Saudade de Domingo #108: La lectura

He dejado este espacio por algunas semanas pero ha sido por un pequeño problema de salud. El retraerme de ciertas actividades laborales fue también la oportunidad de hacer cosas que normalmente hago de forma limitada como ver películas y sobre todo, leer. Al estar en reposo, estaba «obligado» a realizar actividades más bien pasivas que no demandaran mucho esfuerzo físico, de modo de que el ver y el leer fueron espacios importantes para mi recuperación. Sobre lo que vi, comentaré en otro post, pues ahora me gustaría centrarme en la lectura, que de alguna forma, esconde implícitamente a la escritura.

lecturaLa lectura ha sido desde mi infancia una actividad que me ha acompañado en una infinidad de momentos. Antes de dormir, al despertar, al almorzar, luego de almorzar, en el metro, en el colectivo, en el avión, en el tren, caminando (sí, aunque es medio complicado), esperando a alguien. Incluso he llegado a soñarme leyendo. Recuerdo haber leído en alguna entrevista a Borges donde decía que podía prescindir de la escritura, pero jamás de la lectura, cosa que en su momento me llamó la atención viniendo de alguien con una literatura potente pero que ahora, con el paso del tiempo, no puedo estar más que de acuerdo.

Hemingway seguramente pensaba parecido a Borges. En una entrevista la preguntaron qué debía leer un joven escritor y respondió que debía leer todo. A la pregunta de su interlocutor alegando que era imposible leerlo todo, Hemingway había replicado: «No digo lo que puede, digo lo que debe».

Los libros para mí son una especie de manto protector. Me aíslo y al mismo tiempo, me introduzco en el mundo, veo la vida pasar a través de un autor, autora que ha tamizado su cosmovisión a través de las letras. Navego en otros espacios y tiempos posibles, me desafío en la rítmica que impone su creador, subrayo las frases, pasajes que más me golpean (no hay otro verbo mejor) y luego al terminar el libro, siento la acuciosa necesidad de empezar otro camino, esto es, otro libro. Es una adicción que no cesa.

El tiempo de lectura puede ser breve o largo, aunque reconozco que soy más de breves lapsos. Me gusta disfrutar de la lectura a cuentagotas, con derecho a repetir ciertas frases en la siguiente sesión a modo de «escenas del capítulo anterior» tan de moda en las series actuales.

En esos espacios breves de lectura también incluyo los libros que no he leído en sulectura3 totalidad. Cuando voy a una librería, lo que más odio es cuando el dependiente se me acerca y me pregunta si busco algo. Sé que hace parte de su protocolo pero no quiero explicarle que no lo necesito, que lo que busco será producto de los libros que se presenten ante mí, que serán ellos quienes me escojan aun cuando muchas veces tenga una idea vaga de qué quiero leer. Usualmente sólo sonrío y saludo, suponiendo que mi no respuesta es un pedido humilde de no querer ser interrumpido en mi búsqueda literaria.

Luego de eso empieza la aventura. Recorro los estantes, saco varios libros, los ojeo, los huelo y si hay algo que me conecte, me quedo con ese libro en la mano hasta tomar una decisión final. Al salir de la librería, con uno o varios libros a la cuenta, los diferentes fragmentos leídos revolotean en mi cabeza, del mismo modo que cuando uno ve un trailer a medias y a veces quisiera saber el nombre de la película.

La lectura además de extraerme por instantes de la realidad, me resulta un combustible para mi propia escritura. García Márquez, en ocasión de un taller de guion que dictaba en San Antonio de los Baños, dijo que los escritores leíamos mucho sólo para saber cómo los otros han logrado escribir esos libros, como si se tratara de descubrir la alquimia, la magia que envuelve a la carpintería de esos textos. En cierto punto, estoy de acuerdo, pero también es verdad que muchas veces me abandono a esa magia, sin importarme cómo logró «embrujarme». Quizás esto de la magia se vuelve más evidente, cuando salto de un autor a otro y percibo inmediatamente que utiliza otra «caja de herramientas». Me ha sucedido hace poco luego de leer varios libros de Mariana Enríquez y pasar a Alan Pauls. Y de Pauls a Andrés Neuman. Comparando la escritura de los tres percibo el arsenal del que cada uno dispone y me he encontrado varias veces releyendo fragmentos en busca de «sus técnicas».

A propósito de Neuman, estoy leyendo su reciente novela Fractura. Es un trabajo de largo aliento pero no puedo parar de leerlo. La prosa con la que escribe tiene una melodía que el tiempo parece quedarse suspendido ante los acontecimientos mínimos que atraviesan la historia. Leyéndolo, me sucede algo parecido a lo que decía George Steiner: «En cada acto de lectura completo late el deseo de escribir un libro en respuesta». No es que pretenda «competir» con la novela de Neuman sino que me inspira a continuar  su trabajo, no como una segunda parte, sino como una siguiente jugada, como si fuera un tiro de esquina en el universo de la creatividad, con mi propia «caja de herramientas». Algo de eso produce la lectura de las grandes obras, ese deseo implícito de aportar con la escritura y así seguir saboreando esa telaraña de novelas y relatos que luego viven en comunión en una librería o biblioteca para elegir a sus lectores.

Bajar es lo peor

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La primera novela de Mariana Enríquez, una autora de la que ya he podido leer trabajos más recientes y con la que me siento muy identificado en su manera de describir los espacios y las situaciones. Puede ser poética y al mismo tiempo muy trash cuando pone voz a sus personajes. En esta novela tiene la maestría de hacer convivir un realismo sucio con el mundo de lo fantástico sin que se sientan como dos universos divorciados. Su escritura fluye a través de los breves capítulos que nos llevan a conocer la vida Narval y Facundo, ambos junkies de las noches de Buenos Aires. Son una suerte de vampiros que se alimentan entre sí. Facundo, un ángel caído, un héroe trágico hijo de las calles es el personaje por el cual todos los demás giren cayendo en su telaraña de seducción.

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Saudade de Domingo #66: Tiempo para la lectura

En tiempos cada vez más visuales, leer es una actividad que ha ido quedando más desplazada. Lo veo en mí, en mis colegas, en mis estudiantes. El espacio dedicado a la lectura va reduciéndose en tiempo y normalmente queda relegado a las noches antes de dormir. Y no hablo de la lectura por trabajo sino a la placentera, aquella que tiene igual función de entretenimiento como ver una peli o una serie en Netflix. La que permite recrear mundos, acompañar una trama, amar u odiar personajes, devorar las páginas para llegar al final y estremecerse cuando se cierra la última página.

La lectura gozosa es algo que siempre me ha acompañado. La necesito para calmarme, para no aburrirme y sobre todo porque me encanta generar imágenes con las palabras, casi de una forma terapéutica. Sin embargo en los últimos meses dado el trabajo en la universidad y otros proyectos en paralelo, he tenido que optar por leer cuentos, relatos breves, dejando varias novelas en camino de espera. Han sido meses de lecturas muy interesantes, de descubrir algunos autores y releer otros. Schweblin, Neuman, Stephen King, Felizberto Hernández. He quedado enamorado de los cuentos de Mariana Enríquez y de Liliana Colanzi, autoras a las que llegué casi por accidente. En agosto recorría una librería de calle Corrientes y me encontré que Nuestro mundo muerto, cuyo título me sonaba familiar; entré a Google y encontré el artículo del diario El País que hacía una lista del nuevo boom latinoamericano, esta vez de mujeres. Ahí estaba Colanzi, Enríquez, también mi compatriota Mónica Ojeda, de la que hablaré en unas líneas más abajo.

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Caminando por otra librería, me encontré con Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, quien escribe los cuentos con un tempo que no decae jamás, con personajes muy bien delineados y con desenlaces que siempre terminan por darte un knock out. Sea por su complejidad o por su ligereza. En Nuestro mundo muerto, Colanzi al igual que Enríquez, construye personajes desde lo cotidiano, pero en la primera la presencia de lo fantástico tiene mucha más presencia. Mi cuento favorito es La ola, un cuento en el que va desde la gélida Cornell (New York) hasta los Andes Bolivianos, en una atmósfera enrarecida por situaciones que en Colanzi encajan sin fórceps. Es de esas autoras que golpea con cariño a sus personajes, con dulzura y sin piedad.

Terminado el libro de Colanzi, empecé la última antología de cuentos de Stephen King El Bazar de los malos sueños. No es que fuera una antología pensada como tal, pues se trata en realidad de una recopilación de muchos relatos breves que King ha publicado en los últimos años en diversas revistas. La verdad creo que no lo hubiera empezado a leer sino fuera porque Mariana Enríquez en su columna en Página 12, recomendaba su lectura. Y ya que había quedado enamorado de su escritura, su opinión pesó mucho. Como resultado, los cuentos me mantuvieron en vilo. Buscaba tiempos muertos para leer (como hacía con Colanzi y Enríquez) y terminé el libro relativamente rápido.

Pensando en el tiempo invertido y en mi idea de «no tengo tiempo ahora para dedicarle a una novela», me di cuenta que ya era momento de volver a las novelas en cola. Así que hoy empecé Nefando, de Mónica Ojeda. El año pasado leí su primera novela, La desfiguración Silva y ese aire bolañesco en una Guayaquil actual me tuvo agarrado del libro de inicio a fin. Fue un gran descubrimiento y presiento que este segundo trabajo de Ojeda no me defraudará tampoco.

De modo que he vuelto a una novela y la idea del tiempo es relativa. No tengo prisa por finalizar el libro, así que veré por cuáles caminos me llevará esta nueva historia. Terminada la misma trataré de recoger impresiones, dudas acerca de la novela, más que a modo de crítica, a modo de aclararme ciertos temas. Bucear en el universo de una novela es un salto al vacío y como todo regreso es necesario recapitular, registrar, todo para volver a lanzarse.