Saudade de Domingo #3: Enseñar, aprender (y viceversa)

Esta semana vi con sorpresa en el muro de una amiga de Facebook, el video que está arriba: Thank a Teacher Today, en donde un grupo de actores conocidos agradecen lo que son hoy por un profesor representativo en sus vidas. No agradecen a alguien con nombres y apellidos, pero buscan exaltar a la figura de aquel gran profesor que se prepara día a día, que aclara el camino, despeja dudas y que luego de un tiempo termina cayendo en el olvido, tanto por los alumnos como por las autoridades estatales que aun no logran darle la verdadera importancia que tiene un docente en la formación de un estudiante, especialmente durante sus primeros años.

Viendo el video recordé el caso excepcional de la educación en Finlandia, del que tuve mayor conciencia a través del documental The Finland Phenomenon. En ese país nórdico de inviernos severos y veranos endebles, la educación es una gran preocupación estatal. Se seleccionan a los mejores perfiles para que se conviertan en profesores, reciben una educación integral de primera mano, se les brinda un acompañamiento durante sus primeros pasos al enfrentarse a las aulas con niños y adolescentes de todos los perfiles posibles, ganan salarios acordes al gran esfuerzo de seleccionar cuidadosamente el material con que van a impartir sus clases. En Finlandia ser profesor es un honor, un trabajo de prestigio.

En nuestro país el contexto es otro, no obstante hay un sinnúmero de docentes que viven su trabajo con la pasión que los hace recorrer media ciudad para llegar al centro de enseñanza, trabajar en evaluaciones hasta altas horas de la noche, restarle tiempo a la vida personal para diseñar una clase que esté acorde a las expectativas de los estudiantes cada vez más volátiles. Pienso en algunos de mis profesores, en aquellos que dejaron alguna huella, sea por su marcada personalidad o por la admiración ante ese manantial inagotable de conocimientos que tenía para responder a todo. Jamás habría aprendido italiano sino hubiera tenido una profesora siciliana que, con carácter férreo de sus posibles antepasados turcos, encontraba toda clases de ejercicios gramaticales y fonéticos hasta que hubiéramos entendido determinada lección. Tampoco me habría alimentado de García Márquez sino fuera por una de mis más recordadas profesoras de literatura a la que hoy considero una gran amiga. Mi comprensión media sobre la química fue posible gracias a un profesor que parecía imprimirle un ritmo musical a la tabla periódica de Mendeleiev. La pasión por el cine acompañada del intelecto no era una mezcla posible hasta que conocí a una profesora que no paraba de citar a los grandes de la filosofía y el arte para justificar ideológicamente la elección de cada plano de determinada película. Podría citar muchos profesores que me marcaron, que de evocarlos me sacan una sonrisa y a cuyas clases iba con entusiasmo aunque fuera a las 7 de la mañana.

Quizás esa admiración fue formando dentro de mí un proceso de docente. En la adolescencia, queriendo imitar el trabajo de algunos de mis profesores, empecé a jugar ser docente con mi hermana y una tía, a las que impartía una serie de conocimientos de Historia, Geografía, Gramática. Jugábamos pero yo me tomaba mi rol muy en serio, hacía una preparación de lo que les iba a enseñar en un cuaderno y diseñaba formatos de evaluación parecidos a los que me tocaba rendir en el colegio. Disfrutaba del hecho de aclarar dudas o de generarlas a través de nuevos conocimientos. No todo era perfecto obviamente, mi hermana era pequeña y terminaba cansándose si pasaba mucho tiempo sentada. Entonces le rogaba por unos minutos, que ya íbamos a terminar la clase. Luego pasé a enseñar italiano. Mi tía, una fanática de la cultura italiana, estuvo encantada con el cambio, así que me di a la tarea de seleccionar varios textos de mi primer año en el colegio italiano y empezamos las clases. Años después sin imaginármelo, empecé a enseñar el mismo idioma en la Dante Alighieri de Guayaquil. Ahora era jugar en serio y ponerme a prueba enseñando a otros que no eran familiares.

El siguiente desafío fue la universidad, donde comencé primero como ayudante de cátedra a los 21 y como profesor al año siguiente. La primera dificultad era enfrentarme a alumnos que casi no tenían mucha diferencia de edad conmigo. A medida que fue pasando el tiempo, la brecha se ha ido distanciando y a lo largo de estos 7 años, muchas cosas han cambiado en mí, en la recepción de las clases, en la ejecución de los programas, en el intercambio con los estudiantes que me obliga a estar siempre actualizado, investigando ya a modo de vicio para luego tener algo adicional que aportar en la cátedra.

No todo es fácil ni agradable. Toca sortear con estudiantes de perfiles diametralmente opuestos en una misma aula y se vuelve imperativo negociar, saber qué decir y qué no decir. Hay cursos con los que hay poca empatía pero aun en esas circunstancias, es necesario darlo todo. Escribiendo esto me acuerdo de una frase que una colega me dijo alguna vez cuando empecé a dar clases en la facultad: “No pretendas salvar al mundo con tus clases”. Cargado del idealismo de los primeros años, hice poco caso y me dediqué a encontrar los casos difíciles para desafiarme y hacer que ese estudiante aprendiera o al menos le tomara cariño a la materia. En algunos casos lo conseguí, en otros no me fue muy bien…

Durante mi estadía de tres años en Buenos Aires, donde cursé una maestría en Audiovisual, volví a ser alumno, lo que me brindó una gran enseñanza. Ahora veía a mis profesores desde otro lugar y podía darme cuenta de las costuras de las clases, del diseño pedagógico que usaban. Era darme cuenta de aquellos detalles “tras bastidores”. Fue en esa vuelta a ser alumno que terminé por entender que cada estudiante tiene su propio ritmo, su propio tiempo. Habrá alguno que entienda todo y lo incorpore, como habrá alguno que seleccione sólo ciertos temas para aprender y otros que probablemente necesitarán varios meses o años para que el conocimiento de determinada materia les llegue. No hay mejores ni peores, sino diferentes.

Quizás el mayor reconocimiento de mi actividad docente sea cuando ex alumno/a se me acerca y de forma desinteresada me dice que X cosa que aprendió en mi clase la pudo aplicar en su ámbito profesional o pudo resolver determinado problema a partir de algún consejo en el aula. El agradecimiento que llega meses o años después tiene y viene con mucha fuerza.

Sigo siendo un profesor joven, no me creo dueño de la verdad, tampoco creo ser el mejor y no quisiera serlo, pues en esa falsa creencia terminaría mi aprendizaje. Me gusta saberme errático, con un fuerte compromiso por enseñar y sentir que los estudiantes y los autores que estudiamos en clases me modifican, me ponen en conflicto, me enseñan a aprender. Al igual que los actores del vídeo, soy lo que soy gracias a los profesores que he tenido, porque algo de ellos está en mis clases, en algún trabajo en grupo, en una respuesta, en algún examen.

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