Saudade de Domingo #14: Felices Fiestas

No se me ocurría otro nombre con el que empezar este post. Tampoco encontré otro más apropiado para las festividades que se viven en estos momentos. Se vuelve casi una obligación desear felices fiestas a todos los que nos rodean aun cuando no haya una verdadera voluntad. Trato de ser consistente conmigo mismo y desear felices fiestas desde el corazón, aunque desde hace algunos años no me siento invadido por un espíritu navideño como en otras épocas. Aprendí a ver las fiestas con otra óptica. Las dos últimas las pasé alejado de mi familia, en otro país, en mesa de amigos, recibiendo como regalo el afecto sincero de quienes me acogían en lugar de objetos materiales. Y me gustó impregnarme de las festividades en otra latitud. Obviamente la nostalgia siempre estuvo presente pero también tenía claro que luego volvería a las fiestas navideñas en familia, cosa que ya sucedió este año y ha sido un lindo retorno.

No me considero un grinch navideño tampoco. Amo ver el espíritu navideño en otros, la preparación de la cena, la compra de regalos, las fotos en Facebook de familias reunidas. En momentos de una geopolítica mundial complicada, con crisis económicas internas, está bueno buscar el regocijo en estas festividades. Si ese regocijo es fingido o natural depende de cada uno y no me parece saludable tampoco ir señalando con el dedo que en la cena navideña todos son asesinos porque comen pavo o cerdo, que todos son unos hipócritas porque sólo se creen en las fiestas de diciembre. Esas posturas de ataque, cargadas de un fastidio y resentimiento hacia los otros me recuerdan a los evaluadores del sufrimiento, de los que ya hablé en un post hace varias semanas. ¿Para qué criticar a quienes sienten espíritu navideño? Todo bien quien no lo siente pero ¿por qué desmerecer al que se emociona con la navidad? Si hay que aportar en algo habría que hacerlo desde lo positivo, resaltando lo que está bien, pues para lo negativo ya están los diarios, las conversaciones de pasillo, los discursos políticos demagógicos. Nos hemos acostumbrado tanto a la crítica, en señalar lo negativo que hemos perdido la costumbre de encontrar el lado positivo de las cosas. Se ha creado la idea de que quien señala lo positivo es un soñador y quien busca el error, la falla en todo, es un realista. ¿Desde dónde estamos viendo la realidad para decir eso? Ya la búsqueda de una realidad única es una utopía, porque divide, porque legitima a algunos y anula a otros. Personalmente prefiero estar del lado de los soñadores y creer que se puede construir desde lo positivo.

Siguiendo con el idealismo, deseo para el próximo año que muchos conocidos y amigos míos dejaran de juzgar al otro por sus posturas, prácticas y más bien resalten lo bueno que cada uno tiene para ofrecer desde su propio lugar. Me incluyo yo también en este deseo.

¡Felices fiestas!

Saudade de Domingo #13: Nuevo Hogar

“Cuidado con lo que deseas, de pronto se puede hacer realidad”, dice un viejo adagio. Hace años atrás, cuando aun estaba en la universidad pensaba que me encantaría vivir en el centro de la ciudad, palpar sus venas desde el corazón, vivir el saborcito porteño de la urbe, con la brisa del Guayas y la jauría de autos en hora pico. Me parecía que el centro era el mejor panorama para sentir en la piel la humedad guayaquileña y escribir bajo ese estupor alguna novela, un guión o una obra de teatro. No se dio la oportunidad en aquellos momentos pero el destino o el universo alineó las cosas para que durante mi estancia en Buenos Aires pudiera vivir en el centro de la ciudad. A pesar del caos siempre me sentí afortunado viviendo allí. Y fueron tres años.  La emoción de lo nuevo pasó pero el centro seguía siendo para mí ese punto neurálgico en donde todo converge y de donde todo sale. Tenía todas las líneas de colectivo y subte posibles, las grandes manifestaciones políticas tenían como escenario el centro porteño, el termómetro de la ciudad estaba ahí en Avenida de Mayo, Rivadavia o Corrientes. Ese rincón de Buenos Aires nunca dejó de sorprenderme.

De vuelta a Guayaquil, con el regreso a casa de mis padres, vino el impacto de volver al nido, ser hijo de nuevo y comprobé algo que ya me sospechaba: había cambiado, mis costumbres eran otras, se habían fusionado con las argentinas y algunos aspectos se me volvieron poco soportables durante la convivencia. Me prometí mudarme pronto pero los meses pasaron, era necesario saldar algunas deudas y la idea de la independencia se fue tornando lejana.

Por circunstancias de la vida, apareció -o recordamos- una suite familiar que estaba subutilizada como bodega en el centro de Guayaquil. Dada la visita de unos parientes fue necesario pensar en una salida para que la casa de mis padres pudiera acoger a los familiares: debía salir yo de la casa. Lejos de parecer un castigo o una obligación, era la prueba de que debía alzar el vuelo como ya lo había pensado desde mi regreso a Guayaquil. Así que con la ayuda de mis papás empezamos la ardua tarea de poner ese departamento en condiciones óptimas para que pudiera mudarme. Diez años pasó la suite convertida en una bodega. En las primeras visitas era imposible encontrar un milímetro de espacio que no estuviera ocupado, aun cuando al final de cada salida, colocábamos varias fundas de basura desechando lo que no servía. En algún momento pensamos abortar la misión pero por algún motivo más allá de la urgencia familiar, hizo que siguiéramos a pesar del panorama que se nos presentaba.

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La vista de mi ventana desde la suite

Finalmente pude mudarme esta semana. La sensación aunque es de libertad también me resulta extraña. Es la primera vez que vivo solo en mi propia ciudad. Pude vivir tres años en Buenos Aires sin problemas y creo que podría hacerlo en cualquier otra ciudad tranquilamente, pero mudarme solo en mi ciudad, continuando con mi trabajo, con mis salidas de amigos pero ahora desde otro punto de partida, es algo que se me hace extraño y que todavía ahora me suena diferente. Sé que es parte de la adaptación, de irme apropiando del espacio, de las calles, de ir construyendo mi propia cartografía. Por fortuna en esta nueva etapa no estoy sólo del todo. Me acompaña un pequeño amigo: Noé, un perrito de dos meses, al que ya siento como a un hijo. Siempre he tenido mascotas en casa de mis papás pero ahora Noé es mi entera responsabilidad. Ya mal que bien podía cuidarme y ahora debo velar también por él, ocuparme de sus necesidades, de su alimentación, de su limpieza. Me estoy descubriendo en otra faceta y me encanta el nexo que estamos creando.

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Con Noé

Así que el deseo de universitario terminó cumpliéndose. Ahora vivo en el centro y aunque no sé por cuánto tiempo será, aprovecharé el tiempo para respirar el río, vivir otra parte de la ciudad, adentrarme en sus recovecos culturales, viendo el crecimiento de Noé y el mío propio, esta vez como otro Santiago en el centro guayaquileño.

Peli de Sábado por la Noche #3: Twice Born (2012)

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Twice Born (Venuto al Mondo), es la cuarta película dirigida por Sergio Castellito, que cuenta la historia de Gemma (Penélope Cruz) una mujer italiana que regresa a Sarajevo 16 años después de la guerra que invadió a los Balcanes a inicios de los 90. De visita a la ciudad de su juventud donde vivió un fuerte romance con Diego (Emile Hirsch) un fotógrafo norteamericano, vuelve a caminar sobre los senderos del pasado en medio de la alegría y el dolor, sin imaginar una sorpresa que amenazaría incluso su vida actual.

La película está narrada en dos tiempos que se yuxtaponen a lo largo de su estructura. Arranca con el período actual en el que Gemma recibe noticias de Gjoko (Adnan Haskovic), un amigo de Bosnia quien la invita a Sarajevo, ciudad a la que irá con su hijo Pietro (Pietro Castellito). El segundo tiempo corresponde al pasado, en el que a modo de flashback se cuenta la historia de amor de Gemma con Diego y todos los intentos de la pareja por tener hijos.

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Penélope Cruz vuelve a repetir dupla con Sergio Castellito y demuestra su fluidez en italiano como ya lo había hecho en Non ti Muovere (2003). Gran trabajo de la actriz española al imprimir su lozanía de juventud para la etapa del pasado y el peso del tiempo para la fase que corresponde al presente. Junto a Emile Hirsch comparte escenas intensas que evidencian las dificultades que deben atravesar para poder concebir y luego cómo el trasfondo de la guerra empieza a filtrarse en su propia relación. El drama de ambos crece y madura a lo largo de la película para desembocar en un final que termina sorprendiendo.

Saudade de Domingo # 11: Adiós a una estrella

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El arte brasileño y latinoamericano están de luto. El día de ayer la actriz brasileña Marília Pêra, dejó este plano para integrarse a alguna parte del cosmos para ser lo que ya desde acá era: Una gran estrella. Y no en el sentido relacionado al divismo y a la banalidad que a veces se le endilga al cine, teatro o televisión. Marília Pêra era una estrella en el sentido de ser una obrera de las tablas, animal de escenario, un reservorio de personajes a los que ella les prestaba su cuerpo, su voz. Sea en el cine con Pixote, a lei do mais fraco (1981), Tieta (1996), Estación Central (1998) en televisión con El Primo Basílio, Dos Caras, Cobras y Lagartos, o en teatro interpretando a Marías Callas o Coco Chanel, Marília brillaba desde donde estuviera. No necesitaba exagerar, hacer algo mayúsculo, porque desde su trinchera lograba emerger con fuerza, como la gran actriz que fue.

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Como Coco Chanel en la obra Mademoiselle Chanel

Buscando siempre desafíos, se puso a las órdenes del director Eduardo Coutinho, con quien colaboró en su documental Jogo de Cena (2007). Ella misma reconocería luego que gracias a Coutinho aprendió cómo es tenue la línea entre lo que se es y lo que se finge ser. Esa preocupación y reflexión acerca de su propio oficio quedó plasmada en su libro Cartas a una joven actriz, en el que daba consejos a una hipotética actriz principiante. Sus colegas actrices Marieta Severo, Nicette Bruno, Cássia Kiss y Arlette Salles le rindieron homenaje hoy interpretando algunos fragmentos de ese libro durante el programa dominical de Globo, O Fantástico. No era para menos, una gran actriz merece ser despedida por sus propias compañeras, aquellas con las que compartió escenario, las que entienden el trabajo y el sacrificio que hay detrás del glamour que se vive en una noche de premiación.

 

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Con Fernanda Montenegro en Estación Central (1998)

A pesar del cáncer que la aquejaba, entre las grabaciones de la serie Pé na Cova empezó a grabar un CD con canciones románticas, que iba a ser lanzado el próximo año. Ya con el tratamiento y el cuadro avanzado de su enfermedad, debió alejarse de la serie y del proyecto musical hasta su fallecimiento. Sin embargo, dejó una película póstuma Tô Rica y la última temporada de Pé na Cova, que serán estrenadas en 2016.

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Junto a Carolina Dieckmann en Cobras y Lagartos (2006)

Marília Pêra es parte de ese universo de actores y actrices con los que crecí a través de las novelas, series y películas brasileñas. Vi todas sus transformaciones físicas, de rubia, morena, rica, pobre, conservadora, disparatada.  Vi también el paso del tiempo en su rostro, en su cuerpo, pero aun con las marcas de los años seguía siendo la actriz activa, volcánica, capaz de robarse el brillo en una escena donde su personaje podía incluso no tener texto. No podía ser de otra manera. Marília comunicaba e interpretaba con el alma.

 

Dejo por acá un vídeo en el que interpreta un poema de Carlos Drummond de Andrade y una entrevista que le hicieron en el programa Starte, que se caracteriza por entrevistar a personas relacionadas con el mundo de la actuación.

Peli de sábado por la noche #1: Suffragette (2015)

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Hoy inauguro la nueva sección Peli de sábado por la noche, en la que espero compartir de forma sencilla mis opiniones acerca de una película. No se trata de un análisis cinematográfico profundo sino más bien de hacer llegar determinada película que a mi juicio, tiene un valor interesante para apreciar. En algunos casos serán películas recientes, en otras pueden ser cintas clásicas que me hayan sorprendido durante la semana. Sí, la idea es compartir una peli que haya visto durante la semana.

La primera peli con la que se inaugura esta sección es: Suffragette (2015), dirigida por Sarah Gravon, que retrata la lucha de un grupo de mujeres -las Suffragette- que en la Inglaterra de inicios del siglo XX se manifestaban para conseguir ante la ley el ejercicio del voto.

Carey Mulligan (Orgullo y Prejuicio, An Education) encabeza el reparto de la película interpretando a Maud, una operaria que poco a poco empieza a insertarse al movimiento de las Suffragette, padeciendo en carne propia los prejuicios de una sociedad conservadora que considera a las militantes como mujeres con problemas mentales. A pesar de los obstáculos, Maud decide seguir adelante acompañando a sus compañeras en la lucha. Mulligan construye a una Maud humana, dubitativa, de un candor que conmueve. Junto a Helena Bonham Carter tiene escenas de tensión y complicidad que mantienen el clima opresor de la época, sin caer en lugares comunes de interpretación.

La película empieza con un ritmo pausado en la primera parte para ponernos en el contexto donde se va a desarrollar la historia. Quizás podría haber sido un poco más ágil ese primer acto, sin embargo con el ritmo que logra luego y que no decae hasta el final, se obtiene una película orgánica, de silencios necesarios, de cierta crudeza en algunas escenas especialmente donde se evidencia el maltrato descarnado del cuerpo policial hacia las militantes.

Meryl Streep hace una genial participación especial como Emeline Pankhurst, la gestora del movimiento. Con un impecable acento británico -que ya había utilizado para The Iron Lady-, Streep acapara la gran secuencia en la que su personaje les habla a las militantes de Suffragette y en su posterior fuga. Si hasta ese momento la película ya tenía enganchado al espectador, con la aparición de Streep termina por convencerse de estar delante de una gran película.

Suffragette es una cinta dura pero necesaria. De impecable fotografía y arte, nos sumerge inmediatamente en el ambiente conservador de la Inglaterra de inicios del siglo XX. Es inevitable no pensar al ver esta película en la situación difícil que atraviesan aun hoy las mujeres en el Medio Oriente o en África. Incluso cuando en Latinoamérica han obtenido igualdad de derechos, también deben enfrentarse de forma constante a grandes problemas como la violencia doméstica, el acoso laboral, etc. Definitivamente Suffragette es una película para reflexionar el fin de semana.

Saudade de Domingo #10: Agradecer

Siempre es más fácil responder “de nada”, cuando es un otro el que dice gracias. O también puede ser fácil decir gracias cuando se vuelve parte de una formalidad, de una convención de lo que se considera correcto. Sin embargo resulta más complejo encontrar “las gracias” en los aspectos sencillos, en aquellos que surgen espontáneamente y no quizás como respuesta a nuestros propios deseos. Lo que hoy puede ser una mala noticia, mañana se potencia y se convierte en una oportunidad y ese cambio de suerte, es digno de agradecimiento.

El agradecer no es fácil, sobre todo cuando existe la presunción de que nos merecemos aquello que recibimos. Como si dijéramos interiormente “no debo agradecerle, está haciendo su trabajo, es su obligación atenderme”. Obligación o no, el agradecer es un acto de humildad, de ponerse a disposición, de aceptar lo que se recibe, para luego prepararse para dar. Quien no es capaz de agradecer por lo que recibe, nunca será capaz de dar o quizás dará pero con reticencia, con miedo, sintiendo que pierde algo importante de sí mismo. Y en el dar y recibir lo que debe existir es amor en términos de Maturana: la aceptación del otro como legítimo en convivencia. Somos energía y en la palabra gracias acompañada de una convicción interior de agradecimiento, todo lo que tengamos o lo que venga a nosotros se multiplica.

Por ello es necesario ejercitar el agradecimiento aunque cueste al inicio. Agradecer por el día que viene, por los amigos que se tienen, por la familia, por la salud, por el trabajo, por el dinero que llega a las manos, por lo material que se puede comprar para satisfacer ciertas necesidades. El proyecto 365 grateful me parece una linda iniciativa en la búsqueda constante del agradecimiento, en estar atento de los pequeños detalles y expresar desde el corazón hacia la garganta la palabra “gracias” sea a un otro, a la naturaleza, al universo, porque en definitiva, me estoy agradeciendo a mí mismo por darme la oportunidad de estar aquí y ahora.

Para terminar dejo por acá el link de una versión de What a Wonderful World, en voz del brasileño Tiago Iorc. Encuentro en esta interpretación una frescura que con Frank Sinatra no logro encontrar. Cuestión de gustos, quizás, pero es una canción con la que logro establecer un vínculo, que la siento recorrer en la sangre, que me baja las revoluciones y que agradezco también escuchar cuando siento la necesidad de reconectarme conmigo mismo.

Saudade de Domingo #8: Los evaluadores del sufrimiento

Los atentados de París, más allá del estupor que han causado, también han sido el pretexto para ataques virtuales hacia aquellos que se solidarizan con esta tragedia. Sea en el lugar del planeta que sea, todas las vidas importan, así sea en México, Siria, Palestina o Francia. Ponernos en estos momentos de conmoción mundial, con eso de que «a la gente sólo le importa la tragedia de París», es simplemente una trampa del ego para seguir creando separatismos.

Hay quienes se ponen la corona de ser “los evaluadores del sufrimiento”, en los que aparentemente hay una finalidad noble (abrirles los ojos a los demás ante otras tragedias, quizás peores), pero que siempre están deslegitimando la conmoción o sufrimiento de los otros. Si alguien defiende la caza indiscriminada de ballenas, alguien dirá que cientos de perros son exterminados por día y que los que luchan por las ballenas son frívolos. Si alguien se conmueve de los perros exterminados por día, un evaluador saldrá a decir que diariamente se matan vacas por el consumo masivo de carne. Si alguien se conmueve por las vacas, saldrá un evaluador para decir que más importante son las vidas humanas que se pierden en las guerras. Si alguien se conduele por alguna guerra en particular, alguien saldrá decir que hay una Y guerra peor. Si alguien se conduele por esa Y guerra peor, alguien saldrá a decir que Z es mucho peor y que ese otro es un imbécil aburguesado que no sabe los horrores que pasan en la guerra Z. Si alguien se conmueve por la guerra Z, un evaluador dirá que es un absurdo mirar esa guerra y no condolerse con la hambruna en el mundo… ¿Hay algún medidor de qué hecho es más importante que otro? Quizás la agenda de los medios nos haga creer que hay una jerarquía, pero no, todos esos hechos lamentables son igual de importantes, así que ni los medios ni los evaluadores del sufrimiento están en lo correcto.

La cuestión de fondo para mí, más allá de la tragedia en sí misma, es ver cómo los evaluadores salen de diferentes trincheras a juzgar lo que el otro está sintiendo. No hacen activismo, no buscan generar cambios sociales, no se conduelen de las tragedias en lugares periféricos (ojo que los que sí lo hacen y tienen un compromiso loable por el prójimo no entran en el perfil de evaluadores del sufrimiento). Sólo emergen cuando hay una conmoción masiva y ven el momento oportuno para figurar como diferentes, como si el dolor fuera otro en Beijing o Estocolmo. Los evaluadores del sufrimiento critican a quienes por redes ponen filtro a sus fotos con la bandera de un país determinado, los atacan de hacer sólo militancia en plataformas digitales. Pero ninguno de esos evaluadores del sufrimiento hace otra cosa más que compartir fotos de otras tragedias, siempre recordando que mueren más en otros rincones del mundo. ¡Y sólo recuerdan cuando ha pasado algo de conmoción general! Eso también es un activismo de escritorio que no sirve para nada, que sólo funciona como una cortina de humo para seguir marcando diferencias.

Pero no todo es malo en los evaluadores del sufrimiento. Ayudan en una labor que es igualmente importante: Buscar siempre la tragedia peor, la que los medios intentar ocultar por intereses políticos, económicos, la que se encuentra en un lugar distante y que al igual que cualquier otra tragedia es importante y duele. Habría que mirar al evaluador del sufrimiento como el portador del lado B de todos los medios, pues siempre tendrán la otra cara de una tragedia mediática y desde ese lugar, es válido su accionar. Sirve para hacer el ejercicio de conocer más el mundo que nos rodea y para entender los intereses retorcidos de los grupos de poder. Pero no hay que caer en eso de elegir por qué tragedia conmocionarse.

Los evaluadores del sufrimiento siempre dicen que una tragedia “mediática” (entiéndase aquella que acapara todos los medios tradicionales y digitales) es un “pretexto” para ocultar otras. Como si la pérdida de vidas en un lado fuera más o menos importante que en otros. Los evaluadores del sufrimiento matan con sus frases hechas, con sus repentinos comentarios siempre buscando el lado negativo, usando las redes para disparar sus misiles.

Los evaluadores del sufrimiento son agitadores de humo.

Saudade de Domingo #7: Releyendo a mis autores

Sí, mis autores. Aquellos que escribieron obras que han terminado siendo del mundo. En tal caso sería mejor decir “mis obras” pero prefiero el sentido más humanista de apropiarse de los autores, con quienes dialogo y discuto en sus novelas, cuentos; quienes me recuerdan con la elección quirúrgica de sus palabras exactas, que es ahí donde reside la grandeza de una buena historia, sea en el género que sea.

¿Quiénes son mis autores? Suelo ser un lector voraz pero si tuviera que elegir con cuáles viajar a una isla desierta serían: Charles Dickens, Gabriel García Márquez y Roberto Bolaño. Muchos grandes quedan fuera de la lista pero elijo estos tres porque cada vez que me siento un poco perdido en el marasmo de personajes e historias, termino recurriendo a algunos de sus relatos. El paso del tiempo se encargó de demostrarme que a pesar de las nuevas lecturas y el descubrimiento de nuevos autores, había una conexión especial con la relectura de Grandes esperanzas Cien años de soledad o Los detectives salvajes. En estas obras así como en sus otras mal llamadas obras menores, Dickens, García Márquez y Bolaño convierten historias cotidianas en grandes argumentos, dando una gran lección de escritura para todo aquel que busque dedicar sus días a la construcción de relatos.

Charles Dickens
                 (1812-1870)

Charles Dickens, ya convertido con el tiempo, en un autor clásico e indispensable de las letras inglesas. Sus novelas cubrieron gran parte de mi adolescencia, llevándome a conocer a Oliver Twist, David Copperfield, Ebenezer Scrooge. Dueño de un estilo directo, llano pero cargado de magia, incluso para describir a la durísima Londres victoriana, Dickens termina sometiendo a sus personajes a toda clase de situaciones donde se evidencian sus miserias tanto físicas como de espíritu. Coincido plenamente con el creador de Mad Men, Matthew Weiner, al decir que si Dickens hubiera vivido en nuestro tiempos, sería un showrunner (el sumo creador de una serie de TV).

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                            (1927-2014)

Hace pocas semanas, agobiado por las presiones que me impongo para terminar proyectos de escritura, me sorprendí agarrando el libro Doce cuentos peregrinos, de García Márquez. Necesitaba de forma inconsciente, nutrirme de una lectura fresca, breve, para sopesar el proyecto grande de escritura en el que me metí por motus propio. Devoré la antología de cuentos un fin de semana con los breves paréntesis para retomar la escritura de mi proyecto. Las historias de esos migrantes en Europa contadas por la pluma caribeña de Gabo, me hicieron reflexionar sobre la propia estructura en sí. La manera en que el colombiano presenta a sus personajes y los introduce en situaciones muchas veces surreales hablando un francés masticado o en un italiano doliente, me lleva como lector a un universo donde lo más natural sería cargar con el cadáver de una niña a la espera de una audiencia con el Papa para demostrar que es santa, que una mexicana termine en un psiquiátrico sólo por querer hablar por teléfono o que dos niños latinos elaboren un plan macabro para deshacerse de su institutriz en el mediterráneo italiano.

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                 (1953-2003)

Otro gran maestro, el señor Roberto Bolaño. Los detectives salvajes es una clase magistral de escritura, en términos de estructura, ritmo, diálogo, construcción de personajes y ambientes. Desde las primeras páginas nos sumerge en la sociedad de poetas infrarrealistas en el México de los 70. Su destreza en el uso de los diálogos, siempre exactos y la construcción musical de su fabular, resulta un oasis para quien está sediento de una buena narrativa. Recuerdo todavía la mezcla tristeza y nostalgia que me produjo leer las últimas páginas de la novela. Casi un cineasta a la hora de escribir, a veces tenía la impresión de estar viendo y no leyendo los capítulos del libro. Cada tanto releo fragmentos de Los detectives salvajes, no sólo por el mero placer de la narración o por la búsqueda de la técnica literaria, sino para recordar las sensaciones que me producía evocar los diferentes estadios de la obra.

Los autores son como esos amigos que aunque no veamos con frecuencia, siempre están ahí cuando los necesitamos y el lazo fraterno permanece intacto. Las coincidencias y las discrepancias son bienvenidas en la misma proporción, podemos festejar, reír o llorar a su lado con una taza de café o una copa de vino. Pueden soportar noches de desvelo o días soleados en la playa y siempre van a recordarnos con sus palabras por qué los hemos elegido como amigos.

Saudade de Domingo #6: Destino, el aire.

aircraft-464296_1280Viernes 30 de octubre, 17:15. Las pantallas en Ezeiza (Buenos Aires) mostraban el estado de mi vuelo: Demorado. En el counter me dijeron que embarcaríamos una hora después de lo previsto, pero que de igual forma tenía que hacer migración máximo a las 18. La nueva hora de salida sería a las 20:30. De cualquier manera no me lo tomé a mal. Este fue el único viaje con demora de todos los que he hecho este año. Quizás el aeropuerto sea el único lugar en el mundo donde me es placentero esperar. Estar rodeado de diferentes acentos, etnias, idiomas, abrigado por la voz impersonal que anuncia la llegada y salida de vuelos, con carritos que transportan maletas de todos los colores y formas, me resulta un escenario fascinante. La aventura de viajar se inicia desde ese momento en que se abren las puertas automáticas del aeropuerto y me inserto en un espacio donde personajes administrativos y pasajeros se mezclan en una sinfonía de movimientos a veces más lentos, a veces más acelerados dependiendo del vuelo que toque. Ese tránsito infinito me atrapa desde la infancia. Cuentan mis papás que aun cuando no sabía hablar, ya tenía trazada en la cabeza la ubicación del aeropuerto y que rompía en llanto cuando nos desviábamos de la ruta que conducía al Simón Bolívar (hoy José Joaquín de Olmedo). Tardaron algún tiempo en entender que no lloraba por hambre o sed sino porque nos estábamos alejando del aeropuerto. No sé qué santo o entidad hizo que mi papá en una de las salidas que hacíamos volviera a pasar por el aeropuerto y entendiera que lo que yo quería, siendo un nene menor de un año, era ver a los aviones.

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En algún lugar entre los Andes de Chile y Argentina

No hay una explicación lógica para mi fascinación por los aviones. Ya más grande, alrededor de los cinco años, el ir al aeropuerto sea o no para despedir o buscar a algún familiar, se convirtió en una paseo familiar bastante habitual. Me gusta observar cuando despegaban y aterrizaban los aviones en la época en que el aeropuerto de Guayaquil tenía esa especie de mirador donde los familiares podían despedir a los viajeros. Esa imagen se ha quedado grabada en mi memoria. El aeropuerto de Guayaquil en los 90 todavía tenía ese raro encanto de estación de pueblo, medio improvisado, caótico, familiar.

El paseo al aeropuerto se complementaba con algún almuerzo o merienda en el bar-restaurante que había en el segundo piso, desde donde se tenía vista directa a la pista de aterrizaje. Las mesas más peleadas obviamente eran aquellas que estaban junto a los ventanales. Me embargaba la emoción cuando encontraba una vacía y me adueñaba por completo de ella. También me emocionaba cuando veía la cara de decepción de alguien al vernos a mí y a mi familia en la mesa. De niño era un fanático de la competencia y no me gustaba perder. Recuerdo todavía el sabor de las papas fritas que pedía para comer mientras veía los aviones nacionales ya extintos de Saeta, San, Ecuatoriana. Me gustaban sus colores y ver a la gente bajar con sus bolsos de mano y caminar a pie sobre la pista.

No viajé mucho en avión durante la infancia y quizás por ello se fue alimentando en mí esa fantasía por lo aéreo. Me imaginaba ahí, abrochándome el cinturón, mirando por la ventanilla, teniendo la sensación de penetrar el aire, dejando la ciudad para llegar a otro destino. Algo así sentí a los 17 años cuando en el 2003, el avión de la desaparecida Varig me transportaba a São Paulo desde Bogotá. El horizonte desapareció para dar lugar a la ciudad más grande de Sudamérica. Siendo además fanático de Brasil, ese primer viaje largo me dejó sin aliento. Ver a São Paulo desde el aire es uno de los recuerdos más lindos que tengo relacionados a la aviación (qué ambicioso suena eso). Siempre trato de ubicarme en el asiento junto a la ventanilla para mirar las ciudades desde arriba y ver sus diferentes formas, a veces geométricas, otras con diseños urbanos más caprichosos. Algunas en medio de la selva, otras en medio de montañas, pero todas diminutas y frágiles desde lo alto.

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                           Guayaquil desde el aire

Con toda esta fascinación por los aeropuertos y aviones, pilotar es claramente una cuenta que tengo pendiente. Sueño con manejar un avión, surcar aires, nubes, sobrevolar campos, mares, desiertos, así como cuando de niño jugaba con los aviones que me regalaban, inventando además aeropuertos de partida y arribo. Algún día pilotearé aunque sea una avioneta. Luego de eso podré volver a ser un pasajero delirante, fanático de las esperas y de las escalas infinitas. El destino siempre estará en el aire.

Saudade de domingo #5: Mi nuevo teclado, Volver al Futuro y mi graduación

El miércoles 21 de octubre, además de la llegada del futuro (a propósito de la peli Back to the Future II) tuvieron lugar dos momentos para mí muy importantes: el primero, un nuevo teclado para mi compu y el segundo, quizás el más visible, mi graduación de maestría.

Empiezo por mi teclado. Quizás no debería ser motivo de mucha alegría y menos para dedicarle unas líneas, pero vale decir que si no fuera por el nuevo teclado no podría escribir libremente estas palabras. Pasé durante meses confinado a un teclado bluetooth que colocaba encima del teclado dañado de mi MacBook Pro. De un día al otro, en alguna noche de enero, las letras O, P, L, 9, 0, más las flechas de movimiento dejaron de accionar. Tomé conciencia que no podría hacer nada FullSizeRender-2cuando intentaba ingresar mi clave y como esta contenía una de las letras mencionadas más arriba, no conseguía entrar al sistema. Ahí fue cuando empezó mi relación forzosa con el teclado bluetooth. Mi laptop dejó de serlo para convertirse en una especie de Frankenstein, que llamaba la atención en cualquier parte. Pensé que sería fácil de arreglar, pero todos los técnicos que consulté me dijeron de forma unánime: «Tenés que cambiar todo el teclado porque el circuito está muerto». No entendía bien eso del circuito pero sonaba a una especie de cáncer terminal, una metástasis en el teclado que me condenaba al teclado bluetooth por tiempo indefinido.

Volví a vivir en Guayaquil y los técnicos de allá me dieron el mismo diagnóstico: «Hay que cambiar el teclado». Así que me puse a la tarea de buscar teclado para mi compu de finales del 2008. Las posibilidades de encontrar uno que además fuera en español y para una MacBook de 15 pulgadas eran casi nulas. Encontré varios en inglés, para 13 pulgadas, modelos más recientes. Parecía una causa perdida. Vine a Argentina en agosto por un viaje académico y me di a la caza por Mercado Libre de todas las ofertas de teclado para MacBook. Parecía haber encontrado el ideal a través de un proveedor, pero a último momento me dijo que para el modelo de finales de 2008 ya no tenía y que probablemente le llegaría en septiembre.

Regresé a Guayaquil, me hice la idea de seguir con el bluetooth hasta que un día recibí un mail del proveedor informándome que ya tenía mi teclado. Le pedí que me espere hasta octubre cuando volvería a Argentina por mi graduación de maestría. Intercambiamos números para seguir en contacto hasta que este martes 20 le dejé mi laptop para que procediera con el trasplante de teclado. Mientras buscaba una camisa para el traje de la ceremonia de graduación, pensaba en mi teclado. ¿Será que volvería a deslizar los dedos directamente sobre mi laptop? FullSizeRender¿Volvería a escuchar el sonido de las teclas de la MacBook mientras escribía? (perdón, parezco un poco frívolo, pero el tecleo es muy importante para mí mientras escribo) ¿No se dañaría otra cosa en el intento de extirpar el viejo teclado y colocar el nuevo? El miércoles 21 a la mañana retiré mi compu. Me la entregó la madre del proveedor. La señora no entendía bien mi alegría desmedida por el teclado nuevo y como si tuviera la necesidad de compartir mi emoción con alguien, le dije antes de irme que iba a “jubilar” al teclado bluetooth. La señora, en su instinto maternal, sólo atinó a decir: “Y guardalo de todas formas, por si lo necesitás en algún momento”. Lo guardaré pero espero no necesitarlo sobre mi laptop nunca más.

Por la tarde de ese mismo miércoles fue la ceremonia de graduación (acto de colación como dicen en la UCA). Si bien ya había defendido mi tesis en diciembre 1921907_10207785258128352_3884154450082152668_ny en teoría ya era magíster desde entonces, la ceremonia era el ritual necesario para confirmar ante una sociedad que ya poseía el título. Siempre he sido escurridizo en este tipo de eventos, me siento incómodo, ser el centro de miradas me pone un tanto nervioso, pero era parte del protocolo esperar a ser llamado, subir al escenario, recibir el diploma simbólico de las manos del director de la maestría y volver al asiento. Fue la oportunidad de verme con dos amigos de la maestría y de encontrar con sorpresa a varias ex alumnas que se recibían de licenciadas en Periodismo. Volvía a sentirme en casa.

No tuve a mi familia en la ceremonia pero cuatro amigos míos estuvieron ahí “haciéndome el aguante”. Puedo decir que fue un bonito cierre de ciclo que se12106988_10153001117821486_4511908170201835477_n abrió en marzo de 2012, cuando en una maleta cargada de sueños venía a Buenos Aires con la intención de cruzar una maestría. Sentí ese miércoles un sabor a fin de ciclo, como cuando la serie está al fin de una temporada. Mirando para atrás, mucha agua ha corrido y la verdad que volvería a hacer todo de nuevo, con los aciertos y los errores.

La vida continúa y un ciclo que se cierra da paso a otros, al fiel estilo del Camino del Héroe de Vogler. Con un teclado nuevo y la maestría concluida, puedo vivir el presente en el futuro que Zemeckis y Spielberg diseñaron en Back to the Future II.