Saudade de Domingo #19: No me gustan los domingos

No recuerdo cuándo empezó mi molestia hacia los domingos pero seguro que fue desde la época de la escuela. Marcaba la antesala de las clases y la muerte del fin de semana. Día híbrido de descanso y preparación para la semana que venía. Conservaba los resquicios alegres del sábado hasta más o menos las cuatro de la tarde. De ahí en adelante, con la agonía del sol, venía también la pesadumbre de las actividades estudiantiles -ahora laborales- y esa hora absurda del atardecer, hacía mella en mí en forma de angustia, de un vacío extraño que aun hoy no logro superar aunque he aprendido a manejarlo mejor.

No en vano estoy casi en los 30 (menos mal). Tengo más conciencia de mí desde hace algunos años, cuando emprendí por espontánea voluntad la ardua tarea de intentar conocerme y preguntarme cómo reacciono, cómo me siento, qué quiero e inexorablemente surgió como interrogante mi aversión a los terribles domingos. Para evitarme la angustia/ansiedad que me producían, busqué mecanismos para ignorarlos: iba al cine, al teatro, pasaba en algún café mientras el domingo fallecía y así disminuir su peso haciendo otras actividades. Sin embargo el mal seguía al acecho. Viendo alguna película, recordaba fugazmente la caída del domingo y me esforzaba por volver a la historia. No siempre lo lograba y me quedaba con esa rara sensación de suspensión, de mutismo en la que no consigo actuar ni hacer nada.

Luego empecé a mirar la muerte de los domingos como algo para estudiar. Empecé a fijarme qué me pasaba corporalmente, qué raras sinapsis hacían mis neuronas mientras el reloj avanzaba hacia las seis de la tarde. La respiración se agitaba un poco, empezaba a pensar en todas las tareas pendientes que juraba hacer desde el viernes por la tarde y me agobiaba con la acumulación de trabajos que se vendrían por el peso de la misma semana. También me fijé que me volvía ridículamente sensible, sobre todo con películas medio lloronas o recordando hechos con amigos, amigas, familiares que ya no están. Son las horas en las que más suelo sentir nostalgia y las horas donde suelo escribir de forma más azucarada. Me retumban en la cabeza las melodías más tristes de las que puedo tener registro y todo mi yo se convierte en un raro personaje de tragedia griega. Ya aprendí a no darme mucha bola en esas circunstancias. Con la tristeza encima ahora soy capaz de decirme como si le hablara el yo del san viernes a eso yo quebradizo dominical: “Es domingo, ya pasará”. Y en efecto pasa. El lunes, aun con todo la fiaca que representa, resulta mi salvación, la prueba de que logré superar al domingo cruel por su carencia.

Con más conciencia de mi súbito cambio de personalidad cuando llega el domingo, me suelo preparar con películas, series, libros o salidas que hagan que mi cerebro olvide la presencia del fatídico día. Cuando lo consigo, me alegro ya en la cama, antes de dormir, de haber pasado un domingo sin melancolía, sin haberme torturado. Quizás por eso decidí escribir esta columna todos los domingos. Para forzarme a estar en mí, sintonizado, pero sin caer al precipicio. Escribir es un poco luchar contra los domingos, ficcionalizar es el arma de combate para aplacar los estragos de esos días. Y cuando no lo consiga hacer, me tocará enfrentarme solo, recordándome que ya pasará y que el lunes me salvará.

Saudade de Domingo #18: ¡Adiós Downton Abbey!

Esta semana terminé de ver la última temporada de Downton Abbey. Me quedé con la misma sensación de vacío que me provoca haber leído un buen libro. Y es que las series son la versión posmoderna de las novelas por entrega del siglo XIX en las que cada semana se imprimía un capítulo que mantenía en vilo a toda una población durante meses o incluso años. No en vano una ejecutiva de la BBC afirmó que si Charles Dickens estuviera vivo, sin duda sería guionista de TV. Matthew Weiner, creador de Mad Men, fue más allá y dijo que Dickens sería showrunner (rol del creador de la serie que además es el productor general).

mast-downton-s4-series-icon-hires

Volviendo a Downton Abbey, esta serie británica que ganó varios premios a lo largo de sus temporadas como el BAFTA, Emmy, Globos de Oro, Screen Actors Guild Awards, entre otros, ha desatado legiones de fans alrededor del mundo. El marketing y la publicidad no han sido diferentes a ello y pronto empezaron a circular souvenirs de la serie. El palacio Highclere, donde se grabó la serie ahora es un punto turístico obligatorio para todo fan de Downton Abbey, donde se hacen visitas guiadas aprovechando la fama creada por la serie.

Downton-Abbey-05

Downton Abbey no sigue una historia concreta sino que se decanta por una serie de subtramas que giran alrededor de la familia Crawley y descienden hasta las profundidades de la cocina y lavanderías contando las historias de los empleados de la casa. Todas estas tramas se entrecruzan de forma armoniosa dando lugar a un sinfín de personajes que inician su historia con el hundimiento del Titanic en 1912 hasta la navidad de 1926. Siguiendo la serie somos testigos de grandes momentos en la historia del Reino Unido como la Primera Guerra mundial, el conflicto de la guerra de Irlanda, la Pandemia de Gripe Española, la crisis de la posguerra, la reivindicación de los derechos de la mujer, la homosexualidad, entre otros.

El diseño de producción de la serie es de altísima calidad, cuidando cada detalle para la501443-130316-rev-downton1 reproducción fiel de la época. Entramos así en un universo donde ante todo prevalen las tradiciones (en especial con el personaje de Violet, interpretado genialmente por Maggie Smith), los títulos nobiliarios y la obsesión casi enfermiza por las apariencias. La actuación flemática propia de los ingleses queda de manifiesto pero en Downton Abbey tienen un matiz más que justificado. Su creador Julian Fellowes se permite momentos de distensión, de humor y humaniza a los dos mundos opuestos que se muestran en la historia. Ni los nobles son unos tiranos ni los empleados son unos santos. La serie coloca cualidades y defectos en ambos lados, lo que se agradece y el espectador lo mira como humano, verosímil.

mast-004308-da3-hiresMis personajes favoritos de la serie fueron Lady Mary (Michelle Dockery), Violet (Maggie Smith), Carson (Jim Carter) y Barrow (Rob James-Collier). Son muy diferentes uno de otro, pero creo que Fellowes fue muy generoso con sus personajes y los actores tuvieron una gran proeza al interpretarlos. A lo largo de sus seis temporadas estos personajes fueron creciendo, logrando un arco de transformación impresionante. Tuvieron grandes momentos dramáticos y cómicos, donde se los amaba y odiaba al mismo tiempo. Lograr esos sentimientos encontrados es un gran acierto, alejándolos de cualquier posición maniqueísta.

kate-middleton-visits-downton-abbey
La princesa Kate Middleton durante su día de visita al rodaje de la sexta temporada de Downton Abbey. Kate es una fan acérrima de la serie.

Dowton Abbey fue mi compañera durante las noches de estos últimos meses. Tuve la suerte de descubrirla ya casi al final de su emisión así que pude mirarla diariamente, un capítulo -o dos- por noche. La sensación de vacío irá pasando como cuando terminé Breaking Bad o Mad Men. Otras series vendrán, conoceré a otros personajes que serán mis nuevos amigos, pero Lady Mary, Carson, Violet, Robert, Daisy o Mrs. Patmore serán los viejos amigos que recordaré en fotos o en alguna noche nostálgica en la que elija al azar algún capítulo de Downton Abbey.

Saudade de Domingo #17: Libretas de Apuntes

Soy un fanático de tomar apuntes a mano. Aun cuando me considero un apasionado por la tecnología, soy un apocalíptico nostálgico con respecto a la toma de apuntes. Me gusta escribir a puño y letra sobre un papel, sentir el olor del mismo y la tinta, poder hacer tachones y que estos luzcan como heridas dentro de un texto-tránsito parchado en busca de su versión final.

IMG_7359
Algunas de mis moleskine

Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber tenido libretas de apuntes. Por esos años, las libretas eran las páginas sobrantes de algún cuaderno escolar del año anterior o bien las últimas páginas de un cuaderno de uso en curso. Esas páginas me daban libertad para escribir lo que quisiera, desde imitar alguna letra caligráfica, jugar con la imprenta, transcribir poesía o crear algún relato corto y acorde a lo que podía escribir por esos años.

IMG_7363
Mi primer cuaderno independiente

Con el tiempo, las libretas fueron evolucionando a cuadernos independientes, libres de los contenidos escolares y en algunos de ellos plasmé novelas enteras. Escribí mi primer libro íntegramente a mano cuando tenía 10 años en un cuaderno universitario. Revisando años después ese escrito mi letra se me presenta como un torbellino agitado, una pugna entre lo que mi cabeza/corazón dictaba y la velocidad con la que la mano podía captar todo lo que se le decía. Reconozco en esos primeros escritos la influencia de Dickens y García Márquez, que como ya mencioné acá, fueron mis primeros autores de cabecera.

Seguí con el vicio de escribir a mano, aun cuando después hacía las transcripciones a la compu. Este proceso me gustaba porque me permitía hacer una “edición” de lo que se había escrito primero en el papel. Ahora que lo pienso me parece demasiado laborioso pero yo disfrutaba de ese proceso. Era como volver a escribir, repensar los verbos, modificar diálogos, acciones. Me sumergía en ese universo donde vivía a todos los personajes. Debo haber hecho ese proceso por algunos años hasta que la compu le fue ganado terreno a las libretas de apuntes. Me fui convirtiendo en un experto al tipear y de esa época debo el hecho de que actualmente pueda escribir sobre el teclado con gran rapidez pero con un defecto: sólo escribo con los dos índices. El resto de los dedos se mantienen curvados haciendo de base para los activos índices que danzan por todas las teclas en fracción de segundos. Por ahí a veces el anular o el dedo medio ayudan con la tecla de borrado mientras los índices permanece inmóviles, respirando y cargando energía para continuar con la batalla salvaje del teclear. Ya en compu escribí una serie de relatos, novelas, cuentos, muchas de las cuales quedaron a medio terminar (aunque sabía perfectamente el final de cada personaje) y otras las concluí pero las condené al silencio del cajón. En cualquier caso, todas esas historias aun cuando tuvieran como reservorio principal la pantalla de un monitor, empezaron aunque sea en fase embrionaria, en una libreta de apuntes.

Comprendí mejor mi pasión por la libreta de apuntes cuando leí a los 18 años, un libro de Nathalie Goldberg llamado El Gozo de escribir. En este libro además de dar algunas pautas, tips sobre qué y cómo escribir, la autora proponía que se usara un cuaderno por mes para escribir lo que sea. Goldberg era categórica al decir que debía ser uno por mes y si acaso se encontraba ya por el día 29 y faltaba la mitad del cuaderno, había que apresurar en un día a escribir toda esa mitad que faltaba. Su objetivo era simplemente llenar las páginas, mantener el brazo caliente para escribir lo que sea. Tomé a medias su consejo: Me propuse tener un cuaderno a modo de desahogo pero lo completaba normalmente en dos meses.

Más adelante, ya en el 2009 llegué a las Moleskine, libretas que desde esa fecha no he abandonado. Empecé con las pequeñas de pasta de cartón y luego fui entrando a las de pasta negra delgadas y a las de lomo grueso. Es la libreta hispter por excelente, con su diseño vintage y fácil portabilidad, pero más allá FullSizeRender-4de eso, las Moleskine ejercen en mí un encanto especial: amo el olor que tienen. Soy adicto a la mezcla de olor entre la tinta y sus páginas. A veces escribo en una moleskine sólo para sentir ese encuentro cercano de papel, pluma y yo. En ellas, ya fruto de una escritura un poquito más madura, los apuntes van desde storylines para posibles proyectos audiovisuales, esbozos de cuentos, aprendizaje de palabras nuevas en otros idiomas, guía de calles, colectivos, lista de compras y tareas, perfil de personajes, frases que se me ocurren mientras espero en algún lugar. En Buenos Aires, las moleskine me ayudaron a aprenderme nombres de calles, recorridos de colectivos y subtes, escribí en ellas las primeras sensaciones en la ciudad y también a modo bitácora escribí sobre cómo me iba apropiando de esa capital.

Las moleskine han sido mis compañeras fieles desde entonces. Siempre cargo una conmigo. Durante varios años las usaba en el bolsillo trasero del pantalón hasta que un día regresando a casa, no encontré la que usaba en esa época y caí en cuenta de que en algún momento debió caerse del bolsillo y la perdí para siempre. Me sentí mal por haberla perdido, todavía recuerdo la historia que empecé a desarrollar ahí. Desde ahí decidí que era mejor tenerlas en resguardo en mi mochila y no confiarlas a un bolsillo.

Las moleskine han sido muchas veces mi tabla de salvación en las eternas filas que nunca avanzan o cuando un amigo o amiga me asegura que ya está llegando al encuentro y me deja esperando quince o veinte minutos. Siempre hay un buen pretexto para sacar la moleskine de turno y escribir sobre un proyecto ya pensado o dar espacio a uno nuevo. Al término de la libreta la junto con las otras que guardo con cariño en un cajón que usualmente reviso cuando ando falto de inspiración. Releerlas me recuerda al yo de ese momento, como si pudiera hacer un scan rápido de las canciones que escuchaba en ese momentos, de mis lecturas, de mi estado anímico de ese entonces. Las moleskine con sus borrones, manchas y diferentes colores de tinta son mis semillas, el germen de los proyectos que un día verán la luz.

Saudade de Domingo #16: ¡Feliz cumple, Françoise!

francoise_hardy_417

Hoy está de cumpleaños una de las cantantes pop más reconocidas de la música francesa. Con 72 años, es difícil pretender resumir toda la carrera de Françoise Hardy en unas breves líneas. Desde 1962 cuando salió su primer éxito Tous les garçons et les filles, no paró más de trabajar, seduciendo al mundo con su voz dulzona, de letras melancólicas y de belleza serena. No tenía las curvas de Brigitte Bardot que ponían a toda Francia de rodillas. Era más bien de un tipo andrógino, como ella misma ha mencionado en varias ocasiones. Con su estilo enmarcado a la época de la onda ye-yé, conquistó a Bob Dylan, Mick Jagger, David Bowie, Eric Clapton, entre otros. Se declaraban fanáticos de sus canciones que ella misma componía.  Su explosión musical llegó a tal punto que Woody Allen en 1965, la invitó a grabar una breve participación especial en su película What’s New Pussycat. También el diseñador Paco Rabanne caería bajo su magia y la convocó para que junto con otras celebridades francesas, modelaran una colección inspirada en el futurismo. Es que Françoise Hardy con su estilo susurrado y de apariencia ingenua, no era solo una cara linda. Siempre buscó reinventarse como artista y fue así como se posicionó como una de las cantantes francesas con mayor proyección internacional gracias a Comment te dire adieu y Ma jeunesse fout le campe (1968), La question (1971), Message Personnel (1973), Quelqu’un qui s’en va (1982), Décalage (1988). Ha cantado varios de sus éxitos en inglés, alemán e italiano. En el 2006 fue condecorada con la Gran Medalla de la canción francesa y ese mismo año cantó con Julio Iglesias y Alain Delon en su álbum Parenthèses.

hardy_francoise_2010©emi
Desde hace diez años lucha contra un cáncer en el sistema linfático y una fuerte recaída la tuvo en coma durante tres semanas en marzo del 2015. La francesa también ha hecho escuchar su voz a través de dos libros: La desesperanza del mono y otras bagatelas (2008) y Opiniones no autorizadas (2015). En este último habla de forma descarnada sobre el aborto, la eutanasia, el sistema político francés actual, la vejez. Sabe que su pensamiento puede llegar a incomodar, que hay quienes no entienden por ejemplo su relación de amor con 032-francoise-hardy-and-jacques-dutronc-theredlist.jpegJacques Dutronc con quien estuvo casada desde 1981 y que pese a estar ya legalmente divorciados, asegura que él siempre será el amor de su vida. Quizás tampoco puedan muchos entender su claro fastidio hacia la izquierda a la que cataloga de creerse dueña de la verdad. La vejez, confiesa, le resulta un proceso humillante y doloroso, sobre todo porque limita su capacidad de movimiento en determinados momentos. Sin embargo Françoise continúa estando entera, exhibiendo su gracia y belleza a la tercera edad. Se rehúsa a teñirse el pelo, acepta las marcas de sus arrugas y aunque su voz ha ido cambiando ligeramente por el paso de los años, sigue cantándole al amor, sigue siendo en sus melodías la chica yé-yé romántica y melancólica de los 60 que marcó a toda una generación. Envejecer duele pero a sus 72 años goza de la admiración y el respeto de sus pares, de las generaciones posteriores y su voz seguirá viva en aquel o aquella que sienta conexión con la poesía que ha sabido plasmar en música.

¡Salud, Françoise!

Saudade de domingo #15: Novela a la vista

Cada año suelo fijarme metas. Que no las cumpla todas también suele pasarme cuando hago el repaso rápido al final del año. Una de esas en el 2015, fue escribir una novela de cero que recogiera ciertas vivencias mías de los últimos tres años. La empecé, la avancé pero todavía hay un trayecto por recorrer para terminarla. Son ya siete meses de trabajo en los que me he sumergido nuevamente en las calles de Buenos Aires, en sus bares, en charlas de vino y café que tuvieron otro derrotero en las páginas que escribo.

Aunque la novela surgió como un proyecto casi autobiográfico, las primeras semanas se encargaron de mostrarme que el calco de mis vivencias no era lo que esa historia necesitaba. Esa novela embrionaria precisaba de más aciertos, más fracasos, más calle y por supuesto, más tiempo de distancia entre todo lo vivido en Argentina y lo que vivo actualmente en Guayaquil. Como resultado tengo entre manos una novela que no sabría bien cómo definirla en este momento que me encuentro más a o menos a mitad de camino. No se casa con ningún género específico y la influencia cinematográfica y musical son indiscutibles. Concibo esta novela con una mirada desde el cine europeo, de personajes latinoamericanos con ritmos sureños y tropicales. Es todavía prematuro hablar de certezas, pero me gusta el trayecto que van marcando los personajes en el compás dictado por la misma historia. Tiendo a enamorarme de determinadas situaciones o personajes que ya tienen un tiempo de caducidad y me debato entre darles una segunda oportunidad o cumplir con el esquema planteado. En esos momentos dejo que sea el corazón quien indique qué hacer. Ya luego vendrá una etapa de corrección, de reescritura que afinará las locuras sanguíneas. Por ahora me dejo llevar principalmente por una pulsión que me indica seguir, seguir, seguir.

Sin embargo no todo fluye siempre como me gustaría. Hay días que escribo de manera automática, en un intento desesperado por cumplir con todos los acontecimientos planeados en una escaleta, que además se ha ido modificando con el paso de los meses. Hay otros días en cambio que estoy tan sumergido en la escritura que al igual que el David Bourne de Hemingway en El Jardín del Edén, me cuesta lidiar luego con el “mundo real”. Mientras camino, veo una película o incluso dando una clase, me asalta algún pensamiento sobre la novela o pesco alguna frase que me parece que se ajusta con la escena que debo escribir. Para esos momentos ya suelo estar preparado con una libreta a la mano para no dejar escapar ese “pez dorado” del que habla David Lynch al referirse a atrapar las ideas. A veces sirve, otras veces funciona mejor para otros proyectos, pero el asunto es estar conectado el mayor tiempo posible. Es un desafío, por supuesto.

No sé todavía en qué decantará la novela finalmente, por el momento me gusta tener el deseo y la obligación de escribirla, de diseñar las escenas, de elegir los verbos apropiados para conducir la narración. Puede que en los próximos meses la termine y la condene en un cajón para siempre, la reestructure para otro formato o se cambien sustancialmente ciertos momentos de la trama. Será el mismo universo narrativo quien decida y me imponga el cumplimiento de las leyes que yo mismo le he creado.

Saudade de Domingo #14: Felices Fiestas

No se me ocurría otro nombre con el que empezar este post. Tampoco encontré otro más apropiado para las festividades que se viven en estos momentos. Se vuelve casi una obligación desear felices fiestas a todos los que nos rodean aun cuando no haya una verdadera voluntad. Trato de ser consistente conmigo mismo y desear felices fiestas desde el corazón, aunque desde hace algunos años no me siento invadido por un espíritu navideño como en otras épocas. Aprendí a ver las fiestas con otra óptica. Las dos últimas las pasé alejado de mi familia, en otro país, en mesa de amigos, recibiendo como regalo el afecto sincero de quienes me acogían en lugar de objetos materiales. Y me gustó impregnarme de las festividades en otra latitud. Obviamente la nostalgia siempre estuvo presente pero también tenía claro que luego volvería a las fiestas navideñas en familia, cosa que ya sucedió este año y ha sido un lindo retorno.

No me considero un grinch navideño tampoco. Amo ver el espíritu navideño en otros, la preparación de la cena, la compra de regalos, las fotos en Facebook de familias reunidas. En momentos de una geopolítica mundial complicada, con crisis económicas internas, está bueno buscar el regocijo en estas festividades. Si ese regocijo es fingido o natural depende de cada uno y no me parece saludable tampoco ir señalando con el dedo que en la cena navideña todos son asesinos porque comen pavo o cerdo, que todos son unos hipócritas porque sólo se creen en las fiestas de diciembre. Esas posturas de ataque, cargadas de un fastidio y resentimiento hacia los otros me recuerdan a los evaluadores del sufrimiento, de los que ya hablé en un post hace varias semanas. ¿Para qué criticar a quienes sienten espíritu navideño? Todo bien quien no lo siente pero ¿por qué desmerecer al que se emociona con la navidad? Si hay que aportar en algo habría que hacerlo desde lo positivo, resaltando lo que está bien, pues para lo negativo ya están los diarios, las conversaciones de pasillo, los discursos políticos demagógicos. Nos hemos acostumbrado tanto a la crítica, en señalar lo negativo que hemos perdido la costumbre de encontrar el lado positivo de las cosas. Se ha creado la idea de que quien señala lo positivo es un soñador y quien busca el error, la falla en todo, es un realista. ¿Desde dónde estamos viendo la realidad para decir eso? Ya la búsqueda de una realidad única es una utopía, porque divide, porque legitima a algunos y anula a otros. Personalmente prefiero estar del lado de los soñadores y creer que se puede construir desde lo positivo.

Siguiendo con el idealismo, deseo para el próximo año que muchos conocidos y amigos míos dejaran de juzgar al otro por sus posturas, prácticas y más bien resalten lo bueno que cada uno tiene para ofrecer desde su propio lugar. Me incluyo yo también en este deseo.

¡Felices fiestas!

Saudade de Domingo #13: Nuevo Hogar

“Cuidado con lo que deseas, de pronto se puede hacer realidad”, dice un viejo adagio. Hace años atrás, cuando aun estaba en la universidad pensaba que me encantaría vivir en el centro de la ciudad, palpar sus venas desde el corazón, vivir el saborcito porteño de la urbe, con la brisa del Guayas y la jauría de autos en hora pico. Me parecía que el centro era el mejor panorama para sentir en la piel la humedad guayaquileña y escribir bajo ese estupor alguna novela, un guión o una obra de teatro. No se dio la oportunidad en aquellos momentos pero el destino o el universo alineó las cosas para que durante mi estancia en Buenos Aires pudiera vivir en el centro de la ciudad. A pesar del caos siempre me sentí afortunado viviendo allí. Y fueron tres años.  La emoción de lo nuevo pasó pero el centro seguía siendo para mí ese punto neurálgico en donde todo converge y de donde todo sale. Tenía todas las líneas de colectivo y subte posibles, las grandes manifestaciones políticas tenían como escenario el centro porteño, el termómetro de la ciudad estaba ahí en Avenida de Mayo, Rivadavia o Corrientes. Ese rincón de Buenos Aires nunca dejó de sorprenderme.

De vuelta a Guayaquil, con el regreso a casa de mis padres, vino el impacto de volver al nido, ser hijo de nuevo y comprobé algo que ya me sospechaba: había cambiado, mis costumbres eran otras, se habían fusionado con las argentinas y algunos aspectos se me volvieron poco soportables durante la convivencia. Me prometí mudarme pronto pero los meses pasaron, era necesario saldar algunas deudas y la idea de la independencia se fue tornando lejana.

Por circunstancias de la vida, apareció -o recordamos- una suite familiar que estaba subutilizada como bodega en el centro de Guayaquil. Dada la visita de unos parientes fue necesario pensar en una salida para que la casa de mis padres pudiera acoger a los familiares: debía salir yo de la casa. Lejos de parecer un castigo o una obligación, era la prueba de que debía alzar el vuelo como ya lo había pensado desde mi regreso a Guayaquil. Así que con la ayuda de mis papás empezamos la ardua tarea de poner ese departamento en condiciones óptimas para que pudiera mudarme. Diez años pasó la suite convertida en una bodega. En las primeras visitas era imposible encontrar un milímetro de espacio que no estuviera ocupado, aun cuando al final de cada salida, colocábamos varias fundas de basura desechando lo que no servía. En algún momento pensamos abortar la misión pero por algún motivo más allá de la urgencia familiar, hizo que siguiéramos a pesar del panorama que se nos presentaba.

IMG_6642
La vista de mi ventana desde la suite

Finalmente pude mudarme esta semana. La sensación aunque es de libertad también me resulta extraña. Es la primera vez que vivo solo en mi propia ciudad. Pude vivir tres años en Buenos Aires sin problemas y creo que podría hacerlo en cualquier otra ciudad tranquilamente, pero mudarme solo en mi ciudad, continuando con mi trabajo, con mis salidas de amigos pero ahora desde otro punto de partida, es algo que se me hace extraño y que todavía ahora me suena diferente. Sé que es parte de la adaptación, de irme apropiando del espacio, de las calles, de ir construyendo mi propia cartografía. Por fortuna en esta nueva etapa no estoy sólo del todo. Me acompaña un pequeño amigo: Noé, un perrito de dos meses, al que ya siento como a un hijo. Siempre he tenido mascotas en casa de mis papás pero ahora Noé es mi entera responsabilidad. Ya mal que bien podía cuidarme y ahora debo velar también por él, ocuparme de sus necesidades, de su alimentación, de su limpieza. Me estoy descubriendo en otra faceta y me encanta el nexo que estamos creando.

IMG_6746
Con Noé

Así que el deseo de universitario terminó cumpliéndose. Ahora vivo en el centro y aunque no sé por cuánto tiempo será, aprovecharé el tiempo para respirar el río, vivir otra parte de la ciudad, adentrarme en sus recovecos culturales, viendo el crecimiento de Noé y el mío propio, esta vez como otro Santiago en el centro guayaquileño.

Saudade de Domingo #12: Historias con alma

Hace unos días conversaba con una amiga sobre diversos proyectos audiovisuales que habíamos visto en las últimas semanas. En algunos coincidíamos en cuanto a gusto y en otros disentíamos por diferentes motivos. Como siempre que charlamos, nos gusta interpelarnos el porqué nos gusta tal o cual proyecto. Es ahí donde empezamos un análisis que puede llevar horas para perdernos en los recovecos de la apreciación audiovisual, un juego que puede tornarse adictivo. Pero más allá de la preferencia personal de cada uno, hay algo que tienen todos esos proyectos que nos gustan: alma.

Los proyectos con alma están vivos, dialogan, confunden, agotan, encantan. No se trata de historias perfectas en la que todo marcha al compás de un reloj suizo. Son historias que tienen su propia gramática, una morfología específica donde se establecen leyes concretas con las que uno como espectador puede estar o no de acuerdo. Pienso en los documentales de Agnès Varda, la llamada abuela de la Nouvelle Vague, donde lo cotidiano tiene desde su mirada una belleza genuina a pesar de tener una voz narrativa con sobrada presencia en el relato y un manejo técnico que coquetea más con lo amateur. Y está bien que así sea, porque las historias que cuenta desde su cámara necesitan ese lenguaje. Son historias con alma que aun con el paso del tiempo siguen vigentes, crecen y sus escenas se reproducen en la memoria de quienes conectan con sus relatos. Y cuando están a punto de morir, se puede recurrir al play para saborearlas de nuevo.

García Márquez dijo en alguna entrevista que tenía una técnica de escritura que le permitía enganchar al lector desde la primera palabra. El célebre autor dio incluso una pista para desnudar su técnica oculta: leer fríamente cualquiera de sus relatos para encontrar que siempre había un adjetivo, un sustantivo o alguna palabra que estaba de más pero que era necesaria para no romper con la melodía que había establecido con el lector. Se trataba de un acto más cercano a la magia, a una carpintería literaria más que al purismo de la gramática. Y amamos a García Márquez por sus metáforas imposibles, por sus personajes endiabladamente caribeños que no son perfectos, de diálogos poco comunes pero que se circunscriben en la artillería garciamarquiana donde es verosímil que una abuela recorra todo el desierto de la Guajira prostituyendo a su nieta para luego morir supurando sangre verde. Las historias con alma surgen del corazón de un creador involucrado que pone todo de sí, que no le teme a la exposición o que si le teme, encuentra que esa es la única e inexorable salida para exorcizar lo que lleva dentro. Ante cualquier duda, consultar con Kafka.

Las historias con alma no son un cupcake de cobertura perfecta. Pueden ser políticamente incorrectas, polémicas, desafiantes pero no como un deseo a priori sino que en su proceso van tomando sus propios matices. Por el contrario una historia sin alma sería aquella que busca agradar a todo el mundo, con ideas prefabricadas, construidas sobre personajes perfectos, artificiales con escenarios cargados de un manierismo que muchas veces termina por ahogar la verdadera voz de su autor.

Las historias con alma también pueden ser técnicamente perfectas, pero en ellas la estructura melódica hace parte del juego narrativo por el que apuesta su autor. Sofía Coppola, Wes Anderson, Ingmar Bergman o Roman Polansky, son algunos de los muchos autores que están vivos en sus historias. La elección de un plano medio por encima de un plano detalle o una cámara en mano, no es por si es más impactante para una audiencia sino por lo que necesitan esos personajes, por lo que ese autor quiere expresar.

Las historias con alma se la juegan, se equivocan, muchas veces surgen y crecen con el “error” a cuestas. Error quizás para el contexto temporal y/o local donde nace la obra. La Grosse Fuge de Beethoven rompió con todas los preceptos estéticos, técnicos de su época y ante la incomprensión de su generación el mismo compositor habría dicho -como solía decir- que creaba no para su presente sino para el futuro. Las historias con alma perduran porque conectan con un otro aun cuando el tiempo sea lejano, de ahí la valía de las obras de Chaplin, Glauber Rocha o Truffaut. Las historias con alma nacen cuando quieren y reviven en quien las observa, con sus virtudes y defectos. Mientras tanto, mi amiga y yo seguimos a la caza de esas historias, como si de una cita a ciegas se tratara. Aun cuando la cita no fuera lo que esperáramos, vale la pena seguir con la ansiedad antes del encuentro con esa obra. Quizás la próxima que conozcamos tenga esa alma que nos inquiete la sangre.

Saudade de Domingo # 11: Adiós a una estrella

Marília-Pera-divulgação-globo

El arte brasileño y latinoamericano están de luto. El día de ayer la actriz brasileña Marília Pêra, dejó este plano para integrarse a alguna parte del cosmos para ser lo que ya desde acá era: Una gran estrella. Y no en el sentido relacionado al divismo y a la banalidad que a veces se le endilga al cine, teatro o televisión. Marília Pêra era una estrella en el sentido de ser una obrera de las tablas, animal de escenario, un reservorio de personajes a los que ella les prestaba su cuerpo, su voz. Sea en el cine con Pixote, a lei do mais fraco (1981), Tieta (1996), Estación Central (1998) en televisión con El Primo Basílio, Dos Caras, Cobras y Lagartos, o en teatro interpretando a Marías Callas o Coco Chanel, Marília brillaba desde donde estuviera. No necesitaba exagerar, hacer algo mayúsculo, porque desde su trinchera lograba emerger con fuerza, como la gran actriz que fue.

25mai2004---a-atriz-marilia-pera-durante-ensaio-do-monologo-mademoiselle-chanel-com-texto-de-maria-adelaide-amaral-em-que-interpreta-a-estilista-francesa-coco-chanel-1883-1971-1449321846956_300x420
Como Coco Chanel en la obra Mademoiselle Chanel

Buscando siempre desafíos, se puso a las órdenes del director Eduardo Coutinho, con quien colaboró en su documental Jogo de Cena (2007). Ella misma reconocería luego que gracias a Coutinho aprendió cómo es tenue la línea entre lo que se es y lo que se finge ser. Esa preocupación y reflexión acerca de su propio oficio quedó plasmada en su libro Cartas a una joven actriz, en el que daba consejos a una hipotética actriz principiante. Sus colegas actrices Marieta Severo, Nicette Bruno, Cássia Kiss y Arlette Salles le rindieron homenaje hoy interpretando algunos fragmentos de ese libro durante el programa dominical de Globo, O Fantástico. No era para menos, una gran actriz merece ser despedida por sus propias compañeras, aquellas con las que compartió escenario, las que entienden el trabajo y el sacrificio que hay detrás del glamour que se vive en una noche de premiación.

 

fernanda-montenegro-e-marilia-pera-em-cena-de-central-do-brasil-1438713939753_693x479
Con Fernanda Montenegro en Estación Central (1998)

A pesar del cáncer que la aquejaba, entre las grabaciones de la serie Pé na Cova empezó a grabar un CD con canciones románticas, que iba a ser lanzado el próximo año. Ya con el tratamiento y el cuadro avanzado de su enfermedad, debió alejarse de la serie y del proyecto musical hasta su fallecimiento. Sin embargo, dejó una película póstuma Tô Rica y la última temporada de Pé na Cova, que serán estrenadas en 2016.

globo__Leona _Carolina Dieckmann_ e Milu _Mar_lia P_ra_-JMJ__gallefull.jpg
Junto a Carolina Dieckmann en Cobras y Lagartos (2006)

Marília Pêra es parte de ese universo de actores y actrices con los que crecí a través de las novelas, series y películas brasileñas. Vi todas sus transformaciones físicas, de rubia, morena, rica, pobre, conservadora, disparatada.  Vi también el paso del tiempo en su rostro, en su cuerpo, pero aun con las marcas de los años seguía siendo la actriz activa, volcánica, capaz de robarse el brillo en una escena donde su personaje podía incluso no tener texto. No podía ser de otra manera. Marília comunicaba e interpretaba con el alma.

 

Dejo por acá un vídeo en el que interpreta un poema de Carlos Drummond de Andrade y una entrevista que le hicieron en el programa Starte, que se caracteriza por entrevistar a personas relacionadas con el mundo de la actuación.

Saudade de Domingo #10: Agradecer

Siempre es más fácil responder “de nada”, cuando es un otro el que dice gracias. O también puede ser fácil decir gracias cuando se vuelve parte de una formalidad, de una convención de lo que se considera correcto. Sin embargo resulta más complejo encontrar “las gracias” en los aspectos sencillos, en aquellos que surgen espontáneamente y no quizás como respuesta a nuestros propios deseos. Lo que hoy puede ser una mala noticia, mañana se potencia y se convierte en una oportunidad y ese cambio de suerte, es digno de agradecimiento.

El agradecer no es fácil, sobre todo cuando existe la presunción de que nos merecemos aquello que recibimos. Como si dijéramos interiormente “no debo agradecerle, está haciendo su trabajo, es su obligación atenderme”. Obligación o no, el agradecer es un acto de humildad, de ponerse a disposición, de aceptar lo que se recibe, para luego prepararse para dar. Quien no es capaz de agradecer por lo que recibe, nunca será capaz de dar o quizás dará pero con reticencia, con miedo, sintiendo que pierde algo importante de sí mismo. Y en el dar y recibir lo que debe existir es amor en términos de Maturana: la aceptación del otro como legítimo en convivencia. Somos energía y en la palabra gracias acompañada de una convicción interior de agradecimiento, todo lo que tengamos o lo que venga a nosotros se multiplica.

Por ello es necesario ejercitar el agradecimiento aunque cueste al inicio. Agradecer por el día que viene, por los amigos que se tienen, por la familia, por la salud, por el trabajo, por el dinero que llega a las manos, por lo material que se puede comprar para satisfacer ciertas necesidades. El proyecto 365 grateful me parece una linda iniciativa en la búsqueda constante del agradecimiento, en estar atento de los pequeños detalles y expresar desde el corazón hacia la garganta la palabra “gracias” sea a un otro, a la naturaleza, al universo, porque en definitiva, me estoy agradeciendo a mí mismo por darme la oportunidad de estar aquí y ahora.

Para terminar dejo por acá el link de una versión de What a Wonderful World, en voz del brasileño Tiago Iorc. Encuentro en esta interpretación una frescura que con Frank Sinatra no logro encontrar. Cuestión de gustos, quizás, pero es una canción con la que logro establecer un vínculo, que la siento recorrer en la sangre, que me baja las revoluciones y que agradezco también escuchar cuando siento la necesidad de reconectarme conmigo mismo.