Taxi Miami – 3

Conductor: Jorge

Desde: 1446 Washington Avenue, Miami Beach, FL.

A: Miami International Airport (MIA)

En un inicio pensaba tomarme un taxi del hotel pero como tardaba mucho, intenté con Uber. En menos de un minuto ya tenía conductor asignado que se encontraba a unas cuantas cuadras de distancia. Me llamó al poco rato para indicarme las coordenadas exactas donde me esperaría. El cielo gris de Miami ya se había descargado unas horas atrás por lo que en ese momento una ligera llovizna acariciaba la ciudad. Coloqué la maleta en la cajuela, me subí al auto. Jorge manejaba con una seguridad en la que parecía dejar claro que era el anfitrión, el dueño del auto. Inmediatamente comenzamos a hablar del clima, un poco de mi desilusión por los días grises que me tocaron. Enseguida me dijo que la mejor temporada para visitar Miami era de diciembre a abril. “En cuanto a clima, porque en esa época es verdad que viene todo el mundo, especialmente del norte, Nueva York, Canadá, que huyen de ese frío”.

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Antes dejar South Beach me contó que antes esa era una zona peligrosa, que nunca podrá olvidar que a sus 18 años le sacaron un cuchillo para robarle. “En esa época South Beach era barato y había toda clase de gente, y ya sabes que cuando algo es barato, atrae de todo”. Jorge es nicaragüense pero tiene más de 40 años en Miami. Se enorgullece al decir que ha visto todas las transformaciones que ha tenido la ciudad a lo largo de los años: el crecimiento de Miami Beach, la sobrepoblación del downtown, la crisis inmobiliaria, la creación de distritos en zonas peligrosas, pero baja un poco el tono cuando recuerda el panorama actual. Miami es muy cara para quien vive ahí y no tiene padrinos. Una cosa es la Miami glamurosa, de fiestas, donde turistas nacionales y extranjeros revientan sus tarjetas para pasar una noche de desenfrenos. Otra es la realidad de los centroamericanos que han venido a buscar mejores días y se encuentran en una ciudad que cada día sube los precios. Jorge recuerda las épocas en las que se podía trabajar y vivir sin ajustes. Tenía la posibilidad de viajar a Nicaragua una o dos veces al año. Ahora, confiesa, va muy poco, pues el dinero escasea y alcanza apenas para llegar a fin de mes. “Por eso, Dios mediante, en julio me mudo a Texas con mi esposa”.

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Jorge está casado desde hace cuatro años con una venezolana. Desde hace un año los tres hijos de ella fueron a vivir a casa con ellos. Por el amor que le tiene, Jorge aguanta a sus entenados. Dice “aguanta”, porque los tres hijos no hacen nada, no trabajan, no estudian. Es la madre, su esposa, la que los mantiene, pues según Jorge, nunca los crió para trabajar sino sólo para recibir. “Pero el dinero no alcanza, yo ya le dije a ella que tiene que ponerlos a trabajar, porque si todos trabajamos, si da para vivir, uno paga la luz, otro el agua, el alquiler y trabajo para salir del paso sí hay”. El plan de mudarse a Texas surgió luego de que un amigo suyo probara suerte allá y comparando el costo de la vida y el pago por hora, resulta mucho más factible vivir allá. Jorge señala que el mayor problema de Miami es que fuera de la industria hotelera, turística, la ciudad no produce nada. También confiesa, con un poco de vergüenza, que prefiere trabajar con empleadores norteamericanos. “Ellos te pagan lo que realmente te mereces por tu trabajo, en cambio los latinos, pagan mal, te tratan mal”. Es el mal de nuestros países, le digo yo. Jorge sonriendo mientras agarra la Dolphin Expy me dice que ese problema y el conservadurismo, son los grandes problemas de América Latina. “Me da pena ver cómo chicas con toda una carrera por delante se casan y son madres jóvenes. Se han perdido la oportunidad de vivir, en cambio acá, se casan después de los 35, cuando ya tienen una vida. Igual los hombres”.

El clima ligero después de la lluvia y la ausencia de tráfico hacen que el trayecto sea apacible. Eventualmente en la charla, Jorge lanza una risotada. Me contó que le estaba poniendo todas las fichas a Texas, que aun a sus 50 años tenía ganas y fuerzas para empezar a otra vez. Poco antes de llegar al aeropuerto, me dice que le gusta conversar con sus pasajeros. “Aprendo mucho, mira tú ahora me has contado cosas de Ecuador y ya sé más de tu país, el otro día se subió una venezolana que era acompañante y me contó cómo era ese trabajo, y ayer llevé a una argentina a Coral Gables que iba a visitar a su mamá. Me encanta la diversidad que ofrece Miami”. Yo sólo sonrío, le comento que en los pocos días que he estado me ha gustado ver la diversidad étnica y de acentos. No le digo que pienso escribir sobre él, prefiero ser un rastreador de historias en servicio secreto. Al bajarme del auto, me ayuda con la maleta. Es un hombre grande, gordo, de camisa playera. Me recuerda a cierto perfil de guayaquileño. Pienso entonces que Latinoamérica es una sola y que Miami es el espacio, el vértice donde convergemos todos, desde México hasta Argentina. De repente me siento en casa y esos breves milisegundos de pensamientos se interrumpen cuando Jorge, con una sonrisa amplia me dice: “Que la virgen te acompañe”. Me acordé de mi abuela paterna y su devoción por la virgen y el diviño niño. Le habría dado un abrazo pero no era necesario. Ya en posesión de la maleta le deseo que le vaya excelente en su nueva vida en Texas. Creo que lo dije de tal manera que mis palabras lo abrazaron. Se conmovió un poco y volvió a sonreír. Lo vi subirse al auto y avanzar de vuelta a Miami, a buscar otro pasajero, otra historia para escuchar y contársela luego a su esposa mientras siguen organizando todo para su nueva vida en Texas.

Taxi Miami – 2

Conductora: Belinda

Desde: Books and Books

A: The Art Deco Museum

No tenía ganas de hablar en inglés, así que como en la aplicación decía que la conductora se llamaba Belinda, la saludé en español. Ella me respondió con un torrencial acento portorriqueño. Me preguntó inmediatamente de dónde era. Al saber que era de Ecuador, desplegó una sonrisa (no la ví, la intuí por el movimiento de sus ojos a través del retrovisor) y me dijo que soñaba con ir a las Galápagos y a la Mitad del Mundo. “Pero si voy, tengo que ir unos dos meses, porque me gusta quedarme, hablar con la gente”. En ese momento percibí que íbamos a tener una charla interesante, como en efecto sucedió.

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A Belinda le dio curiosidad que yo estuviera en una librería. Le conté que llegué ahí por casualidad, que había caído una tormenta breve y para guarecerme, encontré gratamente esa librería. Me dijo que no la conocía y le llamaba la atención ya que en los últimos años, habían cerrado muchas librerías en Miami. La cadena norteamericana Barnes and Noble había cerrado grandes sucursales y por ello, según Belinda, es necesario desplazarse en auto para ir a las pocas que quedan. No me sonaba extraño lo que me decía, pues siempre que viajo a alguna ciudad me gusta rastrear sus librerías y en el google maps aparecían unas cuantas, bastante lejos entre sí (de hecho en Miami Beach, donde me alojaba no me aparecía ninguna). Belinda se definía como una mujer muy lectora, capaz de quedarse horas en una librería, saboreando varios libros hasta finalmente decidirse por uno. “No me gusta eso de leer varios al tiempo, prefiero leer uno cada vez”. Ahora su visita a librerías es más esporádica ya que debe planificarlas más. Esa es una de las cosas que no le gustan actualmente de la ciudad.

Belinda lleva en Miami cinco años, desde que dejó San Juan. Me hizo saber de su orgullo boricua en múltiples ocasiones durante el recorrido. No le gustaba Miami para vivir y menos aun le gustaban los nativos de Miami, a quienes consideraba muy ásperos en el trato. Le hacía falta el ambiente de su ciudad, estar con su familia, respirar la vida cultural que llevaba en San Juan, ir a los cines, a los teatros. “Acá en Miami no hay identidad, mientras que en nuestros países hay mucha cultura, gastronomía. Acá se vive como en Disney, la gente nunca aterriza”. Me gustó esta última frase y la anoté en el teléfono mientras me comentaba que si ella quería ir a ver otro tipo de cine que no fuera el comercial, tenía que ir hasta Hollywood (Florida, no California), cerca de una hora de distancia de su casa, para poder ver documentales o ciclos de cine europeo. Le comento que en Guayaquil llevo adelante con una colega, un cine club en la universidad donde trabajamos. Los ojos de Belinda brillan y como si eso le diera confianza, como si hubiera una hermandad en cuanto a consumos culturales, me confiesa que es escritora en sus tiempos libres.

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Con una mezcla de orgullo y entusiasmo de niña traviesa, me dice que se ha propuesto escribir dos libros de acá a cinco años. Yo sonrío y me contagio con su emoción mientras entramos a Miami Beach por la 5th Street. Me dice que escribe para motivarse ella y para motivar a los demás. No me dijo cuáles eran sus referentes pero sí me dijo que sus libros eran de autoayuda, que cree haber vivido lo suficiente (debía andar por los cincuenta) para compartir un poco de su visión con sus lectores. Su objetivo es que los demás se realicen en lo que realmente quieren en la vida. Como ejemplo me puso a su sobrina que vive en New Jersey. “Desde pequeña le vi inclinaciones hacia la pintura y yo cada que podía, le mandaba acuarelas, pinturas, papel y ahora que tiene quince años, dice que quiere estudiar Bellas Artes”. Su orgullo de tía se manifiesta. Con las manos fijas en el volante y con el corazón caliente, Belinda me regaló sus ojos en el retrovisor y un fragmentito de su vida. Al despedirnos, como quien tiene la seguridad de volver a encontrarse con un amigo en el futuro, me sentí feliz. Ya afuera de su auto, me di cuenta que Belinda me había alegrado durante esa media hora de viaje con su energía. No era una habladora new age, sino una convencida que irradiaba felicidad a quien tenía la suerte de subirse en su auto.

Me he quedado con muchas ganas de leer sus libros, cuando los publique.

Los libros que dejó Miami

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Siempre hago la “promesa” de no comprar libros cuando viajo. Puede incluso que los primeros días me sienta orgulloso de no caer en la tentación de detenerme ante una librería, pero al final termino cayendo. Alguien leyendo un libro, un afiche sobre algún libro en lanzamiento, alguien en Facebook recomendando un libro, me invitan a algún encuentro literario y hasta ahí llegó la promesa de no comprar libros. Suelo pensar que los libros son los que me buscan y no yo a ellos, porque la verdad en mis últimos viajes, he tratado de evitarlos. La primera razón, porque me aumenta exponencialmente el peso de las maletas; segunda razón, porque aunque amplié mi biblioteca al paso que voy, dentro de poco no habrá espacio para más libros.

Pero los libros se imponen, me buscan y me encuentran. En mi último viaje (a Miami) me encontré con varios libros que tenía en mi lista de deseos de Amazon, así que en lugar de esperar semanas de entrega, impuestos de envío y tal, compré en Books and Books (una modesta cadena de librerías de Miami), algunos de ellos. Hasta ahí todo bien, lo que no sabía era que al interior del aeropuerto de Miami hubiera tantas librerías (no muy surtidas, claro) y eso fue un poco mi perdición, a pocas horas de mi regreso.

Aunque Miami sea casi que una extensión de América Latina y el español predomine por todos lados, en las librerías la mayor parte de los textos está en inglés. De todas formas comparto la lista para que vean los nuevos amigos que me traje de Miami.

IMG_2382Chicago – David Mamet
Este fue un gran encuentro que no me habría imaginado, pues ni siquiera lo tenía en mi lista de deseos de Amazon. Ni tampoco sabía de la existencia de esta novela. Las referencias que tengo de Mamet están relacionadas al teatro, donde él se ha desempeñado muy bien como dramaturgo. Me gusta su estilo, fuerte, directo, descarnado a momentos. De hecho estoy pensando tomar su masterclass a ver qué onda. Aun no comencé a leer el libro pero me resulta muy interesante conocer a Mamet en su faceta literaria.

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Frankenstein – Mary Shelley
Por motivo de los 200 años de su primera publicación, las editoriales alrededor del mundo han lanzado la novela en diferentes formatos, con portadas creativas, con la intención de atraer a más lectores. La novela la leí hace muchos años en español pero ahora me seduce la idea de leerla en su idioma original. La pasta dura de tela me hace pensar en los libros antiguos de la biblioteca de mi casa. Tiene un encanto vintage que combina bien con la textura de corazón humano que adorna la portada.

IMG_5525Do the work – Steven Pressfield
Este libro no me encontró. Yo lo busqué, aunque no precisamente a él. Quería leer cualquier libro de Steven Pressfield. Ya he visto y leído varias de sus entrevistas hablando acerca de la creatividad, de la disciplina y del gran enemigo de todo artista: La resistencia. En este libro como en muchos de los otros que ha escrito, habla sobre cómo la resistencia adopta diferentes caras para sabotearnos: Puede traducirse en la familia, amigos, investigaciones eternas, perfeccionismo, distracción, entre otros. Pressfield aboga por una creatividad libre en la que “simplemente” nos dediquemos hacer nuestro trabajo. Si es el caso de la escritura, pues a escribir, si es a pintar, a pintar, y así. Pressfield sabe que a pesar de lo simple que parece esto, es una labor titánica, porque muchas veces no estamos atentos a las trabas que nos ponemos para alejarnos de nuestro oficio. El libro es una lectura deliciosa, bien directa, breve. Lo leí de un sólo tirón en el vuelo de regreso y la verdad es que es un libro de lectura recurrente. Es un gran material de consulta y sobre todo para reflexionar sobre el trabajo artístico que cada uno hace.

Creativity – Mihaly Csikszentmihalyiimg_8035.jpg
Este libro sí estaba en mi lista de pedidos pero no era una prioridad. Me bastaba un poco con la charla TED que dio el autor sobre la creatividad, las reseñas de sus libros y varios de sus consejos presentes ya en su libro más conocido Flow. Pero al verlo en la estantería mientras buscaba otro libro que de hecho no encontré, Creativity me saludó y no pude decirle que no. Es un libro que no ve la creatividad como algo exclusivo de genios torturados sino como una capacidad humana (y por tanto para todos) que está más relacionada con el vivir el aquí y ahora, disfrutando todo lo que se pone al frente. Cuando termine de leerlo haré un review especial sobre el libro, que es un pequeña joya.

IMG_9295Chicken soup for the soul – Inspiration for Writers
Chicken soup for the soul es una colección de libros que recogen, bajo alguna temática específica, las historias verdaderas de gente común relacionadas a ese tema en cuestión. Son libros que tienen más un carácter de autoayuda pero las historias son muy interesantes. En el caso de Inspiration for Writers, hay muchas historias de vida (muy diferentes unas de las otras) que están muy bien escritas y la verdad resultan muy motivadoras. Lo bueno también es que como son historias independientes, se pueden leer al gusto del lector, sin tener que llevar un hilo conductor.

On Writing – Bukowskiimg_9200.jpg
En este libro, editado por Abel Debritto, tenemos acceso a una selección de cartas que escribió Bukowsky a amigos, conocidos y en las que inevitablemente terminaba hablando sobre la escritura y sus procesos. Son cartas en las que, como no podía ser de otra manera, queda en evidencia la personalidad feroz de Bukowski. También es una lectura que se puede disfrutar de manera no lineal, así que se puede elegir cualquiera (amo esta manera de leer, que sin duda es menos comprometida que leer una novela o un non Fiction con hilo conductor).

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Stranger than fiction
– Chuck Palahniuk

El famoso autor del libro que luego se convirtió en película, Fight Club, se sumerge en un libro de no ficción para compartir historias reales que reflejan de una u otra manera, el oficio de la escritura. Palahniuk como ya ha dejado ver en sus entrevistas, no tiene tapujos en sus comentarios y se ubica en el lado de los escritores rebeldes del momento.

 

Why I Write – George OrwellIMG_3819
A través de la colección Great Ideas, la editorial Penguins Books, ha empezado a publicar una serie de libros de grandes pensadores de todos los tiempos como Charles Darwin, Seneca, Marco Aurelio, Nietzsche entre otros. En el ámbito literario no podía faltar el gran George Orwell. Esta edición se compone de tres ensayos escritos por él y el primer que abre (que además toma el título del libro) es sobre su pasión por la escritura desde su infancia. (Sí, muchos de estos libros de Miami tienen que ver con el acto de escribir).

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The artist’s way every day – Julia Cameron
Este libro funciona como una especie de complemento a El Camino del artista, que es un texto terapéutico esencial para todo artista que se siente bloqueado e incapaz de seguir con su oficio. En El Camino del artista, propone una serie de lecturas y ejercicios a lo largo de doce semanas que buscan rescatar al niño interior creativo y juguetón que todos llevamos dentro. En este nuevo libro, Cameron propone un pequeño texto para leer diariamente durante un año (viene acompañado con el día y el mes) con el objetivo de recordarnos que tenemos que estar enfocado en hacer el trabajo. Su escritura es fluida, algunos días habla en primera persona desde su propia vivencia y en otros habla en “nosotros”, porque al final todos somos espejos de los unos y los otros. Una gran lectura ligera para empezar el día (recomiendo leer El Camino del Artista primero para que le saquen más provecho).


The little book of Mindfulness
– Editado por Tiddy Rowanimg_5365.jpg
Una hermosa edición de bolsillo con portada de tela. El solo verlo ya provoca relax e invita a recorrer sus páginas. Se trata de una serie de pensamientos que se enfocan en el mindfulness intercalados con pequeños ejercicios de meditación de diferentes clases. Es un libro que puede funcionar como una buena herramienta de trabajo para hacer un paréntesis entre el trabajo y la vida cotidiana.

Tengo nuevos amigos de viaje para leer. En estos tiempos estoy leyendo más libros de no ficción y especialmente en el ámbito de la escritura. Y todos los encuentros librísticos se relacionan con eso. Que la sincronicidad de la que hablaba Jung siga proporcionando más lecturas así.

Taxi Miami – 1

Conductor: Julio

Desde: 1446 Washington Avenue, Miami Beach, FL.

A: Biscayne Boulevard, Miami, FL.

Era mi primera vez usando Uber en Estados Unidos. Durante mis viajes a New York siempre me moví muy bien en el Subway por lo que la idea de un taxi ni siquiera se me pasaba por la cabeza. Pero Miami, me habían dicho, era otra cosa. “No es una ciudad para caminar”, cosa que después comprobé al constatar que el transporte público no está muy desarrollado como en Nueva York. Era muy difícil viajar de Miami Beach hacia a Miami en el tiempo breve que disponía para hacerlo.

De modo que agregué el número de teléfono de mi chip norteamericano, la tarjeta de crédito e hice la solicitud de taxi. De todos los taxis que andaban por la zona, Julio fue quien “eligió” llevarme. Me llamó para avisarme que ya estaba cerca a Española Way donde me alojaba. La rapidez de su acento cubano me hizo entenderle la mitad de lo que dijo y de pronto me sentí en una telenovela de Telemundo. Era extraño para mí (y aun lo es) tomar taxi en otro país. Normalmente cuando recorro ciudades me encanta experimentar con el transporte público y de hecho me hubiera arriesgado a hacerlo, pero tenía pocos días en la ciudad así que no podía perder mucho tiempo en recorridos largos.

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Al subirme al auto, Julio me recibió con una amplia sonrisa. Debía andar por los 45 años, tenía los ojos amielados y el pelo entrecano. Inmediatamente se estableció una confianza que creo que se da entre todos los latinos cuando estamos en tierra ajena. Me preguntó de dónde venía, a qué me dedicaba. Le dije que era profesor universitario, guionista y que cada tanto actuaba. Sus preguntas reflejaban una curiosidad que me causó gracia. Había un interés genuino por conocer, por charlar y no sólo por pasar el tiempo mientras llegábamos al trayecto. También le hice algunas preguntas sobre su vida y en pocos minutos teníamos una charla como si nos conociéramos de mucho tiempo. Las preguntas y respuestas se fueron desdibujando hasta encontrarnos en una conversación fluida de dos latinoamericanos en una ciudad gringa/latina. Una ciudad donde Julio ya llevaba diez años luego de haber abandonado Cuba, una ciudad en la que pese a toda la latinidad en el aire, aun no logra hacerla suya. “Si hubiera tenido un buen trabajo que me hubiera dado para vivir, nunca me habría ido de Cuba, no hay nada como estar en tu país, con los tuyos”. La nostalgia se apodera brevemente de sus palabras hasta que bromea conmigo preguntándome si no me habría visto en alguna telenovela como actor. Me río al imaginarme en un culebrón de Telemundo con acento miamense.

Cruzamos el puente hacia Miami, atravesamos las Venetian islands. Me mostró algunas casas emblemáticas. Me dijo que en Miami ha logrado armar una nueva familia, con esposa e hijos. “No habría podido aguantar acá solo”. Está satisfecho con su suerte pero el trabajo y el día a día no es fácil para él. “Hay muchas trabas para nosotros los latinos, la primera el idioma. Te piden en los trabajos que hables bien inglés, pero a la larga siempre hablas en español”. Un primo suyo que ejercía como médico en La Habana pasó varios años intentando homologar su título para poder ejercer en Miami. Fueron muchos exámenes, muchas fechas de espera, muchas horas de trabajo como chofer, como mesero hasta que finalmente pudo establecerse. “Cuando eres ya profesional, la cosa cambia, consigues residencia, ganas bien y puedes vivir mejor”.

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Seguimos el recorrido. En Miami nos esperaba el tráfico de viernes por la tarde. Los rascacielos de la ciudad se conjugaban armoniosamente entre ellos, sin apretarse, sin asfixiarse como sí sucede en Nueva York. Pese al cielo gris de esa tarde, los colores vivos se ven en los transeúntes que circulan en shorts y camisetas holgadas. Mientras miro cada tanto por la ventana del auto, Julio me habla sobre el socialismo del siglo XXI de Sudamérica, sobre Castro. A pesar de su frescura, cuando menciona a Castro se destila un leve dejo de amargura, que luego cambia al hacer algún chiste sobre su figura política. Charlamos de Cristina, Correa, Maduro por algunos minutos. Julio estaba al día de la realidad en Sudamérica, sabía incluso que Correa está en Bruselas y que recientemente le habían quitado la seguridad de la que gozaba en Europa. De pronto Julio interrumpió la conversación, un poco preocupado, para preguntarme dónde exactamente debía dejarme en Biscayne Boulevard. Le respondí que no sabía, que sólo tenía la numeración y el número del lugar. La tienda era ID Art Supply. Julio la buscó en el mapa. Me dejó al pie de la tienda. Nos dimos un apretón de manos, me deseó suerte en Miami. Yo hice lo mismo. Me da un poco de pena despedirme de personas que me caen bien, pero entiendo que hace parte del recorrido, de los viajes en los que uno termina cansado y más “vivido”, más “nutrido” al conocer personas como Julio que compartió conmigo un poco de su historia.

Miami, allá fui

Algunas veces me tengo miedo y otras me encanta saberme impredecible. Hace una semana estuve en Miami y hasta hace un mes atrás no me habría imaginado estar en dicha ciudad. Pasa que un día o mejor dicho una noche, en medio de la conmoción que siempre me pasa luego de realizar un viaje largo, empecé a fantasear con un nuevo destino. Me daban ganas de volver a Nueva York pero pensé que había que diversificar un poquito y además tenía que realizar un viaje más breve que el que había realizado a Europa, en marzo. Miami apareció entonces como una opción posible. Está a cuatro horas de Guayaquil en avión, sin escalas, lo que me daba la posibilidad de no hacerme pedazos con el viaje y podía aprovechar más las horas en la ciudad.

IMG_1366Así que después de pensarlo un poco (sólo un poco), me dejé llevar por el impulso de comprar el pasaje a Miami (gracias, tarjeta de crédito). Aun sigo pagando rubros del viaje a Europa y de loco me metí a un nuevo viaje. Bueno, esto lo pensé una vez que había pagado el boleto y había escogido por Booking el hotel donde me iba a quedar en Miami Beach. Ya no había marcha atrás. Todo lo realicé casi en modo Zen, hasta que luego me di cuenta de lo que había hecho. A pesar de la conmoción, vibraba con la idea de descubrir una nueva ciudad, aun cuando fuera Miami, un lugar que nunca me habría imaginado visitar. Todo mi imaginario sobre Miami se remetía a telenovelas de Telemundo y Univisión, playas, gente linda, la casa de los multimillonarios latinos, largas autopistas pero una ínfima vida cultural. Decidí entonces darme la oportunidad de confirmar o derribar estas percepciones por mi propios ojos. Ya en otro post  comentaré del impacto que me generó la ciudad y de las cosas que me sorprendieron.

No comenté a nadie más que a mi madre sobre la locura del viaje. Pasaron las semanas, seguí mi ritmo de vida impartiendo mis clases, escribiendo, ensayando una obra de teatro hasta que llegó el gran día. Como me suele pasar, un atisbo de arrepentimiento se coló por mi cabeza, horas antes. “Todavía podrías decir que no”, me desafiaba mi mente. IMG_5134Lo que suelo hacer en momentos así es mandar al diablo al ego o a esa conciencia racional que estorba más que ayudar.

Estuve unos cuantos días nada más aprovechando el feriado del 24 de Mayo de Ecuador. Llevé una maleta mediana y un carry on que para la ida guardé dentro de la maleta. A los hombros llevé mi acostumbrada mochila Jamsport roja con mi iPad, mi diario (journal Midori), cables, cargadores y paraguas (sí, por desgracia el tiempo en Miami estaría lluvioso durante mi estadía). Me sentí feliz de viajar, en teoría, con pocas cosas.

De ropa sólo llevé el jean que tenía puesto, unos shorts para los días de caminata, trescamisetas, ropa interior y el par de zapatos que llevaba puestos. Sabía que en el viaje compraría ropa y pasaría por Apple, donde sería mi perdición (sí que lo fue).

El primer día luego de llegar desde el Aeropuerto de Miami hasta Miami Beach por US$2.50, hice el check in en Clay Hotel, en plena Española Way. Salí a recorrer la zona. Me enamoré inmediatamente de la onda descontracturada del lugar, del art deco de sus construcciones (no en vano Miami es la ciudad con más edificios art deco en el mundo). Turistas y locales conversando alegremente, caminando, otros tanto con bolsas de Macy’s, Forever 21, Guess, Victoria Secret. Había negros, asiáticos, rubios, latinos. Todas las etnias juntas en perfecta armonía, vestidos de playa, aun cuando llovía cada diez minutos (sí, paraba y regresaba).

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Española Way

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Parte de Lincoln Road

IMG_3071Recorrí Lincoln Road, esa especie de shopping al aire libre tan concurrido. Empecé a sacar las primeras fotos, entré a varias tiendas y ya por la tarde fui a Miami, donde me refugié en ID Supply, una tienda artística hermosa donde volví a ser niño en medio de acuarelas, témperas y pinceles. Recorrí luego Biscayne Boulevard. Mi paraguas feneció ante la crueldad del viento y la lluvia y así, empapado encontré guarida en una librería/bar/café en el Art Deco Tower. Fue otro gran descubrimiento este lugar, donde me sirvieron un café con leche delicioso mientras leía On Writing, de Bukowsky.

A la vuelta a Miami Beach, volví a Lincoln Road para comprar unos encargos y por la noche fui a cenar a un restaurante italiano. Se percibía el mismo ambiente de madera, de luz tenue como la de los restaurantes en Roma. Me atendió una mesera romana que tenía un poco más de un año en Miami. Al saber que estaba paso me dijo que sí o sí tenía que ir a Wynwood Walls. Luego para no volver tan rápido al hotel, decidí recorrer Ocean Drive y palpar de primera mano la vida nocturna de Miami Beach. Decenas de cuadras de bares, restaurantes y discotecas coloridas, con igual o más diversión en la propia calle. Patrullas policiales y oficiales caminando se mezclaban entre las parejas, los amigos que hablaban alto que con cerveza en mano gritaban a pesar de estar todos muy cerca entre sí. Era literalmente una gran fiesta. Llegué hasta el edificio en cuyas escaleras se grabó una de las secuencias más importantes de la película Scarface. No me resistí a sacar una foto.

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728 Ocean Drive, Miami Beach, FL.

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IMG_4823Al día siguiente recorrí Miami Beach a pesar del mal clima. Volví a Miami para internarme en Wynwood Walls. Cuadras y cuadras de arte urbano en las paredes. Aproveché un momento de lluvia torrencial para hacer un brunch en un café muy fanzy de la zona. Pasé luego por Little Havanna, regresé a Miami Beach, pasé por una tienda esotérica y sucumbí al encanto de una señora cubana que gentilmente me mostró todos los inciensos, las piedras y demás objetos que tenían su tienda. Salí de ahí con un paquete de sahumerios y unos cuarzos.

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Ante todo lo que había visto y sentido en medio de todos esos caminos, me senté en un café a escribir. Necesitaba con urgencia, refugiarme en mí mismo, clarificarme, sentirme. Y en medio de esas líneas plasmadas en el diario, fueron dibujándose otras líneas sobre un personaje que quiero escribir desde hace algún tiempo. Va a ser la protagonista de una obra de teatro que voy a empezar a escribir y que de la nada me empezó a reclamar a Miami como parte de su propia biografía. Mágicamente, ella fue dictándome lo que le había pasado en esa ciudad. Me dejé canalizar hasta que llené cuatro páginas de anécdotas. No estoy seguro si las incluiré en la obra, pero escribir sobre mí y sobre ese personaje, me regresó el alma al cuerpo, me calmé un poco, volví a tierra.

Al día siguiente, la lluvia estuvo imparable pero pese a todo, decidí ir a ver la playa. Caminé contra viento y marea (casi literal) hasta la playa. Me encontré con un mar abandonado, carente de turistas. Tenía el mar mustio y embravecido para mí. Nunca me sentí tan feliz de estar en una playa gris, en cuya soledad podía hablar, gritar sin ser escuchado por nadie. Porque mis palabras se las llevaba el viento con la misma velocidad que las pronunciaba.

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Más tarde emprendí la vuelta al Ecuador satisfecho por todo lo vivido. Como siempre me sucede en los viajes, me sentía “crecido”, más vivido. El paso del tiempo es relativo porque con la intensidad que viví ese viaje, me pareció haber estado mucho más tiempo en Miami. Al dejar la ciudad, sentía que me despedía de alguien a quien de pronto empecé a estimar sin darme cuenta. Sentí que era su amigo y a punto de partir, me ofreció un sol brillante y un cielo despejado para que pudiera contemplar el turquesa de sus aguas.

Prometí volver para bañarme en ellas.