Saudade de Domingo #81: Usarnos en las redes

Después de varias idas y venidas, he terminado Escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith. Fruto de los primeros capítulos me di cuenta del potencial “creativo” que tenían mis chats de Whatsapp y que  ya había utilizado inconscientemente para generar cuentos, guiones y demás. Ahora que ya terminé todo el libro y con la cabeza en ebullición ante tantos autores citados, descripción de proyectos que desafían la creatividad, casos de fusión tecnológica en la literatura, me siento con muchas ganas de poner en práctica varios ejercicios de escritura no-creativa.

Para Goldsmith, la cantidad de textos que se han generado en esta contemporaneidad nos ha puesto en un problema: ya no es necesario escribir más sino más bien aprender a manejar la vasta cantidad de textos ya existentes. Si recordamos que ya todo está escrito y que la idea de la originalidad resulta caduca y utópica, con mucha más razón aquellos que sintamos el llamado a la escritura deberíamos pensar qué podemos hacer con tantos textos escritos, fotográficos circulando, cuyo destino final es caer en el olvido dentro de la enorme biosfera que es el internet.

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Así, las redes sociales se transforman en gigantes procesadores de textos que están ahí al alcance de un clic para ser utilizados. ¿Por qué no transformar un tuit en un texto poético? ¿Por qué no utilizar nuevamente los estados que Facebook nos devuelve en forma de aniversario para generar un fragmento de una novela o un diálogo de personaje? Los memes son pruebas actuales de genios no-creativos que han sabido utilizar fotografías o capturas de películas y series para acompañarlas de ciertos textos mordaces. No son autores originales, son autores no-creativos que han asumido la tarea de mezclar lenguajes, de hacerse cargo de textos bastardos, así como la cultura del grafitti, donde una pared servía de lienzo para pintar y para escribir declaraciones de amor, para protestar escribiendo frases de Marx en un contexto muy alejado del que su autor se habría imaginado.

Como ejercicio lúdico esta semana empecé a utilizar ciertas fotos para practicar un intento de escritura no-creativa. Son fotografías que tomé esta semana en eventos diversos y que podían ser unas más dentro de las miles que cada segundo se suben a las redes. Decidí que cada una de esas fotos podía ser un relato, una minihistoria que podía estar o no apegada al contexto de la foto. En ese juego decidí jugar con los adjetivos, si eran ridículos y sonaban a textos cursis preexistentes, mejor. La idea era desprenderme de cierta solemnidad a la que se suele ubicar a la escritura. ¿Por qué ponerla en pedestal si es algo tan humano, algo que hacemos todos los días indiscriminadamente? La escritura no-creativa propone inventariar los textos existentes, utilizar aquel material escrito que parece no decir nada transcendente y convertirlo en otra cosa (un grafiti, un poema, una novela, una película). En ese sentido, la lista de compras en el super, una recordatorio escrito en un post-it, son formas de literatura, considerando eso sí, qué voy a conservar de ese texto en el nuevo formato que vaya a elegir.

La crítica literaria Marjorie Perloff considera que el escritor de hoy más que un genio torturado se asemeja más a un programador que conceptualiza, construye, ejecuta textos como lo hizo, entre algunos otros, Walter Benjamin en El libro de los pasajes. ¿Por qué entonces no usar nuestros textos en las redes y darles nueva vida en otras plataformas? Quizás mi próximo comentario en el estado de Facebook de un amigo sea la frase introductoria de un nuevo cuento. Quizás el tuit visceral político de un influencer pueda ser el título de una nueva historia. Nunca se sabe cuáles son los caminos sorpresivos que puede darnos el lenguaje. La escritura no-creativa propone encontrar en los textos nuevas mutaciones, engendros quizás, que alguien los lea como hermosos y decida a lo mejor alterarlos y remixearlos también. Yo por lo pronto seguiré con mi fotonovela virtual en Instagram hacia donde la red (o mis ganas) me permitan llegar.

Saudade de Domingo #2: ¿Se te quiere o te quiero?

“¡Se los quiere mucho!” “¡Se te quiere!” Hace ya varios meses -o años- observo esta especie de moda en redes sociales para expresar el afecto, el cariño hacia alguien. Me pregunto ¿a qué viene esto? ¿Se habrá desgastado ya la carga simbólica que contiene un “Te quiero” o un “Te amo”? ¿El uso excesivo de estas frases habrá terminado por vaciar el contenido que ya resulta falso o cursi decir un “te quiero” o un “te amo”?

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                   Imagen: Ana María Joutteaux

Me atrevo a suponer que quizás el expresar el afecto en primera persona involucra una responsabilidad. Al decir “Yo te quiero”, asumo que soy el sujeto que tiene amor por ese otro/a. Con un “Se te quiere”, el sujeto queda ambiguo y en esa medida no me declaro responsable por el amor al otro/a. Puede que hoy “se quiera” alguien y ya mañana no. Entonces puedo decir en mi defensa ante un posible tercero: “Es que nunca le dije que lo/la quiero. Le dije: Se te quiere”.

Todos soñamos con el amor a través del cine, la música, la tele e incluso por medio de la frívola prensa rosa, pero ¿cuántos realmente nos atrevemos a vivirlo con todos sus bemoles y asumiendo la responsabilidad sin culpar al otro/a del fracaso de la relación? Siempre resulta más cómodo y menos sofocante colocar al ente de juicio en el exterior. Y para ese caso sí usamos el sujeto en primera persona. Nadie diría un “Se te odia” y sí un “Te odio” dolido, amargo, pútrido. Asumimos ese odio como propio por culpa de ese otro/a que nos ha hecho daño. Pero parecería que no queremos hacernos cargo de querer, amar, pues cuando lo hacemos nos volvemos vulnerables. Le otorgamos a ese otro/a, ese sentimiento que cuidamos como tesoro para no sufrir. El “te quiero”, “te amo” es dar el primer paso, es saltar al vacío y lo que más queremos es que nos digan “yo también te quiero”, “yo también te amo”. Cuando lo escuchamos, así no sea tan sincero, nos sentimos nuevamente “protegidos” o “seguros”.

Entonces el “Se te quiere”, surge como una solución intermedia entre expresar el afecto en primer persona y el no decir nada, dejando sólo la agria suposición de que hay afecto. Cuando estamos en una posición o momento de fragilidad, rotos quizás por algún desamor, el “Se te quiere” por parte de un otro/a, igual resulta confortante. Sería como una especie de premio consuelo al que no deberíamos acostumbrarnos para siempre.

La exposición en las redes también nos coloca en un grado de vulnerabilidad al estar todo visible para todos. Eso quizás también nos condiciona a la hora de expresar el afecto. Probablemente no queramos que cualquiera lea que YO quiero a tal persona. Quizás el “Se te quiere”, “Se los quiere”, sea el “Te quiero”, “Los quiero” de las redes sociales. Quizás en el cara a cara, mirando a los ojos de la otra persona, nos resulte imposible un “Se te quiere” y surja un “Te Quiero”, probablemente forzado por el compromiso que implica. Pero hacerse cargo es parte de la experiencia. Estampamos nuestras firmas en documentos, formularios, escribimos desde un yo que observa o vive tal situación, vemos una película y damos nuestra opinión desde ese lugar que nos duele o nos hace felices. Todo el tiempo estamos en función de un Yo y sin embargo expresar el amor resulta complicado. Y lo es, pues siempre queremos tener certezas, garantías de que el sentimiento es recíproco en el mismo grado que nosotros lo damos o expresamos. Pero no nos podemos hacer cargo de cuánto ese otro/a nos quiere. Sólo podemos dar cuenta de nuestro propio sentir. Toca ejercitar el expresar afecto desde nuestra propia trinchera del Yo sin caer tampoco en el extremo de regalar te quieros de forma gratuita, porque entonces vaciamos su contenido y lo trivializamos. Pero si el corazón nos palpita, la garganta tiembla y nos invade un deseo incontenible de expresar el afecto a un otro/a, está bueno decirlo, sobre todo en una época donde expresar el amor se vuelve raro o sinónimo de debilidad.

Hoy está de cumpleaños una de mis grandes amigas y le voy a decir como siempre le digo: ¡te quiero!, sentido desde el corazón; lo publicaré además en su muro de Facebook, y no por un exhibicionismo efervescente, sino porque aunque suene trillado y de libro de autoayuda, es saludable expresar el amor de todas las formas que creamos posibles. El “Se te quiere” es un salvoconducto del que Yo decido conscientemente prescindir. Alguna vez lo usé y me sentí raro, fuera de mí y creo que no fue justo con la persona a quien se lo dije. En un siguiente comentario, en algún otro estado de Facebook, le dije “Te quiero”. Y en ese momento me sentí curado, tranquilo y con la plena consciencia de que expresar afecto en primera persona no es sólo un regalo para ese otro/a sino que ante todo, es un acto de amor para mí mismo.