Saudade de Domingo #64: Leer y escribir en la universidad

Esta semana estuve en un taller de capacitación docente denominado «Escribir y leer, un asunto de todos». No, no era un taller para aprender a leer o escribir. Era un espacio para enseñar a leer y escribir a los estudiantes universitarios. Esto lo supe ya en el taller, pues fui casi a ojos cerrados al mismo. El título me daba curiosidad pues no tenía muy claro de qué iba a tratar y quedé gratamente sorprendido con todo lo aprendido. Sin duda ha sido una buena instancia para conocer conceptos, confirmar otros y quedarme con muchas interrogantes.

IMG_4674Del martes al jueves de esta semana un buen grupo de docentes de la UCG estuvimos reflexionando junto a la Dra. Paula Carlino sobre los procesos de aprendizaje en las facultades, específicamente en el campo de la lectura y la escritura académica. ¿Cuántos estudiantes leen? ¿Cómo escriben los estudiantes? ¿Cómo califica el profesor un ensayo? ¿Qué dificultades tiene un estudiante al escribir un texto académico argumentativo? Varias de estas interrogantes rondaron los tres días de capacitación. Previamente habíamos leído algunos textos de Carlino y otros autores preocupados por este campo específico de la educación. Descubrí con sorpresa la inversión que hacen las universidades anglosajonas para crear Centers of Writing, departamentos con tutores dedicados a ayudar a los estudiantes para mejorar sus ensayos académicos.

Para universidades como la de Berkeley, la escritura es parte central de todas sus carreras y por ello destinan tiempo, esfuerzo y presupuesto para estos centers of writing, que trabajan bajo el programa denominado Writing Across the Curriculum (WAC). Basta con buscar en Google este programa y se puede ver la cantidad de universidades que lo han implementado en sus universidades.

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De todo lo vivido y aprendido en este taller con la Dra. Carlino, me llevo varios conceptos para trabajar. Algunos ya los conocía de forma intuitiva, otros los aprendí y espero ponerlos en práctica el semestre que viene. Acá van:

  • Dejar de pensar en la escritura como una instancia de evaluación. Es importante reconsiderar la escritura y pensarla más bien como un proceso de aprendizaje.
  • A escribir se aprende escribiendo. Nadie es bueno haciéndolo de forma innata y por ello que hay que practicar. Es un ejercicio constante, de muchas revisiones. Esto se complementa con lo anterior, que la escritura es un proceso de aprendizaje.
  • El ejercicio de escribir no es sólo algo que le compete a los profesores de Lengua. Es una responsabilidad de todos los profesores para que sus estudiantes escriban en sus asignaturas. Esto es así ya que nadie mejor que el profesor de la especialidad para corregir los errores de escritura de sus alumnos. La escritura como proceso, va más allá de la forma (la buena ortografía, sintaxis, uso de signos de puntuación) y es necesario estudiar el contenido, aspecto que sólo los profesores de cada asignatura, y no uno de Lengua, pueden corregir.
  • Es necesario que el proceso de escritura sea acompañado. La escritura de un texto académico no puede ni debe quedarse en una sola entrega sino que el docente (o los tutores) deben ayudar a pulir, mejorar sus escritos.
  • El proceso de lectura debe generar nuevas inquietudes. La lectura debe instar a los estudiantes a hacerse preguntas que surjan a partir de determinado texto. Con esto, es necesario que el docente no caiga en las típicas preguntas de control de lectura, porque así no se fomenta un aprendizaje. Sólo lleva a que el alumno busque en el texto la respuesta a las preguntas. El docente debe generar momentos de discusión en el aula sobre la lectura enviada previamente para aclarar y fijar ciertos contenidos, ya que la lectura de textos académicos implica que el estudiante lector haga una jerarquización de lo que es más importante y en ese proceso muchas veces el alumno no logra distinguir qué es lo realmente importante. Ahí interviene el trabajo del profesor y del resto de compañeros para determinar cuáles son esas ideas principales.
  • Estimular a que los estudiantes se expresen más por escrito. Al escribir se ordenan y se fijan los pensamientos, algo que en el lenguaje oral resulta más caótico. Es por ello que Carlino surgiere instancias de escritura breve que además funcionan para aquellos estudiantes que normalmente no hablan en clase. Es una manera diferente de obtener feedback acerca de los contenidos de la clase.

Lo interesante de todo esto es que la Dra. Carlino puso en práctica estos conceptos con nosotros mismos los docentes. Pasamos por instancias de escritura, reflexión post lectura y en cada dinámica, venían sus preguntas invitándonos a reflexionar para qué sirve esto y aquello. Con el taller pudimos ponernos en la piel de los estudiantes y con ese conocimiento desde la carne, volver a las aulas, al campo de juego, para dar nuevo aire al proceso de enseñanza.

Espero con ansias volver a las clases y poner en marcha todo lo aprendido.

 

Saudade de Domingo #36: Necesidad

En las clases de Guion de las últimas semanas, hemos venido hablando sobre la importancia de armar bien el conflicto de la historia y de su relación directa con el personaje. Éste debe tener una carencia o algo insatisfecho dentro de sí para que cuando aparezca una situación determinada, se active en él la necesidad de luchar, de moverse en función a un objetivo. Esa necesidad en términos dramatúrgicos, toma el nombre de necesidad dramática, que no es más que cualquiera de las necesidades (de amor, de realización profesional, heroísmo, libertad) que tenemos todos en mayor o menor medida, según el momento de la vida que estemos transitando.

Siempre me resulta curioso enseñar en Guion, la relación del conflicto con la necesidad dramática de los personajes y viceversa. Por un lado me resulta un poco obvio enseñar esto pero por otro lado, cada vez que lo enseño sumado a las preguntas de los chicos, siento que aprendo más sobre el conflicto y las personas (en la vida real). «¿Y qué pasa si un personaje no tiene ninguna necesidad?», me preguntó una vez un estudiante. Y yo le respondí, «pues no habrá situación alguna que mueva a ese personaje y por tanto no habrá conflicto». En ese momento recordé a muchos conocidos que están aparentemente como el personaje que señaló el estudiante. Personas que desconocen sus propias necesidades, que no saben bien por dónde ir, cómo moverse, qué hacer. Al igual que en la dramaturgia, las personas no siempre saben sus necesidades sino que las van descubriendo a medida que se encuentran con situaciones en las que deben decidir algo. Pero incluso en esas situaciones, varios conocidos parecen no tener conciencia de que algo interno se movió o se despertó. Entonces esa necesidad que quiso manifestarse vuelve a dormirse hasta que quizás en algún momento por alguna razón, vuelva a despertarse y quizás esta vez la persona estará atenta a escucharla.

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Cada persona tiene su tiempo para hacer y vivir las cosas. Por tanto la necesidad de una persona debería activarse cuando sea el momento indicado. Luchar por un amor, por un trabajo, por los ideales de una sociedad, por la justicia, son diferentes clases de necesidades unidas a una situación que dan lugar a un conflicto. En la vida quizás tenemos una gran necesidad de algo y sólo nos enteramos muchos años después, atando cabo de nuestros errores pasados. En dramaturgia clásica, para no ver un sinnúmero de escenas dispersas, deberíamos arrancar la historia en el punto cercano a esa «iluminación» que va a tener el personaje. Ver durante los primeros minutos la situación de vida del personaje para luego ponerlo frente a una situación (muerte de alguien cercano, amor a primera vista, concurso de méritos, oferta de trabajo, divorcio, etc.) y que a partir de ahí, accione creándose un conflicto. Recuerdo una vez, cuando trabajaba como asistente de dirección en una obra de teatro, que el director vio durante los ensayos a una de las actrices darse tumbos sin que se sintiera vivo a su personaje. La dejó «actuar» así durante unos minutos. El otro actor metido en su personaje le hacía reclamos por algo que pasaba en la trama y ella actriz, desde su personaje no accionaba. Luego el director interrumpió la escena para decirle: «¿sabes cuál es tu problema? Es que no tienes clara la necesidad de tu personaje y por tanto no deseas nada. Cuando tienes claro el deseo todo se organiza». Esa última frase me cayó como una revelación, como si hubiera sido yo un personaje y me enfrentaba a una situación en la que «descubría» cuál era mi necesidad, mi deseo. En aquel momento me debatía entre irme a estudiar fuera del país o no. Tenía muchas dudas acerca de cómo sobreviviría afuera y al escuchar esa frase comprendí que lo importante era irme, tener la férrea decisión de estudiar afuera y que luego sobre la marcha «algo» ayudaría a organizarlo todo.

man-walking-down-road-alone-640x376.jpgY así fue. Estrenamos la obra, la actriz se lució y fue muy felicitada por su interpretación, mientras yo empecé las averiguaciones para hacer una maestría fuera del país. Tomó un tiempo barajar opciones, esperar respuestas, hasta que finalmente en marzo del 2012 me fui a vivir a Buenos Aires, llevando conmigo ilusiones, sueños y proyectos. No sabía bien qué pasaría pero tenía claro que mientras tuviera clara mi necesidad de superación, todo alrededor se organizaría, que el universo conspiraría a mi favor, como se dice en Metafísica. Pasaron muchas cosas buenas y no tan buenas en ese proceso, pero conseguí lo que quería. Mi ceremonia de graduación fue un lindo final del tercer acto de mi propia película.

Es así como una clase de Guion me recuerda, a través de las necesidades dramáticas de los personajes, que uno como persona debe estar enchufado con el interior, prestar atención a las necesidades y a las situaciones que se presenten. Que si queremos que algo pase hay que estar atento. Todo pasa por algo y nunca se sabe cuál puede ser el próximo objetivo (conflicto en términos dramatúrgicos). Por eso nos encanta tanto ir al cine, leer un libro, ver una obra de teatro. Necesitamos ver a modo de espejo, la lucha de un personaje, cómo se sobrepone a los obstáculos y cómo finalmente consigue o no cumplir sus objetivos. Somos seres de lucha.

Saudade de Domingo #32: Lo que amo

Enseñar siempre me pone en una situación de cuestionamiento. Aun cuando preparo mis clases con actividades y tiempos destinados para cumplir con los objetivos de cada sesión, siempre sucede algo mágico en el acto de enseñar. En una buena clase todo fluye, los estudiantes están conectados, participan y las horas vuelan. En otra clase, todo elemento externo se vuelve un distractor, los chicos no entran en la atmósfera y el tiempo pasa lento. Cada clase es como una función de teatro, en la que uno puede salir sintiéndose el mejor o el peor actor del mundo. Y es en ese proceso de armar y desarmar, de prueba y error, donde queda claro si uno ama enseñar o lo hace sólo porque «no hay otra cosa más que hacer».  Yo creo firmemente que enseñar debe ser un acto de amor.

No me refiero al amor que acaricia, que todo lo justifica y todo lo sufre, sino al amor de entregarse, de mirar a ese chico o a esa chica que ha optado por estudiar y llamar su atención, de hacerlo cuestionarse, de enojarlo si es necesario. Es un amor que no mezquina el conocimiento, que comparte certezas, dudas y baja al profesor del Olimpo para convertirlo en un humano dispuesto a prestar su cuerpo, su voz, su energía para que otros seres aprendan, abran sus ojos y construyan criterios. Es un amor que se permite también bromear con los estudiantes, mostrando que la enseñanza no debe ser un acto aburrido ni severo, que lo lúdico también hace parte del aprendizaje. Es también un amor que debe dejar ir a los estudiantes, que no debe hacerse expectativas. Cada uno de ellos tiene su propio proceso y se irán, volverán o quizás decidan cerrar la puerta de la clase para siempre. Eso también hace parte de la enseñanza y el aprendizaje.

Y es con la enseñanza que he aprendido a crecer profesionalmente y como individuo. Esta semana en particular, a partir de una de mis clases, me he cuestionado qué amo. Lo más a la mano que tenía era obviamente el enseñar y por eso abrí este post con ese tema, pero extendiendo la pregunta a otras esferas, surgen muchas cosas. No voy a extenderme por acá en las explicaciones del porqué amo cada cosa. Prefiero más bien plantear sólo el qué y que las razones floten en la cabeza de quien lea esto.

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Yo, en una tertulia de amigos en Quito (2011). Amo recordar ese viaje.

Amo a mi familia, amo mis rutinas, amo charlar, amo besar, amo abrazar, amo caminar con frío, con calor. Amo aprender, me excita las neuronas encontrar un campo de posibilidades para estudiar. Amo comer, conocer nuevos lugares donde una nueva sazón renueve mis papilas. Amo viajar, armar maletas y lanzarme a las calles del nuevo lugar. Amo escribir, elegir verbos, delinear personajes y aunque duela, colocar la palabra fin como término de la historia. Amo aprender idiomas, buscar la manera de incorporar palabras, familiarizarme con fonéticas extrañas y ver cómo voy dominando una lengua ajena. Amo leer, sumergirme en otros mundos, escudriñar la carpintería escondida en la narrativa de cada autor que llega a mis manos. Amo la imagen, la pintura, la fotografía, el cine, la televisión, encontrando un encuadre conmovedor que pueda dejarme hipnotizado. Amo el teatro, ver al actor en escena, crisparme los pelos con la magia del espacio y probarme yo mismo desde el escenario. Amo salir con amigos, perdernos en lo no planificado y que la magia marque las diferentes estaciones de llegada. Amo jugar con mis mascotas y volver a ser un niño sin preocupaciones. Amo recordar, fijar momentos importante con precisión cinematográfica para luego embriagarme de saudade. Amo la música, dejar que las melodías penetren los poros de la piel y me conmuevan los lacrimales (sobre todo me pasa con el Bossa Nova y el Jazz). Amo el olor a tierra mojada y aroma de un buen incienso, que me coloque en un estado de calma. Amo amar desde el primer chakra, con toda la pasión de la que puedo ser capaz, aunque pueda equivocarme. Hace parte del juego…

Sí… de cierta forma, también amo equivocarme.

Saudade de Domingo #25: Las sorpresas del aula

El profesor aprende siempre, pero hay materias que logran que ese aprendizaje sea quizás más intenso o quizás no sea alguna asignatura en particular sino el contexto en el que se da esa clase. El jueves pasado terminé la clase de Storytelling, materia que tuvo una génesis abrupta, delirante. Una materia que me llegó como un desafío repentino y que me sacó del confort de dar una materia preparada en su totalidad desde el inicio del ciclo. Storytelling se construyó sobre la marcha, del mismo modo que los guionistas latinoamericanos escriben los capítulos de las telenovelas. Haciendo ajustes en el camino, probando qué funcionaba, qué no, dejando afuera ejercicios que debieron quedarse en el disco duro de la compu dada la intensidad de la materia. Preparar 7 horas de clase por semana era un desafío pero me lancé para probarme hasta dónde podía llegar. Paralelamente a estas clases, empecé a entrenarme actoralmente y como todo es sistémico, muchos de los descubrimientos que fui haciendo en mí, de alguna manera se volcaron también en las clases.

Amo las materias que enseño, pero Storytelling era como el hijo pequeño, rechonchito, cariñoso que había que mimar. Hice en esta materia los ejercicios de creatividad que hubiera querido hacer cuando era estudiante de pregrado. Storytelling es el fruto de todas las clases que di anteriormente. Los años de enseñanza (que tampoco es que son tantísimos) enseñan, valgan la redundancia, a ser menos caótico, un poco más paciente y dúctil.

En Storytelling más allá cumplir un syllabus, un programa, lo que realmente me planteé fue que los chicos se quitaran esas ideas absurdas de la cabeza de que no pueden escribir, de que están negados para crear. Escucharlos decir “no puedo” era verme a mí mismo sentado como estudiante sufriendo porque “no podía”, atrapado por mis miedos de no ser bueno, de no hacer las cosas bien. Decirles que podían, que nadie los puede limitar en crear, era recordarme a mí que puedo escribir, que puedo soñar con el libro que aun no termino, con la peli que estoy escribiendo.

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Las 25 cartas sobre el escritorio, antes de la entrega.

La semana pasada que era casi la última de clases, mientras presentaban unos trabajos empoderados con sus historias, pensé: les quiero escribir. No dije nada, quería que fuera una sorpresa, además porque tampoco estaba seguro de terminar de escribir una carta personalizada. Así que desde el fin de semana empecé a leer de un tirón todos los post de los blogs que habían creado para la materia  y luego me di a la tarea de escribir una carta para cada uno, destacando sus fortalezas, lo que debían mejorar y consejos para seguir en la aventura del escribir. Fueron demasiadas horas. ¡25 alumnos! Iba con la lista de excel sombreando a los que ya les había escrito. En algún momento pensé “ya está, no lo logré, igual no saben lo que tenía planeado”. Pero una voz interna, fiscalizadora me ponía frente a la pantalla a seguir leyendo y escribiendo. Si apreciarían o no la carta, no era asunto mío.  Creo que a veces esperamos siempre algo del otro y me parece que hay que empezar por uno mismo. Entregarle una carta a cada uno, era además entregarme una carta. Entregarle una carta al Santiago niño, al Santiago adolescente con acné, al Santiago universitario de pelo largo y barba tupida, al Santiago del magíster viviendo en el sur del planeta. No creo que vuelva a escribir cartas pero seguramente buscaré algún otro recurso que vaya acorde al espíritu de la materia y de los estudiantes. De cualquier manera como docente, me gustó el ejercicio de volver a algo retro como la comunicación epistolar. Cada tanto viene bien recuperar ciertas costumbres perdidas y enseñar me dio la oportunidad.

Saudade de Domingo #3: Enseñar, aprender (y viceversa)

Esta semana vi con sorpresa en el muro de una amiga de Facebook, el video que está arriba: Thank a Teacher Today, en donde un grupo de actores conocidos agradecen lo que son hoy por un profesor representativo en sus vidas. No agradecen a alguien con nombres y apellidos, pero buscan exaltar a la figura de aquel gran profesor que se prepara día a día, que aclara el camino, despeja dudas y que luego de un tiempo termina cayendo en el olvido, tanto por los alumnos como por las autoridades estatales que aun no logran darle la verdadera importancia que tiene un docente en la formación de un estudiante, especialmente durante sus primeros años.

Viendo el video recordé el caso excepcional de la educación en Finlandia, del que tuve mayor conciencia a través del documental The Finland Phenomenon. En ese país nórdico de inviernos severos y veranos endebles, la educación es una gran preocupación estatal. Se seleccionan a los mejores perfiles para que se conviertan en profesores, reciben una educación integral de primera mano, se les brinda un acompañamiento durante sus primeros pasos al enfrentarse a las aulas con niños y adolescentes de todos los perfiles posibles, ganan salarios acordes al gran esfuerzo de seleccionar cuidadosamente el material con que van a impartir sus clases. En Finlandia ser profesor es un honor, un trabajo de prestigio.

En nuestro país el contexto es otro, no obstante hay un sinnúmero de docentes que viven su trabajo con la pasión que los hace recorrer media ciudad para llegar al centro de enseñanza, trabajar en evaluaciones hasta altas horas de la noche, restarle tiempo a la vida personal para diseñar una clase que esté acorde a las expectativas de los estudiantes cada vez más volátiles. Pienso en algunos de mis profesores, en aquellos que dejaron alguna huella, sea por su marcada personalidad o por la admiración ante ese manantial inagotable de conocimientos que tenía para responder a todo. Jamás habría aprendido italiano sino hubiera tenido una profesora siciliana que, con carácter férreo de sus posibles antepasados turcos, encontraba toda clases de ejercicios gramaticales y fonéticos hasta que hubiéramos entendido determinada lección. Tampoco me habría alimentado de García Márquez sino fuera por una de mis más recordadas profesoras de literatura a la que hoy considero una gran amiga. Mi comprensión media sobre la química fue posible gracias a un profesor que parecía imprimirle un ritmo musical a la tabla periódica de Mendeleiev. La pasión por el cine acompañada del intelecto no era una mezcla posible hasta que conocí a una profesora que no paraba de citar a los grandes de la filosofía y el arte para justificar ideológicamente la elección de cada plano de determinada película. Podría citar muchos profesores que me marcaron, que de evocarlos me sacan una sonrisa y a cuyas clases iba con entusiasmo aunque fuera a las 7 de la mañana.

Quizás esa admiración fue formando dentro de mí un proceso de docente. En la adolescencia, queriendo imitar el trabajo de algunos de mis profesores, empecé a jugar ser docente con mi hermana y una tía, a las que impartía una serie de conocimientos de Historia, Geografía, Gramática. Jugábamos pero yo me tomaba mi rol muy en serio, hacía una preparación de lo que les iba a enseñar en un cuaderno y diseñaba formatos de evaluación parecidos a los que me tocaba rendir en el colegio. Disfrutaba del hecho de aclarar dudas o de generarlas a través de nuevos conocimientos. No todo era perfecto obviamente, mi hermana era pequeña y terminaba cansándose si pasaba mucho tiempo sentada. Entonces le rogaba por unos minutos, que ya íbamos a terminar la clase. Luego pasé a enseñar italiano. Mi tía, una fanática de la cultura italiana, estuvo encantada con el cambio, así que me di a la tarea de seleccionar varios textos de mi primer año en el colegio italiano y empezamos las clases. Años después sin imaginármelo, empecé a enseñar el mismo idioma en la Dante Alighieri de Guayaquil. Ahora era jugar en serio y ponerme a prueba enseñando a otros que no eran familiares.

El siguiente desafío fue la universidad, donde comencé primero como ayudante de cátedra a los 21 y como profesor al año siguiente. La primera dificultad era enfrentarme a alumnos que casi no tenían mucha diferencia de edad conmigo. A medida que fue pasando el tiempo, la brecha se ha ido distanciando y a lo largo de estos 7 años, muchas cosas han cambiado en mí, en la recepción de las clases, en la ejecución de los programas, en el intercambio con los estudiantes que me obliga a estar siempre actualizado, investigando ya a modo de vicio para luego tener algo adicional que aportar en la cátedra.

No todo es fácil ni agradable. Toca sortear con estudiantes de perfiles diametralmente opuestos en una misma aula y se vuelve imperativo negociar, saber qué decir y qué no decir. Hay cursos con los que hay poca empatía pero aun en esas circunstancias, es necesario darlo todo. Escribiendo esto me acuerdo de una frase que una colega me dijo alguna vez cuando empecé a dar clases en la facultad: “No pretendas salvar al mundo con tus clases”. Cargado del idealismo de los primeros años, hice poco caso y me dediqué a encontrar los casos difíciles para desafiarme y hacer que ese estudiante aprendiera o al menos le tomara cariño a la materia. En algunos casos lo conseguí, en otros no me fue muy bien…

Durante mi estadía de tres años en Buenos Aires, donde cursé una maestría en Audiovisual, volví a ser alumno, lo que me brindó una gran enseñanza. Ahora veía a mis profesores desde otro lugar y podía darme cuenta de las costuras de las clases, del diseño pedagógico que usaban. Era darme cuenta de aquellos detalles “tras bastidores”. Fue en esa vuelta a ser alumno que terminé por entender que cada estudiante tiene su propio ritmo, su propio tiempo. Habrá alguno que entienda todo y lo incorpore, como habrá alguno que seleccione sólo ciertos temas para aprender y otros que probablemente necesitarán varios meses o años para que el conocimiento de determinada materia les llegue. No hay mejores ni peores, sino diferentes.

Quizás el mayor reconocimiento de mi actividad docente sea cuando ex alumno/a se me acerca y de forma desinteresada me dice que X cosa que aprendió en mi clase la pudo aplicar en su ámbito profesional o pudo resolver determinado problema a partir de algún consejo en el aula. El agradecimiento que llega meses o años después tiene y viene con mucha fuerza.

Sigo siendo un profesor joven, no me creo dueño de la verdad, tampoco creo ser el mejor y no quisiera serlo, pues en esa falsa creencia terminaría mi aprendizaje. Me gusta saberme errático, con un fuerte compromiso por enseñar y sentir que los estudiantes y los autores que estudiamos en clases me modifican, me ponen en conflicto, me enseñan a aprender. Al igual que los actores del vídeo, soy lo que soy gracias a los profesores que he tenido, porque algo de ellos está en mis clases, en algún trabajo en grupo, en una respuesta, en algún examen.