Saudade de Domingo #97: La extrañeza del viaje

Viajar es una adicción. Y no solo en el sentido físico de viajar, sino también en el imaginario: fantaseando con viajes a nuevos destinos o recordando los ya recorridos, que es también otra forma de fantasía. Con cada viaje tengo siempre la sensación de crecer un poco. Me voy llenando de experiencias y por consecuencia, tomo un poco más conciencia de mí mismo. Como ya conté de mi viaje inesperado a Quito, ese fin de semana de desconexión me permitió ahondar en mis propias expectativas. En uno de los pequeños descansos que me tomé mientras escribía, me encontré con una frase de Ítalo Calvino acerca de los viajes de la cuenta brasileña @achadoselidos.

«Al llegar a una nueva ciudad, el viajante reencuentra un pasado que no recordaba que existía: la sorpresa de lo que dejó de ser o dejó de poseer se le revela en los lugares extraños, no en los conocidos». 

No creo que las cosas lleguen por casualidad así que sentí que esta cita de Calvino me hablaba a mí directamente. De alguna forma me interpelaba y mientras meditaba sobre la frase, me fui dando cuenta de su exactitud. De repente, mis pequeños cambios de ánimo en mitad de un viaje o el fastidio que siempre me produce el primer del itinerario a pesar de mi amor por la aventura, empezaban a tener sentido. El sentirme diferente y ajeno a un lugar, me obliga a mirarme, a observar en qué me diferencio o simplemente por qué tengo la sensación de ser un foráneo. Y no basta con pensar solo en la nacionalidad que indica el pasaporte. Tiene que ver con ese yo en el interior que puede sentirse ajeno en su propia tierra y en casa a miles de kilómetros de distancia. IMG_8738Trasplantarse en un viaje es mirarse. Darse la oportunidad de caminar, de impregnarse del aroma de otra ciudad, de escuchar a la gente en las calles, implica siempre cuestionarse y no siempre es agradable. Especialmente cuando se viaja solo, se toma conciencia de la propia fortaleza. Es necesario soltar lo que no sirve y atesorar una imagen, un aliento, un sabor. Llenarse quizás de cosas «menores» en un mundo donde cada vez nos miramos menos. Y claro que puede ser doloroso darse cuenta de quién es uno en determinado momento, lejos de casa. Recuerdo en unos de mis viajes a New York, haberme sentido desolado en medio de la gente en Times Square. Fueron apenas unos cuantos minutos en lo que no paré de preguntarme qué me pasaba. Estaba en la capital del mundo, rodeado de gente de nacionalidades infinitas, con música por todas partes y flashes por segundo. En ese escenario me sentí abrumado no tanto por ese exterior apabullante y sí porque estaba pasando por una crisis sentimental, una ruptura y de alguna manera Times Square me hizo mirarme en su espejo.

En la misma ciudad, en otro viaje, recuerdo haber tenido la sensación de plenitud y felicidad pura al caminar en invierno por la calle 42 hacia la Quinta Avenida. No había nada en particular que me hiciera «feliz» en ese escenario pero fue como si de pronto sintiera que estaba en el lugar indicado y que todo aquello que sucedía no se lo debía a nadie. Era fruto de mi esfuerzo, de mi trabajo, de mis ganas. Quizás dos copas de vino previas ayudaron a despertar esa conciencia del aquí y ahora.

Algo similar me sucedió en Madrid. Desde el primer momento me sentí en casa, como si regresara a un lugar que ya conocía y a pesar de mis recorridos en solitario, siempre me sentí en compañía. Estaba feliz, eufórico y apenado también al pensar que ese viaje iba a terminar.

Viajar siempre me sorprende con recuerdos ocultos en el caché de mi memoria. Alguna canción, alguna frase, calle o persona me activa un recuerdo y del azar depende de que esa memoria sea alegre o dolorosa. De cualquier forma es siempre nostálgica y no siempre quiero mirarla o procesarla. Ahí el shopping funciona como un extintor momentáneo y me llena de una falsa felicidad (aun sabiéndolo, lo hago).

De modo que en ese viaje a Quito, en el que buscaba específicamente reconectarme conmigo, apareció Calvino a través de una cuenta de Instagram, para darme una mano en mi búsqueda. Sigo pensando en la frase, en su densidad, pero bueno, al menos este escrito funciona como un primer acercamiento.

Viajar, siempre

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Si ellos lo dicen, hay que hacerles caso. Nada más terapéutico que viajar, transitar territorios, tomarle el pulso a la ciudades. Hace parte del viaje perderse en las calles como laberinto, titubear en un idioma extranjero, confundir un gesto con una falta de respeto, lastimar al estómago con un plato local pesado. Todo suma en la experiencia de viajar, que para mí en lo personal empieza desde el momento en que compro un ticket aéreo. Nada más hermoso y arriesgado que elegir un nuevo destino.

Recientemente estuve, por enésima vez, en Buenos Aires y como de costumbre la ciudad me sorprendió. En esta ocasión conocí varios lugares interesantes que voy a ir compartiendo en los próximos días. Cada lugar nuevo que visito en Buenos Aires, me hace plantearme la pregunta: ¿Por qué no conocí este sitio antes?

Es la magia de viajar y de volver a viajar, una y otra vez.

Saudade de Domingo #46: See you later, NYC

Soy masoquista. Viajar es una de las cosas que más me gustan pero que también más me tensiona. Armar maletas, cuidar el peso, recordar qué productos están prohibidos, cómo distribuir las cosas entre las maletas y el equipaje de mano, las escalas, la sala de migración, etc. Todo eso me pone en tensión. Quienes vieron mi obra Pa et Blunk, sabrán bien a qué me refiero. Sin embargo, cualquier sacrificio vale la pena a la hora de conocer img_0711nuevos lugares, nuevas personas y a modo de conclusión de este viaje a New York, puedo decir que los gringos se portaron de diez. Amé la ciudad y siento que ella me amó también. La he conocido a través de la escritura, de la lectura, de amigos latinoamericanos y gringos. Sin duda es una de esas experiencias maravillosas que guardaré por siempre conmigo.Aun es muy pronto para dimensionar lo que ha sido todo este viaje. Tendré que esperar a que las cosas se asienten en el cuerpo, en el corazón para ver en su totalidad lo que ha pasado conmigo. Logré como en muy pocos viajes una desconexión casi total, fue una suerte de retiro espiritual (paradójicamente en New York) y la verdad no me arrepiento. Fueron muchas tareas, muchos recorridos y siento que yo al interior estaba buscando esa conexión con lo ajeno, con lo desconocido. Creo que además he tenido la suerte de estar rodeado de personas maravillosas que han sido como hermanos durante estos quince días en Nueva York.

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Escribo todo esto desde la sala de espera en el JFK Airport, a pocas horas de volver a Guayaquil, a la rutina. Como ya me ha pasado en otros viajes, mi cuerpo llegará primero y mi cabeza terminará por llegar unos días después. Regreso con ganas de charlar, de contar lo que pueda digerir de la experiencia y leer, escribir, ver todas las películas recomendadas. Mirando hacia atrás, hace apenas dos semanas, puedo sentirme diferente a aquel que llegó un sábado de nevada a NYC. Me voy con más experiencia, con más preguntas, dudas, con ganas de regresar a NYC y perderme nuevamente entre sus calles geométricas abrumadas de rascacielos, de sentarme en el subte entre asiáticos, negros, latinos y gringos, de comer pizza al paso con porciones monumentales,  de recorrer una y otra la vez la quinta avenida como si no hubiera remedio, de mirar el Hudson y pensar en Woody Allen, de caminar y respirar el aire del Central Park. Sin duda, es sólo un hasta luego, tengo cuentas pendientes con NYC y es imperativo volver, volver, volver.

Saudade de Domingo #33: Viajar

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Siempre me ha gustado viajar: desde la planificación del destino, seleccionando los lugares que quiero visitar, armando horarios, decidiendo qué ropa llevar. Para mí el viaje empieza desde el momento en que decido comprar el boleto. La cuenta regresiva también alimenta mis ansias por perderme en un nuevo lugar, sentirme foráneo y desafiar a mi cabeza para que aprenda nuevas rutas.

Con el tiempo he aprendido a canalizar mejor mi emoción por los viajes. En otras épocas, de niño o adolescente, llegaba incluso a enfermarme. Recuerdo mi primer viaje a Brasil, en el 2003: terminé rapándome la cabeza antes del día del vuelo.

Lo que sí me pasa hasta ahora es no dormir bien la noche anterior al viaje. Me lleno de expectativas, me fijo una y mil veces de que no se me quede nada. Repaso mentalmente todo lo que quiero hacer en el avión y luego cuando llegue al destino. Se me van algunas horas así y termino durmiendo en promedio sólo tres horas. Luego recupero algo en el avión pero casi nunca consigo dormir.

Cambiar de aire, aunque sea por pocos días, es para mí una necesidad. Debo realizar cada cinco, seis meses un viaje largo para poder soportar mi ciudad por unos cuantos meses más. Mi destino favorito es Buenos Aires, ciudad que puedo decir sin falso orgullo que conozco bastante bien. Muchos se preguntan por qué voy tanto a la capital argentina. Más allá de que parte de los mejores recuerdos de mi vida fueron allá, con Buenos Aires siento que realmente puedo descansar. Que no tengo que hacerme el turista y correr de un lado a otro para cubrir un itinerario. Disfruto la ciudad con la calma de que tengo a Buenos Aires para siempre, que puedo sentarme toda una tarde a tomar café mientras leo o escribo, sin sentir que estoy perdiendo el tiempo. Que puedo meterme en librerías todo un día si quiero y esa inmersión hace parte de mi viaje.

Pero también hay los destinos donde me gusta dormir tarde y despertar temprano. Restarle horas al sueño para conquistar más lugares, tomar más fotos, conocer más gente. Es el encanto que despierta lo desconocido, como si tuviera un deseo obsesivo de volver cotidiano aquello que me resulta diferente. Me hace feliz cuando a los pocos días de llegado a un lugar, puedo caminar sin perderme, identificando calles, líneas de buses. Un viaje es siempre estimulante, hace crecer, quiebra limitaciones. No es que un viaje borre los problemas, ya que el cambio debe venir del interior de cada uno, pero sí es verdad que el viaje en sí mismo permite mirar las cosas de otra manera, con menor rigor quizás.

Viajar más allá del placer que pueda provocar, es una necesidad de vida.