Saudade de Domingo #101: Que las teclas dicten lo que el corazón quiera decir

No pensaba escribir hoy. En las últimas semanas he pasado por algunos problemas físicos y la verdad mi energía se ha concentrado en sanar mi cuerpo, en mirar no sólo los síntomas “médicos” sino también los emocionales. En estas semanas he hecho una radiografía de mis deseos, de mis fortalezas, de mis debilidades. He sido mi propia investigación. Me he mirado como un objeto de estudio. Y por supuesto no siempre es agradable “leer” los resultados que arroja esa investigación y peor aun, llegar a las conclusiones que siempre llevan a una o varias acciones a concretar.

Crecer es aprender a soltar y sobre todo, a confiar. Entender que las cosas suceden por algo y que no hay que arrepentirse de nada. A veces me dan ganas de tener el poder de borrar recuerdos como en la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos pero a los pocos segundos me retracto. Es necesaria la experiencia, atravesar los fracasos y los aciertos. Sacar en limpio lo que funcionó y lo que no. 

Aun no estoy 100% saludable, pero voy camino a eso. Ha sido un tiempo de altos y bajos emocionales, de cuestionarme cosas en mi vida actual, de elaborar un posible plan de acción para llegar a esa comodidad que cada uno busca. En medio de todo este proceso he retomado lecturas de textos que me fueron reveladores en otras épocas. Por sincronicidad también me he encontrado con personas cercanas y lejanas que también están en su proceso, en una búsqueda de “algo”. La búsqueda para mí, siempre es positiva, aunque en una primera lectura parezca dolorosa. En lugar de esquivar el dolor, hay que atravesarlo, así sea para darnos cuenta que ese monstruo que parece gigante en realidad es un espejismo, que aunque parece atacarnos con todas sus fuerzas, en realidad no tiene ninguna densidad, no significa nada y que somos nosotros quienes le damos “creencia”, “poder” a eso que nos aqueja. Esto cuesta entender, lo sé, aun lo estoy procesando.

Como decía antes, no pensaba escribir hoy, pero en toda esta investigación que he hecho sobre mí, hice un repaso rápido de las cosas que me gustan y me dan felicidad. Y este blog salió entre esos breves instantes en los que soy feliz. No tengo certeza de cuántas personas me leen pero me gusta saber que esto llega a alguien, que puede conocerme un poco y que a través de la lectura, es como si nos sentáramos a charlar en algún café mientras vemos la tarde pasar. Pensando en esto, hoy me di cuenta que no podía faltar un domingo a mi cita, que tenía venir acá así fuera sin plan. Como cuando te encuentras con amigos con la sola idea de estar, de compartir. Así, he dejado que las letras aparezcan y que digan lo que quieran. En realidad le he dado licencia al corazón para que hable y exprese lo que siente. Esta escritura de hoy es también para mí, parte de esa investigación sobre mi propio ser.

Saudade de Domingo #100: Cien saudades

El proyecto más difícil y ambicioso para llevar a cabo es la propia vida. Es un proyecto de reescritura constante, de tomar nuevos rumbos, de alterar puntos de giro planificados, de permitir que personajes se vayan y vengan otros. El guion de la vida es complejo, incierto pero entre más se viva, más se reescriba, mejor serán las secuencias por venir. Esta columna dominical ha servido un poco para ver mi propia vida desde la escritura. He abordado temas que me interesan como la docencia, los idiomas, los viajes, teatro, reflexiones sobre mi familia, mi ciudad. Cada post ha sido escrito con lo mejor que he podido dar y me agrada saber que hay lectores que se toman un momento de sus vida para leerme. Aunque no los conozca, compartimos este espacio y me encanta saber que existe un diálogo a través de estas letras. A quienes me leen esporádicamente, regularmente o cada domingo, gracias por estar y a aquellos que dejan algún comentario, gracias también. Es reconfortante saber que somos varios los que estamos en este mismo barco virtual y que nos nutrimos de experiencias propias y ajenas.

Esta columna ha significado para mí en muchos momentos, como una válvula de escape para expresar lo que siento, lo que pienso sobre algo. También me ha servido para hacer un alto y reflexionar sobre alguna situación. En la escritura se afianzan mejor las cosas y poner en palabras lo que me molesta o lo que me gusta, me ayuda a clarificarme. Como de hecho me pasa ahora reflexionando sobre esta columna. No siempre he querido escribirla cada domingo (de hecho hay varios domingos que no lo hice) pero trato de disciplinarme, de decirme que este es mi espacio personal, mi manera de hablar no con el rótulo de guionista, actor, docente o investigador sino como el de un bloggero que hace todo lo anterior y que comparte sus procesos.

A lo largo de estos cien posts ha quedado plasmada gran parte de mi vida luego de mi regreso a Ecuador. Haber vivido más de tres años en Argentina marcó un antes y un después en mí tanto en lo profesional como en lo laboral. La vuelta a Guayaquil, reencontrarme con mi familia y amigos fue un proceso difícil al inicio porque implicó adaptarme a un entorno que si bien ya conocía, yo lo sentía ajeno. En esta columna ha quedado retratado mi proceso de regreso a Guayaquil, así que procuro no leer posts antiguos para no tener la tentación de editarlos. Cada uno refleja mi estado de ánimo de ese momento y no quisiera traicionarme. En algunos posts fue muy azucarado, en algunos he sido ácido, amargo, soñador. Todas facetas de mi propia saudade.

Por acá les dejo mi primer post de Saudade de Domingo por si les apetece leerlo. Me dio un poco de saudade leerlo de vuelta.

Saudade de Domingo #99: Los vericuetos de la lengua japonesa

Desde hace varios meses me he metido en un nuevo viaje, pero no el de subirse a un avión y llegar a otro lugar, sino en el viaje largo que supone estudiar un idioma. Como ya conté por acá, desde hace algunos meses estoy estudiando japonés. Siendo honesto no le he dedicado todo el tiempo que me gustaría por los múltiples oficios en el trabajo y los viajes que he hecho en estos meses. Me resultó frustrante cuando retomé mis estudios hace como un mes y darme cuenta que me costaba recordar algunas sílabas del Hiragana, uno de los sistemas de escritura del japonés. Pensé en dejar el idioma hasta ahí, probar con uno occidental quizás, pero recordé mi el motor que me hizo mirar hacia Japón y su lengua: conocer sobre un lugar distante, una lengua asiática.

Hice un trabajo de varios días en mi interior, recordando qué era lo que me había funcionado en el aprendizaje de mis otros idiomas. Un gran factor sin duda había sido la cultura de donde se hablaba esa lengua (música, literatura, cine, etc.), también otro factor importante era tener amigos nativos (esto disparó mi francés a mil, ya que para estar a su nivel me esforcé mucho y los «agobiaba» preguntando cómo se decía cualquier cosa en francés). Por último otro aspecto importante era la disciplina. En el colegio italiano donde estaba, tenía clases de idioma dos veces por semana y normalmente siempre tenía tareas por lo que en realidad estaba familiarizado con el idiomas al menos unos tres días. Con el portugués fue igual, tenía un libro pequeño de gramática y frases que me había propuesto terminar lo más pronto que podía. Estudiaba una lección por día (a veces dependiendo de la complejidad estudiaba una lección en dos días) y al cabo de unos meses había terminado el libro y mi conocimiento de portugués ya era intermedio-avanzado.

Pensando en esto, miré mis herramientas de aprendizaje de japonés y encontré el posible error: Tenía mucho material y era difícil establecer una disciplina: Varias aplicaciones en el celular, un libro de gramática, un libro de frases, un libro de poesía bilingüe (japonés e inglés), tres pdfs de japonés básico, un diccionario y seguía varias cuentas de youtube de aprendizaje de japonés. En resumen tenía mucho pero nada al mismo tiempo. Pasaba de un material a otro sin mucha conciencia. Aprendí cosas, obvio, pero hasta ese momento el aprendizaje fue muy lento. También es cierto que nunca me propuse aprender japonés rápido sino a mi ritmo, que en estos meses fue muy lento por mis trabajos profesionales.

img_9449.jpgDe modo que decidí sacar del juego algunas de esas herramientas para retomarlas más adelante. Así como en portugués, quería un libro de gramática con frases y algo de cultura para poder avanzar y tener un orden, una disciplina. Buscando en Youtube, llegué a la cuenta de una youtuber que contaba su experiencia aprendiendo japonés y recomendaba Genki 1 para empezar a nivel básico. Lo busqué en Amazon, leí reviews y decidí comprarlo. Ahora lo tengo y la verdad me resulta muy llevadero, fácil de comprender. Complemento las lecciones con los video tutoriales de Yuta Aoki, que me llegan al correo. Para quien esté interesado/a en aprender japonés recomiendo los videos de Yuta, son muy claros y sobre todo breves (algo importante para no agobiarse con la gramática nipona).

En el análisis que hice hace algunas semanas sobre por qué quiero aprender japonés, puedo sacar en limpio algunas cosas:

Encuentro desafiante aprender una lengua asiática. Siempre vi a Asia como un continente enigmático, distante y con lenguas completamente diferentes a la mía. Me parece un desafío obligarme a escribir otros signos, aprender a dibujarlos y a familiarizarme con ellos.

Me permite someter a mi cabeza en nuevas estructuras gramaticales. Me gusta ver las posibilidades que tiene la gramática en las lenguas que estudio. De alguna forma, la

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Portada del álbum Yume, de la banda Lamp (amo este disco).

 estructura de un idioma moldea el pensamiento de quienes lo hablan y me gusta forzarme a conocer reglas gramaticales diferentes, con excepciones y así tratar de incorporar esa gramática en lo que aprendo del idioma.

Aprender palabras nuevas y una nueva fonética. Me gusta jugar con las palabras, repetirlas, asociarlas con imágenes. Es un poco volver a ser niño y estar constantemente escribiendo palabras, intentando imitar el acento correcto de ellas. Cuando tengo algún tiempo muerto, por más breve que sea, termino sacando mi libreta y «dibujo» palabras.

Acceder a una cultura nueva. El idioma me resulta un pretexto para poder rodearme de la cultura. Es así como ahora estoy viendo algunas series japonesas, anime, películas (me encanta el cine de Hirokazu Koraeeda), música (soy fan de la banda Lamp) y programas de tv (estoy viendo The Japanese Style Generator en Netflix).

Me gusta el proceso de estudiar, de aprender. Por último, a modo de conclusión, puedo decir que me gusta el proceso. El aprendizaje tiene su mística, su ritual y me encanta darme cuenta que de a poco, una lengua tan distante como el japonés empieza a sonarme familiar.

Si alguien quiere seguir mis «avances» en el aprendizaje de japonés, tengo una cuenta en Instagram @saudadeinjapanese que funciona como una especie de bitácora de lo que voy consumiendo en productos culturales y de lo que voy estudiando.

Saudade de Domingo #98: Regresar al alma mater

El 16 de abril de 2004, marcó sin saberlo, un antes y después en mi «formación» de personalidad. Fue mi primer día de clases en la universidad y aunque estaba consciente a mis 18 años de la nueva vida que empezaría, no sabía en ese momento lo importante que sería para mí iniciar mis estudios de Comunicación Audiovisual en Casa Grande.

Como ya conté por acá, la escuela y el colegio no fueron etapas muy agradables. Siempre me sentí muy ajeno, diferente a mis compañeros. Al entrar a la universidad conocí a mucha gente con mis propios intereses y obviamente gente muy diversa pero con la que podía establecer comunicación a otros niveles. Aprendí en la universidad el respeto a la diferencia, aceptar a los otros y lo más importante, aceptarse a uno mismo con ese puñado de virtudes y defectos que cada uno carga a cuestas.

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Ayer sábado se celebró en la universidad una jornada de integración de ex alumnos, llamada Puerto Toronja, a modo de continuación de Puerto Limón y Puerto Naranja. Son actividades lúdico-pegagógicas que todos los estudiantes de la Universidad Casa Grande realizan en diferentes momentos de su carrera. Son actividades que buscan durante un día o dos colocar a los estudiantes en escenarios profesionales que simulan la vida real a través pedidos de clientes reales o ficticios. Aunque son actividades «serias», llevan el distintivo lúdico que caracteriza a Casa Grande. Cada Puerto viene acompañado de una temática, que es un pretexto para transformar físicamente la universidad y una excusa para disfrazarnos todos (y cuando digo todos, va desde la cúpula directiva hasta los estudiantes, pasando por el personal administrativo y docente). Así, a lo largo de ya 25 años, la universidad ha tenido puertos con temáticas como Star Wars, los Aztecas, Juego de Tronos, los Vikingos, entre otros.

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IMG_9347Puerto Toronja surge como un proyecto final de alumnos de tesis con la idea de reunir a los ex alumnos, a aquellos que hoy son ya profesionales y que muy en el fondo de sus corazones recuerdan con cariño a la universidad y a las actividades que en ella realizaron. Ayer se vivió una jornada interesante de muchos ex alumnos, de diferentes generaciones pero teniendo en común ese espíritu casagrandino: descontracturado, divertido, creativo, sagaz, investigador.

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Souvenir de Puerto Toronja. El relojito de abajo era el «terror» de las presentaciones que hacíamos cada semestre en la instancia de Casos, una actividad en la que se suspendían las clases durante dos semanas para realizar un proyecto en grupo.

No pude participar del puerto porque tuve que dar clases durante la mañana ahí mismo en Casa Grande, pero sí pude ver las últimas actividades y la fiesta posterior. Fue lindo reencontrarse con amigos de otras épocas, con profesores que ahora son colegas, ex alumnos que ahora son profesionales también. Tuve saudade de mis tiempos de estudiante, de pelo largo, de jeans rotos, barba tupida y de grandes sueños. En medio de la música, de las charlas de recuerdo, de las cervezas, pensé en todos los años que llevo en la universidad desde que empecé en ese 2004. Le debo mucho de lo que soy a Casa Grande. Puedo ser serio y cómico a la vez, estricto y permisivo, investigador y creativo, paradojas habituales con las que convivimos profesores y estudiantes en la universidad. Casa Grande es una universidad pequeña, de corazones grandes y cabezas brillantes (sorry la poca modestia). Tratamos de hacer posible lo imposible en una ciudad tropical como Guayaquil y siempre buscamos generar algún cambio, que es algo que todos aprendemos desde nuestro primer día de clases. Lo viví desde mi primer día de clases como estudiante y es lo que intento hacer ahora desde la docencia.

No exagero cuando digo que debo mucho a Casa Grande en cuanto a mi personalidad. Hice muchos cortos escritos y dirigidos por mí, pasé muchas horas en su biblioteca, me enamoré varias veces en sus pasillos, pasé madrugadas haciendo proyectos, ensayando obras de teatro. Terminada la carrera a fines del 2008, mientras trabajaba en un canal de TV empecé a dar clases y como pocas veces en la vida, fui firme con ese canal al decirle que no pensaba quedarme nunca horas extras, porque tenía mi compromiso como profesor con Casa Grande. Luego en el 2012 me fui a hacer mi maestría a Argentina y tres años después regresé a Ecuador, gracias a Casa Grande, que confío a ciegas en mí para abrazarme nuevamente.

No sé si estaré toda la vida en Casa Grande pero claramente es esa madre académica, que  cobija, protege, que sabe soltar y que siempre estará feliz de recibir de vuelta a sus hijos. Pensar en la universidad siempre me hace sonreír y vivir jornadas como la de ayer ma despertaron una oleada de recuerdos.

Fue una sobredosis de saudade, de la buena.

Saudade de Domingo #97: La extrañeza del viaje

Viajar es una adicción. Y no solo en el sentido físico de viajar, sino también en el imaginario: fantaseando con viajes a nuevos destinos o recordando los ya recorridos, que es también otra forma de fantasía. Con cada viaje tengo siempre la sensación de crecer un poco. Me voy llenando de experiencias y por consecuencia, tomo un poco más conciencia de mí mismo. Como ya conté de mi viaje inesperado a Quito, ese fin de semana de desconexión me permitió ahondar en mis propias expectativas. En uno de los pequeños descansos que me tomé mientras escribía, me encontré con una frase de Ítalo Calvino acerca de los viajes de la cuenta brasileña @achadoselidos.

«Al llegar a una nueva ciudad, el viajante reencuentra un pasado que no recordaba que existía: la sorpresa de lo que dejó de ser o dejó de poseer se le revela en los lugares extraños, no en los conocidos». 

No creo que las cosas lleguen por casualidad así que sentí que esta cita de Calvino me hablaba a mí directamente. De alguna forma me interpelaba y mientras meditaba sobre la frase, me fui dando cuenta de su exactitud. De repente, mis pequeños cambios de ánimo en mitad de un viaje o el fastidio que siempre me produce el primer del itinerario a pesar de mi amor por la aventura, empezaban a tener sentido. El sentirme diferente y ajeno a un lugar, me obliga a mirarme, a observar en qué me diferencio o simplemente por qué tengo la sensación de ser un foráneo. Y no basta con pensar solo en la nacionalidad que indica el pasaporte. Tiene que ver con ese yo en el interior que puede sentirse ajeno en su propia tierra y en casa a miles de kilómetros de distancia. IMG_8738Trasplantarse en un viaje es mirarse. Darse la oportunidad de caminar, de impregnarse del aroma de otra ciudad, de escuchar a la gente en las calles, implica siempre cuestionarse y no siempre es agradable. Especialmente cuando se viaja solo, se toma conciencia de la propia fortaleza. Es necesario soltar lo que no sirve y atesorar una imagen, un aliento, un sabor. Llenarse quizás de cosas «menores» en un mundo donde cada vez nos miramos menos. Y claro que puede ser doloroso darse cuenta de quién es uno en determinado momento, lejos de casa. Recuerdo en unos de mis viajes a New York, haberme sentido desolado en medio de la gente en Times Square. Fueron apenas unos cuantos minutos en lo que no paré de preguntarme qué me pasaba. Estaba en la capital del mundo, rodeado de gente de nacionalidades infinitas, con música por todas partes y flashes por segundo. En ese escenario me sentí abrumado no tanto por ese exterior apabullante y sí porque estaba pasando por una crisis sentimental, una ruptura y de alguna manera Times Square me hizo mirarme en su espejo.

En la misma ciudad, en otro viaje, recuerdo haber tenido la sensación de plenitud y felicidad pura al caminar en invierno por la calle 42 hacia la Quinta Avenida. No había nada en particular que me hiciera «feliz» en ese escenario pero fue como si de pronto sintiera que estaba en el lugar indicado y que todo aquello que sucedía no se lo debía a nadie. Era fruto de mi esfuerzo, de mi trabajo, de mis ganas. Quizás dos copas de vino previas ayudaron a despertar esa conciencia del aquí y ahora.

Algo similar me sucedió en Madrid. Desde el primer momento me sentí en casa, como si regresara a un lugar que ya conocía y a pesar de mis recorridos en solitario, siempre me sentí en compañía. Estaba feliz, eufórico y apenado también al pensar que ese viaje iba a terminar.

Viajar siempre me sorprende con recuerdos ocultos en el caché de mi memoria. Alguna canción, alguna frase, calle o persona me activa un recuerdo y del azar depende de que esa memoria sea alegre o dolorosa. De cualquier forma es siempre nostálgica y no siempre quiero mirarla o procesarla. Ahí el shopping funciona como un extintor momentáneo y me llena de una falsa felicidad (aun sabiéndolo, lo hago).

De modo que en ese viaje a Quito, en el que buscaba específicamente reconectarme conmigo, apareció Calvino a través de una cuenta de Instagram, para darme una mano en mi búsqueda. Sigo pensando en la frase, en su densidad, pero bueno, al menos este escrito funciona como un primer acercamiento.

Saudade de Domingo #96: Viajar y el dolce far niente

Uno de mis mayores sueños, de esos que se acarician por las noches antes de dormir con la esperanza de volverlo realidad, es subirme a un avión sólo con una mochila, llegar a una ciudad que conozca y simplemente dejar que las horas pasen. Caminar si quiero, entrar a un café si me da ganas, dormir el día entero si lo necesito.

Normalmente entiendo los viajes como una carrera contra el tiempo en ese deseo voraz de verlo todo, probarlo todo, registrarlo todo. Pareciera que entonces viajar para mí sería un «deber ser», una obligación. Nada más alejado. Lo disfruto mucho y me mentalizo para vivir ese lugar desde sus arterias, aunque luego la energía de la ciudad me deje devastado.

Recientemente viajé a Quito casi de incógnito. Comenté con pocas personas que me iba para allá. Al principio el viaje tenía otro propósito pero por razones externas no pude cumplirlo, así que me quedé con el ticket de avión y un hotel reservado. Debía viajar aunque no quisiera.

Fue una de esas raras ocasiones en las que viajo sin ganas (las otras dos veces, casualmente también fueron a Quito) pero para esta nueva experiencia decidí traer mi sueño a la realidad. Conozco relativamente Quito, de modo que me apetecía más no hacer nada, dejar que las horas pasen y hacer algo que, como comenté en otro post, no suelo hacer cuando viajo: escribir.

IMG_8579Tres noches en Quito fueron suficientes para mirarme, escucharme en el silencio y conectarme con los personajes de una obra de teatro que estoy escribiendo. Sólo salí la mañana del segundo día para comprar provisiones, caminar un poco y volver a mi encierro. Al tercer día me vi con un amigo a tomar una cerveza y volví a mi encierro creativo. La verdad fue maravilloso dormir, escribir, salir un poco, volver y seguir escribiendo. Tenía la sensación de estar en mi propia película y sólo salía a la ciudad para tomar aire. Aunque estaba solo físicamente, tenía a todo un ramillete de personajes a mi alrededor que se iban dibujando en la pantalla mientras me mostraban el camino de su historia. A veces esto puede asustar un poco, pero cuando me pasa, recuerdo las palabras de una amiga actriz a propósito de la creación de un personaje: «A veces no es mucho lo que tienes que hacer, debes aflojar y dejar que la magia haga su trabajo de creación. El problema es que a veces asusta, pones resistencia y todo se diluye».

Qué sabias sus palabras y tan oportunas. Me han servido cuando he tenido que enfrentarme a un proceso creativo complejo y en Quito las recordé con cariño. Dejé que las cosas fluyan mientras tenía al paisaje andino como guardián de mis pensamientos. Las páginas fueron pasando, fui tomando apuntes para recordar acontecimientos que escribiría después, fui seleccionando palabras, entonaciones para cada personaje.

Regresé con la satisfacción de haberme aproximado un poco a ese viaje de desconexión o más bien de mucha conexión conmigo, sumergiéndome en las aguas de mi propio ser. Es otro tipo de viaje que espero repetir pronto, así sin más, de un momento a otro, para darme un encerrón conmigo mismo.

Saudade de Domingo #95: La película de mis papás

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El miércoles 5 de septiembre mis papás cumplieron 37 años de casados. La fecha no evidencia los 6 años de relación previa, por lo que sumando todo, llevan juntos más de 40 años unidos desde el corazón. Digo desde el corazón, porque esos primeros seis años estuvieron mediados por la distancia geográfica. Mi padre vivía acá en Guayaquil y mi madre en Santa Marta (Colombia). Las cartas de dos jóvenes enamorados iban y venían con promesas de amor, relatos familiares, proyectos e incluso discusiones (es que si no había cómo pelear había que hacerlo por carta).

La historia de mis papás es una suerte de película interactiva. Mi papá tiene una versión de los hechos más pragmática, más generalista y menos dulzona (aunque en las cartas se evidenciaba un Rimbaud guayaco); mi mamá en cambio tiene una versión más detallada, de mirada aguda y romántica ante todo. Mis tíos, tienen la versión de testigos, que observaban ese amor juvenil, sin imaginarse quizás que aun estarían escribiendo su historia 37 años.

 

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Mis papás se conocieron en una fiesta en Guayaquil en 1975. Mi mamá, colombiana, venía a conocer a la familia ecuatoriana de parte de mi abuela. Tenía entonces 17 años y era su primer viaje «largo». Mi papá, de 19 años, guayaco hasta los huesos, estudiante de Derecho y músico en sus tiempos libres, aquella noche de fiesta dudaba si debía ir o no (la vida bohemia y la de estudiante responsable es una combinación difícil de llevar). Sin embargo, un impulso de último momento lo hizo salir de su letargo y se dispuso a ir a la fiesta. Probablemente el hilo rojo del amor del que habla la leyenda asiática fue quien lo espabiló y en un susurro inconsciente le dijo que esa noche en particular tenía que asistir.
Durante la noche mi mamá bailaba con otro joven y mi papá con otra chica. Se miraban por encima de sus parejas de baile. Algo empezaba a gestarse y según mi mamá, fue amor a primera vista. No hablaron durante la fiesta, sólo se miraron. Ya más adelante, cuando mi mamá decidió irse de la fiesta, mi papá fue tras ella. Mi mamá un poco asustada corrió hasta entrar en el auto de uno de sus primos. Ya «salvada», le sonrió a mi papá a la distancia y se despidió balanceando su mano. La primera carta estaba echada y empieza el nudo de la historia.

10947412_10153247763912491_4571813623553746487_o.jpgEl amor había hecho su primera jugada y mi papá no iba a quedarse tranquilo. Como buen personaje complejo, iba a hacer todo lo posible para saber quién era esa chica de larga cabellera rubia. Supo que un compañero del colegio era primo de ella. No eran tan cercanos en la época, pero el primo de mi mamá siempre fue de esos acolitadores, vivaces, buena gente y no tuvo problema en ser un personaje ayudante dentro de la historia. Indirectamente a él le debo que mis papás pudieran acercarse.

Mi mamá tenía su visa de turismo por tres meses, la extendió (ya sabemos por qué) y terminó quedándose casi un año. Luego a su vuelta a Colombia, empezó sus estudios en Publicidad, mi papá continuó estudiando Derecho. Las cartas, que aun conserva mi mamá, ya amarillas por el tiempo, son testigos mudos de esa relación, en las que me llama la atención la personalidad dubitativa de mi papá y tan soñadora la de mi mamá. La distancia de los años me hace verlos diferentes y encontrármelos por carta, me muestra a dos jóvenes inexpertos, que se movían por un amor que parecía prometedor.

 

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En 1978 mi papá emprendió un viaje por tierra desde Guayaquil hasta Santa Marta. Tres días de viaje, cambiando de colectivo, comiendo en el camino, mientras se acortaba la distancia con mi mamá. Allá en Santa Marta conoció a mis abuelos, a mis tíos. Fue bien acogido por todos. Lo hicieron sentir como en casa. Las fotos del paso de mi papá por Colombia, lo muestran en la vida cotidiana de mi mamá. Ya desde entonces mi papá trabó amistad con mi tío tocayo, que por esos años era un preadolescente y cuya camaradería continúa hasta la fecha.

Como en toda película, siempre hay un momento de crisis. En 1980 tuvieron una pelea que los distanció durante todo ese año. Revisando las cartas a modo de investigador, me di cuenta que no llegaban ni a cinco. En teoría todo había terminado. Mi mamá buscaba organizar una familia, habían pasado ya cinco años y buscaba certezas. Mi papá aun bohemio y estudiante no quería un compromiso serio hasta licenciarse de abogado. Cada uno entonces siguió con su vida, hasta que, claro, el amor habla más fuerte y volvieron las cartas, las llamadas telefónicas y con ellas, el inevitable destino de caminar juntos.

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El 5 de septiembre de 1981, mis papás se casaron por la iglesia. Un mes atrás se habían casado por el civil y antes de eso, se hizo la reunión de cambio de aros. Mis papás cumplieron con todos los protocolos de la época. Veo sus fotos y los veo felices, jóvenes, con aquellos trajes que me hacen pensar en las películas ochenteras. En esas fotos, mi papá tenía 25 y mí mamá 23 años. Mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora (tengo 32). Las fotos me hacen entender la distancia de la época. No veo ni cerca la idea del matrimonio y no creo que cumpliría con ninguno de los protocolos que ellos cumplieron. Me alegro que ellos convirtieron esos protocolos en una filosofía de vida y que sigan unidos más allá de un «deber ser».

 

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Han pasado 37 años de esa unión eclesiástica. Cinco años después, luego de algunos intentos, nací yo. Cuatro años más tarde, mi hermana. Creo que somos una familia como cualquier otra, con sus problemas, sus cualidades. Lo más lindo de esta familia es ver a mis papás amándose y demostrándolo sin pensar que se trata de un deber o de una apariencia. Se aman y lo demuestran en la intimidad de su habitación, en la sala de la casa mientras toman un trago, en la cocina mientras cocinan un domingo a la tarde, cuando ven televisión ya entrando la noche.

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Me resulta curioso que aun con la rutina sigan enamorados y sigan con proyectos. Ahora están muy concentrados en las reformas de su habitación. Entre las cajas que mueven y sacan, brota por ahí alguna que otra foto que delata otro tiempo. Algún artefacto que cumplió alguna función en particular en un momento de nuestra vida familiar. Y así pasan los días, ocupados y felices compartiendo el tiempo juntos. Sus cuerpos no son los flexibles y vigorosos de los 20. Las canas aparecen, la piel se fragiliza pero aun tienen la fuerza a sus 60 para emprender y seguir caminando juntos. Verlos muchas veces me hace pensar que algún día me encantaría encontrar un amor así, para caminar en compañía, sea que esté a la vuelta de la esquina o al otro lado del mundo.

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Gracias a mis papás, siento que estoy listo para amar de la forma que sea. Hay quienes creen que un amor en distintas coordenadas es de tontos, pero yo sí puedo creer que el amor a distancia es posible, ya que yo soy fruto de él.

Saudade de Domingo #94: Escribir es dejarse guiar (a la nada, probablemente)

“Hay que sentarse frente al teclado, escribir una palabra después de la otra hasta que esté terminado”, así sintetiza Neil Gaiman el proceso de escritura y aunque reconoce que parece tan fácil y simple decirlo, en la práctica es un acto complejo. Así como muchos escritores, siempre he pensado que la escritura es un estilo de vida, una decisión, una prueba de valentía. No es fácil sentarse elegir palabras escuchando al silencio. 

En mis clases de guion siempre les digo a mis estudiantes que es importante escribir, aun cuando no siempre haya una historia que contar. Vale la escritura tipo diario, carta, crónica, lo que fuera, pero lo importante es familiarizarse con la soledad del escribir. García Márquez decía que la escritura era quizás la acción más similar a la levitación y yo coincido (aunque nunca haya levitado). Escribir como cualquier otro acto de creación tiene que ver más con el fluir, el dejarse guiar. Es decir, no poner resistencia ni tampoco asustarse cuando en el proceso surjan líneas que parecen hablar de algo jamás imaginado.

En las últimas dos semanas, luego de mi regreso de Argentina y Chile, empecé oficialmente la escritura de una obra de teatro que ya me martillaba la cabeza desde marzo. Durante meses me limité a tomar apuntes, hacer descripciones de ciertas situaciones que pasarían durante la obra, perfilé personajes pero como estaba con mucha carga laboral en la universidad y con una obra como actor, no encontraba el tiempo para desarrollar la historia. Sí tenía tiempo para escribir la columna dominical de acá, la crónica de algún viaje, pero para la obra, que es un tipo de escritura más demandante, no encontraba el momento.

De modo que cuando regresé de viaje, me propuse que pasara lo que pasara, iba a empezar la obra. La idea era iniciar un sábado pero inconscientemente me llené de actividades con el único pretexto de posponer el inicio. El domingo era la única opción. Me senté un poco nervioso, ansioso, repasé todos los apuntes que tenía. Escuché algunas canciones que me acompañaron durante la época que tomaba apuntes pero se me hacía pesado empezar con la escena 1. 

Faltaba poco para darme por vencido y decir “empiezo el otro finde”, cuando casi que por rebeldía decidí escribir una escena entre dos personajes de la obra. No sabía si la iba a usar o no, ni en qué momento de la trama aparecería, pero me lancé a escribirla. Y fue ahí cuando todo “se armó”. La escritura de la escena fluyó y me llevó a otra escena, a otra y yo apenas si podía controlar el flujo de información que los personajes me iban dando. Parecía que ellos me dictaban lo que tenía que escribir. 

Horas después ya en una escritura más reflexiva preguntándome por lo que había pasado, me di cuenta que ese domingo no había empezado a escribir la obra. Había comenzado meses atrás, en esos esbozos de diálogos, de escenas inconclusas que había escrito en medio de la noche, a la mitad de un viaje o en algún mientras caminaba hacia algún lugar. Durante meses fui creando el universo de la historia, abonando la siembra que empieza a crecer ahora. Me dejé sorprender por mí mismo y sin pretensión alguna escribo la obra, como si terminarla fuera concluir una competencia 5K o fuera una especie de titulación académica. Fluyo con lo que escribo, dejo que los personajes marquen el ritmo hasta concluir el primer borrador de guion. 

No sé qué saldrá de esta obra, no sé a dónde me están guiando los personajes. Lo que tengo claro es que voy colocando una palabra después de la otra hasta que la obra termine de escribirse. 

Saudade de Domingo #93: El Santiago que viví

No me refiero a mí como Santiago, sino a la capital chilena, mi ciudad tocaya. Tenía pendiente desde hace varios años no transitarla como escala hacia Buenos Aires y sí desembarcar y recorrerla. Por motivos varios siempre iba posponiendo la visita hasta que los astros se alinearon (en realidad una gran amiga los alineó) y pude quedarme en Santiago por unos cuantos días. Pocos pero suficiente como para tomarle el pulso a la ciudad.

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Américo Vespucio Sur – Barrio Las Condes 

Siempre que llego a una ciudad nueva me pregunto cómo la vivieron personajes a los que admiro. Al llegar a Santiago y recorrer sus calles pensé en los hermanos Parra, Huidobro, Neruda, Bolaño, Jodorowsky. ¿Cuáles serían sus bares, cafés favoritos? ¿Los lugares donde se enamoraron? Podría haber investigado un poco para tener más «certezas» pero preferí que fuera mi imaginación la que fantaseara con esos sitios. Quizás un Bolaño amante de las caminatas por Bellavista, un Huidobro escribiendo en La Piojera o un Nicanor Parra fumando en las inmediaciones de la Plaza de Armas. En mi cabeza funcionan bien estas memorias inventadas.

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Con mi amiga Ingrid en La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda.

Santiago me resultó al inicio familiar y extraña. En medio de las montañas, su arquitectura e imagen en general me hizo pensar en Quito, Bogotá, Cuenca, que son ciudades andinas. Claramente Santiago es una ciudad de cordillera y eso me hacía sentirla próxima. Sin embargo también me resultaba extraña en sus calles, en sus edificios en la gama de los marrones hacia el ladrillo. Como una ciudad nueva, me costó un poco orientarme y más aun en los primeros dos días cuando no logré enganchar una tarjeta SIM que funcionara (compré una de Movistar y fue una desgracia, ni en la empresa pudieron solucionar el problema). Fue clave contar con la compañía de dos amigos ecuatorianos que viven en Chile y me llevaron a los sitios emblemáticos como el Palacio de la Moneda (que es hermoso), la Plaza de Armas, El Barrio Bellavista, conocer el río Mapocho, etc. Amé la ciudad esos primeros días pero aun así la sentía lejana. No lograba entender bien por qué, pues la ciudad estaba siendo el escenario perfecto para reencontrarme con mis amigos. Llegó un punto en que llegué a fastidiarme de Santiago y confieso que pensé en adelantar mi retorno a Buenos Aires. Los viajes en general me colocan en otra sintonía y me vuelvo mucho más sensible al entorno. Y había algo en Santiago que no me gustaba y no comprendía por qué.

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El colorido barrio Bellavista
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En la cima del Sky Costanera

En mi cuarto y último día en Santiago, decidí emprender una caminata en soledad. En unas cuantas horas más tendría que irme rumbo al aeropuerto, así que quería caminar, tomarme el metro solo y hacer las últimas compras (libros, mi gran debilidad). Mi amiga se quedó en su departamento y ya con un buen internet gracias a la compañía WOM, emprendí mi último recorrido. El objetivo principal era subir al Sky Costanera pero antes de hacerlo recorrí la zona. En medio de esa caminata, confundido entre parejitas cariñosas, familias numerosas y personas sumergidas en sus iPods, sentí una tranquilidad profunda al mirarme en Santiago. No es algo que se pueda expresar en palabras exactas pero sentí que estaba físicamente en el lugar indicado. Me sentí querido, acogido por Santiago. El aire andino tuvo entonces otro sabor, la vista difuminada por el smog santiaguino de pronto se disipó, el frío disminuyó. Seguí caminando abrazado, envuelto por Santiago de Chile. Pensé nuevamente en los personajes chilenos que admiro y que amaron, vivieron su ciudad. Pensé también en mis amigos chilenos que viven en Ecuador y que seguro sienten nostalgia de ese vientito de cordillera, de ese sol difuminado, de las casitas coloridas de Bellavista o de una cerveza Kunstmann para amenizar la tarde.

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La vida desde el Sky Costanera, un domingo precioso en el que la cordillera fue mostrando su solemnidad.

Subí al Sky Costanera, contemplé la majestuosidad de las montañas, me sentí minúsculo, indefenso ante esa mole pero también cuidado por el manto protector de Santiago. Di la vuelta en 360 para mirar desde lo vitrales a la ciudad desde arriba. Estaba en paz y hermanado con mi ciudad tocaya. Era como si siempre me hubiera esperado, desde el primer día, para que pudiéramos encontrarnos a solas y emprender juntos un nuevo viaje sorpresa.

Saudade de Domingo #92: La escritura de los otros

Siempre que conozco a alguien, me da curiosidad saber cómo escribe. No me refiero a si escribe literatura o algo creativo (que también me interesa) sino al simple hecho de ir colocando una palabra adelante de la otra. ¿Tendrá faltas ortográficas? ¿Será un obsesivo de las comas? ¿Un amante del sujeto tácito? ¿Alguien que escribe párrafos de una sola frase? La escritura es un proceso tan íntimo y tan vasto que me siento un poco espía cuando llega a mí algún texto escrito por alguien. Como profesor y eventual analista de guiones, he podido leer muchísimos textos, de diferentes naturaleza y siempre hay algo que me llama la atención…

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