Saudade de Domingo #6: Destino, el aire.

aircraft-464296_1280Viernes 30 de octubre, 17:15. Las pantallas en Ezeiza (Buenos Aires) mostraban el estado de mi vuelo: Demorado. En el counter me dijeron que embarcaríamos una hora después de lo previsto, pero que de igual forma tenía que hacer migración máximo a las 18. La nueva hora de salida sería a las 20:30. De cualquier manera no me lo tomé a mal. Este fue el único viaje con demora de todos los que he hecho este año. Quizás el aeropuerto sea el único lugar en el mundo donde me es placentero esperar. Estar rodeado de diferentes acentos, etnias, idiomas, abrigado por la voz impersonal que anuncia la llegada y salida de vuelos, con carritos que transportan maletas de todos los colores y formas, me resulta un escenario fascinante. La aventura de viajar se inicia desde ese momento en que se abren las puertas automáticas del aeropuerto y me inserto en un espacio donde personajes administrativos y pasajeros se mezclan en una sinfonía de movimientos a veces más lentos, a veces más acelerados dependiendo del vuelo que toque. Ese tránsito infinito me atrapa desde la infancia. Cuentan mis papás que aun cuando no sabía hablar, ya tenía trazada en la cabeza la ubicación del aeropuerto y que rompía en llanto cuando nos desviábamos de la ruta que conducía al Simón Bolívar (hoy José Joaquín de Olmedo). Tardaron algún tiempo en entender que no lloraba por hambre o sed sino porque nos estábamos alejando del aeropuerto. No sé qué santo o entidad hizo que mi papá en una de las salidas que hacíamos volviera a pasar por el aeropuerto y entendiera que lo que yo quería, siendo un nene menor de un año, era ver a los aviones.

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En algún lugar entre los Andes de Chile y Argentina

No hay una explicación lógica para mi fascinación por los aviones. Ya más grande, alrededor de los cinco años, el ir al aeropuerto sea o no para despedir o buscar a algún familiar, se convirtió en una paseo familiar bastante habitual. Me gusta observar cuando despegaban y aterrizaban los aviones en la época en que el aeropuerto de Guayaquil tenía esa especie de mirador donde los familiares podían despedir a los viajeros. Esa imagen se ha quedado grabada en mi memoria. El aeropuerto de Guayaquil en los 90 todavía tenía ese raro encanto de estación de pueblo, medio improvisado, caótico, familiar.

El paseo al aeropuerto se complementaba con algún almuerzo o merienda en el bar-restaurante que había en el segundo piso, desde donde se tenía vista directa a la pista de aterrizaje. Las mesas más peleadas obviamente eran aquellas que estaban junto a los ventanales. Me embargaba la emoción cuando encontraba una vacía y me adueñaba por completo de ella. También me emocionaba cuando veía la cara de decepción de alguien al vernos a mí y a mi familia en la mesa. De niño era un fanático de la competencia y no me gustaba perder. Recuerdo todavía el sabor de las papas fritas que pedía para comer mientras veía los aviones nacionales ya extintos de Saeta, San, Ecuatoriana. Me gustaban sus colores y ver a la gente bajar con sus bolsos de mano y caminar a pie sobre la pista.

No viajé mucho en avión durante la infancia y quizás por ello se fue alimentando en mí esa fantasía por lo aéreo. Me imaginaba ahí, abrochándome el cinturón, mirando por la ventanilla, teniendo la sensación de penetrar el aire, dejando la ciudad para llegar a otro destino. Algo así sentí a los 17 años cuando en el 2003, el avión de la desaparecida Varig me transportaba a São Paulo desde Bogotá. El horizonte desapareció para dar lugar a la ciudad más grande de Sudamérica. Siendo además fanático de Brasil, ese primer viaje largo me dejó sin aliento. Ver a São Paulo desde el aire es uno de los recuerdos más lindos que tengo relacionados a la aviación (qué ambicioso suena eso). Siempre trato de ubicarme en el asiento junto a la ventanilla para mirar las ciudades desde arriba y ver sus diferentes formas, a veces geométricas, otras con diseños urbanos más caprichosos. Algunas en medio de la selva, otras en medio de montañas, pero todas diminutas y frágiles desde lo alto.

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                           Guayaquil desde el aire

Con toda esta fascinación por los aeropuertos y aviones, pilotar es claramente una cuenta que tengo pendiente. Sueño con manejar un avión, surcar aires, nubes, sobrevolar campos, mares, desiertos, así como cuando de niño jugaba con los aviones que me regalaban, inventando además aeropuertos de partida y arribo. Algún día pilotearé aunque sea una avioneta. Luego de eso podré volver a ser un pasajero delirante, fanático de las esperas y de las escalas infinitas. El destino siempre estará en el aire.

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