Conductora: Belinda
Desde: Books and Books
A: The Art Deco Museum
No tenía ganas de hablar en inglés, así que como en la aplicación decía que la conductora se llamaba Belinda, la saludé en español. Ella me respondió con un torrencial acento portorriqueño. Me preguntó inmediatamente de dónde era. Al saber que era de Ecuador, desplegó una sonrisa (no la ví, la intuí por el movimiento de sus ojos a través del retrovisor) y me dijo que soñaba con ir a las Galápagos y a la Mitad del Mundo. “Pero si voy, tengo que ir unos dos meses, porque me gusta quedarme, hablar con la gente”. En ese momento percibí que íbamos a tener una charla interesante, como en efecto sucedió.

A Belinda le dio curiosidad que yo estuviera en una librería. Le conté que llegué ahí por casualidad, que había caído una tormenta breve y para guarecerme, encontré gratamente esa librería. Me dijo que no la conocía y le llamaba la atención ya que en los últimos años, habían cerrado muchas librerías en Miami. La cadena norteamericana Barnes and Noble había cerrado grandes sucursales y por ello, según Belinda, es necesario desplazarse en auto para ir a las pocas que quedan. No me sonaba extraño lo que me decía, pues siempre que viajo a alguna ciudad me gusta rastrear sus librerías y en el google maps aparecían unas cuantas, bastante lejos entre sí (de hecho en Miami Beach, donde me alojaba no me aparecía ninguna). Belinda se definía como una mujer muy lectora, capaz de quedarse horas en una librería, saboreando varios libros hasta finalmente decidirse por uno. “No me gusta eso de leer varios al tiempo, prefiero leer uno cada vez”. Ahora su visita a librerías es más esporádica ya que debe planificarlas más. Esa es una de las cosas que no le gustan actualmente de la ciudad.
Belinda lleva en Miami cinco años, desde que dejó San Juan. Me hizo saber de su orgullo boricua en múltiples ocasiones durante el recorrido. No le gustaba Miami para vivir y menos aun le gustaban los nativos de Miami, a quienes consideraba muy ásperos en el trato. Le hacía falta el ambiente de su ciudad, estar con su familia, respirar la vida cultural que llevaba en San Juan, ir a los cines, a los teatros. “Acá en Miami no hay identidad, mientras que en nuestros países hay mucha cultura, gastronomía. Acá se vive como en Disney, la gente nunca aterriza”. Me gustó esta última frase y la anoté en el teléfono mientras me comentaba que si ella quería ir a ver otro tipo de cine que no fuera el comercial, tenía que ir hasta Hollywood (Florida, no California), cerca de una hora de distancia de su casa, para poder ver documentales o ciclos de cine europeo. Le comento que en Guayaquil llevo adelante con una colega, un cine club en la universidad donde trabajamos. Los ojos de Belinda brillan y como si eso le diera confianza, como si hubiera una hermandad en cuanto a consumos culturales, me confiesa que es escritora en sus tiempos libres.

Con una mezcla de orgullo y entusiasmo de niña traviesa, me dice que se ha propuesto escribir dos libros de acá a cinco años. Yo sonrío y me contagio con su emoción mientras entramos a Miami Beach por la 5th Street. Me dice que escribe para motivarse ella y para motivar a los demás. No me dijo cuáles eran sus referentes pero sí me dijo que sus libros eran de autoayuda, que cree haber vivido lo suficiente (debía andar por los cincuenta) para compartir un poco de su visión con sus lectores. Su objetivo es que los demás se realicen en lo que realmente quieren en la vida. Como ejemplo me puso a su sobrina que vive en New Jersey. “Desde pequeña le vi inclinaciones hacia la pintura y yo cada que podía, le mandaba acuarelas, pinturas, papel y ahora que tiene quince años, dice que quiere estudiar Bellas Artes”. Su orgullo de tía se manifiesta. Con las manos fijas en el volante y con el corazón caliente, Belinda me regaló sus ojos en el retrovisor y un fragmentito de su vida. Al despedirnos, como quien tiene la seguridad de volver a encontrarse con un amigo en el futuro, me sentí feliz. Ya afuera de su auto, me di cuenta que Belinda me había alegrado durante esa media hora de viaje con su energía. No era una habladora new age, sino una convencida que irradiaba felicidad a quien tenía la suerte de subirse en su auto.
Me he quedado con muchas ganas de leer sus libros, cuando los publique.

Chicago – David Mamet
Do the work – Steven Pressfield
Chicken soup for the soul – Inspiration for Writers





Quiero saber, analizar cómo voy adquiriendo destrezas en el idioma. Por lo pronto he empezado a estudiar el Hiragana, que es el primer sistema de escritura que todos sugieren aprender. Luego viene el Katakana y por último, el más difícil, el Kanji, que tiene los caracteres chinos. Para los tres alfabetos hay una infinidad de material de estudio en internet, así que lo difícil es saber por dónde empezar. Un portal muy bueno para iniciar los estudios en 




Creo que la gente local, la arquitectura, el paisaje urbano, fueron ingredientes clave para toda esa inspiración repentina que me vino en Miami. En este viaje asumí la aventura quizás con otro entusiasmo. Fui con el afán de realmente no hacer más que caminar, comprar algunas cosas y olvidarme de las tareas cotidianas. Y ese propósito, de enfrentarme a un lugar desconocido y al mismo tiempo tan familiar gracias a los imaginarios que todos tenemos sobre Miami, fui construyendo mi propio trayecto. Y en ese descubrimiento, la escritura fue clave. Escribir el viaje, es volver a vivirlo, es obligarte a fijar ciertos lugares, ciertas sensaciones, de modo que el haber pasado por un lugar o una ciudad no se queda como un borrón en el corazón sino que adquiere una luz propia, una forma concreta a la que se puede recurrir después de evocarla.
Así que después de pensarlo un poco (sólo un poco), me dejé llevar por el impulso de comprar el pasaje a Miami (gracias, tarjeta de crédito). Aun sigo pagando rubros del viaje a Europa y de loco me metí a un nuevo viaje. Bueno, esto lo pensé una vez que había pagado el boleto y había escogido por Booking el hotel donde me iba a quedar en Miami Beach. Ya no había marcha atrás. Todo lo realicé casi en modo Zen, hasta que luego me di cuenta de lo que había hecho. A pesar de la conmoción, vibraba con la idea de descubrir una nueva ciudad, aun cuando fuera Miami, un lugar que nunca me habría imaginado visitar. Todo mi imaginario sobre Miami se remetía a telenovelas de Telemundo y Univisión, playas, gente linda, la casa de los multimillonarios latinos, largas autopistas pero una ínfima vida cultural. Decidí entonces darme la oportunidad de confirmar o derribar estas percepciones por mi propios ojos. Ya en otro post comentaré del impacto que me generó la ciudad y de las cosas que me sorprendieron.
Lo que suelo hacer en momentos así es mandar al diablo al ego o a esa conciencia racional que estorba más que ayudar.

Recorrí Lincoln Road, esa especie de shopping al aire libre tan concurrido. Empecé a sacar las primeras fotos, entré a varias tiendas y ya por la tarde fui a Miami, donde me refugié en ID Supply, una tienda artística hermosa donde volví a ser niño en medio de acuarelas, témperas y pinceles. Recorrí luego Biscayne Boulevard. Mi paraguas feneció ante la crueldad del viento y la lluvia y así, empapado encontré guarida en una librería/bar/café en el Art Deco Tower. Fue otro gran descubrimiento este lugar, donde me sirvieron un café con leche delicioso mientras leía On Writing, de Bukowsky.

Al día siguiente recorrí Miami Beach a pesar del mal clima. Volví a Miami para internarme en Wynwood Walls. Cuadras y cuadras de arte urbano en las paredes. Aproveché un momento de lluvia torrencial para hacer un brunch en un café muy fanzy de la zona. Pasé luego por Little Havanna, regresé a Miami Beach, pasé por una tienda esotérica y sucumbí al encanto de una señora cubana que gentilmente me mostró todos los inciensos, las piedras y demás objetos que tenían su tienda. Salí de ahí con un paquete de sahumerios y unos cuarzos.




Me encontré en YouTube con varios consejos para mejorar ese desorden digital y pude poner en práctica muchos de ellos. Entre video que va, video que viene, llegué al método KonMari, de la japonesa Marie Kondo. En sus libros publicados (La magia del orden y La felicidad después del orden) enfatiza en la necesidad de organizar, juntar las cosas por categorías y sobre todo, lo más duro, desprenderse, desechar las cosas que no resuenan con uno mismo. Su método de organización es intuitivo. Kondo sugiere que nos preguntemos por cada cosa que tenemos para saber si es necesario conservarla o no. Cuando se obtenga la respuesta del corazón, si la decisión es desechar el objeto, hay que agradecerle por habernos prestado servicio durante todo ese tiempo y desecharlo.
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