas. Pero hay quienes que sí conocemos algo más de esa fachada y entendemos sus neurosis. Aun con todo la amamos como la madre imperfecta que es pero que sigue siendo madre, porque entre sus desvaríos, es amable, cariñosa, te sorprende con un cielo azulado, un río calmo, el cántico de pajaritos y un árbol centenario que se ha salvado de la tala municipal. Guayaquil tiene sus encantos y es necesario conocer sus venas a profundidad para vivirla desde las entrañas. Es en ese fluir sanguíneo de las calles adyacentes, de los barrios de antaño, en las periferias de sus cuatro costados, donde se percibe el saborcito guayaco que está mejor condimentado que en las zonas regeneradas. Son los contrastes los que enamoran de Guayaquil, los que la engrandecen y hacen pensar que pese a todo, vale la pena vivir acá.

¡Feliz día, Guayaquil!

Saudade de Domingo #13: Nuevo Hogar

“Cuidado con lo que deseas, de pronto se puede hacer realidad”, dice un viejo adagio. Hace años atrás, cuando aun estaba en la universidad pensaba que me encantaría vivir en el centro de la ciudad, palpar sus venas desde el corazón, vivir el saborcito porteño de la urbe, con la brisa del Guayas y la jauría de autos en hora pico. Me parecía que el centro era el mejor panorama para sentir en la piel la humedad guayaquileña y escribir bajo ese estupor alguna novela, un guión o una obra de teatro. No se dio la oportunidad en aquellos momentos pero el destino o el universo alineó las cosas para que durante mi estancia en Buenos Aires pudiera vivir en el centro de la ciudad. A pesar del caos siempre me sentí afortunado viviendo allí. Y fueron tres años.  La emoción de lo nuevo pasó pero el centro seguía siendo para mí ese punto neurálgico en donde todo converge y de donde todo sale. Tenía todas las líneas de colectivo y subte posibles, las grandes manifestaciones políticas tenían como escenario el centro porteño, el termómetro de la ciudad estaba ahí en Avenida de Mayo, Rivadavia o Corrientes. Ese rincón de Buenos Aires nunca dejó de sorprenderme.

De vuelta a Guayaquil, con el regreso a casa de mis padres, vino el impacto de volver al nido, ser hijo de nuevo y comprobé algo que ya me sospechaba: había cambiado, mis costumbres eran otras, se habían fusionado con las argentinas y algunos aspectos se me volvieron poco soportables durante la convivencia. Me prometí mudarme pronto pero los meses pasaron, era necesario saldar algunas deudas y la idea de la independencia se fue tornando lejana.

Por circunstancias de la vida, apareció -o recordamos- una suite familiar que estaba subutilizada como bodega en el centro de Guayaquil. Dada la visita de unos parientes fue necesario pensar en una salida para que la casa de mis padres pudiera acoger a los familiares: debía salir yo de la casa. Lejos de parecer un castigo o una obligación, era la prueba de que debía alzar el vuelo como ya lo había pensado desde mi regreso a Guayaquil. Así que con la ayuda de mis papás empezamos la ardua tarea de poner ese departamento en condiciones óptimas para que pudiera mudarme. Diez años pasó la suite convertida en una bodega. En las primeras visitas era imposible encontrar un milímetro de espacio que no estuviera ocupado, aun cuando al final de cada salida, colocábamos varias fundas de basura desechando lo que no servía. En algún momento pensamos abortar la misión pero por algún motivo más allá de la urgencia familiar, hizo que siguiéramos a pesar del panorama que se nos presentaba.

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La vista de mi ventana desde la suite

Finalmente pude mudarme esta semana. La sensación aunque es de libertad también me resulta extraña. Es la primera vez que vivo solo en mi propia ciudad. Pude vivir tres años en Buenos Aires sin problemas y creo que podría hacerlo en cualquier otra ciudad tranquilamente, pero mudarme solo en mi ciudad, continuando con mi trabajo, con mis salidas de amigos pero ahora desde otro punto de partida, es algo que se me hace extraño y que todavía ahora me suena diferente. Sé que es parte de la adaptación, de irme apropiando del espacio, de las calles, de ir construyendo mi propia cartografía. Por fortuna en esta nueva etapa no estoy sólo del todo. Me acompaña un pequeño amigo: Noé, un perrito de dos meses, al que ya siento como a un hijo. Siempre he tenido mascotas en casa de mis papás pero ahora Noé es mi entera responsabilidad. Ya mal que bien podía cuidarme y ahora debo velar también por él, ocuparme de sus necesidades, de su alimentación, de su limpieza. Me estoy descubriendo en otra faceta y me encanta el nexo que estamos creando.

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Con Noé

Así que el deseo de universitario terminó cumpliéndose. Ahora vivo en el centro y aunque no sé por cuánto tiempo será, aprovecharé el tiempo para respirar el río, vivir otra parte de la ciudad, adentrarme en sus recovecos culturales, viendo el crecimiento de Noé y el mío propio, esta vez como otro Santiago en el centro guayaquileño.