Saudade de Domingo #9: Hacer política desde abajo

Hoy se define en Argentina quién será el nuevo mandatario. Luego de varias semanas cargadas de la propaganda de ambos candidatos y de los apasionamientos excesivos que provoca la política, siento que al menos con la definición de quién gane, llevará a una calma en los ánimos especialmente por redes sociales. La política se inserta en todos, aun en quienes dicen ser apolíticos. Considero correcto tomar una postura y ser consecuentes a ella. Admiro a los amigos que tienen una posición ideológica y hacen de ella su acción en todos los ámbitos de su vida. En las últimas semanas, por el balotaje en Argentina y los atentados en París especialmente, se ha producido un resurgimiento del sentir político, que por un lado me parece positivo, pues ha obligado a que la gente lea, se informe y adopte una postura, pero por otro lado ha generado agitadores sin ningún objetivo más que ponerse en contra porque sí, como ya lo hablé en mi artículo de la semana pasada.

Más allá de los comentarios cargados de odio o de amor que generan las tendencias políticas, en las redes se percibe fastidio, desazón y sobre todo mucho miedo. Detrás de todos esos comentarios, los retuits, los artículos que se comparten hay miedo, miedo del otro, miedo del que piensa diferente y amenaza mis principios, aquel que como espejo me muestra que hay otras formas posibles de vida y desestabiliza mis creencias. Como bien dice Maturana, disfrazamos nuestros discursos emocionales con discursos lógicos (números, estadísticas, citas irrefutables), para que de esa manera tenga más valor para nosotros mismos pero sobre todo para convencer a otro. Para que algún “tibio” pueda aceptar nuestra verdad y adoptarla también como suya. ¡Cuánto bien le hace al ego, saber que otro(s) piensa(n) como nosotros!

En momentos de tensión mundial y en las coyunturas propias de nuestros países, es necesario dejar de poner toda la responsabilidad -y las culpas- en manos del jefe de estado, del alcalde, del intendente, del ministro. Ya Guattari observaba este fenómeno y señalaba que los sistemas de culpabilización funcionaban como factor de inhibición de todo aquello que escapaba de las redundancias dominantes. Como solución a eso, el francés proponía estar alerta a todas las formas posibles de culpabilización, pues en esas dinámicas lo único que se consigue es bloquear soluciones, generar separatismos y sobre todo creer que ninguno desde su individualidad es responsable de algo. Otra trampa del ego, para colocar todos los males en el otro corrupto, dañino y peligroso.

Los mecanismos de corrupción y represión no han sido formas exclusivas ni de los grupos de poder relacionados con la burguesía ni con los de izquierda, por tanto no creo que tal o cual línea política vaya a solucionarme la vida, porque eso también sería considerarme un ente desprotegido que necesita de un padre que me diga qué hacer, dónde vivir, qué consumir y qué creer. Creo en las elecciones, en el voto popular, en escoger un representante que se preocupe por la economía, por la salud, la educación, pero no espero tampoco que este representante haga todo por mí y que resuelva además mis problemas cotidianos. Por ello me parece importante tomar las riendas políticas de nuestras acciones en nuestros propios círculos. Mirarnos en el trato con el otro, con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo. Estar atento en las formas en que nos relacionamos con cada uno de ellos y hacer política desde esos lugares, haciendo micropolítica, dándonos cuenta de cómo operan -y pesan- en nosotros los códigos de nuestra propia sociedad y cómo podemos revertirlos. Es un trabajo de constante observación, de una mirada hacia adentro. ¿Saludo a todos los que me rodean o elijo a unos cuántos para dar un buenos días? ¿Soy honesto con los trabajos que realizo? ¿Soy consecuente con lo que predico y hago en mi día a día? ¿Espero tener algún tipo de privilegio por tener cierta posición laboral?

Desde la micropolítica, cada uno es responsable de su accionar y esa toma de conciencia desde lo molecular es importante en palabras de Deleuze y Guattari, pues refuerza y consolida la democracia en una sociedad. No se puede esperar que el mandatario sea honesto, cuando en el día a día reina la corrupción y cada uno lucha por conseguir sus objetivos con el mínimo esfuerzo, llevándose por delante a todo el que se interponga. Pensar que la ley sólo es buena cuando me conviene y es mala cuando me pone en tela de juicio, es vivir desde la separación, negando a un otro que tiene derecho como yo a la igualdad de condiciones. Hacer micropolítica es también hacer resistencia ante nosotros mismos desde lo cotidiano cuando observamos pequeños actos de corrupción que consideramos nimios e inocuos. Si quiero cooperar con ese líder que elegí, no debo necesariamente militar en un partido, pero sí puedo extender la mano al otro cuando lo necesita, siendo honesto en mis relaciones laborales, familiares, sentimentales. De esa forma, el líder también puede hacer su trabajo desde las grandes estructuras. Antes de colocarnos banderas políticas en lo macro, tendríamos que mirarnos qué tan genuinos somos desde las contiendas de lo cotidiano, desde la micropolítica, aun cuando esa observación pueda resultar en principio dolorosa.

Saudade de Domingo #8: Los evaluadores del sufrimiento

Los atentados de París, más allá del estupor que han causado, también han sido el pretexto para ataques virtuales hacia aquellos que se solidarizan con esta tragedia. Sea en el lugar del planeta que sea, todas las vidas importan, así sea en México, Siria, Palestina o Francia. Ponernos en estos momentos de conmoción mundial, con eso de que «a la gente sólo le importa la tragedia de París», es simplemente una trampa del ego para seguir creando separatismos.

Hay quienes se ponen la corona de ser “los evaluadores del sufrimiento”, en los que aparentemente hay una finalidad noble (abrirles los ojos a los demás ante otras tragedias, quizás peores), pero que siempre están deslegitimando la conmoción o sufrimiento de los otros. Si alguien defiende la caza indiscriminada de ballenas, alguien dirá que cientos de perros son exterminados por día y que los que luchan por las ballenas son frívolos. Si alguien se conmueve de los perros exterminados por día, un evaluador saldrá a decir que diariamente se matan vacas por el consumo masivo de carne. Si alguien se conmueve por las vacas, saldrá un evaluador para decir que más importante son las vidas humanas que se pierden en las guerras. Si alguien se conduele por alguna guerra en particular, alguien saldrá decir que hay una Y guerra peor. Si alguien se conduele por esa Y guerra peor, alguien saldrá a decir que Z es mucho peor y que ese otro es un imbécil aburguesado que no sabe los horrores que pasan en la guerra Z. Si alguien se conmueve por la guerra Z, un evaluador dirá que es un absurdo mirar esa guerra y no condolerse con la hambruna en el mundo… ¿Hay algún medidor de qué hecho es más importante que otro? Quizás la agenda de los medios nos haga creer que hay una jerarquía, pero no, todos esos hechos lamentables son igual de importantes, así que ni los medios ni los evaluadores del sufrimiento están en lo correcto.

La cuestión de fondo para mí, más allá de la tragedia en sí misma, es ver cómo los evaluadores salen de diferentes trincheras a juzgar lo que el otro está sintiendo. No hacen activismo, no buscan generar cambios sociales, no se conduelen de las tragedias en lugares periféricos (ojo que los que sí lo hacen y tienen un compromiso loable por el prójimo no entran en el perfil de evaluadores del sufrimiento). Sólo emergen cuando hay una conmoción masiva y ven el momento oportuno para figurar como diferentes, como si el dolor fuera otro en Beijing o Estocolmo. Los evaluadores del sufrimiento critican a quienes por redes ponen filtro a sus fotos con la bandera de un país determinado, los atacan de hacer sólo militancia en plataformas digitales. Pero ninguno de esos evaluadores del sufrimiento hace otra cosa más que compartir fotos de otras tragedias, siempre recordando que mueren más en otros rincones del mundo. ¡Y sólo recuerdan cuando ha pasado algo de conmoción general! Eso también es un activismo de escritorio que no sirve para nada, que sólo funciona como una cortina de humo para seguir marcando diferencias.

Pero no todo es malo en los evaluadores del sufrimiento. Ayudan en una labor que es igualmente importante: Buscar siempre la tragedia peor, la que los medios intentar ocultar por intereses políticos, económicos, la que se encuentra en un lugar distante y que al igual que cualquier otra tragedia es importante y duele. Habría que mirar al evaluador del sufrimiento como el portador del lado B de todos los medios, pues siempre tendrán la otra cara de una tragedia mediática y desde ese lugar, es válido su accionar. Sirve para hacer el ejercicio de conocer más el mundo que nos rodea y para entender los intereses retorcidos de los grupos de poder. Pero no hay que caer en eso de elegir por qué tragedia conmocionarse.

Los evaluadores del sufrimiento siempre dicen que una tragedia “mediática” (entiéndase aquella que acapara todos los medios tradicionales y digitales) es un “pretexto” para ocultar otras. Como si la pérdida de vidas en un lado fuera más o menos importante que en otros. Los evaluadores del sufrimiento matan con sus frases hechas, con sus repentinos comentarios siempre buscando el lado negativo, usando las redes para disparar sus misiles.

Los evaluadores del sufrimiento son agitadores de humo.

Saudade de Domingo #6: Destino, el aire.

aircraft-464296_1280Viernes 30 de octubre, 17:15. Las pantallas en Ezeiza (Buenos Aires) mostraban el estado de mi vuelo: Demorado. En el counter me dijeron que embarcaríamos una hora después de lo previsto, pero que de igual forma tenía que hacer migración máximo a las 18. La nueva hora de salida sería a las 20:30. De cualquier manera no me lo tomé a mal. Este fue el único viaje con demora de todos los que he hecho este año. Quizás el aeropuerto sea el único lugar en el mundo donde me es placentero esperar. Estar rodeado de diferentes acentos, etnias, idiomas, abrigado por la voz impersonal que anuncia la llegada y salida de vuelos, con carritos que transportan maletas de todos los colores y formas, me resulta un escenario fascinante. La aventura de viajar se inicia desde ese momento en que se abren las puertas automáticas del aeropuerto y me inserto en un espacio donde personajes administrativos y pasajeros se mezclan en una sinfonía de movimientos a veces más lentos, a veces más acelerados dependiendo del vuelo que toque. Ese tránsito infinito me atrapa desde la infancia. Cuentan mis papás que aun cuando no sabía hablar, ya tenía trazada en la cabeza la ubicación del aeropuerto y que rompía en llanto cuando nos desviábamos de la ruta que conducía al Simón Bolívar (hoy José Joaquín de Olmedo). Tardaron algún tiempo en entender que no lloraba por hambre o sed sino porque nos estábamos alejando del aeropuerto. No sé qué santo o entidad hizo que mi papá en una de las salidas que hacíamos volviera a pasar por el aeropuerto y entendiera que lo que yo quería, siendo un nene menor de un año, era ver a los aviones.

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En algún lugar entre los Andes de Chile y Argentina

No hay una explicación lógica para mi fascinación por los aviones. Ya más grande, alrededor de los cinco años, el ir al aeropuerto sea o no para despedir o buscar a algún familiar, se convirtió en una paseo familiar bastante habitual. Me gusta observar cuando despegaban y aterrizaban los aviones en la época en que el aeropuerto de Guayaquil tenía esa especie de mirador donde los familiares podían despedir a los viajeros. Esa imagen se ha quedado grabada en mi memoria. El aeropuerto de Guayaquil en los 90 todavía tenía ese raro encanto de estación de pueblo, medio improvisado, caótico, familiar.

El paseo al aeropuerto se complementaba con algún almuerzo o merienda en el bar-restaurante que había en el segundo piso, desde donde se tenía vista directa a la pista de aterrizaje. Las mesas más peleadas obviamente eran aquellas que estaban junto a los ventanales. Me embargaba la emoción cuando encontraba una vacía y me adueñaba por completo de ella. También me emocionaba cuando veía la cara de decepción de alguien al vernos a mí y a mi familia en la mesa. De niño era un fanático de la competencia y no me gustaba perder. Recuerdo todavía el sabor de las papas fritas que pedía para comer mientras veía los aviones nacionales ya extintos de Saeta, San, Ecuatoriana. Me gustaban sus colores y ver a la gente bajar con sus bolsos de mano y caminar a pie sobre la pista.

No viajé mucho en avión durante la infancia y quizás por ello se fue alimentando en mí esa fantasía por lo aéreo. Me imaginaba ahí, abrochándome el cinturón, mirando por la ventanilla, teniendo la sensación de penetrar el aire, dejando la ciudad para llegar a otro destino. Algo así sentí a los 17 años cuando en el 2003, el avión de la desaparecida Varig me transportaba a São Paulo desde Bogotá. El horizonte desapareció para dar lugar a la ciudad más grande de Sudamérica. Siendo además fanático de Brasil, ese primer viaje largo me dejó sin aliento. Ver a São Paulo desde el aire es uno de los recuerdos más lindos que tengo relacionados a la aviación (qué ambicioso suena eso). Siempre trato de ubicarme en el asiento junto a la ventanilla para mirar las ciudades desde arriba y ver sus diferentes formas, a veces geométricas, otras con diseños urbanos más caprichosos. Algunas en medio de la selva, otras en medio de montañas, pero todas diminutas y frágiles desde lo alto.

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                           Guayaquil desde el aire

Con toda esta fascinación por los aeropuertos y aviones, pilotar es claramente una cuenta que tengo pendiente. Sueño con manejar un avión, surcar aires, nubes, sobrevolar campos, mares, desiertos, así como cuando de niño jugaba con los aviones que me regalaban, inventando además aeropuertos de partida y arribo. Algún día pilotearé aunque sea una avioneta. Luego de eso podré volver a ser un pasajero delirante, fanático de las esperas y de las escalas infinitas. El destino siempre estará en el aire.

Saudade de domingo #5: Mi nuevo teclado, Volver al Futuro y mi graduación

El miércoles 21 de octubre, además de la llegada del futuro (a propósito de la peli Back to the Future II) tuvieron lugar dos momentos para mí muy importantes: el primero, un nuevo teclado para mi compu y el segundo, quizás el más visible, mi graduación de maestría.

Empiezo por mi teclado. Quizás no debería ser motivo de mucha alegría y menos para dedicarle unas líneas, pero vale decir que si no fuera por el nuevo teclado no podría escribir libremente estas palabras. Pasé durante meses confinado a un teclado bluetooth que colocaba encima del teclado dañado de mi MacBook Pro. De un día al otro, en alguna noche de enero, las letras O, P, L, 9, 0, más las flechas de movimiento dejaron de accionar. Tomé conciencia que no podría hacer nada FullSizeRender-2cuando intentaba ingresar mi clave y como esta contenía una de las letras mencionadas más arriba, no conseguía entrar al sistema. Ahí fue cuando empezó mi relación forzosa con el teclado bluetooth. Mi laptop dejó de serlo para convertirse en una especie de Frankenstein, que llamaba la atención en cualquier parte. Pensé que sería fácil de arreglar, pero todos los técnicos que consulté me dijeron de forma unánime: «Tenés que cambiar todo el teclado porque el circuito está muerto». No entendía bien eso del circuito pero sonaba a una especie de cáncer terminal, una metástasis en el teclado que me condenaba al teclado bluetooth por tiempo indefinido.

Volví a vivir en Guayaquil y los técnicos de allá me dieron el mismo diagnóstico: «Hay que cambiar el teclado». Así que me puse a la tarea de buscar teclado para mi compu de finales del 2008. Las posibilidades de encontrar uno que además fuera en español y para una MacBook de 15 pulgadas eran casi nulas. Encontré varios en inglés, para 13 pulgadas, modelos más recientes. Parecía una causa perdida. Vine a Argentina en agosto por un viaje académico y me di a la caza por Mercado Libre de todas las ofertas de teclado para MacBook. Parecía haber encontrado el ideal a través de un proveedor, pero a último momento me dijo que para el modelo de finales de 2008 ya no tenía y que probablemente le llegaría en septiembre.

Regresé a Guayaquil, me hice la idea de seguir con el bluetooth hasta que un día recibí un mail del proveedor informándome que ya tenía mi teclado. Le pedí que me espere hasta octubre cuando volvería a Argentina por mi graduación de maestría. Intercambiamos números para seguir en contacto hasta que este martes 20 le dejé mi laptop para que procediera con el trasplante de teclado. Mientras buscaba una camisa para el traje de la ceremonia de graduación, pensaba en mi teclado. ¿Será que volvería a deslizar los dedos directamente sobre mi laptop? FullSizeRender¿Volvería a escuchar el sonido de las teclas de la MacBook mientras escribía? (perdón, parezco un poco frívolo, pero el tecleo es muy importante para mí mientras escribo) ¿No se dañaría otra cosa en el intento de extirpar el viejo teclado y colocar el nuevo? El miércoles 21 a la mañana retiré mi compu. Me la entregó la madre del proveedor. La señora no entendía bien mi alegría desmedida por el teclado nuevo y como si tuviera la necesidad de compartir mi emoción con alguien, le dije antes de irme que iba a “jubilar” al teclado bluetooth. La señora, en su instinto maternal, sólo atinó a decir: “Y guardalo de todas formas, por si lo necesitás en algún momento”. Lo guardaré pero espero no necesitarlo sobre mi laptop nunca más.

Por la tarde de ese mismo miércoles fue la ceremonia de graduación (acto de colación como dicen en la UCA). Si bien ya había defendido mi tesis en diciembre 1921907_10207785258128352_3884154450082152668_ny en teoría ya era magíster desde entonces, la ceremonia era el ritual necesario para confirmar ante una sociedad que ya poseía el título. Siempre he sido escurridizo en este tipo de eventos, me siento incómodo, ser el centro de miradas me pone un tanto nervioso, pero era parte del protocolo esperar a ser llamado, subir al escenario, recibir el diploma simbólico de las manos del director de la maestría y volver al asiento. Fue la oportunidad de verme con dos amigos de la maestría y de encontrar con sorpresa a varias ex alumnas que se recibían de licenciadas en Periodismo. Volvía a sentirme en casa.

No tuve a mi familia en la ceremonia pero cuatro amigos míos estuvieron ahí “haciéndome el aguante”. Puedo decir que fue un bonito cierre de ciclo que se12106988_10153001117821486_4511908170201835477_n abrió en marzo de 2012, cuando en una maleta cargada de sueños venía a Buenos Aires con la intención de cruzar una maestría. Sentí ese miércoles un sabor a fin de ciclo, como cuando la serie está al fin de una temporada. Mirando para atrás, mucha agua ha corrido y la verdad que volvería a hacer todo de nuevo, con los aciertos y los errores.

La vida continúa y un ciclo que se cierra da paso a otros, al fiel estilo del Camino del Héroe de Vogler. Con un teclado nuevo y la maestría concluida, puedo vivir el presente en el futuro que Zemeckis y Spielberg diseñaron en Back to the Future II.

Saudade de Domingo #4: Buenos Aires, te amo

Una primavera dormida, subyugada por un invierno moribundo. Así me recibe Buenos Aires con mínimas entre 12 y 14 grados, con máximas de 20 y 22. Pasaron apenas dos meses desde la última vez que estuve y siento más frío ahora que en agosto. No la paso mal porque amo sentir frío, algo de lo que mis colegas pueden dar fe cuando en la oficina pongo el aire acondicionado a 17 grados. Sangre caliente, temperatura alta, falla fisiológica, error del sistema, no lo sé. El asunto es que Buenos Aires me recibe con frío. No es una venida cualquiera. Regreso para participar del acto de colación (acá le dicen así a la ceremonia de graduación) de mi maestría en Comunicación Audiovisual, que comencé en el 2012.

Captura de pantalla 2015-10-18 a la(s) 13.01.50Si bien en agosto estuve acá por motivo de un viaje académico, este regreso tiene otro sabor. Es como una especie de fin de ciclo y con ello, han surgido emociones encontradas, recuerdos inesperados que me han asaltado en una calle, en un café, en alguna charla. Se trata de un regreso a una ciudad que es para mí, mi segundo hogar. Mirando atrás me encuentro pegado al GPS del celular, consultando mapas, tomando colectivos con desconfianza y aprendiendo nombres de calles y lugares que me sonaban agrios. Ahora cada una de esas calles y lugares guarda un recuerdo especial, de esos que arrancan una sonrisa ligera. Buenos Aires pasó de ser la ciudad de mis estudios a la ciudad de mis afectos.

No todo fue fácil tampoco, ni todos los recuerdos fueron agradables. Sentí en carne propia el agobio que produce toda ciudad grande, la sensación del anonimato y los vaivenes propios de una economía latinoamericana. Así como en cualquier relación, no se puede separar lo lindo de lo triste. Buenos Aires es para mí alegría, euforia, amor, pero también es melancolía, carencia  y aspereza.

La última gran capital de Sudamérica me modificó, yo entré en ella y ella entró enCaptura de pantalla 2015-10-18 a la(s) 13.02.50 mí. Nos fusionamos en un raro abrazo de tres años, nos apretujamos los huesos, lloramos, sudamos, nos escupimos a la cara también para luego volver a un cálido abrazo de verano. Me acurruqué en sus vericuetos de Retiro y Recoleta, descansé en sus bosques palermitanos, caminé enojado maldiciendo en Chacarita, pasé horas leyendo sobre ella en los colectivos y subtes. Nuestra relación siempre fue de pasiones extremas, nunca de medias tintas.

Volver a ella es reencontrarme, saberme vulnerable, extranjero nuevamente pero de alguna manera, un poco parte de esta ciudad. Me siento en casa, rodeado de amigos, con ganas locas de quedarme otra vez y vivir todo de nuevo. Este regreso me ha sorprendido meditativo, enajenado a momentos. Buenos Aires tiene ese raro encanto de nunca dejarte indiferente y creo que es eso justamente lo que nos ata. Seguimos aprendiendo de los silencios, de los caminos, del clima enrarecido y yo no puedo hacer más que regresar, tocarla de nuevo y seguirme preguntando quién soy junto a ella.

Saudade de Domingo #3: Enseñar, aprender (y viceversa)

Esta semana vi con sorpresa en el muro de una amiga de Facebook, el video que está arriba: Thank a Teacher Today, en donde un grupo de actores conocidos agradecen lo que son hoy por un profesor representativo en sus vidas. No agradecen a alguien con nombres y apellidos, pero buscan exaltar a la figura de aquel gran profesor que se prepara día a día, que aclara el camino, despeja dudas y que luego de un tiempo termina cayendo en el olvido, tanto por los alumnos como por las autoridades estatales que aun no logran darle la verdadera importancia que tiene un docente en la formación de un estudiante, especialmente durante sus primeros años.

Viendo el video recordé el caso excepcional de la educación en Finlandia, del que tuve mayor conciencia a través del documental The Finland Phenomenon. En ese país nórdico de inviernos severos y veranos endebles, la educación es una gran preocupación estatal. Se seleccionan a los mejores perfiles para que se conviertan en profesores, reciben una educación integral de primera mano, se les brinda un acompañamiento durante sus primeros pasos al enfrentarse a las aulas con niños y adolescentes de todos los perfiles posibles, ganan salarios acordes al gran esfuerzo de seleccionar cuidadosamente el material con que van a impartir sus clases. En Finlandia ser profesor es un honor, un trabajo de prestigio.

En nuestro país el contexto es otro, no obstante hay un sinnúmero de docentes que viven su trabajo con la pasión que los hace recorrer media ciudad para llegar al centro de enseñanza, trabajar en evaluaciones hasta altas horas de la noche, restarle tiempo a la vida personal para diseñar una clase que esté acorde a las expectativas de los estudiantes cada vez más volátiles. Pienso en algunos de mis profesores, en aquellos que dejaron alguna huella, sea por su marcada personalidad o por la admiración ante ese manantial inagotable de conocimientos que tenía para responder a todo. Jamás habría aprendido italiano sino hubiera tenido una profesora siciliana que, con carácter férreo de sus posibles antepasados turcos, encontraba toda clases de ejercicios gramaticales y fonéticos hasta que hubiéramos entendido determinada lección. Tampoco me habría alimentado de García Márquez sino fuera por una de mis más recordadas profesoras de literatura a la que hoy considero una gran amiga. Mi comprensión media sobre la química fue posible gracias a un profesor que parecía imprimirle un ritmo musical a la tabla periódica de Mendeleiev. La pasión por el cine acompañada del intelecto no era una mezcla posible hasta que conocí a una profesora que no paraba de citar a los grandes de la filosofía y el arte para justificar ideológicamente la elección de cada plano de determinada película. Podría citar muchos profesores que me marcaron, que de evocarlos me sacan una sonrisa y a cuyas clases iba con entusiasmo aunque fuera a las 7 de la mañana.

Quizás esa admiración fue formando dentro de mí un proceso de docente. En la adolescencia, queriendo imitar el trabajo de algunos de mis profesores, empecé a jugar ser docente con mi hermana y una tía, a las que impartía una serie de conocimientos de Historia, Geografía, Gramática. Jugábamos pero yo me tomaba mi rol muy en serio, hacía una preparación de lo que les iba a enseñar en un cuaderno y diseñaba formatos de evaluación parecidos a los que me tocaba rendir en el colegio. Disfrutaba del hecho de aclarar dudas o de generarlas a través de nuevos conocimientos. No todo era perfecto obviamente, mi hermana era pequeña y terminaba cansándose si pasaba mucho tiempo sentada. Entonces le rogaba por unos minutos, que ya íbamos a terminar la clase. Luego pasé a enseñar italiano. Mi tía, una fanática de la cultura italiana, estuvo encantada con el cambio, así que me di a la tarea de seleccionar varios textos de mi primer año en el colegio italiano y empezamos las clases. Años después sin imaginármelo, empecé a enseñar el mismo idioma en la Dante Alighieri de Guayaquil. Ahora era jugar en serio y ponerme a prueba enseñando a otros que no eran familiares.

El siguiente desafío fue la universidad, donde comencé primero como ayudante de cátedra a los 21 y como profesor al año siguiente. La primera dificultad era enfrentarme a alumnos que casi no tenían mucha diferencia de edad conmigo. A medida que fue pasando el tiempo, la brecha se ha ido distanciando y a lo largo de estos 7 años, muchas cosas han cambiado en mí, en la recepción de las clases, en la ejecución de los programas, en el intercambio con los estudiantes que me obliga a estar siempre actualizado, investigando ya a modo de vicio para luego tener algo adicional que aportar en la cátedra.

No todo es fácil ni agradable. Toca sortear con estudiantes de perfiles diametralmente opuestos en una misma aula y se vuelve imperativo negociar, saber qué decir y qué no decir. Hay cursos con los que hay poca empatía pero aun en esas circunstancias, es necesario darlo todo. Escribiendo esto me acuerdo de una frase que una colega me dijo alguna vez cuando empecé a dar clases en la facultad: “No pretendas salvar al mundo con tus clases”. Cargado del idealismo de los primeros años, hice poco caso y me dediqué a encontrar los casos difíciles para desafiarme y hacer que ese estudiante aprendiera o al menos le tomara cariño a la materia. En algunos casos lo conseguí, en otros no me fue muy bien…

Durante mi estadía de tres años en Buenos Aires, donde cursé una maestría en Audiovisual, volví a ser alumno, lo que me brindó una gran enseñanza. Ahora veía a mis profesores desde otro lugar y podía darme cuenta de las costuras de las clases, del diseño pedagógico que usaban. Era darme cuenta de aquellos detalles “tras bastidores”. Fue en esa vuelta a ser alumno que terminé por entender que cada estudiante tiene su propio ritmo, su propio tiempo. Habrá alguno que entienda todo y lo incorpore, como habrá alguno que seleccione sólo ciertos temas para aprender y otros que probablemente necesitarán varios meses o años para que el conocimiento de determinada materia les llegue. No hay mejores ni peores, sino diferentes.

Quizás el mayor reconocimiento de mi actividad docente sea cuando ex alumno/a se me acerca y de forma desinteresada me dice que X cosa que aprendió en mi clase la pudo aplicar en su ámbito profesional o pudo resolver determinado problema a partir de algún consejo en el aula. El agradecimiento que llega meses o años después tiene y viene con mucha fuerza.

Sigo siendo un profesor joven, no me creo dueño de la verdad, tampoco creo ser el mejor y no quisiera serlo, pues en esa falsa creencia terminaría mi aprendizaje. Me gusta saberme errático, con un fuerte compromiso por enseñar y sentir que los estudiantes y los autores que estudiamos en clases me modifican, me ponen en conflicto, me enseñan a aprender. Al igual que los actores del vídeo, soy lo que soy gracias a los profesores que he tenido, porque algo de ellos está en mis clases, en algún trabajo en grupo, en una respuesta, en algún examen.

Saudade de Domingo #2: ¿Se te quiere o te quiero?

“¡Se los quiere mucho!” “¡Se te quiere!” Hace ya varios meses -o años- observo esta especie de moda en redes sociales para expresar el afecto, el cariño hacia alguien. Me pregunto ¿a qué viene esto? ¿Se habrá desgastado ya la carga simbólica que contiene un “Te quiero” o un “Te amo”? ¿El uso excesivo de estas frases habrá terminado por vaciar el contenido que ya resulta falso o cursi decir un “te quiero” o un “te amo”?

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                   Imagen: Ana María Joutteaux

Me atrevo a suponer que quizás el expresar el afecto en primera persona involucra una responsabilidad. Al decir “Yo te quiero”, asumo que soy el sujeto que tiene amor por ese otro/a. Con un “Se te quiere”, el sujeto queda ambiguo y en esa medida no me declaro responsable por el amor al otro/a. Puede que hoy “se quiera” alguien y ya mañana no. Entonces puedo decir en mi defensa ante un posible tercero: “Es que nunca le dije que lo/la quiero. Le dije: Se te quiere”.

Todos soñamos con el amor a través del cine, la música, la tele e incluso por medio de la frívola prensa rosa, pero ¿cuántos realmente nos atrevemos a vivirlo con todos sus bemoles y asumiendo la responsabilidad sin culpar al otro/a del fracaso de la relación? Siempre resulta más cómodo y menos sofocante colocar al ente de juicio en el exterior. Y para ese caso sí usamos el sujeto en primera persona. Nadie diría un “Se te odia” y sí un “Te odio” dolido, amargo, pútrido. Asumimos ese odio como propio por culpa de ese otro/a que nos ha hecho daño. Pero parecería que no queremos hacernos cargo de querer, amar, pues cuando lo hacemos nos volvemos vulnerables. Le otorgamos a ese otro/a, ese sentimiento que cuidamos como tesoro para no sufrir. El “te quiero”, “te amo” es dar el primer paso, es saltar al vacío y lo que más queremos es que nos digan “yo también te quiero”, “yo también te amo”. Cuando lo escuchamos, así no sea tan sincero, nos sentimos nuevamente “protegidos” o “seguros”.

Entonces el “Se te quiere”, surge como una solución intermedia entre expresar el afecto en primer persona y el no decir nada, dejando sólo la agria suposición de que hay afecto. Cuando estamos en una posición o momento de fragilidad, rotos quizás por algún desamor, el “Se te quiere” por parte de un otro/a, igual resulta confortante. Sería como una especie de premio consuelo al que no deberíamos acostumbrarnos para siempre.

La exposición en las redes también nos coloca en un grado de vulnerabilidad al estar todo visible para todos. Eso quizás también nos condiciona a la hora de expresar el afecto. Probablemente no queramos que cualquiera lea que YO quiero a tal persona. Quizás el “Se te quiere”, “Se los quiere”, sea el “Te quiero”, “Los quiero” de las redes sociales. Quizás en el cara a cara, mirando a los ojos de la otra persona, nos resulte imposible un “Se te quiere” y surja un “Te Quiero”, probablemente forzado por el compromiso que implica. Pero hacerse cargo es parte de la experiencia. Estampamos nuestras firmas en documentos, formularios, escribimos desde un yo que observa o vive tal situación, vemos una película y damos nuestra opinión desde ese lugar que nos duele o nos hace felices. Todo el tiempo estamos en función de un Yo y sin embargo expresar el amor resulta complicado. Y lo es, pues siempre queremos tener certezas, garantías de que el sentimiento es recíproco en el mismo grado que nosotros lo damos o expresamos. Pero no nos podemos hacer cargo de cuánto ese otro/a nos quiere. Sólo podemos dar cuenta de nuestro propio sentir. Toca ejercitar el expresar afecto desde nuestra propia trinchera del Yo sin caer tampoco en el extremo de regalar te quieros de forma gratuita, porque entonces vaciamos su contenido y lo trivializamos. Pero si el corazón nos palpita, la garganta tiembla y nos invade un deseo incontenible de expresar el afecto a un otro/a, está bueno decirlo, sobre todo en una época donde expresar el amor se vuelve raro o sinónimo de debilidad.

Hoy está de cumpleaños una de mis grandes amigas y le voy a decir como siempre le digo: ¡te quiero!, sentido desde el corazón; lo publicaré además en su muro de Facebook, y no por un exhibicionismo efervescente, sino porque aunque suene trillado y de libro de autoayuda, es saludable expresar el amor de todas las formas que creamos posibles. El “Se te quiere” es un salvoconducto del que Yo decido conscientemente prescindir. Alguna vez lo usé y me sentí raro, fuera de mí y creo que no fue justo con la persona a quien se lo dije. En un siguiente comentario, en algún otro estado de Facebook, le dije “Te quiero”. Y en ese momento me sentí curado, tranquilo y con la plena consciencia de que expresar afecto en primera persona no es sólo un regalo para ese otro/a sino que ante todo, es un acto de amor para mí mismo.

Inicia Saudade de Domingo

A partir de hoy domingo, empezaré a escribir una columna semanal en la que comentaré sobre temas que me interesan, cosas que pienso, obsesiones que quiero descargar. A esta columna la he denominado «Saudade de Domingo». La idea sería recoger acá la opinión «más personal» sobre determinados tópicos. Si bien todo el blog es de carácter personal, en esta sección procuraré ser aun más subjetivo (si cabe el término).

He dejado abandonado este blog varios meses. Crear esta columna es también una manera de obligarme a escribir con disciplina más allá de los trabajos académicos y/o de ficción en los que estoy involucrado. Intentar una escritura catártica a partir de lo cotidiano puede ser una nueva fuente de alimentación para mis ensayos y guiones. Veremos cómo marcha el asunto por acá.

Espero ser disciplinado.